¿Sabías qué?





 

 













































































 

 

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

 

 

 

Página de Libros con reseñas literarias      

Luis García - 22luis22@teleline.es - escribe para Literaturas.com en su sección La Columna Digital. Articulista y crítico literario en el suplemento de letras El Mirador del Diario de Andalucía , El Correo de Andalucía y El Diario de Avila. Actualmente colaborar en las siguientes publicaciones: El Péndulo, Alba y en la revista Lateral

 

  


 

A

Alejandra Pizarnik Prosa Completa, Arthur Koestler Autobiografía, Antonio Skármeta  La chica del trombón Ana Rossetti  Recuentos: Cuentos Completos , Andrés Trapiello  Días y noches , Andreu Martín  Bellísimas personas, Ángeles Caso  Un largo silencio , Antonio Pereira  Cuentos de la Cábila, Andrés Trapiello Do fuir , Alvaro Mutis De lecturas y algo del mundo , Andres Neuman  BarilocheAntonio Muñoz Molina  Carlota Faimberg, Antonio Colinas El crujido de la luz ,Augusto Monterroso  La vaca  

B

Benjamín Prado  La nieve está vacía ,

C

Cristina Fenández Cubas   Cosas que ya no existen ,Cristina Fernández Cubas El columpio - Hermanas de sangre , Cristina Sánchez-Andrade Las lagartijas huelen a hierba  , Cristina Sánchez-Andrade Bueyes y rosas dormían 

Ch

Charles Baudelaire Consejos a los jóvenes escritores, Charles y Mary Lamb  Cuentos de Shakespeare

D

Dai Sijie Balzac y la joven costurera china, Daniel Moyano Un silencio de corchea

E

Eduardo Mendoza   La aventura del tocador de señoras, Enrique Vila-Matas  Bartlebly y compañía, Espido  Freire  Irlanda

F

Fernando Marías  El niño de los coroneles, Fulgencio Argüelles  Recuerdos de algún vivir, Fernando Fonseca El ciego perfecto y otras historias, Francisco Brines   Poesía Completea (1960 -1997)

 G

Gustavo Martín Garzo  El valle de las gigantas, Graham Swift  Fuera de este mundo

H

Henry James Un chiquillo y otros

I

Ignacio Martínez de Pisón  María Bonita

J

José Marzo La Alambrada, Javier Cercas Soldados de Salamina, José María Merino Días imaginarios Juan Iturralde El viaje a Atenas Juan Ramón Ribeyro Cuentos Completos: por Antonio Paniagua, Jorge Herralde  Opiniones Mohicanas  Juan Marsé  Rabos de Lagartija ,José Saramago  La Caverna, José Luis Sampedro   El amante Lesbiano, Juan Pedro Aparicio  Qué tiempo tan feliz , Jose Antonio Somoza La caverna de las ideas , Jorge Volpi  En busca de Klinsorg , José Luis García Martín  La generación del 99 , Josefina R. Aldecoa  Fiebre , Juan José Millas Cuerpos y prótesis , José María Merino Cuatro nocturnos - Los invisibles , José María Guelbenzu  Un peso en el mundo  

K

Kiran Desai   Alboroto en el Guayabal, Katherine Mansfield  Cuentos completos

L

Luis Mateo Díez  Las palabras de la vida,  Luis Mateo Díez Balcón de Piedra, Lorriere Moore  Pájaros de América, Lorenzo Silva  El Alquimista Impaciente, Luis Mateo Díez  La ruina del cielo - El pasado legendarioLuis Landero Entre Líneas: el cuento o la vida, Luis Sepúlveda Historias Marginales

M

Max Aub Cuerpos Presentes, Menchu Gutiérrez    La mujer Ensimismada, Mario Vargas Llosa   El Lenguaje de la Pasión , Mario Lacruz  El inocente, Manuel Vicent  Espectros, Mercedes Abad  Sangre, Maruja Torres  Mientras vivimos, Margaret Atwood Asesinato en la oscuridad , Manuel de Lope  La sangre ajena,

R

Rodrigo Brunori Me manda Stradivarius , Rosa Montero  El corazón del Tártaro, Ricardo Piglia Prisión perpetua, Roberto Samur Esguerra  El Remolino: por Ignacio Ramírez, Roberto Bolaño Tres 

S

Sandor Marai La herencia de EszterStefan Zweig 24 Horas en la vida de una mujer, Sueños olvidados y otros cuentos, Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia: por Santiago Delgado, Susana Fortes Fronteras de Arenas

T

Truman Capote  (Para bien o para mal)  

V

Varios autores Cuentos de Fútbol, Varios autores  Líneas Aéreas  , Virgilio Piñera  Cuentos Completos  - La isla en peso Varios Autores   No hay dos sin tres, Varios autores Cuentos de Hijos y Padres

W

William Carlos Williams  Cuentos


  

