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"La crítica hoy actúa como
una especie de "guardia de tráfico": quién
pasa y quién no pasa"
Constantino Bértolo (Lugo, 1946)
lleva bregando en el mundo editorial desde el año 1990. Este
gallego licenciado en Filología Hispánica, que comenzó
escribiendo crítica literaria para la prensa escrita, ha
sido Director de la Editorial Debate hasta finales del año
2003. En el 2004 le sorprendemos embarcado en un proyecto llamado
Caballo de Troya, un nuevo sello editorial de Random House Mondadori
dedicado a la nueva ficción. En esta entrevista, Constantino
desvela para Literaturas.com las claves de la línea editorial
de este nuevo proyecto y nos brinda algunas de sus interesantes
reflexiones como editor.
Pregunta- ¿Cómo fueron
tus inicios en el mundo editorial?
Respuesta- Había colaborado con la Editorial Anaya, concretamente
con la colección Tus Libros, elaborando diversas Introducciones
y Apéndices, siempre como colaborador externo. Cuando trabajaba
como crítico literario en El País, dos o tres editoriales
me ofrecieron colaborar con ellas, como codirector de colección
o como asesor. La verdad es que apenas colaboré con cada
una de ellas durante un mes porque pronto me di cuenta de que en
realidad lo que esperaban de mí era "tráfico
de influencias" para que sus libros tuviesen mejor "acogida"
en el suplemento de El País. Fue entonces cuando me dije
que eran tareas incompatibles la crítica literaria y la colaboración
laboral con una editorial.
En el año 1990 dejé de colaborar en El País
y Angel Lucía, por entonces propietario y Director de Debate
me ofreció trabajo como asesor literario en régimen
de colaboración externa. En 1994 pasé a Director Literario
ya en nómina, en Debate, hasta que en el año 2.000
se me nombró Director de la Editorial, era el responsable
de la Ficción y entre otras colecciones cree Punto de Partida,
donde publicaron sus primeros libros autores como Ray Loriga, Luís
Magrinyá, Germán Sierra, Javier González, Marta
Sanz, Ana Santos o Josán Hatero entre otros. También
abrí, con "El puente sobre el Drina" de Ivo Andric
y "La piedad peligrosa" de Stephan Zweig, la colección
Punto de Rescate, donde pude cumplir uno de mis deseos: reeditar
"Días de llamas" de Juan Iturralde. Ahora he dejado
mis responsabilidades en Debate para pasar a dirigir el nuevo sello
Caballo de Troya, recuperando un poco el espíritu de aquel
Punto de Partida.
P.- Como editor ¿Te has arrepentido en algún momento
de haber rechazado un original?
R.- La verdad es que no. Siento como editor no haber llegado a editar
un libro de Javier Pascual que me pareció interesante y sobre
el que mantuve correspondencia con el autor sin que al final llegase
a convencerme del todo el manuscrito. Ahora he visto que la Editora
Regional de Extremadura (por cierto, una excelente editorial institucional)
ha publicado, con el título "¿Pero existe el
caballo de Mestanza?" una versión distinta de aquel
manuscrito y me alegro por el autor, me parece uno de los mejores
textos editados en el 2003. Algo parecido me pasó con un
manuscrito de Alberto Escudero que años después publicó
El Acantilado. Fueron dos libros con los que tuve dudas, pero finalmente
decidí no publicar. Dudas, pero menos, tuve también
cuando me llegó y leímos en el Comité de lectores
un manuscrito llamado "La flaqueza del bolchevique", de
un desconocido, en aquel momento, Lorenzo Silva. En el Comité
se discutió su posible publicación pero sinceramente
no era el tipo de Literatura que en aquel momento estaba buscando
para Debate. No me arrepiento de no haberlo publicado pero, sin
duda, la salud económica de Debate (y velar por esa salud
también es responsabilidad del editor) no estaría
muy de acuerdo con mi decisión. Algo semejante pero más
grave todavía dada la enorme venta que alcanzaría
cuando lo publicó Maeva me pasó con "La cenizas
de Angela". También recuerdo que rechacé un manuscrito
de una joven escritora cubana que luego tendría un éxito
espectacular de ventas. En este caso no tuve dudas aunque si me
di cuenta de que era un manuscrito con relevantes posibilidades
comerciales. Volvería a rechazarlo. Era una especie de libelo
tópico trufado de escenas con toques de "turismo sexual".
