|
A
Alejandra
Pizarnik Prosa
Completa,
Arthur Koestler Autobiografía,
Antonio
Skármeta La chica del
trombón Ana
Rossetti Recuentos:
Cuentos Completos , Andrés
Trapiello
Días
y noches , Andreu
Martín Bellísimas
personas, Ángeles
Caso Un
largo silencio , Antonio
Pereira Cuentos
de la Cábila, Andrés
Trapiello Do
fuir , Alvaro Mutis
De
lecturas y algo del mundo
, Andres Neuman Bariloche,
Antonio
Muñoz Molina Carlota
Faimberg, Antonio Colinas
El crujido de la luz
,Augusto Monterroso La vaca
B
Benjamín
Prado La
nieve está vacía ,
Cristina
Fenández Cubas
Cosas que ya no existen ,Cristina Fernández Cubas El
columpio - Hermanas
de sangre
,
Cristina Sánchez-Andrade Las
lagartijas huelen a hierba
, Cristina Sánchez-Andrade Bueyes
y rosas dormían
Ch
Charles
Baudelaire Consejos
a los jóvenes escritores, Charles
y Mary Lamb Cuentos
de Shakespeare
D
Dai Sijie Balzac
y la joven costurera china, Daniel Moyano Un
silencio de corchea ,
E
Eduardo
Mendoza La
aventura del tocador de señoras,
Enrique
Vila-Matas
Bartlebly
y compañía, Espido
Freire Irlanda,
F
Fernando
Marías El
niño de los coroneles,
Fulgencio
Argüelles Recuerdos
de algún vivir, Fernando
Fonseca El
ciego perfecto y otras historias,
Francisco
Brines Poesía
Completea (1960 -1997)
G
Gustavo
Martín Garzo El
valle de las gigantas,
Graham
Swift Fuera de este mundo
H
Henry
James Un
chiquillo y otros
I
Ignacio
Martínez de Pisón
María Bonita
J
José
Marzo La
Alambrada,
Javier Cercas Soldados
de Salamina,
José
María Merino Días imaginarios
Juan Iturralde El viaje a Atenas
Juan
Ramón Ribeyro Cuentos Completos:
por Antonio Paniagua,
Jorge
Herralde Opiniones
Mohicanas Juan
Marsé Rabos
de Lagartija ,José
Saramago La
Caverna, José
Luis Sampedro El
amante Lesbiano, Juan
Pedro Aparicio Qué
tiempo tan feliz , Jose
Antonio Somoza La
caverna de las ideas , Jorge
Volpi En
busca de Klinsorg , José
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generación del 99 ,
Josefina
R. Aldecoa Fiebre
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y prótesis , José
María Merino
Cuatro
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Los
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José María Guelbenzu
Un
peso en el mundo
K
Kiran
Desai Alboroto
en el Guayabal,
Katherine
Mansfield Cuentos
completos
L
Luis
Mateo Díez Las
palabras de la vida,
Luis Mateo Díez Balcón
de Piedra, Lorriere
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Silva El
Alquimista Impaciente,
Luis
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ruina del cielo - El
pasado legendario, Luis Landero Entre
Líneas: el cuento o la vida,
Luis Sepúlveda Historias
Marginales
M
Max
Aub Cuerpos Presentes, Menchu
Gutiérrez La
mujer Ensimismada, Mario
Vargas Llosa
El Lenguaje de la Pasión , Mario
Lacruz El
inocente, Manuel
Vicent
Espectros,
Mercedes
Abad Sangre,
Maruja
Torres Mientras
vivimos, Margaret
Atwood
Asesinato
en la oscuridad
,
Manuel de Lope La sangre ajena,
Rodrigo
Brunori Me manda Stradivarius
, Rosa
Montero El corazón del Tártaro,
Ricardo
Piglia Prisión
perpetua, Roberto
Samur Esguerra El
Remolino: por
Ignacio Ramírez, Roberto
Bolaño Tres
S
Sandor
Marai La
herencia de Eszter, Stefan
Zweig 24
Horas en la vida de una mujer, Sueños
olvidados y otros cuentos, Castellio
contra Calvino. Conciencia contra violencia:
por
Santiago Delgado,
Susana
Fortes Fronteras de Arenas
T
Truman Capote (Para bien o para mal)
V
Varios autores Cuentos
de Fútbol, Varios autores Líneas Aéreas ,
Virgilio Piñera
Cuentos
Completos
- La
isla en peso ,
Varios
Autores No
hay dos sin tres, Varios
autores Cuentos
de Hijos y Padres
W
William
Carlos Williams Cuentos
Max
Aub Cuerpos
Presentes
Fundación
Max Aub - 2001
Aun
con cierto riesgo de equivocarnos, o de caer en un inmerecido
sentimentalismo, cabe decir que estamos ante una de esas
figuras literarias que uno va descubriendo lentamente con la
madurez. Alguien así que para las Editoriales es como el
Guadiana, que aparece y desaparece, pero que siempre estará
allí, esperando que le descubramos. Autor de una abundante
obra literaria, fue Max Aub un prolífico escritor que no
desdeño género alguno por más que sea en el terreno de la