Max Aub     Cuerpos Presentes

Fundación Max Aub - 2001

  Aun con cierto riesgo de equivocarnos, o de caer en un inmerecido sentimentalismo, cabe decir que estamos ante una de esas figuras literarias que uno va descubriendo lentamente con la madurez. Alguien así que para las Editoriales es como el Guadiana, que aparece y desaparece, pero que siempre estará allí, esperando que le descubramos. Autor de una abundante obra literaria, fue Max Aub un prolífico escritor que no desdeño género alguno por más que sea en el terreno de la novela donde habría de alcanzar mayor notoriedad. Pero como ya digo, si bien a mediados de los años setenta se estudiaba de soslayo, es cierto que se hacía encorsetándolo dentro de los escritores del exilio, aquellos que no pudieron vivir las mieles del triunfo por abrazar la causa republicana como razón fundamental de su ser. Pero llegaron las Fundaciones. Y como no, la Fundación Max Aub, empeñada en rescatar su legado literario, presenta ahora dentro de su Biblioteca Max Aub el volumen inédito Cuerpos presentes, o indagaciones pretéritas de cuantos intelectuales, escritores y políticos, cruzaron su destino al del propio Aub en algún momento de sus vidas. Así, circulan por las páginas de Cuerpos presentes a modo de epitafios los últimos instantes de Antonio Machado, "cuando veáis esta sumida boca / que ya la sed no inquita, la mirada / tan desvalida (su mitad, guardada / en el viejo estuche, es de cristal de roca / la barba que platea y el estrago / del tiempo, la mejilla... Gunter Grass a quien conoció en el Palacio de Bellas Artes en 1966 o Andre Malraux a quien compara con Lord Byron. Son retratos agradables, los de Jaime Torres y Vicente Aleixandre, o los de Alberti y Cernuda,  nostálgicos como los de José Gaos, José Moreno Villa o Jorge Guillén,  y duros, muy duros como el encuentro que relata en París con Edgar Neville, a quien tenía por republicano o la caricatura de Alejandro Casona a quien acusa de colaboracionista con el régimen de Franco. Mau Aub dio vida en Cuerpos Presentes a un obituario de intelectuales y escritores del Siglo XX que en sí mismo justifica toda la obra. Pero hay que reconocerle al autor una cualidad digna de elogio. Si bien, todos conocemos a Machado, a Gunter Grass, o a Rafael Alberti, si bien nadie duda del talento de Juan Ramón Jiménez, Indalecio Prieto, Octavio Paz o León Felipe, no por ello resultan menos sorprendentes las anotaciones que ya a mediados del siglo XX realizaba sobre Julio Torri o Juan Rulfo, por poner dos ejemplos. Y es en dichas  apreciaciones, y en otras muchas donde el lector contempla a un Max Aub escrupuloso con la realidad que le tocó vivir, y por qué no, excesivamente celoso con la misma. Quizás esté ahí la explicación a la no-publicación hasta la fecha de Cuerpos Presentes. Es de agradecer a la Fundación que lleva su nombre que dentro de la recuperación de su obra haya incorporado este curioso libro de misceláneas que ayudarán a entender un poco mas el carácter de un hombre, de un escritor, a quien los acontecimientos le sobrepasaron y le impidieron disfrutar del éxito en vida en España.

©Luis García 


 

