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Crítica acompasada de la novela "La canción
de Dorotea", de Rosa Regás, ganadora del 50º Premio
Planeta
¡50 años!
¡100 millones!
Esta fue la cantinela que, durante varias semanas, meses incluso,
pudo escucharse a todo lo largo, ancho y gordo de nuestro país.
¡El Premio Planeta llega a su quincuagésimo aniversario!
¡El premio más cuantioso nunca entregado! ¡100
millones! ¡Esto es importancia, y no aquellos otros reconocimientos
mindundis que se despachan con una plaquita o un diploma enrollado!
Durante varias semanas, meses incluso, las páginas culturales
de los periódicos, los suplementos y revistas literarias,
las cadenas de radio y televisión... en todas partes se difundía
la noticia, se realizaban reportajes, monográficos, portadas,
se llevaba a cabo un extenso despliegue publicitario para un acontecimiento,
al fin y a la postre, editorial y privado, cuya promoción
a cualquier otro le hubiera salido por un cataplín pero que
don José María el "Avispado" solucionó
con cincuenta kilos -que es lo que ha subido el forraje del premio-
y un par de llamadas a sus contactos en el ministerio, que le aseguraron
la presencia de los reyes, varios ministros, y unos cuantos diputados,
subsecretarios, gobernadores y demás gente de poco más
o menos con afán de figurar. Tal fue el quincuagésimo
premio Planeta de los cien millones... un gran suceso que, como
los terremotos, los incendios y otras catástrofes, tuvo secuelas
y rebrotes de menor intensidad, en forma de presentaciones, entrevistas,
fotos, coloquios con Rosa Regás, la ganadora, de invitada,
reportajes en suplementos culturales: Rosa Regás nos enseña
su casa...
Cierto día, mientras paseaba, este crítico vio el
libro ganador del Planeta: La canción de Dorotea, expuesto
en lugar destacado en una librería y envuelto en papel de
celofán. Picado un tanto por la curiosidad entró a
comprarlo. 2.900 pesetas, le dijo el dependiente sin el menor rubor.
Ciscándose, por cierto, en todos aquellos que dicen velar
por el bien de la cultura y ponen los libros a este precio absolutamente
disparatado, el crítico no obstante le tendió al dependiente
el dinero. Se aproximaban, a todo esto, las fiestas navideñas,
y el hortera (quiero decir, el dependiente) consideró acertado
preguntar: ¿se lo envuelvo para regalo, señor? No,
gracias, respondió el crítico, es para mí.
Me lo voy a leer. Puso el otro cara de extrañeza suma, y
aún insistió: ¿de verdad no quiere que se lo
envuelva? No, gracias, es para leérmelo. Con cierta sensación,
no sabría decir por qué, de tipo raro, abandonó
el crítico el establecimiento con el libro bajo el brazo,
e introduciéndose en la primera cafetería, rompió
el celofán, tiró la faja que pregonaba era la quinta
edición del libro, 230.000 ejemplares vendidos, y comenzó
a leer. A leer y a anotar:
Página 9, primera del texto: La novela empieza con
la descripción de una tal Adelita. ¡Y qué descripción!
El simple inicio: "Era una mujer tan baja que...", propio
de un chiste de colegiales, no augura nada bueno. En efecto, al
poco se nos habla de que los brazos de la mujer eran "cortos
y fornidos, disparados hacia el exterior por el tórax vigoroso".
Como el monstruo de Frankenstein, se entiende, aunque Rosa Regás
sin duda quería decir proyectados hacia adelante, porque
eso de unos brazos "disparados hacia el exterior"... ¿Y
cómo iban a estar si no? ¿Conoce usted a alguien en
este planeta, señora Regás, que tenga los brazos "disparados
hacia el interior"? Pero sigue, sigue el agreste retrato: dichos
brazos expansivos "remataban su aspecto de aborigen en proceso
de extinción". Se conoce (yo no lo sabía) que
el aspecto de los aborígenes cambia dependiendo de si están
en proceso de extinción o en franco ascenso demográfico.
Sigue diciendo la autora que "la coincidencia de medidas entre
la longitud y la anchura es lo que convertía (a esta Adelita)
en un ser tan singular". ¡Coño, tan singular!
Como que, si nos fiamos de tus palabras, era un ladrillo de la construcción
andante.
Ahora en serio, a cualquier lector con un mínimo de gusto
le bastan estas 18 líneas de la tosca descripción
de Adelita para sospechar que este libro no puede ser bueno.
En esta misma página y siguiente: Se nos cuenta cómo
Adelita, que ya hemos visto era un mazacote, dada su constitución
morfológica tuvo problemas para sacarse el carnet de conducir
(tendría problemas, digo yo, para entrar en los coches).
Se examinó seis veces pero nada, "achacó los
fracasos de sus exámenes a la mala idea de los examinadores",
y al final optó por comprarse una mobilette. Que la frivolidad
impera hoy día en la novelística española es
cosa sabida, pero ni el más pesimista hubiera esperado nunca
encontrarse con un principio como éste para una novela premiada
y bendecida por los medios. ¡Las tribulaciones de una señora
bajita para sacarse el carnet de conducir!
Página 11: La protagonista-narradora nos cuenta que,
como luego advirtió, y contrariamente al resto de las personas,
la tal Adelita tenía la costumbre de mirar fijamente a los
ojos de su interlocutor cada vez que mentía, y de bajar la
cabeza avergonzada cuando decía la verdad. Inefablemente.
Es una cosa de la que se dio cuenta, dice, "mucho más
tarde, casi al final de la historia". Sin embargo, nos lo cuenta
ahora. Fácil es imaginar por qué. Ya me veo cómo,
a lo largo de toda la novela, cada vez que la autora converse con
esta rarísima Adelita, nos hará la pertinente acotación:
ora me miraba de frente, ora miraba al suelo. Un modo de trazar
psicologías y tensión en las escenas sencillamente
burdo.
Pag. 12: Las debidas presentaciones entre Adelita y la autora,
quien la va a emplear en su casa como asistenta. El bodoque le da
como referencia que ha estado sirviendo en la casa de los señores
Álvarez. "¿Los Álvarez de Álvarez
y Bonmatí?, pregunté". Ya estamos haciendo gala
del porte alcurne y aristocrático que últimamente
les ha dado por adoptar a todos estos nuevos ricos de la literatura.
La Grandes, por ejemplo, no pierde ocasión de recordar que
ella pertenece a la noble familia de los Alcántara y Churrasco,
la Etxebarría a la que puede suelta que ella ha estudiado
en el Liceo Anglosajón, la Freire, más modosita, habla
de las fincas de sus abuelos. Parecen aquellos cristianos nuevos
desenterrando y traficando con osamentas, que denunciara Quevedo.
A ésta le ha dado por los Álvarez de Álvarez.
"Sí, esos, ¿los conoce?", responde Adelita,
"y me miró fijamente un instante". ¿No te
digo yo, lector? Vamos a estar con esta tontería de me miró,
no me miró, hasta el final de la novela.
Pag. 13: A ver si estamos a lo que estamos, Rosita. En las
novelas, por muy a la transilvana que se hagan, hay que guardar
un cierto tono sostenido. No puede ser que en un párrafo
un personaje esté mirando el paisaje "con esa melancolía
que dulcifica el espíritu y se empeña en esconder
la inquietud que lo ronda", al siguiente se nos presente a
Adelita encima de la mobilette de un modo grotesco ("el casco
dominaba la figura que se hundía en el asiento"), más
o menos como la hormiga atómica. y al otro párrafo
la autora retome el tono ridículamente ampuloso para decir
"no era tranquila la voz de mi conciencia". O se narra
(mal) a lo cursi, o se narra (mal) a lo chusco, pero no pueden ser
las dos cosas a un tiempo. Salvo que exista una profunda ironía,
pero (ay, Rosita, ¿verdad?) no es este el caso.
Pag. 15: Una muestra del cuidado estilo regasiano: "(Adelita)
me subía una taza de té que yo le agradecía
del mismo modo que lo hacía...". Un poco más
abajo, una muestra de cómo la autora no es una experta precisamente
en la puntuación: de "un reconocimiento" hasta
"siguientes", 35 palabras, que en total forman cinco oraciones,
con adverbios y demás, y ni una sola coma entre ellas.
