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La
novela latinoamericana
El
brillo de su presencia
por
©Javier
Arévalo

Javier
Arévalo (Lima, Perú, 1965), es uno de los miembros más destacados
de la brillante hornada de nuevos escritores peruanos que surgió a
inicio de los años noventa en ese país, y compañero de generación
de autores como Jaime Baily, Fernando Iwasaki, Iván Thais o Ronaldo
Menéndez. Su producción narrativa es muy amplia: ha publicado dos
libros de relatos: "Una trampa para el comandante"
(Lima, Mashabajo editores, 1989), y "Previo al silencio"
(Lima, Signo Tres, 1995), así como las novelas: "Nocturno
de ron y gatos" (Lima, Peisa, 1994), "Instrucciones
para atrapar a un ángel" (Lima, Signo Tres, 1995), y
"Vértigo bajo la luna llena" (Lima, Alfaguara,
1997). "El beso de la flama"
2001 es su primera novela publicada en España con la editorial
Opera Prima
Vargas
Llosa era Faulkner y Flaubert, algo en sus obras había de Sartre,
claro, y García Márquez comenzó debiéndole lo real maravilloso a
Kafka. Fuentes se trepaba a la tradición experimentalista y bebía
de Joyce y de Woolf, y así todos. Ellos
nacieron en Latinoamérica y hace algunas décadas fueron el asombro
del mundo: miren, dijeron desde el ombligo occidental, los sudacas
también podían escribir novelas.
¿Qué
celebramos con el boom? Desde esta distancia, la aparición de
extraordinarios escritores, creo yo. Sería estupendo que ningún
patriotismo, ni nacionalismo, oscureciera esta celebración. No
quiero más a estos grandes autores porque hayan nacido en América,
no se ganan más mi aprecio que Ruhsdi, que Isiguro, que Naipul, que
Monsó, que Marsé, y que tantos otros dados a luz en otras
coordenadas.
Lo
que celebro, si algo celebro, es la novela. La novela es la
verdadera agasajada y los chicos del boom lo saben, se lo deben
todo.
Escribir
novelas es una de buena costumbre que heredamos a la modernidad.
Aunque sean malas, aunque el mercado ponga en las mesas de las
librerías miles de títulos escritos a pedido y al gusto del
cliente, siempre habrá novelistas alimentados por la verdadera
tradición de la novela. Estos novelistas seguirán existiendo y
sintiendo en sus conciencias la exigencia de hacer de la novela el
curso por donde corre su sangre invisible, es decir, su veneno de
libertad.
El
boom cumple años, también la Bardot y se ve bien vieja, pero sigue
siendo Bardot y los escritores del boom continúan siendo esa tropa
de talentosos escritores que sobrevivieron a las perversas
sociedades latinoamericanas, siempre tan acostumbradas a exterminar
a sus creadores.
Celebremos
entonces, además de la novela, su estricta supervivencia y su
reproducción. Los hijos de la novela se multiplican, ahora, y
espero, que cada vez importe menos que alguien escriba en Tokio o en
Lima, en Santiago que en Flandes, en Roma que en Caracas. Lo que me
importa es que el territorio se expanda, que la novela siga diciendo
de nosotros, del planeta, de los humanos lo que dice para escozor de
nuestras propias conciencias.
Porque
si la novela no incita, no perturba, no confronta la realidad desde
su fantasía ansiada hasta la más panfletaria de las denuncias, no
es novela.
Hoy
escribimos novelas con la misma convicción con que lo hicieron (y
lo hacen) nuestros predecesores: si somos o no cultores del realismo
urbano, del realismo mágico, del fast writign food, del realismo
sucio, del existencialismo, del ismo que sea, importa poco, lo que
importa es la novela.
El
tiempo de la novela no está marcado por fenómenos comerciales. Que
la talentosa agente literaria Carmen Balcells, que el innegable
maestro editor Barral, que las emergentes editoriales americanas
desde México y Argentina hayan sido capaces de crear ese boom es
algo que siempre nos ha llamado la atención. Con sorpresa el
ombligo del occidentalismo vio que los latinos reproducían una
vieja tradición europea y, descubrían que en las capitales
americanas los nativos comenzaban a cultivar el amor por ese género
incómodo al poder, que por naturaleza confronta siempre a la
realidad, incluso cuando quiere retratarla.