novela donde habría de alcanzar mayor notoriedad. Pero como
ya digo, si bien a mediados de los años setenta se estudiaba
de soslayo, es cierto que se hacía encorsetándolo dentro de
los escritores del exilio, aquellos que no pudieron vivir las
mieles del triunfo por abrazar la causa republicana como razón
fundamental de su ser. Pero llegaron las Fundaciones. Y como
no, la Fundación Max Aub, empeñada en rescatar
su legado literario, presenta ahora dentro de su Biblioteca
Max Aub el volumen inédito Cuerpos presentes,
o indagaciones pretéritas de cuantos intelectuales,
escritores y políticos, cruzaron su destino al del propio Aub
en algún momento de sus vidas. Así, circulan por las páginas
de Cuerpos presentes a modo de epitafios los últimos
instantes de Antonio Machado, "cuando veáis esta
sumida boca / que ya la sed no inquita, la mirada / tan
desvalida (su mitad, guardada / en el viejo estuche, es de
cristal de roca / la barba que platea y el estrago / del
tiempo, la mejilla... Gunter Grass a quien conoció en el
Palacio de Bellas Artes en 1966 o Andre Malraux a quien
compara con Lord Byron. Son retratos agradables, los de Jaime
Torres y Vicente Aleixandre, o los de Alberti y Cernuda,
nostálgicos como los de José Gaos, José Moreno Villa
o Jorge Guillén, y
duros, muy duros como el encuentro que relata en París con
Edgar Neville, a quien tenía por republicano o la caricatura
de Alejandro Casona a quien acusa de colaboracionista con el régimen
de Franco. Mau Aub dio vida en Cuerpos Presentes
a un obituario de intelectuales y escritores del Siglo XX que
en sí mismo justifica toda la obra. Pero hay que reconocerle
al autor una cualidad digna de elogio. Si bien, todos
conocemos a Machado, a Gunter Grass, o a Rafael Alberti, si
bien nadie duda del talento de Juan Ramón Jiménez, Indalecio
Prieto, Octavio Paz o León Felipe, no por ello resultan menos
sorprendentes las anotaciones que ya a mediados del siglo XX
realizaba sobre Julio Torri o Juan Rulfo, por poner dos
ejemplos. Y es en dichas
apreciaciones, y en otras muchas donde el lector
contempla a un Max Aub escrupuloso con la realidad que le tocó
vivir, y por qué no, excesivamente celoso con la misma. Quizás
esté ahí la explicación a la no-publicación hasta la fecha
de Cuerpos Presentes. Es de agradecer a la Fundación
que lleva su nombre que dentro de la recuperación de su obra
haya incorporado este curioso libro de misceláneas que ayudarán
a entender un poco mas el carácter de un hombre, de un
escritor, a quien los acontecimientos le sobrepasaron y le
impidieron disfrutar del éxito en vida en España.
©Luis García

José
María Merino
Días imaginarios
Seix-Barral
- 2002
De
lo breve y sus consecuencias
Tienen los libros de pequeños relatos la virtud de
que no necesitan por parte del lector una atención lineal,
sino que admiten el recurso de convertirse en una prolongación
lúdica del día. (El libro de cuentos se lee en el autobús,
en la consulta del médico o en un paréntesis en el trabajo).
Esto se nos muestra especialmente sensible cuando nos
referimos al microrrelato, género que parece resurgir de sus
cenizas cual ave fénix y vivir una suerte de luna de miel
impensable tan sólo hace unos años. (Hasta tres Antologías
diferentes coinciden en estos momentos en las estanterías
de las librerías) Hay que decir que el relato corto o
microrrelato no lo ha tenido fácil, entre otras cosas por la
existencia de ciertos críticos y autores que veían en él
mas que a un Género Literario (con mayúsculas, como no) a
unos meros ejercicios espirituales propios de alumnos de
talleres literarios ( desconozco a quien o quienes se pretendía
denostar con dicha afirmación, si a los propios Talleres o a
aquellos que acuden a ellos) en lugar de a profesionales de la
pluma. Pero guste o no, y al igual que ha sucedido con la poesía,
la mayoría de los autores han sufrido con mayor o menor
fortuna en algún momento de sus carreras el vértigo que
supone el acercarse al relato cortoy y
lo han cultivado imbuidos por la corriente iniciada por
Augusto Monterroso o Juan José Arreola, pero eso sí, dotándoles
de la impronta personal necesario que los hace casi únicos.