En esta misma página: Parida memorable, claro ejemplo
de lo que es escribir sin cabeza. Adelita es muy eficiente en el
cuidado del anciano padre de la protagonista: lo lavaba, lo afeitaba,
"una perla". Tanto es así de laboriosa y abnegada
que, el día que murió el padre, "fue ella la
que se ocupó de limpiar el cadáver y amortajarlo,
y organizar el entierro (...), sustituyendo en su labor a los empleados
de la funeraria, que no pusieron objeción ninguna a que alguien
les hiciera el trabajo". Queda ahí para las antologías
del parto.
Pag. 16: El anciano padre de la protagonista "era mayor
y estaba un tanto atropellado". Por eso debió de ser
que se fue de Barcelona buscando la paz de un pueblo en las montañas.
Pag. 17 (o, lo que es lo mismo, ni una sin chorradas): El
padre de la protagonista tenía contratados a unos pastores
"que andaban por los campos en barbecho o en las lindes de
los caminos y los bosques con la radio a todo volumen ahuyentando
a los motoristas que cruzaban los prados en busca de peligros".
Ante esto cabe preguntar: ¿por qué andaban los pastores
por las lindes y no por los caminos? ¿Por qué la radio
ahuyentaba a los motoristas? ¿Tan mala era la música?
Y si unos andaban por los barbechos y otros por los prados, ¿qué
les importaba a cada cual del otro? ¿Y cuáles son
los peligros que hay para un motorista en un prado? ¿Y por
qué los buscaban? Y así mil preguntas, todas causadas
por la indigencia del lenguaje, el estilo y la lógica.
En esta misma página y siguiente: El anciano caballero
iba los domingos al pueblo a jugar al dominó y solía
ocurrir que "le acometía uno de sus ataques de violencia
verbal". Entonces les soltaba a sus compañeros de partida
un rollo macabebe sobre su hija, a la que ha enviado a estudiar
Biología Molecular "por el ancho mundo" (esta expresión,
por cierto, Rosa, no la usan ya ni los monjes trapenses), sobre
su yerno "que era un enloquecido artista de izquierdas"
(esto de enloquecido artista es nuevo, verdaderamente, pero casi,
Rosa, que visto el resultado preferíamos lo antiguo), sobre
el estado de sus negocios, sobre mil cosas. "El discurso podía
ser interminable, pero siempre acababa con las mismas palabras:
Y si al morir dejo la hacienda mermada (¡toma ya!), no por
esto voy a sentir el menor remordimiento, también yo tengo
derecho a cantar mi propia canción". Antes estas disertaciones
dominicales a nadie debe extrañar que los jugadores trasladaran
la partida al bar de al lado, lo más lejos posible de este
pelma.
Pag. 21: Adelita la blocoide decide adoptar el papel de ama
de llaves "como pasó a denominarse a sí misma,
según probablemente habría visto en alguna película".
Tal chirrido de dientes me ha provocado esta atroz expresión
que todos los clientes de la cafetería se vuelven a mirarme,
asustados.
Pag. 22: Adelita la paralelepípeda, ahora en papeles
de enfermera, "se ponía alrededor de la cabeza el fonendoscopio".
Para mí tengo que no sabía usarlo. Pero es sólo
una opinión.
Pag. 29: Adelita miente más que un futurólogo.
La señora Regás, en estado de gracia literaturil,
al soltar trolas prefiere denominarlo "los hechos no coincidían
con los de su vida" (expresión, además, fatal,
porque no son hechos, Rosa, sino dichos o palabras, eso te pasa
por meterte en retóricas). Pero esto es lo de menos. Lo de
más es que, durante cerca de diez páginas, la Regás
nos ha pintado que su personaje es una mentirosa a base de hacerla
soltar y soltar y soltar embustes a cual más descabellado
y siempre con la mirada fija. Esta buena mujer ignora por completo
lo que es la sugerencia (que está emparentada con el arte),
prefiere antes la acumulación (que está emparentada
con la palabrería y el chismorreo). ¿Que hay que mostrar
a un personaje como mentiroso? Nueve páginas diciendo mentiras,
a veces tan absurdas, y punteadas, además, por lo de la mirada
fija, que no es ilógico pensar que esta mujer toma a sus
lectores por tontos.
Adelita seguirá mintiendo un par de páginas más,
por si acaso quedara algún lector despistado.
Pag. 37: A la protagonista le ocurre lo siguiente: "al
ir a poner el dinero que había sacado del banco para pagar
una serie de facturas en la pequeña caja fuerte empotrada
en la pared del fondo del cuarto de armarios, que yo usaba como
vestidor, ..." Aquí los familiares de la Regás
tuvieron que separarla a viva fuerza del ordenador, en cuyas teclas
se había cebado y no había manera de hacerla parar.
Lo digo en serio: esto es imposible escribirlo a mano. Se descoyunta
uno la muñeca.
Pag. 38: El caso es que dicha caja fuerte estaba abierta
y por la mente de la protagonista pasa: "una sombra de inquietud,
esa misma sombra que nos hace dudar de una situación cuando
no es exactamente igual que la que dejamos". Cuán cierto
es esto. Yo acabo de entrar a orinar al servicio de la cafetería
y, cuando al salir he visto que uno que estaba entonces sentado
está ahora sacando tabaco de la máquina, me he llevado
un sobresalto increíble. Lo mismo me ocurre cuando llego
de trabajar y veo que, un coche que había aparcado cuando
me fui, ya no está. ¡Qué inquietudes, Rosa,
estoy contigo!
Un poco más abajo: Total, que la han robado una sortija.
"Lo había sabido con ese conocimiento vago pero firme
que sólo reconocemos como tal una vez se ha comprobado que
era cierto lo que pronosticaba aquella inicial alarma" Esto,
sencillamente, es indescifrable: conocimientos vagos pero firmes
que se reconocen cuando se comprueban... No hay lógica por
ninguna parte. Pero es que la cosa sigue, oh lector episcopaliano
y discotequero, durante seis líneas más, todo en estos
términos incomprensibles, para llegar a la sesuda conclusión
de que es "como si hubiera un orden oculto pero inmutable,
según el cual, si no se les presta atención, las cosas
se esconden, desaparecen".
Como habrá advertido el lector que los siga, una de las más
curiosas costumbres de los novelistas españoles actuales
es ponerse a filosofar sobre la nada para llegar a supinas tonterías.
Parece que no, pero tiene su mérito.
Pag. 44: La protagonista desconfía de Adelita. Entonces
la interroga muy sutilmente. El interrogatorio se centra en sus
hijos y aquí el estilo regasiano se zambulle ya en el puro
chismorreo y charla de vecindario: que si uno de los hijos está
pintando la casa, que si las motos las compraron de segunda mano,
que si el otro era albañil pero le despidieron, que si el
mayor está casado y vive en... Esto es lo que tiene la literatura
de consumo, que le consume a uno.
Bromas aparte, la novela hasta aquí ha sido mala, pero en
este tramo resulta nefasta. Los ímprobos esfuerzos de la
Regás por crear una trama tal que de misterio en torno a
la desaparición de una sortija causan vergüenza por
delegación. La conversación al estilo de las novelas
policiacas que sostienen la protagonista y el sargento de la Guardia
Civil a quien va a denunciar el robo (a todo esto, porque se lo
recomiendan por teléfono, que a ella no se le había
ocurrido) es, sencillamente, demencial. Renuncio a comentarla; me
limito a transcribir una frase de ella para que se haga el lector
una idea del tenor general: "Quien tan bien sabía que
yo estaba ausente sabría también que en mi casa saben
siempre dónde estoy" (pag. 50).
Si la conversación con el guardia civil no había sido
bastante, va también a hablar con la policía. Al encontrarse
ante el comisario (pag. 53) "luché por dar a mi mirada
un aire de normalidad". Aparte de la expresión horrenda,
¿por qué hacer esto? ¿Por qué aparentar
normalidad en una comisaria, cuando precisamente si uno va a comisaria
es porque ha ocurrido algo excepcional? ¿Y cómo se
aparenta esa normalidad? ¿Mirando de reojo? Cuánta
memez, San Peroncio Bendito.
En esta misma página: Conversación con el policía.
Ella sentada, él de pie, "dándose golpecitos
en la mano con un abrecartas" (topicazo excelso). "Yo
lo seguía con la vista y torcía la cabeza cuando no
alcanzaba a verlo porque caminaba a mi espalda" (contorsionismo
sublime).