Eso sí, me arrepiento de haber publicado algunos, no muchos,
libros pero eso lo dejo para mi testamento.
P.- ¿Puedes hacer un balance de tu paso por Debate? ¿Cuál
ha sido tu mayor logro en esta editorial?
R.- Creo que ya he ido respondiendo a esta pregunta. Llegué
a Debate con el claro proyecto -y con el absoluto respaldo de Angel
Lucía pues sin su apoyo nada hubiera sido posible- de dotar
a la editorial de unas señas de identidad literarias que
en aquel momento la editorial no tenía. Creo que aquel objetivo
se logró en buena parte. Cuando me hice cargo de la Dirección
de la Editorial traté de dotarla de un perfil coherente,
buscando una imagen de editorial con vocación de "intervenir"
en la construcción y circulación de discursos alternativos
a los discursos dominantes. Eso supuso eliminar líneas editoriales
que podían ser rentables -Arguiñanos, enciclopedias,
Osho, Beatrix Potter- pero que perturbaban ese perfil. En esa tarea
estaba cuando el Grupo decidió reorganizar los planteamientos
de la División Literaria y encargarme la dirección
del nuevo proyecto. Si tuviera que hablar de un logro en concreto
hablaría de la colección Ensayo Literario que fue
una apuesta muy personal, al igual que la colección de panfletos
de pensamiento radical, Contratiempos.
P.- ¿Crees que la narrativa en España goza de
buena salud?
R.- Antes de poder contestar a la pregunta habría que explicar
en que consiste o podría consistir el concepto de salud aplicable
al concepto de narrativa. Personalmente entendería que la
situación de una narrativa para poder ser calificada de saludable
incorpora la necesidad de que esa narrativa contribuya a la salud
de la comunidad política (polis, comunidad, sociedad) en
la que se produce, circula y utiliza. Y desde ese punto de vista
creo que no goza de buena salud. Esta polis en la que vivimos vive
dominada por una serie de narraciones que una y otra vez repiten
la misma cantinela: sálvese quien pueda. Esta es la cantinela
dominante, ya tome cuerpo en las narraciones cinematográficas,
en las narraciones televisivas, en las narraciones familiares, en
las narraciones interpersonales o en las narraciones laborales (estas
últimas, por cierto, tienen una relevancia extraordinaria
y pocas veces, por no decir nunca, se habla de ellas). El sálvese
quien pueda es una narración que tiene, entre otros, dos
efectos peligrosos para la salud pública: destruye el propio
concepto de lo público (y llamo público a ese espacio
donde se concreta la evidencia de que vivir es convivir con los
otros, pues es con los otros con quienes nos construimos -o destruimos-)
y fomenta el asesinato como forma de supervivencia. Asesinato cruento
o incruento pero asesinato. Esa narración que tiene nombre
concreto: el capitalismo, nos condena a todos a la soledad.
