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El escritor que nos ocupa era un surrealista gallego (lo que le
convierte en doblemente surrealista) y un burlón redomado.
Cunqueiro nació el 22 de diciembre de 1911 en la ciudad episcopal
de Mondoñedo, una villa donde el escritor escuchó
por primera vez leyendas artúricas y carolingias y donde
a comienzos del siglo XVIII era costumbre bautizar a los niños
con nombres como Tristán y Lanzarote.
Su madre, Pepita Mora Moirón, era una mujer divertida que
entretenía a los niños con cuentos y romances. Tan
guasona era que gastaba unos apellidos muy chuscos. El padre de
la criatura, Xoaquín Cunqueiro Montenegro, natural de Cambados,
dirigía una farmacia en cuya rebotica se celebraban tertulias
a la que asistían canónigos, médicos y cazadores,
con la consecuente fascinación de Alvarito. Con esos genes,
no es extraño que al pequeño le sedujera la química
de la palabra. No hay nada mejor que vivir en una rebotica para
aprender historias prodigiosas y escuchar lances amorosos, partos
sobrenaturales y viajes alucinatorios. Experiencias así sólo
se viven en una rebotica. Bueno, tienen razón, en un convento
de monjas también. Pero en ningún sitio más.
Cuervos parlantes
Estábamos liados con la familia del mindoniense. De la prodigiosa
imaginación de doña Pepita y de la erudición
de don Xoaquín extrajo el niño los elementos para
fabular a troche y moche, inventando cuervos parlantes, paraguas
voladores, sirenas enamoradas y toda una galería de personajes
que se nutren del material robado a los sueños.
Buen cazador y mejor gastrónomo, el padre de Cunqueiro, que
llegó a ser alcalde de Mondoñedo, transmitió
a la criatura la ciencia de llamar las cosas en latín, desde
el nombre de los animales hasta el de los árboles. Al gorrión
le llamaba 'pásser domésticus', al ciprés 'cupressus
sempevivens' y al camello 'vendedor de droga al por menor'.
Con esos dones no es raro que el chico debutara temprano en el oficio
de escritor, alumbrando una novela de vaqueros con la que anticipaba
su bilingüismo narrativo. "Yo, a los diez años,
escribí una historia de indios, de pieles rojas, una historia
del Oeste, en la que los rostros pálidos hablaban en castellano
y los indios, los cheyennes, que eran mis favoritos, hablaban en
gallego", confesaba el escritor. Un dominio tan perfecto de
la lengua sólo lo poseen algunos batracios y contados atletas
sexuales, entre los que me cuento.
En el caso de nuestro amigo, el talento para la pluma venía
de familia. La abuela paterna del escritor era prima carnal de la
madre de Valle-Inclán, a quien Cunqueiro leyó muy
pronto. No en balde el padre de Álvaro Cunqueiro tenía
mucho trato con don Ramón y poseía 'Las Sonatas' con
una dedicatoria de su puño y letra, lo cual, tratándose
de un manco, tiene su mérito.
Bachillerato
Corría el año 1921 cuando el muchacho se trasladó
a Lugo para terminar el Bachillerato, esa etapa educativa que tanto
ha cambiado. Antes la cursaba el muy instruido bachiller Sansón
Carrasco de 'El Quijote' y ahora la estudia cualquier botarate cuyas
habilidades oratorias consisten en balbucir "uhhh", "eh",
"ah" y "cómo mola". A lo nuestro, lo
importante es que, en Vigo, Cunqueiro conocería a su gran
amigo Ánxel Fole y descubriría el gallego. "Hasta
los apuntes de química los hacía en gallego".
Con Fole compartirá pensión y tertulia. Eran famosas
las que tenían lugar en 'El Español' y 'El Derby'
en Santiago. En la capital compostelana trabó contacto con
un grupo de intelectuales y creadores que engrosaron la vanguardia
artística de Galicia. Cunqueiro era un ejemplo curioso de
maridaje entre vanguardia y tradición: amaba tanto las novelas
de caballerías como la poesía del surrealista Paul
Eluard, ya saben, el mismo al que Salvador Dalí le birló
la esposa.
En lo político, entre Eluard y el prosista de Mondoñedo
mediaba un abismo. Cunqueiro, enemigo declarado del marxismo, se
afilió al Partido Galeguista, una fuerza nacionalista de
sesgo conservador, aunque en su seno convivía un sector obediente
al nacionalismo de izquierdas. Cosas peores se han visto y verán.
El escritor colaboraba en el órgano de expresión del
partido, 'A Nosa Terra', y en 1936 hacía campaña a
favor del estatuto de autonomía de Galicia.
En cualquier caso, a Cunqueiro le interesaban más la buena
pitanza y el vino de Ribeiro que las maquinaciones políticos.
