¿Sabías qué?



 





























 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

 

HAY UNA NUEVA NARRATIVA DOMINICANA QUE CUENTA

 por

©René Rodríguez Soriano

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO nació en Constanza, República Dominicana, en 1950. Ganador del Premio de Cuentos Casa de Teatro, 1996 y Premio Nacional de Cuentos "José Ramón López", 1997. Titular de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, desde principios de los setenta se dedica a la creatividad publicitaria y a la docencia universitaria en el área del Periodismo el Marketing Comunicacional y la Literatura. Así mismo a la producción y realización de reportajes, spots, documentales y otros materiales para radio, televisión y cine. Actualmente es Subdirector de la Agencia de Noticias Literarias Librusa en Miami EEUU. Más información sobre René Rodríguez en su página personal:  http://www.rodriguesoriano.com/ 

 

La regla es el abuso, la excepción es el goce. Roland Barthes

1. Más allá de la historia.

Antes, mucho antes que el nombre de las cosas, desde los días primigenios de la humanidad, ya el cuento existía. Quizás como hipótesis justificadora. Quizás como sinuosa verdad empeñada en explicar la realidad circundante, todo ese amanecer del mundo lleno de interrogantes y magia, dando rienda suelta a una sarta de mitos, historias de dioses y héroes de los que han hecho uso hasta la saciedad las religiones y las antiguas epopeyas.[i]

Los más antiguos cuentos de los que se tiene conocimiento provienen de Egipto y datan de los siglos XIV a XII antes de la era cristiana. Así mismo, el primero en compilar cuentos al modo moderno, se tiene entendido que fue Partenio de Nicea, considerado como maestro de Virgilio. Su colección lleva por título Aventuras de amor y está integrada por treintiséis narraciones. De esa misma época se considera a Conón, quien llega hasta Don Quijote con el cuento de Los viejos y la deuda saldada, uno de los episodios del gobierno de Sancho.

La Edad Media, también es rica y singularmente propicia para el cuento y, según Emile Gebhart, “Los viajes de los peregrinos, de los mercaderes y de los cruzados, constituyeron un magnífico puente para la difusión de este tipo de relatos por todas las regiones del mundo”[ii]. Los dominicos y los franciscanos, en su largo peregrinar entre oriente y occidente se encargan de llevar y traer de pueblo en pueblo estas historias y difundirlas.

Este, a grandes rasgos, y no otro es el panorama de los cuentos orales, de caminos. Cuentos que durante las travesías hacían las delicias de los viajantes y acortaban las horas. Pero, el del cuento escrito tiene sus vertientes, hay que buscarlo por otros cauces, otros senderos un tanto más fáciles de transitar.

Es un secreto a voces que el cuentista moderno por excelencia no es otro sino Boccacio con su Decamerón. Después, el resto es casi historia conocida: Perrault, Turguéniev, Voltaire, Diderot, Los hermanos Grimm, La Fontaine, Pushkin, Dickens, Voisenon, Chejov, Gorki, Maupassant y un largo etcétera que, por tan largo, resultaría latoso enumerar ahora y aquí.

 

2. Amplificaciones y balbuceos.

Si bien es cierto, todos los estudiosos del tema, con sus colorines, sus parcelas y mezquindades, han coincidido en señalar la ausencia de una cuentística organizada y un atraso con respecto a todos nuestros vecinos, en lo que a escribir y fundamentar el cuento se refiere. Así nos lo confirma Aída Cartagena Portalatín, cuando plantea: “En el panorama de nuestras letras podríamos señalar una docena de buenos cuentistas, pero que nada aporta a la técnica o género, y también a incontables narradores que no hicieron otra cosa que estampas costumbristas o viñetas de pobre colorido criollo”[iii]

Durante ese largo y lento balbuceo de nuestra cuentística, de finales del 1800 hasta mediados del 1900, se pueden rastrear soplos del naturalismo de Zola, Maupassant; del modernismo –en el caso de Fabio Fiallo y sus Cuentos frágiles, 1908- y algo del simbolismo francés; lo que no es de extrañarse, puesto que, como apunta Rodríguez Demorizi: “Las lecturas de novelas y cuentos se hicieron más amplias y comunes desde 1845. Se leía a los Hermanos Grimm; los Cuentos de hadas de Andersen; Las mil y una noches; los Cuentos fantásticos de Hoffmann, en su edición madrileña de 1839; los cuentos y poesías folklóricas de Fernán Caballero y los Cuentos de mamá, tradiciones granadinas, en 1853; las celebradas Tradiciones peruanas, de Palma, después de 1872, que tanto influirían en toda la América, y entre nosotros en César Nicolás Penson...”[iv]

