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Por encima de toda sospecha  
Joaquín Leguina  
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Joaquín Leguina. Villaescusa (Cantabria) 1941.Se licenció en Ciencias Económicas en la facultad de Bilbao y se doctoró en la de Madrid. Tiene publicados varios ensayos de economía, demografía y política así como novelas: 'La fiesta de los locos', 'Tu nombre envenena mis sueños' y 'Malvadas y virtuosas: retratos de mujeres inquietantes' Historias de la calle Cádiz', 'La tierra más hermosa', 'El corazón del viento', 'Ramón Franco, el hermano olvidado del dictador' (2002), "Por encima de toda sospecha" (2003)

Sin embargo, cuando entra en su casa para esconder allí
su ancianidad y su miseria, piensa en todo lo que aún comparte con él la juventud.
Constantino Cavafis

Advertencia
Cualquier parecido entre los personajes que aparecen
en esta novela y personas reales no es pura coincidencia
.

Capitulo I

Baquedano abrió un ojo y miró el despertador que estaba sobre la mesilla. Desde que el Banco lo había prejubilado en 1991 pocas veces lo usaba como tal, pero le servía para saber la hora a la que se despertaba. Eran las siete y media del martes y el sol no había salido. "Aún no han puesto las calles", pensó, pero sabía que el sueño ya no retornaría. Puso la SER y un minuto después se tiró de la cama. Pasó al baño y encendió una segunda radio. Se afeitó y duchó mientras escuchaba las noticias del día, que seguían refiriéndose al desastre del "Prestige". Fue a la cocina y puso en funcionamiento el tercer transistor e hizo un café cargado que lo acabó de despertar, luego tomó un yogur y comió una manzana. Eran las ocho y cuarto cuando bajó a comprar el periódico. Volvió a casa, se metió en el despacho y repasó los pocos asuntos que tenía pendientes: un despido y dos "extranjerías". Desde que se dio de alta en el colegio de abogados y decidió abrir despacho, su clientela siempre fue escasa y sus tarifas bajas, "pero me entretiene", aseguraba. Acostumbrado desde los dieciocho años al horario del banco, cuando le señalaron la puerta de la prejubilación supo que algo tendría que hacer para ocupar las horas. Había estudiado Derecho mientras trabajaba sin que aquel título le hubiera servido de nada, pero cuando se quedó en la calle, divorciado, con los dos hijos crecidos, estuvo dispuesto a ejercer de abogado "por libre". Así lo pensó y así lo hizo, sin esperanza y sin convencimiento.
Abandonó los códigos, se sentó en el sillón de orejas y se puso a leer "El animal moribundo", la última novela de Roth. "Caen dos cada semana", solía decir cuando le preguntaban por sus lecturas. "Sólo novelas", añadía. A las once llamó a Sedano, por si tenía intención de pasarse por el barrio.
Al periodista Adolfo Sedano lo había conocido cuando éste llevaba en el periódico la sección de "trabajo" y Baquedano colaboraba con el sindicato, pero hacía tiempo que a Sedano le habían puesto en el diario el cartel de "incómodo". "Como a todos", apostillaba Baquedano.
-De repente, una mañana te levantas, te miras en el espejo y te das cuenta que eres Gregorio Samsa, un tipo incómodo -decía Baquedano- Y ya puedes hacer virguerías o ponerte de alfombra que seguirás siendo incómodo hasta que te lleven al cementerio. Pero tú no te quejes, que todavía no te han prejubilado.
-No, pero me han metido en "sucesos", que es casi peor -aducía Sedano.
-¿Peor? ¿Por qué? No me digas que prefieres estar en una sección de política. De política, los periódicos sólo dan opiniones: lo que dice fulano, lo que contesta mengano. En sucesos, al menos, cuentas hechos, acontecimientos, aunque sean luctuosos como la vida misma. Además, si no te pusieras la corona de espinas lo llevarías mejor.
