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  Mujeres de posguerra  
Inmaculada de la Fuente  
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En "Mujeres de la posguerra. De Carmen Laforet a Rosa Chacel" (Planeta, 2002), Inmaculada de la Fuente -periodista del diario El País- aborda una biografía de la autora de Nada, insertada en las vidas y obras de las escritoras de los años cincuenta que la sucedieron y las maestras de su juventud arrastradas al exilio tras la derrota republicana en 1939. Lo que sigue son dos amplios extractos de dos capítulos del libro. El primero presenta a Carmen Laforet unida por hilos vitales y literarios a veces invisibles, a otras narradoras de su tiempo. En el segundo, el lector encuentra el latido íntimo y la faceta creativa de la autora inolvidable autora de "Nada" .

Carmen Laforet, la escritora que renovó la narrativa española de la posguerra, murió el 28 deilustración: benjamin@erres.com febrero en Madrid, a los 82 años. Una muerte anunciada que ha sellado definitivamente su ausencia. Después de años de alejamiento de la literatura y de paulatina enfermedad, un doble silencio que algunos lectores asociaron a una efectiva desaparición, Laforet ha resucitado a las letras al mismo tiempo que moría. Además de Nada , sus lectores podrán leer muy pronto Al volver la esquina , una novela inédita que Laforet decidió no publicar en el último momento, cuando corregía las galeradas. Y que sus hijos, todavía en vida de su madre, han rescatado pensando que aquel gesto fue una huida, y que la obra merece publicarse.

PRESENTACIÓN : VOCES DE MUJER, RETRATOS DE UNA ÉPOCA

Cinco años después de que acabara de forma oficial la guerra civil, una joven desconocida, Carmen Laforet, deslumbró a su generación con Nada . La novela se convirtió enseguida en un revulsivo literario y social. Ninguna palabra podría haber nombrado mejor el paisaje físico y moral de aquellos días de posguerra en los que las heridas de la contienda permanecían aún abiertas y ganadores y vencidos buscaban algo parecido al olvido, los primeros para absolverse de sus excesos y los segundos para sobrevivir a su derrota. Nada , aquel título expresivo y rotundo, simbolizaba la miseria y oscuridad de los años del estraperlo y el hambre, la vaciedad del quiero y no puedo de las clases medias y el obsceno lujo de los arribistas. La novela, que ganó el primer premio Nadal, se difundió por la España que aún leía o se sentía vagamente liberal, pero también entre las capas burguesas que se sintieron interpeladas e incluso escandalizadas por algunas de sus páginas.

Una aureola de misterio envolvió a Carmen Laforet, nacida en Barcelona en 1921. ¿Quién era aquella joven que parecía esconder en su primera novela a una narradora inconformista, observadora y escéptica? ¿Había algo autobiográfico en aquella historia familiar de ambiente decadente y frío en la el que algunos de sus personajes se movían entre la ocultación y las medias verdades y Andrea, la protagonista, se veía empujada a la huida y la perplejidad? No sólo era insólito que una mujer triunfara en literatura -o en cualquier otro ámbito- en unos años en los que las pocas que habían creído en su talento en la década anterior formaban parte de la España peregrina o habían vuelto al hogar a remendar calcetines aunque mantuvieran sus femeninos empleos de maestras y enfermeras o ayudaran a sus maridos en los negocios familiares. Llamaba la atención que fuera tan joven -23 años tenía Laforet cuando se presentó al Nadal-, que sólo se supiera de ella que había nacido en una familia ligada a la burguesía catalana, que había vivido desde niña en Gran Canaria, adonde su padre, arquitecto, se había trasladado por motivos de trabajo, y que, al finalizar la guerra civil, había vuelto a Barcelona. ¿Qué había encontrado allí aquella joven que estudió unos cursos de Filosofía en Barcelona y luego, en el 42, marchó a Madrid a probar suerte en Derecho? Calles por las que vagar con el estómago vacío mientras la cabeza volaba ensimismada, ambientes de juventud en los que sólo los más rebeldes o huraños intentaban salirse de los márgenes. El vacío y desolación que se respira en Nada . La novela narra el agotamiento de las clases medias, su falta de perspectivas tras la guerra y la confusión que les produce la falsa identidad que deben asumir en un mundo regido por el deber ser y la apariencia.

Laforet ha afirmado que no hay nada biográfico en la novela, a no ser las descripciones de esa fantasmal Barcelona que amó y por la que sin duda paseó para poner en orden sus ideas de escritora. “Fue la primera gran ciudad que pisaban mis zapatos vagabundos”, reconoció en un artículo publicado en 1983. Andanzas solitarias que no se vieron empañadas por el hecho de que “Barcelona presentara entonces las cicatrices de la guerra y que el hambre fuera una realidad como la del aire suave, mediterráneo, de sus calles”. Por eso sigue causando asombro el acierto con que expresó aquel desasosiego existencial y la economía de trazos con que retrató la posguerra: la cartilla de racionamiento, el pan negro, la mezquindad ambiental, la falta de ambición para cambiar. Sin denunciar nada ni defender ideología alguna, como no fuera un soterrado nihilismo, algunos especialistas han visto en esta obra “el más fiel reflejo de una sociedad en descomposición, con la atroz persistencia de la posguerra”. Con razón el cineasta Juan Antonio Barden definió a su generación como “la generación de Nada” .

Todo esto abrumó a Carmen Laforet, y el certero fulgor de Nada la dejó marcada para siempre. Demasiado joven para haber conocido de forma directa a la generación del 27 y establecer un eslabón con las intelectuales y artistas a las que la guerra partió la vida en dos y les condujo al exilio: Rosa Chacel, María Zambrano, María Teresa León, Mercé Rodoreda, Concha Méndez o Maruja Mallo, nada hace pensar que Laforet tuviera un especial empeño crítico. Como los españoles y españolas de su edad menos comprometidos asiste como espectadora al desenlace de la guerra desde Las Palmas y luego, ya en Barcelona y en Madrid, percibe la brutal diferencia entre el mundo que se intuye desde los ambientes universitarios que frecuenta y el triste hollín que impregna la vida diaria. De esta diferencia nace su rebelión interior y su fuerza como escritora, reconocida enseguida por José Martínez Ruiz, Azorín y Juan Ramón Jiménez. Pronto queda incluida en la generación del 36, integrada por Miguel Delibes, Camilo José Cela o Francisco Ayala, éste último exiliado al otro lado del Atlántico. Autores que fueron creciendo a lo largo del siglo, mientras que Carmen Laforet ha ido menguando como escritora, publicando de forma errática, hasta extinguirse como autora.

Laforet no fue la única voz de mujer de la posguerra. Junto a ella, ya en los cincuenta, irrumpieron Carmen Martín Gaite, nacida en Salamanca en diciembre de 1925, y Ana Maria Matute, que vino al mundo el 26 de julio de 1926 en Barcelona. Con Rafael Sánchez Ferlosio e Ignacio Aldecoa, y poco después Juan Benet y los hermanos Goytisolo, Matute y Martín Gaite forman la generación intermedia que alcanza la juventud en la posguerra y publica en los cincuenta. Entre Martín Gaite y Matute sólo hay medio año de diferencia, y es fácil ver entre ambas paralelismos biográficos. En el mismo grupo de Martín Gaite se encontraba Josefina Rodríguez, que al morir su marido, Ignacio Aldecoa, adoptó el apellido de él como nombre literario. Josefina fue quien acuñó la marca de los niños de la guerra para referirse a los escritores que nutrieron su infancia de guerra y hambre, al igual que su memoria.

Carmen Laforet, cinco años mayor que Carmen Martín Gaite y seis más que Ana María, también reúne similitudes con ellas, aunque su carrera se apagara antes. Hay en Laforet una modernidad que le hace adelantarse a sus compañeras en vivencias que ellas reflejarán más tarde. En algunos aspectos, se percibe cierto parentesco literario entre Carmen Martin Gaite y Carmen Laforet: la aventura existencial, la influencia del neorrealismo (intuido en Laforet, asumido en la autora de Entre visillos ), o la atmósfera social de sus temas. Al igual que el biográfico: la primera se casó con su compañero de generación, el escritor Sánchez Ferlosio, y la segunda contrajo matrimonio con el editor que la animó a publicar Nada , Manuel Cerezales. Pero más sorprendentes son los lazos entre Laforet y Matute, a veces invisibles. El misterio y hermetismo de la autora de Nada se corresponden muy bien con el ensimismamiento de Matute, una escritora que logró dar salida literaria al mundo de ensoñaciones que se había creado durante una infancia y adolescencia moderadamente transgresoras. Mientras que a Carmen Martín Gaite han sido la vida y la literatura las que le han hecho traicionar su destino de señorita de provincias, Ana María Matute y Carmen Laforet fueron ya disidentes desde niñas. En especial Matute, que a pesar de crecer en un ambiente desahogado, va chocando primero con la supuesta frialdad de su madre –perteneciente a la burguesía castellana-, y luego con las restricciones del colegio y la cursilería de las niñas de entonces. No es difícil imaginar lo que hubiera sido de la extraña sensibilidad de Matute y de ese innato sentido de la libertad que le hacía pensar las monjas de su colegio eran unas malvadas y sus compañeras unas brujas, de haber nacido en una clase social de menores recursos. Ana María pensaba que los suyos no la entendían, pero su entorno familiar, sin duda confortable, le permitió ejercitar su poderosa imaginación de niña y desarrollar su fabulosa capacidad de evasión de la realidad social y política en sus primeros años de adulta. Esa rebeldía la exterioriza con menor intensidad Laforet durante su infancia en Las Palmas, pero aflora de manera despiadada cuando su mirada de escritora se posa en el mundo adulto.

Laforet y Matute se mantienen en la brecha en los cincuenta y sesenta, para luego retirarse por voluntad propia la primera y alejarse temporalmente del quehacer literario la segunda a causa de una depresión. Quién sabe si no fue también una depresión larvada y no reconocida la que le llevó a Laforet al desaliento literario y a la huida. Las mismas contradicciones entrevistas en otras mujeres de su generación que, sin buscar etiquetas psicológicas a su malestar, libraron batallas en solitario al acercarse a la madurez para reconstruir una identidad que en los cuarenta les había sido negada. Sin embargo, Matute salió del pozo con la ayuda de un buen psiquiatra y su voluntad de escribir, hasta vivir una segunda consagración con la publicación en los noventa de Olvidado Rey Gudú y su ingreso en la Academia.

Carmen Martín Gaite, mientras tanto, realiza una carrera de corredora de fondo: valorada por la crítica cuando publica El balneario (premio Café Gijón de 1954), Entre visillos (galardonada con el Nadal en 1957), o El cuarto de atrás , sólo al obtener el premio de ensayo Anagrama por Usos amorosos de la posguerra , empieza a ocupar los primeros puestos de ventas. No cabe duda de que las tres han recorrido un largo camino en el que más de una vez se han debido sentir pioneras y solas, bien sea en el largo paréntesis en el que la Sección Femenina regulaba y encorsetaba el destino de las mujeres, o cuando la evolución de las costumbres les fue colocando ante situaciones personales que de jóvenes no previeron. Representantes de las mujeres ilustradas de su generación, ellas fueron de las primeras españolas que accedieron a la Universidad durante el franquismo, llevaron con naturalidad pantalones, fumaron y se separaron: Martín Gaite de común acuerdo tras una convivencia de 17 años, Ana María Matute de forma traumática, y Laforet, de un modo discreto, sin disolver su matrimonio de modo legal, después de ensayar relaciones de cierta igualdad formal con sus respectivas parejas. Aunque sólo fuera por dedicarse ambos a oficios similares y vivir una cierta bohemia. De las tres, sólo Matute rehizo su vida sentimental con una segunda pareja.

En 1975, cuando la televisión transmite el entierro del general Francisco Franco, Martin Gaite se encuentra en un bar cercano a su casa y sigue con atención esas imágenes. Lo primero que se le viene a la cabeza mientras las contempla es que no sólo se acaba el franquismo, también se cierra un capítulo de su vida. Es probable que otros muchos españoles y españolas, los que andaban entonces por los 50 años, como ella, pensaran lo mismo. “De esta época que acabamos de cerrar yo lo sé todo. Toda la intra-historia, porque he estado con los ojos bien abiertos, mirando y viendo”, explica. Ese día decide escribir Usos amorosos de la posguerra , obra que arranca en 1939 (cuando ella tenía 14 años y vivía en Salamanca) y termina en 1953 (el año que se casa con Sánchez Ferlosio). Con anterioridad ya había abordado los Usos amorosos del XVIII , pero ahora son sus vivencias las que se convierten en objeto de estudio. En esa posguerra se ha depurado como mujer y como escritora y ha descubierto que lo que le impulsa a escribir es la necesidad de contar lo que su memoria ha ido recogiendo al tiempo que vivía. Su novela Entre visillos , adaptada después como serie de televisión, retrata la falta de horizontes de la vida provinciana en la posguerra. “ Entre visillos me hizo el mismo impacto de Nada , de Carmen Laforet”, confesó hace unos años Josefina Aldecoa. Pero también en El cuarto de atrás se hace presente la posguerra. El cuarto de atrás no es sólo la parte más escondida de uno mismo, sino el último reducto de la memoria, los sueños personales robados a la realidad. No en vano Martín Gaite utiliza como pocos los escenarios domésticos para profundizar en la realidad y traspasarla. No reniega de la realidad, pero la presenta “por el lado menos agobiante”. Una realidad que, a menudo, tiene voz de mujer, quizás porque “el testimonio de las mujeres (de las de su época, sobre todo) es ver lo de fuera desde dentro, a través de la ventana”, sostenía.

Carmen Martin Gaite estudió Filosofía y Letras en Salamanca y en torno a 1949 se trasladó a Madrid para hacer el doctorado. Además de escritora, la señorita de provincias que era entonces quería ser catedrática. Como otras universitarias de su época, Martín Gaite creía que la Universidad podía ofrecerle algo valioso. Pronto descubrió que había pocas mujeres con las que se podía conversar, y se integró en el grupo de Aldecoa -a quien ya conocía de Salamanca-, y Sánchez Ferlosio, para quienes la Universidad apenas era más que un lugar de paso, mientras la vida se desarrollaba en los cafés. Con ellos y con Jesús Fernández-Santos, Josefina Rodríguez y Alfonso Sastre, recorría cada tarde-noche la denominada “ruta del alcohol”, a la que llamaba la kashba , desde el café Gijón y la calle de Alberto Figueroa hasta la Plaza de España, terminando en la taberna del Gato.

(...) En 1953, el año en que contrae matrimonio, publica su primer relato, Un día de libertad , en Revista Española, que dirigían Aldecoa y Sánchez Ferlosio. Poco después gana el Gijón con El balneario . Y en 1957 consigue el Nadal por Entre visillos . Así se inicia una dilatada carrera en la que vida y literatura se entrecruzan. Una biografía no exenta de momentos duros, como la muerte de su hija en 1985 a causa de los estragos dejados en su cuerpo por la heroína. Como tantas señoritas de provincias, Martín Gaite ha tenido que soportar desgarros personales que no estaban escritos de antemano en sus currículos juveniles. Zarpazos para los que una señorita de provincias no estaba preparada –y probablemente nadie- y que le han exigido dosis inagotables de coraje. “Perdí a mi hijo de ocho meses a los 29 años. He tenido dos hijos y los dos han muerto. Me he estado muriendo muchas veces, pero siempre he tenido claro que morirme no quería”, declaró en una entrevista. Pudo con todo sin hacer aspavientos, apoyada en esa resistencia moral que tenían algunas señoritas de provincias educadas en el esfuerzo, como le había inculcado su padre desde niña. Porque a pesar de que lo provinciano era un muermo, ella no nunca dejó de ser, con toda la ambigüedad e ironía que se quiera, esa señorita de provincias que le hacía decir: “Esto lleva mucho Tormes”, cuando algo le superaba o encerraba demasiada enjundia.

Ana María Matute, que empezó a garabatear cuentos a los cinco años, ya había publicado Los Abel cuando Carmen Martín Gaite dejó Salamanca. La guerra, vivida en plena adolescencia, entre los 10 y los 13 años, ha sido el telón de fondo de varias de sus obras, desde Los hijos muertos (1958) a Primera Memoria , premio Nadal de 1959 e inicio de la trilogía Los mercaderes . Toda la crueldad y la violencia del ser humano están plasmadas en muchas de esas páginas. Ella misma confiesa que sólo supo lo que era la muerte durante la guerra. Durante un tiempo pensó que la muerte no existía, que era una de las mentiras que utilizaban los adultos para asustar a los niños. Pero a los diez años, caminando por Barcelona con su padre, vio a un hombre muerto, tirado en un solar. Su padre solía taparles los ojos a ella y a sus hermanos cuando tropezaban con algún hecho sangriento en la calle o se veían involucrados en alguna escena en la que unas monjas eran sacadas del convento y acorraladas por milicianos, pero no pudo evitar que viera a aquel hombre despanzurrado que tenía un diente de oro y llevaba en la mano un pedazo de pan con chocolate. La muerte existía.

No fue ésa la única impresión de la guerra. De niña tartamudeaba, pero el estruendo de los bombardeos le produjo tal impacto que dejó de hacerlo. La vida adulta, con toda su crudeza, le obligaba a crecer. De cualquier modo, nunca fue una niña como las demás. “Las niñas jugaban a dar tés y cosas de ésas, pero yo prefería `hacer de papá´. Porque el papá leía periódicos. Y me sentaba a leer tebeos. Yo siempre me he desmarcado de ese papel supuestamente femenino, siempre he sido muy natural, he seguido mis impulsos”, confiesa.

La convicción de ser rara no le evitó aceptar algunos de los convencionalismos propios de una joven burguesa. Se casó a los 25 años con el escritor Ramón Eugenio Goicoechea, y con él tuvo un hijo, Juan Pablo, en 1954. Sin embargo, el matrimonio fue mal y Matute, en contra de lo que era entonces la norma, seguir juntos contra viento y marea, al menos legalmente, se separó en 1963. Era una decisión tan infrecuente y tan costosa para una mujer que la ley se le echó encima. No existía el divorcio, y la separación, una práctica minoritaria, colocaba a la mujer contra las cuerdas. A pesar de las modificaciones de 1958 que recortaban algunas de las prerrogativas del marido, la ley todavía miraba con desconfianza a la mujer que rompía el matrimonio y le hacía pagar un alto precio si tenía hijos. Durante un tiempo su marido no le permitió ver a Juan Pablo, y quizás haya sido aquella, a pesar de tantos avatares vividos, la época más dura de la novelista. Gracias a la bondad de su suegra, que le dejaba ver al niño, y a los oficios de un buen abogado, pudo recuperar a su hijo y llevárselo con ella a Estados Unidos, donde había encontrado trabajo para dar clases de literatura española. Pero nada podrá borrar la herida del hijo transitoriamente perdido en su memoria.

Como tantas mujeres de su época, Matute venía de una familia de derechas, pero se hizo vagamente de izquierdas al chocar contra la realidad franquista y, aunque nunca dio a su obra un marchamo político, participó en el célebre encierro de Montserrat contra el juicio de Burgos. Su relación con la censura, a menudo tan obtusa, no fue fácil. Es probable que los censores se echaran a temblar ante la crudeza de Los hijos muertos o de Primera Memoria , y le exigieran algunos recortes, pero se cebaron en Luciérnagas , cuya versión íntegra no se ha podido publicar hasta muy recientemente.

