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Homenaje a Jaime Bellechasse
Un Don Quijote de la pintura
Por Ismael Lorenzo

Ismael Lorenzo, nació en Cuba y ha vivido en Estados Unidos por más de dos décadas en lugares tan diversos como New York, California, Louisiana y la Florida. En los años 80 dirigió en New York la revista Unveiling, con un grupo de jóvenes escritores.
Además de La Hostería del Tesoro, publicó otras dos novelas durante los años 80, Alicia en las mil y una camas y La Ciudad Maravillosa. InteliBooks ha publicado estas tres novelas de nuevo reunidas en un solo volumen.
Su última novela Matías Pérez entre los locos, fue publicada recientemente. En este año 2003 se publicará Matías Pérez regresa a casa. Hoy en día se le considera un precursor del "Dirty Realism" y la novela "Pop".
En 1985 recibió la medalla de plata de L'Academie des Arts, Science et Letters, de París, Francia.

Se parecía más bien a un Don Quijote sin barba (y sin caballo), alto y desgarbado y también un poco encorvado, Jaime Bellechasse siempre luchó contra fuerzas más grande que él, pero nunca se arredró. Lo conocí allá por el año '67, cuando eso Jaime se dedicaba a pintar Pop Art, preciso y excelente. Fue Rogelio Fabio quien me lo presentó, en unas peculiares tertulias literarias que se hacían en la noche en los muros del Hotel Nacional, o a veces, cuando había dinero, en la cafetería del hotel. Estas tertulias duraron hasta que una noche la policía efectuó una redada gigantesca en toda esa zona llamada La Rampa, y se llevó preso a todo los que por allí pupulaban, quienes eran considerados decadentes ideológicamente. Tuve la suerte de no estar esa noche, no así Bellechasse, que fue arrestado y lo mantuvieron preso por 11 meses sin juicio.
Todos éramos muy jóvenes, unos nos dedicábamos a escribir, otros a pintar, teníamos en común que no participábamos de la cultura oficialista dedicada al alabo. Rogelio Fabio, que para su suerte tampoco había caído preso en la redada, era un buen poeta y narrador también, habíamos servido junto en el servicio militar y por aquella época, aunque no visitábamos más el muro del Hotel Nacional, sin detener nuestros empeños literarios, nos dedicábamos con gran afán a tratar de escapar clandestinamente de la isla, ya fuera en balsa o escondidos en un barco que saliera del puerto o como pudiéramos. Nunca tuvimos éxito, aunque las intentonas fueron muchas. Unos años más tarde, el Dr. Banchi me contó que Rogelio Fabio, ya poeta loco, caminando con su pequeño hijo por la Avenida de los Presidentes, se desnudó en resonante protesta poética y prosiguió sin ropa su andar por la avenida, con el hijo de la mano. Se lo llevó al rato un coche de policía, envuelto en un capa. Y cuando el coche de policía ya se alejaba, el pequeño les recordó que volvieran para recoger la ropa de su papá tirada en la senda de peatones de la avenida.
En aquella improvisada y a la interperie peña literaria del muro del Hotel Nacional conocí, mientras duró, a otros escritores y artistas de mi generación, entre ellos un talentoso poeta, Delfín Pratt, que después se alcoholizó y su obra cayó en la nada. Fue Delfín quien luego me presentó a Reinaldo Arenas. Con Arenas hice amistad pronto, ya le acababan de censurar su Mundo alucinante, las memorias de un fraile en México tratando de escapar de la Inquisición, tema que no les gustó a los burócratas de la cultura oficial. Reinaldo y yo coincidíamos en la opinión del escritor como "agua fiestas", expresión que venía de Vargas Llosa y a quien mucho leíamos en esa época, creíamos en una literatura que tratara de explicar el horror circundante de una forma imaginativa y literaria y no por el realismo de alabanza. Por esos tiempos, a finales de los años '60, otros tenían demasiado miedo a escribir la verdad o quizás todavía enrroquecían sus gargantas gritando !Vivas! al máximo líder en la Plaza de la Revolución o delatando a quien no lo gritara. No fue hasta que cayó el muro de Berlín, que comenzaron a pensar que había que cambiar de bando.