Ahora, José María Merino presenta en sociedad Días
imaginarios, cien visiones y aciertos retóricos que
algunos han calificado como microrrelatos por su extensión, aún
sin ser en sí mismas piezas de tan codiciado género. Se
trata de porciones literarias que es cierto que podrían
sobrevivir por sí solas (uno de los axiomas que se les
exige), que juntas configuran una notable representación de
lo cotidiano, pero que carecen muchas de ellas del duende que
se les exige para despertar asombro en el lector. Sí que es
verdad que algunas de ellas lo consiguen, y así desfilan ante nuestros ojos epístolas irónicas,
ensayos y pequeñas leyendas, sucesos domésticos y noticias
de Diarios, y como no, algún que otro homenaje que justifica
por sí solo todo el volumen. Al despertar, Augusto
Monterroso se había convertido en un dinosaurio. "Te
noto mala cara", le dijo Gregorio Samsa que también
estaba en la cocina. (Pag 243). Y es que Merino no puede
obviar a algunos de sus referentes literarios, que son los
nuestros. Otros relatos recurren a la armonía del misterio,
"El agente secreto" (pag. 203) o a la
liturgia de lo mágico, y así nos encontramos con Ecologismo
(pag. 80) sin duda alguna uno de los mejores del libro. Porque
José María Merino, que no hace sino ser fiel a sus
postulados cuando afirma que el mundo es un caos y que la
realidad tiende a ser fragmentaria, ha parido Días
imaginarios entre otras razones con la idea de
demostrarnos (y demostrarse a sí mismo) que la literatura
entre otras cosas sirve para poner en orden la realidad.
Por eso, y ahondando en el carácter no lineal de su lectura, Días
imaginarios tiene a su vez un efecto catártico en tanto y
cuanto esas pinceladas de la vida diaria en las que todos nos
vemos reflejados no hacen sino ayudarnos a entender un poco el
mundo en el que vivimos.
©Luis García

Juan
Iturralde El
viaje a Atenas
Editorial
Viamonte-Madrid-2001
Epitafios
literarios
Triste
consuelo el que les quedan a los admiradores de uno de los
literatos mas crípticos de los últimos años, toda vez que
une a su falta de difusión la escasez de su obra. Pero como
siempre hay un momento para cada cual, es llegada la
reivindicación de Juan Iturralde, escritor salmantino nacido
bajo el nombre de José María Péret Prat, y autor Días
de llamas, considerada como una de las mejores novelas
que se han escrito sobre La Guerra Civil, y de El viaje
a Atenas, o lo que es lo mismo, una de las más
sutiles críticas al sistema franquista escrita desde el
interior del mismo. La trama, como no podía ser de otro modo,
se desarrolla en un país lejano, en la Grecia de los
Coroneles, en los años posteriores al Golpe de Estado.
Ioannis Vithynos, activista revolucionario que ve cercano el
final de sus días merced a una enfermedad que le mina minuto
a minuto, recibe el encargo de emprender el viaje al país
Heleno con el objeto de entablar contacto con la escasa
resistencia armada que allí queda, heredera en parte de los
partisanos de la II Guerra Mundial, y por tanto supuestamente
curtidos en mil batallas. Pero el viaje, que en principio se
prometía interesante, aún siendo consciente del riesgo que
corre, se complica
sobretodo por su enfermedad, pero también por la desconfianza
y el desmoronamiento de una idea política que se le antoja
desconectada con la realidad de una Europa empeñada en
recuperar sus raíces. Su cuerpo enfermo no es mas que la metáfora
de la enfermedad en la que está metido junto a sus viejos
camaradas, incapaces de salir de una espiral de violencia que
no conduce a ningún sitio, pero imposibilitados a su vez para
cometer tentados sangrientos, ya que lo único que persiguen
es llamar la atención del "mundo civilizado" sobre
los acontecimientos políticos de su país. Pero los griegos,
a pesar de la dictadura, conforman una realidad que no se
puede desdeñar. Imbuidos por el milagro económico de la
Vieja Europa, la sociedad está acomodada a su situación y no
quieren saber nada de transformaciones políticas que
impliquen traumas sociales. Nacida inicialmente bajo el título
de El viaje a Barcelona, El Viaje a Atenas
hubiera tenido mas de un problema para ver la luz si la acción
se hubiese desarrollado en España, merced a la férrea
censura existente. Pero estamos ante un escritor que a pesar
de todo supo saltarse las barreras impuestas y amoldar su poética
y su ideología a los tiempos que corrían, aunque no por ello
sin olvidar que la España de entonces se parecía y mucho a
la descrita en la novela.
©Luis García

Stefan Zweig
Castellio
contra Calvino. Conciencia contra violencia
El
Acantilado. Barcelona, 2001 (Traducción
de Berta Vías Mahou)
Un
hito en la historia de la libertad de conciencia
En
la historia de la lucha por la libertad de conciencia, existen
en Occidente muchos casos a reseñar, todos ellos altamente
ejemplarizantes. Los cátaros, en el siglo XIII, cualquiera de
los progroms habidos por toda Europa desde la Alta Edad Media,
Galileo, la misma Inquisición... La responsabilidad por la
represión de todos ellos recae en el haber –infame haber-
de la Iglesia Católica; por lo menos mientras las luces de la
razón pudieron ser extinguidas –aún nonatas- por el dogma
romano.