Se adivina también una inesperada confluencia entre Laforet, Martín Gaite y Matute al asumir la contradicciones entres los sueños de la infancia y la aspereza de la realidad de adultas. “A través de los vericuetos de la imaginación he tratado de escapar de una realidad que por desgracia no he podido transformar todo lo que hubiera deseado”, declara Martin Gaite. Matute va más lejos y recrea su propia realidad desde dentro, coincida o no con la del exterior. Pero llega un momento en que esta autora imbuida de literatura da un traspié vital y, a la vuelta de Estados Unidos, sufre una profunda depresión le aleja de la escritura. Un paréntesis de diez años en el que Matute no deja de atormentarse pensando que tenía que vivir en vez de escribir. Hasta que al fin consigue reequilibrar ambos deseos y vuelve a la literatura: “He soñado mucho. Pero anda que he vivido... Todo lo que he podido... “, confiesa. Más enigmática y escurridiza se atisba la relación de Laforet con la realidad, pero recordando sus andanzas solitarias en la Barcelona de los cuarenta, no es aventurado pensar que los vagabundeos juveniles se han prolongado en sus años de adulta, ya que, además de algunos viajes a Estados Unidos, ha vivido algún tiempo en París y varios años en Roma. Quizás esa ausencia temporal de España haya sido su manera de escapar y de eludir una realidad no siempre deseable ni apreciada, aunque no la rechazara de forma expresa.

Las tres, juntas y por separado, son esenciales para rescatar la memoria de la postguerra y para configurar el modo de sentir y de pensar de las mujeres de los cuarenta y cincuenta. Un pasado que no se agota en ellas, y que hay que rastrear también en la obra de Josefina Aldecoa, Dolores Medio, Elena Soriano y Carmen Kurtz, e incluso en autoras de una óptica más conservadora o cercana al Régimen, como Mercedes Formica, María Campo-Alange y Mercedes Salisachs. Sus voces narrativas y los personajes que las habitan forman un calidoscopio, un juego de espejos en el que se reflejan las vidas de otras mujeres. Aquellas que crecieron y maduraron con ellas, o las que vivieron el mismo tiempo en que transcurren sus novelas. Un papel de testigo que Carmen Martin Gaite asumió plenamente. “No es que yo haya quedado para contar mi vida, que no tengo ganas de hacerlo. Pero hay un poso formado por esta vida mía y la vida de los otros; por lo que va sucediendo en el mundo mientras yo vivo, y por la desaparición de tanta gente que yo quería. No sólo están ahí mis traumas familiares y mis pérdidas espantosas; está esa cantidad de amigos que ha desaparecido”, comentó en una entrevista publicada en los noventa en la que hacía balance de los amigos ya desaparecidos. Y en otra apostilla: “No quiero olvidar nada, yo tengo esa capacidad de salir a flote. Me parece que las mujeres lo hacemos mejor que los hombres, y las mujeres españolas de las que se ha dicho tanto que son dependientes, mejor que otras. Las americanas que he conocido, pues no pueden dar un paso sin el abogado, el psiquiatra, el marido... Son mujeres ortopédicas, y aquí una sale a flote”. En este sentido Julián Marías acierta cuando dice que Martin Gaite está desparramada en todos sus personajes sin estar biográficamente en ninguno de ellos, algo que podría afirmarse también de Carmen Laforet y, con matices, de Matute. Hasta el paso del tiempo se deja sentir no sólo en lo personal, sino en lo generacional: “Nuestros hijos nos traían una nueva visión del mundo... Y aunque nosotras siguiéramos mirando entre visillos ellos nos traían las canciones de los Beatles, el amor libre, el gusto por los viajes”, señala Martin Gaite al reconocer la influencia de los hijos en la evolución hacia la tolerancia y la modernidad de la mujeres de su generación.


Las creadoras del exilio

No sólo los más jóvenes les trajeron una nueva visión del mundo. Buceando en el pasado inmediato, descubrieron a otras mujeres que seguían creando en el exilio, como María Zambrano, Rosa Chacel o Mercé Rodoreda, silenciadas en la memoria colectiva hasta su vuelta. Fue en Roma, y en la década de los setenta, donde Carmen Laforet tuvo la fortuna de conocer a María Zambrano, a través de amigos comunes como Rafael Alberti y María Teresa León y, en especial, Enrique Rivas Cherif, que hizo de puente. Hay que tener en cuenta que Zambrano había mencionado a Laforet en unos de sus últimos artículos, por lo que cabe suponer que ambas apreciaban.

Carmen Laforet esperaba encontrarse ante una anciana, pero sus impresiones fueron otras: “Me recibió una persona llena de magnetismo y sentido del humor; viva, despierta y sin edad”, recuerda. Nacida el 22 de abril de 1904 en Vélez-Málaga, María Zambrano era 17 años mayor que Laforet y las separaba el abismo de la guerra y el exilio. En la época en que se conocieron Zambrano se acercaba a los setenta años, y se empezaba a saber de ella en la España contemporánea a través de artículos de José Luis López Aranguren y de Ángel Valente. Laforet, que entonces frisaba los cincuenta, saldrá de este encuentro pensando que es una mujer llena de erudición y buen humor y, al mismo tiempo, vehemente cuando la conversación gira en torno a los gatos, una de las debilidades de la filósofa. Laforet le da pie a que hable de ellos al observar que Roma es un paraíso para los felinos, ya que hasta los gatos callejeros aparecen lustrosos. Zambrano, que protagonizó cierta polémica durante su estancia en Italia al reunir decenas de ellos en su casa, discrepa de la bondad de los romanos para con sus felinos y asegura que el amor a los gatos nunca es excesivo. Como a Richelieu, a María Zambrano observar los juegos de los gatos le ayuda a pensar.

Fuera de ésa y alguna otra pequeña extravagancia, es difícil rastrear debilidades y fisuras en la biografía de María Zambrano, una de las mujeres más singulares del siglo. Sus escritos transpiran densidad y finura. Pero en ellos aletea también el resplandor de la poesía, su ligereza. Fernando Savater afirmó a su muerte que había sido una francotiradora necesaria. Cioran la definió como el discípulo más original de Ortega. Zambrano nunca renegó del Maestro ni en los peores tiempos de antiorteguismo, pero fue una discípula “por libre”. “Ah, ésa espléndida muchachita”, decía él al referirse a ella y a María ese atento desdén nunca le gustó. Mientras que para Ortega, “un hombre de la Ilustración”, según su discípula, la vida es un drama entre el yo y las circunstancias, para Zambrano la vida es tragedia. “Ortega no podía con la tragedia de España”, observa la pensadora; ella, y más aún después de vivir el exilio, sí.

Hija de profesores, la originalidad de su temperamento se vislumbra muy pronto. De niña quiso ser caja de música, pero renunció a tal quimera cuando se dio cuenta de que siempre haría sonar la misma melodía; ella, por el contrario, quería que su música fuera inédita. Luego le atrajo ser templario y más tarde centinela -cuando la familia se trasladó a Segovia y María estudiaba el bachillerato en la ciudad castellana-, fantasías que su padre trataba de quitarle de la cabeza. A los 10 años la despierta María ya escribe algún artículo pero su padre no quiere niños prodigio y la desautoriza. Ella no se desanima. Cuando la familia se instala en Madrid, en 1926 -el año en que nace Ana María Matute-, decide que será filósofa y completa estudios en la Universidad Central asistiendo a las clases de Ortega y Zubiri. Poco después, en 1928, se convierte en profesora ayudante de Filosofía, colabora en Revista de Occidente y Cruz y Raya , la publicación de José Bergamín y escribe un ensayo sobre el liberalismo. Próxima a la FUE (Federación Universitaria), participa en las Misiones Pedagógicas y cuando estalla la guerra civil asiste a las jornadas de Escritores Antifascistas celebradas en Valencia, donde conoce a Octavio Paz, con el que volverá a encontrarse en México cuando inicie el exilio. Una época febril en la que esboza sus primeras reflexiones sobre lo que luego publicará como Los intelectuales en el drama de España .

El 14 de septiembre de 1936, se casa con el historiador Alfonso Rodríguez Aldave y la pareja se traslada a Chile al ser nombrado él secretario de la Embajada. El sentimiento de que la guerra está perdida les hace regresar cuando los nacionales toman Bilbao. Rodríguez Aldave se va al frente y Zambrano pasa a Valencia primero y luego a Barcelona, donde se integra en el grupo de la revista Hora de España (con Emilio Prados, Gil-Albert y Ramón Gaya) y se implica en la defensa de la República como consejero de Propaganda y consejero nacional de la infancia evacuada. Su padre, Benito José Zambrano, muere en octubre de 1938 en Barcelona y el poeta Antonio Machado dedica a su memoria el último de los textos de su Mairena Póstumo . Poco después, el 28 de enero de 1939, cuando el triunfo franquista es inminente, cruza la frontera hacia Francia con su madre, su hermana Araceli y el marido de ésta, Manuel Muñoz. Van en coche, pero Zambrano se apea durante una parte del trayecto para acompañar a Machado, que atraviesa la frontera a pie y rehúsa subir al automóvil.

Unos años antes, en el esplendor de la República, María Zambrano admira a otra intelectual de peso, Rosa Chacel, nacida en Valladolid el 3 de junio de 1898. Cuando Zambrano vivía en Segovia, ya había oído decir que Chacel hablaba de Nietzsche en el Ateneo como nadie. Rosa Chacel, sin embargo, era una autodidacta y, consciente de sus lagunas, no se consideraba culta. De niña, en Valladolid, padecía de forma recurrente trastornos nerviosos y, para evitarle obsesiones, sus padres decidieron que no fuera al colegio y que no se le hablara del infierno ni se aludiera al castigo. Fue educada por su madre en casa, en un ambiente liberal y sin sectarismos religiosos. “No soy de los ateos tranquilos ni de los cristianos felices, las dos abominaciones posibles”, dirá más tarde. Según narra en Desde el amanecer , su autobiografía hasta los diez años, a los nueve años era una niña sedentaria, imbuida de espiritualidad y obsesionada por el heroísmo: sus juegos predilectos eran la guerra y la caza. Unas premisas que hicieron de Chacel una mujer racionalista, libre y sin sentido de culpa.

A los diez años la familia se traslada al barrio de Maravillas (hoy Malasaña), en Madrid y, al acercarse a la adolescencia, Chacel estudia escultura en la Escuela Superior de San Fernando: “Mi objeto no era más que situarme en una sociedad donde se acostumbrase a hacer cualquier género de ejercicio con la inteligencia”. En San Fernando conoce a Timoteo Pérez-Rubio y se hacen inseparables. A la vez empieza a escribir, lo que deja en segundo plano su interés por la escultura. Es una época de efervescencia en la que la fuerza de Chacel se manifiesta sin eufemismos cuando recuerda: “Con Alfonso XIII, no éramos jóvenes que pedíamos libertad, nos la tomábamos”. Su carácter se pone a prueba cuando Pérez-Rubio, dedicado a la pintura, obtiene una beca para la Academia Española en Roma. Chacel decide acompañarlo, pero al no estar casados, no se contempla una ayuda paralela para la escritora. Ambos artistas remueven instancias para poder irse juntos y cuando plantean el problema a Indalecio Prieto, éste promete ayudarles, pero les sugiere que en el peor de los casos siempre pueden irse “amancebados”. Al final, contraerán matrimonio y Rosa, entonces con 23 años, se irá a Roma como pensionista consorte . “Aunque para mí el pecado amoroso no existe", ya que “hay una virginidad que no tiene nada que ver con el acto sexual”, sostenía en una entrevista, “ese disgusto no se lo podía dar yo a mis padres”.

Cuando vuelven de Roma, la generación del 27 ya está formada y Rosa Chacel entra en contacto con Luis Cernuda, Manuel Altolaguirre y Antonio Gil Albert. Entre las mujeres, a Chacel no le pasan inadvertidas Maruja Mallo que “estaba en el candelero”, y otras dos de las se hablaba en los medios intelectuales y políticos, “María Zambrano y Victoria Kent”. En 1930 publica su primera novela, Estación de ida y vuelta . En 1933 coincide en un café de Berlín con Rafael Alberti y María Teresa León, y para ahuyentar el ambiente nazi que se cierne sobre sus cabezas, juegan a componer versos ortodoxos en la forma, pero de contenido vanguardista y escandaloso, lo que hace vislumbrar ya una cierta vena iconoclasta en la siempre rigurosa Chacel.

Se marcha a París durante la guerra civil, y el embajador de la España Republicana en Atenas, José Khan, le invitar a pasar unos días en Grecia. Chacel visita la Acrópolis con Khan y el escritor griego Niko Fazantzakis. Se hace de noche, hay luna llena y deciden ladrar a la luna. “Yo ladro muy bien, además, me gusta mucho ladrar”, confiesa la seria señorita de Valladolid cuando recuerda esa anécdota. Para entonces Rosa Chacel se encuentra ya camino del exilio. La guerra ha quebrado la belleza de aquellos días de su juventud plenos de arte y libertad. Una guerra que nunca sintió como propia, como les sucedió a tantos españoles leales a la República y a la vez reacios a entrar en una confrontación que íntimamente detestaban.

“Yo no quise hacer la guerra, ni a favor ni en contra. Como los intelectuales tenían que ofrecer sus servicios, me metí de enfermera dos meses en un hospital; también escribí en Hora de España y, en cuanto pude, me largué del país. Fue en 1937. Mi marido estaba al frente de la recuperación del tesoro artístico, tenía facilidad para entrar y salir; así que en la primera oportunidad me dejó en París con mi hijo”. La guerra, insiste, no fue algo que hizo, sino que la hicieron : “Aun teniendo las ideas claras, yo he sido una víctima de mi compromiso con la democracia y la libertad. Nunca me he metido en política y siempre he estado dentro, claro, la he padecido, las he padecido todas, la de España y la de Europa, me han partido la vida y aquí estoy”.

Como más tarde Zambrano, y años después Laforet en circunstancias muy diferentes, Rosa Chacel busca refugio en Roma al comienzo del exilio. Luego Chacel y Pérez-Rubio (conocido por salvar los fondos del Prado) viajan a Brasil y Buenos Aires, las ciudades donde transcurre su vida durante treinta años. Chacel publica en el exilio Teresa , Memorias de Leticia Valle , Sobre el piélago y, en 1960, su obra más ambiciosa La sinrazón . La idea de volver a España se agolpa en su cabeza de modo insistente y en 1971 realiza un primer viaje en el que recorre Valladolid con Miguel Delibes. Quizás evocara entonces la frase de Pablo Neruda: “Nunca dejarás de ser una señorita de Valladolid”. Y cómo ella corrigió al poeta: “Nunca dejaré de ser una niña de Valladolid”.

La falta de recursos frustró esta primera tentativa de regreso y volvió a Brasil de nuevo. Finalmente, la concesión de una pensión vitalicia, le permitió fijar su residencia en España. Pero le costó ser aceptada. Chacel no era de carácter fácil y su sinceridad y honestidad, a veces tan inoportunas, chocaron con los recovecos literarios y políticos de una España que no siempre entendía. Su diario íntimo, Alcancía, publicado en 1982, y la huella autobiográfica que destila Ciencias Naturales muestran su implacable talante intelectual. Finalmente, esta mujer incomprendida y a veces incomprensible, murió en 1994, a los 96 años. Tres años antes, en 1991, obtuvo el premio Nacional de las Letras de Castilla y León, el mismo galardón que recibiría al año siguiente Martín Gaite.

Exploradora de la conciencia y maestra de la aventura íntima, Rosa Chacel fue una pieza del rompecabezas de España que una vez separada y vuelta a unir no pudo encajar. Desgarrada su vida por el exilio, transmitía la sensación de que su vuelta a España se había producido en una fecha equivocada. La guerra y sus efectos habían durado tanto que la distancia entre la sociedad española y Chacel, fue honda, abismal e insuperable. Ni siquiera disimuló su alejamiento de las feministas, aliadas naturales que siempre la apoyaron: “Que tengan tanta razón no supone que haya que obviar sus exageraciones y excesos”. La suya no fue, sin duda, la confrontación con el hombre, sino la aventura con la inteligencia. ¿Qué hubiera supuesto Chacel en España si no hubiera vivido en el exilio? No tiene sentido hacer conjeturas pero de haber estado cerca de las corrientes literarias europeas, en vez de desarrollar su obra en el invernadero de Río de Janeiro, su influencia hubiera sido insoslayable. Aunque no lo buscó de forma deliberada, al final optó por el aislamiento. En un acto celebrado en memoria de Mercé Rodoreda poco después de que ésta falleciera, Chacel confesó que apenas había seguido su obra más allá de La plaza del diamante y destacó la capacidad de la autora catalana para crear personajes de mujer abandonados y sesgados por la tragedia. Eludió el empeño de Rodoreda por construir un estilo propio. De algún modo, Chacel se sentía única, y sin duda lo era. Su privilegiada inteligencia quizás sólo fuera comparable con la de Zambrano. ¿Quién de las dos poseía una mayor clarividencia para moverse en los vericuetos del alma? Ninguna de las dos, posiblemente, haya sido entendida del todo, pero a Zambrano se la aceptó con más naturalidad. Quizás porque su llegada a España se produjo a una edad tan tardía que para algunos sólo era ya una ilustre jubilada.

En efecto, María Zambrano regresa en 1984, después de haberlo descartado durante años. “¿Regresar a España?”, se pregunta al ser entrevistada en Ginebra poco después de habérsele otorgado el premio Príncipe de Asturias. “Que sea lo que Dios quiera”, contesta la pensadora andaluza dispuesta ya a emprender la vuelta. Por fin, acepta que Jaime Salinas, “el hijo de Salinas”, subraya ella, la reciba en Barajas en representación del ministerio de Cultura. María llega con sus dos gatas, su pelo blanco, y su famosa pipa. Sabe crear expectación, y cuando los periodistas le preguntan que significa para ella volver, sus palabras conmueven. “¿Volver a España?, yo nunca me he ido...” Atrás quedan los años de exilio en Cuba, México y Puerto Rico, donde la autora dispuso de medios para sacar adelante su obra, pero sintiendo la tragedia de España, su lejanía. Atrás quedan también su correspondencia con algunos de los personajes del siglo, aquellas cartas a Azaña, a Lezama Lima, o a Ortega. Atrás quedan también sus años en Roma, donde se instaló con su hermana Araceli cuando la pensadora se separó de su marido, y sus posteriores estancias en el Jura francés y en Ginebra. Araceli, viuda de Manuel Muñoz, perseguido por Serrano Súñer hasta su exilio francés y extraditado a España durante la ocupación nazi para ser fusilado, será la sombra de María hasta su muerte. Dos mujeres con el drama de España a cuestas por Europa. Un exilio tan dilatado que por unos momentos resulta inabarcable y huidizo. Y, sin embargo, cómo pesa en la memoria. María no ha olvidado nada, pero todo queda demasiado lejos.

Con ella la Administración no quiere ser cicatera, como con otros exiliados. Pero, ¿cómo reconocer la belleza y solidez de su obra con algo más que palabras? ¿Qué hacer con esta creadora desaprovechada durante décadas y ya anciana que ha buscado por igual la razón y la libertad? El premio Cervantes hace más tranquilo su tránsito a la muerte. “Mi verdadera vocación ha sido pensar, ver, mirar, y tener una paciencia sin límites, que aún me dura, para seguir pensando”, declara la autora de España, sueño o razón y Claros del Bosque. Falleció en 1991, cuando su obra y su figura son todavía un enigma pendiente de analizar y unificar.