Sedano le comunicó su intención de pasarse por El Tempranillo hacia la una, así que Baquedano decidió bajar antes al Mercado de la Cebada y hacer allí unas compras. Pasó por la carnicería de los Alba, en el piso alto, y Pepe, el carnicero, le dio el parte político. "A ver cuándo echáis a éstos", dijo al despedirse de Baquedano, a quien el carnicero tenía por un rojo. Bajó a la frutería de Pedro Díaz y se llevó dos kilos de manzanas y tres de naranjas. La fruta era la única glotonería que el jubilado se permitía.
Baquedano había trasegado ya dos riojas en El Tempranillo cuando apareció Sedano.
El periodista llevaba puesta una trenca recién sacada del armario de Alfonso Guerra. De estatura media y ancho de espaldas, se cubría la cabeza con una gorrilla de cuadros. Su nacimiento vallecano y sus querencias políticas le llevaron siempre a defender las causas "de los de abajo", como él decía, y a la desconfianza hacia los poderosos, ya lo fueran a través del dinero, de la política o de la fama. No era hombre de partido, sino de convicciones y las tenía arraigadas.
-¿Cuál es el parte médico? -preguntó Baquedano nada más ver al periodista empujar la puerta.
-¿Aún no te has enterado? -le preguntó Sedano.
-Si no lo ha dicho Gabilondo, no tengo por qué saberlo.
-Esta noche han dejado un saco en la puerta de una tienda de ropa, aquí al lado, en la calle Maldonadas, y cuando el dueño, un chino, ha llegado y lo ha abierto se ha encontrado con un cadáver dentro del saco.
-¿El fiambre de un chino, de un marroquí, de un colombiano... ? -preguntó Baquedano.
-No, de un español. Con el DNI y mil euros en el bolsillo del pantalón. Se llamaba Javier Mendiluce, casado, nacido en San Sebastián, cuarenta y cinco años. Empresario de import-export. Oficina y almacén en Fuenlabrada. Al parecer, importaba tejidos y muebles de Extremo Oriente y exportaba hacia allá productos metálicos. Eso me ha dicho Acosta, el Comisario -aclaró Sedano-. Acómpañame, que voy a intentar sacarle alguna información a los chinos.
-Vas dado. Los chinos hablan menos que Harpo Marx, el mudo. Pero vamos allá -dijo Baquedano.
En Xiao Li, la tienda de la calle Maldonadas, el trajín era el habitual. Dos chinas menuditas se movían por entre las perchas. Una de ellas ordenaba las prendas y la otra atendía a una gitana gorda, cubierta con un abrigo de visón y en cuyas manos y cuello había más oro que en los sótanos del Banco de España. "Entre el peso del colorao y esas nalgas, ésta necesita para moverse por el barrio una camioneta de reparto", comentó en un susurro Baquedano. Sedano preguntó por el dueño y éste -un chino espigado, de edad indefinida- salió de la trastienda. Mas, en cuanto el periodista se identificó como tal, sólo pronunció una frase: "Policía. Vaya a la policía" y se volvió a su cubil sin más explicaciones.
-Me parece que tendrás que esperar sentado, si es que habías pensado en hacer un reportaje -anunció Baquedano.
-Cubriré el expediente con Acosta. Algo tengo que sacar en el periódico. Los jefes están ahora con la "oleada de inseguridad ciudadana" y hay que publicar lo que sea para avalarlo.
En la Ronda de Toledo la Comisaría de Arganzuela supuraba normalidad. Los policías de uniforme les dejaron pasar en cuanto Sedano se identificó. Acosta estaba peleando con el ordenador, que se había trabado. "Una caída del sistema... y así todos los días", comentó antes de levantarse para saludar.
El Comisario ya no cumpliría los cincuenta. Compensaba su reluciente calva con una barba entrecana y espesa. Su cara podía ser risueña cuando su propietario así lo quería. Llevaba un traje azul, camisa beige y mocasines negros. Sólo la corbata color rosa rompía la uniformidad, tan previsible, de su tenue. Parecía un hombre campechano y de sus palabras se deducía un talante comprensivo para con las miserias humanas entre las que su oficio le obligaba a vivir.
