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El teatro actual en Argentina
Por Clara Mengolini

A fines de los años ochenta, el cuadro cultural, social y político se tornó día a día más oscuro en Argentina y esto tenía su correlato institucional: el acceso al poder de Carlos Menem, la venta lisa y llana del país, la entrega de nuestro patrimonio, el aumento indiscriminado de la pobreza, la desindustrialización, los negociados, la corrupción. Un panorama desalentador, al cual el campo cultural no pudo permanecer ajeno y en el que la relación entre teatristas y Estado se deterioró más y más.
Todo se precipitó a fines de 2001. Después de un año lleno de presagios fácilmente detectables que se concretaron en realidades tenebrosas. La temporada teatral 2001 finalizó abruptamente a partir de los hechos del 19 y 20 de diciembre, que terminaron con la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, quien en los dos años de su desafortunada gestión no hizo más que profundizar la distancia ya mencionada que había establecido el gobierno de Menem entre teatristas y Estado.
La grave crisis de los últimos años derribó proyectos y funciones teatrales que sufrieron el clima de creciente disgregación.
En una entrevista, el reconocido actor y director teatral Ricardo Bartís, reflexionó acerca del teatro independiente y el teatro actual. El siguiente artículo es el resultado de la intensa charla mantenida con Bartís, polémico personaje del teatro argentino.
En el momento de aparición del teatro independiente, la idea de independencia habrá tenido que ver con la necesidad de supervivencia: cómo hacer para poder producir y hacer singular el objeto fuera del circuito comercial. Esa es una de las herencias que dejó el teatro independiente, lo referente al desarrollo de lugares y grupos alternativos, de un sistema de producción cooperativo, de agrupamientos por fuera de la regla comercial o del teatro oficial. Pero también habría que pensar que aquel teatro independiente no pudo triunfar. Finalmente, sus cuadros terminaron ocupando lugares oficiales o manteniendo relaciones confusas con el estado, y eso es parte de una relación política.
Esta es una época muy dinámica, en el sentido de que todo valor está arrasado, todo lo heredado está en cuestión y ello produce mucha confusión. Se produce una colisión con lo propio, porque el cambio no es desde ahora en adelante, es hacia todos lados y altera todo, entonces hay que rehacerse y replantearse qué procedimientos utilizar y de qué manera hacerlo. También es una época peligrosa, porque aparecen fascinaciones, uno puede caer en la creencia de estar inventando algo muy singular que a lo mejor existe desde hace años y está difuminado en nuestra memoria. En ese sentido, la actuación no cambia mucho, puede haber cambios a nivel de lo que sería la temporalidad, el uso del espacio, pero la actuación en el teatro occidental siempre es más o menos igual.
Un fenómeno peculiar, propio de esta época, es la existencia de un teatro sumamente valorizado en Europa y casi desconocido aquí. Es decir, hay un grupo de gente que está produciendo, casi exclusivamente, para el exterior. Las expectativas de producción, del dinero, del prestigio, o lo que fuere, están puestas en el exterior más que acá y eso tiene que ver con la precarización absoluta del trabajo en Argentina desde hace años. Y en el teatro que siempre fue precario y es una forma de producción muy débil, se hace eco.
La realidad se tornó tan intensa, tan teatral y tan dinámica que superó la ficción. La calles, la gente y las protestas, los cuerpos tan activos en el sufrimiento o en el intento heroico de la conquista de algo. Ello también obliga a una singularidad en la creación y a la síntesis de algunas de esas fuerzas tan poderosas, para no quedar en una especie de ingenuidad de colegio secundario privado, porque ¿ qué teatro político podría tener el dinamismo de las agrupaciones de piqueteros o de las asambleas barriales con miles de personas discutiendo y levantando la mano para emitir su opinión o su disgusto? ¿Qué obra de Shakespeare podría dar cuenta de los niveles de perversión del poder, de la capacidad de daño que tiene el hombre, más que cualquier reunión de nuestro gabinete político desde hace unos veinte o quince años?
Entonces, hoy la cuestión central es ¿cómo puede el teatro hablar de lo propio, discutir de lo propio y sin ser coyuntural, trabajar en contacto con esas fuerzas que están operando en lo social y en la subjetividad?
A pesar de todo, el campo teatral siguió y sigue presentando estrenos desde la pobreza, con actores profesionales trabajando en cooperativa, pero con un fervor creciente.
A pesar de todo, las salas en la ciudad de Buenos Aires se siguen llenando y tanto el público extranjero como el local, aún tienen la libertad y la posibilidad de elegir entre musicales impecables como "El violinista en el tejado" o seguir apreciando la vigencia del realismo poético, como "El zoo de cristal". Textos dramáticos, posmodernos, puestas no ortodoxas, comerciales, infantiles, óperas, danzas o reestrenos grotescos, todo vale y sigue en pie, a pesar del olvido estatal.

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