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La alambrada  José Marzo

Bassarai Ediciones

                                   Reflexiones desde el filo

Bassarai Ediciones, un joven proyecto independiente de gran calidad editorial cuya andadura se inició en 1996, nos ofrece la publicación de La alambrada, la cuarta  novela de José Marzo (Madrid, 1967). Este joven autor, según se nos indica en la solapa del libro, tiene a bien pertenecer a la Liga de Escritores Independientes, uno de cuyos compromisos consiste en no presentarse a ningún premio literario de cuantía desorbitada, como los que convocan o patrocinan grandes grupos editoriales, de sobra conocidos por todos, o que no tenga un mínimo de transparencia en lo que se refiere al fallo de sus veredictos. Por ello, podemos deducir que esta obra nunca será la ganadora ni quedará finalista en ninguno de estos supuestamente prestigiosos premios aunque, desde luego, no será porque le falten méritos literarios para ello. 

Hablemos de la novela: en la habitación de un hospital madrileño, Emilio, enfermo terminal de cáncer, mantiene la que será su última conversación con su joven sobrino Angel, que siempre ha sentido admiración por su tío (“héroe vital de mi infancia”). Esta charla en el limite sirve al autor de hilo conductor para explorar, con la voz de Angel, los recuerdos y sentimientos de ambos, recuerdos que posibilitan la aparición del resto de los personajes que han formado parte de sus vidas, con los que han mantenido unas relaciones afectivas un tanto irregulares y que en esos momentos habitan su memoria común. Intercalado entre esos recuerdos, discurre a su vez un diálogo, que en ocasiones nos puede hacer recordar el tradicional “diálogo filosófico”, en el que tío y sobrino exponen y discuten sus puntos de vista sobre determinados aspectos de la existencia humana: el progreso, la fama, la religión, la historia, la política, la muerte, la soledad, el suicidio, etc., etc. En esos momentos de reflexión dialéctica, los protagonistas, en particular Emilio, brindan al lector algunas referencias literarias, artísticas e históricas con las que ilustrar sus argumentaciones, unas referencias que resultan muy adecuadas y, por otro lado, nada o casi nada “sesudas”, lo que en estos tiempos que corren es muy de agradecer.

Durante toda la novela, Marzo mantiene un tono realista y crudo que consigue utilizando una lengua muy cercana a la oral, y pasando lo coloquial por el tamiz literario necesario para otorgarle verosimilitud.

Sobre la obra planea, constantemente, el sentimiento de impotencia y rabia de Emilio ante la inevitabilidad de su propia muerte que, la mayoría de las veces, le hace hablar con resentimiento, cinismo y bastante desencanto. Quizá ese triple sentimiento sea el poso definitivo que esta sincera y excelente narración deje sedimentando en nuestra memoria de lectores.

 

©Alejandro Pérez-Prat Madera


 

Cuentos de fútbol  (Varios autores)

Editorial Alfaguara - 1995

                                 Selección nacional

                          Hace ya muchos años, que el deporte del balompié dejó de adquirir los tintes dramáticos de sus predecesores, y se adueñó por derecho propio de las tardes de los Domingos. Era entonces relativamente fácil ver pasear por parques y jardines a innumerables parejas de dóciles familias con sus radios pegadas a la oreja, y sus molestos niños a los calcetines, en un afán de vampirizar cuanto el afamado locutor de turno les suelta por las ondas. Eran los años dulces de la eclosión liberal, los tiempos en los que todos o casi todos éramos del Real Madrid campeón de seis copas de Europa. Eran los años de Marianín, de Galán y de aquel yugoslavo ilustre de impronunciable nombre, que defendía los tres palos del Real Oviedo con uñas y dientes, y si me apuran, hasta con domesticados improperios. Pero también era la época en que el fútbol, como eclosión social de un momento determinado, era visto como el opio del pueblo (cuanto se equivocó Don Carlos) y despreciado por los mal llamados intelectuales.

                        Hoy, muchos, muchos años después, los periódicos deportivos despliegan desde sus páginas todo su buen quehacer literario y algunos incluso se atreven a fichar a prestigiosas firmas que enriquezcan las publicaciones y que las doten del necesario pedigrí que antaño les estuvo negado. Y al igual que los medios de comunicación, también las Editoriales, al igual que sus parientes pobres, se ennoblecen con mostrar en sus catálogos colecciones de relatos o novelas deportivas de diferente índole.

                        Una de las que más ha apostado por esta moda ha sido la Editorial Alfaguara, quien no sin gran esfuerzo, consiguió reunir bajo su paraguas una maravillosa y espléndida selección de autores de los llamados titulares, tanto nacionales como de allende los mares. Así, en Cuentos de fútbol, podemos encontrarnos con escritores clásicos y consagrados como Mario Benedetti, en su día un contumaz jugador, Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro o el propio Jorge Valdano, responsable de la selección de los textos y del prólogo, junto a Manuel Rivas, Atxaga, Fulgencio Argüelles, Manuel Vicent o Rosa Regas, la encargada de aportar su "cuota de responsabilidad" a uno de los libros más curiosos y deportivos de cuantos se hallan podido editar.