Gracias a Arenas, quien tenía un amigo casado con una francesa que podía salir y entrar de la isla cuando quería, pude sacar primero los manuscritos de dos de mis novelas: Alicia en las mil y una cama y La ciudad maravillosa, allá por el año '70, y años más tarde me ayudó también a escabullir La Hostería del Tesoro. Las enviábamos a Severo Sarduy, en las Edition du Seuil, en Paris. Severo, sin conocerme personalmente, me guardó los manuscritos, los dos primeros por más de diez años, hasta que pude salir en 1980. Nunca llegué a conocer a Severo Sarduy en persona, estuvo en Nueva York en los '80, pero no conicidimos, después murió en Paris. Los manuscritos de mis novelas que me envió Severo, los recibí en New York en la dirección del loft de Bellechasse en el Soho, pues en aquellos primeros tiempos en New York rentaba yo una habitación en Queens y no era muy seguro recibir allí correspondencia.
Jaime había salido primero de la isla en el '79, como ex prisionero político en dirección a España, luego de tres o cuatro meses allá, había pasado a New York, en aquellos momentos centro de la pintura mundial. Años antes, Bellechasse había caído preso de nuevo como buen Don Quijote, por tirar unas simples proclamas antigubernamentales en un cine. Lo condenaron a seis años de prisión. Cuando en el año '79 el gobierno reabrió el permiso para emigrar, tuvo preferencia por haber sido prisionero político. Recuerdo que celebramos con gran alegría cuando un día fui a visitarlo y me enseñó su pasaporte con el permiso de salida. No podíamos imaginar que sólo le quedaban unos años de vida, pero estoy seguro que nunca se hubiera arrepentido. Habíamos pasado toda nuestra juventud tratando de escapar del horrendo paraíso.

Un poco antes, creo que fue por el año '77, me había reencontrado con el Dr. Banchi, que en realidad no era doctor ni nada por el estilo, otro de los participantes de aquellas tertulias a la interperie en el muro del Hotel Nacional. El Dr. Banchi era un magnífico narrador, pero abandonó la ficción para dedicarse al periodismo. El Dr. Banchi disfrutaba al mentir sin sonrojos. Me cuentan que una vez en la revista en la que trabajaba como reportero, afirmaba tranquilo que había sido corresponsal en los juicios de Nuremberg, como era calvo, bajito y de espejuelos gruesos, y parecía más viejo de lo que era, hubo quienes se lo creyeron. En una reunión del consejo de redacción, el subdirector lo propuso como reportero para una asignación especial, basándose en la experiencia del doctor como corresponsal de guerra en el juicio de Nuremberg. Hubo una risotada general, la mayoría sabía que Banchi no había ni siquiera nacido en esa época.
A finales de los años de '70, el gobierno, necesitando los dólares de la comunidad en el exilio, permitió las visitas de la comunidad en el exterior, a la que ya no se les llamaba "gusanos" y reabrió los permisos de salida de la isla. Para mí, como para Bellechasse, Arenas y otros amigos, la esperanza de escapar de la isla volvió. En esa época a menudo visitaba al Dr. Banchi en su casa, como era el responsable de vigilancia del Comité de Defensa de la cuadra, me sentía tranquilo allí. En aquellas visitas reíamos cuando le leía fragmentos de La Hostería del Tesoro, que yo escribía en ese entonces, donde allá en Tombstone, en el viejo oeste, había un Dr. Banchi especialista en ginecología y proctología. Hablábamos también de literatura, el doctor era un admirador y especialista de la obra de Lezama Lima, a quien conocía personalmente. Lezama era un poeta a quien por su fama el gobierno toleraba, a pesar del poco calor revolucionario en su poesía. Otra de las aficiones del Dr. Banchi, además de leer poesía, era invitar jovencitas adictas al lesbo, que era activamente perseguido en la isla, y prestarles una habitación para su desahogo sexual. Me decía que cuando escuchaba el silencio después de la acción, daba un toque rápido en la puerta de la habitación y entraba con una bandeja llena de refrigerios, que brindaba a las desnudas participantes. En las reuniones del Comité de Defensa, siempre pronunciaba enérgicos discursos contra la depravación moral del capitalismo. Cosa curiosa, aunque siempre se rió del régimen, el Dr. Banchi nunca abandonó la isla.