Pero
la Historia, cuya escritura no en balde estuvo siempre en
manos, desde que en su propio seno se inventara la imprenta,
de la Reforma protestante, optó por silenciar –o, por lo
menos, no airear demasiado- uno de los más escandalosos
asesinatos, previa persecución y tortura, por causa del
mantenimiento de la libertad de conciencia frente a la coerción
espiritual. El suceso tuvo tres protagonistas: un asesino y
dos víctimas. El asesino se llamó Juan Calvino, dictador en
lo material y lo espiritual de la ciudad de Ginebra en los
medios del siglo XVI. Las víctimas fueron el español Miguel
Servet, científico y teólogo, y Sebastian Castellio,
profesor universitario y humanista. Al primero lo quemó vivo,
tras negarle el último favor de pasarlo por la espada antes
de ser dado al fuego. El bravo aragonés, aún así, no quiso
desistir de aquellas ideas respecto de las que discrepaba del
sanguinario tirano, y por las que el dictador ginebrino lo
condenaba a morir. Ideas que no conviene, en aras de la
justicia, elucidar aquí, no fueran ante nadie, a justificar
al criminal. Al mejor y primer defensor de la libertad total
de conciencia en Europa, el saboyano Castellio, lo persiguió
con saña, calumnias y amenazas hasta la misma tumba, cuya lúgubre
oquedad fue la única posibilidad que tuvo, acaso piadosamente
concedida por el Alto, de escapar de las garras del depredador
de conciencias picardo.
Lo hasta aquí descrito no es sino doloso resumen de lo
narrado por Stefan Zweig, escritor austriaco fallecido en
1942, con una conciencia absolutamente clara de lo que habría
de ser futuro de Occidente, a pesar de los nubarrones ideológicos
que se abatían sobre el continente europeo en los tiempos de
su desaparición. La narración de Zweig es altamente
singular. Explica las psicologías conductuales de los
personajes, y nos introduce, con prosa científica, en sus
conciencias y en su creencias, con un párrafo progresivo y
muy bien cortado, que seduce como el de un profesor, amante
del tema que expone, y excelentemente informado. Tal sería,
acaso la voz en off de un documental cinematográfico o
televisivo muy bien preparado. El uso de las comillas, para
dar voz a los personajes, apenas esclarece algo más de lo que
la redacción del escritor expone; pero asienta con fundamento
la tesis perseguida. Aliado, eso sí, con una traducción
absolutamente mimetizada como creación original en lengua
española o castellana -debida a la escritora Berta Vías- el
libro no sólo expone y arguye; sino que, con una muy clara
identificación de la función de la Literatura, denuncia y
acusa. Denuncia y acusa –y además, llama su memoria a escándalo-
a un hombre, Calvino, que habiendo liderado bandería en pro
de la libertad de conciencia, cayó, abyectamente, en lo mismo
que negara para acceder a un poder que requirió absoluto. El
crimen de Calvino sobre Servet fue mayor que el de cualquiera
de los de la Inquisición, pues fue realizado desde el
supuesto imperio de la libertad de conciencia del ser humano,
cayendo, pues, en flagrante incoherencia y contradicción. El
Santo Oficio lo hacía desde la restricción teísta de todo
razonamiento, siendo por ello, no menos culpable; pero sí más
consecuente. La Historia, más piadosa que ambos, reivindicó
al fin el buen nombre, y ante todo su doctrina, del humanista
Sebastián Castellio,
hombre bueno y sabio.
©Santiago
Delgado

Luis
Mateo Díez
Balcón
de piedra
Ollero
y Ramos - Madrid - 2001
El dulce sabor de lo cotidiano
Es Luis Mateo Díez uno de esos autores que
despiertan pasiones cada vez que publica un nuevo libro, una
constante que últimamente comienza
a ser habitual. Forma junto a Luis Landero y Antonio Muñoz
Molina un trío de inigualable calidad literaria que le ha
llevado en su caso a alzarse por dos veces
con la misma obra con el Premio de La Crítica y
con el Nacional de Literatura, algo sin parangón en
nuestras letras. Si hace años fue con La fuente de la
edad, novela de iniciación en la que un grupo de
excursionistas se afanaban en la búsqueda de tan preciada
quimera, en el año 2000 el autor habría de descolgarse con
la que sin duda es, hasta la fecha, su gran obra de madurez: La
ruina del cielo, reivindicación del mundo rural desde
la reconstrucción de un obituario en un abandonado e
inexistente pueblo del Norte de España: Celama. Porque es
Luis Mateo Díez un creador de mundos novelescos que nos
sorprende ahora en el 2001 con la remembranza de su vida de
funcionario, visionada desde su particular atalaya: el Balcón
de piedra al que se asoma todos los días desde la
ventana de su despacho desde el que no sólo se ve la Plaza
Mayor de su ciudad, Madrid, sino el
traspaso de la vida desde el blanco y negro al
technicolor. A modo de diario, y sorprende la que se puede
considerar como su segunda incursión en el género en apenas
tres meses, tras la publicación de El diablo meridiano,
Luis Mateo Díez va desgranando sus recuerdos mas íntimos, su
propia existencia que es tanto como decir la de la Plaza Mayor
de los últimos treinta años. Balcón de piedra indaga en su característico
mundo literario, y sirve de contrapunto a su propia dimensión
como escritor. No en vano en este libro se recogen momentos íntimos
de difícil catalogación. En realidad, se trata de un baúl