De ahí que, durante todo ese largo trayecto, además de lo ingenuo de la técnica, no es extraño encontrarnos con meras amplificaciones o retomas de trabajos ya clásicos, a los cuales se les condimentaba con un poquito de sazón del momento político que vivía nuestra incipiente nación. Así, y volviendo a las fuentes de Rodríguez Demorizi, nos encontramos con que: “en los cuentos de López (José Ramón) hay claras reminiscencias de los de Luis Taboada. El delicioso cuento Las cerezas, de Fabio Fiallo, es trasunto de La oropéndola, de Andre Theuriet. José Ramón López, además, se contó entre los numerosos usufructuarios de la maravillosa cantera de El Conde Lucanor y La Fontaine.[v]

Además de Fabio Fiallo, a quien se le reconoce el título de Primer Cuentista dominicano[vi], José Ramón López y César Nicolás Penson, sobresalen por sus trabajos Rafael A. Deligne, Sócrates Nolasco y Vígil Díaz, entre otros.

 

3. Sabor a campoadentro.

Pero, no es sino a mediados del 1930 cuando la cuentística dominicana comienza a tener fisonomía propia, con la aparición de Camino real, de Juan Bosch, considerado éste como el gran estilista, “el cuentista dominicano por excelencia”. Bosch, nos inserta en el campo, lleva al hombre sencillo del arado, el ingenio o el hato a tutearse con el hombre universal, sacando el cuento dominicano de los requiebros y tarareos puramente costumbristas, criollistas y/o folklóricos, que no hacía otra cosa que presentar al campesino y su entorno visto como con catalejo y frac desde una cómoda poltrona de salón. Es evidente que Bosch utiliza los determinados aspectos del costumbrismo, del criollismo, del folklore, para ofrecer una visión, nueva para la época, del ser  dominicano. Aunque los cuentos de Bosch son telúricos todavía, son también relativamente modernos. En Efecto, Bosch fue un conocedor del hombre de su época, por eso, a pesar que trasciende el tema de la tierra, no se despoja de cierto agrarismo. Y es que la sociedad dominicana de la época era eminente rural.

El hombre dominicano cobra su estatura y comienza a hablar por su propia boca, en su propio lenguaje, denunciando las condiciones infrahumanas en que muere y se desangra, la explotación, las continuas revueltas y la idiosincrasia de sus ídolos truncos, mustios, estériles como mulas, siempre en constantes escaramuzas levantiscas, siempre retrocediendo-avanzando. En fin, llega el momento de la trascendencia del cuento dominicano y, junto a la voz de Bosch, comienzan a alzarse otras con no menos tintes de curtiembre, reciedad y oficio: Ramón Marrero Aristy con su libro Balsié, José Rijo, Tomás Hernández Franco y otros. Todos ellos, unos más, otros menos, durante los años del trujillato estuvieron ligados a la temática de la tierra, unos plegados al régimen, otros desafectos.

 

4. Luces, asfalto y sangre.

Ya, en las postrimerías de  la dictadura aparecen los primeros cuentos de Virgilio Díaz Grullón, ubicados en un entorno citadino, que dista bastante de la temática tratada por Bosch y los otros que surgieron a principios de los años 30. Junto con Díaz Grullón, Sanz Lajara, Hilma Contreras, Angel Lamarche, Néstor Caro y Lacay Polanco, también incursionarán en la temática metropolitana en algunos de sus trabajos (principalmente Angel Lamarche en su libro Cuentos que Nueva York no sabe, 1958). También es justo consignar aquí la incursión de Manuel del Cabral, con Los relámpagos lentos dentro de una onda épico-filosófica que no ha generado muchos cultores dentro del ramo.

Si bien es cierto que, a todo este florecimiento del cuento dominicano y que, junto al considerable listado de nombres, se desarrolla una apretada selección de trabajos que pueden considerarse definitivos y definitorios para la cimentación de una cuentística dominicana, los años del 30 al 60 están marcados fuertemente por la temática agraria y no es, sino hasta la caída de Trujillo, con la apertura que este hecho político sin precedentes significa en todos los órdenes para el pueblo dominicano, cuando comienza a vislumbrarse una nueva temática y la conjunción del hacer de los escritores dominicanos con el hacer de los más avanzados de otras latitudes.

