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¿Por qué
escribir en español en Estados Unidos?

por
©Mercedes
Cortázar
Directora y Editora de la web Expoescritores.com
Entre
sus publicaciones poéticas destacan: Deux poèmes de
Mercedes Cortázar, Osmar Press, Nueva York, 1965; y La
Afrodita de Cnido, Edizioni di Amatori, Nueva Orleans,
Estados Unidos, 1991
El
idioma, como la familia y la nacionalidad, no se escoge. Se nace al
azar en un país, una familia, y hablando un idioma determinado. Por
eso el idioma es tan parte de uno mismo que no merece, usualmente,
pensar en él; esto es, mientras vivamos en el país que nos vio
nacer y hablemos un solo idioma.
Al dejar nuestro país de origen no
sólo se abandona la patria, sino la familia, los amigos, el entorno
conocido, las plantas, las flores, el paisaje, los olores, la
comida, la infancia. Todo eso era expresado por el idioma que, al
surgir de los recuerdos recónditos de los primeros años, se ha
enraizado al Ser, a la región más privada del espíritu: es el
lenguaje del corazón.
El exilio es una muerte que nos deja con
vida, y con la tarea de construir, ya adultos, una nueva existencia,
sin padres ni infancia. Somos adultos, pero niños en el nuevo país,
y hemos de aprender todo desde el principio, sin el encanto de
descubrir el mundo por primera vez ni poder disfrutar de la
indulgencia conque los otros juzgan al infante.
La situación es más
parecida a la de quien sufre una enfermedad mental o una dolencia física:
ceguera, sodera, o mongolismo. Los niños merecen nuestra
condescendencia, pero los impedidos nos impacientan. Para salir de
esa situación incómoda hay que aprender, a toda carrera, lo que
los demás toman por descontado.
El nuevo idioma es lo principal que
debe aprenderse de esa forma apresurada y violenta: con una pistola
en la sien. Un idioma así aprendido tiene siempre algo de obligado,
de desagrado en su raíz: no se adquirió en el amor del hogar, sino
en la indiferencia y la hostilidad de la lucha por la vida. Así
fue, al menos, en mi caso. El inglés era, y es, necesario para la
sobrevivencia, el español se convirtió en un idioma de lujo que me
revelaba la buena literatura, y que usaba para comunicarme con mis
amistades más íntimas.
La lengua materna se convirtió en algo
misterioso, oculto, en una ceremonia esotérica que debía
preservarse de los estadounidenses, y que recordaba al celo conque
los sufís guardaban sus secretos místicos ante la intolerante
mayoría musulmana. El inglés servía, y sirve, para arreglar
problemas prácticos y para comunicarme con mis compañeros de
trabajo con los que no tengo nada en común: es un idioma exotérico,
vulgar, utilitario. Por supuesto que no pensé escribir en inglés
en la primera etapa de mi residencia en Estados Unidos porque, desde
mi ignorancia y hostilidad, creía que en inglés sólo podían
decirse estupideces. La segunda etapa, en la que el inglés invadió
mi poesía, paradójicamente comenzó cuando me mudé a Miami, donde
el español es hablado comúnmente por miles de inmigrantes
hispanoamericanos.
Había escrito unos cuantos poemas en inglés
antes de irme de Nueva York, pero la etapa de escribir poesía en
inglés verdaderamente comenzó en Miami. Entonces me era
absolutamente imposible escribir poemas en español, y cuando lo
intenté, obligada por la irritación de mis amigos poetas que
consideraban el cambio de idioma como una traición rastrera, me di
cuenta de que podía escribir unos cuantos versos forzados en
castellano, pero invariablemente terminaba el poema en inglés. En mí
mente, la Poesía hablaba en inglés. Al mismo tiempo escribía
prosa en español, pero en un español desenfrenado, liberado, a
veces, de la cordura y la gramática, pero que no era spanglish.
Una
amiga solía decirme en esa época que hablaba como la gente escribía
y escribía como la gente hablaba. Un crítico me informó que mi
estilo le recordaba a la prosa alucinante de Henry Miller; a mí me
parecía una comunicación ingenua, un balbuceo en el que creía con
la fe incierta del náufrago que arroja al mar una botella con una
nota en la que narra todas las vicisitudes del naufragio y
especifica el exacto paralelo y meridiano donde se encuentra; un náufrago
que tiene pocas esperanzas de que la botella sea encontrada por el
marino avizor que emprenderá la labor de rescate, y que piensa, en
lo mas oculto de su ser, que la botella irá a parar a alguna isla
de la Polinesia en que los nativos, ignorando la nota desesperada
que contiene, la adorarán como un tótem del dios oceánico
Ponga-ponga.
Me hallaba escindida entre dos idiomas, como un
equilibrista cabalgando entre dos caballos, y me sentía muy incómoda.
Algunas veces sufría momentos de vergüenza porque me sentía
dominada por una fuerza del Más Allá, por un espíritu burlón que
me hacía escribir en inglés con una compulsión que no podía
explicar de forma racional. Al cabo, de regreso de un viaje a Puerto
Rico, volví a escribir poesía en español y todo retornó a la
normalidad. Sin embargo, esta normalidad es rareza para algunos. Sé
que para ciertas personas resulta extraño que no escriba prosa y
poesía solamente en inglés, tras haber pasado tantos años en
Estados Unidos y publicado artículos, ensayos, y críticas en ese
idioma.
