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PREMIO CERVANTES
2001
Premio
de Literatura en lengua castellana
"Miguel de Cervantes"
Universalmente
reconocido como el galardón literario más importante en lengua
castellana, fue creado en 1975 y dotado con 15.000.000 de
pesetas, está destinado a premiar la obra de un autor español o
iberoamericano cuya contribución al patrimonio cultural hispánico
haya sido decisiva. Autores galardonados con este premio han escrito
las mejores y más hermosas páginas de la literatura en español
del siglo XX. Ellos han forjado el español de hoy, una lengua y un
patrimonio literario en dos continentes. Lista de Premiados:
1976 Jorge Guillén
1977 Alejo Carpentier
1978 Dámaso Alonso
1979 Gerardo Diego
Jorge Luis Borges
1980 Juan Carlos Onetti
1981 Octavio Paz
1982 Luis Rosales
1983 Rafael Alberti
1984 Ernesto Sábato
1985 Gonzalo Torrente Ballester
1986 Antonio Buero Vallejo
1987 Carlos Fuentes
1988 María Zambrano
1989 Augusto Roa Bastos
1990 Adolfo Bioy Casares
1991 Francisco Ayala
1992 Dulce María Loynaz
1993 Miguel Delibes
1994 Mario Vargas Llosa
1995 Camilo José Cela
1996 José García Nieto
1997 Guillermo Cabrera Infante
1998 José Hierro
1999 Jorge Edwards
2000 Francisco Umbral
Premio
2.000 D. Francisco
Umbral
Discurso
'Un hidalgo y un fantoche llenos de sol y viento'
"Yo, como don Quijote, me invento pasiones para ejercitarme".
Esta gentil declaración de Voltaire encierra, me parece a mí, la más
fina y sutil interpretación de Cervantes. Porque Don Quijote no está
loco y Cervantes mucho menos, eso lo sabemos desde el principio del
libro.
Don
Quijote es hidalgo cincuentón y soltero que, llegado a ese ápice de la
vida, decide pegar el salto cualitativo y cambiar la realidad de los
libros por la irrealidad de la vida, mucho más palpitante y vibrátil que
lo meramente escrito.
Don
Quijote principia, o casi, por hacer realidad una metáfora, los molinos
que se parecen a los gigantes, y arremete contra una realidad literaria
que le desbarata, como tantas otras le van a desbaratar a lo largo de
nuevo camino.
Pero
aprendamos esto: que Don Quijote nunca se enfrenta sino contra metáforas
del vivir, desface alegorías y yangüeses, o se reposa en unos duques, de
modo que la locura empieza con la realidad y no antes. Voltaire vio bien
que el hombre en madurez o pega ese salto que digo o le coge ya la postura
a la vida, que es la muerte, y no dará más de sí.
Don
Quijote acierta con ese momento en que se cambia de vida, de cabalgadura,
de compañía -Sancho panza- de curas y bachilleres, de dueñas y
sobrinas, del mismo sol en las mismas bardas. Los libros que leía le
estaban hurtando a la poesía de la acción con la poesía poética y la
mala de la dicción.
Así
que incluso se inventa, entre las pasiones militares y andantes, una nueva
pasión amorosa, una moza lejana que viera en mercado, dejando que el
propio amor la ascienda a princesa.
Es la primera lección que Cervantes nos da en su libro. La vida tiene una
segunda parte que se correspondía con la tercera juventud de Aristóteles.
Es
él, Cervantes, quien rompe con la mediocridad de su vida, pálidamente
enaltecida de glorias bélicas, para emprender un libro donde está su
rabia por el mundo, su energía al fin liberada al servicio de sí mismo,
no ya la energía domeñada y servil del alcabalero y otras suertes.
Cervantes es irónico por anacrónico. Ha empezado tarde su aventura y lo
sabe....