También en esos años finales del '70, visitaba yo a cada rato a Reinaldo Arenas en el Hotel Monserrate, un depauperado edificio que la policía consideraba "zona de peligrosidad" sólo porque la pobre gente que vivía allí ejercitaba con gran éxito el mercado negro para sobrevivir. Reinaldo había conseguido allí una habitación no sé cómo, después de haber salido de la prisión. Recuerdo la primera vez que lo ví luego del año que estuvo preso, me lo encontré por casualidad en una parada de buses en La Rampa, estaba flaco y encorvado, con una afección pulmonar por la humedad de las celdas del viejo Castillo del Morro, en aquella época aún funcionando como prisión. Me dijo que la tía, una feroz comunista, lo había expulsado de la buhardilla de arriba del garaje donde vivía y se estaba alojando en casa de un conocido seudoescritor, quien seguro que lo había recibido en su casa por órdenes de la Seguridad del Estado, pues era demasiado oportunista y cobarde para ayudar a nadie en desgracia. Arenas me expresó su preocupación por no poder escribir nada comprometedor y la inquietud de sentirse vigilado en todo momento. Por esto, para Reinaldo, fue una gran felicidad cuando consiguió la habitación del Hotel Monserrate. Siempre tuvo una gran habilidad para salir de situaciones difíciles. Más tarde le construyó a la habitación, rompiendo una ventana, una terraza con la madera sacada clandestinamente del convento de Santa Clara, como cuenta en sus memorias Antes que anochezca.
Antes de caer preso, Arenas tenía una inmensa cantidad de amigos que produce el éxito, era ya un escritor famoso publicado no sólo en español, sino también en francés, inglés y otros idiomas. Cuando cayó en prisión todos se espantaron y le huyeron. El trató antes de escapar por la Base Naval de Guantánamo, Arenas era un excelente nadador y se había entrenado por años para esta eventualidad. Recuerdo que en ese tiempo, una tarde tocó en mi casa a pedirme alojamiento por una noche, pues yo vivía cerca de la estación de trenes, en la mañana Arenas se proponía coger uno hacia Guantánamo para tratar de escapar cruzando la bahía, según me explicó. Ya cuando eso estaba viviendo a escondidas en el parque Lenin y la policía lo buscaba por todas partes. Mi esposa le preparó la cama del perro, en realidad era de mi hermana, que se había ido para Miami años antes, pero mi perro Pierre se había adueñado de ella. Estaba un poco rota y la sábana que puso mi esposa tampoco estaba en buenas condiciones ni creo que muy limpia, pero al menos pudo dormir. Pierre tuvo que acostarse en la sala.
Tres o cuatro días después Arenas estaba de vuelta y me contó que no había logrado su intento de llegar a la base, había perdido unos bonitos zapatos y los que llevaba ahora estaban todo desbaratados. Arenas relata los detalles en sus memorias. Estuvo un rato en mi casa, donde le brindé un poco de té casi sin azúcar, pues estaba racionada, puesto que no tenía refrescos y mucho menos comida, hablamos de su fallido intento y después se fue. No me dijo nunca que estaba viviendo en el parque Lenín, unos días más tarde la Seguridad del Estado lo capturó.
Creo que Reinaldo siempre me agradeció esa ayuda de cuando estaba perseguido, pues de mi persona y de las hermanas Bronte (los Abreu) que también lo ayudaron en aquellos momentos, fue de los único que no habló mal en Antes que anochezca. Como Arenas no tenía teléfono ni tampoco yo, me lo habían quitado cuando mis padres habían abandonado la isla, la única forma de mantener contacto era personalmente. Aunque sospechaba que algo andaba mal, porque no había ido más por mi casa, donde él iba a cada rato a escuchar en mi viejo tocadiscos, las lecciones de un curso de francés que le habían enviado de Paris, no me enteré que estaba preso hasta que unos meses después me encontré con Tomasito La Goyesca en la Biblioteca Nacional. Cuando le pregunté por Arenas, Tomasito empalideció y con gran sigilo, mientras caminábamos por los pasillos de la biblioteca, casi no me susurró que Arenas estaba en prisión.

Fue en 1980 que ocurrió el asilo de 11.000 personas en la embajada del Perú, nadie esperaba eso, ni el gobierno ni los que llevábamos años tratando de salir de la isla. Esto condujo al éxodo del Mariel por el que salieron 120,000 personas hacia la Florida y la apertura de otras vías para emigrar. En la confusión reinante, algún celoso policía decidió que el homosexual que vivía sin trabajar en la habitación del Hotel Monserrate, era una escoria conveniente para mandarlo hacia el Norte. Así se les fue Reinaldo Arenas, cuando se dieron cuenta era muy tarde. En esa misma confusión salí un poco después yo también, dejé atrás a mi hijo y su madre que salieron unos meses más tarde hacía España. Ya en Miami, meses después me encontré de nuevo brevemente con Reinaldo en una reunión literaria, apenas pudimos hablar, todo el mundo lo rodeaba, el éxito de nuevo le había traído amigos, luego me fui para New York.
