Sumario. Defensor del lector
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Desde hace un tiempo, llegan a nuestra redacción e-mails, SMS y hasta cartas postales solicitando información no tanto sobre los contenidos de nuestra revista, sino sobre aspectos gramaticales y de léxico que plantean serias dudas entre los lectores. Es por ello que, siempre en nuestro papel de servicio público, en esta sección vamos a abordar algunas de las cuestiones relativas al correcto uso del lenguaje. Para ello, hemos solicitado la colaboración nada menos que de un monje trapense, fray Benito Camela, gran lector, mejor filólogo y mejor aún fabricante de licores, el cual, desde su retiro en un monasterio, muy gustosamente, se ha prestado a esclarecer nuestra dudas. Este mes vamos a tratar sobre cómo ciertas frases hechas se han denigrado y hoy las decimos mal (como cuando de alguien anunciamos que llegó «en olor de multitudes») o peor (como cuando de alguien decimos que se puso «hecho un obelisco»). Veamos qué dice el sabio Fray Benito.

PONERSE HECHO UN OBELISCO

Por Fray Benito Camela

Existen, para el uso cotidiano del lenguaje, ciertas frases que llamamos «hechas» y que nos ayudan a expresar nuestra opinión o a manifestar nuestro estado de ánimo mucho mejor que lo podría hacer un concepto preciso o una palabra exacta. Conceptos y palabras que muchas veces, llevados por la prisa del habla, no encontramos. «Estamos hechos unos zorros», por ejemplo, se nos viene a la cabeza con mucha más rapidez que la expresión «estamos cansados», «estamos agotados» o «estamos estragados», expresión ésta que, aunque suene rara, sería la más correcta. Sin embargo, con el dicho «estar hecho unos zorros» estamos convencidos de manifestar con total exactitud nuestro agotamiento y debilidad, aunque nadie sepa con exactitud (ni yo mismo) cómo se sienten los zorros y por qué causa estos animales, por lo visto, se fatigan más que otras criaturas. Sería cuestión de preguntar a algún zoólogo.

Estas frases hechas surgieron en algún momento indeterminado de la historia, en algún lugar inconcreto de la geografía, y por no se sabe muy bien qué razones han perdurado durante siglos y han llegado hasta nuestros días, constituyendo la riqueza cultural, el especial acervo de un país o de una lengua. Por contrapartida, si bien el uso de estas frases (siempre en medida sensata) enriquece y adorna el habla corriente, de igual manera empobrece, deslustra y denigra el lenguaje literario, de tal modo que un escritor será tanto peor cuanto más empleé estas frases prefabricadas en lugar de buscar la palabra precisa y correcta. Hecha esta advertencia para los escritores y aspirantes a escritores que sabemos nos leen, quisiera tratar ahora sobre algunas de estas frases hechas que a lo largo de los años se han ido desvirtuando y que hoy decimos de forma muy distinta, y hasta radicalmente contraria, a cómo nacieron. No hablaré, de momento, sobre las expresiones en latín, que merecen capítulo aparte.

Uno de los dichos más pervertidos es el de llegar o ser recibido «en loor de multitudes», es decir, entre alabanzas, felicitaciones, parabienes, loores en suma, de las masas que nos salen a recibir. Decir como hoy se dice «en olor de multitudes» significa que quienes salen a darnos la bienvenida son muchos y ninguno se ha lavado, y hasta parecen competir por ver quién hiede más. Vamos, que por más que hubiera realizado yo una hazaña grandiosa no quisiera para mí este recibimiento odorífero de mis conciudadanos y antes saldría huyendo. Por eso, debemos cuidarnos de no emplear el olor y sí el loor para recibir a las gentes.

Este, al fin y al cabo, es fallo de poca importancia, aunque se encuentra muy generalizado. Más grave es el de «ponerse hecho un obelisco», por cuanto lo emplea la gente para darse tono de culta y bien hablada, resultando precisamente lo contrario. Porque como se pone uno es «hecho un basilisco», es decir, como ese animal mitológico cuya mirada volvía de piedra a quien la cruzaba con él, y que se emplea como metáfora del que, enfadado por algo, mira dura, punzantemente, con los ojos casi inyectados en sangre. Muy lejos de esto, ponerse «como un obelisco» digo yo que será estirarse mucho hacia arriba, casi de puntillas, y prolongar los brazos por encima de la cabeza. O lo que es lo mismo, una posición absurda para demostrar nuestro enfado.

Y es que esto nos pasa muchas veces por pretender ir más allá de nuestras posibilidades, y querer aparentar cultura y refinamiento. A causa de esto, vienen a degradarse estas frases hechas, sobre todo cuando tienen su origen en la mitología grecolatina, en los textos bíblicos, cada vez menos conocidos, o en algún referente histórico o cultural no demasiado común. Sucede cuando decimos que una cosa concierne a «sirios y troyanos», que habría que aplicarse con toda dureza «la ley del talón», que alguna mujer sufre del «complejo de eléctrica», que tal individuo ha plantado «un pino en Flandes» o que tal otro tiene más atributos que «el caballo de Espartaco». Se trata tan sólo de unos ejemplos, pues estoy seguro que cada día oirás, lector, agredir a la lógica, a la historia y a la cultura con expresiones así de retorcidas. Por ello, para evitar en lo posible que vuelvan a repetirse estos desmanes, recomiendo desde aquí que, antes de emplear una de estas frases hechas, se informe y asegure bien el hablante de que la está diciendo de modo correcto.

El próximo mes, y abundando sobre este tema, hablaremos de la frase hecha seguramente más desvirtuada del idioma castellano, a tal punto que casi nadie recuerda ya su forma original. Me refiero a la expresión: «así se las ponían a...». ¿A quién?, te preguntarás, lector, con impaciencia. La solución, el próximo mes.