José María Merino       Días imaginarios

Seix-Barral - 2002 

De lo breve y sus consecuencias 

Tienen los libros de pequeños relatos la virtud de que no necesitan por parte del lector una atención lineal, sino que admiten el recurso de convertirse en una prolongación lúdica del día. (El libro de cuentos se lee en el autobús, en la consulta del médico o en un paréntesis en el trabajo). Esto se nos muestra especialmente sensible cuando nos referimos al microrrelato, género que parece resurgir de sus cenizas cual ave fénix y vivir una suerte de luna de miel impensable tan sólo hace unos años. (Hasta tres Antologías  diferentes coinciden en estos momentos en las estanterías de las librerías) Hay que decir que el relato corto o microrrelato no lo ha tenido fácil, entre otras cosas por la existencia de ciertos críticos y autores que veían en él mas que a un Género Literario (con mayúsculas, como no) a unos meros ejercicios espirituales propios de alumnos de talleres literarios ( desconozco a quien o quienes se pretendía denostar con dicha afirmación, si a los propios Talleres o a aquellos que acuden a ellos) en lugar de a profesionales de la pluma. Pero guste o no, y al igual que ha sucedido con la poesía, la mayoría de los autores han sufrido con mayor o menor fortuna en algún momento de sus carreras el vértigo que supone el acercarse al relato cortoy y  lo han cultivado imbuidos por la corriente iniciada por Augusto Monterroso o Juan José Arreola, pero eso sí, dotándoles de la impronta personal necesario que los hace casi únicos. Ahora, José María Merino presenta en sociedad Días imaginarios, cien visiones y aciertos retóricos que algunos han calificado como microrrelatos por su extensión, aún sin ser en sí mismas piezas de tan codiciado género. Se trata de porciones literarias que es cierto que podrían sobrevivir por sí solas (uno de los axiomas que se les exige), que juntas configuran una notable representación de lo cotidiano, pero que carecen muchas de ellas del duende que se les exige para despertar asombro en el lector. Sí que es verdad que algunas de ellas lo consiguen, y  así desfilan ante nuestros ojos epístolas irónicas, ensayos y pequeñas leyendas, sucesos domésticos y noticias de Diarios, y como no, algún que otro homenaje que justifica por sí solo todo el volumen. Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. "Te noto mala cara", le dijo Gregorio Samsa que también estaba en la cocina. (Pag 243). Y es que Merino no puede obviar a algunos de sus referentes literarios, que son los nuestros. Otros relatos recurren a la armonía del misterio, "El agente secreto" (pag. 203) o a la liturgia de lo mágico, y así nos encontramos con Ecologismo (pag. 80) sin duda alguna uno de los mejores del libro. Porque José María Merino, que no hace sino ser fiel a sus postulados cuando afirma que el mundo es un caos y que la realidad tiende a ser fragmentaria, ha parido Días imaginarios entre otras razones con la idea de demostrarnos (y demostrarse a sí mismo) que la literatura entre otras cosas sirve para poner en orden la realidad. Por eso, y ahondando en el carácter no lineal de su lectura, Días imaginarios tiene a su vez un efecto catártico en tanto y cuanto esas pinceladas de la vida diaria en las que todos nos vemos reflejados no hacen sino ayudarnos a entender un poco el mundo en el que vivimos.

©Luis García 


Juan Iturralde       El viaje a Atenas

Editorial Viamonte-Madrid-2001

 

Epitafios literarios

 Triste consuelo el que les quedan a los admiradores de uno de los literatos mas crípticos de los últimos años, toda vez que une a su falta de difusión la escasez de su obra. Pero como siempre hay un momento para cada cual, es llegada la reivindicación de Juan Iturralde, escritor salmantino nacido bajo el nombre de José María Péret Prat, y autor Días de llamas, considerada como una de las mejores novelas que se han escrito sobre La Guerra Civil, y de El viaje a Atenas, o lo que es lo mismo, una de las más sutiles críticas al sistema franquista escrita desde el interior del mismo. La trama, como no podía ser de otro modo, se desarrolla en un país lejano, en la Grecia de los Coroneles, en los años posteriores al Golpe de Estado. Ioannis Vithynos, activista revolucionario que ve cercano el final de sus días merced a una enfermedad que le mina minuto a minuto, recibe el encargo de emprender el viaje al país Heleno con el objeto de entablar contacto con la escasa resistencia armada que allí queda, heredera en parte de los partisanos de la II Guerra Mundial, y por tanto supuestamente curtidos en mil batallas. Pero el viaje, que en principio se prometía interesante, aún siendo consciente del riesgo que corre, se  complica sobretodo por su enfermedad, pero también por la desconfianza y el desmoronamiento de una idea política que se le antoja desconectada con la realidad de una Europa empeñada en recuperar sus raíces. Su cuerpo enfermo no es mas que la metáfora de la enfermedad en la que está metido junto a sus viejos camaradas, incapaces de salir de una espiral de violencia que no conduce a ningún sitio, pero imposibilitados a su vez para cometer tentados sangrientos, ya que lo único que persiguen es llamar la atención del "mundo civilizado" sobre los acontecimientos políticos de su país. Pero los griegos, a pesar de la dictadura, conforman una realidad que no se puede desdeñar. Imbuidos por el milagro económico de la Vieja Europa, la sociedad está acomodada a su situación y no quieren saber nada de transformaciones políticas que impliquen traumas sociales. Nacida inicialmente bajo el título de El viaje a Barcelona, El Viaje a Atenas hubiera tenido mas de un problema para ver la luz si la acción se hubiese desarrollado en España, merced a la férrea censura existente. Pero estamos ante un escritor que a pesar de todo supo saltarse las barreras impuestas y amoldar su poética y su ideología a los tiempos que corrían, aunque no por ello sin olvidar que la España de entonces se parecía y mucho a la descrita en la novela.

 ©Luis García 

 


 

Stefan Zweig   Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia

El Acantilado. Barcelona, 2001 (Traducción de Berta Vías Mahou)

 

Un hito en la historia de la libertad de conciencia

 

En la historia de la lucha por la libertad de conciencia, existen en Occidente muchos casos a reseñar, todos ellos altamente ejemplarizantes. Los cátaros, en el siglo XIII, cualquiera de los progroms habidos por toda Europa desde la Alta Edad Media, Galileo, la misma Inquisición... La responsabilidad por la represión de todos ellos recae en el haber –infame haber- de la Iglesia Católica; por lo menos mientras las luces de la razón pudieron ser extinguidas –aún nonatas- por el dogma romano.