de recuerdos, de esos que acostumbramos a retener en las
buhardillas, en donde se mezclan anécdotas con curiosas
situaciones. Soportados
por pequeños capítulos a modo de bosquejos interiores,
desfila por Balcón de piedra su propia vida
concentrada en treinta apacibles días (tantos como estampas o
capítulos nos presenta) y así nosotros, sus lectores,
llegamos a conocer un poco la realidad de un hombre que supo
combinar su trabajo de funcionario con su amor a la
literatura. Visitas solemnes al lugar, como la de Andy Warhol,
entrañables como la del barbero Néstor, ceremonias
institucionales compartidas con sus buenos amigos Etelvino y
Bernáldez como las tomas de posesión de los nuevos
embajadores, incendios y demás entresijos palaciegos hacen de
la Plaza Mayor desde su Balcón de
piedra algo así como las bambalinas de un gran
teatro del que el autor no quiere desprenderse aunque intente
exorcizar sus viejos temores con un nuevo libro. Luis
Mateo Díez ha emulado a sus mayores con el beneplácito de
los indulgentes, y ha homenajeado a partir de esa condición a
la palabra como la materia prima sin la que sería imposible
que nos deleitara con sus novelas. Por eso Balcón
de piedra se puede leer como un libro de misceláneas,
que se coge y se deja con igual facilidad y soltura, y que
invita a la reflexión. Porque todo libro de misceláneas no
es sino un hatillo en el que nosotros mismos vamos
introduciendo nuestras referencias. Bosquejos literarios
escritos a corazón abierto, uno siempre agradece que de vez
en cuando un autor le deje ver las bambalinas de cuanto se
cuece en su memoria, que a fin de cuentas es la nuestra propia
©Luis García
Juan
Ramón Ribeyro Cuentos
Completos
Alfaguara
2000
Maestro
de Brevedades
Julio Ramón Ribeyro se definía a sí mismo como
"un escritor de fragmentos". Una clasificación muy
acertada, pues el autor peruano alumbró antes de los 35 años
tres novelas y a partir de entonces se dedicó por completo a
entregar a la imprenta cuentos y textos cortos de reflexiones.
Incluso cuando se adentró en el terreno de la novela, como es
el caso de "Cambio de guardia" (Tusquets), Ribeyro
se valió de la técnica
de secuencias breves para componer la estructura del
relato.
Considerado como uno de los grandes narradores
latinoamericanos,
Ribeyro, aunque reconocido por lectores avisados, nunca
logró la fama que confirió a muchos escritores contemporáneos
el boom.
Y es que el entusiasmo literario que invadía Europa
procedente de la otra orilla del Atlántico era un fenómeno
que ponía el acento en la novela y casi nada en el cuento.
Fue, en este sentido, un hombre sin suerte, pues ni siquiera
al final de su vida, cuando se le concedió el prestigioso
Premio Literario Juan
Rulfo, pudo ir a recogerlo a México por culpa de una
enfermedad.
Sus colecciones de relatos, reunidos en un grueso
volumen por Alfaguara, abarcan desde 1952 a 1994,
fecha de su muerte. El fracaso, el desencanto, la
frustración, el deterioro, la felicidad como meta
inalcanzable son sus temas recurrentes, si bien sus
personajes, enclaustrados por los límites de una realidad
mediocre, suelen encontrar una vía de escape en la ilusión.
"Ribeyro nos presenta individuos más o menos típicos
que protagonizan precisamente la mala distribución de las
expectativas, y que reaccionan a sus fracasos oponiendo
compensaciones imaginarias", escribe en el prólogo su
amigo y compatriota Alfredro Bryce Echenique.
Nacido en Lima en 1922, Ribeyro cultivó un estilo
sobrio, aunque adobado por un muy personal sentido del humor.
Los especialistas lo emparentan con la mejor tradición cuentística
del francés Guy de Maupassant y del ruso Anton Chejov,
al tiempo que lo incluyen entre los cuatro grandes
maestros latinoamericanos del cuento, al lado del uruguayo
Horacio Quiroga y los argentinos Jorge Luis Borges y Julio
Cortázar.
Sus merecimientos para hacerse acreedor a estos títulos
son sobrados.
Algunos de sus cuentos como "La juventud en la
otra ribera", "El próximo mes nivelo",
"La insignia", "Por las azoteas" o
"Espumante en el sótano" son dignos de una antología.
Divertidísimo es el relato, o novela breve, según se mire,
"Sólo para fumadores", de corte autobiográfico
y que da título a un volumen de cuentos. Y entre conmovedor y
sarcástico resulta "Explicaciones a un cabo de
servicio". Su mundo literario, desesperado y entrañable,
toca lo urbano, en un momento en que muchos escritores se
encontraban extasiados con el indigenismo.
Que nadie rastree en Ribeyro huellas de digresiones o
consignas, no las hay.
Quien aborde la lectura de sus cuentos sí hallará una
prosa limpia donde palpitan los recuerdos de la infancia, la
depauperación de los barrios populares o la bancarrota de la
clase media peruana.
En los cuentos de Julio Ramón Ribeyro comparecen el
realismo y la denuncia social y la narrativa fantástica,
aunque el escritor se presta poco a encasillamientos. La crítica
a su ciudad, Lima, en la que el capitalismo estratificó aún
más el orden social, convive con la irrupción de lo insólito
y lo ambiguo en estos "Cuentos completos". Ribeyro
pasó gran parte de su vida en París, primero trabajando en
la agencia de noticias France Press, donde coincidió con
Vargas Llosa, y luego como consejero cultural
y embajador ante la UNESCO.
