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PREMIO
PLANETA 2001
ROSA REGAS
Os ofrecemos la presentación que hizo de su novela Luna Lunera
en la Fundación Grupo Correo. Mejor que cualquier biografía
hemos querido mostraros lo que siente cuando escribe y porqué
empezó a escribir tardíamente
.
El Juego de la Memoria: Luna
Lunera
por
©Rosa Regás
Quisiera decirles, en primer lugar, que yo soy una escritora tardía:
empecé a escribir hace once años. Por eso creo que muchas veces me
invitan a dar conferencias para demostrar que siempre es posible
desarrollar las vocaciones no precoces, que nunca es tarde. Si yo he
podido escribir mi primera novela a los 56 años, creo que todo el
mundo puede hacerlo. Excepto si quiere ser bailarina una persona de
60 años, claro está, todas las demás cosas se pueden hacer, y ése
es un mensaje esperanzador que parezco llevar escrito en la cara.
Acaba de decir mi presentador que esta novela es dura pero también
alegre y apasionada; así soy yo, como así lo es cada persona que
desarrolla capacidades nunca realizadas a lo largo de la vida por
miles de razones: las mujeres, porque tienen hijos, y casa, y
marido; los maridos, porque tienen hijos, y casa, y mujer, y
trabajo, y ganas de luchar, y de divertirse, y de pasear, y de
pescar, y de tomar el sol.
Siempre llega un momento en el que nos queda el tiempo más a nuestra
medida, y si tenemos un poquito de coraje, solamente un poquito,
empezamos a buscar dentro de nosotros mismos aquello que no hemos
realizado todavía en la vida para comenzarlo por fin. Esto es lo
que yo hice en su momento: yo me casé muy joven, tuve muchos hijos,
monté una editorial, tuve muchos amigos, me divertí muchísimo, lo
pasé muy bien, y, de repente, de pronto, me dí cuenta de que había
plantado muchos árboles, había leído muchos libros, había tenido
muchos hijos pero no había escrito ningún libro todavía, por lo
que pensé "como no me dé prisa, me habré muerto sin escribir
este libro que quería escribir desde niña".
Todo esto se lo
cuento precisamente porque yo quería escribir Luna lunera
desde muy pequeña. Yo no sabía entonces que se llamaría así; sin
embargo, sí quería relatar la historia que cuenta, una historia
que se basa en mi propia infancia. Es una historia tan cruel y tan
dura, a la par que redonda y perfecta como narración literaria, que
muchas veces me pregunto si el afán que siempre he tenido por
escribir y que no he desarrollado hasta tan tarde, como les decía,
no respondía, simplemente, a las ganas de contarla -claro que también
es cierto que, cuando un escritor concibe un relato, siempre le
parece que ha querido ponerse a escribir para dar rienda suelta a su
desarrollo-.
Quizá lo que pasa es que Luna lunera es la última historia
que he escrito y, entonces, todos mis deseos, todo mi romanticismo,
toda mi pasión, los he volcado en esta novela, lo cual no quita
para que sea mi obra más personal al basarse en una parte
importante de mi propia y "dickensiana" infancia.
Cuando quise empezar a escribir hace muchos años, hace 10 o 12 años,
lo hice porque me encargaron un libro. Yo estaba por aquel tiempo en
Ginebra, haciendo de traductora de las Naciones Unidas, y me llamó
un amigo.
Hacía tres años que había vendido la editorial y había
cambiado de oficio, una cosa que me encanta hacer cada 10 años:
cambiarlo todo e irme a vivir a otra ciudad; no teñirme el pelo,
pero sí cambiarlo todo y volver a empezar, como esas cosas que
hacemos cuando empezamos un nuevo cuaderno y pensamos "siempre
lo voy a escribir as", para luego no seguir ese criterio; o
como cuando llega el fin de año y decimos "este año voy a
hacer gimnasia tres veces por semana".
Naturalmente, pasa el año
y no hacemos nada, pero vuelve el próximo año y volvemos ó por lo
menos yo sí a hacer nuestros propósitos. Aun así, a mí me gusta,
como estaba diciendo, cambiar de vida de vez en cuando, cosa que he
hecho cada diez, doce o catorce años.
A raíz de este cambio fue cuando pensé que había llegado el
momento de ponerme a escribir. Tenía mucho tiempo libre, a las
cuatro de la tarde acababa de trabajar y hasta las doce de la noche
en Ginebra no tenía absolutamente nada que hacer, pero, para mi
asombro, con todas las ganas que yo tenía de escribir, con todas
las ganas acumuladas en todos los años de mi vida, me dí cuenta de
que no tenía ninguna historia que contar, y si tenía alguna, era
absolutamente insulsa, sin la menor gracia.
Me decía "¿qué
pasa?, qué es lo que tengo? Tengo ganas de escribir, pero no sé qué".
Me hizo falta mucho tiempo y mucha introspección para darme cuenta
de que yo quería escribir no sólo para contar una historia, sino
también para saber qué era lo que quería decir, como si, una vez
empezadas las primeras frases, fuera tirando del hilo y apareciera
la protagonista, y luego su peinado, y su infancia, y sus padres y
amigos, y el ambiente y la situación; todo esto con un esfuerzo
brutal.
Cuando hube terminado la primera novela pensé "ya está,
ya sé lo que tengo que hacer: tirar del hilo", pero la
experiencia siempre viene a desmentir aquello de lo que estamos
absolutamente seguros. Yo estaba absolutamente segura de tener en
mis manos el secreto de la escritura, que consistía en ponerme y,
como digo, tirar del hilo. Por decirlo de otra manera, es como si
hubiera tenido un bloque de madera y hubiera quitado lo que sobraba
para que apareciera la figura. Así lo hice en mi primera novela:
fui tirando del hilo y escribiendo, descubriendo, simultáneamente,
de pronto, de qué quería hablar.
Efectivamente, salió la historia de una mujer que primero estaba
protegida por su padre, después por su marido y después por su
amante; sin embargo, ella acababa, por una serie de historias que no
les cuento porque no he venido aquí para hablar de este libro, sino
de otro, cogiendo su vida con sus propias manos. Todo esto
transcurre en un ambiente de campo, del Ampurdán, donde yo tengo mi
casa, y, bueno, me pareció que la novela había quedado, por lo
menos, decentemente bien.
©Rosa
Regás . Fundación Grupo Correo. Vitoria 1999


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