Pues bien, la narrativa en España actualmente, es una narrativa
cómplice con este asesinato. Alguien puede pensarse que estoy
haciendo un juicio político y quisiera aclarar que por supuesto,
pero que lo que estoy expresando es también, y sobre todo,
un juicio literario porque una narrativa que -en su campo propio,
es decir, en el campo de lo narrativo- no es capaz de enfrentarse
a esa narración dominante, es una narrativa -repito, narrativamente
hablando- débil. Su complicidad se manifiesta en variantes
diversas -esto es lo que alguno llama "pluralidad de tendencias"-
cuando en realidad habría que decir que esa complicidad se
manifiesta en diversos grados: algunas modalidades están
dedicadas a las víctimas y otras a los asesinos. Las dirigidas
a las víctimas practican el sentimentalismo humanista -"no
os preocupéis pues todos somos víctimas del destino"-
o la animación cultural -"ser creativos, positivos,
divertidos que así espantareis al asesino y si no al menos
os pillará entretenidos". Las dirigidas a los asesinos
practican la motivación -"no hay otra ley, todos quieren
ser asesinos pero sólo vosotros lo aceptáis sin hipocresía"-
o el adiestramiento -"dadles esperanza y así los encontrareis
confiados". No es extraño que más de un 80% de
las novelas más leídas de estos últimos 25
años tengan una estructura policíaca o pseudopolicíaca,
desde "La verdad sobre el caso Savolta" hasta "Soldados
de Salamina" de Javier Cercas.
Novelas que se hayan enfrentado a la narración dominante
-y esa es la función literaria que habría que exigirles
a las novelas- hay pocas, muy pocas. Lo que abundan son las novelas
cómplices y, por tanto, redundantes, escritas con más
o menos oficio, intentando cumplir siempre con esa obligación
miserable de todo discurso vacuo: entretener al lector. Una obligación
que contiene dentro la humillante idea de que los lectores somos
una especie de niños aburridos que sólo se divierten
con gracietas de payasos. De ahí también el éxito
de lo que suelo llamar "literatura simpática".
Otra rama de novelas cómplices que actualmente proliferan
podría llamarse "novelas de la sensibilidad literaria".
Son novelas de corte metaliterario, en las que el tema suele ser
la propia escritura, la figura del escritor, novelas sobre novelas,
etc. Tiene un público claro: lectores a los que les gusta
sobre todo que les guste la literatura y aman esas novelas que les
refuerzan esa "distinción". En el fondo la narrativa
española actual es una narrativa "cursi", sentimentalista
"de izquierdas o derechas", con mucho existencialismo
costumbrista, y siempre teñida de un humanismo facilón.
Eduardo Mendoza, hace unos años hizo unas declaraciones sobre
la muerte de la novela que se entendieron mal. Mendoza habló
de la muerte de la novela de "sofá", esas novelas
que están escritas para que el lector "mate el tiempo",
se entretenga bien arropadito en su sofá mental y físico,
novelas que yo llamo "novelas de adosados". Se equivocó:
siguen siendo esas novelas las hegemónicas en el mercado.
No me extrañaron esas declaraciones de Mendoza porque en
su novela "Una comedia ligera", hacía un diagnóstico
en clave narrativa de lo que nos estaba sucediendo y sigue sucediendo.
Y ese título, "Una comedia ligera", es el que mejor
resume que es lo que ha pasado y pasa con la narrativa española
desde los años 80. Hay excepciones, pocas. Autoras y autores
que se resisten a entrar en esa lógica literaria, pero no
voy a dar nombres: se pueden contar con los dedos de una mano.
P.- ¿Cómo se gestó el proyecto de Caballo
de Troya?
R.- Caballo de Troya es un proyecto que nace de aquel lema antiguo:
"hacer de la necesidad, virtud". En los últimos
años y dentro de la División Literaria del Grupo Random
House Mondadori en España -que dirige Claudio López
Lamadrid y en el que se agrupaban los sellos editoriales Lumen,
Debate y Mondadori-, se fue viendo la necesidad de reagrupar fuerzas
para enfrentarse positivamente a un mercado en el que la competencia
cada vez es mayor. De ahí que se tomara la decisión
de cesar la publicación de Ficción que llevaba a cabo
el sello Debate y reconvertir este en un sello de No-Ficción.