Pero, no es sólo la decapitación del trujillato el hecho histórico trascendente que vendrá a sacudir la conciencia nacional, cuatro años después del ajusticiamiento del tirano, el pueblo en pleno del país se lanza a las calles, a defender la soberanía frente a la segunda invasión en el siglo de los Marines Norteamericanos. Hecho éste frente al cual los escritores, como todos los demás sectores de la comunidad, no sólo empeñaron sus implementos de trabajo, sino sus vidas y afanes. Y si bien, las continuas revueltas del pasado y los constantes escarceos de los viejos caciques con ínfula de señores feudales, marcaron a la hornada de escritores de la tierra; estos dos nuevos acontecimientos (el fin de la tiranía y la revuelta de abril), marcan a fuego y sangre a toda esta naciente camada que irrumpe con bríos en el panorama de la cuentística más acabada y con sólida formación, tanto formal como temática.

Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Rueda, René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca y Armando Almánzar, constituyen la avanzada de lo que habrá de venir. Todos ellos, nutridos y apertrechados de todo el hacer que de golpe desembarcó en la isla, todo lo prohibido, todo lo vedado y escamoteado por treinta largos años, irrumpe de sopetón en el ambiente y, todo ese maremagno que engendra el descubrimiento de los europeos del “boom latinoamericano” y la consiguiente búsqueda de las raíces que genera ese boom del boom, es frugalmente aprovechado por este sólido grupo de nuevos narradores que, como bien apunta Pedro Peix, inician el segundo gran ciclo del cuento dominicano, “robustecido por algunos escritores que ya habían publicado textos en los albores del 60”.[vii]

La nueva manada, marcada por la guerra y la tiranía, se curte y se adiestra más con la aparición de los premios de la agrupación cultura La Máscara, a finales de la década, y los Premios Casa de Teatro, que se han mantenido desde el 1977 hasta la fecha. Ambos concursos abren la puerta a un sinnúmero de nuevos narradores y nos dan la oportunidad de reencontrarnos con otros ya establecidos en otras áreas, como son los casos de Aída Cartagena Portalatín, ganadora de una mención en La Máscara 1967 y la publicación de su libro Tablero, 1978, y Manuel Rueda, una mención en La Máscara, 1968, un primer y un tercer lugar en Casa de Teatro, 1978, con un cuento que podría catalogarse como el primer eslabón visible de la nueva narrativa dominicana (La bella nerudeana) y su importante libro Papeles de Sara y otros relatos, 1985.

Entre los nuevos narradores surgidos, de finales de los 60 y principios de los 70, cabe destacar los nombres de Arturo Rodríguez Fernández, Ricardo Rivera Aybar, Pedro Peix, Diógenes Valdez y Roberto Marcallé Abreu. Luego, vienen en alud, si bien cabría aquí el calificativo, los puñitos rosados aquellos de los que habló el poeta, poblando los concursos y los suplementos literarios. Así como los estantes de las librerías y los empolvados libreros de algunos amigos.

 

5. Cuenta la historia.

Si bien la tierra, el asfalto y algo de la sangre vibran en los nuevos aires, la narrativa breve dominicana tiene otros matices que ondean con ritmo propio allende todos los contornos. Hoy día, textos como La fértil agonía del amor, de Marcio Veloz Maggiolo y El recurso de la cámara lenta, de Ramón Tejada Holguín tienen los decibelios suficientes para dar tono y timbre a una narrativa con voz propia que represente a esta isla del Caribe en cualquier patio donde se hable con propiedad sobre el dominio de las técnicas del cuento moderno.

Este tono y timbre habrá que bucearlo en textos celosamente silenciados por obra y gracia del stalinismo ambiental que ha servido tanto a los zurdos como a los otros, para excluir nombres y obras que tienen sobrados rasgos distintivos dentro de todo el hacer narrativo desde finales de los setenta hasta mediados de los noventa. Es el caso de La bella nerudeana y De hombres y de gallos, de Rueda y La fértil agonía del amor, de Veloz Maggiolo. Piezas que, sin obviar lo ya hecho con pericia aquí y en otras latitudes, introducen nuevo aliento a la narrativa corta dominicana.

Tanto La bella nerudeana como La fértil agonía del amor podrían erigirse como punto de partida para rastrear uno de los matices más significativos de la narrativa que se escribe hoy en el país y que lo sitúa en posición competitiva en cualquier punto del orbe: la androgenia de los géneros literarios y un erotismo juguetón y deslenguado a ritmo de güira y tambora. En uno y otro texto, sin lugar a dudas, las fronteras entre el lenguaje poético y el lenguaje narrativo han sido pasadas por alto para dar fisonomía a uno de los momentos más singulares en la historia del cuento dominicano.