Llevaba ya más de año y medio en New York, y excepto mi contacto con Bellechasse y los manuscritos de mis tres novelas que me había ya mandado Severo Sarduy desde París, estaba desconectado del mundo literario. Una noche, cuando me dirigía en el subway a una cita con una boricua en el upper Manhattan, en una parada, al abrirse las puertas monta alguien con un grueso abrigo que me pareció conocido y se sienta en el asiento transversal del frente. Me quedé mirándolo un momento dudoso y reconocí entonces a Arenas, habíamos todos engordado un poco. Allí nos pusimos a hablar hasta que llegó la estación en la que tenía yo que bajar. Reinaldo me invitó a una reunión en el apartamento de Giulio Blanc, donde se iba a preparar una edición especial de Noticias de Arte, que publicaba el enérgico Florencio García Cisnero, sobre los escritores llegados alrededor del éxodo del Mariel. Meses más tarde, Arenas me conectó con un librero que tenía una pequeña editorial y que me publicaría La Hostería del Tesoro, a mediados de 1982.
La portada llevaba un dibujo de Jaime Bellechasse, que lo había hecho de una idea mía que transplantó fielmente. Era su autoretrato vestido de cowboy, con unas baratijas en las manos y en el medio de un rodeo. Su retrato se debía a que Bellechasse aparecía en la novela. A finales de 1977, luego de él haber salido de la prisión, una tarde iba yo caminando por la calle Monte en La Habana, cuando en una esquina veo a una figura alta y desgarbada vendiendo baratijas furtivamente y mirando para todos los lados, esperando que en cualquier momento la policía interrumpiera su negocio. Al irme acercando, reconocí sorprendido a Bellechasse. Para mí, en ese momento, encontrarme allí a Jaime vendiendo baratijas, fue como un espejo de mi propia situación sin esperanza y condenado a vivir en un lugar que aborrecía. Apenas tuve el ánimo de hablar unas breves palabras con él, y seguí caminando hacia mi casa con un terrible desaliento. En esos momento me encontraba escribiendo La Hostería del Tesoro, que no podía imaginar cuando se publicaría, si se publicaba algún día, y más que nada, si lograría sacarla de la isla a pesar de la vigilancia de la Seguridad del Estado. Meses más tarde esta imagen de Bellechasse vendiendo baratijas la incluí en las páginas finales de La Hostería… Ahora en el 2002 se hizo una nueva edición cuidadosamente revisada de la Hostería del Tesoro, junto con mis dos novelas anteriores de esa época, Alicia en las mil y una cama y La ciudad maravillosa, quise poner de nuevo la portada diseñada por Jaime, pero mi editor se inclinó por algo nuevo. Sin embargo, en mi mente siempre veré La Hostería… con ese diseño de Bellechasse, vestido de cowboy y con baratijas en las manos.

A finales de 1982, con ayuda de Bellechasse, siempre dispuesto con sus poco dinero y fuerzas a cualquier lucha, organizé la revista "Unveiling", también ayudado por Alberto Guigou, el atildado Gu, un excelente novelista y dramaturgo, Peter Bloch, un crítico y escritor de gran prestigio en New York y que había sentido en carne propia el nazismo totalitario y el profesor Heriberto Dixon, que fue una ayuda invaluable. Otras revistas literarias de mi generación estaban creándose también en ese momento. Roberto Madrigal y Manolito Ballagas en Cincinnatti comenzaron a publicar la revista "Término" y unos meses más tarde Reinaldo y otros comenzaron a publicar la revista "Mariel" en Miami, y también se inició "El Gato Tuerto" de Carlota Caulfield en San Francisco. De pronto la literatura oficialista de la isla se veía contrarrestada por la multiplicidad de escritores cubanos jóvenes y hasta ahora inéditos por la censura oficial. En el amplio loft de Jaime en el Soho, lleno de sus pinturas, muchas veces nos reunimos para planear las nuevas ediciones de "Unveiling". Como Jaime no conseguía un trabajo decente en New York, en el documental de Néstor Almendros Conducta impropia aparece Bellechasse vendiendo helados en una helada esquina de Manhattan, decidió finalmente irse para Miami, lo acompañaba su amante, un rubiecito anglo que en palabras de Reinaldo Arenas "no valía más de cinco dólares", y que era bastante promiscuo y fue quien posiblemente le transmitió el Sida. Un poco más tarde, en 1986, dejé la editorial donde trabajaba y me fui como profesor para California, por varios años perdí el contacto con Jaime. En una visita de vacaciones a Miami en el '89, mientras almorzaba en casa de Manolito Ballagas, le pregunté por Jaime y Manolito me informó que había muerto. No lo esperaba, sentí pesar por no haberlo sabido antes, por no haber hablado por tantos años con él y por su obra desperdigada en revistas y sus pinturas en quién sabe dónde y porque un buen amigo se encuentra raramente.
