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La
lectura
y la sociedad del conocimiento
por
José Antonio Millán
José
Antonio Millán es licenciado en Filología Hispánica. Ha sido
director editorial de Taurus Ediciones. Dirigió la edición en
CD-ROM del Diccionario de
la Real Academia y del Centro Virtual Cervantes en Internet. Es
autor de novelas y cuentos, entre ellos C.,
el pequeño libro que aún no tenía nombre, traducido a
numerosas lenguas. Forma parte del comité ejecutivo del Instituto
de Historia del Libro y la Lectura. Es gestor del sitio web
especializado en temas de lengua y edición http://jamillan.com
1
De la información al conocimiento
--
Ahora digo-- dijo a esta sazón Don Quijote-- que el que lee mucho y
anda mucho, ve mucho y sabe mucho
La
información como punto de partida
La
“sociedad de la información” se nos presenta como una realidad
al tiempo dominante y huidiza; pero que eso no nos asuste.
Sepultados por miríadas de nuevos términos, por convulsiones
empresariales y financieras, por promesas y despliegues asombrosos,
no hemos tenido aún el reposo suficiente para analizar qué hay en
realidad dentro de ella, e incluso más: qué hay para nosotros, qué
nuevos márgenes de acción nos permite.
La
información nos rodea desde hace décadas, creciendo
exponencialmente: hace treinta años, la documentación de
construcción de un gran avión pesaba tanto como la propia
aeronave. Hoy las cosas son del mismo modo, pero la documentación
ya es mayoritariamente digital. Igual que las revistas científicas,
en número constantemente creciente; y los corpus de leyes y
jurisprudencias locales, autonómicas, nacionales y comunitarias; y
las noticias sectoriales, generales y locales; y las informaciones
de las empresas; y las transacciones corporativas; y un océano de
patentes, de informaciones sobre procesos y productos. A ello hay
que sumar los esfuerzos gigantescos por incluir en formato digital
muchos de los libros y revistas de las grandes bibliotecas; y los
documentos de los archivos.
¿Nos
olvidamos de algo? Por supuesto: de los datos sobre los datos. Los
catálogos: de nuevas cosas y de antiguas bibliotecas y archivos,
los directorios, los resúmenes y las bibliografías, los compendios
de informaciones: por área geográfica, por personas, por tema, por
fecha... ¿Y los datos sobre datos sobre datos? Pues también: ahí
están los catálogos de catálogos, los descriptores de
descriptores; los recursos sobre recursos...
Es
difícil no sentir vértigo: a una sociedad en crecimiento constante
y que genera ingentes cantidades de documentos, se une la recuperación
de gran parte del acervo producido en épocas anteriores, y a todo
ello las herramientas para organizarlo y ordenarlo. Todo pasa a
formato digital; todo acaba formando parte de la Web: todo está al
alcance de la mano. Unas como informaciones abiertas, accesibles a
cualquiera; otras, de acceso restringido. Pero la masa total es ingente:
medio billón de páginas web, según los últimos datos; es
decir: quinientos mil millones de páginas de información... al
otro lado de la pantalla.
¿Como
comprender su magnitud?: supongamos que se reparte una obra del tamaño
de la enciclopedia Espasa a cada hombre, mujer, adolescente, bebé o
anciano de Madrid (por tanto, muchas casas recibirían varias obras,
y acabarían con cuatro o cinco paredes cubiertas por ellas). Ahora
pensemos: todas las obras son diferentes.
Y a continuación: podemos hojear cualquiera de ellas.
Inmediatamente.
¿Qué
experimentamos? ¿Felicidad o vértigo?
Tenerlo
todo: no tener nada
Lo
contó Borges en forma alegórica en su célebre relato La
biblioteca de Babel. Esa fabulosa biblioteca contenía (dicho en
palabras de hoy) toda la información posible, porque cualquier
posible conjunto de palabras estaba en alguna de sus inagotables
estanterías. Libros buenos y malos, mediocres; falsos y auténticos,
medio falsos y medio verdaderos: todos. ¿Les suena a algo?
