LORCA y NUEVA YORK

I Aniversario del derribo de las Torres Gemelas

 

 

 

 

 

 

 

    Foto reportaje de Pedro Martínez

IN  MEMORIAN

(11.09.2001)

 

Joseph Conrad tenía razón. El corazón de las tinieblas ha vuelto a palpitar terriblemente, sembrando de muertos a la ciudad que rompía los cielos todos los días.

  Los muertos llaman a muerto y quizás sea el tiempo ahora de volver la vista hacia los malditos, los irredentos, los perseguidos. Conrad, Allan Poe,  Maikowski se removerían en sus tumbas, si pudieran, pero no para pasarnos factura de sus pesadillas sino para llorar bajo las agujas rotas que escarbaban en los cielos.

  Demasiado dolor y muerte. Demasiado dolor y demasiada muerte al mismo tiempo. En las esquinas sin cielo de la gran manzana, se pasean ahora los fantasmas de Joyce y la lágrima seca y árida de Kafka buscando un coche de bomberos perdido entre la niebla de escombros, que antaño fueron orgullosos.

  Desde las tinieblas del bosque ancestral de los horrores en el África perdida, Conrad nos contempla con la mirada vacía del marinero perdido y sus muertos son estos muertos y su mundo esculpe de nuevo el corazón de los que, a pesar de todo, siguen queriendo aprender.

  Demasiado sufrimiento, demasiadas víctimas como para quedar impasible ante el hedor de la fosa colectiva y no reclamar otra forma de vivir, otra forma de pensar, otra manera de soñar, aunque ello suponga vestirse del hábito de lo desconocido.

  Nieva escombros sobre todo el planeta, sobre los vivos y sobre los muertos. 

   ©Pedro Martínez

 

 

 Carta desde Nueva York después de la tragedia de las Torres Gemelas

 

por

 

Marta López-Luaces
Profesora del Departamento de Español 
Montclair State University
Upper Montclair, NJ 07043
lopezm@mail.montclair.edu

              Se las extraña. Se podían ver casi desde cualquier punto de la ciudad y ahora ya no están más. Manhattan no parece la misma. Ahora la vista las busca y no las encuentra. Según se entraba en Manhattan, ya fuera por el Lincoln Tunnel, por el puente de Queens o el Berrazano, lo primero que se veía eran las Torres Gemelas. Rodeadas por otros rascacielos y por el Empire State, parecía que obligaban al resto a seguirlas hacia al cielo, creando una cordillera de acero. Ahora ocurre todo lo contrario.

 

 Un  poco más hacia el oeste, y hacia el centro de la isla, se encuentra el Empire State, el que fue el  rascacielo más alto de la ciudad hasta que se edificaron las Torres. Al ver la ciudad desde lejos parecía un pico más que enfatizaba la altura de las Torres. Estéticamente muy diferentes, se complementaban arquitectónicamente. Pero desde el 11 de septiembre el Empire State  no parece enfatizar, sino el vacío que ha quedado.  Ahora nos recuerda que el perfil de Nueva York se ha transformado para siempre.

 

            Pero eso no es lo único que ha cambiado. Esta ciudad dedicada a la vida, a la juventud, a disfrutar del momento, ahora está de luto. Manhattan se ha cubierto con las señales de la muerte. Los barrios están cubiertos con las fotografías de los desaparecidos. Los familiares y amigos de las víctimas las han puesto en las paredes de la casa, en los pilares de las estaciones del metro y en los cristales de las tiendas y los bares. Todos esos rostros parecen perseguirte mientras caminas. Frente a los seccionales de bomberos la gente ha creado con velas, flores y  fotografías pequeños altares en honor a los 403 bomberos que murieron cuando intentaban sacar a la gente de las Torres.

 

            6400 personas muertas es la última cifra que el alcalde  ha dado. En el metro, en los bares y los restaurantes se oye a la gente dudar de ese número. Todo el mundo está seguro de que la cantidad es mucho más alta, y que las autoridades no quieren decirlo aún para no asustar más a la población.

 

            Nueva York se paralizó por dos días. Para septiembre 13, el metro y los buses ya estaban funcionando perfectamente, excepto por dos paradas que daban al lugar del suceso.  La gente regresó al trabajo como siempre y sin embargo algo ha cambiado profundamente en Manhattan. La ciudad más progresista de Estados Unidos con un ritmo culturalmente europeo mediterráneo, dada la población descendiente de inmigrantes italianos, irlandeses e hispano-americanos, siente miedo y por primera vez mira a los líderes más conservadores para que la salven.

 

Esta ciudad que se reía del puritanismo extremo de los protestantes de los estados del Bible Belt, del nacionalismo fácil de New Jersey, de la poca sofisticación intelectual del resto de la nación hasta vanagloriarse de  que Nueva York no era parte de los Estados Unidos, ahora se abraza a los valores mas tradicionales del país. Las banderas americanas cubren la ciudad, en las ventanas de las casas,  en todos los restaurantes y bares las puedes ver colgadas de algún poste o en la marquesina,  y pegadas en las ventanillas de los coches. El mismo Empire State se iluminó con los colores de la bandera.

 

            La Catedral de San Patricio, una de las más grandes del mundo y por lo general llena de turistas y pocos creyentes, hoy está repleta de feligreses. Tal fue la cantidad de gente que asistió a la misa del domingo oficiada por el arzobispo que tuvieron que poner altavoces en las escaleras de entrada y dejar las puertas abiertas porque la gente desbordaba fuera de la iglesia. De pie y de rodillas los descendientes de aquellas poblaciones se aferran a la creencia de sus antepasados como un modo de salvación.

 

             Esta ciudad que se había opuesto masivamente a la guerra de Vietnam, a las intervenciones de EU en El Salvador y Nicaragua,  a la invasión de Granada y a la guerra del Golfo, hoy pide venganza, pide sangre. Los titulares de los periódicos reclaman guerra. Por varios días, la primera página del New York Post estaba cubierta con los nombres de los desaparecidos, el Daily News sólo por varios días uso el mismo titular WAR (Guerra), el New York Times en su editorial mantenía que el ataque contra las Torres Gemelas no fue un ataque contra los Estados Unidos o Nueva York sino contra el mundo civilizado en general. Y poco a poco esta ciudad se está transformando en lo mismo que  despreciaba.

           

 

LORCA y NUEVA YORK

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