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ENTREVISTA
JOSE
SARAMAGO
PREMIO NOBEL DE
LITERATURA 1998
Por
©Luis
García
*Traducido
del portugués por Ignacio Vázquez Molini
Es posible que José Saramago haya visto el horror
en los ojos de los indígenas que se agolpaban en Acteal. Para
muchos un horror virtual, muy alejado del real. Para él, la
constatación de que la confrontación humana anida en nuestro
interior y no conoce fronteras. Difícilmente puede un indígena de
Chiapas entender la dimensión alegórica de su obra literaria. Pero
si existen en el mundo alguien merecedores y deudores de la misma,
estos siempre serán aquellos que se levantan en la mañana buscando
alimento e intentando escapar de las balas de quienes pretenden
aniquilarlos. Porque ellos son los verdaderos protagonistas de La
caverna, de Ensayo sobre la ceguera. Ellos son
los Ciprianos que no entienden de leyes de mercado, y que algún día
pondrán punto y final a la obra de un hombre que no tuvo reparos en
abrazar lo que otros denominan como “izquierda de caviar” (que
lamentable eufemismo), para así unir su voz a la de quienes no
pueden expresarse en libertad sencillamente porque nadie les ha dado
la oportunidad. Le debe a Azinhaga el que haya sabido dotarse de la
necesaria sensibilidad literaria para que un niño que apenas había
salido de la aldea nos legara para el futuro una de las mas
optimistas y arrebatadoras visones del mundo de los últimos años.
Porque José Saramago no es un hombre pesimista por mucho que se
empeñe en lo contrario. Tras de sus palabras se esconde una
profunda convicción de que el ser humano, como hizo en el Zócalo
hace escasos meses, se levantará y alzará su voz para que ésta
sea refundida en una sola y trasladada fuera de los confines de la
Tierra.
“Ni
el arte ni la literatura tienen que darnos lecciones de moral. Somos nosotros los que tenemos que
salvarnos, y sólo es posible con una postura ética, aunque pueda
sonar a antiguo y anacrónico”
José Saramago.

Foto ©Pilar
del Río
Luis García.-
Ahora, que han pasado varios meses desde la edición de La
caverna, ¿cree que fue ajustada la descripción que hizo
del Centro Comercial?
José
Saramago.-
El tiempo transcurrido desde la publicación
de La Caverna no tiene nada que ver con la descripción que
hice del centro comercial. Los centros comerciales que conocemos no
son todavía como aquel que describí en mi novela, pero la
playa artificial que allí incluí, por ejemplo, fue copiada de
un mall que visité en la ciudad de Edmonton
(Canadá). Cada vez mas los centros comerciales se confundirán
con los llamados parques temáticos, y no pasará mucho tiempo hasta
que las personas quieran vivir dentro de ellos.
L.G.-
Quiero decir, que no todos parecieron entender el símil
platoniano, quizás por desconocimiento del mito de La caverna de
Platón. Pero, ¿no resulta un poco exagerado en estos tiempos de
vorágine informativa?.
J.S.-
¿Qué es lo que es exagerado? ¿Que en estos tiempos
de vorágine informativa las personas no conozcan el mito
platónico de la caverna? Si la pregunta es esa, la respuesta
podría ser esta: que la vorágine es mucho menos informativa
de lo que parece.
L.G.-
Pero, ¿por qué un Centro Comercial?.
J.S.-
En tiempos pasados era en las grandes superficies
llamadas catedrales que la mentalidad humana de esta parte del mundo
se formaba. Ahora se forma en esas otras grandes superficies que son
los centros comerciales...
L.G.-
¿Tan descorazonador es el futuro como usted parece verlo en
la novela?.
J.S.-
Creo que sí, pero admito la posibilidad de estar
equivocado. Para peor, claro está.
L.G.-
Vive en una isla, alejado del mundo (es un decir) y haciendo
lo que más le gusta: escribir. ¿Cómo ve el mundo desde la
distancia?.