La
Web es nuestra Biblioteca de Babel. Pero necesitamos
utilizarla...
Espigar
el hilo de un dato que necesitamos; averiguar en esta masa de
informaciones de muy diversa procedencia cuál es la que nos hace
falta: compararla con otra, seguirla hasta donde nos sirve, y no más
allá. Localizar una tercera y una cuarta. Sacar conclusiones
parciales; ponerlas en cuarentena. Buscar luego otra fuente
diferente, seguir sus hilos. Volver sobre las ideas puestas en
reserva y avanzar en conjunto. Repetir el ciclo una, diez veces:
crear documentos provisionales, difundirlos y recibir las
realimentaciones de otros. Al final --con suerte-- comprender,
resumir y actuar.
Las
operaciones que acabamos de describir no son extraordinarias: son
las habituales y necesarias en múltiples procesos diarios. Y no se
limitan a la simple búsqueda de información: implican algo más. Y
además se aplican a infinidad de campos. Lo que se buscaba han
podido ser elementos para una investigación médica, ideas de
explotacion empresarial, rastros de personas o de hechos del
presente o del pasado, funcionamientos de compañías o de
instituciones, experiencias industriales, precedentes legales,
pistas sobre nuestra competencia, ideas, señales de alarma, claves
para la comprensión, para la investigación, para el negocio...
Decíamos
que la mayor parte de las operaciones intelectuales que utilizan la
herramienta de la Web no pretenden sólo “recuperar información”.
Intentan construir un
conocimiento. Esa es la meta real de las personas, de las
corporaciones y de las instituciones.
Y
conocimiento no es información; reparemos en los matices:
|
INFORMACION
la información es
algo
externo
|
CONOCIMIENTO
el
conocimiento es interiorizado
|
|
la información es
informe
|
el conocimiento es
estructurado
|
|
la información es rápidamente
acumulable
|
el conocimiento sólo
puede crecer lentamente
|
|
la información se
puede automatizar
|
el conocimiento sólo
es humano
|
|
la información es
inerte
|
el conocimiento
conduce a la acción
|
La
llave de plata
Un
personaje del escritor fantástico H.P. Lovecraft emprende la búsqueda
de una ciudad con cuyas cúpulas doradas en el sol de la tarde había
soñado tantas veces. Perdido entre las marañas de callejuelas
puede, por fin --gracias al auxilio de una mágica llave de plata--,
acceder a ella. Cuando lo logra, descubre que no es otra que su
propia ciudad natal: manifestada o revelada bajo una nueva luz.
Sí:
la ciudad onírica estaba dentro de su ciudad real (podemos
extrapolar nosotros ahora) como el conocimiento está dentro de la
información: agazapado, polvoriento, esperando la llave mágica.
Y
ya es hora de revelar nuestro secreto: la llave mágica del
conocimiento es la lectura.
Será necesario repetirlo, porque estamos subyugados por la magnitud
y las virtudes de las nuevos prodigios tecnológicos, y al tiempo
deberemos reaprender las potencialidades y las maravillas de algo
que consideramos trivial, sólo porque lo poseemos ya, y porque nos
acompaña desde hace muchísimo tiempo.
La
lectura es la capacidad de los humanos alfabetizados para extraer la
información textual. (Existe también la “lectura de las imágenes”
de la que habremos de hablar igualmente...) Y es hora de avanzar la
tesis central de estas páginas: la
lectura es la llave del conocimiento en la sociedad de la información.
La
colosal acumulación de datos que ha constituido la sociedad digital
no será nada sin los hombres que los recorran, integren y asimilen.
Y esto no será posible sin habilidades avanzadas de lectura.
Es
cierto que el acceso a la información digital exige nuevos saberes.
