El
aumento del número de biografías en el mercado deviene
en esa relación que se crea siempre que aparece la palabra
mercado, no sabemos qué fue antes, si el huevo o la gallina,
si la oferta creó el gusto o este fue creado por ella. Pero
además del salto cuantitativo se ha dado en este género
un salto cualitativo; las actuales biografías tienen una estructura
y una ambición que rebasa la labor testimonial y se aproxima
a la novela. Los biografiados nada han tenido que ver con el fárrago,
los enmarañamientos y las confusiones de una vida normal. Gozan
de una coherencia vital y psicológica que pertenece a los personajes
en que se han convertido.
Cabe preguntarse si algo justifica este perfeccionamiento más
allá de razones de índole estética. La respuesta
quizá se encuentra en el cambio de significado que el autor
ha tenido respecto a su obra a partir del siglo XX. Los discursos
han perdido la autonomía, lo dicho necesita una unidad y
un origen de significaciones, un foco de coherencia y lo encuentra
en el autor: al autor se le pide que articule el sentido oculto
de su obra y este ha de hacerlo con su vida personal, con sus experiencias,
con la historia real que las vio nacer. Gilles,
una de las novelas de Pierre Drieu de la Rochelle
es un buen ejemplo de la fecundidad que en ocasiones logra la simbiosis
entre vida y obra.
Pierre Drieu de la Rochelle nació
en París en 1889 y logró suicidarse en 1945 librándose
así de una segura condena a muerte por su colaboración
con el régimen nazi. En la fecha de su suicidio se consideraba
políticamente estalinista.
Pergreñar el resumen de su vida enumerando unos poco hechos
implica convertirlo en una caricatura: sabemos por la pluma de Pierre
Drieu que de niño mató a una gallina, sintió
un desmedido amor por su madre que pronto se desvanecería,
penso en el suicidio y desarrollo hacia su padre sentimientos alternativos
de amor y odio.
Ya a los ocho años comenzaron a acompañarle dos fijaciones
que nunca le abandonaron: el sentimiento de inferioridad y el miedo
hacia los demás. Contra esas dos obsesiones mantuvo una lucha
en la que utilizó diferentes armas: la fascinación
por la fuerza y el éxito fueron los impulsos con los que
intento compensar con más frecuencia la fuerza que le faltaba;
Así habló Zarathustra
el libro en que encontró la gran justificación ya
a los quince años.
Pero este precoz Nietzschiano no tuvo nunca una vocación
filosófica, aunque ese hubiera sido el camino más
adecuado para calmar sus desazones, sino política. En 1910
se matriculó en Ciencias Políticas y Derecho. Como
pertenecía a una familia de la alta burguesía cuya
situación económica no siempre coincidió con
la social sus relaciones en la universidad agravaron la obsesión
de ser rechazado. Proyectó la culpa del rechazo en su padre,
cuyas veleidades en los negocios y turbulencias en las relaciones
con las mujeres sirvieron, al joven Drieu, para cimentar el fantasma
que congregaría sus fijaciones. Años más tarde
escribió a Victoria Ocampo: "Durante
años he odiado la noción de pecado original porque
me evocaba demasiado mi vida ante mi padre". Y había
algo premonitorio o condicionador en ese temor al parecido, pues
una de las constantes en su vida fueron sus continuas y turbulentas
relaciones con las mujeres. Extrapoló al campo ideológico
las intensidades que su padre dedico a los negocios.
En 1914 se alistó voluntariamente en el ejercito huyendo
de la sensación de vergüenza en que le sumió
el fracaso en las oposiciones; huye también de la judía
rica con la que mantiene relaciones de noviazgo desde el año
anterior, unas relaciones que le sirven como catalizador de todos
sus conflictos. "Los dos seres que puedo pasarme la vida intentando
conocer son la mujer y el judío".
Merece la pena observar con detenimientos las reacciones de Pierre
ante la guerra: descubre en el campo de batalla una nueva dimensión
de sí mismo, la que le proporciona el valor, y que interpreta
en términos cercanos al misticismo, encuentra también
una posibilidad de canalizar a través de ese valor otra de
sus obsesiones, el suicidio. Comienza a escribir y lo hace sobre
la necesidad espiritual de la guerra. Interrogation,
su primer libro de poemas, será el resultado. Cuando vuelve
definitivamente del frente nos encontramos con un Pierre que ya
tiene asentadas obsesiones y dudas definitivas. Casado con Colette
Jeramec, la rica judía de la que huía, se introduce
en el círculo de las relaciones de ésta. Entre otros
esta Gastón Gallimard que sería
su eterno editor y cuya editorial salvó años después,
durante la segunda guerra mundial, y quién publicará
su libro.