J.S.-
No vivo alejado. Las
pruebas de esto (para no citar otras que tienen que ver con mis
intervenciones como simple ciudadano) se llaman Ensayo sobre la
Ceguera, Todos los Nombres, La Caverna. No habría escrito esas
novelas si no tuviese algunas ideas sobre el mundo y sobre los seres
humanos.
L.G.-
¿Cree que hay motivos para la esperanza?. Terrorismo ETARRA,
crsis en Oriente Medio, xenofobia, algo que usted conoce muy
bien...
J.S.-
Conceptos como el de la esperanza o la utopía, me
interesan poco. Para mi, lo que cuenta es el trabajo que tiene que
hacerse en el día en el que nos encontramos. Si no lo hiciéramos,
esto es, si no buscásemos en cada momento, efectivamente,
soluciones para los problemas, de poco nos serviría continuar
hablando de utopías o de esperanzas, arrojando hacia un futuro
incognoscible la concretización de las mismas.
L.G.-
Saramago, es un nombre que infunde respeto tanto entre
aquellos que le siguen literariamente como entre los que le muestran
su rechazo. ¿A que cree que es debido?.
J.S.- Sugiero que se pregunte a esas personas cuáles son
las razones por las que me siguen o me rechazan. Creo que la
conclusión sería obvia y sencilla: unos están de un lado, los
otros están del... otro
L.G.-
¿Cómo fue su experiencia mexicana?. ¿Cómo vivió la
manifestación en el Zócalo?.
J.S.-
Fue uno de los momentos mas exaltadores y
arrebatadores de toda mi vida, una de las raras ocasiones en las que
comprendemos que podríamos ser infinitamente mejores de lo que
somos.
L.G.-
Es de suponer que el poder de atracción de una figura como
al del Subcomandante Marcos es enorme. ¿Dónde cree que radica su
atractivo?.
J.S.-
En sus ideas y en la forma en la que las expresa.
Marcos no tiene sólo una gran inteligencia,
tiene también una extraordinaria sensibilidad. Todo lo
contrario que los políticos comunes y corrientes.
L.G.-
También recibieron críticas, ustedes, Montalban, etc. ¿A
qué cree que son debidas?.
J.S.-
Esas críticas vinieron del... otro lado. No es
preciso
decir mas.
L.G.-
¿Tanto odio, rencor, y por qué no,
envidia, hay entre nosotros?.
J.S.-
Todavía mas odio, todavía mas rencor, todavía mas
envidia de lo que podría imaginar. Un nido de víboras sería poca
cosa en comparación
L.G.-
Le voy a hacer una confesión: tengo de salvapantallas en mi
ordenador de la oficiba, una frase que dice: Cuanto más
viejo, más libre, y cuanto más libre, más radical. (José
Saramago). Se la leí a usted en una ocasión en otra
entrevista. ¿Qué hay de cierto en dicha afirmación?.
J.S.-
En primer lugar, que pronuncié realmente esas
palabras. En segundo lugar, porque, contemplándome, veo en mí una
relación casi orgánica entre vejez, libertad y radicalidad. Otros
dirán que eso no es posible, que la vejez nos empuja
inevitablemente hacia la servidumbre y hacia el inmovilismo. Sí, es
cierto, pero, mientras la senilidad no me alcance.
L.G.-
¿No le parece que no todos están preparados para
entenderla, tanto la frase como la lapidaria moraleja de la
novela?.
J.S.-
Nadie está preparado si no se prepara, se no es
preparado. Yo tampoco esto preparado para comprender con
claridad suficiente lo que ocurrió en el Big Bang...
L.G.-
Hubo quienes le reprochaban que no entendiera que los Centros
Comerciales son las Ágoras de la antigüedad. ¿Qué tiene que
decir a eso?.
J.S.-
Me dan ganas de reírme de esa idea de que las
ágoras modernas sean los centros comerciales. Se así fuese, sería
el momento para que nos preguntásemos que demonio de cultura
habíamos heredado de los griegos...