“María Zambrano es la mujer más importante que he conocido en mi vida”. Lo dijo antes de morir la pintora surrealista Maruja Mallo, musa de Ramón Gómez de la Serna y amiga de García Lorca y Dalí, con quienes formaba la cofradía de la perdiz en los años treinta. Noctámbula y vividora, Maruja Mallo tan pronto asistía a una conferencia de Ortega –que le apadrinó su primera exposición en los locales de Revista de Occidente-, se pasaba la noche de charla y de copas en el Villa Rosa con Gómez de la Serna o acudía con Concha de Albornoz –amiga íntima ésta también de Rosa Chacel- a hacer una sopa de ajo a Valle-Inclán cuando éste estaba en las últimas. Durante un año vivió en París pensionada por la Junta de Ampliación de Estudios. Allí André Breton le compró el cuadro conocido como Espantapájaros , y entabló amistad con Picasso y con Jean Cocteau. Luego volvió a Madrid y cuando estalló la guerra inició un exilio voluntario que le llevó a Buenos Aires y Nueva York. En esta ciudad asistió a una fiesta de Cartier y Mallo demostró ser, sin proponérselo, uno invitada excéntrica, es decir, surrealista. Se cuenta que Rockefeller le presentó a la actriz Claudette Colbert y cuando alguien le preguntó qué envidiaba de aquella mujer, contestó sin pensárselo: “La dentadura”. Colbert, halagada, la llevó al día siguiente a su dentista... El suyo fue, sin duda, un exilio muy distinto del que soportaron los que malvivieron en la penuria. Algunos compatriotas le reprocharon que viviera bien en aquellos años, que se dejara invitar por gente banal, o que abandonara temporalmente la pintura. Es posible que en algún momento sólo fuera un personaje exótico para aquellos extranjeros que la festejaban. Pero no hay que olvidar que Mallo era una artista y una mujer sin prejuicios, y era lógico que supliera la ausencia de España a su modo, sin excesivas lágrimas. ¿Quién puede dudar que la guerra la desquició como a todos los que iniciaron el éxodo, y que su mundo se partió en dos, hasta convertirla en aquella figura errante que con la misma facilidad que hacía amigos nuevos los olvidaba?

Maruja Mallo regresó pronto, antes de que volvieran las primeras oleadas de exiliados. Llegó en 1962 y se encontró de bruces con un Madrid vacío: sus amigos “o estaban enterrados o en el destierro”. No se puede describir mejor la desolación de esta mujer que durante un tiempo fue la reina de Madrid y que treinta años después se siente fuera de sitio. Jamás recuperará el paisaje del Madrid de sus días más felices. Jamás volverá a implicarse vital e intelectualmente en la pintura como en los años en que encarnó la vanguardia. “¿Cómo va a haber gente como la de entonces? Han sido cuarenta años de castración cerebral, sentimental y sexual”, contestaba en los setenta en una entrevista. Mallo, aquella adelantada de la modernidad que tuvo un sonado romance con Alberti que le valió, según una leyenda de la época, que María Teresa León prohibiera que se pronunciara su nombre en su presencia, no volvió a reencontrar en Madrid, ni siquiera a la muerte de Franco, la libertad que poseyó en su juventud. Siguió frecuentando los cafés y la noche ataviada con su abrigo de piel de lince y unos labios tan bien dibujados que recordaban a los de Gloria Swason en El crepúsculo de los dioses. Pero apenas retomó la pintura tras su vuelta y su estela se perdió en la memoria de los españoles. Dalí, García-Lorca, Buñuel, ¿por qué se recuerda unidos a los tres como integrantes de un movimiento de vanguardia y se escamotea el nombre de Mallo? Murió en 1995, a los 93 años, después de vivir los últimos de ellos postrada en una cama tras una caída. Enferma y con la memoria maltrecha, dijo, sin embargo, una frase llena de esperanza: “Todos los días de mi vida han tenido un pedazo de felicidad”. En la mesilla de noche aparecían dos fotografías, una de Andy Wharhol y otra de los Reyes de España entregándole la medalla de oro de Bellas Artes. Una simbiosis de todos los caminos de su vida navegando a duras penas por su memoria. Quizás por eso, la pintora surrealista añadió: “La memoria es la conciencia de la historia; la conciencia de uno mismo, lo que queda, en definitiva”.

Unos años antes, en 1983, había muerto la enigmática Mercé Rodoreda. En el homenaje, ya citado, que le tributaron otras escritoras, Carmen Martín Gaite aseguró que Rodoreda había elegido voluntariamente “el huerto de la soledad”. Pero es difícil discernir a estas alturas si fue la soledad quien eligió primero a Rodoreda, o si fue la escritora la que decidió mantener aquel idilio, en ocasiones nada placentero, con ella. Cuando regresó a España nos desveló una belleza fría y detenida, unos ojos sorprendidos y la sonrisa irónica de quien parecía estar de vuelta de todo. Los lectores enamorados de La plaza del diamante y de Aloma , querían saber algo más de ella, pero algunas de sus primeras biografías, deliberadamente escuetas, sólo mencionaban lo justo: Nació en 1908, se casó muy joven con un tío materno de considerable edad, tuvo un hijo y ostentó varios cargos durante la República en el gobierno de la Generalitat. Su desastroso matrimonio, en el que nunca quiso ahondar, como si se tratara de un pozo sellado, recuerda, aunque sea pálidamente, a la fallida primera unión de Ana María Matute. En cierto modo, Rodoreda fue precursora de Matute en este aspecto al vivir su exilio con Armand Obiols, el gran amor de su vida. Años más tarde, y en circunstancias distintas, Matute encontró a Julio, su verdadera pareja, al marchar a Estados Unidos.

La luz de Ginebra, donde vivió 24 años antes de regresar a Cataluña, inspiró a Rodoreda y le ayudó a escribir. La misma luz blanca y levemente plomiza que acompañó muchas tardes a Zambrano mientras buscaba esa palabra justa que diera claridad a sus ensayos. A su vuelta, Rodoreda se encerró en la comarca de la Romanyà de la Selva, en Gerona, y vivió sola durante sus últimos años, alejada de su hijo y sus nietos. Acaso su verdadera familia fuera la literatura, o mejor aún, sus recuerdos. Era un eremita que dividía su tiempo entre las plantas de su jardín y la escritura. Siempre buscando el estilo, sujetando los sentimientos y las pasiones con las palabras. No se prodigó a su vuelta hablando del exilio. Prefirió escudarse en la poesía e ironía de su literatura antes que caer en la tragedia. Sus enigmas no impiden adivinar la carga de dolor que transportaba su memoria. “En una guerra da igual quien gane o quien pierda, porque sólo sirve para todos pierdan”, sostuvo en una entrevista.

Algún misterio y no sólo melancolía encierra aún la biografía de otra mujer tantas veces eclipsada por el brillo del poeta Rafael Alberti, María Teresa León. Otra señorita castellana abocada a la transgresión sentimental mucho antes que Matute asumiera la suya. “Estoy cansada de no saber donde morirme”, escribió en Memoria de la melancolía. ¿Qué capricho del destino hizo que quien tan soberanamente decidió su vida en sus años de juventud se viera transportada a compartir la trashumancia literaria de un genio a costa de ir perdiendo tiempo propio para escribir? La trayectoria personal se impuso a la literaria, pero no la borró del todo y ahí está la obra de León para dejar constancia de su exilio y de sus pérdidas. Zambrano, Chacel, Rodoreda, León... Sus historias entrecruzadas son un poso de memoria que confluye en Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute. Y Josefina Aldecoa, Dolores Medio y algunas otras. Todas ellas forman la conciencia y la memoria de los cuarenta y los cincuenta. María Zambrano afirmó que el exilio le había dado una mayor conciencia de España. Una conciencia que nunca suplió su larga ausencia. Gracias a Carmen Laforet, Martín Gaite y Matute la ausencia de gentes como Chacel, Zambrano y Rodoreda no ha acabado siendo una amputación ni un abismo.


LOS DESOLADOS CUARENTA

CAPÍTULO II

LOS SUEÑOS DEVASTADOS: EL ESPEJO DE CARMEN LAFORET

Nada (Fragmento)

A veces un gusto amargo,

Un olor malo, una rara

Luz, un tono desacorde,

Un contacto que desgana,

Como realidades fijas

nuestros sentidos alcanzan

Y nos parecen que son

La verdad no sospechada...

J.R.J.

Una mujer de amable sonrisa, a veces ensimismada, en ocasiones ausente, se refugia durante semanas en un pueblo castellano. Ha elegido una localidad alegre, de veraneo, situada en la zona sur de Ávila, en las inmediaciones del Valle del Tiétar. La mujer, una novelista que conmocionó en su juventud el mundo literario, ocupa una casa de ladrillo encalada de blanco en las afueras de Arenas de San Pedro (Ávila). Una casa apacible rodeada de frutales, junto al río, con la sierra de Gredos al fondo, en el camino viejo de Guisando. Vive sola, acompañada de uno o dos perros, y escribe, trata de construir una historia coherente y dar aliento a unos personajes que por unos momentos llegan a ser reales. Son su única compañía en aquellas cuatro paredes desde las que siente la llamada del río, con su orilla salpicada de castaños. Una llamada incitadora en medio de la tarde. ¿Saldrá a pasear un rato o continuará repasando notas y cuartillas? ¿Escribir o vivir?

No muy lejos se levantan chalés de mayores pretensiones. La pequeña burguesía de Arenas de San Pedro y los veraneantes con casa propia gozan de un descanso amable, sin demasiadas ambiciones. Pero la escritora no se limita a pasar las vacaciones con su marido y sus hijos en esa casa cercana al río y a un aserradero de maderas que tienen alquilada. Cuando llega el otoño y los niños y el marido vuelven a Madrid ella se encierra allí durante un mes para terminar la obra iniciada. Hay que dejar sola a mamá, necesita concentración, está escribiendo una nueva novela. Y mientras los niños siguen su vida en Madrid, la escritora vuelve a poner en pie un mundo que siendo suyo no sea su mundo; a reencontrar el placer de escribir y la fuerza de aquellas palabras que vomitó en su primera novela y que ahora no siempre logra recobrar; a pelearse con esos personajes audaces y a la vez perplejos que habitan su memoria.

Para esa tarea necesita estar sola, burlar el presente, no pensar en otra cosa que en juntar palabras. El reto que tiene por delante es arduo: debe competir con Carmen Laforet, la autora de Nada , la imborrable novela que ganó el primer Nadal en 1945. Competir con su frescura, pero también con su leyenda. “Ya sabéis lo que fue Nada para nosotros, y más para nosotras”, recordaba todavía en los años ochenta Josefina Aldecoa. Se refería al asombro y emoción que causó Nada entre su grupo de amigos, todavía incipientes escritores: Ignacio Aldecoa (con quien Josefina se casó), Carmen Martin Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio. “Desde la lectura de la famosa novela de Carmen Laforet de 1945, algunos jóvenes españoles tendíamos a ver la vida como la representación de algo que no desembocaba en `nada´", confiesa Carmen Martin Gaite en Esperando el porvenir . Carmiña había leído Nada en Salamanca siendo aún estudiante de Filosofía y Letras, y aunque Laforet sólo tenía cuatro años más que ella, se convirtió en un referente y un fetiche literario. Uno de los pocos personajes de la posguerra que la salmantina deseaba conocer. Descontando a Pío Baroja, único representante del 98 todavía vivo, aunque replegado en su guarida, y a quien todo escritor deseaba visitar.

La novelista que escribe en Arenas de San Pedro conoce bien la conmoción creada por Nada . Sabe que Miguel Delibes ha dicho de ella que es una de las dos novelas claves de la posguerra -la otra es La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela-. Y sabe que Nada cautiva porque es diferente. Ni siquiera entronca, como la de Cela, con la tradición española. Es un saber que le abruma y le paraliza. Y que a menudo le obliga a desdoblarse y a competir, como si fuera otra, con esa Carmen Laforet que supo insuflar su propia incertidumbre y rebeldía a Andrea, la protagonista de su primera novela. Pocas veces, como en Nada , la vida y la obra de un autor confluyen de una manera tan natural y transparente; en escasas ocasiones una escritora inmadura encuentra el escenario perfecto para plasmar con entera libertad el febril desconcierto de una época, la inanición física y moral de una generación. La escritora que ahora escribe en Arenas de San Pedro es Carmen Laforet, pero el tiempo de Nada ha pasado. Ya no hay complicidades evidentes entre sus protagonistas y su universo de mujer casada. Ya no hay puentes claros entre la madre de familia que escribe novelas y los personajes confusos y atormentados de su primitivo mundo. ¿Quedarán hilos de unión entre la joven Carmen Laforet que retrató la Barcelona de 1940 y la escritora, ya en la mediana edad, que vive una existencia ordenada y más bien tranquila aunque conserve ciertos hábitos bohemios en Madrid? ¿Podría hacer la novelista una radiografía tan despiadada y desconcertante de la sociedad madrileña de los cincuenta como lo hizo de la Barcelona de los cuarenta? ¿Sería capaz de aplicar su mirada libre y exenta de prejuicios sobre su universo doméstico o amistoso creando un personaje que aun formando parte de él se sintiera ajeno, como en Nada ? Probablemente no podía, o no veía la necesidad de hacerlo.

La Carmen Laforet de Nada y la que escribía en Arenas de San Pedro La mujer nueva ya no eran del todo las mismas, tampoco sus personajes. Había una escisión, una doble división entre la escritora joven y la madura, pero también una neta distinción entre la universitaria que deambulaba por Barcelona en 1939 y la mujer casada. Aunque hubiera siempre flotando en todo lo que hacía Carmen Laforet, en ella misma y en sus personajes, algo de huida, de defensa de su libertad a ultranza, de búsqueda de la verdad personal, a menudo a tientas, buceando en un permanente conflicto interior lleno de claroscuros. Lo que nos lleva a la paradoja de que si se contrasta su trayectoria con la de Carmen Martin Gaite y la de Ana Maria Matute, y ya no digamos con las de las exiliadas, su vida, externamente, puede parecer la más convencional de todas, atrapada, durante un tiempo, en unas circunstancias familiares y sociales que la conformaban con una época, pero también la más dada al vagabundeo íntimo, a la escapada interior -y física, si se tiene en cuenta su afición a los viajes-, dentro de la norma. Quién sabe si fue esa inquieta vida interior, o tal vez su capacidad para ensimismarse, lo que le permitió evadirse de la realidad cotidiana a ratos, sin necesidad de abandonarla.

Una división que tomaba cuerpo en esas escapadas a Arenas de San Pedro (o años después a Cercedilla, a la Costa Brava, a París o a Roma), donde dejaba de vivir como una española al uso -es decir, fiel a ese patrón familiar de la España franquista en el que la primera función de la mujer era ser soporte del hogar-, y se encontraba a solas con sus fantasmas. En aquella casita, hoy desaparecida tras la construcción de un pantano, en la que una placa recordó durante un tiempo que allí gestó Carmen Laforet La mujer nueva , la escritora trabajaba a su aire. Aquella mujer de rara belleza que paseaba sola con un perro bajo el bosque de castaños, ofrecía una imagen insólita: la estampa de una mujer libre, sin miedo y sin prejuicios. Trataba de pasar inadvertida, pero ése era un empeño imposible en una época en la que las únicas mujeres que se adentraban solas en el campo o bien eran labradoras o llevaban la comida a sus maridos campesinos. A Laforet no le impulsaban esos motivos, pero amaba la naturaleza y no veía por qué no podía salir con su perro a buscar tréboles de cuatro hojas, como acostumbraba a hallar fácilmente a su paso. Al menos, su hijo Agustín Cerezales recuerda que cuando salía al campo con su madre casi siempre encontraban tréboles de cuatro hojas.

“El verano pasado, en Cóbreces, empecé a pensarla”, declaró en 1955 a propósito de La mujer nueva , al ganar con ella el premio Menorca . La escribió durante el invierno, “pero cuando la concluí no me gustó y la rompí. Sólo conservé un capítulo. Después me vine a Arenas y la volví a hacer. La terminé con el tiempo justo para presentarla a este concurso”. ¿Por qué esa doble escritura? Laforet ha padecido en grado sumo la enfermedad que en mayor o menor medida sufren todos los escritores, la de destruir lo ya escrito cuando no convence para empezar de cero. Respecto a La mujer nueva se dice que la escribió en primera persona y que luego, por consejo de algún allegado, y tal vez de su marido, decidió contarla en tercera persona. Un cambio que transformó radicalmente la estructura interna de la novela.

Una mujer del vecino pueblo de Guisando le hacía la comida y se la llevaba a la casita de Arenas para que ella se la administrara a lo largo del día. Pero cada vez que volvía a la casa a reponer nuevos alimentos y recoger los restos de la comida anterior, se desalentaba: como casi siempre, la paella que había dejado allí veinticuatro horas antes estaba intacta. En aquellos días de aislamiento, Laforet apenas comía, sólo se ocupaba de alimentar a su perro. No le gustaba cocinar para ella, y tampoco para otros, si podía evitarlo. Pero no olvidaba preparar la comida para los perros –una responsabilidad menor que cocinar para las personas, repetía-. Adoraba a los perros, fascinada por la dependencia que mostraban hacia ella. Su amor a la naturaleza y su tendencia al misticismo, agudizada a partir de 1951, le alejaban a veces de lo real, de lo práctico. Escritora al fin, Carmen Laforet siempre vivió en la cuerda floja de la realidad, en el meridiano que separa los sueños de la cotidianidad aceptada. A veces una simbiosis casi perfecta, otras una vida fronteriza, la de una out-sider , una isla unida a los suyos por el afecto, tan importante para la escritora como esa libertad tan amada.

Mucho antes de inventarse esa isla de ladrillo encalado en Arenas de San Pedro, Carmen Laforet se empapó durante años de la telúrica y suave insularidad de Las Palmas. Aquel fue el paisaje de su infancia, el inicio de su continuo viaje al mundo de los otros, al continente. En parte el paraíso, pero también el punto de partida para volver a la península. No en vano vino al mundo en Barcelona el seis de septiembre de 1921, aunque no descubriera del todo el rostro de su ciudad hasta los 18 años. Precisamente el de la Barcelona del 39, la apagada ciudad llena de jirones que sumió en la perplejidad a Andrea la noche que llegó con su pesada maleta .

“Por dificultades en el último momento, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto al que había anunciado, y no me esperaba nadie. Era la primera noche que viajaba sola, pero no estaba asustada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre, después del viaje largo y cansado me empezaba a circular en las piernas entumecidas, y con una sonrisa de asombro miraba la gran estación de Francia y los grupos que estaban guardando el expreso y los que llegábamos con tres horas de retraso. (...) Empecé a seguir -una gota entre la corriente- el rumbo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado -porque estaba casi lleno de libros- y lo llevaba yo misma con toda la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación” ( Nada , Cap. I, pág 1)

El paralelismo entre su vuelta a Barcelona y el principio de Nada es evidente. El contraste entre su vida en la isla, donde los peores signos de la guerra no se habían hecho notar, y la devastada Barcelona, salta a sus ojos al poco de llegar.¿Qué otros trenes y expresos llevarían esos días de septiembre de 1939 a otras muchachas desde sus pueblos o capitales de provincia a las grandes ciudades donde la Universidad iniciaba por fin, después de tres años de locura, un curso normal? Imaginarlas tomando asiento con gesto serio y formal en aquellos lentos trenes ahogados en humos de carbonilla que además de ir despacio se retrasaban varias horas, es fácil. ¿Cuántas se aventurarían a viajar en aquellos días no ya por razones de estudio sino para encontrar un difícil trabajo fuera de sus casas después de que la contienda se hubiera llevado, quizás, junto a sus seres queridos, sus planes de estudio o de boda? ¿Cuántas, por el contrario, se acercarían al andén con la idea de conocer a aquel soldado -del bando nacional por supuesto- con el que se habían carteado como madrinas de guerra y con el que, finalmente, tras la familiaridad creada con el intercambio epistolar, se habían prometido? ¿Cuántas, en fin, regresarían a sus hogares o huirían definitivamente de aquel lugar donde la guerra había acabado con los suyos o había mutilado sus sueños?


La isla de la infancia

Su padre, el arquitecto Eduardo Laforet y su madre, Teodora Díaz, se trasladaron a Las Palmas de Gran Canaria cuando Carmen era apenas un bebé de año y medio. Durante años, Eduardo Laforet trabajaría en la isla como arquitecto municipal, aunque también dirigiera obras en el sector privado. Carmen Laforet creció allí, fundida con el paisaje insular, sabiendo que algún día volvería a la Península, pero no de forma inmediata. Lo primero que tuvo antes sus ojos, lo que aprendió a mirar y a recordar fue la luz de aquella isla que fue su primer hogar. Las Palmas era su mundo, su primer escenario de observación. Allí nacieron sus hermanos Eduardo y Juan José, a los que Carmen les contaba los mismos cuentos que había oído relatar a su abuela cuando los visitaba. Pero es su padre, a quien adora, quien suscita su principal interés. La pequeña le observa fascinada mientras él fuma en pipa o trabaja en el estudio. Y más de una vez se acurrucará en el sofá de cuero que su padre acaba de abandonar para sentir el rastro del olor a tabaco que ha dejado tras él.