Después de tres páginas enteras de un diálogo
de percebes, la protagonista, al fin, sale muy contenta de comisaría
en la página 56 "porque este policía se valdría
de sus hilos ocultos y me devolvería la sortija y la paz".
Una novicia que se hubiera dedicado toda su vida a hacer almendras
garrapiñadas no tendría esta visión tan candorosa
de la policía. Ni redactaría de modo tan melifluo.
La protagonista, después de denunciar el robo, se pierde
durante un par de páginas en consideraciones de este estilo:
"Por una parte, no podía decirle (a Adelita) lo que
sabía porque había que procurar que fuera ella la
que confesara por sí misma (no conozco yo ningún caso
en que alguien haya confesado por boca de otro, pero bueno). Por
otra, no decírselo me parecía improcedente, porque
no hacía más que mantener esta situación absurda
en la que ella, yo estaba segura, sabía que yo sabía".
Eso de "saber que yo sé" se conoce que lo oyó
la Regás en un teleflín y le gustó mucho, porque
va ya para la cuarta vez que emplea esta expresión o parecida.
Por lo demás, éste es el tipo de dudas chorridentas
que asaltan a los personajes de cartón piedra que no tienen
ni la más mínima conexión con la realidad.
Pag. 60: En esas consideraciones chirles van camino de darle
las uvas. Efectivamente, "ésa sería la penúltima
noche del año, pero ninguna señal había en
el cielo que anticipara el cambio de cifras que traería consigo
el año próximo". Pero cómo que "pero
no había", Rosa, joder, ¿desde cuándo
ha habido en el cielo señal alguna de cambio de fecha? Deja
ya de hablar por hablar, coño.
Pag. 61: A Adelita la cúbica le da como un ataque
epiléptico. "Se había convertido en un amasijo
de bultos indescifrables que buscaba en vano su lugar y su forma
en aquella penumbra". Mira por donde, y sin querer, la señora
Regás me ha dado la definición exacta para el estilo
de este libro: un bulto indescifrable.
Pag. 63: El sargento del puesto llama a la protagonista a
una hora intempestiva para decirle que Adelita está allí.
"Ya sabe, añadió con voz de entendido, el criminal
siempre vuelve al lugar del crimen".
Esto ya ha pasado de oscuro a tétrico. Esto ofende la inteligencia
de un niño de tres años. Esto es un engaño,
un timo, un insulto en toda regla al público, a quien se
está presentando "esta cosa" como lo más
señalado del panorama novelístico actual, auspiciado
por todos los gerifaltes culturales y alharacado desde todos los
medios de comunicación. Este libro bastaría, por sí
sólo, como señal de alarma contra todos esos negociantes
sin escrúpulos de la cultura, directores de suplementos,
críticos que hacen la estatua, escritores cobistas y zalameros
que han sumido a la novelística española en un auténtico
lodazal. Bastaría, sí, si aún quedara un amago
de decencia, pero esta señal de alarma no se oirá.
Pasará ante el silencio cómplice de la crítica
cucharera y fondona, como pasó "lo de" Maruja,
"lo de" Montero, "lo de" Gala, "lo de"
Umbral...
Sigo, en fin, con esta crítica, irónica en la medida
de lo posible. Pero quisiera hacer constar que, en el fondo, la
cosa no tiene ni puta gracia.
Pag. 70: "¿Qué será de mí
ahora?", exclama Adelita luego de confesar su delito. "¿Dónde
han quedado mi honor, mi vergüenza?". La referencia al
honor y el tono de la invocación (sólo le falta decir
¡oh, cielos!) es, como verá cualquier lector atento,
algo muy propio de los tiempos que vivimos.
Pag. 74: Los sentimientos de la protagonista-narradora hacia
Adelita, su criada, tal como están contados, carecen de toda
lógica y coherencia. Con anterioridad, y al menos durante
doce páginas, nos la ha estado tildando de embustera, y ha
confesado que, aguantar sus bolas, "era el precio que tenía
que pagar por estar bien atendida". Es decir, que hay establecida
entre ellas una relación jefa-empleada de lo más vulgar.
Justo después de decir esto, a la señora le desaparece
una sortija (algo también de lo más vulgar, Rosa Regás,
por más que quieras presentarlo como un misterio insondable
de reminiscencias cósmicas), se descubre que la ha birlado
Adelita, y allá que va el cubo de Rubik al talego. ¿Es
lógico que ante esto la protagonista exclame a renglón
seguido: "La noche era tenebrosa. Como mi espíritu"?
¿Es coherente que se pase media noche en vela con preguntas
como: "¿Qué pasaría con ella? ¿Volvería
o no volvería? Y, ¿qué tenía que hacer
yo? ¿Tenía que despedir a la mujer...?"
Pag. 76: Cansada de hacerse preguntas tan inútiles
como impropias de la situación, decide irse a dormir. "Una
vez en la cama me puse a leer El peregrino secreto, de John Le Carré
que debía de estar allí". ¡Coño,
qué sorpresa! ¡Eso sí que no me lo esperaba!
¡Pídele un autógrafo! Y, de paso, dile que te
enseñe a utilizar las comas.
En la página siguiente comienza a hablarnos la protagonista-narradora
de su padre. Y, como la mayoría de los novelistas hodiernos,
Rosa Regás se limita a "decirnos", así a
secas, como es (en este caso, como era) el anciano, pero no nos
lo presenta, no nos lo hace vivo, no nos da siquiera sea una muestra
del carácter hosco y el comportamiento huraño que
se supone tenía el viejo. Menguada hasta lo más extremo
de imaginación para componer hubiera bastado con una escena,
reveladora de la atrabiliaria personalidad del viejo, hemos de conformarnos
a cambio con toda una balumba de palabras (casi cuatro páginas)
y sentencias, dichas todas en un tono falsamente literario, impostado
y ridículo. Cuatro páginas hablando de "su imperio
(que) no había muerto con él", de "esa torre
de autoridad y trueno que yacería un día desmoronada
a mi merced", de "sus arrebatos, su ira, su afán
justiciero". Cuatro páginas, en fin, de humo y monserga
vacua, del peor rollo literario, que acaban por hacer saltar en
defensa del anciano a cualquier lector neutral y mansurrento: Pero
bueno, si a este hombre, quitando allá la brasa que les suelta
a sus compañeros de dominó, no le hemos visto en ningún
rincón del libro hacer nada "tiránico" ni
ejercer ningún "imperio" ¿Por qué
se pone usted así con él?
Pero el alter ego de Rosita es tan buena que, en la página
80, todo este rencor se le ha olvidado. La embarga entonces la melancolía
y su pluma se derrite en merengue batido. "No sabemos que amamos
hasta que desaparece el ser amado. O, mejor dicho (sí, a
ver, explícate mejor), no sentimos la verdadera profundidad
del amor hasta que se ha ido, por breve y escaso que haya sido ese
amor". ¿Y qué me dices, Rosa, de los largos y
pesados que acaban en divorcio? Pero nada, ella ha tomado carrerilla
y sigue, sigue por este absurdo camino de frases hechas sobre el
amor y de ideas empiringotadas, que le ahorran el trabajo de pararse
a recapacitar sobre lo que está diciendo. "¡Qué
fácil nos habría sido una caricia! ¡Qué
poco me habría costado acariciarle la calva!" Y en este
tono de poesía acariciante sigue la exposición hasta
que autora, protagonista y lectores caen rendidos por el más
profundo sopor.
Es Regás la que se levanta primero y despierta a su protagonista
"Tenía que estar en el juzgado a las doce". Camino
del juzgado, en la página 82, "un espejo en la
pared me devolvió la imagen de mi rostro. Era el mío
(convenía puntualizarlo), pero ahora me parecía el
rostro de una desconocida". Y al hilo de esto se lanza Rosa
a una descripción de la protagonista que sonroja al lector,
tal es la incapacidad total, absoluta y lamentable de esta mujer
para construir el retrato de una persona. En este caso balbucea
cuatro sandeces de lo más vulgar: "había descubierto
el primer cabello blanco", "la piel era morena, lo mismo
en invierno que en verano, aunque no tomara el sol", "me
encontraba horrible", "¿no podrías ir a
la peluquería, como todo el mundo, al menos una vez por semana?"
