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Resulta recomendable leer la obra de este autor contradictorio, peculiar, es un autoanálisis caleidoscopio suficientemente matizado como para hacernos avezar la mirada ante los toboganes ideológicos y anti-ideológicos, o para rechazar inútiles maniqueísmo que subvaloran inteligencias como las de Junger, Heidegger o Benn sin adivinar la urdimbre más profunda y acechante que sus figuras nos muestran.
La RochelleEl aumento del número de biografías en el mercado deviene en esa relación que se crea siempre que aparece la palabra mercado, no sabemos qué fue antes, si el huevo o la gallina, si la oferta creó el gusto o este fue creado por ella. Pero además del salto cuantitativo se ha dado en este género un salto cualitativo; las actuales biografías tienen una estructura y una ambición que rebasa la labor testimonial y se aproxima a la novela. Los biografiados nada han tenido que ver con el fárrago, los enmarañamientos y las confusiones de una vida normal. Gozan de una coherencia vital y psicológica que pertenece a los personajes en que se han convertido.

Cabe preguntarse si algo justifica este perfeccionamiento más allá de razones de índole estética. La respuesta quizá se encuentra en el cambio de significado que el autor ha tenido respecto a su obra a partir del siglo XX. Los discursos han perdido la autonomía, lo dicho necesita una unidad y un origen de significaciones, un foco de coherencia y lo encuentra en el autor: al autor se le pide que articule el sentido oculto de su obra y este ha de hacerlo con su vida personal, con sus experiencias, con la historia real que las vio nacer. Gilles, una de las novelas de Pierre Drieu de la Rochelle es un buen ejemplo de la fecundidad que en ocasiones logra la simbiosis entre vida y obra.

Pierre Drieu de la Rochelle nació en París en 1889 y logró suicidarse en 1945 librándose así de una segura condena a muerte por su colaboración con el régimen nazi. En la fecha de su suicidio se consideraba políticamente estalinista.

Pergreñar el resumen de su vida enumerando unos poco hechos implica convertirlo en una caricatura: sabemos por la pluma de Pierre Drieu que de niño mató a una gallina, sintió un desmedido amor por su madre que pronto se desvanecería, penso en el suicidio y desarrollo hacia su padre sentimientos alternativos de amor y odio.

Ya a los ocho años comenzaron a acompañarle dos fijaciones que nunca le abandonaron: el sentimiento de inferioridad y el miedo hacia los demás. Contra esas dos obsesiones mantuvo una lucha en la que utilizó diferentes armas: la fascinación por la fuerza y el éxito fueron los impulsos con los que intento compensar con más frecuencia la fuerza que le faltaba; Así habló Zarathustra el libro en que encontró la gran justificación ya a los quince años.

Pero este precoz Nietzschiano no tuvo nunca una vocación filosófica, aunque ese hubiera sido el camino más adecuado para calmar sus desazones, sino política. En 1910
se matriculó en Ciencias Políticas y Derecho. Como pertenecía a una familia de la alta burguesía cuya situación económica no siempre coincidió con la social sus relaciones en la universidad agravaron la obsesión de ser rechazado. Proyectó la culpa del rechazo en su padre, cuyas veleidades en los negocios y turbulencias en las relaciones con las mujeres sirvieron, al joven Drieu, para cimentar el fantasma que congregaría sus fijaciones. Años más tarde escribió a Victoria Ocampo: "Durante años he odiado la noción de pecado original porque me evocaba demasiado mi vida ante mi padre". Y había algo premonitorio o condicionador en ese temor al parecido, pues una de las constantes en su vida fueron sus continuas y turbulentas relaciones con las mujeres. Extrapoló al campo ideológico las intensidades que su padre dedico a los negocios.

En 1914 se alistó voluntariamente en el ejercito huyendo de la sensación de vergüenza en que le sumió el fracaso en las oposiciones; huye también de la judía rica con la que mantiene relaciones de noviazgo desde el año anterior, unas relaciones que le sirven como catalizador de todos sus conflictos. "Los dos seres que puedo pasarme la vida intentando conocer son la mujer y el judío".

Merece la pena observar con detenimientos las reacciones de Pierre ante la guerra: descubre en el campo de batalla una nueva dimensión de sí mismo, la que le proporciona el valor, y que interpreta en términos cercanos al misticismo, encuentra también una posibilidad de canalizar a través de ese valor otra de sus obsesiones, el suicidio. Comienza a escribir y lo hace sobre la necesidad espiritual de la guerra. Interrogation, su primer libro de poemas, será el resultado. Cuando vuelve definitivamente del frente nos encontramos con un Pierre que ya tiene asentadas obsesiones y dudas definitivas. Casado con Colette Jeramec, la rica judía de la que huía, se introduce en el círculo de las relaciones de ésta. Entre otros esta Gastón Gallimard que sería su eterno editor y cuya editorial salvó años después, durante la segunda guerra mundial, y quién publicará su libro.