Algunos de ellos antes estaban confinados a profesiones muy
especializadas (los documentalistas, los bibliotecarios). Pienso en
la capacidad de manejar bases de datos, en la utilización de
palabras clave para las búsquedas, en el uso de operadores
booleanos (Y, O), en la indización de la documentación propia... Todo ello es
real: son saberes nuevos, antes reducidos a una práctica
profesional, y hoy necesarios hasta para el escolar que prepara un
trabajo. Pero además de ellos, y vitalmente necesarios para la
conversión de las informaciones halladas en conocimientos, está la
habilidad tradicional de lectura.
Que
no nos extrañe: el desarrollo humano no avanza en zigzag ni a
saltos, sino que normalmente construye sobre lo anterior. La lucha
por comprender y utilizar las nuevas tecnologías digitales exige
muchas cosas nuevas, sí; pero presupone las antiguas. Y la más
importante de ellas es la lectura.
¿Qué
hay en la lectura?
La
lectura es una habilidad de un tipo muy desarrollado: de hecho es la
suma de varias habilidades psicológicas que se adquieren y se
ejercitan a edad temprana. Como ocurre con las facultades humanas
que usamos desde siempre (la maravilla del lenguaje, de la percepción
visual), es difícil darnos cuenta cabal de su complejidad.
La
lectura comprende, en un principio, la capacidad de discernir una
letra de otra: ¿qué tienen que ver las siguientes formas
entre sí?
A
a a
A
Poco:
y sin embargo todas son la a. ¡Qué entrenamiento visual y gráfico, qué finura de
apreciación requiere identificar los signos a través de tipografías,
tamaños y características diferentes!
A
continuación, está la habilidad para leer bloques completos de
letras: las palabras. Como los lectores de este texto son avezados
en la tarea, no reparan (por fortuna) en la forma en que la están
realizando. Los lectores avanzados no leemos letra a letra, sino que
más bien reconocemos las formas típicas, globales, de cada palabra
(lo que los expertos llaman “la forma de Bouma”), y las
interpretamos en conjunto:
Y
no para ahí la cosa: somos capaces de descifrar no sólo la palabra
en la que fijamos la vista, sino además las que se encuentran a sus
costados: eso hace que podamos leer cada línea de texto en sólo
dos o tres saltos de vista (en vez de en los setenta u ochenta en
que lo haríamos si leyéramos letra a letra).

Pues
bien: los lectores que no llegan a este estadio de lectura por
bloques no han alcanzado el pleno desarrollo de la habilidad. Leerán
despacio y mal...
Más
maravillas: las letras convocan sonidos en nuestra mente, pero los
lectores avanzados leemos en
silencio. Esto es nuevo en la historia: no ha sido siempre así.
Durante muchos siglos la lectura, incluso la lectura solitaria, fue
siempre en voz audible. ¿Cómo lo sabemos? Un pasaje de las Confesiones
de San Agustín (siglo IV después de JC) nos relata el asombro que
sintió cuando sorprendió a San Ambrosio leyendo en soledad... ¡en
completo silencio!
Las
personas con escasas habilidades lectoras murmuran cuando leen.
Otras no emiten ningún sonido, pero practican lo que se conoce como
subvocalización: su
glotis se mueve imperceptiblemente. Ni unas ni otras han
interiorizado la conversion directa de texto en significado, y por
lo tanto son lectores defectuosos y poco hábiles.
Dar
forma a la información
Y
ya es hora de que avancemos un paso más, y de camino nos acerquemos
a lo que es el auténtico objetivo de estas páginas. En realidad,
nuestra forma de leer actual --rápida, silenciosa, eficiente-- fue
surgiendo en paralelo al desarrollo de lo que hoy llamaríamos
tecnologías editoriales. Los lectores de antiguos manuscritos leían
en voz alta, entre otras cosas porque los textos estaban escritos
sin separación de palabras:
intenteustedsihaceelfavorleerestaristradeletrassinpronunciarla
A
medida que avanza la construcción del espacio gráfico y tipográfico
en los libros, aumenta la finura de la información suministrada; a
medida que los procedimientos de representación textual se refinan,
los sistemas de lectura avanzan, mejoran y se automatizan. Es una
dialéctica entre mejoras tecnológicas y habilidades psicológicas:
en su desarrollo mutuo llegan a la evolución y eficiencia que
conocemos en el libro y la lectura modernas... Ambas han crecido
juntas.
