Sumario. Opinión. Póquer de damas

El fin del mundo

 

Cristina Cerrada

 
   

Finalmente ocurría: La CNN, a través de su presidente, el presidente de los EEUU y del mundo civilizado, anunciaba para hoy, a las seis de la tarde, la llegada del Fin del Mundo.

—No hay que preocuparse de nada —dijo el portavoz americano, uno de esos hombres pulcros de edad indeterminada, pelo cano y dentadura perfecta—, vamos a trasladarlo todo a Marte, ¿verdad Tom?

A su lado, un negro como una torre, vestido con un impecable traje azul asintió:

—Así es, Willie. Allí empezaremos de cero. Borrón y cuenta nueva. A otra cosa mariposa. Y te diré algo más, Willie —añadió volviendo hacia el otro una mirada enigmática llena de intención—. Te diré algo más.

Pero después no dijo nada.

Me quedé de piedra al oírlo. Sufrí un ataque de pánico y tuve que tomarme un Orfidal. ¡Dios mío!¿Sería verdad que se acababa el mundo? ¿Qué nos esperaría en Marte? ¿Habría vida inteligente allí? Quiero decir, inteligente. ¿Y rebajas? ¿Y ordenadores? ¿Y números de la seguridad social? Cuando más tarde me repuse, en la tele habían interrumpido la programación ordinaria para dar paso a un discurso del Rey.

—Queridos compatriotas, confío en que sabremos estar a la altura de las circunstancias —dijo—: el mundo se acaba, ya lo sabéis. Los españoles siempre somos los últimos, pero quien ríe el último, ríe mejor.

Apagué la tele. No es que me molestase oír al rey —aunque no sabía si era el rey o Barrio Sésamo—, pero es que estaba sonando el teléfono. Era mi ex. Podía estar acabándose el mundo, pero a mi ex yo no podía negarle nada. A lo mejor, ante la próxima tragedia, había decidido regresar.

—Ya lo sé, ya lo sé —le dije —pero es que aún no he podido firmar los papeles, con esto del Fin del Mundo... —sugerí, pero no parecía que eso le fuese a conmover—. ¿No podríamos vivir los tres juntos? —le pregunté—. Es que me siento muy sola.

Pero él había colgado ya. Siempre ha sido un poco remiso.

Comí deprisa, y empecé a hacer la maleta. Esto de acabarse el mundo me había cogido tan desprevenida que no sabía qué llevar, si ropa de verano o de invierno. ¿Qué tiempo haría en Marte? ¿Me ponía medias, o me tendría que depilar? ¿Y cuándo nos iban a embarcar, antes o después del Fin? Qué miedo. Tantas incógnitas me estaban poniendo nerviosa, y nerviosa pienso fatal. Lo mejor sería ir de compras, me dije, así que telefoneé a unas amigas. Ninguna sabía exactamente qué pasaba, ni cuál sería la razón de un Fin tan precipitado. Últimamente habían ocurrido algunas cosas, sí, que si unos muertos por aquí, que si otros por Alá; pero francamente, nada que no hubiera pasado ya otras veces. Una de ellas había oído decir que si seguía aumentando la población del tercer mundo acabaría produciéndose un desequilibrio en el centro de gravedad de la Tierra que podría desviarla de su eje. Quizá nos fuésemos a Marte para no andar torcidos, no lo sé.

—Pues yo me llevo mi casa —me dijo una amiga que le costó mucho encontrarla.

—Ay, pues yo estoy preocupada —le dije yo—, con tanta violencia le he cogido un poco de miedo a comprarles a esos chicos sus pañuelos de papel.

—Mujer, en los pañuelos no pueden meter bombas —me dijo—. Se notarían.

Habíamos quedado un poco antes de las seis en el chiringuito del Retiro, para ver juntas el Fin del Mundo desde allí. Sin embargo, cuando llegué no había nadie. Para hacer tiempo abrí una bolsa de pipas. Las pipas es como leer un libro, pero sin estropearte la vista. Te ayuda a pasar el rato mientras no tienes nada mejor que hacer. Por las noches, mi ex marido solía leer revistas de coches en la cama para conciliar el sueño, mientras que yo comía pipas. Después, él se ha pasado la vida deseando tener un Ferrari —que no tiene, claro—, en cambio, como para mí la máxima aspiración era encontrarme uno de esos palos salados o una pipa doble, he sido siempre una mujer satisfecha.

Comí pipas hasta que me ardió la punta de la lengua, y entonces miré el reloj. “Dios mío, si son las seis y diez”, me dije, “y el mundo, sin acabarse ni nada”. Definitivamente, ya no había formalidad, pensé, se había perdido el respeto. Recordé que una vez, cuando tenía dieciséis años, pedí cita en el ambulatorio para que el dermatólogo me viera unos hongos de los pies. Sin embargo, hace poco, el hermano de una amiga mía que es naturópata, me dijo que usara filetes de ternera en vez de suelas, y que eso acabaría con ellos. Cuando llamé al ambulatorio para cancelar la cita —que me habían dado hacía veinte años para este mes de abril—, me dijeron que la habían pospuesto para agosto. Y sin avisar.

Por fin, aburrida, me levanté del banco dónde había estado esperando la llegada del Fin del Mundo, y me fui. Una de dos: o el mundo se había acabado y yo me había quedado en tierra —me imaginé el mundo acabado, con todo cerrado y nadie con quien cotillear—, o es que ni Fin del Mundo, ni viaje a Marte, ni nada. Fue entonces cuando me di cuenta de lo sola que estaba, en realidad. De lo solos que estamos todos.

Ya en el coche vi que me habían puesto una multa. Por primera vez en mi vida me alegré. Sentí una cálida oleada de calor recorriéndome la espalda, como una mano protectora. La cogí con mucho cariño y la leí. “...por estacionar indebidamente en carril señalizado para uso exclusivo de taxi y autobús...”. 60 euros. Miré la hora de la infracción: las seis y dieciséis minutos. Me eché a llorar de la emoción. De manera que el mundo no se había acabado, nadie se había ido a Marte y todo seguía igual. Guardé la multa como recuerdo. Esa noche, frente al televisor, cuando la locutora anunció que el nuevo gobierno iba a cambiar todo lo que había hecho el anterior, me lo creí.


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