(esto se lo dice una voz interior), "¿cuántos
años me echaría la gente". En fin, de escándalo.
Página 83: Adelita llega al juzgado. "Llegó
en un furgón del que descendió con dos guardias civiles,
uno a cada lado". Así dicho, tal parecen los picoletos
dos garrafas de aceite que transportarse la mujer en jarras. Además,
Rosa, ¿no te parece un poco exagerado este despliegue policial
para una criada que ha robado una sortija? Y no lo digo porque usaran
un furgón, que, a ver qué iban a hacer, si la mujer
era de complexión cuadrangular y no cabía en un simple
coche...
Página 84: "Y allí estaba otra vez el
hombre del sombrero negro". Ocurre que, a lo largo de lo que
llevamos de novela, la narradora-protagonista ha tenido varios encuentros
y fugaces visiones de un hombre pues, lo dicho, con sombrero negro.
Con varias quiero decir quince o dieciséis, a veces dos por
página, de una manera tan frecuente y usual que todo el aire
inquietante que Rosa pretendiere darle a esa figura acaba por diluirse.
Porque, efectivamente, alguien debería explicarle a esta
mujer que cuando uno se encuentra repetidas veces con un individuo
en las inmediaciones de su casa no es un tipo misterioso y enigmático.
Es un vecino.
Pag. 87: Un individuo a quien ha encontrado con una navaja
en la mano le sugiere a Rosa Regás una escena bucólica:
bien pudiera ser que estuviera empleando el cuchillo para comer
"la naranja o el queso. Así comían los pastores
de tierra adentro". Los pastores de mar adentro sabido es por
todos que comen pescado.
Mientras tanto, la criada ha quedado en libertad provisional (pag.
88), bien advertida de que no puede salir del país. Rosa
aprovecha el momento para hacernos un retrato de la mujer tras su
estancia entre rejas, con lo cual, y lo visto por experiencias descriptivas
anteriores, no creemos que la pobre Adelita haya salido ganando
con la decisión del juez. "Los ricitos de su cabeza
(...) eran opacos, vidriosos, casi grasientos (...), pensé
que no debía de haber podido lavarse el pelo". Como
será el tono cochambroso del retrato que al final la criada
no puede por menos de saltar: "Acabemos pronto; yo lo he tenido
todo en contra: soy baja, soy fea" y descrita por Regás,
le falta añadir. El consuelo que le ofrece la protagonista
es para demandarla por crueldad: "Adelita, cálmese;
es bajita, es cierto, pero no es fea, no diga eso".
En el trayecto hacia la casa, en la página 91, Adelita se
decide a hablar. La protagonista detiene el coche "con un frenazo
que por poco nos estampa contra el cristal". Pocas veces he
leído, de verdad, frase más cazurra.
Lo que al fin suelta Adelita es un discurso sobre los ricos y los
pobres remanido y penoso. "Ellos (ustedes) hacen las leyes
(...). Nuestro mundo es un mundo distinto que se rige por normas
muy alejadas de la realidad de ustedes". Y todo en este estilo
huero y refritolado que, sin embargo, hace pensar a la protagonista
(pag. 93): "¡Qué bien se expresa! ¿De dónde
habrá sacado esta teoría? ¿No pertenecerá
a un partido político, a un sindicato o algo así?
¿O a una secta?"
A todo esto (pag. 95): "Aquella noche era la última
del año. Mañana sería el primer día
de otro que llamamos nuevo". Bueno, mujer, pero tú no
hagas caso; lo llamamos así por chinchar.
Rosa tiene, de vez en cuando, unas carencias gramaticales... Página
96: "Yo había oído mi voz pero no me parecía
que fuera yo la que había hablado". Lo que quería
decir tu protagonista, Rosa, es que LE parecía que NO era
ella quien había hablado, sino otra persona. Tal como tú
la haces decir, le parece que no ha hablado, sino que, por ejemplo,
ha rebuznado un burro.
Paso por alto las profundas reflexiones que asaltan a la protagonista
en la página 99 y que la hacen sentirse "un soplo, una
invención, casi una patraña o, mejor aún (a
Rosa se la ve crecida), una marioneta en manos de fuerzas ocultas
que viven en nuestro interior y mueven nuestros brazos y nuestras
manos al margen de nuestra voluntad". (El idioma de Rosa, como
se ve, es un idioma muy nuestro). Paso por alto, como digo, estas
profundas consideraciones porque, comparadas con la duda metafísica
(pag. 100) que asalta a la protagonista después de una conversación
telefónica, son puro humo. La mujer se pregunta, desgarrada:
"¿Había sido yo la que había colgado o
había sido él?"
Pag. 101: "Al día siguiente me fui a Toldrá
en busca de un abogado". ¡Y lo encuentra!. Si después
de tanto rollo como nos ha soltado Rosa con las señales del
cielo, con la noche que llamamos última del año, después
de tanto puntillismo con las dichosas fechas, no advierte que el
día siguiente, en buena ley gregoriana, habría de
ser el de Año Nuevo, festividad hasta para los kiosqueros
y los panaderos, eso es que está escribiendo con la cabeza
en otro sitio. O metida en un cubo.
La mujer va a Toldrá y nos describe el sitio como tiene por
costumbre, o sea, fatal. Que si casitas adosadas "que hacían
las delicias de sus habitantes", que si rascacielos que dejaban
a los campanarios "en inferioridad de condiciones". Horroroso
todo, incluso cuando hace una incursión en la historia del
lugar, un pueblo que había sido importante por sus mercados
de ganado "cuando las playas eran tierra entre los piratas
del mar y la población". Quería decir, sin duda,
barrera, o algo así, porque el que las playas sean tierra
no tiene nada de excepcional. Es eso consiste su gracia precisamente.
Estoy seguro de que, si estuvieran dentro del agua, perderían
su aquél.
En éstas y otras que me salto voy ya por la página
107... ¡y siguen dándole vueltas al robo de la
sortija! Esto no es serio, señores. Y que conste que en ningún
momento niego que pueda hacerse gran literatura sobre bases banales.
De hecho, me acuerdo de una novela de Gogol, El capote o El abrigo,
en la que al protagonista, un pobre y explotado individuo, le roban
el abrigo y, a consecuencia de ello, se alza contra el mundo. En
este bodrio, a una mujer un tanto pánfila e insulsa le roban
una sortija y, a raíz de ello, la mujer se preocupa. Seguramente
pueda valer este ejemplo para establecer la diferencia (sutil pero
enorme) entre la Literatura y la nada.
Y lo malo es que el asunto tiene pinta de ir para largo... y para
malo. Ya la protagonista nos los advierte en esta misma página
107: "no sabía las noches de zozobra y descalabro que
me esperaban". Si miraras, mujer, por dónde vas, y dejaras
de escribir, igual no te descalabrarías.
En la página siguiente (108) la mujer está
en un restaurante. Allí se encuentra, cómo no, con
el hombre del sombrero. Por la noche, luego, antes de dormir, rememorará
ese encuentro. ¿Así de simple? No, pardiez. "Cuando
en la duermevela que anticipa el sueño recurrí a la
sonoridad que ratificara la memoria del encuentro...". Este
hombre se acercó a su mesa y "se dedicó, si la
memoria no me falla, y creo que no me falla en absoluto (vamos,
que se acuerda bien), a hacer bolitas con las migas de pan".
Podrá el lector encontrar todas estas joyas en la página
109.
El encuentro con este tontaina deja a la mujer turulata. "El
hambre y las ganas de comer estofado habían desaparecido".
Bien está puntualizar esto porque hay gente que tiene hambre
pero no tiene ganas de comer.
El del sombrero hace unas cuantas giliporteces durante toda la página
110, como pisarle un pie a la protagonista, resollar, y cosas
así, hasta que una voz dice ¡Jerónimo! y entonces
sale pitando del local. La clásica despedida a lo sioux.
"Me dejó tan desamparada que no supe cómo acabar
la carne". Vamos, que la dejo tan obnubilada que se le olvidó
el uso del cuchillo y el tenedor. O la función fisiológica
de deglutir.
