Aquél era el final.
Subienkow había recorrido un largo camino de amargura
y horrores, guiado, como una paloma, por el instinto que le
llevaba hacia las capitales de Europa, y allí, en el
punto más lejano, en la América rusa, el sendero
acababa. Estaba sentado en la nieve con los brazos atados a
la espalda, esperando la tortura. Miró con curiosidad
al enorme cosaco que, tendido de bruces sobre la nieve, gemía
de dolor frente a él. Los hombres habían acabado
con el gigante y se lo habían entregado a las mujeres.
Sus gritos atestiguaban que ellas habían excedido en
crueldad a los varones. Subienkow miró y se estremeció.
No temía a la muerte. En el largo camino de Varsovia
a Nulato había arriesgado la vida demasiadas veces para
temerle ahora al simple hecho de morir. Lo que sí le
asustaba era la tortura. Era una afrenta a su espíritu.
Una afrenta, no por el dolor que tuviera que soportar, sino
por el triste espectáculo que le haría ofrecer
ese dolor. Sabía que rogaría, que suplicaría,
que imploraría como lo habían hecho el Gran Iván
y los que le habían precedido. Y eso le repugnaba. Con
valor y serenidad, con una sonrisa y una chanza... así
había que morir. Pero perder el control, dejar que el
dolor de la carne afectara a su espíritu, chillar y escandalizar
como un simio, rebajarse a la categoría de bestia...
eso era lo terrible. No había tenido ocasión de
escapar. Desde el primer momento, desde el día en que
se había entregado al sueño apasionado de la independencia
de Polonia, había sido un títere en manos del
destino. Desde el primer momento... A través de Varsovia,
de San Petersburgo, de las minas de Siberia, de Kamchatka, de
los barcos alucinantes de los ladrones de pieles, el destino
le había ido conduciendo hasta este terrible final. Indudablemente,
en los cimientos del universo estaba escrito que acabaría
así. Él, un hombre fino y sensible, con los nervios
a flor de piel, un soñador, un poeta, un artista. ..
Aún antes de que nadie imaginara su existencia se había
sentenciado que aquel manojo estremecido de sensibilidad que
había de ser su persona seria condenado a vivir en la
brutalidad más cruda y vociferante y a morir en ese reino
lejano de la noche, en ese lugar oscuro situado más allá
del último confín. Suspiró. Aquel bulto
informe que tenía ante él era el Gran Iván,
el gigante, el hombre sin nervios, el de temple de acero, el
cosaco convertido en pirata de los mares, flemático como
el buey y dotado de un sistema nervioso tan resistente que lo
que el hombre común consideraba dolor era para él
apenas un simple cosquilleo. Pues bien, nadie como esos indios
Nulatos para encontrar los nervios de Iván y seguirlos
hasta la raíz de su espíritu estremecido. Indudablemente
lo habían conseguido. Era inconcebible que un hombre
pudiera sufrir tanto y, sin embargo, seguir viviendo. El Gran
Iván estaba pagando caro el temple de sus nervios. Ya
había durado más del doble que cualquiera de los
otros. Subienkow se dio cuenta de que no podía aguantar
por más tiempo el sufrimiento del cosaco. ¿Por
qué no moría ya? Si no dejaba de oír sus
gritos, pronto se volvería loco. Pero cuando éstos
cesaran, le llegaría el turno a él. y para colmo,
allí estaba Yakaga, sonriéndole de antemano con
una mueca brutal... Yakaga, el hombre a quien sólo la
semana anterior había arrojado del fuerte cruzándole
la cara con el látigo que utilizaba para los perros.
Yakaga se encargaría con gusto de él. Seguro que
le reservaba torturas más refinadas, más exquisitas
que las que destinaban a los otros. jAy! Del grito de Iván
dedujo que aquél había sido un buen golpe. Las
indias que se cernían sobre el cosaco retrocedieron un
paso entre palmas y carcajadas. Subienkow vio entonces la acción
monstruosa que habían perpetrado y comenzó a reír
histéricamente. Las mujeres le miraron asombradas. Pero
Subienkow no podía dejar de reír. Así no
llegaría a ninguna parte. Se dominó, y poco a
poco sus sacudidas espasmódicas se fueron calmando. Se
esforzó por pensar en otras cosas y comenzó a
leer en su pasado. Recordó a su padre y a su madre y
al pony de pintas que le habían regalado, y al profesor
de francés que le había enseñado a bailar
y le había prestado a hurtadillas un libro de Voltaire,
viejo y manoseado. Una vez más vio París, y el
Londres melancólico, y la alegre Viena, y Roma. Y una
vez más vio a aquel grupo bravío de jóvenes
que, como él, habían soñado con una Polonia
independiente y con instaurar a un rey polaco en el trono de
Varsovia. Allí había comenzado el largo camino.