Un año después, en una fría mañana de diciembre en California, recibí una llamada de Ballagas avisándome que Reinaldo Arenas se había suicidado. Creo que no por casualidad era un 7 de diciembre, fecha que los cubanos recordamos la caída en combate del general Antonio Maceo, un infatigable héroe de las guerras de independencias. De Arenas siempre respetaré su concepto del escritor, él hubiera podido acomodarse con la dictadura, que le hubiera perdonado entonces su homosexualidad, pero no lo hizo. Pudo más tarde moderar su voz para agradar a los politically correct liberales norteamericanos que admiraban al dictador, y que habían comenzado ya a cerrarle el paso en las universidades y editioriales anglo, tampoco lo hizo. Arenas era un general de la literatura que sólo la muerte podía detener.

La obra pictórica de Jaime Bellechasse de principios de los '80, al llegar a New York es la que más me gusta, tenía una brillantez y fuerza única. Los años siguientes, con las vicisitudes diarias su pintura se oscureció, pero siguió manteniendo su fuerza interior. Pero como paradoja, sus cuentos, aunque él nunca pretendió ser escritor, sobresalen del promedio, algunos se pueden considerar entre lo mejor de la literatura cubana. Son cuentos que se recuerdan siempre. Un ejemplo es "Mira, Justo", el relato de un joven en prisión a la espera de ser fusilado y que aún era virgen. Por todas sus muchas implicaciones es un tema muy difícil de tratar sin perder el tono natural y auténtico, pero Bellechasse lo logró. Jaime murió joven, no logró que su pintura fuera reconocida, pero logró salir de la isla y que sus cuentos, al menos los que no se han perdido, continúen publicándose a través del mundo y cumpliendo la función que tienen la literatura y el arte, entrener y enseñar. Para ese Don Quijote desgarbado y flaco, pluma y pincel en ristre, creo que es suficiente.

MIRA, JUSTO de Jaime Bellechasse

-Mira, Justo, yo soy un delincuente, tengo dos muertos en mi haber, tú lo sabes. Los maté porque eran dos hijos de puta… y tres conmigo que soy otro hijo de puta más, no lo voy a negar ahora. Tengo echao cuarenta y cinco años de cárcel y sé que no los voy a cumplir y, ¡qué carajo!, no cojo barretín con eso. En un final la cárcel se ha hecho pa los hombres. Yo no soy nada bueno, pero ya ves como me he portado contigo en estas semanas que llevamos aquí guardados... porque de los hombres de a verdá soy amigo y para mí, tú eres un hombre de a verdá.
-Pachulí, tú sabes que…
-No me interrumpas, déjame terminar lo que te voy a decir. Yo soy un delincuente, un asesino, como tú quieras llamarlo ahora, eso no me importa, eso sí, yo soy por encima de todo un hombre y conmigo puedes hablar de lo que sea. A lo mejor tú preferirías convivir aquí con un político como tú, pero el caso es que estamos solos…
-No, Pachulí, de verdad que no me importa. Tú por una cosa y yo por la otra, hemos venido a parar al mismo sitio. Sé que tú eres la última persona con quien voy a poder hablar…
-Pero, cómo ¿Por qué tú repites tanto eso? No vuelvas con lo mismo, a lo mejor no te pasa na. Ya llevas comiendo harina una pila de tiempo, tú eres joven, te pueden dar un chance.
-No, no me parece. Yo sé que más tarde o más temprano me van a fusilar. Estoy condenado y esta gente me van a fusilar de todos modos. Estoy consciente de eso. No quiero hacerme la idea de que me la van a conmutar. Sería peor. Lo que quiero es estar preparado, ¿me entiendes? Poder caminar bien hasta el lugar ese, estar serio o no muy serio, pero, ¿tú me entiendes? Caminar derecho, que no tengan que llevarme arrastrado, que no me dé por salir corriendo.
-Bueno, Justo, yo creo que tú has pasao momentos duros, te has visto la muerte cerca varias veces, por lo que me has contao. ¿Por qué no ibas a tener valor ahora?
-Sí, claro, pero no es lo mismo.
-¿Por qué no es lo mismo? Yo, siendo tú, cuando esté ahí les grito todo lo que tenga adentro, si me van a matar igual, pero ¡coño! ¿Para qué tengo que estarte hablando estas cosas? Tú verás que te la conmutan. Yo tengo ese presentimiento, algo que me lo dice.
-Vamos, Pachulí, no me hables así. ¿Qué te pasa? Yo no quiero que me hagan como a esos enfermos de cáncer que hasta el último día la familia se lo está ocultando. Prefiero esto: "Sí, te van a fusilar, tienes que ponerte duro y al carajo". Eso es lo que quiero que tú me digas.