Participa en la redacción del manifiesto surrealista y, pese a las diferencias políticas que mantiene con el grupo, su postura no impide que Louis Aragón sea el más íntimo de los amigos que tuvo. Quizá el grueso de sus posturas ideológicas después de su ruptura con éste tengan su figura como una motivación más rotunda que cualquier idea. Sea como sea, interrogados los surrealistas sobre la importancia de las ideologías en su manifiesto la respuesta de Drieu fue "No se mezclan géneros, no se mezcla la poesía con la política, no hay más elevada actividad que la actividad desinteresada del espíritu".

Rompe con los surrealistas en 1921, poco después de la redacción del manifiesto dadaísta, aunque la atracción por el grupo le perseguirá por lo que ve en él de llamada de los intelectuales para comprometerse, para salir de las generalidades y practicar la acción moral.

El resto de su vida es ante todo la obsesión por su obra; Drieu es uno de esos escritores que sueñan su vida y a continuación se esfuerzan por convertir en realidad ese sueño. Alterna la creación literaria y la infatigable colaboración en revistas y periódicos con la publicación de ensayos entre los que cabe destacar L´Europe contre les patries, un libro interesante no sólo por que se trata de un precoz llamamiento a la unión europea sino por que además parte de la pluma de un fervoroso nacionalista y un acérrimo patriota. La publicación de cada una de sus novelas le sume en profundas crisis en las que reaparece el Drieu inseguro y destructivo. No le consuela saberse uno de los intelectuales requeridos por los altos círculos de la época, ni siquiera las felicitaciones personales de gentes como Thomas Mann, Lacan, Raymond Russel o Benjamín Croce.

Durante los años que separan la ruptura con los surrealistas y la afiliación al nazismo nos encontramos con un personaje que repite miméticamente cada gesto: en sus relaciones sentimentales con las mujeres, continuos infiernos en los que nunca encuentra la serenidad que busca; en los cambios de residencia en que convierte sus viajes, que prolonga creyendo haber encontrado por fin el paraíso y que siempre le devuelven a París.

En 1932 viaja a Argentina dónde da un ciclo de conferencias organizado por su íntima amiga Victoria Ocampo. Allí conoce a Borges, con quién automáticamente establece estrechos vínculos y allí expone en algunas conferencias su simétrica admiración por el fascismo y el comunismo aunque concluye diciendo "que sería si fascistas y comunistas, enfrentado unos a otros por el mismo ideal atroz, nos triturasen a todos en su delirante abrazo"¿Es este el planteamiento propio de quién aspira a plantear la duda en todos los órdenes? ¿Es solo la arbitrariedad propia de quién ofrece como explicación que Gilles es "un libro de estados anímicos" a un amigo judío ofendido su antisemitismo?

Pero el viaje decisivo de su vida es otro, es el viaje que hace a Alemania durante la celebración del sexto congreso nazi, el que lleva al Pierre Drieu de La Rochelle romántico a la catarsis a partir de la cual deduce, con un discurso justificatorio, su nazismo, tal vez su sueño de poder.
Aunque si ese sueño de poder existió fue el más agrio y el más frustrado; pese a las relaciones que mantuvo con los mandatarios gubernamentales durante la invasión nunca fueron sus servicios utilizados para tareas de responsabilidad. Sólo sirvió de máscara para mantener la apariencia de normalidad como director de la revista NRF Lo que se esperaba de él, paradójicamente, era que utilizase su prestigio para conseguir las colaboraciones literarias de sus amigos del otro lado Gide, Malraux, e incluso las del comunista que fue su obsesión perpetua: Louis Aragón. Logró, eso si, salvar a algunos de sus amigos comunistas y judíos con lo poco que valía su influencia.

Se suicido en 1945, en casa de Colette Jeramec.

El continuo vaivén entre la certeza y la duda es el tic-tac que pone en marcha el motor creativo. Cuando la duda alcanza su grado máximo diluye al individuo. Cuando la certeza tiene que compensar esa disolución se hace totalitaria. El individuo queda entonces aprisionado en una lucha de titanes. Este es quizá uno de los posibles resúmenes de esta biografía. Sus ingredientes son comunes: una concepción demasiado teórica de lo humano que se proyecta en lo político, la lucha de lo amoroso que no logra conjugarse con la férrea individualidad o el sueño de una justicia artística que impregnase todos los ordenes.

Todos estos factores están presentes en el deslumbramiento que logró el teatro de apariencias del nazismo, cuyos estudiados elementos estéticos cumplieron con la función de obnubilar a quienes partían de ideologías inicialmente tan inocuas como el romanticismo o el culto al cuerpo.

Resulta recomendable leer la obra de este autor contradictorio, peculiar, es un autoanálisis caleidoscopio suficientemente matizado como para hacernos avezar la mirada ante los toboganes ideológicos y anti-ideológicos, o para rechazar inútiles maniqueísmo que subvaloran inteligencias como las de Junger, Heidegger o Benn sin adivinar la urdimbre más profunda y acechante que sus figuras nos muestran.
Marta Sanuy
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