Antonio Buero Vallejo
y el compromiso político
Francisco José Peña Rodríguez
Francisco José Peña Rodríguez nació en Tobarra (Albacete) en 1977. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, ha sido profesor de Lengua Española en Dartmouth College (EE.UU.). En la actualidad ultima su tesina titulada La guerra civil como tema en la novela actual al tiempo que realiza investigaciones sobre la guerra civil de 1936. Ha publicado, además, el cuento El pícaro, en una antología de cuentos de la UAM (2002).
Por las siempre recurrentes excusas temporales, en las universidades nunca se explica, salvo honrosas excepciones, el teatro actual con la amplitud y perspectiva necesaria para que nuestros filólogos estén al tanto, cuando menos, de la evolución del género y su implicación en la sociedad.
Antonio Buero Vallejo (1916-2000) ha sido, sin lugar a dudas, el autor por excelencia en España durante la segunda mitad del siglo XX junto a Enrique Jardiel Poncela y José Luis Alonso de Santos. Republicano confeso, soldado del Ejército Popular y condenado a muerte durante el régimen de Franco, tras el merecido premio por Historia de una escalera (1949) y su representación inmediata en el Teatro Español, su figura y su importancia en la dramaturgia de nuestro país no puede pasar desapercibida ni minimizada a la hora de enfocarla en eso que llamamos Historia de la Literatura.
La famosa polémica con Alfonso Sastre, otro grande de nuestro teatro, ha significado que el tiempo se haya puesto de parte de Buero. La militancia de ambos en posiciones políticas próximas al comunismo y a la República significaba, una vez consolidado el régimen a partir de 1952, que su magisterio intelectual sirviera como lucha contra la dictadura. Sastre prefería trabajar desde el exterior, mientras que la forma soterrada de implicación política del autor de En la ardiente oscuridad supuso para muchos españoles aficionarse al teatro, y en él, encontrar algo diferente a "lo oficial", no ya en la escena, sino en el lenguaje, en los gestos, en el drama de aquellos personajes que a luz vista eran derrotados de la guerra que se había vivido entre 1936 y 1939. Al público español, al exilio interior, que lo hubo y ahora se está empezando a valorar, al intelectual falangista valga la licencia porque algunos existieron aquellas historias les sonaban raro, pero las reconocían porque las podían sentir como propias. A aquella España difícilmente podían llegar las historias de Alfonso Sastre, pero sí las de Buero Vallejo, y ese fue su logro y también su compromiso.
La Ley de Prensa de Fraga de 1966 permitió que en 1967 se representara El Tragaluz, un drama diferente; la historia de unos republicanos, de unos vencidos; una seudopolítica que venía muy bien en unos años en que la mentalidad, como la economía, empezaba a cambiar: los hijos de quienes, como Buero, habían perdido la guerra accedían a la Universidad, leían cada vez mayor número de publicaciones periódicas (como señala el profesor Álvaro Soto) o llegaban clandestinamente a las publicaciones extranjeras de autores prohibidos por cualesquiera causas que tuvieran relación con la militancia política, y, claro está, que entendían el teatro de nuestro autor, bien aquello que podía ser subjetivo o bien lo explícito.
En plena década de 1990 se representó de nuevo en un teatro madrileño, con memorable papel de Mercedes Rodríguez, esposa del autor, pero al final el dramaturgo, con aire de viejo hidalgo quijotesco, salió a saludar, a indicación de aquella, cosechó el mayor y más elegante aplauso de la tarde, y éramos estudiantes la mayoría, de expedición al teatro, más pendientes de otros aspectos de la velada que del saludo; a pesar de la edad nos pusimos en pie y durante algo así como cinco minutos estuvimos ovacionando a quien, alumnos de COU, habíamos leído y entendido como uno de los grandes de la posguerra.
La última de las obras representadas de Antonio Buero Vallejo, Misión al pueblo desierto (1999) supone un experimento no bien entendido plenamente por la crítica ni por parte del público. Los profesores Virtudes Serrano y Mariano de Paco, de la Universidad de Murcia, realizaron una edición crítica de la historia en el mismo 1999. Comparto casi íntegramente lo que allí se expone, pero creo que hay una lectura bastante más profunda sobre Manuel Azaña, el presidente de la II República durante la guerra y el intelectual por excelencia de aquella generación de republicanos de izquierdas que la dirigió. La terrible obsesión de Azaña por salvar los cuadros del Prado es la misma que atenaza a Lola y Damián. Es el reconocimiento de un intelectual al compromiso cultural del bando en el que luchó en las trincheras. En ambas obras Buero fustiga las injusticias y las pone de manifiesto, y así el público puede entender, leer entre líneas y posicionarse.
"La miseria de los hombres y de la sociedad debe ser enjuiciada críticamente; la grandeza humana que a veces brilla en medio de esa miseria también debe ser mostrada. Considerar nuestros males es preparar bienes en el futuro; escribir obras de intención trágica es votar porque, un día, no haya más tragedias". Esa es la lección de Antonio Buero Vallejo.
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