Amor con música de fondo
Alejandro Pérez-Prat Madera
Este primer libro de la escritora canaria Alicia de la Fuente,
editado por Entrelineas, consta de una novela corta (Kasandra) y
nueve cuentos, algunos de ellos hiper-breves, agrupados bajo el
título de El cajón de los botones. En Kasandra asistimos
a los inicios de una conflictiva relación de amor entre dos
mujeres, a sus primeros encuentros sexuales, descritos con una lograda
sensualidad, por cierto, y a las dudas existenciales que todo ello
provoca en las dos. Kasandra es una violinista profesional y Ana,
que nos narra la historia de forma autobiográfica, una pintora
vanguardista, moderna, intelectual y tatuada. Acompaña a
las dos protagonistas un tercer personaje, Kalem, un homosexual
amigo de Ana que es su paño de lágrimas y su consejero
sentimental.
La narración indaga en la psicología de Ana (también
en la de Kasandra pero menos intensamente), en su miedo al compromiso,
a la desilusión y en su imposibilidad para expresar los sentimientos.
Así, Ana nos traslada en algunos momentos a su infancia y,
a la par nos muestra sus inquietudes en el presente. Buceamos junto
a ella por sus sentimientos, intentado encontrar el origen de sus
miedos.
De todo esto se entera uno si consigue superar los tres primeros
capítulos, durante los cuales el lector no acaba de situarse.
La prosa de Alicia de la Fuente brilla por momentos y por momentos
enerva. La profundidad de la indagación psicológica
queda en ocasiones oscurecida e inaprensible debido al uso de forzadas
comparaciones y párrafos un tanto intrincados ante los que
el lector tiene la sensación de que faltan palabras, falta
claridad para la adecuada interpretación del texto. El lector
suele ser listo y las cosas las más de las veces quedan mejor
expresadas si solo son sugeridas, evitando aclaraciones superfluas,
pero tampoco tiene la sobrehumana capacidad de leer el pensamiento
del autor y desentrañar sus intenciones. Hay en la obra una
alternancia entre párrafos grandilocuentes y otros casi coloquiales
que desconcierta y, peor aún, dificulta la lectura que, por
otro lado, en muchas ocasiones, resulta fluida y muy sugerente.
Los capítulos llevan un doble título, el suyo propio
y el de un tema musical que flota en el aire de cada uno de ellos
-salvo en el que se relata una intensa crisis de ansiedad y que
lleva el adecuado subtítulo de Silencio-. Es un recurso original
y funciona como una especie de hilo musical de la narración
-sólo deja de oírse durante esa puntual caída
en el abismo-, pero perderá el adecuado valor ambiental en
cuanto el libro caiga en manos de un lector que no conozca dichas
canciones, restringiendo con ello el abanico de edades que podrán
comprender íntegramente el contenido de la novela. A una
determinada generación, de la que el que suscribe forma parte,
les parecerá un recurso simpático aunque muy coyuntural.
En el final, que no voy a desvelar, las canciones también
juegan un papel importante, quizá demasiado.
El estilo un tanto desequilibrado de Kasandra pasa a ser bastante
más uniforme en cada uno de los nueve cuentos que completan
el libro. Son textos también intensos e intimistas, un tanto
abstractos y, algunos de ellos, parecen formar parte de un todo
más amplio.
A pesar de todo, los gratos e innovadores momentos brillantes de
esta escritora revelan un gran potencial narrativo. Los que, como
yo, tienen un particular interés por los nuevos escritores
que empiezan a publicar en pequeñas editoriales independientes,
esperarán con expectación sus próximos frutos.
Alejandro Pérez-Prat Madera
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