No sólo ella ha hecho de su padre, Eduardo Laforet, el eje de su atención. Toda la vida doméstica gira en torno al arquitecto y dueño de la casa, un hombre deportista, vital, ilustrado y algo déspota. Permite que Carmen entre en su biblioteca y lea lo que quiera, pero vigila que la niña, que durante un tiempo no pudo tragar alimentos sólidos por el descuido de una criada que le dio potasa en vez de agua, no engorde demasiado ahora que puede compensar el hambre anterior con algún tazón de gofio con plátanos furtivo. Sus ideas liberales no impiden que pueda ser testarudo y arrogante, y decide que la pequeña aprenda piano y tiro de pistola, dos actividades que ella detesta. Mientras, la madre de Carmen, una toledana que conoció a su marido cuando éste era profesor de Dibujo en la Escuela de Magisterio en la que ella estudiaba para maestra, dirige con discreción la intendencia de la casa y el suave o febril trasiego de los criados –tan baratos y a la vez tan útiles en una época en que imperaba la manualidad de los trabajos domésticos-, venidos muchos de ellos del interior de la isla majorera. Así, cuando Eduardo Laforet volvía de su baño de mar diario, y las criadas le veían acercarse hacia la casa, se iban dando la voz, presurosas, para que la cocinera pusiera a cocer el huevo pasado por agua que el señor debía encontrar en la mesa a su llegada.

En el fondo, no era más que una familia burguesa, con algún toque bohemio, heredado del abuelo paterno de Carmen, que había sido pintor, lo mismo que algunos de sus tíos. Y al mismo tiempo fragmentada por la geografía. Los parientes de la rama materna vivían en Toledo, y algunos de ellos se trasladarían más tarde a Madrid. En Barcelona estaban los abuelos y tíos paternos, de ascendencia francesa y sevillana, pero enraizados en Cataluña desde principios de siglo. Allí estaba la casa de los abuelos, a la que sus padres la llevaron en algún fugaz viaje de niña. Una casa que en el borroso recuerdo de Carmen representaba el paraíso familiar, aún más ancestral que el que vivía de forma natural en Las Palmas. Por eso, el fallido reencuentro, ya en el 39, con ese imposible paraíso familiar que la guerra ha devastado, supondrá para ella la pérdida de la inocencia, el fin de sus sueños de juventud.

"Un aire marino, pesado y fresco entró en mis pulmones, con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de casas dormidas; de establecimientos cerrados; de faroles como centinelas borrados de soledad. Una respiración grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madrugada. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas misteriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado, estaba el mar. Debía parecer una figura extraña con mi aspecto risueño y mi viejo abrigo que, a impulsos de la brisa, me azotaba las piernas, defendiendo mi maleta, desconfiada de los obsequiosos `camàlics ´. Recuerdo que en pocos minutos me quedé sola en la gran acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o luchaba por arracimarse en el tranvía. Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a surgir después de la guerra se detuvo delante de mí y lo tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero (Cap.I, pág. 12)

Muy pronto, la expectación contenida deja paso a la sorpresa y el estupor. Por las heridas de la guerra, sin duda. Pero también por el paisaje urbano de esa ciudad portuaria tantas veces imaginada que de pronto percibe envuelta en sombras, que se le presenta desconocida, confusa, y turbia, velada por una atmósfera opresiva bien distinta de la luminosa isla de la que llegaba. ¿Cómo no iba a encontrar turbia y mezquina la vida de sus parientes de la calle Aribau la joven Andrea, protagonista de Nada , cuando su autora, Carmen Laforet, había vivido sus mejores años, quizás sin saberlo, en un paraíso? Su vida, en cierto modo, había tenido también hasta entonces algo de isla y en aquel espacio determinado y seguro nació su identidad de joven individualista y soñadora. Aunque sus sueños poco tenían que ver con los de las chicas de su época. Iban por otros derroteros.

"Yo seré una gran escritora", le anunció a una pasajera con la que coincidió en el barco, cuando regresaba a la península. Aún no existía Nada , ni siquiera su esbozo. Aunque es probable que, sin saberlo, ya existiera Andrea, su protagonista, o al menos su nombre. De niña solía hojear una historia del arte en la que aparecía el nombre del pintor italiano Andrea Dosarto y al principio pensó que se trataba de una mujer. “Yo quiero ser Andrea Dosarto”, llegó a decir la niña, fascinada por aquella supuesta mujer que pintaba. También ella quería ser pintora en esos años. Descubrir que Andrea Dosarto era un hombre, debió de suponer una pequeña desilusión. Muy pronto, la pintura fue sustituida por la escritura. Pero años después ese nombre, Andrea, reapareció en Nada . Cristina Cerezales, la segunda hija de Carmen Laforet, preguntó a su madre si había elegido ese nombre por su antigua devoción por Andrea Dosarto, y Laforet se escabulló diciendo que había sido una coincidencia. Aun así, la hija de Carmen Laforet sospecha que Andrea no nació en la Barcelona de Nada , sino en Las Palmas.

(...) Fue en Las Palmas donde se fraguó también el germen de La isla y los demonios , la segunda novela de Carmen Laforet. O al menos donde la autora hizo acopio de sensaciones y materiales que volcaría posteriormente en su obra. Esa memoria late en La isla y los demonios , novela que publica después de Nada , y que el catedrático de literatura Joaquín de Entrambasaguas unió de forma estrecha con la primera, al señalar que bien podría ser un proyecto literario previo. Como si La isla y los demonios llevara en ciernes los personajes que Nada configurará en Barcelona y nos anticipara a sus protagonistas, sobre todo a Andrea, aquí bajo el nombre de Marta Camino, una adolescente huérfana rodeada de un entramado de parientes mezquinos, que desea abandonar Canarias para estudiar en la Península. No deja de ser simbólico que Marta, secreta escritora de diarios, decida quemar sus escritos cuando sale de la isla. ¿Una forma de subrayar que la infancia quedaba atrás y que lo vivido en La isla y los demonios debía olvidarse y dejar paso a algo más ambicioso, algo que la autora aún desconocía, y que las primeras impresiones de Barcelona le pusieron bandeja?

"Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos. Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro, guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me asomaría. Con la mano un poco temblorosa di unas monedas al vigilante y, cuando él cerró el portal detrás de mí, con gran temblor de hierro y cristales, comencé a subir despacio la escalera, cargada con mi maleta. Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación; los estrechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo. Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de despertar a aquellas personas desconocidas que eran para mí, al fin y al cabo mis parientes, y estuve un rato titubeando antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie contestó. Se empezaron a apretar los latidos de mi corazón y oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona:

"Ya va, ya va"

Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorriendo cerrojos. Luego me pareció todo una pesadilla” (Cap. I, pág 13)

Carmen Laforet fue una adolescente rebelde. Siempre independiente, se escapaba del Instituto saltando por una ventana para irse a la playa. Y no porque odiara las clases sino porque prefería darse un baño antes que quedarse en el patio durante el recreo. Se sentía libre y necesitaba probar que lo era. Indiferente al hecho de que una isla es el lugar perfecto para ser vista, no percibe la mirada ajena, no la tiene en cuenta. No hay conciencia de clandestinidad en sus escapadas: utiliza su libertad de un modo transparente, y los isleños se acostumbran a verla en la playa en el horario de colegio. Años después, en 1972, en uno de sus artículos del ABC publicado bajo el epígrafe Diario de Carmen Laforet , la autora evocará la playa de La Laja "no más hermosa que otras de la isla de Gran Canaria, pero para mí única, con su enorme extensión de arena oscura y limpia después de la marea”, y aludirá a "la roca-caballo donde jugábamos a galopar mis hermanos y yo", con otros compañeros de aventuras "los niños de los pescadores del cercano poblado de San Cristóbal”.

Sólo cuando su profesora de Lengua y Literatura le advierte que si persiste en sus correrías le va a suspender “aunque escriba mejor que los ángeles”, decide asistir a todas sus clases. Esta profesora, Consuelo Burell, formada en la Institución Libre de Enseñanza, será un acicate intelectual para la anárquica e incipiente escritora. Gracias a ella conocerá las corrientes literarias del momento, habrá leído a Proust -que encontrará con asombro en la biblioteca de su padre-, a Dostoiewski, a Emily Brönte, y desde luego, a Pío Baroja y la generación del 27. Años después, a través de la revista Destino , tendrá noticias de Katherine Mansfield, una de sus autoras preferidas –y también de Mercè Rodoreda- y de la literatura inglesa del primer tercio de siglo. Cuando llegue a Barcelona, Carmen será agnóstica sin saberlo, afirma el historiador de cine Emilio Sanz de Soto, amigo de la escritora. Una joven librepensadora de moral laica ajena por completo al modelo de mujer que la posguerra inauguraba.

Convencida de su valía, Consuelo Burell y otros profesores guardarán algunos de los trabajos escolares de Carmen y los volverán a desempolvar años después, cuando la ya consagrada autora de Nada vuelva a Las Palmas para recibir un homenaje. De todos modos, la amistad con Consuelo Burell no se interrumpe con su marcha: se mantendrá más allá del instituto. Una foto de 1946 muestra a tres mujeres caminando por Madrid: Consuelo Burell y Carmen Castro, esposa de Xavier Zubiri, van cogidas del brazo, componiendo una estampa femenina habitual en la posguerra: las mujeres juntas, apoyándose entre sí en la calle, donde lo extraño era caminar sola si no era para ir a un recado o un cometido concreto. A su lado, una sonriente y tímida Carmen Laforet sujeta el bolso entre las manos. Las tres llevan zapatos con plataforma, según la moda de los años cuarenta.

Pero antes, a los 13 años, la escritora encara el primer dolor de su vida. Su madre, Teodora, muere a los treinta y tres años, a causa de una operación que le provoca un proceso infeccioso. La ausencia de la madre facilitará los vagabundeos por la playa de la adolescente, pero será también el motor que le inducirá a romper con su padre y abandonar la casa. Eduardo Laforet vuelve a casarse, y la llegada al hogar de la nueva esposa, una mujer vulgar y desagradable a los ojos de Carmen, con todas las connotaciones desagradables que subyacen en la palabra madrastra, incitará a la joven a la huida, a acelerar su marcha a la península y a emanciparse, renunciado a cualquier bien de la casa que pudiera pertenecerla. Una decisión nada fácil en unos años de familia jerárquica en los que las hijas quedaban ancladas al hogar con la menor excusa. Para conseguirlo, para escapar, la joven Laforet no dudó en jugar fuerte. Carmen arrancó a su padre la autorización para embarcarse presionándole con unas cartas que el arquitecto había escrito a su segunda esposa antes de que hubiera muerto Teodora. No cuesta mucho imaginar lo que debió de suponer para Carmen el descubrimientos de aquel fajo de cartas y su dramática reacción de joven airada al amenazar a su padre con mostrarlas a la familia. Un episodio que Carmen compartió por carta, como si un relato de terror se tratara, con una de sus profesoras. “Yo no sé cómo pude hablar a mi padre y decirle todos aquellos horrores de un modo que no se ofendiera y que comprendiera que no tenía más remedio que dejarme marchar aquella misma noche si era posible... Yo no sé cómo pudo ser...pero lo convencí”, le explica. Fuera cual fuera la estricta verdad de aquellas cartas, nada hubiera detenido a Carmen en la isla una vez que optó por marcharse.

Había, además, una razón más secreta para que Carmen abandonara la isla. En marzo de 1939 regresaba a Las Palmas Ricardo Lezcano, un chico de veintiún años, que pronto se convertiría en el primer novio de Carmen. Lezcano estudiaba en Barcelona profesorado mercantil cuando estalló la guerra. Precisamente el 18 de julio de 1936, el día del Alzamiento, que era sábado –en Barcelona la guerra empezó realmente el domingo-, él se examinaba del primer curso. La contienda interrumpe sus estudios y le lanza a vivir dos años de vacaciones, pero sin recibir el giro familiar de 100 pesetas que le enviaban de casa. Ricardo, a quien Carmen llamará Dick , trata de sobrevivir, se une a los republicanos, que le encomiendan que se ocupe de los suministros, y es movilizado en el 37. En marzo del 39 regresa a Canarias “bastante derrotado y lleno de nostalgia por Barcelona”. Su familia vive también en El Monte, como los Laforet, una zona alta y alejada de Las Palmas, y Carmen y él se hacen amigos. Pasean por la playa, hablan de literatura y van a bailar a Las Palmas. Carmen, una chica idealista y con una concepción romántica del amor, introduce al joven en lo que llamaban el grupito , su pandilla de amigas. “Me he encontrado a temporadas sola hasta morirme. Es verdad que he estado sedienta de cariño... pero a veces he tenido yo misma la culpa. Nunca acepté limosnas de afecto, nunca jamás”, le escribe Carmen en una primera carta fechada el 13 de mayo de 1939, estando ambos aún en Las Palmas. En ella, Laforet se desnuda psicológicamente ante este primer amigo que parece haber comprendido su carácter vehemente e idealista, capaz de amar de un modo “violento y abnegado” cuando alguien lo merece. “Así soy yo, una batalla y una tormenta, un puñado de sentimientos siempre en lucha”, añade, como si fuera ya ese personaje de ficción que eclosionará en Andrea de un modo más atemperado, transformado en espectadora de las pasiones y mezquindades de los otros. “En cuanto al amor, nunca clamé por él”, le dirá en una carta posterior. Un orgulloso distanciamiento que mantendrá a lo largo de los años, sin que esa indiferencia y hasta despiste hacia las pasiones que haya podido despertar fuera incompatible con la necesidad de volcarse cuando alguien realmente la interesaba.

El verano del 39 acaba y Ricardo Lezcano tiene prisa por volver a Barcelona. A pesar de que sólo es cuatro años mayor que Carmen, su vida amorosa ha sido intensa y la guerra le ha proporcionado, además, una rica atalaya para observar a las mujeres. En la época en que se encargaba de los suministros, ha visto cómo algunas, acuciadas por la necesidad, se acercaban a él buscando ayuda. Esa época turbulenta ya ha pasado, pero Lezcano no quiere compromisos. Cuando Carmen se entera de que él y su hermano piensan irse a Barcelona en septiembre del 39 para reanudar sus estudios, su imaginación se acelera. Ella quiere irse también con ellos, es su oportunidad. La necesidad de huir y la fiebre del amor, un sentimiento todavía nuevo y poco definido para la escritora, parecen aliarse. Dick logra persuadirla de que no abandonen la isla en el mismo barco, no sea que se interprete su marcha como una fuga. Finalmente, Ricardo Lezcano y su hermano Pedro toman el barco a primeros de septiembre de 1939, al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Carmen lo hará una semana después. “Hubiera sido demasiado ideal irme en aquel barco, hubiera sido demasiado completo y a mí no me salen así nunca las cosas... A última hora no encontré pasaje... y se marcharon ellos solos... ” relata a su profesora. En la misma carta, le habla de sus parientes de Barcelona, génesis de los personajes de Nada . “Hoy estaba yo un poco desolada porque mi padre ha nombrado tutora mía en Barcelona a una tía mía muy mandona, un poco maniática, un mucho antigua que tiene más de cuarenta años y siempre está entre monjas (...) Porque la casa de mi abuela es –según parece- un sitio de locura -donde todo el mundo se pelea –hay cinco hermanos allí- donde dos o tres pintan, otro hace esculturas, otro toca maravillosamente el piano, otro está casado y tiene una pequeña de meses que llora”. Poco después, ya en la calle Aribau, 36, 1º segunda –indica en el remite- confirma sus primeras impresiones en una nueva carta dirigida a la misma profesora: “Bien, estoy en Barcelona. En una extraña casa donde todas las personas tienen un carácter de rasgos tan personales que llegan a la caricatura”. Por fortuna, tiene otra tía casada que no vive allí y que parece su aliada, añade. Y continúa: “Ricardo se presentó en casa para verme el mismo día de mi llegada y se quedó aterrado del recibimiento que le hicieron, y yo lo mismo. Creí que no me sería posible verlo nunca más, como en las novelas antiguas, pero gracias a esa tía mía tan simpática lo he logrado”.

La relación con Ricardo Lezcano continúa hasta diciembre, un tiempo suficiente para que ambos descubran que sus emociones son divergentes. Lezcano recuerda que la primera vez que fue a visitarla a la casa de sus parientes, le exigieron que se vieran dentro de la casa, sentados junto a la mesa camilla de la destartalada vivienda. La propia Carmen, consciente del impacto producido, tranquilizó a su novio con una carta, fórmula que a la que a Laforet la gustaba recurrir aunque vivieran en la misma ciudad: “Saliste tú el otro día de casa y fue Troya, Dick (...) Esta es una casa muy divertida, no creas, parece un manicomio. Mi abuela es un ser adorable y todos me quieren mucho. Pero (...) necesito hablarte, mi vida. Ahora hasta que empiece el curso no va a poder ser a solas aunque de ninguna manera en casa, no tengas miedo. Una tía mía casada lleva todas las tardes a sus chicos a unos jardines preciosos que se llaman El Turó y allí podríamos hablar”. Se vieron allí algunas veces, pero por poco tiempo: “Carmen era desaforadamente romántica”, comenta Lezcano, y más inclinada a la seducción que al sexo, mientras que él vivía el amor como algo natural, centrado en lo físico.

(...)La sombra de Ricardo Lezcano reaparece de nuevo en el personaje de Sixto, el fugaz novio de Marta Camino en La isla y los demonios . No es fácil determinar en qué medida la autora se inspiró en su primer novio real para crear el de Marta Camino, pero no hace falta recurrir a claves secretas para descubrir figuras paralelas: Sixto, el joven que llega del frente y acompaña a Marta en sus vagabundeos por la playa, es un primer novio de transición al que la adolescente se aferra para salir de su círculo familiar; tal vez el mismo papel que representó para Laforet aquel primer amor. Para Marta, Sixto es una válvula de escape que incluye la posibilidad algo precipitada, de poder casarse con él “depositada”, es decir, saltándose la voluntad de su hermano. Marta Camino, como Laforet, lo que buscaban en primer lugar era alejarse de su entorno y viajar a la península. En la novela, sin embargo, Marta no vinculará su marcha a Sixto, sino a Pablo otro personaje más idealizado. En vez de centrar en ese primer novio sus anhelos, como tal vez hiciera Laforet, en La isla y los demonios Marta desdoblará sus sentimientos y deseará partir con Pablo, aunque Sixto constituya un presente más real.

La ausencia de la madre

La honda impresión que le causó la segunda mujer de su padre, una chantajista sentimental con tendencia a la histeria, adquirirá muy pronto en los recuerdos de Carmen Laforet un perfil literario. Un prototipo que dará vida primero a la autoritaria y manipuladora tía Angustias, en Nada , para reaparecer más tarde de una manera descarnada y cruel en Pino, la frustrada mujer de José, el hermano mayor de Marta, en La isla y los demonios . E incluso resucitará en Adela, la madrastra de Martin, en La insolación . ¿Un fantasma de su propia biografía la reiterada presencia de esa mujer histérica que cercena la libertad de Marta-Andrea y que está dispuesta a todo para librarse de Martin en La insolación ? La ausencia de la madre, su hueco impalpable, constituye casi una presencia en la narrativa de Laforet, reflejo de la orfandad de la autora, que perdió a la suya a los 13 años. En cambio, sí aparecen madrastras como Adela o segundas esposas, como Pino, que asumen ese papel respeto a los hijos o hermanos menores de sus cónyuges. Son mujeres aguafiestas. La madrastra es el reverso de la madre y a veces su negación: se mueve en la sombra, es un ser de apariencia neutral, pero oscuro, que consigue sus fines con intrigas: desplazar del interés del marido a los hijos habidos en el anterior matrimonio para controlar el poder familiar en su beneficio. Junto a ellas, el padre, o el hermano mayor, devienen en seres omnipresentes que simbolizan la autoridad, el dinero y el poder, y de su voluntad depende el futuro de las hijas y hermanas.