Sólo puedo decir que esos escritos fueron el resultado del
momento en que vivía y que tuve que hacerlos por necesidad económica
o por compromiso de amistad, nunca porque quise escribirlos. A pesar
de esto, en la segunda etapa, en Miami, me propuse por capricho
conocer el inglés a fondo, y pude apreciar sus virtudes; descubrí
que podía escribirse de muchas formas en inglés que serían difíciles
o poco naturales en español. Conocí, más que la letra, el espíritu
del idioma.
Admiré más cabalmente sus grandes escritores, sus
logros expresivos, su riqueza proveniente de tantos idiomas
diferentes, así como su capacidad de síntesis y precisión; pero
no olvidé que el inglés no estaba enraizado a la infancia, a la
esencia del Ser, que era una lengua ajena. Persistir en lo que para
mí es la normalidad me ha llevado a dedicarme a una actividad
absurda, porque hasta ahora no ha tenido objeto ya que el resultado
lógico de escribir es publicar. Para el escritor que escribe en
castellano en Estados Unidos es muy difícil publicar porque las
casas editoriales de Nueva York están interesadas en publicar obras
en inglés, y se interesan en libros escritos en otras lenguas sólo
cuando han tenido éxito en sus países de origen. ¿Por qué
insistir en escribir en español entonces? El lenguaje encierra una
forma idónea de ver la vida, una manera de expresarla, un ritmo de
pensamiento.
El
propósito más obvio de un idioma es posibilitar la
comunicación, pero además engloba una historia cultural, una óptica,
una manera de ser y de no ser; algo inefable. Esa esencia intrínseca
del español es mi lenguaje natural, la forma en que más auténticamente
se expresa mi idiosincrasia y mi visión de mundo. Si escribiera en
inglés, sólo se expresaría mi intelecto, y callaría eso inapreciable
que exuda el idioma y que me promociona gozo, deleite al
usar las palabras, placer al escuchar sus sonidos, júbilo al
explorar sus posibilidades. Adoptar esta postura no ha sido fácil
porque no se puede evitar el compararse a otros que han tomado el
camino opuesto.
Los escritores de origen hispano que han escrito en
inglés o en spanglish han sido reconocidos en Estados Unidos y en
España. En contraste, la dificultad de publicación ha hecho casi
imposible a los que escriben en español, y que merezcan ser
publicados, correr igual suerte. Es lógico que Estados Unidos
reconozca a los que escogen su idioma o son influenciados por él;
es triste que España, que tiene en este país la Academia
Norteamericana de la Lengua Española que debe informarle de estas
cosas, ignore a los que habiendo vivido la mayor parte de su vida en
Estados Unidos han resistido el potente embate de la lengua más
poderosa del planeta para expresarse solo en español, aunque les
cueste el silencio editorial. Esta es una postura tozuda y heroica,
muy a la española, aunque otros escritores que no son de origen
español la han compartido.
La escritora belga Marguerite Yourcenar
vivió muchos años en Estados Unidos, pero nunca dejó de escribir
en un francés tan perfecto que le valió el ingreso a la Real
Academia Belga de la Lengua y a la Academia Francesa. Su caso, por
supuesto, no puede compararse con los exiliados que viven en Estados
Unidos porque Yourcenar podía publicar en Francia. Sin embargo,
resulta difícil imaginarla escribiendo en inglés o en "frenglish"
si hubiera estado en semejante situación. Yourcenar tenía un espíritu
muy francés, un aire galo que se hubiera perdido en otro idioma,
aunque afortunadamente para sus lectores de habla castellana puede
apreciarse bastante en español gracias a la excelente traducción
que Julio Cortázar hiciera de las Memorias de
Adriano.
Vladimir Nabokov, que escribió en inglés la
mayor parte de sus libros por razones prácticas, y que sabía muy
bien lo que costaba este travestismo espiritual, decía que al
escribir en ese idioma se sentía como un virtuoso del piano al que
la explosión de una bomba le hubiera dejado sólo tres dedos. El
español tiene matices ocultos, significaciones secretas, oscuras
complicidades; es posible regodearse en una descripción saboreando
las palabras, los sonidos, y sus posibles combinaciones, como si
fueran manjares. Se puede disfrutar al extender y confundir
creadoramente el significado de las palabras e incluso fracturar la
sintaxis en un juego barroco o hermético.
Dice Vaclav Havel:
"El hombre moderno de hoy, aparte de haberle perdido el respeto
a muchas cosas, le perdió el respeto al secreto de la
palabra". Escribir en español en Estados Unidos es respetar el
secreto la palabra.
© Mercedes
Cortázar. Diciembre
2001
Directora
y Editora www.expoescritores.com
Atlanta,
Georgia, Estados Unidos
Ha
publicado poemas, cuentos, relatos, ensayos y hace crítica
literaria en español, inglés y francés, principalmente en
revistas y periódicos de España, Estados Unidos, Francia e
Hispanoamérica. Fue asesora poética de la editorial Farrar, Straus
& Giroux, en Nueva York, para la traducción al inglés de la
novela Paradiso, de José Lezama Lima.
Entre sus publicaciones destacan: Deux poèmes de
Mercedes Cortázar, Osmar Press, Nueva York, 1965; y La
Afrodita de Cnido, Edizioni di Amatori, Nueva Orleans,
Estados Unidos, 1991


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