Los
desarrollos editoriales y tipográficos fueron preparando el terreno
para lograr una extracción de información rápida y eficiente. Por
una parte se crearon tipos de letra claros y legibles. Por otra, se
desarrollaron diseños de página adecuados a las capacidades de
lectura (líneas sin demasiados caracteres, blancos para dar
descanso visual). Al tiempo, se crearon los primeros dispositivos de
interactividad textual avant
la lettre: márgenes amplios para acomodar los comentarios
manuscritos del lector, páginas en blanco para sus adiciones y
comentarios....
La
producción de las obras reforzó estas características
facilitadoras de la lectura: papeles de un color claro uniforme
(pero no tan blancos como para que la luz reflejada hiriera los
ojos); impresiones claras y nítidas, encuadernaciones que permiten
el manejo cómodo de la obra...
Los
recursos tipográficos ayudaron desde muy pronto a que el lector
comprendiera la jerarquía de los contenidos. La división en capítulos
con sus títulos y apartados estructuró las obras. Las notas al
pie, las apostillas y el cuerpo menor permitieron diferenciar al
texto principal de los elementos laterales, o menos importantes. Las
entradas de los capítulos, los cuadros sinópticos y los esquemas
resumieron la información para una consulta rápida.
Mientras
tanto, la paginación permitió crear índices de contenido, y su
unión con la ordenación alfabética creo los índices analíticos.
Todas las tecnologías de acceso interno a la información estaban
dispuestas, y pervivieron con pocas modificaciones durante cinco
siglos.
Los
lectores avanzados, aliados con estos dispositivos refinados de
apoyo a la lectura, buscaron, encontraron y compartieron información,
y crearon durante mucho tiempo la cultura de nuestra sociedad.
Hasta
aquí
Bien:
llegados a este punto, el lector ya debería tener claras ciertas
cosas, que pasamos a recapitular:
-
el
manejo de la información en la sociedad actual exige
capacidades desarrolladas de lectura
-
la
lectura es una suma de habilidades complejas
-
la forma editorial de los libros ha contribuido al
desarrollo de esas habilidades, y al tiempo las favorece
En
la segunda parte iremos más allá: cómo la lectura permite no sólo
la construcción del conocimiento, sino también su comunicación. Y
para finalizar exploraremos la consecuencia natural de estas
premisas: los colectivos que
quieran afianzar su posición en la sociedad de la información
deben favorecer la lectura. ¿De qué manera?
2
Las raíces de la lectura
Escuchar
con los ojos
Con
un sentido muy Barroco de la existencia, el gran Quevedo explicaba
de esta forma su relación con la lectura:
Vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos
Lo
que recalcaba Quevedo era el papel de la cultura escrita como
preservadora del conocimiento, como posibilitadora del diálogo con
el pasado. A este rasgo --que todavía hoy se mantiene-- se une
ahora que la escritura es un factor clave de comunicación
con nuestros contemporáneos. Ya hemos mencionado las asombrosas
dimensiones de la Web, ese depósito de datos e informaciones
variadas. Pero es muy probable que las comunicaciones que las
personas se intercambian en los “grupos de noticias” (newsgroups)
igualen en tamaño a la propia Web. Y los correos electrónicos están
adquiriendo un auge extraordinario: cada minuto se envían en el
mundo cinco millones de correos electrónicos. Ya hay más mensajes
de correo electrónico que de voz... Y además, tenemos las nuevas
formas de “oralidad por escrito”, como los chats,
esos intercambios de mensajes escritos en tiempo real.