Dejamos esta ridícula escena y pasamos a otro capítulo
(página 113), que comienza (horror) con una descripción
de la naturaleza. Y, como podía esperarse, es tan mugrienta
y sopladerne como las descripciones anteriores, ya fueran personas,
ciudades o cosas. En ésta: "El cielo estaba movido a
todas horas" (a ver si iba a ser un problema más bien
de vista, Rosa, cuídate); "no sabía que hacer
con ella (ella es belleza del campo) para absorber tanto aroma";
"después, sin saber qué más hacer, dejaba
de contemplarla". ¿Cabe mayor falta de inspiración,
impotencia y prosa de ascensorista ante un paisaje?
"Además, estaba toda la cuestión de la recuperación
de la joya y de la actuación de la policía que no
se aclaraba". Llevamos, además de muchas cacofonías
y desmayos de este estilo, más de 77 páginas con el
asunto de la sortija. Y ella todavía está impactada
por este asunto: "Para desvelar la bruma que envolvía
mis suposiciones", dice en la página 115. Iba
a decir que si será redicha, pero es que al final de la página
hay otra peor, hay "una sospecha que amenazaba con convertirse
en calamidad en cuanto aparecieran los elementos oscuros y turbios
que envolvían la historia de este robo" (las sospechas,
Rosa, todo lo más pasan a ser certezas, pero no calamidades).
Lo cierto es que si a este libro le quitamos todas las expresiones
como ésta, grandílocuas y horras, nos quedamos con
25 páginas de redacción escolar sobre una señora
a que le han quitado una sortija y se ha puesto histérica,
inexplicablemente histérica, o, como dice ella, "torturada
por tanta incertidumbre" (pero qué incertidumbre, si
ya se ha visto que ha sido Adelita).
Página 118: Descubrimos ahora el nombre de la protagonista.
"Soy Aurelia Fontana", dice en una conversación
telefónica. La prima de Palmira Gadea.
Página 120: "El sobre era blanco, sin tampones
ni etiquetas". Quien dice "etiquetas" en lugar del
más común y sencillo "sellos" es que es
una hortera irredimible; quien espera encontrar "tampones"
en la superficie de un sobre, en lugar de marcas, impresiones o
huellas de tampón, es que es una juntapalabras del peor porte.
Salto páginas dedicadas a las trolas de Adelita y vengo a
darme de bruces en la página 127 contra otra descripción.
Esta vez del abogado Rius. Lo más destacado de él
es que le brillaba la cara; "si estuviera en la televisión",
pensó la protagonista, "le pondrían polvo transparente
para los brillos"; también dice que "tenía
las pupilas pequeñas, por la luz quizás (o porque
sufría de conjuntivitis, o porque se había tomado
un bustai, o porque era de natural así), y que el aro que
las rodeaba (eso se llama iris, Rosa) era del color de las castañas"
Este tipo de comparaciones, o se acompañan de un adjetivo
(era del color meloso, por ejemplo, o ambarino de las castañas)
que les dé suavidad, sentido y belleza, o se usan para describir
algo que está en la naturaleza pero que no se corresponde
exactamente con una palabra (era del color de los hojas caídas
en otoño, por ejemplo también). Pero decir bruscamente,
"era del color de las castañas", como se puede
decir "era más alto que una casa" sólo es
una muestra (más) de incapacidad expresiva.
Invito al lector a que se detenga en las recapacitaciones de la
protagonista sobre... no sabría decirle qué. Comienzan
en: "A veces, cuando se complica la consecución de un
proceso que ha de llevarnos, pensamos, a la solución de un
problema...." y acaban en "así, desconectado de
su causa primera y de la estrategia de conjunto, nos parece irreal".
Además de que no se logra saber de qué está
hablando, parece tomado del libro de instrucciones de una Black
Decker. Esto está en la página 128.
En la página 137 (notará el lector que voy
más ligero, pero es que he decido, en aras de mi salud mental,
pasar de largo ante tan absurdos ejercicios de pensamiento) tenemos
una muestra flagrante de las reacciones sin sentido, palabreras,
cursis, y literarias en el peor sentido del termino, de la protagonista-narradora:
"Habría dado la vida para que acabara aquella escena,
pero también la habría dado para que durara toda la
eternidad". Pues sí que eres indecisa y dadivosa.
La protagonista se ha quedado más que prendada del hombre
del sombrero. Será por el arte con que fabricaba bolitas
de pan, porque, en realidad, no hemos visto en el hombre ningún
comportamiento ni belleza extraordinarias, ni en la mujer ha podido
advertirse nada que hiciera presuponer un enamoramiento tan visceral.
Pareciera, en fin, que todo esta hecho conforme a un rígido
(y endeble) guión, tan escasa es la vida que transmiten los
personajes y tan novelescas ergo falsas sus reacciones. ¿Prueba
de ello? Sin saber del hombre más que debía llamarse
Jerónimo y que usaba sombrero, la protagonista aprovecha
toda la página 139 para largarnos un discurso bien
poco original sobre el "amour fou". Un discurso parlivano,
en realidad, porque la protagonista carece de medios para saber
si el desconocido del sombrero no es, por ejemplo, un vendedor de
biblias, un funcionario del registro, un numismático, o cualquier
otro tipo sosegado, formal y serio.
Pero lo que importa es llegar, en esta misma página 139,
a la postura en la que Rosa coloca a su protagonista, asaltada por
el incontinente amor: "Permanecía con la cabeza apoyada
en la pared, dando sorbos a una taza que llevaba vacía mucho
tiempo". Se nota que a Rosa le gusta, como figura literaria,
la del sufriente enamorado que se entrega a la bebida hasta que
cierra el bar; ella ha optado por recrear este tipo en su protagonista,
sólo que como ella, la Regás, es de natural literario
cutre y roñoso, allí la ha dejado apurando un cortado,
por no gastar mucho, hasta el siguiente capítulo.
Ya en otros "Cuadernos de Crítica" del Círculo
de Fuencarral se ha denunciado el abuso que de la frase hecha y
el lugar común hacen los escritores hodiernos, betsellerados
y planetarios, un ejercicio de vulgaridad estilística en
el que Antonio Gala se destaca como campeón. Rosa Regás
se inscribe en esta línea, y así, sólo en la
página 146: "enturbiar el panorama", "me
dejó sin palabras", "le di algunas indicaciones",
"cumplí mi papel", "lo tenía todo presente"....
Pero, además de esto, la Regás no se coarta a la hora
de presentarnos como originales una serie de comparaciones resobadas
y metáforas harto tópicas, como en esta misma página
146: "el tiempo se había esfumado, resbalándome
entre los dedos de las manos como el agua", o tres páginas
atrás, en la 143: "los celos son serpientes que
se escurren por todos los entresijos de la imaginación y
la conciencia". Símiles literarios, como apreciará
el lector, de primero de básica, destrozados por quien los
emplea como mero recurso para salir del compromiso; comparaciones
reventadas, para colmo, por la torpeza y la falta de gracia con
que están dichas. Pues, ¿a qué viene puntualizar
que los dedos eran de las manos, Rosa? ¡Ya nos imaginamos
que no se va a escapar el tiempo entre los dedos de los pies! ¿El
agua se esfuma, como pareces decir? ¿A qué equivale
exactamente la expresión "entresijo de la conciencia"?
¿No había otro término, por cierto, menos bruto
que "entresijo"? Lo malo de todo esto es que, de los 230.000
lectores (o compradores) de este bolodro, seguramente muchísimos
de ellos tendrán estos balbucientes remedos de metáforas
ya dichas (e infinitamente mejor) por otros autores como el sumo
de la originalidad y el arte literarios; no en vano, pensarán,
están premiadas con 100 millones. A tanto se ha hecho descender,
en beneficio del número, el nivel medio del lector en nuestro
país, tanto se ha subvertido su criterio y anulado su sentido
crítico.
De pasada constatar que, en la página 144, la protagonista-narradora
dice que "yo apenas tenía más oídos que
para mis propias preguntas", y en la 146 que "de
todos modos, fuera cual fuere lo que yo esperaba..."
En un descanso de estas peleas con el idioma (página 147),
la protagonista se da cuenta, de pronto, de que Adelita lleva mucho
tiempo en libertad provisional, y le pregunta que, por cierto, cuándo
va a ser el juicio por el robo de la sortija. Adelita le responde
que el juicio ya se ha sobreseído y la otra se extraña,
pero no por mucho tiempo, porque en la página 149
"algo más profundo, más inconfesable, me impidió
seguir recapacitando". Tan inconfesable era, de hecho, que
no nos dice en qué consiste; es de suponer que se le cayó
una teja en la cabeza o algo así, porque en la siguiente
frase nos dice que se alejó de la mansión "envuelta
aún en el asombro y el descalabro".
