A partir de la desaparición de José
Agustín Goytisolo, empecé a darle vueltas a
las razones del suicidio, y se me sumó hace unos meses otra
muerte voluntaria, la de uno de los poetas instigadores de la Poesía
de la Experiencia, un granadino del que todavía no quiero
acordarme, porque me dura pudor.
Investigando y releyendo en mi biblioteca -donde reina la poesía
sobre todas las cosas-, he encontrado a un montón de poetas
tocados por la valentía de decidir su propia desaparición.
Hoy me pide el cuerpo hablarles de algunos de ellos, poetas que
han sentido su poesía como realidad tangible, poetas para
los que "todo ha sido posible, salvo su vida" (E.
M. Ciorán).
Los primeros ejemplos de poetas autoinmolados son Kostas
Karyotakis y María Poliduri,
dos poetas griegos que vivieron la gran depresión de entreguerras
(además de las guerras balcánicas y la guerra con
Turquía) y que conformaron la "Generación derrotada",
una generación ahogada en la crisis, en el desencanto y en
una falta total de perspectivas. Kostas Karyotaquis y María
Poliduri tuvieron lazos sentimentales y pasaron de forma paralela
por una vida atormentada y trágica. De K. K. son los versos
"... Bocas que tenéis mucho que decir / y la palabra
os elige para tumbas" que pertenecen al poema Muertes, un poema
que lleva en su arranque una cita muy significativa: "Hay hombres
que llevan la mala suerte dentro de sí". Karyotakis
se suicidó una tarde del día 20 de julio de 1928 disparándose
un tiro en el corazón cuando estaba tumbado debajo de un
eucalipto. Antes, durante la madrugada de ese mismo día,
había intentado quitarse la vida tirándose al Mediterráneo,
pero las aguas le devolvieron a la costa y escribió en una
nota que se encontró en su bolsillo: "Aconsejo a cuantos
sepan nadar que no intenten jamás suicidarse tirándose
al mar. Durante diez horas me estuve peleando con las olas. Tragué
una enormidad de agua y, sin saber cómo, de vez en cuando
subía a la superficie; cuando tenga oportunidad, escribiré
las sensaciones de un ahogado". De Mª Poliduri nos quedán
versos tan exquisitos como este fragmento dedicado a Kostas : "...Era
curiosamente bello como a los / que la muerte elige...".
Otro poeta norte dentro de este grupo y dentro de la historia de
la literatura es Cesare Pavese, del que
son los conocidísimos versos "Vendrá la muerte
y tendrá tus ojos- / esta muerte que nos acompaña
/ de la mañana a la noche, insomne, / sorda, como un viejo
remordimiento / o un vicio absurdo. Tus ojos / serán una
vana palabra, / un grito callado, un silencio...", un poema
sin parangón dentro de la historia de la poesía. Antonia
Pozzi, otra italiana, falleció en el año 38
dejando versos como "...Ojos no míos / que la niebla
invade."; Sibilla Aleramo se da
fin no sin antes ofrecerle al mundo poemas sentidísimos como
este fragmento de Soy tan buena: "... Mas al primer trepidar
del violeta en el cielo / todo amparo diurno se desvanece /.../
Me parecía tener en las manos el cansancio de toda la tierra
/ no soy más que una mirada, mirada perdida y vana.".
John Berryman, ya más entrados
en el siglo y partiendo de la idea de que "la poesía
es un riesgo supremo y prolongado", se arrojó desde
lo alto de un puente de Mineápolis, en el año 72,
cuando había dejado escrito Un corazón enloquecido,
que terminaba con estos versos: "... No hay tiempo para la
vergüenza /.../ el tiempo / se precipita como un loco descarado.
Nada puede ser conocido". Sylvia Plath
escribió: "... Mis horas se desposan con la sombra."
y se dio fin en Londres el 11 de febrero del 63. Anne
Sexton se suicidó el el año 74 después
de escribir el poema titulado El deseo de morir, que finaliza con
esta crudeza sobre el cuerpo tendido en la sala de despiece de un
tanatorio: "... No preví que punzarían mi
cuerpo. / Ni tan siquiera la córnea y la orina estaban ya.
/ Los suicidas traicionan el cuerpo de antemano."
Entre los poetas suicidas de habla castellana tenemos bellos ejemplos
en Gabriel Ferrater, un entusiasta de
la obra de Kafka que dio fin a su vida
en Sant Cugat el año 1972 (versos suyos son "Estoy más
lejos que amarte /.../ No soy sino la mano con que tú palpas");
Alfonso Costafreda, muy cercano a Ferrater
en obra en vida y en muerte, que se suicida en Ginebra durante el
74, después de haber escrito su último poemario, Suicidios
y otras muertes, del que entresaco versos como "Entrará
el mar lentamente en tus venas, / droga, ave rapaz, suicidio lento.";
Pedro Casariego
Córdoba, que se tiró al tren un día del
año 1993 después de haber sido, además de un
poeta magnífico, economista titulado, pianista, vagabundo,
pintor y ermitaño ("Mi cuerpo / hervidero de hierba
/ helada / para enseñar anatomía / y botánica
/ y mi cuerpo / enseñanza / hierba que nadie recoge / hierba
que el viento pisa / hierba que se hace suela / de mil zapatos vacíos.");
Alfonso Sola, nacido en Paraná
y voluntariamenmte desaparecido en Mendoza el año 75 ("...Un
día todo dirá que hemos partido / Todo."); Alejandra
Pizarnik, que en su última carta a Antonio
Beneyto terminaba: "... Y aquí te dejo para ir
a despachar la carta a un correo lejano que no cierra por la noche.";
Luis Hernández, nacido en Lima
y sólo nacido en Lima para escribir "...Solitarios son
los actos / del poeta: Como aquellos / del amor / y de la muerte."....
y tantos otros. Creo que a los poetas citados y a sus versos les
sobran mis palabras, sólo comentar que entre poesía
y esperanza -según argumentaba Ciorán- la incompatibilidad
es completa, y eso lleva al poeta a no entender el mundo por entenderlo,
a no ser más que su poesía por la imposibilidad de
vivir en otros planos que sean soportables con su sensibilidad.
Todo esto lleva a situaciones de irrealidad que embriagan hasta
la muerte buscada, siendo la poesía más vida que la
propia vida.
No quiero terminar sin citar a Goytisolo, el penúltimo poeta
suicida:
"...ocurrió que fue siempre un solitario / ocurrió
que la vida dejó de interesarle."
Otro día hablaré de poetas como Antonin
Artaud, Danielle Sarréra
o Paul Celán. Más muertos
a sumar a la lista de los muertos, más suicidas a poner en
su dedo el gatillo que vuele la sien de este mundo loco, injusto,
lleno de imbéciles e ineptos sin asomo alguno de sensibilidad.
También hablaré de Walter Benjamin,
el hombre que en Port Bou supo a ciencia cierta que era más
fácil desaparecer que seguir en esta historia. ¡Pum!
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