De
nuevo, parece que la comunicación interpersonal, ya sea privada o
semipública, descansa sobre las habilidades lectoras. Está
resurgiendo el género epistolar (que desde la llegada del teléfono
experimentaba un claro retroceso), con nuevas formas, con nuevos
elementos --acrónimos, palabras nuevas, emoticonos (esas caritas
esquemáticas que expresan emociones)--, pero más pujante que
nunca. Y se ha recuperado a varios niveles: el intercambio de notas
entre adolescentes que usan los mensajes cortos de su teléfono móvil,
el email recordatorio o conminatorio (sin encabezamiento, de una
sola línea); pero también el mensaje de correo electrónico largo
y demorado, tan extenso como la mejor carta del pasado... Seguiremos
hablando por teléfono, y cada vez hablaremos más a través de la
red, pero el correo electrónico (o sus descendientes) permanecerán,
porque presentan muchas ventajas para las personas, para las
empresas, para las instituciones: la posibilidad de meditar lo que
se dice, el almacenamiento y posterior recuperabilidad de los
mensajes propios y ajenos...
Sí:
al mundo de las relaciones personales ha vuelto la letra, y con ella
la lectura.
Desde
el principio
¿Cómo
aprendemos a leer? ¿De dónde sacamos esas habilidades complejas
que, como hemos visto, se han ido construyendo históricamente?
Hay
que recordar en primer lugar el papel de la escuela, de la educación
primaria. En ella se ponen las bases para la adquisición de la
lectura. Ha habido un gran desarrollo de las metodologías de
iniciación a la lectura y, sobre todo, la escuela actual acumula
las experiencias de numerosísimas generaciones que aprendieron a
leer en ella.
No
se trata sólo de la adquisición de unas técnicas. Si ellas no
vienen acompañadas del despertar de una motivación, de poco servirían.
Los enseñantes actuales tienen a su disposición lecturas
atractivas y adecuadas a muy distintos niveles (porque el mundo de
la edición ha contribuido a ello creándolas). Tenemos hoy
“libros blanditos”, de tela, que los infantes prealfabéticos
pueden estrujar y chupar, como en una prefiguración de lo que será
su futura actividad intelectual. Hay libros bellísimamente
ilustrados, sin letras; o con palabras gigantescas, a una por página;
con colores, texturas, materias, olores; con solapas que estirar,
puertas que explorar, pirámides que se erigen al abrir una página;
libros que describen el mundo real o construyen uno imaginario: la
diversidad de obras para quienes empiezan a leer es inmensa, y la
escuela puede aprovecharlas. Hay que añadir que no podrá hacerlo
sin recursos, sin bibliotecas en los centros, sin profesionales para
su animación...
Además
la enseñanza, desde sus primeros niveles, tiene la misión de poner
al alumno en contacto con las complejas tipologías de materiales de
lectura contemporáneas: no solo el libro, sino también la revista,
el periódico o el catálogo; no solo el artículo, sino también el
gráfico o la publicidad. Los alumnos deben crecer educados en la
multiplicidad de los soportes y modalidades de la información, y
eso les va a servir de mucho en un medio (como el digital)
extremadamente variado y flexible.
Leer
imágenes
Una
observación, al hilo de todo esto... Parte de la educación escolar
de hoy --con el apoyo de los libros de texto y materiales
complementarios-- intenta también dar herramientas para la
interpretación de los gráficos, esquemas y yuxtaposición de imágenes.
En origen, esta es la respuesta de la enseñanza a la eclosión de
lo que se dio en llamar “la sociedad de la imagen”, pero
encontraremos también que resulta de especial utilidad para
manejarse en un medio mixto como el que supone la Web.