El
Quijote no es el libro que vive sino la vida que no ha vivido, y no
nos pone a su personaje como ejemplo de nada ni hidalguía de nadie,
sino como caso singular de hombre que se decidió a pegar el salto y
ese salto quien lo pega es él mismo en figura de Quijote, e incluso
se lo hace pegar a un pobre borriquero hecho de perezas y
conformidades, siendo así que Sancho nunca pierde el sentido, ese
inútil y pobre sentido común del pueblo, pero tampoco pierde la
ironía y la distancia para burlarse de su amo con todos los
respectos.
Don
Quijote entra en su nueva edad como escándalo y Sancho pasa todas
las aduanas como un saco de centeno. tenemos, entonces, el salto
desdoblado en tres.
Cervantes,
que roba la fama con un libro, Don Quijote, que toma por asalto la
libertad del vivir más allá de la edad y la voluntad. Sancho, que
primero a regüeldo y luego a pleno pulmón, vive vida de caballero
andante sin haber leído tales libros.
Es
la primera rebelión española del intelectual aburguesado, la
primera revolución burguesa del hidalgo antecedente y el primer motín
del castellano pueblo, un motín de uno solo, Sancho, que vale por
todos los que vendrán.
Aún
hoy, y hoy más que nunca, el hombre que no hace esa revolución
interior, que no pega ese salto vecinal, será comido por el poder,
amortajado por lo establecido y muerto de asco.
España dio el
salto quijotesco, porque Don Quijote es la metáfora de España, sí,
pero no en el sentido festival y dominical en que lo dicen quienes
suelen. España se inventa pasiones para sobrevivir a sí misma,
para ser lago más que una majada bien regida y una provincia del
latín que llamaremos castellano.
La pasión de América,
la pasión del Imperio, la pasión de Europa, la pasión del mundo
mueve Españas y nos ponen a la cabeza del siglo, de los siglos. Hay
una luz monárquica y difusa alumbrando las batallas, y hay una luz
popular y ambiciosa embriagando a las gentes.
España todavía
no tiene agujetas de Imperio sino que quiere llegar a Carlos V,
quiere escorializarse en Felipe II, quiere parir su gran Barroco,
del que viene preñada, porque la pasión de España, antes que mística
o ambiciosa, es una pasión creadora, un movimiento de plebes y
reyes hacia la expresión tectónica y violenta de eso que Stendhal
definiría como el último pueblo con carácter propio que le queda
a Europa.
España no es un compromiso burgués, como Sartre nos dice del
hombre mismo y como lo son Francia y otros estados. España es un
compromiso guerrero por afirmarse, por difundirse, por existir, por
cumplir sus pasiones imposibles y, en suma, por ejercitarse.
Los españoles
aman la vida por la vida, no por la mística ni el decoro, y varias
generaciones y tres siglos viven enamorados de Aldonza Lorenzo, la ríspida
y dulce Dulcinea, que a cada uno espera a la vuelta, como el pequeño
Ulises que es.
Hay tres razones para ser héroe, como diría Salvador Dalí. En
Cervantes, estas razones son el inventarse pasiones, la capacidad de
ejercitarse contra el tiempo y el haber roto con el compromiso burgués
de la novela y de la vida. El hombre que se inventa pasiones es y
tan héroe o más como el que las vive.
El hombre que se
ejercita a diario, no sabemos si para la vida o para la muerte, es
el que quiere agotarlo todo aquí y, como decía Juan Ramón Jiménez,
que la muerte cuando llegue, sólo encuentre un pellejo vacío,
porque nuestra sementera humana la hemos esparcido fecundamente.
Por aclarar un
poco las cosas, diremos que Don Quijote, efectivamente, es un
personaje de novela, pero donde veo yo al hombre metafórico es en
Cervantes, que nos da el nivel medio del hombre español, siempre de
santo laico, de héroe doblado o de comunero entre el pueblo.
Queremos a
Cervantes no tanto por ilustre como por hombre medio que roza irónicamente
el fracaso para triunfar de la España oficial con su España real,
habitada de mozas y domadores, de explotadores y manteadores, de
duques aleves y amores imposibles.