"En la cocina es donde el hombre puso más imaginación,
mucho más que en la guerra, tanta como pudo poner en el amor
y, sin duda, muchísima más de la que pone en la política".
Por esos años hace incursiones en la poesía y publica
'Mar ao Norde' (1932), libro tributario del creacionismo del chileno
Vicente Huidobro y del cubismo. Después de la publicación
de esos versos, sus afanes se decantarán por investigar en
la tradición de los cancioneros medievales, esos poemas que
un bachiller de hoy confunde con 'Los cuarenta principales'. Fruto
de ese interés nace 'Cantiga nova que se chama ribeira'.
Loas a Franco y José Antonio
La sublevación militar de 1936 sorprende a Cunqueiro en
Mondoñedo. Al poco tiempo se entera de la muerte, a manos
de los insurrectos, de algunos amigos suyos, como su impresor, Ánxel
Casal. A la vista de su pasado y militancia en el Partido Galeguista,
a Cunqueiro le entra el lógico canguelo. Así que enmienda
sus veleidades nacionalistas y recurre a un cura de Ortigueira que
le aconseja que trabaje para la revista falangista 'Era azul' y
salude a lo romano. Cunqueiro hace lo que se le dice y de su magín
salen unos versos de alabanza a Franco y José Antonio Primo
de Rivera. Por si cupiera alguna duda, escribe para todo papelucho
donde estuviesen estampados el yugo y las flechas: 'Vértice',
'Legiones y Falanges', 'Escorial', 'Destino', 'Fantasía',
'Santo y seña'.
El mindoniense, que en 1939 se había afincado en Madrid para
escribir en el periódico 'ABC', tenía un espacio reservado
para su ingenio. Si había que levantar alguna página
a causa de algún problema con la censura, allí estaba
presto Cunqueiro para en poco tiempo improvisar un artículo.
Su luna de miel con Madrid y 'ABC' dura poco. Cunqueiro, al que
le gustaba la buena vida tanto como la buena mesa, pecó de
manirroto y estafador. El prosista había alcanzado un acuerdo
con el embajador de Francia para escribir una serie de reportajes
sobre tierras galas. El diplomático, que desembolsó
unas cuantas pesetas como adelanto por gastos de desplazamiento,
veía cómo, semana tras semana, los artículos
no aparecían. Creyendo que Cunqueiro era un hombre del régimen,
el embajador se quejó a las más altas instancias,
y su protesta llegó incluso al Consejo de Ministros. La Dirección
General de Prensa acordó desposeer a Cunqueiro del carné
de periodista, un documento esencial para esa tribu de gorrones
que viven de comer canapés.
También se dice que Cunqueiro fue expulsado porque robó
al periódico conservador una cantidad indeterminada de papel
para publicar el libro de un amigo.
Aunque permaneció dos años más en Madrid, el
autor de 'Las mocedades de Ulises', casado y padre de dos hijos,
regresó a Mondoñedo sumido en una profunda depresión.
Muchos de sus amigos republicanos se habían exiliado y los
otros le dieron la espalda por sus coqueteos con la Falange.
Gracias a la intercesión de su amigo Francisco Fernández
del Riego, logró colaboraciones en las páginas culturales
del diario 'La Noche', así como en los principales diarios
gallegos.
Realismo mágico
Superadas las tribulaciones, ese orfebre del lenguaje que fue Cunqueiro
descolló por lo que era, un escritor de riquísimo
léxico, con la publicación de 'Merlín y familia'
(1955), obra precursora del realismo mágico.
Si bien no fue un autor que acumulara premios, sí que consiguió
algunos importantes, como el de la Crítica por 'Las crónicas
de Sochantre' (1959) o el Nadal, en 1969, por 'Un hombre que se
parecía a Orestes'.
En unos años en que la estética dominante era el realismo
social, el mundo de Cunqueiro, que gustaba de la fábula y
los mitos, de la historia y las leyendas, se abría paso a
contrapelo. Su recreación de la vida de héroes clásicos,
desde Ulises a Amadís de Gaula, pasando por el Judío
Errante, Hamlet o Don Quijote, hicieron de Cunqueiro un autor raro
en el panorama de las letras de su tiempo.
Paradojas de la vida, Cunqueiro, que había sido desterrado
del periodismo, llegó a dirigir el 'Faro de Vigo' entre 1965
y 1970. Cinco años improductivos desde un punto de vista
literario, pues no entregó ningún libro a la imprenta.
El 28 de febrero de 1981 murió Alvaro Cunqueiro, escritor
que gozaba de la admiración de autores tan diferentes como
Álvaro Mutis, Torrente Ballester, Claudio Magris o Francisco
Umbral. Para García Márquez, Cunqueiro debería
haber ganado el Nobel. Nosotros también lo creemos.
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