-Un coche al Manzanares y un atraco en Cascorro -inició Acosta el parte nocturno-. A los dos chavales del Polo se les debió de pasar la curda en cuanto tocaron el agua… salieron nadando y helados. Al atracador de Cascorro lo pillamos diez minutos después pinchándose en la parte baja de la calle Curtidores. Una noche tranquila. No creo que te dé ni para un suelto -informó Acosta a Sedano.
-Y del hombre del saco, ¿qué se sabe? -insistió el periodista.
-Sólo lo que te he dicho hace un rato. Mañana tendremos los resultados de la autopsia. Se ha hecho cargo del asunto Mediavilla. Es el inspector que mejor conoce el barrio, al menos eso dice él.
"He quedado con Maruja para comer en Viuda de Vacas de la Cava Alta, si te quieres sumar..." dijo Baquedano al salir de la Comisaría. El frío de garabatillo que se paseaba por Madrid no había conseguido disminuir el trajín en las calles del barrio, pero, eso sí, las bufandas y los guantes habían abandonado los cajones de los armarios.
Cuando entraron en la antigua fonda de la Cava Alta la mayor parte de las mesas estaban ya ocupadas. Al otro lado de la barra había una mujer que aguardaba leyendo un libro. Andaría por los cuarenta y muchos, el pelo teñido de rubio dejaba ver en su raíz el color natural, entrecano. Se levantó y mostró su buena planta, con senos rotundos y un culo poderoso sobre unas piernas largas. Llevaba puesta una falda de cuadros y una chaqueta a juego. Las arrugas se colocaron en su sitio, el adecuado a la sonrisa que le iluminó el rostro cuando los vio entrar.
Maruja no quería aparecer ante amigos o conocidos como lo que en realidad era: la novia de Baquedano. Le gustaba más la palabra "compadre", aunque aceptaba la de "amiga". Había comenzado de corista en la compañía de Addy Ventura, pero sus aspiraciones eran otras: ser actriz de cine, aunque últimamente sólo había conseguido algunas cortas apariciones en dos o tres películas de Garci o de Martínez Lázaro. Su momento estelar lo alcanzó en la época del destape, en sus veinticinco años, cuando tenía un cuerpo que quitaba el hipo. Baquedano se lo recordaba con la frase "quien tuvo retuvo", lo cual era bien cierto. Maruja sobrevivía ahora en el teatro y no le iba tan mal, pues, aparte de ser actriz de las llamadas de reparto, ejercía con buen sentido el oficio de productora. Quería a Baquedano, pero no se hubiera ido a vivir con él ni por un Potosí. "La convivencia está bien para quien la soporte", decía. "Yo tengo serias dificultades técnicas para freír un huevo y me resisto a meter calzoncillos y calcetines sucios en una lavadora", añadía.
-Esta familia es habsbúrica -comentó Baquedano en un susurro, refiriéndose a la mujer embarazada, co-dueña de Viuda de Vacas, que les acababa de tomar la comanda-. Han extendido su poder por el barrio mediante una política de alianzas matrimoniales igual que los Habsburgo. Son ellas, las mujeres, quienes llevan adelante la estrategia. Se han casado con licenciados y doctores en las más variadas disciplinas y los han metido a todos en el negocio de la restauración (así llaman ahora a los taberneros) y les debe de ir bien. Yo me alegro porque es buena gente.
Comieron a su gusto y luego se dispersaron. "Cada mochuelo a su olivo", dijo Baquedano. "Y tú a la siestecita", añadió Maruja. Sedano partió hacia el periódico y Maruja a una entrevista con el dueño del teatro Fígaro con vistas a un montaje. Baquedano se metió en la cama, cogió la novela de Roth y en quince minutos ya estaba dormido.


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