Al menos él era el que más había durado.
Uno por uno, comenzando por los dos que habían ejecutado
en San Petersburgo, había visto caer a todos aquellos
valientes: uno aquí a manos de un carcelero, otro allá
en el camino sangriento del exilio que habían recorrido
durante meses sin fin, otro más vencido por los golpes
y malos tratos de los guardas cosacos. Siempre el mismo salvajismo;
un salvajismo brutal, bestial... Habían muerto de fiebres,
en las minas, bajo el azote del látigo. Los dos últimos
habían sucumbido en la huida, en la batalla con los cosacos.
Sólo él había logrado llegar a Kamchatka
con los documentos y el dinero robados a un viajero que había
dejando agonizando sobre la nieve. No había visto sino
brutalidad. Todos aquellos años, mientras tenía
el pensamiento puesto en salones, en teatros y en cortes, la
brutalidad le había asediado. Había comprado su
vida con sangre. Todos se habían manchado las manos.
El mismo había asesinado a aquel viajero para poder robarle
el pasaporte. Había tenido que probar su valor manteniendo
sendos duelos con dos oficiales rusos en un mismo día.
Había tenido que demostrar su valentía para ganarse
un puesto entre los ladrones de pieles. Tras él quedaba
el interminable camino que atravesaba toda Siberia y toda Rusia.
No podía volver atrás; por allí no había
escape posible. No le quedaba más opción que seguir
adelante, atravesar el mar de Bering, oscuro y helado, para
llegar a Alaska. El camino le había llevado del puro
y simple salvajismo a un salvajismo aún más refinado.
En los barcos de ladrones de pieles, castigados por el escorbuto,
sin comida ni agua, asediados por las inacabables tormentas
de aquel mar tormentoso, los hombres se convertían en
animales. Tres veces había salido de Kamchatka en dirección
al este. y otras tantas, después de pasar toda clase
de sufrimientos y penalidades, los sobrevivientes habían
vuelto a Kamchatka. No había posibilidad de huir y no
podía volver al punto de partida, donde las minas y el
látigo aguardaban. De nuevo, por cuarta y última
vez, había zarpado hacia el este. Había partido
con los que descubrieron las fabulosas Islas de las Focas, pero
no había regresado con ellos para participar en el reparto
de pieles ni en las bulliciosas orgías de Kamchatka.
Había jurado no volver atrás. Sabía que
si quería llegar a sus queridas capitales de Europa tenía
que seguir siempre adelante. y por eso había subido a
bordo de otro barco y había permanecido en las oscuras
tierras del Nuevo Continente. Sus compañeros de tripulación
eran cazadores eslavos, aventureros rusos y aborígenes
mongoles, tártaros y siberianos. Juntos habían
abierto un camino de sangre entre los salvajes de aquel mundo
nuevo. Habían exterminado a aldeas enteras y se habían
negado a pagar los tributos de pieles, pero a su vez habían
sido víctimas de las matanzas a que los sometían
otras tripulaciones. Él y un tal Finn habían sido
los únicos sido los únicos supervivientes de la
suya. Habían pasado un invierno de soledad y de hambre
en una isla desierta del archipiélago de las Aleutianas
y al fin, en primavera, la posibilidad entre mil de que les
rescatara otro navío se había realizado. Pero
el salvajismo más terrible les seguía asediando.
De barco en barco, siempre negándose a volver, había
ido a parar a un navío que se dirigía a explotar
las tierras del sur. A todo lo largo de la costa de Alaska no
habían encontrado sino hordas de salvajes. Cada anclaje
que efectuaban entre las islas abruptas o bajo los acantilados
amenazadores de la tierra firme había significado una
batalla o una tormenta. O soplaban vientos que amenazaban con
destruirles o llegaban las canoas cargadas de nativos vociferantes
con rostros cubiertos de pinturas de guerra que venían
a aprender que virtudes sangrientas poseía la pólvora
de aquellos señores del mar
Siempre navegando rumbo al sur, habían bordeado la costa
hasta llegar a las míticas tierras de California. Se
decía que grupos de aventureros españoles habían
logrado abrirse camino hasta allí partiendo de Méjico.