Al tiempo, habíamos venido detectando que de vez en cuando
aparecían manuscritos que, si bien no pasaban las aduanas
de la publicación en las condiciones económico-literarias
en que trabajaba la División Literaria, si lamentábamos
no poder trabajar con sus autores puesto que nos parecía
que había elementos de calidad destacables en ellos. Pensamos
entonces en proyectar un nuevo sello que pudiera recoger y cuidar
este tipo de obras y autores de difícil cabida en el funcionamiento
normal de la División. Con esta idea presenté el proyecto
de Caballo de Troya que de algún modo retomaba el espíritu
literario de aquella colección, Punto de Partida, que había
creado en Debate y en donde publicaron sus primeras obras autores
como Loriga, Magrinyá o Josán Hatero.
Un proyecto de muy difícil viabilidad económica pero
que el Grupo y la Dirección de la División Literaria
aceptaron como una apuesta de futuro y con el evidente objetivo
de que esos nuevos autores nutriesen en el momento oportuno los
catálogos de los otros sellos de la División Literaria.
Se trataba de construir dentro de un Grupo Multinacional un sello
con la estrategia y la estructura de una editorial independiente,
con un catálogo muy ligado a los criterios de un editor reconocible
y con el objetivo de explorar y atender el territorio de lo nuevo:
nuevas voces, nuevas literaturas, nuevas propuestas. Ese es el reto
que representa Caballo de Troya. Personalmente siempre ha sido ese
aspecto de la edición -la exploración de lo nuevo-
el que más me ha interesado, de ahí la ilusión
que me hace llevarlo a cabo.
P. ¿Puedes darnos más datos sobre la línea
editorial de este nuevo proyecto?
R.- Caballo de Troya aparece como un sello literario de textos de
ficción y no-ficción con el claro objetivo de dar
a conocer nuevas voces y nuevas propuestas literarias de autores
en lengua castellana. De manera consecuente con lo que se ha comentado
en respuestas anteriores, trataré de buscar textos con capacidad
de intervención en eso que he llamado la narración
dominante. Por tanto textos con capacidad y rigor literario alto,
arriesgados (que no siempre ni mucho menos significa experimentales),
y ambiciosos. El sello está pensado para que su viabilidad
no exija una alta recepción comercial pero no tiene ni mucho
menos una vocación de editorial minoritaria. No creo en la
literatura de vocación minoritaria aunque evidentemente soy
consciente de que en estos momentos y trabajando con autores nuevos
o emergentes (que no significa necesariamente jóvenes) y
con propuestas literarias rigurosas, difícilmente alcanzarán
ese "nuevo paraíso de la edición " que son
las listas de "libros más vendidos". Aspiro a que
sean libros que logren "eco" en el campo literario y una
presencia digna en el campo comercial. Libros que por separado y
en conjunto tengan sus propias señas de identidad. Ese rigor
que no está reñido con la amenidad está ya
presente en el propio diseño de los libros: portadas sobrias
pero ágiles, sin biografía o fotos de los autores
y un aviso en la contraportada para que los lectores sepan por boca
del editor que es lo que se encontrarán si abren sus páginas.
Los tres primeros libros que aparecen en los primeros días
del mes de marzo se corresponden con tres registros muy diferentes
entre sí, pero con ese común rigor del que hablaba
antes. El primero de ellos es un libro muy peculiar, "El malestar
al alcance de todos". Compuesto por once poemas y catorce cuentos
que componen un territorio literario único. Es el primer
libro de Mercedes Cebrián y creo que el especial talento
para la crueldad de su autora no dejara de sorprender. "UnaMujerSola"
(escrito tal cual) de Isabel Blare -seudónimo de una autora
que prefiere permanecer en la sombra- recoge la narración
testimonial de una mujer que cerca de cumplir los cuarenta y frente
a la sensación de invisibilidad que la rodea desiste de sus
esfuerzos por hacerse visible y se encierra en un autoabandono en
el que su única ventana hacia el mundo será un chat
erótico que funcionará como envenenada válvula
de escape. Por último, "Palestina. El hilo de la memoria",
es una narración que cabalga entre la crónica y el
testimonio, escrito por Teresa Aranguren, que nos pone delante de
los ojos, con un estilo narrativo altamente logrado, los orígenes
y la dolorosa evolución del sangriento conflicto que tiene
lugar en las tierras palestinas.