L.G.-
La caverna es en el fondo una hermosa historia
de amor... ¿la concibió con esa idea?.
J.S.-
Las historias de amor, en mis novelas, nunca son
premeditadas, nacen de las circunstancias. La aparición de Isaura,
la mujer de la que Cipriano Algor se enamora, no estaba prevista.
Como tampoco estaba previsto el perro Encontrado, que, como se sabe,
es otra historia de amor.
L.G.-
¿Qué les diría a los que le acusan de inmovilista por no
aceptar el progreso?.
J.S.-
Es una acusación estúpida. Inmovilistas son
aquellos que se encuentran a gusto en un planeta en el que la mitad
de la población mundial vive con menos de cuatrocientas pesetas por
día, y en el que mil cuatrocientos millones de seres humanos tienen
que vivir con menos de doscientas pesetas diarias. Lo que yo
exigiría a ese llamado progreso es que empiece a considerar al ser
humano como prioridad absoluta. Todo lo que no vaya en este sentido,
o es criminal, o es hipócrita.
L.G.-
Tengo la impresión, que sólo desde una perspectiva
comunista se podría escribir La caverna. ¿Le
ayudaron sus convicciones políticas a la hora de sentarse ante el
ordenador?.
J.S.-
No pensé en convicciones políticas mientras
escribía La Caverna. Pobre de mí si lo hubiese hecho...
Sería señal de un artificio imperdonable. Escribí con lo que soy
y con lo que pienso. Nada mas.
L.G.-
¿En qué está trabajando actualmente?.
J.S.-
Se trata de una obra proyectada hace casi diez años
y constantemente aplazada. Llevará el título de El Libro de
las Tentaciones. Es una autobiografía, referida solamente a la
infancia y a la adolescencia de su autor. Lo que fui y lo que hice
en la edad adulta es mas o menos conocido. Espero que ese libro
sirva para que yo mismo pueda conocerme mejor.
L.G.-
Usted levanta pasiones allá por donde va, como si se tratara
de una estrella de Holliwood, y tiene un componente de seductor que
choca con su verdadera edad. ¿Percibe ese acercamiento con sus
lectores?.
J.S.-
Sería una persona insensible del todo si no lo
reconociese. Creo que el afecto que los lectores me profesan reposa
en el hecho de que saben o intuyen que no estoy engañándoles, ni
cuando escribo, ni cuando hablo. En cuanto a la seducción, si es
cierto lo que me dice de ese componente de mi personalidad, parece
que la vejez. al contrario de lo que generalmente se piensa, es
capaz de todo...
L.G.-
Siempre recordaré (como tantos otros) el comienzo de su
discurso cuando recibió el Nóbel, aquella historia sobre su
abuelo. ¿Queda muy
lejano aquel momento?. ¿Lo añora?.
J.S.- El recuerdo de mis abuelos no es recuerdo, es
presencia constante, continua, ininterrumpida. Continúo siendo su
nieto. Para mi, están vivos. Y una de las grandes alegrías que me
proporcionó el Nobel, fue haberme dado la oportunidad para, delante
del mundo, hablar de las dos personas que para el mundo no tenían
ninguna importancia. Y que pasasen a tenerla.
L.G.-
¿Tiene Saramago fe en el futuro?. ¿Cree que la literatura
aún puede cambiar el mundo, o cuando menos ayudar a ello?.
J.S.-
Dejémonos de ilusiones fáciles, de tópicos
optimistas. La literatura puede poquísimo. ¿Cambiar el mundo?
Nunca ha cambiado. ¿Ayudar a que cambie? Parafraseando el dicho:
"Ayúdate, que Dios te ayudará", yo diría:
"Ayúdate, que la literatura te ayudará". Pero no son
muchos los que quieren que se les ayude.
©Luis
García
Septiembre,
2001


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