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Tenemos que vernos  
María Tena  
Anagrama 2003 Ver anteriores
Monólogos que simulan diálogos
Lucía Ogueta

Dice la contraportada del libro que en él se cuenta una historia de amor y desamor, pero es algo más. Es un texto por donde fluye la vida. Vida intensa acotada en el tiempo, fruto de una existencia pasada y preludio de otros momentos que están por venir. Porque la vida, esa vida que discurre entrelazada en sus líneas, no se acaba en la última página.

La historia está muy bien contada. El texto, ágil, atrapa al lector, lo envuelve y no lo deja escapar de su trama. No es la intriga lo que atrae, sino la forma en la que esa intriga se desenvuelve y el final, sorprendente, es sólo un elemento más de la novela.

La autora maneja con soltura los dos puntos de vista, el de la tercera persona narrador omnipresente, y el de la protagonista que se expresa por ella misma, que con sus confidencias da al texto una gran fuerza expresiva. Mucho del encanto de este libro está en esos monólogos que simulan diálogos y donde los sentimientos y las sensaciones fluyen sin filtro, sin interpretaciones ajenas. La protagonista, en plena madurez, abre, a su pesar, los ojos a un nuevo horizonte. El camino no es fácil.


Otro aspecto a destacar es la modernidad de la historia. No hay nada de lo que allí ocurre que no esté ocurriendo desde hace miles de años, pero la forma en la que los acontecimientos se desarrollan es de ahora, no puede ser de otra forma. Es en esta época y en esta zona del mundo donde estos protagonistas pueden hacer y decir eso que hacen y dicen.

Pero estos personajes, como los personajes reales, no son tan libres como les gusta verse. En lo que somos está una parte de lo que hemos sido, de lo que hemos creído. Dice la protagonista : "… esa confianza absurda que tiene nuestra generación en la facultad curativa de las palabras, como si diciendo la verdad los problemas se solucionaran". Y la educación recibida, que alejada de nuestro yo, nos persigue sin quererlo, pensando que "… si ponía todos los pecados encima del mantel, conseguiría su absolución y, gracias a su misericordia…". La realidad, tozuda, se empeña, cuando menos lo esperamos, en demostrarnos que las cosas son de otra manera.

La edición, como siempre en el caso de Anagrama, está muy cuidada. La textura del papel y la foto de la portada, tan sugerente, invitan a la lectura.


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