-¿Eso es lo que quieres que yo te diga? La verda es que tú tienes cojones, más de lo que me imaginé cuando te ví por primera vez con esa carita de infelizote. Yo ya tuve que pasar un mal rato del diablo, porque te voy a decir que se muy bien lo que es eso del afusilamiento. Lo afusilan a uno y no pasa na, es como tomarse un vaso de agua. Vaya, no quiero decir que eso… sea como tomarse un vaso de agua, no. Hay que ser macho para pararse ahí alante del pelotón y saber que lo van a tronar a uno y que… uno nunca sabe con esta gente. A lo mejor te ven así y quieren darte un susto. Sí, a veces ellos te llevan hasta el paredón para darte un susto… ¿Tú no crees?
-Sí, a lo mejor, pero ¿qué me ibas a contar?
-Te iba a decir que yo tuve un amigo con quien practicamente me crié junto, en el mismo barrio. Se llamaba Fonte. Lo afusilaron hace como dos años en La Cabaña. Tremendo pingú que era el Fonte. Cuando crecimos, ya ves, yo me puse a robar y a quitárselos a los giles por ahí, nunca me interesó la política. No te vayas a ofender, pero pa mí la política es pa los bobos, porque los de abajo son siempre los que se joden y los de arriba al final se dan la lengua. Lo mío era tener cuatro pesos en el bolsillo para tomar mucho ron y mantener una pila de mujeres. Fonte, como tú, cojió otro camino. Yo respeto eso. Se jodió mucho trabajando y estudiando para médico en la Universidad. Después se metió a conspirar contra Batista. No le gustaba el mulato porque era un ladrón, pero tampoco le gustó el blanco porque decía que era más ladrón todavía. Na, que se puso a tirarle tiros a este también, hasta que lo atrabancaron y le dieron palito. Le metieron plomo que lo dejaron como un colador, el pobre. ¡Pa su madre!¡Y cómo suenan las descargas esas! Fonte, carajo, de a verdá que se fue revirao siempre contra esa gente. Me acuerdo del último día que lo ví. Yo no sabía ni que decirle, si consolarlo, si sonreírle; en esos momentos de la vida y con un hombre así uno no puede caer en ciertas cosas, ¿tú sabe? Lo traían del calabozo pa la enfermería y venía cojeando de la tranca que le habían dao. El me miró que parecía un muerto, tenía la muerte en la cara, por mi madre que la tenía en la cara. Uno sabe de mirar a una persona cuando la tiene cerca. Parece juego, pero es cierto, hay cosas tan grandes… yo le puse una mano en el hombro por sonreírle, pero el corazón me latía que parecía un fuelle y no sé si él se dio cuenta de que me temblaban las manos también. Lo único que le pude decir fue: "Coño, Fonte, te van a fusilar". Mira tú que disparate, decirle eso a alguien en ese momento y con una sonrisa en los labios… ¿eso mismo pensaste tú ahora, eh?
-No, Pachulí, no pensé nada. Sigue el cuento, anda.
-Pues, fíjate tú como son las cosas que ahora a tí y a mí nos parece extraño aquello, pero fue como lo más normal del mundo. Fonte me entendió bien porque me apretó una mano y me dijo: "Háblale tú a Isabelita y entrégale mis pertenencias". Parecía un viejito cuando se lo llevaron, encorvaíto, como un esqueletico rumbero. El sargento Felo estaba en los fosos el día que lo afusilaron, lo pudo ver todo y me lo contó. ¿Tú conoces al sargento Felo? El flaco achinao de mi galera.
-Sí, sé quien es. Lo conozco de vista.
-El es comunista, pero, bueno, nunca ha tenido líos con ustedes; él fue reeducador en mi galera y te aseguro que es buena gente. Me contó que Fonte se paró allí en el patio como si con él no fuera la cosa y cuando ya le fueron a tirar se cagó en la madre de los guardias y les decía: "¡Disparen asesinos! ¡Abajo Fidel!".
-¿Gritó así? ¿Y el guardia te lo contó?