Pero la Historia, cuya escritura no en balde estuvo siempre en manos, desde que en su propio seno se inventara la imprenta, de la Reforma protestante, optó por silenciar –o, por lo menos, no airear demasiado- uno de los más escandalosos asesinatos, previa persecución y tortura, por causa del mantenimiento de la libertad de conciencia frente a la coerción espiritual. El suceso tuvo tres protagonistas: un asesino y dos víctimas. El asesino se llamó Juan Calvino, dictador en lo material y lo espiritual de la ciudad de Ginebra en los medios del siglo XVI. Las víctimas fueron el español Miguel Servet, científico y teólogo, y Sebastian Castellio, profesor universitario y humanista. Al primero lo quemó vivo, tras negarle el último favor de pasarlo por la espada antes de ser dado al fuego. El bravo aragonés, aún así, no quiso desistir de aquellas ideas respecto de las que discrepaba del sanguinario tirano, y por las que el dictador ginebrino lo condenaba a morir. Ideas que no conviene, en aras de la justicia, elucidar aquí, no fueran ante nadie, a justificar al criminal. Al mejor y primer defensor de la libertad total de conciencia en Europa, el saboyano Castellio, lo persiguió con saña, calumnias y amenazas hasta la misma tumba, cuya lúgubre oquedad fue la única posibilidad que tuvo, acaso piadosamente concedida por el Alto, de escapar de las garras del depredador de conciencias picardo.

            Lo hasta aquí descrito no es sino doloso resumen de lo narrado por Stefan Zweig, escritor austriaco fallecido en 1942, con una conciencia absolutamente clara de lo que habría de ser futuro de Occidente, a pesar de los nubarrones ideológicos que se abatían sobre el continente europeo en los tiempos de su desaparición. La narración de Zweig es altamente singular. Explica las psicologías conductuales de los personajes, y nos introduce, con prosa científica, en sus conciencias y en su creencias, con un párrafo progresivo y muy bien cortado, que seduce como el de un profesor, amante del tema que expone, y excelentemente informado. Tal sería, acaso la voz en off de un documental cinematográfico o televisivo muy bien preparado. El uso de las comillas, para dar voz a los personajes, apenas esclarece algo más de lo que la redacción del escritor expone; pero asienta con fundamento la tesis perseguida. Aliado, eso sí, con una traducción absolutamente mimetizada como creación original en lengua española o castellana -debida a la escritora Berta Vías- el libro no sólo expone y arguye; sino que, con una muy clara identificación de la función de la Literatura, denuncia y acusa. Denuncia y acusa –y además, llama su memoria a escándalo- a un hombre, Calvino, que habiendo liderado bandería en pro de la libertad de conciencia, cayó, abyectamente, en lo mismo que negara para acceder a un poder que requirió absoluto. El crimen de Calvino sobre Servet fue mayor que el de cualquiera de los de la Inquisición, pues fue realizado desde el supuesto imperio de la libertad de conciencia del ser humano, cayendo, pues, en flagrante incoherencia y contradicción. El Santo Oficio lo hacía desde la restricción teísta de todo razonamiento, siendo por ello, no menos culpable; pero sí más consecuente. La Historia, más piadosa que ambos, reivindicó al fin el buen nombre, y ante todo su doctrina, del humanista Sebastián Castellio, hombre bueno y sabio.

 

©Santiago Delgado


 

