Sumario. Opinión. José Ángel Barrueco
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Vía revolucionaria

 
josebarrueco@literaturas.com

Cogí en la Biblioteca “Vía revolucionaria”, clásico norteamericano de Richard Yates, escritor casi desconocido en España. “Vía revolucionaria” es una novela que ha influido a muchos escritores de aquel país. Es una historia sobre la forma en que decaen los valores de una sociedad que, en principio, parece tenerlo todo, a través de una pareja y sus hijos. No voy a desvelar mucho acerca de las líneas principales de su argumento (deberían leerlo sin pérdida de tiempo), excepto que la pareja se viene abajo por las desilusiones cotidianas, los fracasos, las riñas diarias, el trabajo, las infidelidades y los proyectos de sueños que suelen quedarse en eso: en meros proyectos.

Llama la atención el modo en que la crítica especializada ha calificado el libro: dicen que es una especie de novela con suburbios de casas de colorido alegre, jardines muy cuidados y una vida cómoda, pero en cuyos interiores habitan los monstruos. No es que la novela incida en el comportamiento de los freaks o de los monstruos de barraca, sino que ese universo, en principio feliz, en apariencia espléndido y luminoso, oculta disputas entre los miembros de cada familia, oculta bajezas, engaños, pérdidas de autoestima, ilusiones que mueren deprisa, ilusiones que renacen durante el desayuno para marchitarse más tarde, tedio y alcohol en esas reuniones de parejas adultas que envían a sus niños a la casa de los vecinos para que hagan de canguros unas horas.

El mundo en apariencia perfecto y en el fondo resquebrajado y triste remite al universo de algunas películas de Tim Burton: esos barrios de casas adosadas, con viejas felices en el porche, chavales cuidando el césped, familias preparando una barbacoa al sol y perros jugueteando en el jardín y que, sin embargo, no son en absoluto normales ni felices. Sólo hay, bajo esa capa de ilusión y artificio y lujo, almas desgarradas, criaturas egoístas y parejas a la deriva. Vidas que uno, en su juventud, no quería vivir; pero las circunstancias le condujeron hasta allí. Pienso en esa frase de la novela que reza: “¿Qué coño de vida era aquella? ¿Qué sentido o qué propósito tenía, si se podía saber, una vida así?” Monstruos, como apuntaba la crítica; pero no monstruos de rostro y cuerpo, sino de alma.

Yates describe el descenso a los infiernos de la pareja como pocos escritores lo han hecho (salvo Raymond Carver o John Cheever, entre ellos). Situaciones tontas o equívocos que van degenerando hasta desembocar en escenas tensas, gritos, portazos y desilusiones.

La lectura de Richard Yates, nombre imprescindible en las escuelas de literatura de Estados Unidos, me ha traído a la mente algunos cuentos y novelas. Ya he apuntado atrás un par de nombres. Pero su eco también está en Richard Matheson, otro autor sin el que la literatura de terror contemporánea no se comprende (incluyo a su discípulo más solvente, Stephen King). Matheson tiene un relato titulado “El distribuidor”, uno de mis favoritos. Cuenta la historia de un hombre que se muda a esos barrios. Finge ser alguien encantador. Se apresura a presentarse a los vecinos y conocerlos (y averiguar sus debilidades). Luego, mediante cartas, llamadas de teléfono, colocación de objetos en lugares inconvenientes..., los enfrenta a unos con otros: al hombre blanco que oculta un racista en potencia con el negro que vive en la casa de al lado, etcétera. Uno comprende que el protagonista se dedica a sembrar la discordia y a meter cizaña sin que adviertan que él es el culpable. Pero el lector también sospecha que el distribuidor sólo se ha encargado de prender la mecha de algo que estaba a punto de estallar.

José Ángel Barrueco
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