"¿Qué significaba esa nueva serie de imbricados
y secretos acontecimientos?", se pregunta la protagonista nada
más iniciarse el capítulo siguiente, página
151, una vez que le han puesto unas lañas en la más
cercana Casa de Socorro. Igual que, como en otros "Cuadernos
de Crítica" y boletines de "La Fiera" se ha
dicho, la mayoría de los modernos novelistas de las diversas
cuadras confunden novelar con ponerse a contar cosas, habría
que señalar también como, para la mayoría de
estos cuadrúpedos, fabricar una intriga significa embrollar
las cosas hasta la mitad del libro y desembrollarlas luego. Con
el agravante de que, a la hora de liar, tienen tan poco escrúpulo
para acumular situaciones extrañas, para hacer nudo sobre
nudo con tal de "enganchar" al lector; y a la hora de
desliar tienen tan poco tino y están tan confundidos ellos
mismos por lo embarullado del asunto, que al fin, incapaces de deshacer
lógicamente la trama, acaban cortando por donde sea y convirtiendo
la resolución en una auténtica chapuza.
Página 152: Pues, efectivamente, parece ser que el
caso del robo de la sortija ha sido sobreseído por el juez.
Y la protagonista, que al fin y al cabo es la denunciante, no ha
tenido noticia de esta resolución sino tres meses después,
y de casualidad. Para mí tengo que hasta Idi Amín,
el presidente caníbal del Congo, estaba más enterado
del funcionamiento de la justicia que Rosa Regás.
Dejo atrás veinte páginas, veinte, dedicadas a relatarnos,
con profusión de detalles (y abundancia de descripciones,
con lo que ello significa en la Regás), el despido de Adelita.
En la página 174, y después de habernos descargado
semejante rollo, ya la protagonista-narradora se encuentra más
tranquila... hasta que suena el teléfono. Entonces "en
un instante, con el poder automático de la tecla del ordenador
que recupera el texto perdido, reapareció aquella maraña
de la que había creído desprenderme". Eso del
poder automático, Rosa, la verdad, suena a anuncio de Vim
antibacterias. Pero, en fin, lo importante es el momento de emoción
que nos has hecho pasar, compartiendo contigo los esfuerzos denodados,
ímprobos, que hacías por vencer tu estreñimiento
expresivo y crear una metáfora nueva. Aunque, finalmente,
te haya salido esa cagadita.
Seguida, eso sí, por una gran ventosidad. Pásmese
el lector ante ella, aquí se la transcribo entera: "¿Fue
esta coincidencia la que convocó la vaga sospecha que pugnaba
por brotar y manifestarse, un pensamiento informe aún pero
con un significado preciso aunque definido en un código sin
descifrar? Como la inquietud que origina la palabra que estamos
viendo con la imaginación y que, sin embargo, somos incapaces
de traducir al lenguaje convencional de los signos y los sonidos,
la suspicacia y la impotencia crecían ciegas dentro de mí
y, tal vez obedeciendo las leyes de su despertar o insuflando en
mi inteligencia al hacerlo una perspicacia policial nueva, oí
la voz de mi respuesta". ¿Verdad, lector, que en tu
vida has oído pedo literario más estruendoso?, ¿ventosidad
más larga y sostenida? Y no, no intentes encontrarle significado
alguno, porque ya lo he intentado yo y no lo tiene. Es pura flatulencia.
Rosa debía tener, por cierto, cuando escribió estas
páginas, un gran problema de gases. Al asombroso cuesco anterior,
y a otros subsidiarios que le han acompañado, viene a rematar
lo siguiente, en la página 177: "La palabra Jerónimo
en mis labios, aunque fuera en un susurro, cobraba una sonoridad
que, sin respetar las fronteras de la distancia, atravesaba las
paredes y se extendía por el mundo vibrando". Hombre,
Rosa, por favor, ten un poco de modales. Yo no sé de qué
te asombras si a tu protagonista, en esta misma página, la
deja el novio.
En la página 179 la protagonista descubre que Adelita
era prostituta. "Dorotea era su nombre de guerra". Puestos
a usar frases hechas, dime, Rosa, ¿qué fue lo que
te impulsó a utilizar esta expresión de "nombre
de guerra", y no la otra igual de común de "nombre
artístico"?
El hecho de que Adelita fuera meretriz causa en la protagonista
"una sensación de envidia" en la página
181. "Y no es que yo le envidiara las citas con hombres
desconocidos" (se apresura a decir). Lo que la envidiaba era:
"que se movía como una anguila entre todos los laberintos
que conformaban su vida y, con toda certeza, sus sueños y
sus deseos que para ella serían tan ciertos como los atributos
que arrastraba desde la cuna". Bueno es dejar las cosas claras.
"¿Dónde estaba (se pregunta nada más desembocar
en la página 182) el motor que la empujaba y la llevaba
cada vez más lejos en una carrera imparable a la que no se
le veía el fin?" Si mal no entiendo lo que se pregunta
es qué habrá pasado con la mobilette.
Viene a partir de aquí y hasta la página 186 la
escena de una cita de la protagonista con un posible cliente de
Adelita: Ernesto. Aunque "no debía de llamarse Ernesto,
Ernesto era su nombre de guerra". Se encuentran en un bar y
la conversación que se sigue entre ellos es absolutamente
ridícula. Baste decir que ya a la segunda intervención
el hombre proclama: "quiero mucho a mi mujer, no crea, lo que
pasa es que un rato de distracción se agradece"; y sobre
decir que una de las preguntas de la protagonista es "para
quién prestaba Adelita sus servicios".
Al ejercicio de la prostitución por parte de su criada le
llama Rosa "menesteres extralaborales" (página
187)
Estas revelaciones, sin embargo, no dejan atrás el apasionante
asunto del robo de la sortija. Hasta la página 195
está la protagonista hablando con su abogado sobre ciertos
pormenores de la recuperación y analizando detalladamente
la actuación del joyero. Cuánta será la pesadez
que el mismo personaje del abogado le advierte a la mujer que es
un poco latosa. ¿La reacción de la protagonista? Agárrate,
lector, al asiento porque aquí va: "¿No estamos
(pregunta) en un liberalismo económico según el cual
lo más importante es la propiedad privada, precisamente?
Me está usted hablando como si estuviéramos en Cuba,
señor Prats". A esta brutal gilipollez y trabucada a
deshora le llama Rosa: "iniciar una discusión sobre
los valores de la civilización occidental que yo (la protagonista)
había puesto en entredicho". Pero tú, Rosa, ni
tus personajes, ¿qué coño vais a poner en entredicho,
salvo la lógica y el sentido común? ¿Tú
te crees, de verdad, que esta chorrada es reflexión?, ¿que
esto es agudeza?, ¿que esto es serio?
Lo que sigue ahora es catastrófico. Absolutamente catastrófico.
Mientras la novela era una simple memez sobre una señora
a la que roban una sortija y su criada puta la cosa movía
al pitorreo y, cuando las tonterías se sucedían demasiado,
al cabreo y la mesadura de cabellos. A partir de la página
196 la cosa es indignante. Porque, al hilo de esa observación
oligofrénica sobre Cuba y la propiedad privada que Rosa ha
llamado, sin pudor alguno, sin la más mínima vergüenza
"poner en entredicho los valores de la civilización
occidental", sigue un retrato político de la protagonista
que ya no sólo es que no venga a caso alguno, sino que está
hecho desde la más injustificable tontería, banalidad,
frivolidad y desfachatez. Y que es tanto más impresentable
cuanto, encima, Rosa lo quiere hacer pasar por el retrato político
de una generación. Absolutamente demencial. Hago constar
las siguientes frases para vergüenza de esta señora
licenciada en Filosofía y Letras: "la evolución
del país en la última década ya no me afectaba;
el cambio de partido en el gobierno, menos aún"; "la
transición había barrido de un plumazo la lucha contra
la dictadura"; "sí, yo también había
luchado cuando estaba en la universidad durante la dictadura franquista,
e incluso después, también fui a manifestaciones y
corrí ante la policía" (ante la policía
y, por lo visto, Rosa, también ante los maestros que pretendían
enseñarte algo); "ni sé siquiera por qué
precisamente nosotros, tan socialmente ácratas como habíamos
sido, fuimos al altar. Todo está confuso en mi mente".