-Sí, claro que me lo dijo muy particularmente porque sabía que Fonte era amigo mío. Fíjate que me dejó ir a la visita de los políticos para que hablara con la mujer de Fonte. Eso fue duro para mí, cuando tuve que entregarle las pertenencias. Esta gente son tan hijos de puta que ni la familia sabía ya lo habían afusilado. La mujer se enteró el mismo día que vino a la visita, cuando ya el marido llevaba rato bajo tierra. Si tú ves como lloraba. Se me agarró a la camisa y ahí estuvo apretada contra mí, que se le quería salir el corazón por la boca de lo tanto que lloró. Yo, imagínate, le pasaba la mano por el pelo y la consolaba como podía y ella na más que me preguntaba: "¿Y qué te dijo, Pachulí, qué te dijo? ¿Te dijo algo para mí?". Tuve que inventarle que él les pedía que tuvieron conformidá, ni me acuerdo to lo que dije y ella otra vez con lo mismo: "Y qué más, Pachulí, dime qué más te dijo?". Así estuvimos un rato hasta que le entregué las pertenencias que no eran más que dos fotografías de ella, un bolígrafo americano muy bonito y una cuchara. Cuando le hice entrega de to se puso a llorar de nuevo. ¡Ay, hermano! ¡Qué sollozos más grandes le salían! Y que por mucho que trataba no los podía contener. Le salían de tan adentro. Nunca he visto cosa igual. Bueno, al fin se agotaron los quince minutos que le habían concedido para verme y los guardias me llevaron otra vez para la galera. Ella me quiso dejar la jabita con comida que le traía a Fonte, pero, ¡qué va! Yo no se la quise aceptar de ninguna forma. Tú sabes bien el hambre que se pasa aquí y lo que sostiene una jaba con azúcar y galletas, pero, ¿quién coño tiene estómago para comerse la comida de uno que han afusilado hace tres días? Habría que ser muy animal, muy caballo para hacerlo…si yo me como eso me reviento… ¿A qué te pasa que te has quedado tan pensativo?
-Es que yo quisiera ser tan distinto o no sé, ya no me importa para lo que me queda, no vale la pena pensar demasiado, pero si al menos, en ese momento que yo digo ahora que eso es sólo un momento, pero en el fondo sé que aunque sea una hora, un minuto, me va a parecer un siglo. Si pudiera… yo quisiera tanto que… no tener miedo, poder estar serio, que no me tiemble nada, es que, mira, nada más de hablar de eso ya estoy temblando. Si pudiera ser como el de esa historia, aun si nadie me ve. Aunque siempre se sabe. ¿No crees, Pachulí, que siempre alguien lo cuenta, eh, la forma en que uno muere?
-Claro, ¿no te acabo de contar lo de Fonte? Alguien siempre lo cuenta, hasta los mismos que lo afusilan a uno. Si eres pendejo lo cuentan y se ríen después.
-Sí, eso es muy importante… ahí es cuando dicen si uno fue hombre o no, es el momento en que uno prueba que tiene cojones, lo demás yo creo que no cuenta tanto, quiero decir si los tuvo antes. Uno no puede hacer papelazos, ¿no? Yo he oído tantas historias de gentes que han gritado: "¡Viva Cuba libre!", que yo quisiera gritar también, que me oigan los compañeros de la galera; pero pienso que si la voz no me sale bien o si grito como una mujer. ¿Qué tú crees, Pachulí, te parece que estoy hablando mierda o que estoy quemado ya de tanto pensar?
-No, hombre, no. Yo lo único que creo es que a ti te sobran. Estoy seguro de eso…aunque no te afusilen.
-A mí me contaron de Ricardito Olmedo, de como lo fusilaron, de que Fidel personalmente fue a verlo y le propuso que si hacia declaraciones de arrepentimiento por televisión y exhortaba a los que estaban en la clandestinidad a que abandonaran la lucha, él le perdonaba la vida. ¿Y tú sabes que le contestó Ricardito?: "Oyeme, Fidel, yo no soy artista de televisión, que te sigan combatiendo y poniendo bombas". Lo tenían que fusilar de todas formas. Así quiero ser yo y… no es que tenga miedo de morirme, no, te lo juro, no es eso, uno se muere y ya no siente ni padece o quien sabe. Eso no me preocupa. Es lo que ya te dije antes. Perdona que te joda tanto con lo mismo, pero tú me has brindado tanto afecto así de pronto, casi sin conocerme y que esto quiero decirlo, desahogarme…
-Cierto, lo comprendo, habla, habla, desembucha lo que quieras que yo imagino lo que te pasa.
-Hay otra cuestión que he pensado mucho en esto días y no quiero dejar de consultártela o, mejor dicho, contártela… porque tú tienes más edad que yo… bastante más y yo soy muy joven. Siempre he estado en esto, me refiero a la lucha. A mi hermano mayor lo mataron el día que nos cogieron. Pensábamos alzarnos en el Escambray, porque ya estábamos demasiado quemados aquí en La Habana. Para no hacerte larga la historia: nos chivateó alguien y se aparecieron estos esbirros en el apartamento donde nos escondíamos. Así ha sido mi juventud, pensando en un futuro y ya ves… el caso es que, no es que no haya querido, pero me era difícil, lo dejaba para más adelante, cuando hubiera tiempo… eso de acostarme con una mujer. Nunca lo he hecho.