                        Las antologías tienen en común que se pueden coger y dejar cuando se crea conveniente. Es fácil así ver el mercado editorial plagado de selecciones de relatos eróticos, fantásticos, de terror, y además, es posible el verlas cohabitar en armonía. Pero un libro de relatos de fútbol, no cabe duda que cuando menos llama poderosamente la atención. Y más, cuando con una simple hojeada nos percatamos que nos encontramos ante una obra maestra, escrita para perdurar y para convertirse en referente inexcusable. Sólo de esa manera se puede entender que la propia Editorial apostase por un segundo volumen de relatos, que próximamente les comentaré. Se lo prometo.

 ©Luis García


Soldados de Salamina    Javier Cercas

 Tusquets Editores 

                              Literaturas por varios motivos 

“Para escribir novelas no hace falta imaginación (...) solo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos” resuelve uno de los personajes de “Soldados de Salamina”. Con esta frase Javier Cercas cierra dos pleitos, el del género de esta novela que desde su propio interior plantea como argumento su temor de quedarse en reportaje, y el de Javier Cercas autor-narrador-personaje, que mientras avanza el relato nos cuenta, minuciosamente, los terrores narrativos de un  trasunto suyo que ya no es él, sino el Javier Cercas narrador que aspira a trascender un género.

 Si la frase que dice Bolaño es cierta, no cabe duda de que hemos leído una novela y de que Cercas sabe hacer de la memoria propia y de las ajenas un motor literario que las trasciende y logra mostrarnos una memoria con mayúsculas y con las bielas bien engrasadas. Repetición y diferencia.

Si lo sucedido desemboca habitualmente desde múltiples versiones de lo mismo, el autor aquí intenta desenmascarar la repetición demasiado idéntica de la misma anécdota: el fusilamiento fallido del escritor y fundador de la Falange, Rafael Sánchez Mazas. Persigue un momento para dilatar su sentido y lo amplifica con el eco de todos sus protagonistas. Su escarapelo de escritor arremete contra un instante y su memoria consolidada y lo amplía desde dentro, logra así que el lector y el autor persigan desde el principio lo mismo: una mirada; la del soldado republicano que  perdonó la vida al protagonista.

 “Soldados de Salamina” ha sido un éxito rotundo de ventas y en esta reseña tardía es obligado mencionar que además de la “visualidad” de la novela (la delimitación únicamente geográfica entre el poder y la penuria, el refugio del bosque y también el camping de veraneo o el caserío catalán, las botas limpias y las botas sucias vistas desde debajo de la cama), el éxito también depende de sus múltiples niveles de lectura. La novela abre brechas de esas que hacen reflexionar a quien reflexiona, y las abre para quienes cuentan con el previo conocimiento de las complejidades ideológicas de un romanticismo emparentado con el nazismo y el fascismo: la falange; y para el lector que sabe quiénes son y qué representan todos los personajes reales a los que se nombra: Trapiello, Sanchez Ferlosio, Bolaño o los compañeros de andanzas de Sánchez Mazas, brechas que inevitablemente quedarán ocultas para muchos de los lectores-consumidores habituales. Porque cuando este relato estalla en sentidos es cuando sugiere, como todos los relatos, pero más.

 También por el  estilo “Soldados de Salamina” es literatura próxima al periodismo pero adobada con símbolos y frases brillantes algunas de las cuales son trasunto de otras ya dichas en la  literatura y que el autor atribuye a sus personajes, cubriéndose en ese repliegue  lícito del juego literario: “quién es un héroe, alguien que se cree un héroe y acierta” trasunto del “ser genial es decidirse genial  y acertar” que dijo Cortazar o aquella otra de que “no se puede ser sublime sin interrupción”.

 Todos los personajes que aparecen en la novela, y son muchos, son dibujados con precisión, pero se  echa de menos que Cercas suelte la tensión con el que ocupa su centro: Rafael Sánchez Mazas. Son demasiadas páginas para que nunca se muestre hacia él un ápice de simpatía, un personaje así tratado queda tieso, y aunque esa sea la pretensión no creo que resulte recomendable. En los estribos de la lectura encontramos  una antípoda demasiado veraniega de ese aristócrata decadente, el Millares bifronte que resuelve la novela cuenta con todas las simpatías de antemano, representa la lucidez de quien tuvo la oportunidad de fabricar un héroe con un tiro y dejó de hacerlo. Y ahí termina la novela realmente porque el otro final, el que escribe Cercas-personaje a modo de conclusión, es innecesario y rebaja la tensión. Hay que recordarle a Javier Cercas novelista que las conclusiones, aun las de los que están de acuerdo en todo con él como es mi caso, pertenecen al lector, y que el análisis de una filosofía atroz que causo  tantas masacres no corresponde ya del todo al reportaje ni a la novela, sino al pensamiento, y ese ya es otro género, el de los pecios de Rafael Sánchez Ferlosio cuando nos recuerda  que “Jamás el sentimiento sabría ser tan inhumano como puede llegar a ser la convicción” y a quién cabe aludir porque, aunque dice no haberla leído, está presente como la prolongación real, profunda y esperanzada de esta novela que trata de su padre.

 ©Marta Sanuy

 

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