Luego de estos textos vendrían otros como: Los ojos de Sara, de Tejada Holguín; Cómo recoger la sombra de las flores, de Ángela Hernández Núñez y La tercera cara de la moneda, de Manuel García Cartagena, entre otros. Textos, cuyo núcleo de visión es la imagen sensual y cadenciosa que, gracias a la fusión de ambos lenguajes y el atinado juego con el gran poder de la lengua y sus misterios, hoy por hoy pueden ser degustados con verdadero goce.

Pero ese tono y timbre distintivo no se queda ahí. El placer de la escritura ha sido degustado en su salsa. Además de la poesía, las ciencias y hasta las supercherías han sido invitadas al festín y, como en Borges, hay momentos en que no se sabe si un texto puede ser pura invención o un estudio sobre la rebelión de las mozas. Así, el cine, como lenguaje y no como mera referencia enciclopédica, también viene a reforzar y a encauzar este nuevo modo del decir narrativo. De igual tono, la música (el rock y el jazz) con toda su fuerza y sus posibilidades de improvisación y asombro, armoniza y da corpus a un manojo de obritas que ya nos hacen pensar en algo tan absurdo como la trascendencia.

Y, a propósito del absurdo. ¿Qué pensar, precisamente ante La tercera cara de la moneda o El recurso de la cámara lenta?[viii] Por lo que se colige, el absurdo y lo fantástico, han sido abordados por los nuevos narradores dominicanos con un conocimiento y dominio que ya no podrá seguir ocultándose por más tiempo. El día que los estudiosos del fenómeno se aboquen al análisis concienzudo del macito de obras que anda por ahí disperso, ya en las colecciones de Casa de Teatro o en ediciones limitadas de autor, saldrá a flote este tronante axioma que pone en dudas muchas verdades de Perogrullo que a diario nos venden en las veladas y tedeos los más “capaces” estudiadores.

Esta nueva generación de narradores que, atrincherados en el importante Concurso de Cuentos de Casa de Teatro y conformada por algunos jóvenes y otros no tan jóvenes, ha bebido no sólo en las fuentes vernáculas, de antes del boom  o el post-boom y otros etcéteras, ha ido más allá. El tufillo que exhalan denota a leguas que además de Bosch, Borges, Cortázar, Uslar Pietri, Onetti o Rulfo –quienes embriagaron considerablemente a gran parte del grupo anterior- entre sus lecturas se cuentan también: Huxley, Joyce, Felisberto Hernández, Poe, Anderson Imbert, Dos Passos, Lezama Lima, Proust y Elizondo. Así mismo, las huellas de un Goddard, un Truffaut, un Antonioni, un Allen desgarrado y otros grandes del cine o la música contemporánea y la poesía. (Tal podría ser el caso de Ginsberg y Corso, en la poesía y Frank Zappa y Miles Davis, en la música).

De ahí que no sea casual que esta bisoña narrativa transite hoy día con cierta destreza por temas y lugares tan variopintos como el desamor y las montañas. La preocupación formal de los puñitos rosados del cuento dominicano los ha llevado a una asunción del trabajo con un criterio verdaderamente profesional, donde la narración no recae únicamente en los hechos en sí, sino en la reacción que tales hechos provocan en el comportamiento de los personajes. Así mismo, la limpieza estilística, el manejo del lenguaje y el trabajo de asimilación, apropiación y transformación que han hecho con su entrono y los elementos de la cotidianidad para convertirlos en material de ficción, les confiere una estatura que, desde ya, reclama una mirada objetiva sobre su corpus.

Esta nueva camada, como ya hemos visto, condimentada por el hacer de todos sus predecesores y curtida por el trabajo, sabe que tiene algo que decir y lo está diciendo con el mejor tino y el mayor respeto por el oficio de escribir. Sus trabajos denotan que no sólo han leído, visto o escuchado a los grandes por la simple masturbación de tirar páginas para la izquierda. Más de uno de ellos ha dado pruebas más que suficientes del conocimiento y manejo de las técnicas del flash back o del fade out, del cine; del fluir síquico; de la improvisación del jazz o el rock. Así como la experimentación con los planos narrativos, las fragmentaciones temporales, fusiones de lo real con lo deseado o imaginario; dominio del juego, el erotismo, el humor, la ironía y la ternura.[ix] Se ha llegado incluso al grado de poner de manifiesto el placer compartido por el juego, caricaturizando y satirizando las estiradas poses de los teóricos de relumbrón, con la creación de textos escritos a dos y tres voces.[x]

Un vuelo rasante sobre el trabajo de la lengua, los temas y el rigor con que se está trabajando el cuento en República Dominicana, tiene que darnos una perspectiva esperanzadora para el presente de la narrativa breve actual. Las piezas de estos muchachos (y las de otros no tan muchachos, pero excluidos de todos los catálogos antojadizos de siempre), pueden, como diría Yourcenar, contar una historia que cuenta, precisamente la historia que se excluye y que alguien, alguna vez, habrá de contar con pelos y señales.

