Dos
defunciones distintas jalonan la leyenda del escritor, idealista y
aventurero Jack London: una muerte accidental
y una muerte por mano propia, ambas tras larga enfermedad.
Corre el filo de la madrugada del 22 de noviembre de 1916. En el interior
de la hacienda "Beauty Ranch", en Glenn Ellen, California,
sobre el lecho, un hombre acabado combate la agonía de los
dolores renales, el desasosiego del insomnio, la decadencia física
y moral a la que el consumo frecuente de alcohol le ha empujado, la
infelicidad conyugal, el desencanto y el rastro de una existencia
dilapidada entre borracheras, derroches de fortuna e innumerables
aventuras. En los últimos tiempos, para atenuar los padecimientos
de la enfermedad, ha sustituido los analgésicos y el alcohol
por la morfina y la heroína.
Se llama Jack London y la fama de sus cuentos y de sus novelas y su
militancia en el socialismo han atravesado las fronteras y los países.
Encima de la mesilla esperan las drogas. Con determinación
y acaso el pulso tembloroso, y la frente perlada de fiebre y de los
tormentos de la vigilia perpetua, toma en su mano la aguja y se inyecta
una sobredosis de sulfato de morfina y de sulfato de atropina. La
burla del destino quiere que ambas drogas actúen de forma contraria,
luchando una contra la otra, lo que le depara, en lugar de una muerte
súbita y sin dolor, una agonía de varias horas.
Acaso en aquellos momentos el escritor, atareado en la batalla contra
el suplicio, alcanzara a recordar el hermoso final de su novela autobiográfica
Martin Eden, donde, como en un oráculo
literario, parecía haber configurado el que sería su
fin. El escritor Martin Eden, inquieto e insomne en La Mariposa, el
barco que navega rumbo a los Mares del Sur, y presa de los desvelos
de la noche, salta al mar, tras descubrir el camino en unos versos
de Swinburne. Su resolución es desconsoladora y uno de los
finales más hermosamente tristes de la literatura: "Primero
nadó un rato. Un bonito de los que siguen a los barcos le mordió
y le quitó la carne. La Mariposa se alejaba. Dejó de
nadar y se instaló en la vertical. Le rodeó como una
hoguera radiante. Después, tenebrosidad". Martin Eden
viaja a los Mares del Sur decepcionado por haberse traicionado a sí
mismo: el ascenso a una clase social elevada, gracias a la fama que,
después de una época de rechazo editorial, ha logrado
con sus escritos, le proporciona la idea de que ha vendido su anterior
vida de hambre y miseria por los regalos y el relajo de la sociedad
que antaño despreciaba. Sin dejar un reguero de cartas de despedida
ni testamentos, con el denuedo de un suicida sin vacilaciones, se
arroja por la borda.
Tal vez Jack London recordara las últimas palabras que había
escrito en aquella novela cuando se inyectó las drogas, sin
detenerse a redactar manuscritos de despedida ni anotar en un diario
su decisión. O tal vez, como cuenta otra de las leyendas en
torno a su confuso tránsito, muriese de manera accidental,
sin saber que aquel veneno mixto le empujaría aprisa hacia
la tumba. En cualquier caso, y siguiendo a Borges,
London "agotó hasta las heces la vida del cuerpo y la
del espíritu. Ninguna lo satisfizo del todo y buscó
en la muerte el tétrico esplendor de la nada".
Jack London había nacido cuarenta años antes, en 1876,
en San Francisco, bajo el nombre de John Griffith,
hijo de una espiritista soltera llamada Flora
Wellman y de un astrólogo ambulante y periodista, William
Chaney. El muchacho, dado el carácter enfermizo de su
madre y la desaparición de su padre, fue criado por una antigua
esclava, Virginia Pentiss. Pronto, Flora Wellman contraería
matrimonio con un veterano de la guerra, John London, de quien John
Griffith tomó el apellido.
Mientras comienza su educación, empiezan sus primeros pasos
en el mundo de la miseria y el hambre. Con diez años ya vende
periódicos en la calle durante la noche, hasta que llega la
hora matutina de entrar al colegio. Desde entonces, junto al hambre
como camarada que le roba la infancia antes de clausurarla, atraviesa
un periplo en el que prueba en sus carnes los oficios más embrutecedores
y dispares: ladrón de ostras, agitador político, contrabandista,
pescador, soldado, marinero, buscador de oro en Alaska... Probó
en sus labios la hiel del vagabundaje y, consumido por el escorbuto
y el fracaso en su búsqueda de oro, regresó para iniciar
una carrera literaria que iba a acarrearle fama mundial y una fortuna
que derrocharía en viajes, borracheras, granjas y donaciones,
siempre titubeando al filo de la ruina.
Jack London compagina su militancia en el socialismo con el descubrimiento
de autores como Nietzsche, Spencer
o Darwin. De estas lecturas contradictorias
nace un personaje complejo; en sus obras se refleja su pasión
paradójica por el individualismo nietzscheano y por el colectivismo
socialista. De su trayectoria vital, como de una mina de la que extrajese
oro, extirpa la materia aventurera que servirá de base literaria
para sus cuentos y novelas. Algunas, como Colmillo
blanco, Martin Eden o La
llamada de la selva, han alcanzado por derecho propio el rango
de clásicos.
London ha sido un hombre de acción y esa acción, esa
supervivencia del hombre por salir adelante en un entorno hostil,
cuaja con acierto en sus libros, narrados con sentido del ritmo y
nervio. Con treinta años es el escritor mejor pagado de su
país, y a lo largo de su trayectoria literaria publicaría
más de cincuenta libros, convirtiéndose en lo que hoy
conocemos como autor de best-sellers, pero dotado de un gran talento.
Fue el típico escritor que ha vivido todo cuanto luego ha escrito.
Su maridaje entre experiencia y literatura es completo. Pero no sólo
se alimentó de filosofías contradictorias y aventuras
en buques: de las bibliotecas desempolvó material abundante
de lectura para perpetuar esa condición tan americana de "hombre
hecho a sí mismo".
Todo su itinerario por los lados salvajes de la vida culmina aquella
madrugada de 1916, en el lecho de su hacienda, carcomido por la ruina
física y moral, con esa sobredosis que, acaso con el pulso
tembloroso, se inocula para apaciguar el rigor de los sufrimientos.
La frialdad con que su personaje Martin Eden escoge su punto final
nos recuerda también al protagonista de El
burlado, cuento de London recuperado recientemente en la antología
de Suicidas. En
este relato un hombre ve aproximarse su muerte mediante la tortura
lenta y dolorosa, que sus enemigos acaban de infligirle a sus compañeros.
Sabe que sólo la astucia y la elocuencia podrán granjearle
una extinción rápida y digna, un pasar al otro lado
sin llantos ni súplicas innobles.
De ese mismo modo, como su Martin Eden, como el Subienkow de El burlado,
como el viejo indio ya inservible de Ley
de vida que es abandonado a morir frente al frío del
ártico y las manadas de lobos tras haberse convertido en una
carga para los suyos, queremos creer que Jack London aceptó
su destino, sin quejas ni llantos, con la determinación de
quien se sabe vencido en esa lucha que marcan las leyes de la supervivencia.
La ley de la selva y la ley del más fuerte. |