Laforet, sin embargo, nunca ha aceptado que Nada sea autobiográfica, y tampoco que La isla y los demonios cuente su abrupto despertar al mundo adulto. Sin embargo, las semejanzas entre la Carmen real que desea abandonar la isla y el personaje de Marta Camino, la insegura adolescente también huérfana que, ansiosa por salir del círculo opresivo que forman Pino y José, no duda en mentir para obtener los pasajes del barco que la llevarán a la Península son tan clamorosas como los que se dan entre la joven Laforet que se instala durante tres años en la casa de la calle Aribau de Barcelona, para estudiar Filosofía y Letras, y la Andrea que vive esas mismas circunstancias en Nada . Pero que los paralelismos sean innegables y que ambas, Marta y Andrea, puedan ser espejos literarios de la joven Carmen Laforet -al igual que de otras españolas que dejaron atrás su adolescencia durante la guerra civil y que, privilegiadas ellas, asistieron a una Universidad sumisa y aletargada-, no significa que la intencionalidad de la autora fuera ésa, más allá de utilizar sus propios anhelos y temores.

“Difícil o imposible es probar lo que de autobiografía deja un autor en su creación, y más aún si éste lo niega, como corrientemente ha hecho Carmen Laforet”, afirmaba el profesor Joaquín de Entrambasaguas, con motivo de la publicación de la segunda novela de la autora. Aun así, el perspicaz crítico se inclinaba a pensar que "la autobiografía es el fundamento de las dos novelas de Carmen Laforet", pero no considerando sus elementos objetivamente autobiográficos, sino "en lo que tienen de motivos, de líneas generales, para que la autora los eleve, transformándolos, a la categoría de creación literaria".

Sólo Carmen Laforet podría explicar con más claridad lo ya apuntado por Joaquín de Entrambasaguas, y lo revela en una carta dirigida a su amigo Emilio Sanz de Soto el 19 de abril de 1980. En esta carta, depositada junto a otras por el destinatario en la biblioteca de la Residencia de Estudiantes, Laforet alude a la novela que escribía entonces, Rebelde en carroza, que finalmente abandonó o no publicó, explica su método de trabajo y desvela cómo hizo Nada: “El ambiente, el tipo de personajes, era mi vida en Barcelona y, por lo tanto, no necesitaba preparar un personaje de mi edad y viviendo en un tiempo determinado en una determinadísima ciudad que yo viví (te digo esto porque sé muy bien que tú sabes que eso no quiere decir que yo pensase hacer biografía)”. Por tanto, “la primera fase de Nada consistió en una preparación elemental que iba escribiendo en todas partes: en la Universidad, en el Ateneo, etcétera... En esa preparación argumental entraban muchos más personajes y ambientes. El ambiente de los extranjeros que entraban en España viniendo frontera adelante sin pasaporte, huyendo de campos de concentración y los exiliados en Barcelona, etcétera, y otro ambiente juvenil de los chicos catalanistas recién vueltos desde la ciudad de Montpellier a España al avance de los alemanes (...)” Después, sigue escribiendo Carmen, llegó la segunda fase, “la de hacer la novela capítulo a capítulo, y quité de ella dos novelas y me quedé con la que me pareció y debía quedarme (y en la cabeza la idea jamás realizada de hacer las otras dos”. Luego, Laforet vuelve a la protagonista, “llamémosle así (aunque quizás desaparezca como desapareció... o quise que desapareciera Andrea en Nada, al contar en primera persona la narración)”, de la novela que escribe ese momento, a la que ha tenido que inventar “la vida completa, desde que nació hasta los 19 años”. Por el contrario, “a Andrea no tuve que inventármela, por el hecho de que tenía la edad que yo tenía al llegar a Barcelona” y “la misma capacidad de sorpresa”.

Esta revelación no es del todo ajena a la teoría de Manuel Cerezales, el marido de Carmen Laforet, acerca del proceso de creación de la autora. Cerezales sostiene que “Carmen nutre sus novelas de sus propias experiencias y vivencias, busca los personajes dentro sí y, generalmente, acierta. En cambio, tiene dificultad en construir argumentos inventados o historias fuera de ella”. (...) Precisamente a raíz de La insolación , primera entrega de la trilogía que Laforet dejó inacabada, la escritora quiso cambiar de registro y se empeño en hacer ficción con historias ajenas, inspiradas en algunas anécdotas interesantes que le contaba una amiga. “Pero no funcionó”, recuerda Cerezales. “Lo haré cueste lo que cueste”, declaró la autora, atraída por el reto. Abordar esa trilogía, representaba “una gran apertura” confesó a un amigo. Pero un día se cansó y reconoció: “No puedo”. Le salía más natural recrear personajes cercanos e historias propias, impulsada por una soterrada inclinación a pasar por el tamiz literario lo vivido. Tal vez fuera ésa la razón por la que Manuel Cerezales le pidió al separarse que se comprometiera por escrito a no inspirarse en él al crear sus futuros personajes. Precavido, el editor zanjaba así cualquier posibilidad de que la narradora lo utilizara como material literario.

El matrimonio se separó en 1970 de forma civilizada, aunque durante un tiempo la escritora rompió toda relación con el que había sido su marido. Quería soltar amarras, ser de nuevo libre. Con su escaso sentido práctico y su fiebre de libertad, llegó a manifestar ante un notario amigo de la pareja que renunciaba a todo patrimonio común a cambio de establecerse por su cuenta. De nuevo, aunque en circunstancias muy diferentes, repetía con su marido aquel gesto de juventud de despojarse de todo lo que hubiera en casa de su padre para poner distancias y sentirse más ligera. El notario aconsejó a la escritora que no hiciera una renuncia explícita del patrimonio y la pareja firmó un acuerdo de separación privado con determinadas concesiones, entre ellas la solicitada por Cerezales. A ella no le costó demasiado cumplir esta parte: la doble necesidad de viajar y de aprender a vivir sola eclipsó su dedicación a la escritura. ¿Dejó de escribir, tal vez, porque se le habían agotado los personajes o porque lo que vivió después de La insolación no merecía la pena?

“Lo autobiográfico deja en la obra una huella inconfundible que no depende de que se afirme o se niegue, ni siquiera de que sea fiel a la realidad o se desfigure estéticamente", escribe Entrambasaguas en la crítica ya citada. Esa huella autobiográfica obliga al escritor a esforzarse en “adaptar a esos cimientos -a veces incognoscibles- todo lo que se va edificando literariamente después”.Bajo este prisma, Entrambasaguas ve en las dos primeras novelas de Laforet un díptico que permite ver a los personajes de La isla y los demonios como precursores desde un punto de vista cronológico de los que aparecen en Nada . Así, no sólo Marta, la protagonista de La isla y los demonios pasa a ser Andrea en Nada . Vicenta, la majorera que protege a la joven en La isla y los demonios reaparece en Nada convertida en la Abuela. Jose Camino podría ser una anterior reencarnación del tío Juan, y Pablo el pintor que llega a la Isla y los demonios, recuerda, de una manera más suave, a Román, el artista cínico y magníficamente retratado en Nada . Incluso Hones, la tía soltera de La isla y los demonios que guarda las apariencias y esconde su deseo mientras vive un solapado idilio con Pablo durante la guerra civil, puede ser un alter ego algo hipócrita de la bella Gloria de Nada . Idéntico círculo familiar aunque cambie el escenario geográfico, las mismas soterradas mentiras de los adultos que en Nada aparecen con más intensidad y envueltas en el misterio que les otorga la mirada inconformista de Andrea, mientras que en La isla y los demonios las miserias familiares se nos muestran a través de los ojos inexpertos de Marta. Una duplicidad de personajes que en Nada , más imperfecta en cuanto a técnica, pero más certera, brillan por sí mismos, como si fueran ellos y sus psicologías alteradas los que crearan la atmósfera de la novela, mientras que en La isla y los demonios , más trabajada literariamente, están tan definidos que resultan menos deslumbrantes.

La víspera de que Carmen Laforet abandone Las Palmas para cursar esa carrera universitaria tan deseada que en algún momento de la adolescencia se preguntó si le estaría vedada por ser mujer, se hace una foto con una amiga, Lola de la Fe, en el Puerto de la Luz. La fotografía refleja la sonrisa fuerte y contagiosa de la joven. Pero también se vislumbra en ella la impaciencia por acudir a la llamada del nomadismo, ese viaje alimentado durante meses cada vez que el sonido de las sirenas de los barcos que abandonaban el puerto se fundían con sus deseos. En esa sonrisa aflora a la vez la determinación de Marta por irse y la curiosidad intelectual de Andrea, tan poco corriente en la España recién salida de la guerra.

A su modo Carmen Laforet es una chica rara e inhabitual que, lejos de hundirse ante el deterioro familiar y la irrespirable atmósfera de posguerra que encuentra en Barcelona, afianza su independencia en un mundo hostil y busca en la Universidad la libertad y la frescura que no encuentra entre los suyos. Pronto hará amistad con Linka Babecka, hija de una familia polaca emigrada que mantiene lazos solidarios con otros compatriotas. La misma Linka forma parte de una organización clandestina que ayuda a pasar a refugiados polacos hacia España. Otra de sus principales amigas es Concha Ferrer (casada más tarde con el escultor Joan Rebull), una joven catalanista que, además de verse obligada a estudiar de nuevo el bachillerato por haber invalidado el Régimen los títulos de la República, mantiene una actividad política paralela, como Linka. Concha ayuda a los exiliados de la guerra civil que, una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, vuelven de forma clandestina desde Montpellier (Francia) conforme avanzan los alemanes, instalándolos, como hace Linka con los polacos, entre familias obreras, justamente donde aprieta más la necesidad y donde unos y otros pueden pasar inadvertidos. Linka, germen del personaje de Ena, el gran descubrimiento de Andrea, y Concha, encarnarán para Laforet el heroísmo y la aventura, en claro contraste con la insípida vida de sus parientes venidos a menos. Mirándose en ellas se construirá su propio mundo, apoyará sus causas por amistad, y en cuanto le sea posible, cerrará la etapa de Barcelona y probará fortuna en Madrid. La misma evolución que sigue Andrea en Nada.

Laforet no puede escapar a los rigores de la posguerra, pero las 200 pesetas mensuales que le manda su padre como asignación para que haga frente a su estancia en la casa de la abuela y a sus gastos, le dan cierta autonomía, casi un lujo en aquellos tiempos de pobreza. Todo escasea y apenas hay en qué gastar, pero Carmen no sabe ahorrar ni administrarse. Cuando tiene dinero compra flores, a menudo para regalarlas, o va a la peluquería; cuando se le acaba, se alimenta de frutos secos y soporta con estoicismo las privaciones, más camaleónica que nunca con esos parientes y vecinos que se levantan cada día sin saber si cenarán esa noche. Con razón, las estrategias para combatir el hambre y luchar por la supervivencia, en las que destaca Gloria, se convierten en uno de los asuntos medulares de Nada.

Carmen se evadirá de esa estrecha realidad frecuentando con Linka y otros universitarios ávidos de literatura y emociones el grupo de La Virreina, donde confluían poetas y críticos de arte. O yendo con Linka al Barrio Chino -tan bien dibujado en Nada - a buscar alojamiento para sus refugiados. Meses después, cuando la organización de Linka sea descubierta y ésta pase un tiempo en la cárcel, Carmen le escribirá cartas poéticas que acompañará de ilustraciones ajenas por completo a las circunstancias en que se encuentra su destinataria. Entre ellas dibujos de niños felices, ya que Laforet sentía nostalgia de la familia que había perdido al morir su madre y acariciaba tener hijos. “Eso le salvará de que la relacionen con mi organización. Al principio, dudaban si estaría implicada, pero al ver sus cartas lo descartaron”, recuerda Linka. A quien sí pusieron en peligro las dos amigas indirectamente fue a un chico medio enamorado de Carmen: ésta logró que aceptara que los contactos de Linka le escribieran a su dirección diciéndole que eran cartas amorosas que la joven polaca no quería que vieran sus padres.

La familia de Linka, más organizada que la caótica casa de la abuela Carmen y con más posibilidades económicas que los españoles salidos de la guerra, aceptó a Carmen como un miembro más, y la joven encontró siempre en aquella casa un plato caliente. Pero Carmen era orgullosa y aborrecía sentirse dependiente. En una ocasión en que se encontraba enferma en casa de sus parientes, y sin haber comido lo suficiente, Linka le llevó unos bocadillos y Carmen, que le había dicho que no se molestara, se negó a probarlos. Al final, como Linka insistiera, Carmen los tiró por el balcón. Cuando ambas se asomaron al balcón, conscientes de que era una locura tirar comida, ya no había ni rastro de los bocadillos. Sin duda, no faltaban entonces muertos de hambre-una expresión repetida en la posguerra- y cualquiera que hubiera pasado por allí segundos antes, los habría recibido como una lluvia benéfica.

“Veo un grupo de chicos y chicas. Estudiantes de primer año de Universidad la mayoría de ellos, aunque algunos están en trámites de convalidaciones de sus bachilleratos estudiados en otra zona. (...) Algunos han perdido seres muy allegados en la guerra. Algunos saben que sus familiares esperan noticias de desaparecidos. Algunos tienen parientes en las cárceles. Otros tienen ex cautivos y mutilados en casa –medallas sobre la camisa, ojos ciegos o miembros amputados. De estas cosas no hablamos los jóvenes. Son cosas de otra generación. Nosotros estamos sanos. Estamos hambrientos –cartillas de racionamiento: una increíble reducción para los que no hemos pasado hambre durante la guerra, una continuación de bajas calorías para los que sí la pasaron-. Tenemos fronteras cerradas a otra guerra (...). Un bloqueo. De todas estas cosas sólo extraemos un tema en nuestras conversaciones: el tema alimenticio”. En este párrafo, entresacado de un prólogo que Laforet escribió para Monstruos domésticos , de Ytho Parra, publicado en 1973, la autora describe de forma explícita el clima moral que encontró en Barcelona y que recogió de forma solapada en Nada . “Queremos cerrar la brecha abierta por la guerra y los exilios y las muertes. Recitamos poemas de escritores muertos y vivos actuales. Estamos deseando que se repongan libros, que se reediten los tesoros perdidos. (...) Nos gustaría asombrar a los amigos con nuestras grandes tragedias psicológicas, cambiar digresiones sobre las trabas espirituales que nos cercan. Nuestra juventud, a pesar de todo, nos incita a la alegría ocasional y frívola. Por ejemplo, cantar canciones de moda, en grupo, cuando vamos a la playa. (...) Somos una generación que brota entre cortapisas y órdenes que nos son ajenas. La gente mayor anda dislocada y apurada por todo: o bien es vengativa y llena de furia o bien es quejosa y se siente humillada por todo. Nuestra interesante tragedia personal va tomando un rumbo insospechado: el de liberarnos de la angustia de los mayores. (...) Sin hablar de eso, sin comunicarnos, hemos encontrado una vía de valor. (...) Valor es silencio”. En el prólogo, la autora rinde tributo al papel de La Codorniz y al escape del humor para afrontar la liberación del pasado. Pero antes deja testimonio de lo que suponía no desfallecer y vivir “con todo su tremendismo” aquella época: “Nuestras fuerzas se agotan en gestos de rebeldía que son como zarpazos en el aire. Por ejemplo, exponernos a una multa en la playa por quitarnos el albornoz, simplemente para tomar el sol. Y oír los gemidos acobardados de los de otras generaciones por esas multas”. Bajo esa atmósfera se escribió Nada . Un pequeño gesto de rebeldía que abrió una brecha en el aire en medio del silencio.

El inconformismo de Andrea

Naturalmente, Carmen Laforet tiene donde bucear para crear los rasgos más sugerentes de Andrea. Aunque algunos especialistas quisieron ver en Nada cierta influencia de Cumbres borrascosas , sobre todo en la atmósfera tremendista que pinta Laforet en la casa de Aribau y en las conductas alteradas de sus moradores, Andrea se desmarca de la trayectoria de Catherine Linton. Y tampoco la evolución de Román, el artista de la familia destruido por su cinismo y las cicatrices de la guerra, puede equipararse a la de Heathclif. En Nada , Andrea no sólo no se enamora de su tío Román –aunque sí planea un inquietante juego de seducción entre Román y Ena que induce indirectamente a Andrea a sentirse algo más que espectadora en ese turbio y sólo insinuado triángulo-, sino que, además, no busca su salvación en el amor. Andrea persigue su independencia y su afirmación frente a un mundo que se derrumba. Testigo de un universo familiar en declive, la joven no condena a sus parientes después de observar que algunos están locos, viven como parásitos o se muestran sádicos y vengativos. Es sólo un espejo que devuelve lo que recibe. No juzga, pero tampoco justifica ni absuelve a nadie. Román, el personaje masculino más enigmático e interesante, no alcanza nunca trazas de héroe, como mandaban los cánones de la España triunfal -y como estaba escrito en el imaginario de muchas mujeres-. Lo que nos presenta Laforet es un antihéroe. No hay héroes en Nada, como tampoco los había ya prácticamente en España, pese a la propaganda oficial: o habían desaparecido en la guerra o se les había helado el corazón, como anunció el poeta y como sugiere el título de la novela de Ana María Matute Los hijos muertos.

Andrea es tan moderna, tan independiente, casi tan contemporánea, que los guionistas de una de las dos películas que se hacen de Nada caen de nuevo en el fantasma de Cumbres borrascosas y acentúan la dimensión sentimental de Andrea, haciendo que se enamore de Román, el seductor de la novela, el prototipo de “hombre interesante” que tan bien explica Carmen Martín Gaite en Usos amorosos de la posguerra : ese chico atractivo y a la vez complicado que es justamente lo contrario de un buen partido pero que gusta a las mujeres, de ahí su peligro en una época en que el sexo no existe, como no sea confundido con el amor y el matrimonio. La película, dirigida por el director argentino Torres Nilsen en 1956, con guión de su esposa, la escritora Beatriz Guido, se tituló Graciela , al tratarse de una versión libre de Nada . Antes, Edgar Neville hizo una película más fiel del personaje: tal vez sólo desde el conocimiento directo de la historia de España y de la posguerra podía entenderse el personaje de Andrea en sí mismo, como testigo y narradora de una penumbra colectiva. Posteriormente, hubo otros intentos de hacer más películas sobre Nada , pero o no cuajaron o la propia Laforet las torpedeó: había iniciado su etapa de escritora secreta y ni contestaba las cartas ni tenía en cuenta la mitad de las propuestas que le llegaban.

Pero si Andrea resulta demasiado original y, por seguir con la terminología de Martin Gaite, rara, es porque su forma de ver y de analizar la vida es libre e insobornable. Andrea resulta rara en el yerto ambiente de la posguerra barcelonesa, pero no lo hubiera sido en los años anteriores, los de la República. Tampoco una jovencita soñadora y algo excéntrica como Carmen Laforet hubiera desentonado en la Universidad republicana.

¿Hasta qué punto supo Carmen Laforet en Las Palmas de mujeres como Maria Zambrano y Rosa Chacel? ¿Le llegó algún eco de su voluntad intelectual a comienzos de los años treinta? Es probable que Consuelo Rebull le hubiera hablado de ambas, aunque tal vez ignorara que en los meses en que ella preparaba el viaje que la llevaría a Barcelona aferrada a una maleta tan pesada como la de Andrea, ellas se vieron obligadas a cruzar el Atlántico y sumergirse en el exilio. ¿Sintió siendo adolescente el clamor de libertad que las mujeres más avanzadas lanzaron a la República? ¿Imaginó siquiera entonces que mujeres de personalidades tan distintas como la vital Maruja Mallo y la reflexiva María Teresa León habían transgredido normas más graves –la primera aceptando el amor libre, la segunda rompiendo su matrimonio para seguir a Alberti- que las que a ella le achacaban algunos lugareños cuando se escapaba a la playa sin traje de baño y la sorprendían bañándose en unas simples enaguas? Unas inocentes enaguas en las que más tarde las criadas adivinaban el rastro de la sal y el sudor.