Luis Mateo Díez        Balcón de piedra

   Ollero y Ramos - Madrid - 2001 

             El dulce sabor de lo cotidiano 

Es Luis Mateo Díez uno de esos autores que despiertan pasiones cada vez que publica un nuevo libro, una constante que últimamente comienza  a ser habitual. Forma junto a Luis Landero y Antonio Muñoz Molina un trío de inigualable calidad literaria que le ha llevado en su caso a alzarse por dos veces  con la misma obra con el Premio de La Crítica y con el Nacional de Literatura, algo sin parangón en nuestras letras. Si hace años fue con La fuente de la edad, novela de iniciación en la que un grupo de excursionistas se afanaban en la búsqueda de tan preciada quimera, en el año 2000 el autor habría de descolgarse con la que sin duda es, hasta la fecha, su gran obra de madurez: La ruina del cielo, reivindicación del mundo rural desde la reconstrucción de un obituario en un abandonado e inexistente pueblo del Norte de España: Celama. Porque es Luis Mateo Díez un creador de mundos novelescos que nos sorprende ahora en el 2001 con la remembranza de su vida de funcionario, visionada desde su particular atalaya: el Balcón de piedra al que se asoma todos los días desde la ventana de su despacho desde el que no sólo se ve la Plaza Mayor de su ciudad, Madrid, sino el  traspaso de la vida desde el blanco y negro al technicolor. A modo de diario, y sorprende la que se puede considerar como su segunda incursión en el género en apenas tres meses, tras la publicación de El diablo meridiano, Luis Mateo Díez va desgranando sus recuerdos mas íntimos, su propia existencia que es tanto como decir la de la Plaza Mayor de los últimos treinta años. Balcón de piedra indaga en su característico mundo literario, y sirve de contrapunto a su propia dimensión como escritor. No en vano en este libro se recogen momentos íntimos de difícil catalogación. En realidad, se trata de un baúl de recuerdos, de esos que acostumbramos a retener en las buhardillas, en donde se mezclan anécdotas con curiosas situaciones. Soportados por pequeños capítulos a modo de bosquejos interiores, desfila por Balcón de piedra su propia vida concentrada en treinta apacibles días (tantos como estampas o capítulos nos presenta) y así nosotros, sus lectores, llegamos a conocer un poco la realidad de un hombre que supo combinar su trabajo de funcionario con su amor a la literatura. Visitas solemnes al lugar, como la de Andy Warhol, entrañables como la del barbero Néstor, ceremonias institucionales compartidas con sus buenos amigos Etelvino y Bernáldez como las tomas de posesión de los nuevos embajadores, incendios y demás entresijos palaciegos hacen de la Plaza Mayor desde su Balcón de  piedra algo así como las bambalinas de un gran teatro del que el autor no quiere desprenderse aunque intente exorcizar sus viejos temores con un nuevo libro. Luis Mateo Díez ha emulado a sus mayores con el beneplácito de los indulgentes, y ha homenajeado a partir de esa condición a la palabra como la materia prima sin la que sería imposible que nos deleitara con sus novelas. Por eso Balcón de piedra se puede leer como un libro de misceláneas, que se coge y se deja con igual facilidad y soltura, y que invita a la reflexión. Porque todo libro de misceláneas no es sino un hatillo en el que nosotros mismos vamos introduciendo nuestras referencias. Bosquejos literarios escritos a corazón abierto, uno siempre agradece que de vez en cuando un autor le deje ver las bambalinas de cuanto se cuece en su memoria, que a fin de cuentas es la nuestra propia

©Luis García 


 

Juan Ramón Ribeyro  Cuentos Completos

Alfaguara 2000

Maestro de Brevedades 

    Julio Ramón Ribeyro se definía a sí mismo como "un escritor de fragmentos". Una clasificación muy acertada, pues el autor peruano alumbró antes de los 35 años tres novelas y a partir de entonces se dedicó por completo a entregar a la imprenta cuentos y textos cortos de reflexiones. Incluso cuando se adentró en el terreno de la novela, como es el caso de "Cambio de guardia" (Tusquets), Ribeyro se valió de la técnica  de secuencias breves para componer la estructura del relato.

   Considerado como uno de los grandes narradores latinoamericanos,  Ribeyro, aunque reconocido por lectores avisados, nunca logró la fama que confirió a muchos escritores contemporáneos el boom. Y es que el entusiasmo literario que invadía Europa procedente de la otra orilla del Atlántico era un fenómeno que ponía el acento en la novela y casi nada en el cuento. Fue, en este sentido, un hombre sin suerte, pues ni siquiera al final de su vida, cuando se le concedió el prestigioso Premio Literario Juan  Rulfo, pudo ir a recogerlo a México por culpa de una enfermedad.

      Sus colecciones de relatos, reunidos en un grueso volumen por Alfaguara, abarcan desde 1952 a 1994,  fecha de su muerte. El fracaso, el desencanto, la frustración, el deterioro, la felicidad como meta inalcanzable son sus temas recurrentes, si bien sus personajes, enclaustrados por los límites de una realidad mediocre, suelen encontrar una vía de escape en la ilusión. "Ribeyro nos presenta individuos más o menos típicos que protagonizan precisamente la mala distribución de las expectativas, y que reaccionan a sus fracasos oponiendo compensaciones imaginarias", escribe en el prólogo su amigo y compatriota Alfredro Bryce Echenique.

    Nacido en Lima en 1922, Ribeyro cultivó un estilo sobrio, aunque adobado por un muy personal sentido del humor. Los especialistas lo emparentan con la mejor tradición cuentística del francés Guy de Maupassant y del ruso Anton Chejov,  al tiempo que lo incluyen entre los cuatro grandes maestros latinoamericanos del cuento, al lado del uruguayo Horacio Quiroga y los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. 

     Sus merecimientos para hacerse acreedor a estos títulos son sobrados.  Algunos de sus cuentos como "La juventud en la otra ribera", "El próximo mes nivelo", "La insignia", "Por las azoteas" o "Espumante en el sótano" son dignos de una antología. Divertidísimo es el relato, o novela breve, según se mire,  "Sólo para fumadores", de corte autobiográfico y que da título a un volumen de cuentos. Y entre conmovedor y sarcástico resulta "Explicaciones a un cabo de servicio". Su mundo literario, desesperado y entrañable, toca lo urbano, en un momento en que muchos escritores se encontraban extasiados con el indigenismo.