En
concreto, es necesario saber interpretar la contigüidad de imágenes
y textos (que a veces crea relaciones más insidiosas --por lo
ocultas-- que los puros encadenamientos textuales). Hace falta
comprender los límites de los testimonios “reales”: el video no
es la acción; la foto no es la cosa; la parte no es el todo... Hay
que entrenar en la interpretacion de los gráficos, cuadros,
esquemas y ayudas infográficas, tan presentes en la información
contemporánea, porque pueden transmitir interpretaciones sesgadas,
o directamente erróneas de los datos.
En
suma: el lenguaje de las imágenes, y de las relaciones de éstas
con el texto, exige una formación independiente, que las escuelas
--y los textos que en ellas se usan-- están procurando también
dar.
Crecer
en la lectura
Pero
la enseñanza escolar es sólo el principio. Las complejas
habilidades que, como hemos visto, moviliza la lectura exigen no sólo
que la persona que aprende se encuentre en un determinado nivel de
maduración neurológica; no sólo que se inicie en los rudimentos
del descifrado de textos, sino que estas disposiciones se activen y
ejerciten durante largo tiempo. Un lector avanzado, una persona que
puede enfrentarse con un texto en condiciones óptimas de
aprovechamiento y velocidad, sólo se forja a lo largo de años de
práctica.
De
ahí la importancia (en esta materia, como en otras muchas) de
compartir la formación escolar con la del hogar. El niño que no
crece en un ambiente de lectura en su casa, difícilmente podrá
alcanzar plenamente las capacidades para tratar con textos. El que
no disponga de una variedad suficiente de tipos de obras no aprenderá
a vérselas con los distintos niveles de acceso a la información
escrita: la lectura profunda, la búsqueda de un dato específico,
la lectura somera rastreando una idea...
Sí:
la riqueza en libros y en publicaciones, la abundancia en lectura de
un medio familiar (o en una biblioteca pública: luego abundaremos
en ello), es la mejor garantía de un desarrollo pleno de las
capacidades lectoras. La falta de hábitos y de ocasiones de lectura
hará muy difícil el pleno desarrollo de esas potencias. Y la
persona que no las tenga está muy mal preparado para la sociedad de
la información: así de simple.
Pero
a su vez, ¿cómo conseguir el clima social que dirija hacia esta
importante práctica? ¿No están nuestros medios de comunicación
exacerbando la orientación hacia los elementos multimedia (imagen y
sonido) de la sociedad de la información, con absoluto olvido de la
lectura? Si nuestras tasas de lectores son tan bajas en comparación
con los países a los que deberíamos equipararnos, ¿no es en parte
por la falta de un auténtico clima mediático en su favor? Que una
modernidad mal entendida no nos prive del necesario apoyo en un tema
clave...
Una
sociedad lectora
Quien
visita Nueva York o Seattle, tenga o no la oportunidad de
encontrarse con los artífices de las compañías que están
cambiando el mundo, puede tener sin embargo una experiencia crucial.
Aborde un transporte público; móntese en el metro o en un
ferrocarril de cercanías y mire en torno. Una mayoría de las
personas a su alrededor están leyendo, y muchas de ellas leen
libros: las baratas ediciones paperback
(o rústica) que ha sido la gran aportación de la cultura
anglosajona al mundo del libro; los libros aún con el tejuelo de la
biblioteca pública, tomados en préstamo por una o dos semanas...
Otros están enfrascados en periódicos, revistas...
Así
son las cosas. La cultura que dicta los rumbos del mundo contemporáneo
desde sus empresas y universidades, la cultura que acumula una
proporción de premios Nobel por habitante superior a cualquier
otra, es una de las culturas más lectoras de la Tierra.
No
es un caso único: los visitantes de Japón observan también
sorprendidos la proliferación de lectores públicos, hasta tal
extremo que hay una figura que ha necesitado la acuñación de una
palabra nueva en su lengua: “el-que-lee-de-pie-en-la-librería”.
Sí: estos lectores ávidos y de poco dinero, a los que se consiente
su actividad silenciosa junto a la mesa con las novedades, son otro
exponente de cómo lectura y avance van juntos...
