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Mutismo absoluto
por
©Luis
García
Hay
autores que pasan por la vida
(literaria, se entiende) sin apenas
meter ruido, sin levantar ni una sola
polvareda, sin ser objeto de mas
recriminaciones o escándalos que los
propios que generan las envidias mas
ruines y mezquinas. Generalmente
suelen ser escritores, como algún
laborioso crítico literario suele
decir, que
nunca habrán de jugar en Primera
División, entre otras razones
porque aún
sobrándoles capacidad de trabajo y
ambición, les falta talento
(dicen), cualidad que en boca de tan
sesudos censores suele ser sinónimo
de fracaso. Son creadores ocultos, que
acostumbran a guardar una timidez nada
casual, y que en muchos casos alientan
con su silencio el mito de Bartlebly. Me viene a la memoria ahora
Juan Rulfo, de quien muchos nada sabíamos
hasta la concesión del Premio Príncipe
de Asturias de las Letras, y más en
concreto hasta aquella demostración
de amistad que le dedicara Gabriel
García Márquez acompañándole en su
entrega, para quien su simple memoria
justificaba sus Cien años de soledad. Ahora, se
reeditan las novelas completas de otro
mito de la literatura: Magroll
el viajero, la secuencia histórica
que ideara en este caso otro
colombiano menos ilustre que el
anterior pero como Rulfo también
Premio Príncipe de Asturias de las
Letras, amigo de Gabo
y como buen amigo del Nóbel que es,
referente de su obra. Y ha vuelto a suceder.
Gabriel García Márquez, Gabo
para aquellos que tienen la
fortuna de conocerle, ha vuelto a
darnos una auténtica clase literaria,
una muestra de su mejor quehacer desde
las páginas de un conocido diario
nacional. Y todo, para contarnos las
diferentes anécdotas que rodearon la
génesis y posterior publicación de Cien años de soledad. Es Gabriel
hombre parco en palabras aunque no en
letra impresa, no en vano en su legado
habrá de dejarnos algunas de las páginas
más brillantes y de las más lúcidas
anécdotas de la historia de la
literatura. Y todas, rodeadas del
necesario misterio que se le exige a
un escritor de la talla moral y humana
de Gabo.
Y al igual que cuando viniera de incógnito
sucesivamente por la vetusta ciudad de
Oviedo con ocasión de las entregas
del Premio Príncipe de Asturias de
las letras a sus amigos Álvaro Mutis
y Juan Rulfo, con el único fin de
acompañar a quienes consideraba un
poco como sus maestros y mentores,
ahora que le hacen entrega del
Cervantes al primero de ellos, rinde
homenaje merecido a quien considera un
poco como su albacea literario. Por
entonces, cuando el Príncipe de
Asturias,
pocos conocían (entre los que
me incluyo) la obra del autor del Magroll
el viajero, pero mucho éramos
los seguidores de la estela del Nóbel
colombiano. García Márquez, que no
era ajeno a tanta expectación pero
que tampoco pretendía robarle mérito
a su amigo, estuvo recluido en las
habitaciones del hotel hasta la
llegada de la hora de la entrega de
los Premios. Sólo así algunos
pacientes lectores conseguimos que
estampase su firma en uno de sus
libros. Y al igual que
sucediera con Rulfo
pocos conocíamos la impostura
de Magroll,
o de Mutis, o de Márquez. Fue allí
cuando comenzó a fraguarse la leyenda
de la sugerencia que un buen día, años
antes de que Cien años de soledad viera la
luz, le hiciera Álvaro Mutis a su
buen amigo García Márquez: que se
leyera el Pedro
Páramo de un tal Juan Rulfo,
y que después escribiera. La
historia, tan caprichosa como injusta,
habría de tergiversar aquel hecho dotándole
de una impronta de candidez que poco o
nada aportaría a un suceso cargado de
romanticismo. Cuesta imaginar a Gabo
recomendándole a Álvaro Mutis la
lectura de la maravillosa novela de
Juan Rulfo, y no porque atente contra
la regla de la verosimilitud, sino
porque en nuestro fuero interno ya habíamos
trazado la línea divisoria que uniría
indefectiblemente a los tres
escritores, y lo más importante, nos
creíamos la historia. Aprender a leer
es aprender a escribir, y viceversa.
Esa lección la aprendió primero Álvaro
Mutis para después trasmitírsela a
su amigo Gabo.
Por eso de alguna forma, Magroll,
como el coronel Buendía,
están unidos inexorablemente en el éxito
y en el fracaso, y por eso quienes reímos,
sufrimos y lloramos con la buena
literatura no podemos sino sentirnos
herederos de la obra del Premio
Cervantes como en su día lo fuimos
del Nóbel.
©Luis
García


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