Monólogos que simulan diálogos
Lucía Ogueta
Dice la contraportada del libro que en él se cuenta una
historia de amor y desamor, pero es algo más. Es un texto
por donde fluye la vida. Vida intensa acotada en el tiempo, fruto
de una existencia pasada y preludio de otros momentos que están
por venir. Porque la vida, esa vida que discurre entrelazada en
sus líneas, no se acaba en la última página.
La historia está muy bien contada. El texto, ágil,
atrapa al lector, lo envuelve y no lo deja escapar de su trama.
No es la intriga lo que atrae, sino la forma en la que esa intriga
se desenvuelve y el final, sorprendente, es sólo un elemento
más de la novela.
La autora maneja con soltura los dos puntos de vista, el de la
tercera persona narrador omnipresente, y el de la protagonista que
se expresa por ella misma, que con sus confidencias da al texto
una gran fuerza expresiva. Mucho del encanto de este libro está
en esos monólogos que simulan diálogos y donde los
sentimientos y las sensaciones fluyen sin filtro, sin interpretaciones
ajenas. La protagonista, en plena madurez, abre, a su pesar, los
ojos a un nuevo horizonte. El camino no es fácil.
Otro aspecto a destacar es la modernidad de la historia. No hay
nada de lo que allí ocurre que no esté ocurriendo
desde hace miles de años, pero la forma en la que los acontecimientos
se desarrollan es de ahora, no puede ser de otra forma. Es en esta
época y en esta zona del mundo donde estos protagonistas
pueden hacer y decir eso que hacen y dicen.
Pero estos personajes, como los personajes reales, no son tan libres
como les gusta verse. En lo que somos está una parte de lo
que hemos sido, de lo que hemos creído. Dice la protagonista
: "
esa confianza absurda que tiene nuestra generación
en la facultad curativa de las palabras, como si diciendo la verdad
los problemas se solucionaran". Y la educación recibida,
que alejada de nuestro yo, nos persigue sin quererlo, pensando que
"
si ponía todos los pecados encima del mantel,
conseguiría su absolución y, gracias a su misericordia
".
La realidad, tozuda, se empeña, cuando menos lo esperamos,
en demostrarnos que las cosas son de otra manera.
La edición, como siempre en el caso de Anagrama, está
muy cuidada. La textura del papel y la foto de la portada, tan sugerente,
invitan a la lectura.
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