Porque
(llegamos a un nuevo flanco vital), allí donde el sistema educativo
no pueda acompañarnos más; allí donde los hogares, por motivos
históricos o económicos, no puedan proporcionar los medios para
crecer en la lectura, una potente red de bibliotecas modernas y bien
dotadas es el lugar donde adquirir los medios para seguir. ¿Hay que
recordar cómo las sociedades más lectoras y avanzadas del mundo
abundan también en bibliotecas abiertas a todos? Las pequeñas
bibliotecas suecas, donde los niños aprenden a ir a jugar con
libros; las bibliotecas públicas americanas, donde cualquier
ciudadano busca --y encuentra-- el dato que le falta, el libro que
necesita para su hobby. Y
en todo el mundo avanzado los bibliotecarios han devenido, además,
particulares Ariadnas de las telarañas electrónicas (guiando a su
público también en la Web), en una demostración de cómo lo
antiguo y lo nuevo muchas veces se pueden complementar...
El
papel del libro, y el libro de papel
Volvamos
un momento sobre la consolidación de los hábitos lectores. Para
aprender a leer hay que leer mucho (como para montar en bicicleta, o
para nadar, hay que hacerlo mucho).
Y
por fortuna, hay mucho que leer. El mundo editorial español es
especialmente rico, no sólo en número de nuevos libros al año,
sino en la calidad de sus contenidos, e incluso en aspectos
materiales de composición o de fabricación. Un paseo por nuestras
librerías es en sí mismo toda una invitación a la lectura. Sin
esta oferta, constantemente presente en las librerías, y remansada
en las bibliotecas públicas y de las instituciones, no habrá
tantas ocasiones y acicates para lanzarse a la lectura. Y por tanto,
no habrá un número considerable de buenos lectores. Y por tanto,
nuestros jóvenes, nuestros profesionales, nuestros investigadores,
no estarán preparados para convertir la información en
conocimiento.
Podría
pensarse que la actual proliferación de equipos informáticos con
acceso a la red (crecientemente en las escuelas, también en muchos
hogares) puede bastar para suministrar motivos de práctica lectora,
y materiales para ejercerla. No es así: la lectura a través de la
red está por lo general al servicio de la búsqueda de datos, de
asimilación de informaciones breves. Nadie lee una novela extensa,
un ensayo largo en pantalla (entre otras cosas, porque es muchísimo
más incómodo). Y la lectura detenida y extensa es la que más
forma los hábitos lectores, los automatismos y las capacidades de
una extracción eficiente de información. Por no hablar de la
articulación interior y de la capacidad del diálogo con los otros,
sobre la que pronto tendremos que decir algo. Para educar en la
lectura siguen siendo necesarios los libros, porque los libros son
las mejores máquinas de leer.
Cuentan
de don Jacinto Benavente, dramaturgo y uno de nuestros premios Nobel,
que al presenciar los avances de la cinematografía (el sonido, la
aparición del color, las promesas de cine en tres dimensiones, ...)
comentó: “Con tanto mejorar el cine, ¡van a acabar por inventar
el teatro!”. Ya existen dispositivos dotados con pantallas para
leer, aunque aún son imperfectos. Se anuncian (aunque habrá que
esperar a verlos) el “papel electrónico”, y la “tinta electrónica”,
que al final serán láminas flexibles, con letra bien legible sobre
ellas.
Pues
bien: cuando hayan reinventado el papel sera tan bueno leer sobre
estos dispositivos electrónicos como sobre un libro tradicional,
pero antes no...
Y
es hora de recapitular
¿Es
realmente así? ¿Podemos afirmar sin dudas que la riqueza y
diversidad de la oferta editorial, unida a la acción de la escuela
en iniciación y promoción de la lectura, y al hogar y las
bibliotecas públicas como medio para su consolidación, son
nuestras bases más sólidas para preparar a nuestros ciudadanos
para la sociedad de la información?