 ©René Rodríguez Soriano Febrero 2002


[i] . Torri, Julio. Grandes cuentistas. Editorial Cumbre, S.A./Los Clásicos. Novena Edición, México, DF, 1977. Pág. IX

[ii] Torri, Julio. Op. Citada. Pág. X

[iii] . Cartagena Portalatín, Aída. Narradores dominicanos. Monte Ávila Editores, C. Por A., Caracas, Venezuela, 1969. Pág. 9

[iv] . Rodríguez Demorizi, Emilio. Cuentos de política criolla. Librería Dominicana, Editora. Segunda Edición. Santo Domingo, RD, 1977. Págs. 12 y 13.

[v] . Rodríguez Demorizi, Emilio. Op. Citada. Pág. 21

[vi] . Cartagena Portalatín, Aída. Op. Citada. Pág. 9

[vii] . Peix, Pedro. La narrativa yugulada. Editora Alfa & Omega. Primera Edición. Santo Domingo, RD, 1975.

[viii] . García Cartagena, Manuel. La tercera cara de la moneda. Mención de Honor Casa de Teatro 1987. Ver volumen Cuentos premiados 1987. Tejada Holguín, Ramón. El recurso de la cámara lenta. Mención e Honor en Casa de Teatro 1989. Ver volumen Cuentos premiados 1989.

[ix] . Ver además textos como: El curioso e singularisimo informe sobre Oxry Ovnimorom (1980), sabroso texto de Ricardo Rivera Aybar que, manejando con destreza un español arcaico, elabora una pieza fresca y graciosa con un sostenido sentido del humor y, si se quiere, de ternura. Así llenamos nuestros espacios temporales (1986) y La verdadera historia de la mujer que era incapaz de amar (1987), de Ramón Tejada Holguín, donde además del humor, lo erótico y el juego, se desarrolla el doble drama entre los personajes y el autor, tratando de inventarse a sí mismos. En Un día en la vida de Joe Di Magio II y  Cartas al espejo (1985), Manuel García Cartagena hace galas de un sostenido manejo del idioma, explota al máximo el recurso del fluir de conciencia y, en el primero de los dos, exhibe un dominio corrosivo del humor que nada tiene que envidiarle a los maestros de todos los tiempos. En Cómo recoger la sombra de las flores (1988), Ángela Hernández Núñez, además de jugar con la fusión del lenguaje poético-narrativo, los sesgos en el tiempo y el espacio y unos equilibrados diálogos, crea una atmósfera de ternura y paroxismo incomparable. Julio Adames con Unos gatos empujan la pared (1990), demuestra un amplio conocimiento de las técnicas narrativas modernas y dosifica con bastante equilibrio un cuidadoso manejo del lenguaje poético. (Todos estos cuentos han sido premiados en el Concurso de Cuentos de Casa de Teatro en los años que aparecen entre paréntesis). Véase, además, El bocal de seis flores, de Rafael García Romero, texto que, partiendo de un poema del reconocido poeta mejicano Jaime Labastida, recrea una interesante historia que constituye una muestra a tomar en cuenta dentro de la más nueva forma de enfrentar la ficción (sin fronteras) dentro de la más joven narrativa corta dominicana. Ver Los ídolos de amorgos, 1993.

[x] . Probablemente es virgen, todavía (1993) e Invítame a almorzar lejos de estos barrotes (1994), de Ramón Tejada Holguín y René Rodríguez Soriano. Anteriormente, ambos, en compañía de Rafael García Romero habían escrito Y así llegaste tú, Aurora (1991). Todos premiados en Casa de Teatro. Ver colecciones de los años en paréntesis.


Noticias Literarias | Libros | Entrevistas | La Polémica | Opinión | Rutas Literarias | EscaparateDocumentos | Memoria | Monográficos | Tablón Literario | Lectores Opinan | Galería de Letras | Vistazos Literarios | Sabías Qué | Editores | AsociadosQuiénes somosEscríbenos | | Publicidad |