Fue uno de los primeros escritores latinoamericanos que
mezcló, en textos en breves,
la prosa poética y las meditaciones filosóficas.
Fruto de ese género nacieron "Prosas
apátridas" y "Dichos de Luder". Su bibliografía
se completa con tres novelas: "Crónica de San
Gabriel", "Los geniecillos dominicales" y
"Cambio de
guardia".
©Antonio
Paniagua
Jorge
Herralde Opiniones
Mohicanas
Ediciones
El Acantilado 2001
Novelas
de iniciación
¿Caducan
los libros en las estanterías de nuestras casas, al igual que
una lata de sardinas, un estofado o un yogurt?. Indudablemente
la respuesta a tan pueril pregunta debiera ser un rotundo NO.
No se podría entender de otra manera. Pero hecha esta
consideración sin ningún pudor por nuestra parte, creo que
sería bueno que iniciáramos de nuevo el artículo con la
misma pregunta: ¿caducan los libros, si, o no?. Soy de la opinión
de que las primeras lecturas, aquellas que se devoran en la
adolescencia casi sin criterio, salvo el que te imponen y
condicionan los amigos o las modas, no suelen dejar el
sedimento necesario como para regresar a ellas de una forma
mas pausada ya en la madurez. Desde ese punto de vista se podría
entender que las mismas tendrían fecha de caducidad. Si que
es cierto que descubrí a
Camus, a Sartre, a Herman Hesse y a Lawrence Durrel, por citar
sólo a cuatro de los grandes, con apenas quince años, cuando
mi formación como lector aún se encontraba en un estado
incipiente, pero siempre mantuve que fue un hallazgo
prematuro. Como se dice vulgarmente, los árboles me
impidieron ver un bosque al que nunca mas hube de regresar.
Este razonamiento habría que circunscribirlo dentro de una crítica
reflexión, pero como digo uno no siempre es dueño de su
destino (casi nunca), y la elección de las obras a leer no
habrían de ser una excepción. Casi veinte años después de
los hechos que he intentado esbozar quizás de una forma
desordenada, el editor Jorge Herralde publica en Ediciones El Acantilado el libro Opiniones mohicanas, un libro sobre libros y posiblemente uno de
los mas curiosos de cuantos se puedan editar este año. ¿Por
qué?. Porque no es usual leer las reflexiones del que pasa
por ser el único editor independiente de este país, y verlo
desnudarse ante nuestros ojos de lector como si de un niño se
tratara. Y cuando uno ha leído y digerido lo que en él nos
cuenta sobre aquellos autores que nos fue descubriendo con el
tiempo desde la Editorial Anagrama, llega a la conclusión de que la diferencia
que nos separa con él como lector es tan nimia que no merece
ni que se mente. Cuenta Jorge Herralde como nació su
proyecto, como fue perfilando las diferentes colecciones, y no
puedo por menos que congratularme de la anónima elección de
los autores que desfilaron por su catálogo desde sus
comienzos. Con Anagrama descubrí a Sergio Pitol, a Patricia
Highsmith, a Navokov, Truman Capote y Antonio Tabucchi, pero
también a Ignacio Martínez de Pisón, Sergio Pitol, Josefina
Aldecoa y mas recientemente a Pablo J´Dors. (Que me perdonen
aquellos que no cito. Los hay que se han caído de la lista
inexplicablemente, como el argentino Miguel Enesco, y algún
otro elefante blanco que prefirió en un momento dado
las mieles de otras Editoriales. Pero sabe Jorge Herralde que
la labor de un editor es un poco la de un mecenazgo
compartido, la de una apuesta a largo plazo de interés
variable, la de un pacto de sangre que va mas allá de lo
inicialmente expuesto. Nunca se sabe por donde van a ir los
derroteros literarios, motivo por el que siempre es arriesgado
aventurarse y otorgar el Premio
Herralde de novela a un
joven de apenas veintitrés años como es el caso de Andrés
Neuman, o a un por entonces poco conocido Álvaro Pombo allá
a comienzos de los años ochenta. Pero el tiempo, la
constancia y la
fidelidad de los incondicionales le han dado la razón. Así,
cualquiera que hojee la contraportada de Vals de Mefisto de Sergio Pitol se encontrará tan sólo con dos título publicados hasta
esa fecha dentro de Narrativas Hispánicas: El héroe de las mansardas de Mansard y la obra mencionada. Pero también se encontrará
que dicha contraportada anunciaba ya en 1984 a escritores de
la talla de Enrique Vila-Matas o Valentí Puig. Dos novelistas
de catálogo que el tiempo haría imprescindibles dentro de la
Editorial. Quiero decir con todo ello que hay que reconocerle
a Jorge Herralde no sólo su intuición para descubrir
talentos, sino también la capacidad de encantamiento que
tiene para mantenerlos dentro de su proyecto editorial que se
me antoja aún no ha tocado techo por mucho que se empeñe la
competencia. Y lo que es mas importante, para demostrarnos que
por mucho que se empeñen algunos agoreros los libros nunca,
nunca caducan en las estanterías de nuestras casas. Y para
eso precisamente ha escrito un libro sobre escritores sin
fecha de caducidad.
