Sumario. Memoria
  José María García Gutiérrez
 

Semblanza de José María García Gutiérrez, editor de Mileto

 
   

Para desencontrarnos minuciosamente

El 12 de abril, cuando en la mañana del lunes de gloria abro en Quito el correo electrónico, me remece un mensaje inesperado: mi editor y amigo José María ha muerto. Lo firma su cuñado, “un paro cardíaco. Muere en su pueblo natal de Extremadura, rodeado de su familia, reunida para pasar las vacaciones de Semana Santa”. Y el lunes de gloria se me convierte en viernes de estupefacción. Al principio no lo creo, supongo una macabra broma de algún insensato. Pero el anuncio es veraz, tan cierto como su misma presencia que nunca conocí. Por tres años consecutivos nos comunicamos por la red. Así, sin compartir el pan ni observar nuestros gestos, fuimos tejiendo la amistad al calor de las discusiones sobre dos de mis novelas que editó. Por esa distancia, tal vez guardo de él un recuerdo más limpio, el que no ha pasado por la torpeza de los análisis sicológicos y los estereotipos que proyectamos cuando nos miramos a los ojos. Guardo de él un libro de cuentos, “Palenque”, donde aparece en la solapa un rostro embozado por la mano que ase el pitillo, y también guardo y protejo el sonido de sus palabras junto al imaginario de la figura fraguada. Por esos días preparaba yo viaje a Madrid donde esperábamos reconocernos, concretar varios proyectos y planear su viaje para la feria taurina de Quito donde sería mi huésped. Amaba las corridas y capeaba la vida con una valentía honrada. En su último mensaje me comentaba acerca del apartamento que me había conseguido. Ante mi impaciencia porque mi esposa había roto la dirección del coche al pegarse contra un bordillo, me decía: “ten paciencia, ella te sufre”, y le agradecí su consejo, aunque creo que no lo leyó. Acostumbrados a las condiciones humanas serviles y ruines de tantos embaucadores, admiré en él su ironía, su conocimiento preciso y sin vanagloria, su pasión por el idioma, su capacidad de análisis, su paganismo heterodoxo, su entereza por ser bueno y comprometerse en ello más allá de las leyes divinas, su constancia en el trabajo, su humanismo y respeto a las ideas ajenas, y sobre todo su sinceridad para decir las cosas sin tapujos. Tal vez era demasiado enérgico y se agotó tan de pronto como el rayo que nos deslumbra sin pompa ni vericueto. Viajaré a Madrid en junio y no tendré un interlocutor para cuestionar mis certezas. Me ha dejado vestido y alborotado, tal que novio de plantón o pájaro sin viento. Entregaré unos regalos a Malena y le repetiré aquello de Cortázar: “apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente.” Aunque tal vez no, y la muerte trame un reencuentro. Por si acaso, visitaré Madrid en junio...

Juan Manuel Rodríguez es escritor y ha publicado con Mileto “El pez perfume”

 

EPILOGO. José María García Gutiérrez. Elogio de un editor

Hace tiempo que pienso que el oficio de editor los han prostituido unos cuantos ejecutivos que llaman “producto cultural” al libro y cuyas pocas lecturas se limitan a las cuentas de resultados. Sigo pensando lo mismo, pero reconozco que hay excepciones. Una de ellas era José María García Gutiérrez, editor de Mileto, quien publicó mi primera novela. Por desgracia José María nos ha dejado, ha muerto de un infarto. Los que le conocíamos nos hemos quedado de piedra, luego perplejos y al final con una sensación de extrañeza. Como si la noticia de su muerte fuera un error, un rumor infundado. Pero por desgracia es cierta. José María se ha ido, lo cual jode bastante. No quiero que este comentario se convierta en el grito de una plañidera, pero sí que quiero darles las gracias, por eso de que uno pretende ser bien nacido. José María era un gran hombre, un hombre bueno y honrado, culto y leído, que se deshacía en amabilidades y que consultaba con sus autores buena parte de sus decisiones, desde la letra del contrato hasta el diseño de la portada. Lástima que la buena gente se muera, pero nadie es perfecto. Recuerdo su figura desgalichada y esa cara de agotamiento, porque José María conciliaba su trabajo como profesor de instituto con sus labores de editor. Pidió una excedencia en el trabajo que ha podido disfrutar poco tiempo. La reciente victoria del PSOE le hizo guardar en el cajón un libro de texto sobre la alternativa a la clase de religión. José María, sin embargo, se lo tomó con buen humor. Él era así.

Antonio Paniagua es escritor y ha publicado con Mileto “Amputados”

 

A José María Gutíerrez, Editor

Me citó hará como un año en lo que él llamaba su oficina: una mesa del segundo piso de la cervecería Cruz Blanca. Era mi primera cita con un editor, y no tenía ni idea de lo que podría encontrarme, así que había hecho acopio de todos los prejuicios que durante años había alimentado frente a “los editores” para mantener los oídos muy abiertos.

A la segunda cerveza, me di cuenta de que no hacía falta. Estaba frente a alguien que, por encima de todo, era una buena persona. Franca, directa, amable, culta. Tendría que haberlo sabido antes, cuando me llamó por teléfono para decirme que estaba interesado en publicar mi libro de relatos, a los cinco días de que yo lo mandara por correo a su editorial. Al principio pensé que era una broma. Luego, que debía de haber un error, porque yo no quería pagar la edición de mi libro. Pero no había gato encerrado: José María había recibido mis cuentos, los leyó de un tirón, le gustaron y me llamó para decírmelo. Así de simple.

Desde el primer momento, las cosa fueron fáciles y continuaron siéndolo. Me habló de las satisfacciones y los quebraderos de cabeza que le ocasionaba la editorial. Compartimos las esquizofrenias propias de los que simultanean trabajos que les dan de comer con actividades que les apasionan. Yo le decía que se cuidara, que ahora que había encontrado un editor que combinaba bondad y oficio, no estaba dispuesta a perderlo. Él me decía que yo haría como todos, que cuando triunfara le abandonaría. No nos conocíamos tanto como para ser amigos íntimos, pero creo que nuestra compartida timidez se sirvió de las bromas para decirnos que nos respetábamos, que nos apreciábamos y, por mi parte, que le estaba profundamente agradecida. No sólo por editar mi libro, sino porque con su trato había derribado unos cuantos prejuicios; y porque supo despejar mi ignorancia en ciertos temas con unas explicaciones precisas y pacientes, con un paternalismo sutil y respetuoso, de verdadero maestro. El día de la presentación de mi libro se portó como el perfecto padrino, que se ocupa de todos los problemas para que la novia no tenga que hacer nada más que disfrutar del día de su boda. “Eso es cosa del editor”, me decía siempre a la hora de pagar las cervezas, o cuando le llegaba con alguna neura de escritora responsable y controladora. Cuando alguien muere, siempre me sobreviene un impulso de agradecimiento, porque los que se van nos recuerdan qué es lo importante en nuestras vidas, nos aclaran cuáles han de ser nuestras prioridades. En este caso mi agradecimiento se dispara en múltiples sentidos, porque todo lo que me transmitió José María –su bonhomía, su sinceridad, su pasión por la literatura- fue bueno. Sólo siento que nuestros respectivos quehaceres no me dejaran más tiempo para conocerle. Me debías una cena, José María. Permíteme que te diga esto para que no sea yo la única que tiene entradas en la columna del debe

Ana Pérez-Cañamares es escritora y ha publicado con Mileto “En dias identicos a nubes”

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