     Que nadie rastree en Ribeyro huellas de digresiones o consignas, no las hay.  Quien aborde la lectura de sus cuentos sí hallará una prosa limpia donde palpitan los recuerdos de la infancia, la depauperación de los barrios populares o la bancarrota de la clase media peruana. 

  En los cuentos de Julio Ramón Ribeyro comparecen el realismo y la denuncia social y la narrativa fantástica, aunque el escritor se presta poco a encasillamientos. La crítica a su ciudad, Lima, en la que el capitalismo estratificó aún más el orden social, convive con la irrupción de lo insólito y lo ambiguo en estos "Cuentos completos". Ribeyro pasó gran parte de su vida en París, primero trabajando en la agencia de noticias France Press, donde coincidió con Vargas Llosa, y luego como consejero cultural  y embajador ante la UNESCO.

   Fue uno de los primeros escritores latinoamericanos que mezcló, en textos en breves,  la prosa poética y las meditaciones filosóficas. Fruto de ese género nacieron  "Prosas apátridas" y "Dichos de Luder". Su bibliografía se completa con tres novelas: "Crónica de San Gabriel", "Los geniecillos dominicales" y "Cambio de  guardia".   

©Antonio Paniagua

 


 

Jorge Herralde  Opiniones Mohicanas

Ediciones El Acantilado 2001

Novelas de iniciación

 ¿Caducan los libros en las estanterías de nuestras casas, al igual que una lata de sardinas, un estofado o un yogurt?. Indudablemente la respuesta a tan pueril pregunta debiera ser un rotundo NO. No se podría entender de otra manera. Pero hecha esta consideración sin ningún pudor por nuestra parte, creo que sería bueno que iniciáramos de nuevo el artículo con la misma pregunta: ¿caducan los libros, si, o no?. Soy de la opinión de que las primeras lecturas, aquellas que se devoran en la adolescencia casi sin criterio, salvo el que te imponen y condicionan los amigos o las modas, no suelen dejar el sedimento necesario como para regresar a ellas de una forma mas pausada ya en la madurez. Desde ese punto de vista se podría entender que las mismas tendrían fecha de caducidad. Si que es cierto que descubrí  a Camus, a Sartre, a Herman Hesse y a Lawrence Durrel, por citar sólo a cuatro de los grandes, con apenas quince años, cuando mi formación como lector aún se encontraba en un estado incipiente, pero siempre mantuve que fue un hallazgo prematuro. Como se dice vulgarmente, los árboles me impidieron ver un bosque al que nunca mas hube de regresar. Este razonamiento habría que circunscribirlo dentro de una crítica reflexión, pero como digo uno no siempre es dueño de su destino (casi nunca), y la elección de las obras a leer no habrían de ser una excepción. Casi veinte años después de los hechos que he intentado esbozar quizás de una forma desordenada, el editor Jorge Herralde publica en Ediciones El Acantilado el libro Opiniones mohicanas, un libro sobre libros y posiblemente uno de los mas curiosos de cuantos se puedan editar este año. ¿Por qué?. Porque no es usual leer las reflexiones del que pasa por ser el único editor independiente de este país, y verlo desnudarse ante nuestros ojos de lector como si de un niño se tratara. Y cuando uno ha leído y digerido lo que en él nos cuenta sobre aquellos autores que nos fue descubriendo con el tiempo desde la Editorial Anagrama, llega a la conclusión de que la diferencia que nos separa con él como lector es tan nimia que no merece ni que se mente. Cuenta Jorge Herralde como nació su proyecto, como fue perfilando las diferentes colecciones, y no puedo por menos que congratularme de la anónima elección de los autores que desfilaron por su catálogo desde sus comienzos. Con Anagrama descubrí a Sergio Pitol, a Patricia Highsmith, a Navokov, Truman Capote y Antonio Tabucchi, pero también a Ignacio Martínez de Pisón, Sergio Pitol, Josefina Aldecoa y mas recientemente a Pablo J´Dors. (Que me perdonen aquellos que no cito. Los hay que se han caído de la lista inexplicablemente, como el argentino Miguel Enesco, y algún otro elefante blanco que prefirió en un momento dado las mieles de otras Editoriales. Pero sabe Jorge Herralde que la labor de un editor es un poco la de un mecenazgo compartido, la de una apuesta a largo plazo de interés variable, la de un pacto de sangre que va mas allá de lo inicialmente expuesto. Nunca se sabe por donde van a ir los derroteros literarios, motivo por el que siempre es arriesgado aventurarse y otorgar el Premio Herralde de novela a un joven de apenas veintitrés años como es el caso de Andrés Neuman, o a un por entonces poco conocido Álvaro Pombo allá a comienzos de los años ochenta. Pero el tiempo, la constancia  y la fidelidad de los incondicionales le han dado la razón. Así, cualquiera que hojee la contraportada de Vals de Mefisto de Sergio Pitol se encontrará tan sólo con dos título publicados hasta esa fecha dentro de Narrativas Hispánicas: El héroe de las mansardas de Mansard y la obra mencionada. Pero también se encontrará que dicha contraportada anunciaba ya en 1984 a escritores de la talla de Enrique Vila-Matas o Valentí Puig. Dos novelistas de catálogo que el tiempo haría imprescindibles dentro de la Editorial. Quiero decir con todo ello que hay que reconocerle a Jorge Herralde no sólo su intuición para descubrir talentos, sino también la capacidad de encantamiento que tiene para mantenerlos dentro de su proyecto editorial que se me antoja aún no ha tocado techo por mucho que se empeñe la competencia. Y lo que es mas importante, para demostrarnos que por mucho que se empeñen algunos agoreros los libros nunca, nunca caducan en las estanterías de nuestras casas. Y para eso precisamente ha escrito un libro sobre escritores sin fecha de caducidad.