©Luis García
Antonio
Skármeta La
chica del trombón
Areté
- 2001
Señas de identidad
Poco podía imaginar Juan Goytisolo cuando
escribió sus Señas de identidad que casi treinta años después dicho título sería utilizado
como cabecera para la reseña de una de las novelas mas
conmovedoras del autor chileno Antonio Skármeta. Y esto de
por sí es harto difícil habida cuenta de su obra anterior y
sobremanera de la espléndida fábula El cartero y Pablo
Neruda. Hasta que uno no ha leído su obra, cuando
menos algunos de sus títulos, puede pasar Antonio Skármeta
por ser el escritor chileno menos chileno de cuantos
actualmente pueblan las estanterías de las librerías. En la
cabeza de todos están presentes, como no, Isabel Allende,
Luis Sepúlveda y Roberto Bolaños, quizás el que pasa
aparentemente por ser el menos latinoamericano de los tres, o
de los cuatro, si incluimos a quien nos ocupa. Pero las
referencias literarias, históricas y culturales en sus
respectivas obras son incuestionables. Los cuatro han hecho de
su circunstancia de chilenos la razón de su condición como
escritores, y a ello se han entregado con mayor o menor
fortuna en los últimos años. Pero Antonio Skármeta,
embajador en Alemania de profesión, escritor de vocación
como él mismo reconoce, ha introducido una variable en dicho
círculo ciertamente curiosa. Reconociendo que "el
mundo es injusto y bello", como dice Pedro Pablo
Palacios, uno de los personajes de su última novela, La
chica del trombón, practica la literatura sin
aparentes afanes revanchistas (no digo que dicho ejercicio sea
malo en si mismo ya que no conviene olvidar el pasado) algo
hartamente difícil para aquellos que sufrieron en sus carnes
la represión del régimen chileno. Pero eso es otra historia.
Me he referido por tanto al comienzo de esta reseña a Juan
Goytisolo y sus Señas de identidad porque de
alguna manera de eso trata la novela: de la búsqueda de las
señas de identidad de su protagonista, Magdalena, quien en
dicho rastreo no dudará en adoptar el nombre y hasta la
personalidad de su supuesta abuela, Aliar Emar Coppeta. Pero
en esa indagación de su pasado, de sus raíces, Magdalena, o
Aliar, olvidará que a menudo éstas no se encuentran en los
recónditos lugares en los que ella los pretende buscar, sino
en la cercanía de los seres queridos, aunque estos pasen por
ser su supuesto abuelo, Esteban Coppeta, el hombre que la
recogió en el puerto de Antofagasta de manos de un anónimo
-o no tan anónimo- tombonista del que tan solo conocemos su
nombre: Pachuco Yaschic. La novela, como relato de iniciación
que es, se enreda en dicha exploración y utilizando infinidad
de recursos nos va relatando con detalle la historia
de aquellos maravillosos años en los que algunos,
entre ellos Magdalena, comenzaron a ver la vida en imágenes
de blanco y negro, a reinventar el mito de la bella y la
bestia gracias a King Kong y a intuir que no están
tan solos en el incierto destino que comparten entre otros con
los poetas chilenos del momento. (Pablo Neruda, Gabriela
Mistral...). Pero por encima de todo y todos, incluso del
propio Salvador Allende al que conoce unos años antes de su
llegada a la Presidencia, Magdalena, Aliar, o tal vez las dos
juntas, forma parte de una estirpe de emigrantes enfrentados a
su pasado pero dueños de su destino. Se suceden el deseo de
ser artista, actriz en Nueva York, de buscar a su tío-abuelo
Reino Coppeta de quien se dice fabricó el monstruo de King
Kong, o cual moderno Perceval ese Cáliz de oro que le dé la
felicidad. Pero ésta contra todo pronóstico generalmente se
encuentra en nuestro interior. Decía de La chica del
trombón que se trata de una novela conmovedora,
porque así hay que definir algunos capítulos de la misma. ¿Cómo
no recordar en el futuro aquel en el que Esteban el abuelo le
comunica a su nieta que "se muere"?. ¿O ese pacto
que nieta y abuela adoptiva hacen sobre su propia tumba por el
que ella podrá asistir después del funeral al estreno de la
película por la que lleva suspirando tantos años?. ¿O la
poesía que encierran las escuetas líneas en las que su íntimo
Pedro Pablo le descubre el sexo?. Las señas de identidad de
un pueblo se miden por esas pequeñas anécdotas, sin las que
sería posible entender nuestra propia historia por muy dramática
que esta sea.