P.- Tu has sido crítico antes que escritor ¿Hasta
qué punto es importante el papel de la crítica ( y
no me refiero a la académica) y que opinión te merece
la que se hace en la actualidad?
R.- Desde mi visión de la Literatura como un discurso público
que participa en la construcción de los imaginarios colectivos
y personales, la crítica es una institución fundamental
pues cumple o debería cumplir el papel de "ángel
custodio" de la "salud semántica" de una sociedad:
qué nos están contando con lo que nos cuentan. En
la práctica más que ese papel, la crítica hoy
actúa como una especie de "guardia de tráfico":
quién pasa y quién no pasa. Ese papel también
es importante. El problema es que no se ve muy bien cuales son los
criterios con los que funciona: no se sabe cual es el concepto de
ciudad que tiene la crítica y, por tanto, no sabemos en función
de qué ordena el tráfico.
Hay críticas y críticos que nos pueden gustar más
o menos, pero lo importante es que pudiéramos saber desde
dónde hacen crítica. La mayoría enjuicia desde
meros criterios impresionistas, hacen público un gusto privado
y generalmente ese gusto privado coincide con el gusto hegemónico,
es decir, con una cursilería de humanismo abstracto y con
un entendimiento de la literatura o bien como un refugio para "aristócratas
de la sensibilidad" o bien como un mero medio de entretenimiento
de masas más o menos cultivadas.
Pero es la crítica que hay, con tres o cuatro excepciones,
y su papel sigue siendo necesario. Al menos es una instancia que
regula el mercado aunque últimamente da la impresión
de que es el mercado el que regula la crítica y esto no creo
que sea un problema tanto de los críticos como de los responsables
de los medios en donde las críticas aparecen, pues son esos
responsables los que en definitiva seleccionan qué libros
se enjuician (y por tanto se publicitan) y cuales no.
P.-¿No crees que los editores tienen una cierta responsabilidad
cultural ante la sociedad?
R.- Yo sí lo creo pero lo que no veo claro es que la sociedad
(que habla a través de los que tienen instrumentos para hacer
públicas sus opiniones) lo crea. La sociedad lo que está
diciendo es que "la cultura que no vende no existe" y
en ese sentido la sociedad pide a los editores lo mismo que les
piden los empresarios: beneficios económicos. Luego se engola
la voz y se habla mucho de la necesidad de mantener la cultura y
sus valores y que si patatín y que si patatán, pero
en la práctica social nada es así. Lo que se busca
es cultura rentable. Lo más importante no es el contenido
de un Museo sino el número de visitantes que tenga, lo más
importante no es la calidad de un libro sino su lugar en la lista
de libros más vendidos. Y esta esquizofrenia se está
resolviendo por el lado más crudo: al final calidad y venta
se acaban identificando.
Repito que personalmente creo en la responsabilidad cultural del
editor pero también sé que en estos momentos que alguien
diga de un editor que es un editor responsable culturalmente hablando,
es anunciar su próximo pase a las listas del paro.
P.- ¿Ha condicionado mucho tus decisiones dirigir una
editorial perteneciente un gran grupo como Random House Mondadori?
R.- El contexto en que uno realiza su trabajo evidentemente condiciona
a todo profesional. A mí me condiciona estar integrado en
un gran grupo y al pequeño editor que funciona con capital
propio le condiciona su cuenta bancaria.
Normalmente esta pregunta lleva incorporada una respuesta implícita:
el gran grupo "pervierte" la tarea de un editor y yo no
voy a llevarle la contraria a la respuesta hegemónica pero
sí quisiera matizarla. Por ejemplo ¿trabajando en
una editorial con capital propio hubiera podido aguantar las escasas
ventas de V. S. Naipaul hasta que le dieron el Nobel? ¿En
una editorial "independiente" se hubiera podido publicar
una novela de tanta calidad y de tanta exigencia al lector como
es "El homovil" de Jesús López Pacheco?