El choque emocional que surge entre la ausencia de prejuicios de Andrea y la derrotada ciudad que encuentra no se hubiera dado sin la devastación dejada por la guerra. Ni Andrea -ni tal vez Carmen Laforet- se detienen a analizar las causas del envilecimiento moral de sus parientes atribuidas sólo de pasada a la guerra y a la repentina pobreza que les ha traído, pero no hace falta ser muy perspicaz para pensar que la narradora de Nada hubiera hallado una Barcelona más estimulante de haberse asomado a la España de la preguerra. Sin embargo, universitarias del estilo de Andrea ya no tendrán el camino despejado en los años cuarenta y cincuenta. En ese mundo en retroceso de bombillas oscurecidas y polvorientas, en el que la única libertad posible es tomarse una ducha, siempre fría, Andrea tiene que pelear por hacerse un sitio a hurtadillas. Ésa es su forma de rebelarse frente al mundo adulto. Ése que no acaba de entender y que le está pidiendo, por ser mujer, que mienta, que traicione su destino, que oculte sus sentimientos y que se asome a la vida de puntillas.

Carmen Laforet tenía a su favor su despiste, esa capacidad para sentirse fuera de cualquier situación molesta, de modo que tal vez no llegara a vivir la posguerra como un lastre, sino como una mera contingencia. Una estrategia de supervivencia que debieron de seguir otros muchos hombres y mujeres de su generación para seguir adelante. Tampoco sintió de cerca en Las Palmas los horrores de la contienda, aunque Franco iniciara la guerra desde África. Convertida la isla en zona nacional, la joven sólo vislumbra la tragedia en los barcos que llegan al Puerto de la Luz con soldados de permiso o que vuelven a transportan jóvenes al frente. La guerra es una película que cuentan y padecen otros.

El gran puerto había conocido días de más movimiento que aquellos de la guerra civil. De todos modos, cajas de plátanos y tomates se apilaban en los muelles dispuestas al embarque. Olía a paja, a brea, a polvo y yodo marino” ( La isla y los demonios, p.12)

Ésa es la imagen del puerto que observa Marta Camino cuando recibe a unos familiares afectos a los nacionales que llegan a la isla huyendo del Madrid republicano en busca de un refugio, un compás de espera, algo parecido a la ansiada paz, aunque sea falsa. En La isla y los demonios , la guerra es sólo una realidad entrevista, lejana, aunque de vez en cuando aparezcan personajes secundarios como Chano, el jardinero, que, animado por su hermano legionario, Pero en esa tranquila retaguardia se alude también de forma velada a la misteriosa mujer de Pablo, el pintor que ha viajado en el mismo barco que los tíos y que se ha incorporado al grupo. Pablo parece huir, aunque siga amándola, de esa mujer algo absorbente pero libre que está del lado de los republicanos. A pesar de estas pinceladas bélicas, apenas se plantean conflictos ideológicos, como en las novelas de Ana María Matute. La mujer de Pablo sólo es un personaje extraño y diferente dentro de ese uniforme universo familiar, previsible y mezquino, que Marta Camino quiere abandonar.

Pero cuando Carmen Laforet llega a la España peninsular lo que encuentra ya es la victoria de unos vencedores de pacotilla que administran con retórica la escasez frente a unos ciudadanos amilanados. ¿Que hubiera sido de Laforet sin esa posguerra que sacudió sus ojos nada más bajarse del barco y luego del tren? Tal vez no hubiera escrito Nada , quizás fuera una novelista diferente. “Lo que en Nada se ventila es tan inmediato y tan real que bien pudiera constituir la obra única, la gran obra de un autor”, escribió con clarividencia el crítico Juan Ramón Masoliver. Mientras que Matute y Martin Gaite han utilizado la posguerra como material y memoria en varias de sus obras, poniendo de relieve de forma tácita o explícita las contradicciones del sistema, Laforet ha seguido una línea más oblicua, soslayando la política. Mientras que Matute y luego Martin Gaite se han movido en los círculos de la cultura crítica y de izquierdas, Laforet, ya en Madrid, vivió los años cuarenta y cincuenta ajena al franquismo, como espectadora. Siguió siendo una isla aunque viviera en el corazón de Madrid, espoleada por una particular evolución que le llevó a partir de 1951 a vivir una fase mística en los mismos años en que otros creadores perdían la fe si es que no la habían perdido ya.

Sin embargo, cuando Laforet se instala en Madrid, en 1942, nada de eso se vislumbra. Después de estudiar dos cursos de Filosofía y Letras en Barcelona decide cambiar de aires y de carrera. De la casa de la Abuela en Barcelona pasa a vivir con tía Carmen –el nombre se repetía en ambas ramas de la familia-, hermana de su madre, en General Pardiñas, 107, en Madrid, matriculándose por libre en Derecho en la Universidad Central. Antes de trasladarse vende su único abrigo, y con el dinero obtenido pasa una semana en la playa, un claro gesto de despojamiento respecto al pasado, pero también un deseo de llegar a Madrid ligera de equipaje. Aun así, la Barcelona de la que se aleja permanece en su recuerdo. Como a Andrea, no es la ciudad la que le ha decepcionado sino esas relaciones humanas de las que esperaba tanto y en las que, no obstante, se ve como desde fuera, sin poder hacer nada para cambiarlas.

“Unos nacen para vivir, otros para trabajar, y otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él, imposible libertarme. Una tremenda congoja fue para mí lo único real en aquellos momentos.

(...) Estuve mucho rato llorando, allí, en la intimidad que me proporcionaba la indiferencia de la calle, y así me pareció que lentamente mi alma quedaba lavada". ( Nada , Cap. XVIII, pág. 224)

 

Amar la vida

“Mis libros se deben a un profundo amor a la vida” (Carmen Laforet, Ya , 23 de junio de 1957)

Es en Madrid, algunos ratos en el piso de la tía Carmen, pero sobre todo en el Ateneo, pegada a la estufa, donde escribe Nada a lo largo de 1944, desde enero -todavía con veintidós años- a septiembre. Barcelona volvía así a resurgir ante sus ojos mientras dejaba volar su imaginación en el Ateneo, o mordisqueaba las galletas que le daba tía Carmen para merendar en el piso de baldosas rojas de General Pardiñas. Un piso modesto que no sólo acoge a tía Carmen y sus dos hijos. Además de la sobrina escritora, al piso van llegando sucesivamente Eduardo, hermano de Carmen Laforet, y Carmencita, la hija de tía Rosa, otra hermana de tía Carmen. Enseguida notan que Carmen se pasa horas y horas en el Ateneo. Y deducen que debe de estar escribiendo algo importante. En Barcelona ya había escrito unos cuentos que publicó en la revista Mujer , de Santander y había obtenido un premio por un relato sobre un soldado en la guerra. También había regalado un cuento a un amigo que necesitaba presentarlo como si se tratara del texto de un autor francés -el apellido Laforet se prestaba a ello-, titulado La última noche . Un cuento incluido en varias de las antologías, a pesar de que la autora reniega de él. Pero lo que se traía entre manos en Madrid era más ambicioso.

Como en una película, sus parientes de la calle Aribau, con sus delirios y buenas intenciones, emergen en su imaginación; también sus andanzas por Barcelona camino de la Universidad. Es un mundo tomado desde dentro al que no quiere salvar ni condenar. Lo acepta con melancolía, sobre todo cuando recrea a la Abuela, esa anciana a la que la guerra y la vejez han trastornado y que quizás unos años antes fuera como su propia abuela Carmen Altolaguirre, la animada mujer que les visitaba en Canarias y les contaba historias familiares. La que recordaba cómo la Virgen de Murillo que los padres de la escritora tenían en su hogar de la calle Pérez Galdós, en Las Palmas, procedía de la casa sevillana de su bisabuela, Encarnación Rodríguez de Alfaro, que a sus cincuenta años amamantaba en el patio a su hijo recién nacido tras haberse casado con Eduardo Laforet, aprendiz de dorador de cuadros de origen francés, para que nadie pusiera en duda su tardía maternidad. Pero la abuela no sólo transmitía las peripecias de los Laforet, la familia de su marido; también les hablaba de su padre, Mariano Altolaguirre, sobrino de Tomás y Miguel Zumalacárregui, militar como ellos, y de su madre, Carlota Segura, hija de un fabricante sevillano de tabaco... Pero una guerra siempre quiebra la realidad, además de envilecerla, y la abuela que encontró en Barcelona era ya sólo un espectro de la que les visitaba en Canarias.

Como quien copia del natural, sin hablar de buenos y malos ni señalar fronteras entre el bien y el mal -algo que ciertos moralistas le reprocharían más tarde-, Laforet cuenta el derrumbe anímico de la Abuela, de su ciudad, de sus contradictorios y abrumados parientes, que no son ni mejores ni peores que los demás, sólo distintos a como los había anhelado. Hasta que, en septiembre de 1944, escribe los párrafos finales de Nada:

Bajé las escaleras despacio. Sentí una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle Aribau no me llevaba nada . Al menos, así lo creía yo entonces”.(Capítulo XXV, pág, 294)

En aquellos meses de 1944, cuando escribía Nada , “era una joven rubia que frecuentaba el Ateneo” -como en los años de la República Rosa Chacel y María Zambrano, como más tarde lo haría Carmen Martín Gaite consultando notas para El cuento de nunca acabar o para su ensayo sobre Los usos amorosos de la posguerra -, y que “hacía turismo pobre por Toledo, Ávila y Aranjuez, haciendo horas de tren”, recuerda su hijo Agustín Cerezales. “Apeándose por la ventanilla” cuando no tenía billete y tenía que esquivar al revisor. La misma sobriedad de Barcelona vivida sin angustia. Su rostro, su sonrisa, su juventud, hacen estragos entre los asiduos del Ateneo. Manuel Cerezales, el que luego sería su marido, recuerda que, antes de que los presentaran, amigos comunes le habían dicho que aquella chica que él mismo había visto en alguna vez por el Ateneo, era muy interesante. Pero Carmen Laforet no siempre es consciente de su capacidad de seducción, no le interesa incidir en ello, busca al mismo tiempo pasar inadvertida. Sin embargo, Emilio Sanz de Soto, con quien Laforet mantuvo una fluida amistad, trufada de correspondencia, de los cincuenta a los ochenta, afirma que Carmen es una de las pocas mujeres que ha conocido capaz de mantener relaciones de igual a igual con hombres y mujeres y de practicar “una especie de amitié amoureuse que no tiene que ver con el sexo”, ni con las confidencias atribuidas a la amistad íntima -Laforet siempre fue reservada con sus amigos-, sino más bien con un tipo de camaradería que no hacía distinción de sexos. Es decir, sus elecciones no eran sexuales -tampoco el sexo en sí mismo ha debido de jugar un papel importante en su vida- sino afectivas. Y al mismo tiempo buscadas por sí misma, escogidas. Como si Carmen no hubiera querido ser en el amor o la amistad un claro objeto de deseo -algo a su alcance de haberlo fomentado- sino un sujeto, “una mendigadora de afecto” en palabras de Sanz de Soto, cuando alguien le interesaba –pero de un modo elegante, sin pedirlo de forma explícita-, y no tanto una receptora de atenciones no requeridas.

Linka Babecka se había trasladado también de Barcelona a Madrid con su familia por aquellos años y presenta a Carmen a Manuel Cerezales, para que la oriente acerca de qué hacer con Nada. Linka temió en un principio que Cerezales, un periodista ya conocido y con una pequeña editorial, Pace , dedicada al ensayo y la biografía, no se tomara en serio a su amiga, pero él afirma que Nada le impresionó de un modo favorable. Hasta el punto que cuando llevaba en una carpeta el manuscrito de Carmen para devolvérselo y cambiar impresiones, y un amigo que encontró en la calle le preguntó: “¿Qué llevas ahí?”, contestó: “Llevo una novela de la que se hablará mucho en mucho tiempo”. Tanto le había gustado que recomendó a la autora que la mandara al premio Eugenio Nadal, que iniciaba su trayectoria en ese año, 1944, con la promesa de que si no lo ganaba se la editaría él. No son pocos los que han dicho que Cerezales le corrigió algunas cosas, pero, conociendo el carácter independiente de Laforet y el escaso trato que tenían en esos momentos, no debieron ser tantas. Una vez pasado a máquina, Laforet no conservó el manuscrito original: poco después se lo regaló a Ernesto Giménez Caballero y hoy se considera ilocalizable.

A raíz de esta novela, la vida de Laforet da un vuelco. Además de conseguir el Nadal, se casa en 1946 con Manuel Cerezales, un hombre doce años mayor que ella, culto, con fama de inconquistable. Para Laforet seducirlo representará un reto. Él ha vivido la guerra civil desde el bando nacional pero su talante es liberal y no parece un hombre fanatizado. Mujer sin ideología definida, aunque, según su marido se declarase alguna vez vagamente socialista, en un sentido humanista, a Carmen no le causa incomodidad que él sea algo más conservador que ella y, en lo religioso, católico practicante. En cualquier caso, todo parece indicar que, ni por propia inclinación ni por matrimonio cae Laforet en el lado de los críticos al sistema. Se mueve en un círculo de amistades liberales, pero no se aleja visiblemente del Régimen, como Martin Gaite y Matute, que, sin significarse personalmente -el verbo significarse indicaba ya peligro en la vigilada sociedad franquista-, analizan la posguerra con una mirada inconformista, frecuentan tertulias literarias en las que hay cineastas o dramaturgos tildados de rojos, no viven al margen de la política. Carmen Laforet no ignora el entorno en el que vive, pero elude pronunciarse en términos políticos. Sin embargo, en 1959, después de cenar con los Zubiri y con Bergamín, comenta a un amigo que éste estaba más apagado que cuando llegó a España, y consigue una descripción certera de la época: “Es natural. Aquí todo es muy raro y áspero y difícil”.

La foto de boda nos la presenta acorde con la sobriedad de la época, vestida con un traje de chaqueta y una mirada esperanzada. Su tía Carmen hizo de madrina y, el padrino, fue un hermano de Manuel Cerezales. El matrimonio sumerge rápidamente a Carmen Laforet en la maternidad en los mismos años en que el fulgor de Nada la persigue a todas partes; es un resplandor que no se extingue. Pero no son años fáciles para compaginar el ser esposa y madre con el absorbente trabajo de escritora, por mucha bohemia y liberalidad que se quiera imprimir a la vida. Ni mental ni socialmente disponía la mujer de entonces de los argumentos que maneja la de nuestros días para armonizar ambas vidas a su modo. En 1946, un años después de publicar la novela, nacerá su primera hija, Marta. Luego, muy seguidos, hasta 1952, tendrá a Cristina, Silvia y Manuel. El quinto de sus hijos, Agustín, que luego sería también escritor, vendrá al mundo un poco después, en 1957.

El juego de las elecciones siempre comporta renuncias, aunque éstas no estén presentes en el momento en que se toma un camino. Al formar una familia, como deseaba, Laforet se cerró una puerta de forma inconsciente, la de la libertad para crear disponiendo de todo el tiempo propio. ¿Cómo dudar de que la maternidad concentró gran parte de la energía de la escritora justamente en los años en que la estrella de Nada iluminaba la narrativa española y concentraba en ella nuevas expectativas? Tener cinco hijos era algo habitual en la posguerra, y el catolicismo de Cerezales podría haber alentado esa disposición a la familia numerosa. Pero ¿y Carmen, aquella muchacha que apareció en la revista Destino a finales de los cuarenta con unos zapatos de tenis, el pelo suelto, tan diferente a las demás? ¿O aquella joven de vestir discreto que, sin embargo, esperaba a Cerezales fumando en los cafés y que, aunque no lo pretendiera, llamaba la atención en la enlutada España? Emilio Sanz de Soto recuerda que cuando Destino publicó las primeras fotos de la escritora, algunos de sus amigos las pegaron en las paredes de sus habitaciones de estudio como si fuera un icono de modernidad. “¿Por qué cinco hijos?”, reflexiona en voz alta Sanz de Soto. Sin duda porque quiso. La nostalgia de la familia que perdió al morir su madre, la impulsó a rodearse de niños. Añorando ser de nuevo aquella hija feliz, acabó convertida en madre.

“Cuando tuve niños pequeños, el dedicarme a ellos no me permitía escribir: pero tampoco me importaba, porque tenía que cumplir con mi obligación”, admitió ante Marino Gómez-Santos en 1971. Una afirmación sincera, ya que la maternidad siempre estuvo entre sus prioridades. Fue además, una madre afectuosa, aunque las tareas prácticas se las dejara, ya que podía, a las criadas. No hubo, por tanto, una pugna real, es decir, vivida desde dentro como tal, entre su condición de madre y su actividad como escritora. La mentalidad de la época no favorecía, desde luego, los discursos reivindicativos y la autora nunca se planteó que lo que daba a su maternidad supusiera al mismo tiempo una mutilación como escritora o una traición a su obra. La influencia del momento histórico o de la ideología dominante siempre ejerce una acción de fina lluvia sobre las conciencias, y las diferencias individuales suelen quedar agazapadas ante esa marea cultural o política que uniformiza a una generación y la hace fatalmente afín. El franquismo pudo así cuajar en toda la sociedad y ser asumido sin necesidad de que la mayoría se sintiera personalmente franquista. Del mismo modo, las españolas de la posguerra hicieron suyos objetivos colectivos que, de poder elegir, quizás no hubieran compartido: entrenadas para la abnegación, sabían que su misión era desactivar conflictos, no crearlos. Cuando afloraban, inevitablemente, no era tanto por querer salirse del papel como por buscar vías de escape.

Los Cerezales-Laforet formaron una familia de clase media más con algunas pequeñas variantes: por un lado, una menor regularidad en los ingresos fijos con que contaban, ya que, al igual que Carmen, Manuel Cerezales, editor, periodista y crítico literario, no siempre dispuso de un sueldo mensual; por otro, la posibilidad de hacer largos veraneos “libres y salvajes”, recuerdan los hijos, gracias a la mayor disponibilidad de horarios de sus padres y a que los alquileres de vacaciones no eran entonces elevados. Decir que pasaron privaciones sería excesivo, además de sonar a burla en unos tiempos de general escasez, ya que los cinco hijos del matrimonio estudiaron en el Liceo Francés, pero más de una vez Carmen Laforet tuvo que escribir artículos que no le apetecían para cooperar a la supervivencia familiar. Por fortuna, a la escritora no le interesaban los signos burgueses ni la decoración suntuosa y su amigo Emilio Sanz de Soto recuerda así a Carmen en su casa familiar de la madrileña calle de O´Donnell: “Me recibió en una habitación sin muebles y con un desorden elegantísimo”.

En paralelo a sus primeros años de casada, Laforet empieza a sentirse molesta ante algunas de las consecuencias del impacto de Nada . Su gran difusión superaba sus expectativas y en aquel momento no tenía capacidad de respuesta para hacer frente a la popularidad. Tampoco podía digerir que una novela primeriza en la que ella, como todo autor exigente, percibía puntos flacos y párrafos endebles, conmoviera el panorama narrativo. Es como si hubiera dos fuerzas que tiraran en sentido opuesto de Laforet en aquellos días; por un lado, sus hijos requerían su atención, aunque contara con ayuda -la que la prestaron Julia y Eugenia, dos mujeres abulenses que permitieron a la escritora ser madre numerosa sin dejar de ser como era- y por otro, toda esa estela de elogios que la incitaban a escribir una segunda novela ya, en el fondo una segunda Nada . ¿Ser una gran escritora era eso, finalmente, estar expuesta a la presión de los demás? Una presión de la que no cabía excluir a su marido, pero no porque Cerezales le incitara o no a escribir, sino porque Carmen tenía en cuenta su opinión literaria. A fin de cuentas, la escritora tenía al crítico en casa, y si en Nada el instinto literario de él había funcionado, no podía soslayar su criterio. Y más cuando ella conocía sus limitaciones. Aunque Consuelo Burell había abierto su sensibilidad a las grandes corrientes literarias, la formación de Carmen, “una escritora genial, pero perezosa, no era profunda”, apunta Babecka. En su opinión, Cerezales, interesado por pensadores como Bergson y Maritain, tendía a un saber más enciclopédico y su opinión pesaba. A través de él conoció Laforet en sus inicios a escritores y articulistas como Eugenio d´Ors y González Ruano. Pero a Carmen no se le podían imponer criterios no compartidos, y alguna vez debió surgir algún conflicto soterrado entre la creadora y el crítico-marido.