En esos aventureros españoles había puesto su
esperanza. Si hubiera logrado encontrarse con ellos, el resto
habría sido fácil (un año o dos más,
¿qué importaba?). Habría llegado a Méjico;
luego un barco, y Europa habría sido suya. Pero no había
dado con los españoles. Sólo había tropezado
con la eterna muralla inexpugnable de salvajismo. Los habitantes
de los confines del mundo, cubiertos sus rostros de pinturas
de guerra, les habían obligado a replegarse una y otra
vez. Al fin, un día en que éstos lograron apoderarse
de uno de sus barcos y exterminar a toda la tripulación,
el que tenía el mando de la flota decidió abandonar
la empresa y regresar al norte. Pasaron los años. Estuvo
a las órdenes de Tebenkoff , cuando se construyó
el fuerte de Michaelovski. Pasó dos años en la
región del Kuskokwim. Dos veranos, en el mes de junio
logró llegar al extremo del estrecho de Kotzebue. Allí
era donde las tribus se reunían a traficar, donde se
encontraban pieles moteadas de venado siberiano, marfil de las
Diomedes, pieles de morsa de las costas del Artico, extraños
candiles de piedra que pasaban de tribu en tribu y cuyo origen
nadie conocía, y hasta un cuchillo de caza fabricado
en Inglaterra. Aquel, Subienkow lo sabía, era el mejor
lugar para aprender geografía. Porque halló allí
esquimales del Estrecho de Norton, de las Islas del Rey y de
la Isla de San Lorenzo, del Cabo Príncipe de Gales y
de Punta Barrow. Allí aquellos lugares tenían
otros nombres, y las distancias se medían en jornadas.
Era una región vasta la de procedencia de aquellos salvajes,
y más vasta todavía era la región desde
donde habían llegado hasta ellos, por caminos interminables,
los candiles de piedra y el cuchillo de acero. Subienkow amenazaba,
halagaba y sobornaba. Todos los viajeros y los nativos de alguna
extraña tribu eran llevados a su presencia. Allí
se mencionaban peligros sin cuento, animales salvajes, tribus
hostiles, bosques impenetrables y majestuosas cadenas montañosas;
y siempre, de lugares aún más lejanos, llegaban
rumores de la existencia de hombres de piel blanca, ojos azules
y cabellos rubios que peleaban como diablos y que buscaban pieles.
Hacia el este decían que se hallaban; muy lejos, siempre
hacia el este. Nadie los había visto. Era un rumor que
corría de boca en boca. Fue aquel un duro aprendizaje.
Se adquirían conocimientos de geografía a través
de extraños dialectos, a través de mentes oscuras
que mezclaban la realidad con la fábula y que medían
las distancias en jornadas, que variaban según la dificultad
del camino. Pero al fin llegó un rumor que le hizo concebir
esperanzas. Al este había un gran río donde se
hallaban los hombres de ojos azules. El río se llamaba
Yukón. Al sur del fuerte Michaelovski desembocaba otro
gran río que los rusos conocían con el nombre
de Kwikpak. Los dos eran el mismo, decía el rumor.
Subienkow volvió a Michaelovski. Durante un año
trató de organizar una expedición al Kwikpak.
Al fin convenció a Malakoff, el mestizo ruso, de que
se pusiera al frente de una mixtura infernal, la horda más
salvaje y feroz de aventureros mestizos que jamás hubiera
salido de Kamchatka. Subienkow iba de lugarteniente. Recorrieron
los laberintos del delta del Kwikpak, atravesaron las colinas
de la ribera norte del río y en canoas de piel cargadas
hasta la borda de mercancías para traficar y de munición
lucharon a lo largo de quinientas millas contra las corrientes
de cinco nudos de aquel río de una anchura que oscilaba
entre dos y diez millas y de muchas brazas de profundidad. Malakoff
decidió construir un fuerte en Nulato. Subienkow le instó
a seguir adelante, pero pronto se reconcilió con la idea.