¿En una editorial pequeña hubiera podido mantener
la apuesta por autores como Josán Hatero o Germán
Sierra?
Trabajar en un gran grupo significa que uno tiene que armonizar
su proyecto dentro de unas reglas de juego y dentro de esas reglas
de juego un gran grupo puede ofrecer territorios diferentes. En
última instancia, el gran grupo funciona como cualquier capital:
con la lógica del beneficio, pero precisamente por ser gran
grupo puede o podría planificar estrategias de beneficio
a corto, medio y largo plazo.
Lo "perverso" de trabajar en un gran grupo no viene dado,
como a veces se piensa, porque te presionen para que publiques tal
cosa y dejes de publicar tal otra. Esa presión la efectúa
directa o indirectamente el mercado que nos envuelve a todos. Los
problemas vienen de otro lado: de la escala, pues evidentemente
el esfuerzo de ventas de un gran grupo no está dirigido a
vender libros de tirada discreta o modesta sino aquellos libros
con altas expectativas. Lo complicado es engranar acertadamente
dentro de una misma red comercial proyectos editoriales con filosofías
diferentes. Es el mismo problema que se le presenta a un librero
"independiente": ¿cuánto espacio deja en
la mesa para los libros de presumible venta masiva y cuanto para
los de venta más compleja?
P.- No hace mucho, la editorial Espasa despidió súbitamente
a siete directivos. ¿Crees que eso son riesgos que uno corre
al trabajar para un gran grupo?
R.- Ese es un riesgo que, salvo los funcionarios, hoy corremos todos
los trabajadores, sea de un gran grupo, de un grupo medio o una
pequeña empresa. Mientras los trabajadores no logremos cambiar
(o alterar radicalmente) la actual correlación de fuerzas,
esa será la lógica dominante. Mientras aceptemos vivir
en un sistema que permite que la capacidad de trabajo de cada uno
dependa de los que poseen el capital, así será. Otra
cosa son "los modales" que, al parecer, no fueron muy
encomiables en el caso Espasa. Pero la verdad no creo que lo importante
sean "los modales", aunque sean significativos de unos
tiempos en los que el Capital, a través de sus capataces,
parece decirse a sí mismo aquello que decía Heliogábalo:
¿pudiendo quedar mal para qué quedar bien?
P. ¿Tienes alguna inquietud como escritor?
R.- Me sigo considerando un "crítico frustrado".
Algunas veces escribo algún artículo de lo que podemos
llamar "crítica cultural". Pero entendiendo por
escritor escritor de ficción, no tengo esa inquietud y si
la tuviera -por aquello de que en todo crítico hay un escritor
frustrado- la proyecto en la admiración que me siguen produciendo
algunos (pocos) libros.
P.- ¿Por qué un "crítico frustrado"?
¿No estás satisfecho con la labor que realizaste en
ese aspecto en El País y en otras publicaciones, o es que
tu verdadera vocación es la crítica literaria?
Seguramente mi verdadera "equivocación" es la crítica
cultural. Estoy relativamente satisfecho del trabajo que como crítico
literario desarrollé en diversos medios entre 1978 y 1994.
Digo "relativamente" porque entiendo que la crítica
literaria debería ser ante todo crítica cultural -situar
los libros dentro de esa narración más amplia que
llamamos cultura- y no tanto una crítica ensimismada en los
límites del reseñismo. Ese trabajo no pude realizarlo,
entre otras razones porque los medios no estaban ni están
interesados en ese tipo de crítica y efectivamente convivo
con esa frustración junto con otras muchas más.
P.- ¿Qué autor te hubiera gustado editar?
R.- Me hubiera gustado ser el editor de Graham Greene y me hubiera
gustado seguir siendo el editor de Ray Loriga.
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