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Escritores
que anticiparon su muerteMiguel Baquero Suicidas, de la editorial Opera Prima, es un libro coral donde se reúnen cuentos y fragmentos de la obra de veinticinco escritores que, por diversos motivos, un día decidieron acabar con su vida. Desde Hemingway a Virginia Woolf, pasando por Silvia Plath, Mishima, Jack London, Quiroga y otros tantos escritores de fama universal, junto con algunos autores no tan conocidos, en Suicidas se suceden veinticinco cuentos donde, de un modo u otro, se anticipa, se prevé, se presiente la trágica decisión que estos autores tomaron. Son relatos que giran en torno a la muerta voluntaria, a veces anunciándola de forma directa, como en el caso (impresionante) del suizo Henry Roorda, del que se reproduce el último texto a manera de despedida del mundo que escribió antes de su muerte; o como en el caso del japonés Mishima, en que el autor imagina con toda morosidad y lujo de detalles el modo de morir (el seppuku, o evisceración ritual, es decir, el arrojarse sobre la punta de una espada) que él mismo adoptaría en lo que, como se reseña en el libro, fue "uno de los suicidios más espectaculares de la historia de la literatura". En otros casos, son los protagonistas de los relatos quienes deciden morir por su propia mano, o provocar su muerte, como en el cuento sencillamente inmenso del prodigioso Jack London, un autor que de modo maravilloso acierta a impregnar de magia, alegría y energía vital incluso el último momento, el de la muerte. En estos cuentos, los protagonistas afrontan con decisión y valor, con un cierto tinte heroico, lo que tal vez para sus autores era ya un pensamiento difuso o una vaga obsesión, aunque, como bien indica Benjamín Prado en el prólogo al libro: "la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir la espita del gas o volcarse en la palma de la mano los barbitúricos". Y aunque, como también dice en su cuento el norteamericano Ambrose Bierce, no es lo mismo pensar en morir que decidirse a hacerlo, como se muestra en el impresionante cuento de este autor con que se abre la antología, y en donde un prisionero decidido a morir y sereno y calmado ante su fin se desquicia, se aferra a la vida, se vuelve loco cuando su ejecución se adelanta apenas unas horas. En otros cuentos de Suicidas, el tema de la muerte (sea por propia mano, sea de otro modo) no se contempla de modo tan directo; en su lugar, el relato está dominado por la derrota, la tristeza, la depresión o la irracionalidad sin salida que poco a poco se van apoderando de la existencia, hasta hacerla insufrible. Así, el famoso poeta galés Dylan Thomas, ahogado por propia voluntad en alcohol, somníferos y morfina, traza en Después de la feria uno de los relatos más profundamente tristes y melancólicamente bellos que uno ha tenido ocasión de leer. Y así también la norteamericana Silvia Plath dibuja en Supermán y el traje nuevo para la nieve de Paula Brown una de esas profundas, irreparables injusticias con que la vida sacude a los seres humanos, una de tantas pequeñas pero abisales infamias, como fue el diagnóstico tremendamente injusto de enfermedad mental que llevó a esta autora, con apenas treinta años, a encerrarse en una habitación y abrir la llave del gas. En no pocos de estos cuentos el tema de la muerte, y en concreto del suicidio, está tratado con un marcado tono humorístico, desenfadado, como en el caso de los franceses Maupassant y Rigaut, que nos hablan, muy en la línea anglosajona de selectos y excéntricos clubs de homicidas, de agencias o sociedades de suicidas con unas curiosas cláusulas de funcionamiento e inscripción. Humor hay también en las reflexiones que muchos autores, por boca de sus protagonistas, hacen ante la inminencia de la muerte, como en el caso del cuento, ya citado, de Ambrose Bierce, cuyo protagonista, un prisionero a punto de ser fusilado, desgrana perlas de este grosor al ver al general tomando las últimas disposiciones: "¿Y cómo podría saber yo eso? (cuando el general le amonesta por el desparpajo con que se toma el asunto de su ejecución, y le advierte que la muerte es un asunto muy serio). No he estado muerto en toda mi vida. Tengo oído que la muerte es un asunto serio, pero nunca me lo ha dicho nadie que la haya experimentado en su propia carne"; y un poco más adelante: "Debe de haber observado, mi general, que de entre todos los muertos con los que su vocación militar ha cubierto el camino de su vida, ninguno ha mostrado signos de arrepentimiento". Joyas como este cuento de Bierce, el de Jack London, el de Mishima, y otras tantas alhajas abundan a lo largo de esta magnífica antología, uno de cuyos riesgos y dificultades fundamentales radicaba, sin duda, en la elección de autores y cuentos, muy acertada por lo general, aunque a veces hay autores algo traídos por los pelos y relatos francamente desafortunados en medio del alto nivel general. Es el caso del cuento La viuda y el loro, de Virginia Woolf, donde se demuestra que, como suele decirse, hasta el mejor escribano echa un borrón, o el mejor esquiador da un patinazo; o es el caso también del cuento de Malcom Lowry Habitación de hotel en Chartres, lastrado por una infame traducción. Pero es también Suicidas una oportunidad para el descubrimiento y para la revelación, como la del escritor argentino Luis Criscuolo, desconocido al menos para este crítico, cuyo cuento El espejo, con que se cierra esta antología, es un retrato de la decadencia desbordante de vigor, energía, vitalidad y dinamismo, algo que no puede dejar de conmovernos profundamente en un escritor que puso por su propia voluntad fin a su vida. |