No es osado pensar que las primeras grietas entre surgieron precisamente en ese espacio común de intereses que ambos compartían: la literatura. Periodista de larga trayectoria, Cerezales ha tenido funciones directivas en periódicos tan diversos como Informaciones , La España de Tánge r, El Faro de Vigo , El Alcázar , etcétera, además de desarrollar labores de crítico y articulista. En ocasiones, el trabajo le obligó a separarse de la familia: mientras dirigía La España de Tánger o El Faro de Vigo, Carmen y los niños permanecieron en la casa de O´Donnell, en Madrid, aunque pasaran juntos las vacaciones y la escritora lo visitara. Acostumbrado a tener responsabilidades, no podía ser de ningún modo un marido en la sombra, y de hecho no lo fue. Desde de un punto de vista teórico, cada uno tenía su espacio, y lo cultivaba, pero no podía soslayarse que en determinada época un artículo de Laforet en Abc se pagara tres y hasta cuatro veces más que el de su marido, un hecho en sí irrelevante si no fuera porque, paradójicamente, a la escritora el dinero en sí no le interesaba. Se daba así la contradicción de que incluso cuando ella podía ganar más no estaba demasiado motivada en conseguirlo, bien fuera nuevos artículos, la publicación de una novela ya apalabrada o la adaptación de algún cuento para la televisión. Es decir, eran en cierto modo tan simétricos que ni funcionaban del todo bajo el modelo tradicional ni asumieron la igualdad: tal vez porque, a pesar de su independencia, Carmen no tuvo empeño en introducir reglas diferentes en la pareja ni en adquirir responsabilidades. A esos pequeños desajustes había que sumar la tensión que le creaba a Laforet sus etapas de inseguridad como escritora y la ambivalencia que experimentaba ante su marido como crítico: por un lado valoraba su opinión literaria, por otro, no aceptaba intromisiones en su obra.

Fue la exiliada Elena Fortún (seudónimo de Encarnación Aragonés Urquijo), la creadora de Celia , quien le habló con franqueza de la incompatibilidad entre el matrimonio y la escritura. Laforet admiraba a Elena Fortún, a quien había leído de niña, como Carmen Martín Gaite, y no dudó en trabar amistad con ella, a pesar de la barrera del exilio. “Los artistas, sean del tipo que sean, están solos siempre, y no debería serles permitido que invadieran el hogar... Pero usted tiene razón, no puede vencerse esa gran fuerza de la vida que nos arrastra en la juventud... sobre todo en España, donde se ha parado el tiempo y lo que no es legal es pecado”, le escribe Elena Fortún desde Buenos Aires, el 1 de febrero de 1947, en respuesta a una carta anterior de Laforet. “¡Cómo va usted a estar arrepentida de lo hecho! No. Sea usted feliz muchos años y acepte con alegría la responsabilidad de vivir una vida que no estaba destinada a usted”, continúa Elena Fortún desde su experiencia de mujer casada desde que era casi una adolescente, cuando no pensaba escribir ni una línea. “Mi último libro en España fue recogido por la censura luego de estar en los escaparates. Ahora han prohibido Celia en el colegio y para seguir publicando el resto ha sido preciso hacerles varios cortes”, comenta con resignado humor la creadora de Celia. Después de hablarle de su trabajo de bibliotecaria en Buenos Aires, y de su marido, que hace traducciones para una editorial, recurre a sus conocimientos de grafología –en pleno desarrollo en esa época-, y asegura: “Usted es un genio. Su letra lo dice. Pero también dice que no hay nada más lejos que usted de una mujer de hogar, del ser central de un hogar”. A continuación, anima a Carmen a trasladarse con su marido a Buenos Aires, donde tal vez él pueda encontrar una corresponsalía: Dígale a su marido de mi parte que cuando se convive con un ser extraordinario no se le puede pedir nada, sino adorarle. Usted no puede vivir en la vida ruin de España (ruin materialmente), necesita amplitud para que lo material no aplaste lo espiritual. Aquí, por desdicha, hay poco espíritu, pero usted trae todo lo que necesita”.

Desde luego, Nada no sólo causó revuelo dentro, sino entre los escritores que estaban en aquellos años lejos de España. Uno de los primeros en felicitarla públicamente desde el exilio fue Juan Ramón Jiménez (como lo haría más tarde Ramón J. Sender). Aunque el poeta de Moguer había dicho al exiliarse que no publicaría nada en España, rompe su silencio ante Nada y escribe en 1946 una Carta a Carmen Laforet que Ínsula saca a la luz en su número 25, en 1948. El poeta parece mostrarse implícitamente agradecido a esa joven que había iniciado su novela bajo el lema de unos versos suyos, precisamente un fragmento de Nada: “A veces un gusto amargo, Un olor malo, una rara Luz, un tono desacorde (...)”. Pero su carta es, ante todo, una incitación a que siga escribiendo. Después de subrayar “la belleza tan humana de su libro”, Juan Ramón resta importancia a los defectos gramaticales de Nada , destaca los capítulos IV y XV, y asegura que más que una novela “en el sentido usual de la palabra”, le parece una colección de cuentos tan hermosos como los de Gorki, Eça de Queiroz, Unamuno o Hemingway. “Usted es una novelista de novela sin asunto”, define Juan Ramón a Laforet para alentarla a que no se empeñe en seguir una trama. Y termina: “Bueno, Carmen Laforet: a ver cómo coge usted ese difícil Madrid en otra novela sin asunto”. Un reto, repetir el milagro de Nada , que Laforet no quiso o no pudo recoger.

Estaba orgullosa de su escritura, pero prefería vagabundear, encontrar las claves de la vida. Dueña de un oficio y un temperamento poco frecuentes en la España franquista, Carmen Laforet no tuvo más remedio que construirse su propio camino. ¿Cuántas mujeres anónimas, pero con pretensiones artísticas, pudieron afrontar el suyo en tiempos tan pocos propicios, sin tirar la toalla? Madre y esposa, pero también escritora, por separado o al mismo tiempo: ¿la vida era demasiado dulce, a veces, para ponerse a escribir? ¿La escritura le obligaba a desertar de lo que se suponía que era lo primero y le creaba desasosiego? ¿O es que la búsqueda de sí misma, los propios pactos entre su necesidad de libertad y sus lazos familiares eran más imperiosos que el impulso de escribir? ¿La vida, con todos sus claroscuros, se impuso a la literatura? ¿Antepuso Carmen Laforet la búsqueda de sí misma al ejercicio de escribir? ¿O fue Nada , su gran obra de culto, la que le aplastó como escritora?

“Comprendo que soy una escritora mediana, ni mala ni buena. Esto no me importa mucho. Yo doy de mí todo lo que puedo. Pero ser juzgada por tantos seres tan mediocres, insolentes, peores escritores que yo, con desparpajo enorme y con profesional desprecio, es algo verdaderamente irritante. Gracias a Dios que vine de Tánger con gran reserva de paciencia, serenidad y optimismo, Voy a ver si me sirven para hacer un plan de trabajo y escribir. Ahora que si me tocara la lotería... qué felicidad no escribir ni una palabra más”. Así se expresa la escritora, con la franqueza de los tímidos, cuando tienen un papel delante y escriben a un amigo, en una carta del 7 de mayo de 1959 dirigida a Sanz de Soto. Volverá sobre el mismo asunto en otra carta fechada en Ibiza, el 2 de diciembre de 1960: “Mi caso, hasta ahora, no ha sido de cobardía, sino simplemente de dar la espalda a todo lo intelectual durante años por razones complejas, y quizás la primera de todas, falta de fe en mí misma como escritora”. Un sentimiento de humildad cíclico que a veces le espoleaba y otras le hundía, pero que en todo caso, le servía para valorar la obra ajena: en 1984, después de leer La enredadera , de Josefina Aldecoa, no dudó en escribir una espontánea carta a la autora diciéndole que le había encantado. Probablemente, porque cuando una obra ajena le gustaba redescubría la nostalgia de escribir, aunque a ella, en aquel momento, le resultara una proeza.

El mismo Sanz de Soto, que vivió en el ardoroso Tánger de los años cincuenta y frecuentó el círculo de Paul Bowles, esboza en un libro dedicado al escritor norteamericano, un sutil y apresurado retrato sobre Carmen Laforet en los días en que la novelista viajaba a Tánger para visitar a su marido, director en ese tiempo de La España de Tánger . Fue entonces cuando Sanz de Soto trabó amistad con la escritora que diez años antes, cuando apareció Nada , le había cautivado como lector. La llegada de Laforet a los cafés del Boulevard Pasteur o en Porte, no pasó inadvertida para la colonia española. A él le encantó “su vibrante sensibilidad”, pero la define así: “Siempre sonriente, siempre en las nubes”. Una noche la invitó a una fiesta sofisticada y Carmen, que en principio rehusó ir porque no tenía nada que ponerse en plan elegante, apareció en la Alcazaba, el lugar de la recepción, con una chilaba-sulján de color blanco y sus sandalias de playa pintadas en plata. David Herbet, el oráculo oficial de lo que era o no chic aprobó el atuendo y condujo a Laforet a que Cecil Beaton, allí presente, la fotografiara. Ese retrato se expuso más tarde, a la muerte de Beaton, en un museo londinense, junto a los de gente como Vivien Leigh o Truman Capote. Sin embargo, aquella noche Laforet no se enteró de nada. O no quiso enterarse: “¿Por qué me fotografían, quién es esta gente tan simpática?”, preguntaba a Emilio Sanz de Soto. Quizás fue ese aire distraído -a veces premeditado- lo que le hizo sentenciar a Jane Bowles que Laforet “tenía el encanto irreal de las hadas y la verdad real de una niña tímida”a.

Agustín Cerezales, su hijo, va más allá y dice que su madre siempre ha tendido a reservarse para unos pocos, por lo que contar con su amistad es una suerte. La gente le interesa o no desde el principio, como si se dejara guiar por una sensación casi física, o un detalle significativo, lógicamente desde una perspectiva siempre subjetiva, y no por coincidencias ideológicas o sociales. Su actitud, apunta Agustín Cerezales, se funda en dos características contradictorias: su madre “carece de prejuicios”, pero al mismo tiempo, “suele establecer aprioris fundados en la intuición”.

Todo escritor acaba teniendo su propio universo, pero en Laforet ese mundo existía antes de crear su obra. Quizás se deba a eso la paradójica afirmación de Sanz de Soto de que en Carmen Laforet pesa más la vida que la obra. Aunque tal vez haya que añadir que no tanto por lo que conocemos de ella como por lo que nos sugiere lo desconocido, sus silencios. Quizás no haya que buscar en ella un sentido torturante de la existencia, sino, más exactamente, un intento de entender el mundo sin perder su capacidad de ensimismarse. Su amiga Matilde Ras, que la llamaba La Selva encantada (bromeando con el significado de su apellido en francés y su tendencia al ensimismamiento e independencia), le hizo un análisis grafológico en 1967 en el que, como ya apuntara Elena Fortún viendo su letra, señaló dos rasgos esenciales: su sentido de la libertad, y su falta de egoísmo, dos fuerzas que la dividían y hasta la agotaban.

En 1951, experimenta una transformación espiritual que dando por válida la división de Matilde Ras, fomentará su generosidad en detrimento de su libertad, aunque al final ésta le pasará factura. Esta crisis espiritual, de carácter místico, se inicia cuando la autora, que hasta entonces no ha tenido demasiado interés por lo religioso, descubre, como en una iluminación, el sentido de su vida y una rara y cierta sensación de plenitud. Esta metamorfosis le sobreviene justamente en unos años en que Carmen acentúa su amistad con Lilí Álvarez y Carmen Castro de Zubiri, dos mujeres interesantes para las que la religión es mucho más que esa barata beatería nacida del nacionalcatolicismo. Lilí Álvarez había sido una joven moderna y popular en los años veinte, una de las pioneras en la práctica del deporte femenino: fue campeona de tenis antes de la guerra y se convirtió en la primera española finalista en Wimbledon. En los últimos años, sin embargo, la tenista “se había convertido”, es decir, había pasado de ser católica nominal a creyente. A Laforet le fascinaba el estilo cosmopolita y sin complejos de Lilí Álvarez y el de algunas amigas de su círculo, como la inquieta María Campo-Alange, una defensora de los derechos de la mujer emboscada dentro del franquismo, a la par que perfectamente integrada en él. Campo Alange publicó en 1948 La secreta guerra de los sexos , un título valiente para una época en que toda alusión de carácter sexual era tabú, publicado unos meses antes de que Simone de Beauvoir lanzara el fundamental Le deuxième sexe ( El segundo sexo ). Su feminismo elegante no chocaba con el Régimen ni traspasaba la política. De familia aristócrata Campo-Alange, como otras señoras bien e ilustradas, algunas de ellas universitarias, trataron de que los rigores del franquismo no les aguaran la fiesta, pero contemporizaron con la Sección Femenina y, cuando dejaron oír su educada voz de mujeres pidiendo paso, se sintieron a salvo de toda sospecha.

Laforet se movía a gusto en este ambiente, le gustaba el halo de mujeres de mundo de estas señoras selectas que a la vez leían, pero trató de que Lilí no la influyera en cuestiones religiosas. “He quedado con Lilí Álvarez en Los Jerónimos para decirle que me deje de una vez tranquila, que mi alma es pagana y no tiene nada que hacer”, le dijo la escritora a su marido el día en que, misteriosamente, acabó ella misma convertida. A pesar de este propósito, mientras esperaba en Los Jerónimos a Lilí, Carmen experimentó una transformación espiritual que invalidó sus planes. Cuando llegó su amiga, el trabajo estaba hecho: Carmen había sufrido una revelación, estaba ya convencida.

Su sensibilidad le lleva a una religiosidad contemplativa y durante un tiempo visita conventos de carmelitas -en los que, a pesar de su clausura, es bien recibida por su carácter de escritora católica -, ya que en ellos encuentra una atmósfera afín con sus inquietudes. En alguna época asiste también en Ávila a reuniones de intelectuales laicos en las que coincide con el profesor José Luis López Aranguren. A Manuel Cerezales, católico practicante, el cambio de su esposa le complace, pero asegura: “Yo no influí; también me gustaba como era antes”. Esas vivencias no quedan en la esfera íntima, ya que en los cincuenta la espiritualidad no puede ser discreta en la católica España. Por mucho que quiera ir por libre, se ve empujada a estrechar lazos con una religiosidad militante. Hasta que unos años después, en el 56, se va apartando, disconforme con el cariz formalista que va tomando su compromiso y reacia a una obediencia que no siempre comprende. Una serie de dolencias en el hígado que le llevan hasta un balneario -una institución muy frecuentada en la época, para paliar todo tipo de achaques e insatisfacciones- y que más tarde descubre que no existen, que son pura somatización de sus conflictos internos, le hacen asumir que ella misma se está haciendo daño. Su carácter independiente le fuerza a respirar y a salir de nuevo a tomar el aire, aunque siga siendo, ya más por libre, muy religiosa.

Estos virajes acentúan su eclecticismo y su tolerancia hacia otras formas de pensar. A pesar de que huía del “humo político”, lo que le hacía coincidir en la práctica con otros españoles y españolas orgullosos de ser apolíticos, Laforet defendió en un artículo a su amiga Elena Fortún, que había vuelto del exilio, y reivindicó un sitio para ella. En su juventud, la autora de Celia había frecuentado el Lyceum Club y formaba parte de la Liga Femenina Española por la Paz, fundada por Clara Campoamor en 1930, pero no era una figura política. Sin embargo, todo lo que olía a exilio y a República provocaba todavía reacciones alérgicas. La reacción de la España negra ante aquel articulo suave y, desde luego, apolítico, no se hizo esperar: unas monjas increparon en la calle a la escritora por apoyar a Fortún. Carmen que se encontraba entonces embarazada, se mostró sorprendida por la ira de las religiosas. Sin duda, tal como lo contaba, debió de ser una escena esperpéntica, como gran parte de la sociedad de aquellos días. Años después, esta mujer que detestaba el humo político, protagonizaría otra escena insólita, casi surrealista: asistir a un acto carlista de la rama de Carlos Hugo, ataviada con la boina característica. No fue otra conversión rápida, simplemente acompañaba a su marido, Manuel Cerezales, que sí simpatizaba en esos años con Carlos Hugo.

Su metamorfosis religiosa tendrá consecuencias literarias. Sus amigos católicos le sugieren que escriba su experiencia y aunque la escritora se resiste, al final accede. Así surge La mujer nueva , su novela más ambiciosa, pero también, como le insinúa Gerald Brenan en una carta, en parte fallida. Partiendo de un personaje vigoroso y atractivo, Paulina, que en 1936 termina la carrera de Ciencias Exactas y planea casarse con Víctor, su novio de siempre, Laforet logra un intenso comienzo en el que la protagonista se enamora febrilmente de Antonio, un compañero de estudios, en un viaje en tren a León. En la segunda parte, sin embargo, la vida de Paulina, como la de Carmen, da un giro radical: a través de la contemplación de la naturaleza, experimenta un deslumbramiento interior y descubre a Dios como algo esencial, asumiendo en la ficción la transformación que vivió la autora en la vida real. El tránsito de la vital Paulina a esta otra Paulina más honda está contado con belleza, y se aprecia el intento de la autora por hacer verosímil la conversión de una mujer universitaria, pero el salto es demasiado fuerte para el lector, para cualquier lector no entregado de antemano. Brenan, a pesar de reconocer el esfuerzo de Laforet -aquel continuado esfuerzo en soledad en Arenas de San Pedro- cree que la tensión decae en la parte final de la novela, la más sustancial para la escritora, quizás porque termina de la manera que debe terminar, pero es un final forzado. Paulina, viene a decir Brenan, no puede volver con Antonio, desde luego, pero no sólo porque representa la pasión, sino por algo más, es decir, tendría que haber algo que la desagradara de él. Y tiene que volver con su verdadera pareja, pero no por deber, sino por alguna razón más. “Usted lo ha hecho muy difícil” resume Gerald Brenan, poniéndose en la piel del lector. Y más de un seguidor de Laforet se sentirá perdido, decepcionado o traicionado ante el nuevo viraje de la escritora. En cambio, José María Pemán, escritor católico por excelencia y miembro del jurado del premio Menorca , instituido para galardonar las novelas que exaltaran los valores humanos y cristianos -ya hablaban los agoreros por entonces de crisis de valores- consideró que La mujer nueva , que también obtuvo después el Nacional de Literatura, merecía ganarlo. Extraña trayectoria la que Laforet inicia con Nada , una obra tildada de naturalista y nihilista, que podía prever una evolución literaria más sartriana, pegada a esa angustia vital de la que ya se hablaba en las conversaciones de las clases medias e ilustradas, para terminar con La mujer nueva , casi otra vuelta de tuerca. Pero acabado este ciclo, Laforet tenía antes sí un segundo desafío: competir con Nada y con La mujer nueva , ir más allá de Andrea y Paulina. Empezar de nuevo.