©Luis García 

 


Antonio Skármeta    La chica del trombón

Areté - 2001 

                              Señas de identidad

 Poco podía imaginar Juan Goytisolo cuando escribió sus Señas de identidad  que casi treinta años después dicho título sería utilizado como cabecera para la reseña de una de las novelas mas conmovedoras del autor chileno Antonio Skármeta. Y esto de por sí es harto difícil habida cuenta de su obra anterior y sobremanera de la espléndida fábula El cartero y Pablo Neruda. Hasta que uno no ha leído su obra, cuando menos algunos de sus títulos, puede pasar Antonio Skármeta por ser el escritor chileno menos chileno de cuantos actualmente pueblan las estanterías de las librerías. En la cabeza de todos están presentes, como no, Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Roberto Bolaños, quizás el que pasa aparentemente por ser el menos latinoamericano de los tres, o de los cuatro, si incluimos a quien nos ocupa. Pero las referencias literarias, históricas y culturales en sus respectivas obras son incuestionables. Los cuatro han hecho de su circunstancia de chilenos la razón de su condición como escritores, y a ello se han entregado con mayor o menor fortuna en los últimos años. Pero Antonio Skármeta, embajador en Alemania de profesión, escritor de vocación como él mismo reconoce, ha introducido una variable en dicho círculo ciertamente curiosa. Reconociendo que "el mundo es injusto y bello", como dice Pedro Pablo Palacios, uno de los personajes de su última novela, La chica del trombón, practica la literatura sin aparentes afanes revanchistas (no digo que dicho ejercicio sea malo en si mismo ya que no conviene olvidar el pasado) algo hartamente difícil para aquellos que sufrieron en sus carnes la represión del régimen chileno. Pero eso es otra historia. Me he referido por tanto al comienzo de esta reseña a Juan Goytisolo y sus Señas de identidad porque de alguna manera de eso trata la novela: de la búsqueda de las señas de identidad de su protagonista, Magdalena, quien en dicho rastreo no dudará en adoptar el nombre y hasta la personalidad de su supuesta abuela, Aliar Emar Coppeta. Pero en esa indagación de su pasado, de sus raíces, Magdalena, o Aliar, olvidará que a menudo éstas no se encuentran en los recónditos lugares en los que ella los pretende buscar, sino en la cercanía de los seres queridos, aunque estos pasen por ser su supuesto abuelo, Esteban Coppeta, el hombre que la recogió en el puerto de Antofagasta de manos de un anónimo -o no tan anónimo- tombonista del que tan solo conocemos su nombre: Pachuco Yaschic. La novela, como relato de iniciación que es, se enreda en dicha exploración y utilizando infinidad de recursos nos va relatando con detalle la historia  de aquellos maravillosos años en los que algunos, entre ellos Magdalena, comenzaron a ver la vida en imágenes de blanco y negro, a reinventar el mito de la bella y la bestia gracias a King Kong y a intuir que no están tan solos en el incierto destino que comparten entre otros con los poetas chilenos del momento. (Pablo Neruda, Gabriela Mistral...). Pero por encima de todo y todos, incluso del propio Salvador Allende al que conoce unos años antes de su llegada a la Presidencia, Magdalena, Aliar, o tal vez las dos juntas, forma parte de una estirpe de emigrantes enfrentados a su pasado pero dueños de su destino. Se suceden el deseo de ser artista, actriz en Nueva York, de buscar a su tío-abuelo Reino Coppeta de quien se dice fabricó el monstruo de King Kong, o cual moderno Perceval ese Cáliz de oro que le dé la felicidad. Pero ésta contra todo pronóstico generalmente se encuentra en nuestro interior. Decía de La chica del trombón que se trata de una novela conmovedora, porque así hay que definir algunos capítulos de la misma. ¿Cómo no recordar en el futuro aquel en el que Esteban el abuelo le comunica a su nieta que "se muere"?. ¿O ese pacto que nieta y abuela adoptiva hacen sobre su propia tumba por el que ella podrá asistir después del funeral al estreno de la película por la que lleva suspirando tantos años?. ¿O la poesía que encierran las escuetas líneas en las que su íntimo Pedro Pablo le descubre el sexo?. Las señas de identidad de un pueblo se miden por esas pequeñas anécdotas, sin las que sería posible entender nuestra propia historia por muy dramática que esta sea.