La
novela americana cuestionó el occidentalismo: si aquellos que no
eran exactamente occidentales daban aire y vida renovada a una de
las tradiciones más arraigadas de lo occidental, entonces lo
occidental no tenía nada que ver con razas, sangres o territorios.
La
novela no nos incorporó al mundo occidental, sólo abrió otra
latitud al territorio de la novela, a su historia, o, para no ser
pretencioso, a su bitácora.
¿Se
expandió nuevamente occidente con la expansión de la novela? La
pregunta para mí es la siguiente: si occidente es (o era) Europa y
es (era) su hijo más temido, Estados Unidos, ¿qué éramos lo
indios que habitábamos las tierras americanas por debajo de la línea
ecuatorial y un poquito por arriba pero sólo hasta el río
colorado?
La
verdad es que me resulta bastante bizantino discutir sobre la
expansión de occidente. El mundo es nuestro universo y de él
formamos parte todas las culturas. Pero para cada cultura (diría,
para cada incultura) los bárbaros siempre existen y están más allá.
Cuzco, como Roma, son el ombligo del mundo, pero esa regla
antropomorfa no nos sirve ya. Hay una cultura mundo, con
peculiaridades, singularidades regionales, como es obvio, ni
siquiera mi vecino y yo somos estrictamente iguales, pero hay muchas
cosas en común a todas las culturas que habitan este planeta: sólo
hay que darse una vuelta por el mundo para comprobarlo.
El
arte difumina fronteras (odiosas), y la novela revienta cualquier
intento de definir a una sociedad por rasgos privativos o por señas
exclusivas.
Es
cierto que en las novelas los autores describen personajes, dicen de
sus pelos, de su piel, del color de sus ojos, representan
territorios, bares, distritos, casas, fingen voces, pero la
sustancia que da vida a cada acto es la imaginación del lector que
reinventa cada gesto del héroe, cada lágrima de la heroína, cada
olor en el castillo y estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene
a su Ana Karenina, a su Lolita, a su Sancho Panza.
No
he leído a Kanzeburo Oe para saber como es Tokio, ni Pilar Adón me
ha mostrado la mejor forma de comunicarme con los españoles, ni
siquiera podría reconocer un paisaje de los que Irving me ha
descrito con tanto cariño en esas sus novelas que tanto quiero, ni
me interesa si un autor ha ganado o no premios, menos si nacieron en
la esquina de mi casa o en un país cercano al mío. Mi único cariño,
amor, pasión es la novela. ¿Hay una nueva generación produciéndolas?
Obviamente, siempre nace alguien, es una vieja costumbre entre
nosotros los humanos el reproducirnos y multiplicarnos.
Una
de las preguntas que se resiste a responder un joven escritor que
adoró a casi todos los autores del boom es ¿somos mejores o peores
que quienes nos precedieron? ¿Nuestros libros están o no a su
altura? La respuesta, obviamente, no debe salir de mis dedos
tecleadores.
De
lo único que estoy seguro es que ellos, como nosotros, compartimos
un género que nos permitió dejar constancia de nuestro paso por el
planeta. El arte ha de ser grito, controlado, manipulado, pero
grito. La novela es un grito muy audible, y es capaz de convocar, y
de reunir.
Pero
algo debo admitir: mi intuición es que nuestras novelas no tienen
hoy la fuerza, la magia, el espíritu que tuvieron las novelas de
los muchachones del boom. ¿Es un problema de calidad, de mercado,
de públicos, de mentalidad?
A
lo mejor es cierto que las utopías que los animaban a ellos ahora
ya no nos encienden el alma y esa actitud religiosa con que se
creaba entonces ha dejado paso a una especie de nihilismo
esperanzado. Creamos, sabiendo que nada cambiaremos, que la batalla
está perdida, que la existencia es absurda, que el progreso es una
fantasía, pero creamos y eso es como refutar el nihilismo, pero
igual no se mueve. Por eso la esperanza y por eso el nihilismo. Ya
no esperamos el futuro, agotamos
un presente sabiendo que a nadie le debemos explicaciones, salvo,
como dice Kundera, a Cervantes, porque está muerto y es imposible dárselas,
me imagino.
©Javier
Arévalo 2002


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