-No jodas.
-Claro que no soy un santo, algo he hecho, pero lo que es acostarme, lo que se llama acostarme con una mujer, no, no completamente, tú me entiendes, lo demás sí. Aunque no muchas veces tampoco, dos o tres. Eso fue con una amiga, una compañera de lucha un poco mayor que yo. Nos gustábamos, pero al principio nunca hablábamos del asunto. Ella era enfermera. La primera vez que pasó fue en ocasión de permanecer en un apartamento varios días, la cosa estaba muy mala y esperábamos un enlace; estuvimos completamente solos varias horas y después llegaron otros compañeros y en ese intervalo fue que hicimos algo. Me costó un poco de trabajo empezar. No se me ponía como era debido. ¿Pero eso le pasa a cualquiera, no? Era la primera vez. La segunda fue mucho mejor, pero no llegamos tampoco a lo principal. Tal vez algunos meses antes cuando la cosa no estaba tan mala, hubiéramos podido ir a algún sitio solos. Me hubiera gustado vivir con ella y tal vez casarnos cuando esto acabara; sin embargo, todo se jodió. ¿Qué tú crees de esto, Pachulí? Ahora tú eres el único que lo sabes… tú ves que no ha sido culpa mía.
-Claro que no , compadre. Eso pasa cuando uno anda metido en esta vorágine desde tan joven. Se han dado viente casos como el tuyo, pero no te acomplejes por eso, ya tendrás tiempo. Lo importante es que, por lo menos, algo hiciste.
-Dice tú que tendré tiempo… ¡Mierda!

* * *

Todavía seguíamos juntos en la celda la noche en que vinieron a buscarlo. Yo no sé que pensaba él. Había pasado tantas semanas esperando que, quizá, creyó que se la iban a conmutar. Ya ni hablaba de eso, na más que hacía cuentos de cuando era niño, del colegio, de las noviecitas. Parece ser que había llegado a la conformidá o había perdido el miedo. Uno hay veces que se agota de eso y lo que le pasa es que tira las cosas a mierda. O quien sabe si se ilusionó y en su mente tenía la esperanza de que no lo afusilaran y creía que si lo comentaba se malograría esa oportunidad. Así se pasó los últimos días y a mí me dejó descansar tranquilo, porque la verdá es que me tenía ya medio loco con su barretín. Hay gente así que habla y habla de lo mismo que lo vuelven a uno loco… aunque no le quito la razón para estar así, el pobre. No hacía más que unas horas que se estaba riendo conmigo de un chiste que le hice… ¡Coñooo! ¡Cómo sonó el cerrojo de la puerta aquella de buenas a primeras! Los pelos del cogote se me erizaron. Antes de que lo nombraran ya sabía yo a que venían. "¡Justo Pedroso Vives!" "Correctamente vestido". Yo ni me moví de la litera. El me miró como sorprendido de la llamada, como si esperara que yo le diese una explicación. Se quedó tieso hasta que el guardia lo agitó y entonces se puso a recoger las pocas cosas que tenía y a ponerse el uniforme. Yo pensé: "¿Qué hago, madre mía? Si le pongo la mano en el hombro va a ser igual que con Fonte y se va a dar cuenta de que yo sé que es de verdá que ya esta noche lo van a afusilar". Me quedé acostado, mirándolo como se abrochaba nervioso las botas, como se abrochaba el pantalón, apurándose y demorándose al mismo tiempo. ¡Qué se yo! El guardia lo volvió a agitar y entonces el cogió aire, parece que para que la voz le saliera gruesa, y me dijo: "Adiós, Pachulí, ya tú ves, me van a fusilar y no he conocido lo que es la vida". No le contesté nada. ¿Qué le iba a contestar? ¿Qué puñetera cosa que le dijera podía consolarlo entonces? Lo único que le hice fue un gesto con el puño apretado, como si le dijera: "Fuerza, compadre". Y él asintió varias veces con la cabeza, sonriendo tristemente. Después, cuando se fue y cerraron la puerta, no sé qué le pasó, pero mientras se lo llevaban escoltado, empezó a cantar muy alto esa vieja canción mejicana: "De piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera, la mujer que a mí me quiera, ha de quererme de veras, ay, ay, ay…………."

Cuento inédito de Jaime Bellchasse cedido por la revista Mariel

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