Y así, con tan poca vergüenza novelística, emplea
la Regás cuatro páginas para darse, por boca de su
personaje, pote de luchadora, y rellenar el preceptivo expediente
filoizquierdista. Cualquiera pensaría, al leerla, que cumplir
este trámite es, hoy en día, obligatorio en un escritor.
Después de su confesión política, y ya puestos
a destrozar todo lo que sea coherencia narrativa, la Regás
dedica otras cuantas páginas a informarnos sobre la vida
profesional de su protagonista, como si en ello tuviéramos
algún interés. Porque, además, es una vida
aburrida por extenso (aunque muy chic, eso sí, que es lo
que a Rosa se nota que le priva). Es bióloga, o no sé
qué, y hace trabajos para el suplemento de salud de un periódico
(como Rosa para El País Semanal, o dondequiera que haya metido
la cabeza) y además estaba terminando "un libro que
me había pedido la misma editorial que había publicado
mi libro anterior, también de divulgación, también
sobre infecciones virales".
Otra característica de los novelistas hodiernos es que los
protagonistas de sus novelas son, casi sin excepción, escritores
como ellos, tan poca imaginación tienen para imaginar la
vida de otras personas. O tan pagados y envanecidos están
de sí mismos. A veces, en un último arranque de pudor,
los disfrazan y, en lugar de escritores, los presentan como directores
de cine o músicos; otros, por el contrario, como Marías,
salen sin el menor recato, con su propio nombre, a mostrarle al
mundo entero sus monerías. Pero, en todo caso, ellos mismos
son y sus pequeñas circunstancias. En el caso presente, la
Regás ha querido darle seriedad a su personaje y la ha hecho
igual que ella, claro, pero experta en infecciones virales. No se
le ocurría nada más rimbombante. De verdad, son tan
ridículos...
En la página 209 la protagonista confiesa: "No
estoy hecha para la fiesta, no estoy hecha para el ocio, no sé
qué hacer con él". Pues no se lo fastidies a
los demás, mujer.
No sé cómo calificar esto de la página 210.
Ya hemos visto las descripciones regasianas y lo atroces que pueden
llegar a ser. Pues imagínese el lector zarandeado y puñonrostro
cómo será la descripción de un sueño.
No hablo más, aquí se la transcribo: "un terrorífico
ensueño donde se mezclaban rostros dulces y cuerpos deformes,
gritos de policías y camionetas grises, ladrones bizcos de
rasgos conocidos y personajes de mi pasado convertidos en degenerados
y viciosos seres que se lamentaban gimiendo en su viscosa transformación,
me perseguían y me ultrajaban".
La protagonista cae en una depresión. Ya sabemos que, en
la vida real, muchas veces las depresiones sobrevienen de forma
repentina y a veces sin motivo, pero eso no significa que en la
literatura esté permitido entristecer a un personaje súbitamente,
sin causa ni razón. Y mucho menos para no ir a ninguna parte,
porque en esta novelucha la protagonista se deprime, está
durante varias páginas contándonos pesadillas como
la descrita y diciendo "que había perdido por completo
la fe en la legitimidad de mis (sus) emociones y sentimientos",
y luego ya en la página 215 se recupera y a otra cosa.
¿Para qué ha servido, literariamente hablando, ese
intervalo depresivo? Absolutamente para nada. O bueno, sí,
para asistir abochornados a cómo la Regás hacia vanos
esfuerzos por lucirse.
Página 216: Recuperada ya de su enfermedad y mientras
piensa "en la incongruencia de una casa de campo que, sin embargo,
exigía jardines británicos", ve llegar un coche
y dos personas bajan de él. "Eran evidentemente amigos
o conocidos o colegas". Pues menos mal que era una cosa evidente.
De todas maneras, Rosa, que ganas tontas de puntualizar y darle
vueltas a lo obvio: dos personas en un coche algo tienen que ser,
mujer, no te preocupes.
"Somos los dos representantes de las Máquinas de Coser
La Puntual". ¿Lo ves? Desvelado el gran enigma.
Como caídos del cielo, dichos dos representantes comienzan,
a partir de la página 219, a resolver todos los misterios
que se escondían a lo largo de la narración y que,
dada la impotencia narradora de la Regás, era imposible que
se hubieran solucionado por sí mismos, Se sientan, se sirven
un whisky y se ponen a largar, a resolver y a zanjar. Recurso más
barato y malo, sinceramente, no he visto nunca. De vez en cuando
se paran en el curso de las revelaciones (los tíos lo saben
absolutamente todo) para hacer una reflexión sobre algún
tema tangencial, con un marcado tono de presunción más
propio de contertulio del programa de Luís del Olmo que de
ser humano normal y representante. Así, en la página
222, ¡descubren! la corrupción policial. "Hay
toda clase de policías, claro, pero no tienes más
que leer los periódicos para enterarte de los chanchullos
que se llevan con los robos, con las joyas, con las mafias, sean
de tabaco, de drogas o de inmigrantes ¿No te parece raro
que sólo se detenga a los camioneros que entran marroquíes
y nunca, por ejemplo, a los que entran a gentes del este de Europa?
Y los que llegan por el aeropuerto, que son la mayoría y
todos organizados por mafias, ¿por qué pasan sin dificultad?..."
Razonamientos regasianos y espongiformes a micrófono abierto.
Siguen los dos representantes revelando cosas y bebiendo whisky.
Bebían, dice la Regás en la pag. 232, "al
estilo del oeste. Levantaban el vasito lleno, decían "yo
en tu lugar no lo haría, forastero" y se echaban el
whisky al gollete de una vez, con la cabeza hacia atrás".
Esta mujer es más pija, más moña, más
pánfila, más cursi, y tiene menos mundo que un boy-scout
con varicela.
Las revelaciones de los dos enterados van alcanzando su punto culminante.
Resulta que Adelita tenía montado un putiferio en casa de
la protagonista. Por lo visto, la mujer geométrica, aunque
ya hemos visto en la primera página que sufría de
"coincidencia de medidas entre la longitud y la anchura",
era muy apreciada en el tema sexual y podía, incluso, "ser
tan deseable como una mujer de una pintura de Rubens", dice
uno de los representantes en la página 238. Y a renglón
seguido la protagonista le pregunta: "Y tú, ¿cómo
sabes tanto de Rubens". Quien, como Rosa, considera "tanto"
saber que Rubens pintaba mujeres orondas es que anda con una culturita
muy de Trivial y, lo que es peor, la luce orgullosa.
Lo que sigue, en esta misma página, está dicho en
tono serio. Los representantes hablan de Adelita y de "lo mucho
que su cuerpo exaltaba al concejal de urbanismo".
El caso es que, entre whiskys y brindis tontos, los dos sabelotodos
van informando a la mujer de cómo, en su masía, durante
sus ausencias, se celebraban orgías y en ellas participaban
miembros de la ley. La protagonista, en cuanto oye esto (pag.
239), como buena progresista de pastel se escandaliza y a punto
es del desmayo. "¡Policías en mi cama!",
exclama ofendida. Y una vez recuperada del sofoco se hace esta serie
de preguntas de gran calado y trascendencia (pag. 241): "¿Estarían
desnudos ya? ¿Dónde se deja la pistola cuando uno
se desnuda? ¿Cómo en las películas del oeste?
Salen corriendo siempre abrochándose el cinturón de
la pistola. ¿Se llama cartuchera?" Hace falta ser muy
simple de mente, además de no tener el menor respeto por
los lectores, para escribir esto. Y hace falta ser muy cínico
o muy inepto para premiarlo, editarlo, ensalzarlo, y para, en general,
presentar a la gente esta patochada como un producto artístico.
