TEATRO DE LOS MUERTOS
Por León Febres-Cordero
León Febres-Cordero (1954) realizó sus estudios universitarios en Caracas, Londres y Zürich. Sus obras de teatro El último minotauro, Clitemnestra, Mata que dios perdona, Olimpia, Nerón y Penteo han sido compiladas en NERÓN (Arteletra, Barcelona 2002) y PENTEO (Monte Ávila Editores, Caracas 2003). Es profesor de Teatro Clásico de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela. Desde 1989 reside en Barcelona, España.
El Último Minotauro, Clitemnestra, Mata que dios perdona, Olimpia, Nerón, Penteo, Helena: este es un teatro de arcaica novedad en el que el autor escribe para unos actores y los actores actúan no para un público sino para el hombre y la mujer que llevan dentro, para los muertos que llevan dentro y que cobran cuerpo sobre el escenario a través de la acción que el texto imprime en sus almas y al cual dan voz. Es, como dijo Eduardo Gil, un teatro de los muertos. Cuando el autor desaparece y aparece el actor entonces cobra vida el muerto y habla. La voz no es tan sólo la del actor: por encima de la suya, como en un armónico, surge la del muerto, la del hombre que él es y que es todos los hombres que han sido y todos los hombres que serán. Por ello es un teatro de arcaica novedad, porque lo novedoso en él es lo inmutable, lo ancestral, lo que se remonta a las fuentes más primigenias, a los prolegómenos de la representación, al alba del magno invento de los griegos, la tragedia, que es el invento, el instrumento, que le permite por primera vez al hombre caer en cuenta de que es un hombre y de que serlo implica dejar de serlo. Si el egipcio vivía para la muerte construyendo con sus manos la piramidal morada eterna en que aguardaría, impertérrito, la paciente descomposición del polvoriento universo, el griego moría para la vida construyendo con su palabra las gradas semicirculares que se elevaban ante el escenario donde el actor recibía muerte en vida, brindándole su agonía al atento y emocionado espectador. Desde muy temprano el griego sintió que la muerte no era "ese país por descubrir de cuyos confines ningún viajero retorna", sino un dios que esperaba a que el hombre lo evocase con los debidos ritos, para encarnarlo sobre el escenario, iniciándose en la distante proximidad de su visión. El Hades, casa del dios, es, a su vez, el dios, y Heráclito nos recuerda que Hades y Dionisos son uno y lo mismo. La transformadora experiencia de lo desconocido hizo entonces su casa en el teatro gracias al vivo hálito de la palabra griega. Toda palabra que se pronuncie en ese ámbito, como parte esencial del rito, es griega y tan griegos son sus oficiantes como sus ancestros. Teatro que se mueve entre dos tiempos: un antes acabado de hacer y un ahora milenario. El actor no se ha convertido aún en personaje de sí mismo, en celebridad, como ocurre a partir de Shakespeare cuando empieza el actor a desentenderse de los muertos. De los muertos que él representa y lleva dentro y buscan hablar a través de él. Y tiran de él hacia abajo, hacia el Hades que es también Dionisos, el dios que está loco, el dios de la tragedia, el dios que desmiembra, que parte en trozos para juntar luego los trozos de nuevo. Pero el hombre que sufre, padece y se inicia en este misterio de los destrozos que Dionisos procura con la tragedia, el actor, no volverá a ser más nunca el que fue pues ahora es otro, otro continuamente destrozado, otro que va perdiendo cada vez más su rostro hasta que adquiere el rostro de Nadie y el rostro de Todos. El rostro del muerto que ya es, de la sombra que lo habita y lo consume y que hace en él reconocible desde el primer hasta el último muerto que en el mundo ha ido dejándose el ser.
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