Radicalmente,
sí.
Puede
que esta afirmación no suene muy a la moda: parece más oportuno
demandar equipos informáticos en las escuelas y hogares (que por
supuesto, está muy bien que tengan), y tarifas económicas y
calidad para las conexiones a Internet (que son claramente
necesarias). Cualquier persona sensata se uniría a estas
peticiones, que además, se pueden cumplir rápidamente, mientras
que mejorar nuestras escuelas y bibliotecas, mover nuestra sociedad
hacia la lectura --no nos engañemos-- llevará necesariamente años...
Pero
si no lo hacemos, nuestros ciudadanos acabarán accediendo a las
redes sólo para comprar y bajarse
canciones, para charlar y pescar un dato (lo que está muy bien),
pero carecerán de la habilidad de navegar con eficiencia y
aprovechamiento los océanos de información. No sabrán utilizar
sus contenidos y construir con ellos un conocimiento que además
luego puedan comunicar...
Porque
tras la práctica de la lectura hay algo más, difícilmente
mensurable, pero tan básico que no he podido sino dejarlo para el
final. La lectura (al lado de la influencia de los padres, de los
buenos profesores) forma en la construcción de una articulación
intelectual. Hacia el interior: en la forma en que se organizan
nuestros mundos conceptuales y sensibles, en el modo en que
integramos en conjuntos coherentes las miríadas de retazos del
universo que nos rodea. Hacia el exterior: en la forma en que
aprendemos a jerarquizar, sopesar y modular lo que hemos atesorado
dentro, para transmitírselo a otros.
La
práctica de la lectura entrena en la comunicación con el otro,
tanto como forma interiormente: leer (ficción o ensayo, un libro de
cocina o una guía) es hacerse momentáneamente otro, es percibir en propia carne los esfuerzos con los que un autor
ha tratado de trasmitirnos las desdichas de dos amantes o la
elaboración de un plato delicado. Y el autor se ha dirigido,
salvando a veces abismos de tiempo y espacio, a la idea que tenía
de sus lectores. En el choque entre el lector soñado por el autor y
nuestras reales expectativas lectoras es donde surge la tensión de
la apropiación intelectual.
Leer
es pactar, más que
recibir.
Y
eso es básico hoy en día: cada vez más. A diferencia de los
medios tradicionales, la Internet es un canal que va de muchos hacia
muchos: el ciudadano de la red es tanto un receptor, un usuario de
informaciones, como un emisor, un
creador de mensajes destinados o a una persona (correo electrónico),
a un grupo (listas de distribución), o al público (webs, páginas
personales). Hoy se rehacen empresas enteras sobre la base de la gestión del conocimiento, que no es otra cosa que el reconocimiento
de que lo básico es la circulación del saber entre sus miembros. Y
la práctica de la lectura no es sólo un entrenamiento para la
comprensión, para la decodificación, sino la base más firme para
la comunicación con otros.
A
modo de preludio
Ahora
sabemos que quienes, desde el sistema educativo y las editoriales,
desde los hogares y bibliotecas luchaban por la lectura, estaban
también trabajando por la sociedad de la información y del
conocimiento: antes de que existiera.
La
sociedad en su conjunto tiene que defender la práctica extensa y
gozosa de algo en lo que ya no nos jugamos sólo la pervivencia
cultural, sino la entrada en la sociedad del mañana.
Esto
no es una conclusión. Esto es --debería ser-- el comienzo de algo
muy grande. Como el soñador de Lovecraft, hemos descubierto que la
ciudad mítica y dorada que perseguimos se encuentra ya ante
nuestros ojos, la poseemos. Ya tenemos la llave de plata.
Usémosla.
©
2000-2001 José Antonio Millán y Federación
de Gremios de Editores de España. Se permite la reproducción
íntegra de la presente obra, siempre que lleve incorporada esta
nota de copyright


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