No hay que olvidar el contexto social y político en que se produce la conversión de la escritora. Aunque se trata de una decisión personal, la toma de conciencia religiosa de Carmen Laforet no puede aislarse de la atmósfera de colaboracionismo entre la Iglesia y el franquismo, el llamado nacional-catolicismo que se respira en la sociedad española. En la España de los cincuenta la jerarquía civil y eclesiástica forman una alianza densa y compacta cuando se trata de velar por la conducta moral de los españoles. Nada escapa a esta mirada conjunta: el hogar, las relaciones matrimoniales, la educación de los hijos, las costumbres sociales, el ocio, el noviazgo, las conversaciones... Y en el caso de la mujer, algo más: la compostura, la apariencia, la moda, los sentimientos, el sexo, la subordinación al varón.

(...) El acercamiento de mujeres universitarias como Laforet a la religión no era, desde luego, algo insólito en la posguerra. No era extraño que mujeres que fueron avanzadas en los años treinta templaran sus exigencias tras la guerra y se acoplaran a la realidad de una manera mimética. Tampoco lo era que las más sensibles o receptivas a un ambiente en que la fe, la religión y Dios –o, en un plano más académico, la muerte de Dios -, eran tema de conversación habitual, se acercaran a una espiritualidad que de jóvenes no cultivaron. Las influencias, las tendencias, los vaivenes del pensamiento o del sentimiento penetran por ósmosis y la Iglesia, además, no renunciaba a reconquistar a los fieles más tibios: a pesar de vivir en una sociedad formalmente católica era frecuente que cada tanto llegaran a los pueblos y pequeñas ciudades misioneros , es decir sacerdotes distintos al párroco, a menudo de verbo ardiente y discurso persuasivo, que provocaban arrepentimientos en serie y conversiones en cadena entre los feligreses más recalcitrantes. En las grandes ciudades y en los ambientes universitarios los cursillos y ejercicios espirituales fomentaban el mismo acercamiento a lo religioso. Todo confluía hacia una religiosidad envolvente que se confundía con la normativa social: una vez que se practicaba, llevar medias o ponerse una rebeca sobre el vestido en pleno verano para ir a misa, equivalía a asumir una orden más. Y también un ritual, un código asumido, una etiqueta social, casi una estética mayoritaria.

Ese evolución, sin embargo, no era la más corriente entre jóvenes y universitarios. Bajo aquella atmósfera uniformadora se atisbaban pequeñas disidencias. Los más inquietos no siempre veían en las normas religiosas un estímulo para ser mejor sino más bien un lastre. Mantenían los rituales, pero les estaba naciendo una conciencia nueva “El catolicismo oficial amparado por el general Franco, hacía bien poco para estimular el amor al prójimo carente de avales", explica Carmen Martin Gaite en Esperando el porvenir cuando habla de cómo su generación, la de los niños de la guerra con conciencia social, tuvieron que procurarse un sentido de la justicia que fuera más allá de la vacilante petición “para los suburbios” con que la chica de Acción Católica solicitaba a los fieles una limosna. Un distanciamiento que acabaría cuestionando creencias en algunos de ellos, añade Martin Gaite: “Muchos de nosotros estábamos rompiendo por entonces con la costumbre de ir a misa los domingos, actitud que hoy nadie se plantea como inconformista y menos como traumática. Pero, fuera cual fuera la ideología de nuestras familias, conviene recordar (y se hace pocas veces) que en el fondo de las corrientes liberales fomentadas por la Institución Libre de Enseñanza, la solidaridad con los humildes brillaba como una pepita de oro. Heredábamos aquella fe mesiánica en la pedagogía, así como la esperanza de una vida más digna para todos; ética que tardó mucho en desalojarse incluso de los corazones ateos más recalcitrantes”.

Las apuestas estéticas y literarias no eran ajenas a esa dirección. Si el grupo de Aldecoa, Sánchez Ferlosio y Martin Gaite había visto años atrás una puerta abierta en Nada , ahora se sentían más próximos al existencialismo francés y al neorralismo que había introducido el cine italiano, corrientes literarias que junto a la influencia de la novela norteamericana, abrían opciones de recambio para aquellos “niños de la guerra”, por seguir la terminología de Josefina Aldecoa, “a quienes”, en palabras de Martin Gaite, “aquel catecismo oficial del entusiasmos nos había empachado hasta la náusea".

Carmen Laforet siguió su propia trayectoria, con vueltas, a veces erráticas, entre su inicial inclinación barojiana y cierta tendencia a contar las cosas como son, sin adornos, al estilo de Chejov. Con La insolación , publicada en 1963, buscó de nuevo el naturalismo. La insolación , hasta ahora su última novela, formaba parte de una trilogía ( Tres pasos fuera del tiempo ) con títulos diferenciados, pero los siguientes manuscritos no los llegó a publicar, a pesar de que uno de ellos estaba ya en galeradas cuando la autora lo mandó retirar.

En 1965 viajó a Estados Unidos, invitada en calidad de escritora por el Departamento de Estado, y volcó su experiencia en Pararelo 35 , un libro de crónicas escrito con escueta naturalidad. Luego se aleja de Madrid de nuevo y viaja con Linka Babecka a Polonia. Poco después se separa de su marido. Por esos años publica de forma asidua un Diario de Carmen Laforet en Abc , pero su distanciamiento de la narrativa empieza a ser una enfermedad crónica. Su hijo Agustín la recuerda con bolsas llenas de papeles, proyectos y manuscritos, pero no se decide a dar por bueno nada. Se recluye, entra en la regia y digna cofradía de los Escritores del No , como Rulfo, como Salinger, como tantos otros. Hasta sentir, sencillamente, que le era más placentero no escribir que intentarlo.

Tampoco concede ya entrevistas ni dedica tiempo a contestar la correspondencia. En una de esas cartas nunca abiertas y guardadas en una maleta, un amigo descubrió el membrete de la Warner Bross y al abrirlo vio que productora norteamericana solicitaba los derechos de Nada . No fue la única oportunidad perdida por la escritora. Hasta los años ochenta, en los que la agente Carmen Balcells se hizo cargo de sus asuntos, muchas propuestas literarias y económicas quedaron sin respuesta o naufragaron.

En la década de los setenta los viajes a París y a Roma sustituyen la actividad literaria. Entre 1975 y 1979 se queda a vivir en el Trastevere romano dispuesta a enfrentarse a una soledad siempre buscada y a la vez postergada, aunque sus hijos vayan a verla. En más de una ocasión debió de pensar que se encontraba en el lugar perfecto para volver a escribir, pero no se dedicó a ello con constancia y convicción. Quizás Roma, por si sola, ofrecía demasiados alicientes para encerrarse en casa, o tal vez no halló la estabilidad anímica y económica que le permitiera establecerse allí. Son años de catarsis y de renuncia a la literatura de los que sale más fortalecida, y abierta a realidades sociales que antes había ignorado, como la lucha por la supervivencia de los exiliados o la fuerza de los movimientos juveniles.

En Roma coincide con Rafael Alberti y María Teresa León, con quienes comparte la amistad del escritor Enrique de Rivas (sobrino de la esposa de Manuel Azaña). A pesar de que se confiesa poco mitómana y de que prefiere que sea el azar el que se le acerque a los personajes en vez de correr tras ellos, no es difícil imaginar la mezcla expectación y curiosidad que sintió al encontrarse con el poeta del 27. Pero, ¿qué sentimiento le produjo María Teresa León? Tal vez importe más ahora tratar de reconstruir el encuentro entre las dos mujeres. Laforet, instintiva en sus afectos, simpatizó en seguida con María Teresa. ¿Sintió quizás una mayor proximidad ante aquella mujer de mirada transparente que como ella fue una joven audaz, aunque sus ojos empezaran ya a apagarse? Hasta en la mirada tienen algo en común, aunque Laforet, note ya en la quebradiza memoria de María Teresa cierta sensación de abandono, la necesidad de ir cerrando capítulos para quedarse sólo con los días felices.

La casa de los Alberti constituía un centro de reunión para intelectuales y españoles de paso o afincados en Roma. Pero el matrimonio se acostaba pronto, por lo que muchos de los noctámbulos de su círculo terminaban yendo a desayunar al día siguiente a casa de Rafael y María Teresa. Era un ritual acercarse a cualquier hora del día a aquella casa abierta para comprobar a vitalidad del poeta y la alegría, no exenta de cansancio, de María Teresa. Qué bien comprendía Carmen sus decaimientos, las ideas y venidas de su memoria, sus fugas y fisuras... La progresiva pérdida de la memoria es, desde luego, una enfermedad cruel que no se adquiere ni se evita a voluntad, pero es también una metáfora de la necesidad de olvidar, de saldar cuentas pendientes, de apagar sensibilidades exaltadas y volver a la infancia como último refugio. Así podría verse, aunque no haya ninguna razón científica, el paulatino alejamiento de María Teresa León de la realidad y, años después, ya en los noventa, el despojamiento de recuerdos y deseos de Laforet, internada desde hace algunos años en una residencia de la zona norte de Madrid.

En Roma la vida es aún generosa con ambas y Carmen atesora recuerdos. Pero llevan ya muchos viajes a sus espaldas, han llevado una existencia nómada, han vagabundeado por más de un continente, sobre todo María Teresa. Y quizás con menos vocación que Carmen. Con razón hay cansancio y melancolía en los ojos de María Teresa, y algo de pereza y de soledad en los de Laforet. Aman la vida, pero vivir cansa y su memoria no siempre se presenta en el momento preciso, cuando la llaman ellas o cuando los otros la solicitan. Cuántas cosas en común entre la autora de Memoria de la melancolía y la narradora de La insolación ; cuánto desgaste y añoranzas en la suave cara de María Teresa, cuánta soledad contenida en esa otra novelista que ahora que tiene tiempo ya no quiere escribir... ¿Cuándo coincidirá por fin el tiempo interior con el exterior? ¿Cuándo podrá volver la exiliada a su país, España? ¿Cuándo encontrará Laforet el tiempo propicio para volver a amar la escritura?

Laforet, mientras tanto, piensa que sería una suerte conocer a María Zambrano el día que se entera, a través de Enrique de Rivas, de que está de paso en Roma. La pensadora malagueña ya había vivido en otro tiempo en la capital italiana, pero en esa época, a mitad de los setenta, residía en Suiza. Informada de que Carmen huye de las reuniones sociales, Zambrano invita a tomar un té solos a la novelista -a quien ha citado no hace mucho en un artículo- y a Enrique de Rivas. El encuentro no defrauda a Laforet. María en seguida le cautiva con su magnetismo y su buen humor, y si no fuera porque Laforet es más tímida, aquellas dos mujeres podrían haberse dado cuenta de que tenían bastante en común, y que, a pesar de que el grado de erudición de una y otra fuera muy diverso, ambas habían perseguido una verdad que no cegara y una espiritualidad que no confundiera a la razón ni traicionara a la libertad. Hablaron de Grecia y de los misterios griegos, al explicarles Zambrano que se proponía pasar los días de Pascua en el país helénico, y también de gatos, naturalmente, dada la devoción de la pensadora hacia estos animales. Un mes después volvieron a encontrarse en casa de Enrique de Rivas. “No, no fuimos a Grecia”, aclaró Zambrano. “Resultó que Grecia esos días estaba totalmente llena. Ni de perfil cabía un turista más. Fuimos a Venecia, donde siempre, siempre, hay algo nuevo que descubrir, aunque uno crea que lo ha visto todo. Os contaré...” Carmen, entusiasmada, prendió un cigarrillo y, al preguntarle a la filósofa si le molestaba el humo, descubrió que tenían la misma afición: ¿Molestarme un cigarrillo? Acuérdate de los gatos. ¿Tú crees que a mí pueda molestarme la presencia de un gato? No, claro que no, Pues para mí un cigarrillo es lo mismo que un gato, Hazme el favor de darme uno de los tuyos para fumarlo contigo".

En los ochenta Laforet regresa a España cargada de apuntes. Además de la segunda parte de la trilogía Tres pasos fuera del tiempo , tiene en proyecto un libro sobre sus Encuentros en el Trastevere , y otra obra titulada provisionalmente El gineceo , que le ronda desde hace tiempo. De todo ello sólo salen a la luz una serie de artículos que publica en El PAÍS en torno a 1983, en lo que puede considerarse su último acercamiento al lector. Durante un tiempo vive sola en un piso madrileño de Torpedero Tucumán, pero apenas escribe y tampoco cocina: las carpetas y bolsas siguen amontonadas, hay cierta sensación de provisionalidad. Retomar la escritura se le hace ya una tarea imposible y los contactos con el exterior ya no se prodigan: a fuerza de ocultarse ha quedado oscurecida. Lectores y editores han aceptado su juego, y hasta algunos de los que la mitificaron, inician la ceremonia del olvido.

Después de algún que otro intento de vivir sola en Madrid, Carmen empieza a residir, de forma sucesiva, con sus hijos Cristina y Agustín, y a alternar su estancia en la capital con temporadas en Santander. El clima cántabro y la proximidad de la Universidad Menéndez Pelayo, donde se le programa una conferencia, reanima a la escritora. Por poco tiempo. Las pérdidas de memoria, selectivas, inesperadas, se repiten. La escisión entre la vida y la escritura se ha consumado, pero hay momentos en que hasta la vida se llena de fisuras. Finalmente, los hijos deciden, con dolor, que Carmen Laforet vaya a vivir a una primera residencia situada a las afueras de Madrid. El diagnóstico, difícil de esclarecer en los primeros momentos de la enfermedad, finalmente adquiere un nombre médico: arterioesclerosis cerebral. Al principio, cuando sus hijos van a verla, su cara se ilumina, los reconoce. La escritora es todavía una mujer de rara belleza que mantiene el pelo blanco y largo recogido en una trenza. y cuando la visitan su mirada parece emerger, lúcida, entre la niebla. Pronto, sin embargo, esos reconocimientos se difuminan y los hijos se van con la incertidumbre de no saber si se ha dado cuenta de su presencia. La duda es lógica tratándose de Carmen Laforet, porque además de los vaivenes de la enfermedad saben que su madre es experta en enterarse de todo aunque dé a entender que no se ha percatado de nada. O al menos ésa era una de sus facultades, la capacidad de estar y no estar.

En esta última etapa reanuda el contacto con su marido, a quien había rehusado ver desde su separación. Manuel Cerezales va a visitarla a la residencia y la escritora se alegra. El tiempo lo borra todo, pero el olvido ejerce una función aún más higiénica: amputa los deseos y los reproches y Carmen ya no recuerda que en otro tiempo, con justicia o no, achacaba a su marido su impotencia como creadora. “Qué señor tan agradable, vuelve a traerlo”, le dijo a su hijo Agustín la escritora en una reciente ocasión en que la visitaron él y Manuel Cerezales. Luego, la cara de la escritora se ilumina, mira a ambos hombres y descubre parecidos: “Es tu padre, ¿verdad?”. Vuelve la paz, pero Carmen se sumerge en las brumas. En el año dos mil la enfermedad degenerativa va tomando posiciones, la memoria se esfuma. Ahora el deterioro es progresivo y la escritora se encuentra ya en una residencia de cuidados especializados. La autora de Nada , ya en el umbral de los 80 años, se desvanece.

No parece, sin embargo, que la vida de Carmen Laforet haya sido más difícil que la de la indestructible Carmen Martin Gaite, esa mujer que después de perderlo todo, menos las ganas de escribir y de vivir, acabó encontrando consuelo en la literatura y los amigos. Tampoco que su sensibilidad y su independencia le atormentaran más que a Matute, narradora hasta el final, por encima de crisis y depresiones. Y quizás con una mayor astucia para enfrentarse a los desengaños de la vida. Y, sin embargo, ¿cómo negar que vivir habría sido más fácil para las tres, en especial para la autora de Nada , sin esa permanente sombra de la Sección Femenina que incitaba a la contención y frente a la que Carmen Laforet no se rebeló de forma directa, aunque la esquivara? Al margen de su peculiar temperamento, sus crisis existenciales o sus problemas de salud, Laforet es una metáfora de la mujer española que mantuvo una existencia normalizada y en parte burguesa, pero que por dentro rompió con ese mundo hueco de palabras e ideales. O que acabó quebrándose a fuerza de no querer romper.

Ana María Matute, otra francotiradora, como Laforet, se enfrenta a las paradojas de la posguerra de un modo diferente: explorando en sus recuerdos de niña y adolescente primero y en la memoria colectiva de sus contemporáneos más tarde. Su poderosa imaginación no le aleja de la vida ni de la literatura: al contrario, ambas convergen en ese subjetivismo lírico que traspasa sus novelas, aun cuando escriba tramas realistas. Ana María también ama a Chejov, como Laforet, pero al abordar la posguerra no escamotea lo sórdido ni lo escabroso. Martín Gaite amaba tanto la soledad como Laforet, pero sabía vivirla. Si el carácter marca el destino, Laforet y Martín Gaite, representan dos maneras distintas de enfrentarse a la realidad. Carmiña decidió resistir y sólo la muerte pudo con ella; Laforet persiguió la independencia pero no soportó el exceso de soledad. Martín Gaite fue una solitaria a quien le gustaba estar con la gente. Pocas veces abandonaba la realidad, y cuando lo hacía era de un modo consciente, como recurso literario, con método. Martin Gaite era una intelectual pegada al día a día, que utilizaba la realidad como material literario, de ahí su facilidad para los diálogos. No se olvidaba de las cosas prácticas ni en sus etapas más bohemias. Cuando la escritura no le salía, abandonaba sus cuadernos -allí donde escribía los esbozos de sus obras-, y se lanzaba a coser, a dar puntadas, otra manera laboriosa de unir materiales, en este caso hilos, al igual que antes buscaba enlazar palabras.

Olvidados los refugios de Arenas de San Pedro y Cercedilla, al volver de Italia frecuenta la Costa Brava invitada por una amiga o acompañando a su hija Cristina. No muy lejos, la estela de otra novelista se difumina en el paisaje. Algo misterioso podría unirlas, salvadas las distancias del tiempo y de sus ideas sobre la literatura y la vida. Mercedes Rodoreda busca el anonimato en Port de la Selva, se dedica a cuidar las plantas del aislado chalé que habita, hace la solitaria vida de un hombre soltero. Son diferentes, pero igualmente enigmáticas. A Laforet la soledad que requiere pelearse con la escritura cada vez le estimula menos. Rodoreda está ya al final de su vida, ha visto naufragar sus sueños y ha resucitado después de la derrota. La luz de Ginebra, fría, brumosa, pero de una claridad aterradora aunque casi nunca la alimente el sol, se ha fundido en sus ojos. Ha vuelto del exilio sola y sola vivirá los últimos años: la literatura y las rosas son una medicina diaria para esta mujer que describió la fantasmal pesadilla de las palomas devorando los sueños de la Colometa, en La plaza del Diamante . Bajo su tímida sonrisa se escapa una verdad agridulce: algo muy hondo ha muerto ya en ella y sólo la escritura la mantendrá viva por un tiempo.

En una residencia de ancianos sin memoria se ha reconciliado por fin con la soledad Carmen Laforet. No existe una soledad más desnuda que la de quien no sabe quién es, ni qué desea, ni qué vivió. Su hija Cristina Cerezales piensa que al contrario de lo que se dice, la obra de su madre es ascendente, y que en cierto modo la han dejado caer. Al menos el milagro de Nada permanece. El fallecido Ignacio Aldecoa aludió a esa generación tan bien retratada en Nada , en una entrevista publicada en SP el 5 de junio de 1968: “El problema de una generación nacida y educada en tales circunstancias es que cuando pasen sus años de crisálida se transformará en nada (...) Una especie de generación entre paréntesis a la que pertenecemos muchos”. Ése fue el milagro de Nada : contar la realidad que todos vivían y al mismo tiempo desvelarles algo más sobre sí mismos, iluminarles sobre lo que se les escapaba.

Por Inmaculada de la Fuente .

Es peridoista de el diario El País en España
Autora de la novela "Años en fuga" (El Acantilado, Barcelona, 2001),
además del ensayo "Mujeres de la posguerra" (Planeta, 2002)

 

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