La novela de caballería era un compromiso burgués con los
burgueses de entonces, que se llamaban hidalgos. Compromiso económico,
literario, cultural, mercado de fantasías, toma y daca de sueños
anacrónicos. Siempre ha habido en estos paises europeos una cultura
de pícaros que ha tenido como rehén al buen burgués perezoso.
Esta
continuidad en lo mediocre la rompe el barroco, la rompe Cervantes,
la rompe el 98, la rompe el 27, la rompe siempre una juventud
venidera, y el heroísmo irónico de Cervantes está en hacer él
solo la revolución de los jóvenes cuando ya es un viejo.
Admitamos
prudentemente que España es un país de clases medias, también en
lo intelectual, y con ellas pacta el escritor o el artista por
conveniencia, supervivencia y acomodo. Este pacto es lo que explica
la tardanza de nuestro país en algunos momentos de la historia,
pero ya vemos que es tardanza se resuelve de pronto con un libro,
con una espada, con un caballero andante. Cervantes, sí, viene a
romper el compromiso burgués de la novela de caballerías, abriendo
brecha para una nueva literatura, que es la de Quevedo, Torres
Villarroel, etc.
El público
de Lope era la plebe de los corrales de comedias. El público del
novelista eran los hidalgos o feudales en decadencia que tenían
letras y leían malos libros. Después de Cervantes, no siendo él
barroco sino renacentista, el barroquismo no es ya sólo una figura
sino también una corriente, y en ella están Góngora, los citados
Quevedo y Torres, el teatro de Calderón y la imaginería religiosa
que levanta una Contrarreforma tardía históricamente, pero madura
y otoñal en Berruguete y en toda la lujuria católica de un
ritualismo que se ha quedado vacío y por eso puede dedicarse
gratuitamente a la forma por la forma, cosa que ya no podemos sino
llamar modernidad.
He ahí la herencia de Cervantes, el hombre que puso España patas
arriba, vio arder la cultura vieja y murió con sol en las bardas
como su personaje. Cervantes es la modernidad por todo lo que se ha
dicho y por sus dos máquinas de guerra: un hidalgo y un fantoche
llenos de sol y viento. Con sólo esa artillería pone en pie las
Españas, deja la revolución por donde pasa, un rastro de justicia,
de ley, de reinado, que serviría de regocijo a los lectores, pero
ese regocijo es curativo y predispone, como vemos, a mayores
mudanzas.
El hombre que se
inventa pasiones para ejercitarse, encuentra luego en la vida que
esas pasiones son reales, que Dulcinea existe, siquiera como Aldonza,
y que la renovación personal y total hay que hacerla en serio.
Cervantes empezó ejercitándose contra sí mismo y acaba por
ejercitarse contra los demás, trastornando todas las vidas por
donde pasa e incluso escribiendo una segunda parte de su libro
porque follones y malandrines se lo piratean y porque la España
oficial u oficinesca le resta el prestigio ganado e ignora la
validez de su reforma.
El autor se
inventa un segundo libro sobre el que ya escribiera, como se inventa
una segunda vida erguida y atroz, por sobre su vida de soldado,
alcabalero, palaciego frustrado y pobre hidalgo manchego. Antes que
los grandes de su siglo rompe con el compromiso burgués de la
literatura y saca una novela que Unamuno llamó Biblia de España.
Cervantes es vanguardia, como vanguardia es rebeldía y como rebelde
ha renegado de él, aunque muchos lo hayan utilizado como tintero de
oro de sus escribanías inquisitoriales.
Sólo tenemos el
presente, los hombres templados, y presente purísimo, activísimo,
es la vida de Cervantes, Don Quijote y Sancho Panza, con sus
caballos y rucios. Sólo a eso hemos venido aquí. A conquistar el
presente para todos.
Francisco
Umbral


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