Porque, en cuanto uno recapacita un poco, no puede por menos de
echarse a reír con la más despectiva risa que le permiten
sus ijares. Nos está contando Rosa que, en casa de la protagonista,
y aprovechando sus ausencias, se celebraban bacanales en las que
participaban policías, jueces, alcaldes y hasta miembros
de la Generalitat. "Traficantes o negociantes o políticos
(...) que se habían apropiado de mi casa para montar orgías
en sus horas libres". Pero, alma de cántaro, ¿de
verdad quieres hacernos creer que esa gente, podrida de dinero,
va a estar pendiente de cuándo una mujer deja su casa para
colarse en ella a hacer guarreridas, tal que si fueran los Albóndigas
en remojo o cualquier otra banda de adolescentes en celo? ¿Que
van a conchabarse con la criada para que ésta les avise si
su señora no está, para entonces entrar de rondón
a montarse una juerga? ¿Que van a tener a alguien vigilando,
no vaya a ser que acaso vuelva la dueña de la casa y les
sorprenda? ¿Que, siendo redes de prostitución y gente
de altas esferas, no van a poder alquilar una mansión donde
les salga del níspero y juntarse en ella tranquilamente cuando
les plazca, sin tener que estar pendientes de las idas y tornadas
de una pobre infeliz? Verdaderamente me sorprendes, Rosa. Nunca
te hubiera creído tan ingenua, tan cándida y tan infantil.
Página 242: "El sexo reinaba durante el día
y durante la noche, y yo entretanto en Madrid, trabajando".
Una razón más para luchar por la jornada de 35 horas.
¡Y la película que se ha montado esta pazguata con
lo de su casa como escenario de orgías! Dice en esta misma
página que formaba parte "de una trama de organizaciones
que engloba la orgía, el tráfico de drogas, el de
armas", y se pregunta si "no sería sólo
una entre las miles que se extienden por todo el país, por
la tierra entera". Tú sí que estás puesta
en el mundo, Rosa Regás.
Los representantes al fin (página 243), después
de haber desvelado esta soplapollez sobre la casa que la Regás,
en el colmo de la bobaliconería, nos quiere presentar como
una revelación impactante, se marchan un tanto soplados.
Entonces la protagonista toma una decisión a lo Escarlata
O´Hara: "Mañana compraré otro colchón".
Dos páginas para describirnos la resaca con que se levantó
al día siguiente.
Sigue dándole vueltas a lo de la casa y figurándose
las "actividades" que allí se ejercitaban, y que
"escondían robos, extorsiones, fraudes, sobornos, prostitución"
(página 251). Ah, triste país España,
en el que se premia con cien millones a esta bazofia y se proclama,
orgullosamente, que van para 230.000 los ejemplares vendidos. Triste
país en el que, lo más seguro, la mayoría de
esos 230.000 considerarán a la Regás como un dechado
de perspicacia, profundidad y agudeza.
Tres páginas para limpiar la casa, para hacer desaparecer
de ella (pag. 255) "los ocultos vestigios de los descalabros
que allí se habían cometido" Pero y dale con
los descalabros. A ver si es que también nos vas a desvelar
que en el mundo existe una red de descalabradores.
La revelación que se nos hace en la página 257
ya es el colmo de la memez y la mamarrachez. Resulta que, en su
momento, cuando le robaron la sortija y ella fue a comisaría,
la atendió un policía un tanto extraño. Ahora
vuelve y resulta que ese policía no está. ¿Explicación?
La banda de pillos aprovechó que la comisaría estaba
en obras para montar un decorado y embaucar a la protagonista. Pero,
en realidad, eran policías falsos. Patético.
Ante este nuevo descubrimiento la protagonista se sulfura y así
le dice al comisario verdadero: "le aseguro que investigaré
hasta la última célula toda esta corrupción
que me envuelve, que ha tenido lugar aquí (...), y que todos
los que están mezclados en éste, y otros asuntos,
serán descubiertos y denunciados". Ante esta furibunda
reacción al comisario "debió de despertársele
un sentimiento de compasión y simpatía por la víctima,
es decir, yo". ¡No, Regás! La víctima,
es decir, nosotros: los lectores, los indefensos timados que llevamos
aguantando toda esta sarta de sandeces durante 260 páginas,
y que ya estamos pensando en fundar una asociación de afectados.
Página 261: "Derrotada, vencida, humillada, me
juraba a mí misma en la profundidad de mi amargura que este
contubernio no quedaría impune. Entré en un café
que resultó ser una librería (¿?), me senté
a una mesa y pedí un gin-tonic". Una vez que se lo traen,
no antes ni mientras, se pone a reflexionar sobre los integrantes
de la red delictiva internacional que le han robado su sortija y
acostado en su cama, a quienes "tal vez en mi interior más
profundo, en el núcleo más oscuro de mi conciencia,
no sólo los consideraba culpables de todos los descalabros..."
Pero joder ya con los descalabros, Rosa, vas a hacer que pierda
mi natural flema.
En la página 267 la protagonista habla de "la
buena acogida de mis triviales libros". Pues si son triviales
los libros sobre infecciones víricas que escribe tu protagonista,
cómo habría de calificarse este garrafucio. Sorpresivamente,
es la misma Rosa, por boca de su protagonista, quien otra vez me
sugiere una calificación aproximada, cuando habla de "mi
insípida e insustancial canción". Y mema, y mal
escrita, y chapucera, habría que añadir para componer
siquiera un juicio generoso.
Página 274: La Regás, a veces, y no he logrado
establecer por qué, cambia la lógica y el orden de
la buena y vieja gramática castellana y se pone a hablar
al modo tarzanesco. En esta página dice: "Dolor físico
sentía en las sienes". Y cuando uno, ahora sí,
espera hallarse con un descalabro en buena ley que hiciera justicia
al lector, lo que encuentra es que ese dolor viene provocado porque
"lo que acababa de oír pugnaba por entrar en mi entendimiento,
que se resistía a abrirse y aceptar la noticia". Lástima.
Rosa no podía despedir el libro sin ofrecernos otro último
truco literario de lo más cutre (pag. 275), seguro
que con la esperanza (pobre) de que apreciemos su depurada técnica.
A la protagonista le llega el rumor de que Adelita ha muerto y va
a preguntarle a su madre (la de la criada). Entre ellas se produce
una conversación extraña, enigmática, misteriosa...
Al final lo que ocurre es que la anciana está gagá
y entonces viene una vecina y se lo explica mejor.
Adelita ha muerto, efectivamente, pero nadie sabe cómo con
exactitud. Y no es porque se trate de un gran enigma, sino más
bien porque, a estas alturas, todos los personajes de la novela
están ya completamente atolondrados, y sobre todo la protagonista,
que se imagina a Adelita colgada de la rama de una higuera (pag.
283). "La veo así porque necesito un final para
la historia".
Pero ella misma se extraña de que haya elegido la rama de
una higuera para ahorcarse, "siendo como es tan endeble y quebradiza
su madera. Ella (Adelita) tendría que saberlo, que es del
campo de Albacete y en el sur también habrá higueras".
Pues imagínate otra cosa, mujer. Imagínate que se
cuelga de un tamarindo, o que a la higuera le habían echado
mucho fertilizante, o que en su pueblo no hay higueras, o que es
del Valle del Roncal, o que... Joder, Rosa, como se nota que no
estás habituada a esto de imaginar, que tan extraño
te parece y a todo le pones pegas.
Finalmente, será el sargento de la Guardia Civil quien, en
la página 290, la saque de dudas. Adelita ha muerto
atropellada, pero no se sabe si ella con la moto embistió
al coche o el coche embistió a la moto. Como iba ocupando
todo el ancho de la calzada... "todo puede suponerse",
opina el sargento. Lo que está claro, siempre en opinión
del benemérito, es que "el conductor, y los ocupantes,
si es que lo había, se dieron a la fuga". Y si no los
había también, señor sargento, que es usted
un lince.
Y el último enigma que quedaba por resolver también,
de pronto, queda solucionado. Resulta que, cierta noche, el marido
de Adelita atacó a la protagonista con un cuchillo. ¿Por
qué hizo tal el hombre? En la página 291 se
nos da la explicación: porque tenía muchos cambios
de humor.
Y con esto y una escena ridícula de despedida en torno a
una pistola, y con una horrenda consideración final sólo
apta para lectores totalmente desprovistos de paladar, acaba esta
inmensa cenutriada, el quincuagésimo premio Planeta de los
cien millones, uno de los peores libros, sinceramente, que he leído
en mi vida. Su autora, Rosa Regás, el día que recibió
el premio, declaró que, con el dinero de él, iba a
dedicarse a llevar una vida reposada y a la contemplación
del mar. Es una decisión de la cual nos alegramos mucho y
a la que le animamos con todas nuestras fuerzas:
Rosa Regás, ¡vete a la playa!
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