El largo invierno se echaba encima. Sería mejor esperar.
A comienzos del verano siguiente, cuando se derritieran los
hielos, remontarían el Kwikpak y se abrirían paso
hasta las factorías de la Compañía de la
Bahía de Hudson. Malakoff no había oído
el rumor de que el Kwikpak era el Yukón, y Subienkow
no se lo dijo. Y comenzaron a construir el fuerte. Lo hicieron
a base de trabajos forzados. Las murallas formadas por hileras
de troncos se elevaron entre suspiros y quejas de los indios
nulatos. El látigo restalló sobre sus espaldas,
y era la mano de hierro de los bucaneros del mar la que sostenía
el látigo. Algunos indios huían. Cuando lograban
capturarles, les traían hasta el fuerte, les obligaban
a tenderse de bruces ante la puerta y allí demostraban
a la tribu la eficacia del látigo. Dos murieron bajo
los azotes; muchos quedaron mutilados de por vida, y el resto
aprendió la lección y no volvió a intentar
la huida. Antes de que vinieran las nieves, el fuerte estaba
terminado. Había llegado la época de las pieles.
Impusieron a la tribu un pesado tributo. Para obligar a los
indios a satisfacerlo, redoblaron los golpes y los latigazos,
tomaron a mujeres y niños como rehenes y les trataron
con la crueldad de que sólo los ladrones de pieles son
capaces. Habían sembrado sangre y llegó el momento
de la cosecha. Ahora el fuerte había desaparecido. A
la luz de las llamas la mitad de los ladrones de pieles fue
pasada a cuchillo. La otra mitad murió a consecuencia
de las torturas. Sólo quedaba Subienkow, o mejor dicho,
sólo quedaban Subienkow y el Gran Iván, si es
que aquella masa informe que gemía y gimoteaba sobre
la nieve podía llamarse el Gran Iván. Subienkow
sorprendió en el rostro de Yakaga una mueca dirigida
a él. Con Yakaga allí no había posibilidad
de salvación. Aún llevaba en el rostro la marca
de su látigo. Después de todo no podía
reprochárselo, pero le estremecía pensar lo que
aquel indio podía hacerle. Pensó en recurrir a
Makamuk, el jefe de la tribu, pero su sentido común le
dijo que sería inútil. Pensó también
en romper sus ligaduras y morir peleando. Al menos así
su fin sería más rápido. Pero no pudo desatarse.
Las correas de caribú eran más fuertes que él.
Siguió pensando y se le ocurrió una idea. Pidió
ver a Makamuk y que trajeran un intérprete que conociera
la lengua de la costa.
-iOh, Makamuk! -le dijo-. Yo no estoy destinado a morir. Soy
un gran hombre y sería locura que muriera. En verdad
debo seguir viviendo. Yo no soy como esta carroña. -Miró
el bulto gimiente que había sido el Gran Iván
y le rozó despectivamente con la punta de su mocasín-.
Yo sé demasiado para morir. Mira que poseo una gran medicina.
Yo sólo sé el secreto. Y como no voy a morir,
cambiaré la medicina contigo.
-¿Qué medicina es esa? -preguntó Makamuk.
-Es una medicina muy extraña.
Subienkow fingió debatir consigo mismo unos momentos,
como si íntimamente se resistiera a compartir su secreto.
-Te lo diré. Si aplicas un poco de esta medicina a tu
piel, ésta se vuelve tan dura como la piedra, tan dura
como el hierro, de modo que ni el arma más afilada puede
cortarla. El filo más agudo, el golpe más fiero
resultan vanos contra ella. Esa medicina torna el cuchillo de
hueso en un pedazo de barro y mella el filo de los cuchillos
de acero que nosotros os hemos dado a conocer. ¿Qué
me darás a cambio de mi secreto?
-Te daré la vida -respondió Makamuk a través
del intérprete. Subienkow rió despectivamente-.
Y serás esclavo en mi casa hasta tu muerte. El polaco
rió con desprecio aún mayor.
-Ordena que me desaten las manos y los pies y hablaremos -dijo.
El jefe de la tribu dio la señal. Cuando se vio libre,
Subienkow lió un cigarro y lo encendió.