Participa en la redacción del manifiesto surrealista y,
pese a las diferencias políticas que mantiene con el grupo,
su postura no impide que Louis Aragón
sea el más íntimo de los amigos que tuvo. Quizá
el grueso de sus posturas ideológicas después de su
ruptura con éste tengan su figura como una motivación
más rotunda que cualquier idea. Sea como sea, interrogados
los surrealistas sobre la importancia de las ideologías en
su manifiesto la respuesta de Drieu fue "No se mezclan géneros,
no se mezcla la poesía con la política, no hay más
elevada actividad que la actividad desinteresada del espíritu".
Rompe con los surrealistas en 1921, poco después de la redacción
del manifiesto dadaísta, aunque la atracción por el
grupo le perseguirá por lo que ve en él de llamada
de los intelectuales para comprometerse, para salir de las generalidades
y practicar la acción moral.
El resto de su vida es ante todo la obsesión por su obra;
Drieu es uno de esos escritores que sueñan su vida y a continuación
se esfuerzan por convertir en realidad ese sueño. Alterna
la creación literaria y la infatigable colaboración
en revistas y periódicos con la publicación de ensayos
entre los que cabe destacar L´Europe
contre les patries, un libro interesante no sólo por
que se trata de un precoz llamamiento a la unión europea
sino por que además parte de la pluma de un fervoroso nacionalista
y un acérrimo patriota. La publicación de cada una
de sus novelas le sume en profundas crisis en las que reaparece
el Drieu inseguro y destructivo. No le consuela saberse uno de los
intelectuales requeridos por los altos círculos de la época,
ni siquiera las felicitaciones personales de gentes como Thomas
Mann, Lacan, Raymond
Russel o Benjamín Croce.
Durante los años que separan la ruptura con los surrealistas
y la afiliación al nazismo nos encontramos con un personaje
que repite miméticamente cada gesto: en sus relaciones sentimentales
con las mujeres, continuos infiernos en los que nunca encuentra
la serenidad que busca; en los cambios de residencia en que convierte
sus viajes, que prolonga creyendo haber encontrado por fin el paraíso
y que siempre le devuelven a París.
En 1932 viaja a Argentina dónde da un ciclo de conferencias
organizado por su íntima amiga Victoria Ocampo. Allí
conoce a Borges, con quién automáticamente
establece estrechos vínculos y allí expone en algunas
conferencias su simétrica admiración por el fascismo
y el comunismo aunque concluye diciendo "que sería si
fascistas y comunistas, enfrentado unos a otros por el mismo ideal
atroz, nos triturasen a todos en su delirante abrazo"¿Es
este el planteamiento propio de quién aspira a plantear la
duda en todos los órdenes? ¿Es solo la arbitrariedad
propia de quién ofrece como explicación que Gilles
es "un libro de estados anímicos" a un amigo judío
ofendido su antisemitismo?
Pero el viaje decisivo de su vida es otro, es el viaje que hace
a Alemania durante la celebración del sexto congreso nazi,
el que lleva al Pierre Drieu de La Rochelle romántico a la
catarsis a partir de la cual deduce, con un discurso justificatorio,
su nazismo, tal vez su sueño de poder.
Aunque si ese sueño de poder existió fue el más
agrio y el más frustrado; pese a las relaciones que mantuvo
con los mandatarios gubernamentales durante la invasión nunca
fueron sus servicios utilizados para tareas de responsabilidad.
Sólo sirvió de máscara para mantener la apariencia
de normalidad como director de la revista NRF Lo que se esperaba
de él, paradójicamente, era que utilizase su prestigio
para conseguir las colaboraciones literarias de sus amigos del otro
lado Gide, Malraux,
e incluso las del comunista que fue su obsesión perpetua:
Louis Aragón. Logró, eso
si, salvar a algunos de sus amigos comunistas y judíos con
lo poco que valía su influencia.
Se suicido en 1945, en casa de Colette Jeramec.
El continuo vaivén entre la certeza y la duda es el tic-tac
que pone en marcha el motor creativo. Cuando la duda alcanza su
grado máximo diluye al individuo. Cuando la certeza tiene
que compensar esa disolución se hace totalitaria. El individuo
queda entonces aprisionado en una lucha de titanes. Este es quizá
uno de los posibles resúmenes de esta biografía. Sus
ingredientes son comunes: una concepción demasiado teórica
de lo humano que se proyecta en lo político, la lucha de
lo amoroso que no logra conjugarse con la férrea individualidad
o el sueño de una justicia artística que impregnase
todos los ordenes.
Todos estos factores están presentes en el deslumbramiento
que logró el teatro de apariencias del nazismo, cuyos estudiados
elementos estéticos cumplieron con la función de obnubilar
a quienes partían de ideologías inicialmente tan inocuas
como el romanticismo o el culto al cuerpo.
Resulta recomendable leer la obra de este autor contradictorio, peculiar,
es un autoanálisis caleidoscopio suficientemente matizado como
para hacernos avezar la mirada ante los toboganes ideológicos
y anti-ideológicos, o para rechazar inútiles maniqueísmo
que subvaloran inteligencias como las de Junger,
Heidegger o Benn
sin adivinar la urdimbre más profunda y acechante que sus figuras
nos muestran. |