©Luis García
Rodrigo
Brunori
Me
manda Stradivarius
Debate
- Barcelona - 2000
Buenos
comienzos
Un
joven luthier se presenta de improviso en la casa de
Antonio Silverius, fabricante de violines, con el objetivo de
aprender el oficio de uno de los más grandes. Nada reseñable
hasta el momento, si no fuera por la anotación de quien le
envía, que no es otro que el propio Stradivarius. Entre ellos
comienza una relación en la que se mezcla lo profesional con
lo afectivo, lo cordial con lo competitivo, relación que
trasladarán a Homóbono, el epiléptico hijo de Antonio, y
quien comienza a configurarse como el contrapunto de la
historia. Porque Cecco Maderatti, que así se llama el
intruso, no sólo sabe de construir violines. También de
enfermedades malignas como la que les ocupa. Su intromisión
en sus vidas, tan mediocres y pausadas hasta la fecha, ejercerá
un efecto revulsivo que les llevará a ambos, padre e hijo, a
replantearse sus propias relaciones afectivas. Y así,
mientras el violín va tomando forma, irán construyendo una
amistad y desamistad que va más allá que la propia de
quienes observan como el mundo y el tiempo también se puede
medir por la calidad del instrumento que están fabricando.
Pero pronto surgen los celos del viejo luthier hacia su
aprendiz. Una desconfianza que es fiel reflejo de la que en su
día, treinta años atrás, tuviera con quien ya apuntaba iba
a ser en el futuro uno de los más grandes: el propio
Stradivarius. Y de la suspicacia al miedo media sólo una fina
línea que traspasará definitivamente a la vuelta de un viaje
al que acuden en busca de nuevos materiales para su violín.
Pero aún le queda una lección que dar, y a su joven
aprendiz, una que aprender. La que se deduce que la soberbia
siempre es mala consejera. Él lo sabe muy bien, y así se lo
hará saber aún a costa de que le cueste su propia vida. Y
con su muerte nacerá el violín, sonará, que para eso fue
creado, pero en el camino se quedará algo más que una buena
o mala amistad. Novela ganadora del Premio Jaén 1999,
y del Tigre Juan 2000, Me
manda Stradivarius, mezcla
géneros en el afortunado debut de Rodrigo Brunori, joven
autor de ascendencia argentina, músico, como no, viene a demostrar que la renovación de las
letras en lengua castellana es tan posible como la calidad de
las obras que se presentan a concurso en los diferentes certámenes
que pueblan nuestra piel
de toro.
©Luis García
Editorial
Páginas de Espuma Madrid - 2001
De
Antologías
Páginas de Espuma
es una joven Editorial madrileña con escaso bagaje a sus
espaldas pero con el suficiente como para comenzar a ser
tratada de igual a igual dentro del circuito nacional.
Mantiene así dos líneas editoriales básicas, la colección Voces,
encargada de recopilar la obra completa de significativos
autores que ahora presenta en sociedad Recuento: Cuentos
completos, o la narrativa completa de la autora Ana
Rossetti (escritora excesivamente encasillada en su función
de poeta), y la colección Biblioteca Breve, que
con sus Cuentos de hijos y padres se acerca con
su quinto título a lo que debe de ser una auténtica colección.
Que decir del primero, sino que se trata de un volumen
indispensable para entender la obra de una sugerente escritora
escasamente difundida (salvedad expresa de cuando se alzó con
el Premio Sonrisa Vertical). Ya se sabe que a la
literatura erótica nunca se la puede considerar un fiel termómetro
de la popularidad de un autor, y Recuento....... que
se inicia con Bitácora inmóvil,
culmina con Alevosías, título que la
llevó a merecer las mieles del premio mencionado. Entre
medias, Ana Rossetti realiza su particular viaje acompañada
de toda una vida dedicada a la literatura: sus fantasmas, sus
miedos y también sus ilusiones la acompañan en este volumen
de obligada referencia para su futuro. Cuentos de hijos
y padres por otra parte continúa el esquema iniciado
por la Editorial con Rumores de mar, No
hay dos sin tres, Vidas sobre raíles y Relatos
a la carta. Cada libro mantiene un nexo entre los
relatos presentados: así, por poner un ejemplo, Vidas
sobre raíles tiene en el ferrocarril la excusa,
mientras que No hay dos sin tres nos ofrece la
visión que del adulterio sostienen, o defienden, diferentes
escritores. Ahora, desfilan por las páginas de su última
apuesta las siempre difíciles relaciones de padres e hijos, o
de hijos y padres, "que tanto monta, monta tanto",
de la mano de autores de la talla de Jorge Luis Borges, Juan
Rulfo, o Carmen Martín Gaite y se alterna la pluma de
Vila-Matas con otras no tan conocidas caso de Juan Forn o el
propio Diego Muñoz Valenzuela. Hay en Cuentos de hijos
y padres relatos emotivos como La niña que no
tuve, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, mezclados con
el siempre inolvidable No oyes ladrar a
los perros de Rulfo o los microrelatos de Orlando
Araujo y Josep Vicent Marqués, dos ejemplos de que estamos
ante la revitalización de un género a menudo olvidado pero
siempre querido. Pero como a toda antología, habría que
hacerle algunas sugerencias: éstas, mientras se atienen al
nexo que vincula sus relatos, mantienen el interés en tanto
en cuanto no se produzcan fisuras. Las antologías de Páginas
de Espuma, aún pudiendo convertirse en un elemento
de referencia para el futuro, pierden su condición porque se
nos ningunea una poética, una referencia que nos ayude a
reconocer a aquellos autores poco o nada conocidos.
Recopilaciones de relatos hay muchas, antologías también.
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