-Esto es absurdo -dijo Makamuk-. No existe tal medicina. No
puede ser. Nada puede resistir al filo del cuchillo. -Makamuk
no lo creía... y, sin embargo, dudaba. Los ladrones de
pieles habían llevado a cabo ante sus ojos demasiados
milagros. No podía desoír sus palabras totalmente-.
Te daré tu vida y no serás mi esclavo -anunció.
-Quiero más que eso. -Subienkow se mostraba tan sereno
como si regateara por una piel de zorro-. Es una medicina milagrosa.
Me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Quiero un trineo
con perros, y que seis de tus cazadores viajen conmigo río
abajo hasta que me encuentre a una jornada de distancia del
fuerte Michaelovski.
-Tienes que quedarte entre nosotros y enseñarnos todas
tus artes -fue la respuesta.
Subienkow se encogió de hombros y guardó silencio.
Exhaló el humo de su cigarrillo en el aire helado y miró
con curiosidad lo que quedaba del gran cosaco.
-Mira esa cicatriz -dijo Malamuk de pronto, señalando
el cuello del polaco, donde un trazo lívido delataba
la cuchillada recibida una vez en una escaramuza de Kamchatka-.
Tu medicina no sirve de nada. El filo de hierro fue más
fuerte que ella.
-El hombre que me hirió era muy fuerte -Subienkow meditó-.
Más fuerte que tú, más fuerte que el más
fuerte de tus cazadores, más fuerte que él.
De nuevo rozó con la punta del mocasín el cuerpo
del cosaco. Había perdido el sentido, ofrecía
un espectáculo estremecedor, y, sin embargo, la vida
seguía aferrada a su cuerpo torturado por el dolor, y
se resistía a abandonarlo.
-Además, la medicina era débil. En ese lugar no
crecían las bayas necesarias. En cambio, vosotros las
tenéis en abundancia. Mi medicina aquí será
fuerte.
-Te dejaré ir río abajo -dijo Makamuk-, y te daré
el trineo y los perros y los seis cazadores que has pedido para
que te acompañen hasta que te halles a salvo.
-Tardaste en decidirte -fue la fría respuesta-. Has ofendido
a mi medicina al no aceptar inmediatamente mis condiciones.
Ahora pido más. Quiero cien pieles de castor. -Makamuk
hizo una mueca irónica-. Quiero también cien libras
de pescado seco. -Makamuk asintió porque el pescado allí
era abundante y barato-. Quiero dos trineos, uno para mí
y otro para transportar las pieles y el pescado. Y quiero que
me devuelvas mi rifle. Si no aceptas en pocos minutos, el precio
subirá más.
Yakaga susurró algo al oído del jefe.
-¿Cómo sabré que tu medicina obra el milagro
que dices? -preguntó Makamuk.
-Eso será fácil. Primero iré al bosque...
Yakaga volvió a susurrar al oído de Makamuk, que
negó con gesto de recelo.
-Manda a veinte cazadores conmigo -continuó Subienkow-.
Tengo que recoger las bayas y las raíces con que fabricar
la medicina. Cuando hayas traído a mi presencia los dos
trineos y los hayan cargado con el pescado y las pieles de castor
y el rifle, y cuando hayas seleccionado a los seis cazadores
que han de acompañarme, cuando todo esté listo
me frotaré el cuello con la medicina y pondré
la cabeza sobre ese tronco. Entonces ordenarás al más
fuerte de tus cazadores que aseste tres hachazos sobre mi cuello.
Tú mismo puedes hacerlo, si así lo deseas. Makamuk
permaneció en pie con la boca entreabierta, empapándose
en aquella última y más portentosa de las maravillas
de los ladrones de pieles. -Pero primero -añadió
apresuradamente el polaco-, entre hachazo y hachazo has de permitirme
que me aplique la medicina. El hacha es fuerte y pesada y no
puedo arriesgarme a cometer un error.
-Todo lo que has pedido será tuyo -dijo Makamuk, apresurándose
a aceptar-. Comienza a preparar tu medicina.
Subienkow ocultó como pudo su alegría. Era aquella
una partida desesperada y no podía permitirse el menor
desliz. Habló con arrogancia.
-Has sido lento. Mi medicina se ha ofendido. Para enmendar la
ofensa habrás de darme a tu hija. Señaló
a la muchacha, una criatura de expresión maligna, con
una nube en un ojo y afilados dientes de lobo. Makamuk se enfureció,
pero el polaco seguía imperturbable. Lió y encendió
otro cigarro.
-Date prisa -le amenazó-. Si no te decides en seguida,
pediré más. En el silencio que siguió,
la tenebrosa escena nórdica se esfumó ante sus
ojos, y vio una vez más su tierra natal, y Francia, y
en un momento que miraba a la muchacha de dientes de lobo recordó
a otra muchacha, una bailarina y cantante que había conocido
cuando, muy joven, había ido por primera vez a París.
-¿Para qué quieres a la muchacha? -le preguntó
Makamuk.
-Para que me acompañe en mi viaje -Subienkow la estudió
con ojo crítico-. Será una buena esposa y constituirá
un honor digno de mi medicina emparentar con una mujer de tu
sangre. De nuevo recordó a la bailarina y tarareó
en voz alta una canción que ella le había enseñado.
Revivía su pasado, pero de un modo impersonal, lejano,
mirando las imágenes de su juventud como si se trataran
de fotografías impresas en el libro de la vida de otra
persona. La voz del jefe rompió abruptamente el silencio
sacándole de su abstracción.
-Así se hará -dijo Makamuk-. La muchacha irá
contigo. Pero quedamos de acuerdo en que seré yo quien
descargue los tres hachazos sobre tu cuello.
-Pero recuerda que antes de cada uno de ellos habré de
aplicarme la medicina --contestó Subienkow, poniendo
una ligera nota de ansiedad en la pregunta.
-Te aplicarás la medicina antes de cada hachazo. Aquí
están los cazadores que se encargarán de impedir
tu huida. Ve al bosque y recoge lo que necesites para tu medicina.
La fingida rapacidad del polaco había convencido a Makamuk.
Sólo la más maravillosa de las medicinas podía
impulsar a un hombre amenazado de muerte a regatear como una
anciana.
-Además -susurró Yakaga cuando el polaco hubo
desaparecido entre los abetos, acompañado de su escolta-,
cuando tengas el secreto de la medicina puedes matarle.
-¿Cómo podré matarle? -respondió
Makamuk-. Su medicina me impedirá hacerlo.
Subienkow no perdió mucho tiempo mientras reunía
los ingredientes para su pócima. Seleccionó todo
lo que le vino a las manos: agujas de abeto, cortezas de sauce,
un trozo de corteza de abedul y unas bayas que hizo extraer
de la tierra a los cazadores después de limpiar el terreno
de nieve. Recogió por último unas cuantas raíces
heladas y regresó al campamento. Makamuk y Yakaga le
observaban en cuclillas a su espalda, anotando mentalmente qué
ingredientes añadía a la olla de agua hirviendo
y en qué cantidades.
-Hay que tener cuidado de poner las bayas primero -explicó-.
Me olvidaba. Falta una cosa. El dedo de un hombre. Déjame,
Yakaga, que te corte un dedo.
Pero Yakaga ocultó la mano y frunció el ceño.
-Sólo el dedo índice -rogó Subienkow.
-Yakaga, dale el dedo --ordenó Malamuk.
-Ahí tiene todos los dedos que quiera -gruñó
Yakaga, señalando el montón informe de cadáveres
torturados que se apilaba sobre la nieve.
-Tiene que ser el dedo de un hombre vivo -objetó el polaco.
-Tendrás el dedo de un hombre vivo. -Yakaga se acercó
al cosaco y le cortó un dedo-. Aún no ha muerto
-anunció, arrojando el trofeo sangriento a los pies del
polaco-. Además es un buen dedo, porque es muy grande.
Subienkow lo arrojó directamente al fuego y comenzó
a cantar. Era una canción de amor francesa, la que, con
gran solemnidad, cantaba a la poción.
-Sin esta fórmula, la medicina no valdría para
nada -explicó-. Son estas palabras lo que le dan su fuerza.
Mira, ya está lista.
-Di las palabras despacio, para que pueda aprenderlas -ordenó
Makamuk.
-Te las diré después de la prueba.. Cuando el
hacha caiga tres veces sobre mi cuello te comunicaré
la fórmula secreta.
-Pero, ¿y si la medicina no sirve? -preguntó ansioso
Makamuk.
Subienkow se volvió hacia él enfurecido. -Mi medicina
siempre es buena. y si no lo es, haz conmigo lo que hiciste
con los otros. Despedázame como has hecho con él
-dijo señalando al cosaco-. La medicina ya se ha enfriado.
Me la aplicaré al cuello con otra fórmula mágica.
Y mientras se frotaba el cuello con aquella mixtura entonó
gravemente una estrofa de "La Marsellesa".
Un alarido vino a interrumpir la comedia. El cosaco gigante,
obedeciendo al último impulso de su vitalidad monstruosa,
se había puesto de rodillas. y cuando el Gran Iván,
un momento después, comenzó a arrastrarse a espasmos
sobre la nieve, los mulatos acogieron el hecho con carcajadas,
gritos de sorpresa y aplausos. Subienkow sintió náuseas
ante aquel espectáculo, pero supo dominarse y fingir
enojo.
-Así no se puede hacer nada -dijo-. Acaba con él
y luego haremos la prueba. Tú, Yakaga, encárgate
de que cesen esos ruidos.
Mientras Yakaga obedecía, Subienkow se volvió
hacia Makamuk.
-Y recuérdalo, el hachazo tiene que ser muy fuerte. No
se trata de un juego de niños. Dale un par de tajos a
ese tronco, para que pueda ver que manejas el hacha como un
hombre.
Makamuk obedeció y asestó al tronco dos hachazos
precisos y vigorosos que arrancaron una gran astilla de madera.
-Muy bien. Subienkow miró en torno suyo al círculo
de rostros salvajes que parecían simbolizar la muralla
de brutalidad que le había rodeado desde aquel día
lejano en que la policía del zar le había arrestado
en Varsovia-. Toma tu hacha, Makamuk, y ponte de pie aquí.
Yo me echaré sobre el tronco. Cuando levante la mano,
asesta el golpe. Hazlo con toda tu fuerza, y ten cuidado de
que nadie se ponga detrás de ti. La medicina es buena
y el hacha puede rebotar en mi cuello y saltar de tus manos.
Miró los dos trineos con los perros enganchados y cargados
de pieles y pescado. Sobre las pieles de castor yacía
su rifle, y junto a los trineos esperaban los seis cazadores
que iban a constituir su guardia.
-¿Dónde está la muchacha? -preguntó
el polaco-. Que la lleven junto a los trineos antes de que dé
comienzo la prueba. Cuando hubieron satisfecho su deseo, Subienkow
se echó en la nieve y puso la cabeza sobre el tronco,
como un niño fatigado que se dispone a dormir. Había
vivido tantos años y tan terribles, que de verdad estaba
cansado.
-Me río de ti y de tu fuerza, Makamuk -dijo-. Pega y
pega fuerte.
Levantó la mano. Makamuk blandió el hacha, una
segur de las que utilizaban los indios para cortar troncos.
El acero hendió como un rayo el aire helado, se detuvo
una fracción de segundo a la altura de su cabeza y descendió
después sobre el cuello desnudo de Subienkow. Carne y
hueso cortó la hoja limpiamente, abriendo después
una profunda hendidura en el tronco.
Los salvajes, asombrados, vieron caer la cabeza a una yarda
de distancia del tronco ensangrentado. Se hizo un profundo silencio,
durante el cual, poco a poco, se fue abriendo camino en las
mentes de aquellos salvajes la idea de que no existía
tal medicina. El ladrón de pieles les había engañado.
De todos los prisioneros, sólo él había
escapado a la tortura. En eso había consistido su jugada.
De pronto se levantó una oleada de risotadas. Makamuk
agachó la cabeza avergonzado. El ladrón de pieles
le había burlado. Le había ridiculizado ante los
ojos de todos. Mientras los salvajes continuaban riendo a carcajadas,
Makamuk se volvió y se alejó con la cabeza agachada.
Sabía que desde aquel día ya no sería Makamuk.
Sería "el burlado". La fama de su vergüenza
le seguiría hasta la muerte, y cuando las se reunieran
en primavera para la pesca del salmón, o en el verano
para traficar, junto a las hogueras de los campamentos se referiría
la historia de cómo el ladrón de pieles había
muerto una muerte digna a manos de "el burlado". ¿Quién
fue "el burlado"? , oía preguntar en su imaginación
a un jovenzuelo insolente. "El burlado", le responderían,
fue aquél a quien llamaban Makamuk antes de que cortara
la cabeza al ladrón de pieles. |
|