©Luis García 

 


 

 

Rodrigo Brunori            Me manda Stradivarius

Debate - Barcelona - 2000

 Buenos comienzos 

Un joven luthier se presenta de improviso en la casa de Antonio Silverius, fabricante de violines, con el objetivo de aprender el oficio de uno de los más grandes. Nada reseñable hasta el momento, si no fuera por la anotación de quien le envía, que no es otro que el propio Stradivarius. Entre ellos comienza una relación en la que se mezcla lo profesional con lo afectivo, lo cordial con lo competitivo, relación que trasladarán a Homóbono, el epiléptico hijo de Antonio, y quien comienza a configurarse como el contrapunto de la historia. Porque Cecco Maderatti, que así se llama el intruso, no sólo sabe de construir violines. También de enfermedades malignas como la que les ocupa. Su intromisión en sus vidas, tan mediocres y pausadas hasta la fecha, ejercerá un efecto revulsivo que les llevará a ambos, padre e hijo, a replantearse sus propias relaciones afectivas. Y así, mientras el violín va tomando forma, irán construyendo una amistad y desamistad que va más allá que la propia de quienes observan como el mundo y el tiempo también se puede medir por la calidad del instrumento que están fabricando. Pero pronto surgen los celos del viejo luthier hacia su aprendiz. Una desconfianza que es fiel reflejo de la que en su día, treinta años atrás, tuviera con quien ya apuntaba iba a ser en el futuro uno de los más grandes: el propio Stradivarius. Y de la suspicacia al miedo media sólo una fina línea que traspasará definitivamente a la vuelta de un viaje al que acuden en busca de nuevos materiales para su violín. Pero aún le queda una lección que dar, y a su joven aprendiz, una que aprender. La que se deduce que la soberbia siempre es mala consejera. Él lo sabe muy bien, y así se lo hará saber aún a costa de que le cueste su propia vida. Y con su muerte nacerá el violín, sonará, que para eso fue creado, pero en el camino se quedará algo más que una buena o mala amistad. Novela ganadora del Premio Jaén 1999, y del Tigre Juan 2000,  Me manda Stradivarius, mezcla géneros en el afortunado debut de Rodrigo Brunori, joven autor de ascendencia argentina, músico, como no, viene a demostrar que la renovación de las letras en lengua castellana es tan posible como la calidad de las obras que se presentan a concurso en los diferentes certámenes que pueblan nuestra piel de toro.

 ©Luis García 

 


 

Editorial Páginas de Espuma  Madrid - 2001                                

 De Antologías

 Páginas de Espuma es una joven Editorial madrileña con escaso bagaje a sus espaldas pero con el suficiente como para comenzar a ser tratada de igual a igual dentro del circuito nacional. Mantiene así dos líneas editoriales básicas, la colección Voces, encargada de recopilar la obra completa de significativos autores que ahora presenta en sociedad Recuento: Cuentos completos, o la narrativa completa de la autora Ana Rossetti (escritora excesivamente encasillada en su función de poeta), y la colección Biblioteca Breve, que con sus Cuentos de hijos y padres se acerca con su quinto título a lo que debe de ser una auténtica colección. Que decir del primero, sino que se trata de un volumen indispensable para entender la obra de una sugerente escritora escasamente difundida (salvedad expresa de cuando se alzó con el Premio Sonrisa Vertical). Ya se sabe que a la literatura erótica nunca se la puede considerar un fiel termómetro de la popularidad de un autor, y Recuento....... que se inicia con Bitácora inmóvil,  culmina con Alevosías, título que la llevó a merecer las mieles del premio mencionado. Entre medias, Ana Rossetti realiza su particular viaje acompañada de toda una vida dedicada a la literatura: sus fantasmas, sus miedos y también sus ilusiones la acompañan en este volumen de obligada referencia para su futuro. Cuentos de hijos y padres por otra parte continúa el esquema iniciado por la Editorial con Rumores de mar, No hay dos sin tres, Vidas sobre raíles y Relatos a la carta. Cada libro mantiene un nexo entre los relatos presentados: así, por poner un ejemplo, Vidas sobre raíles tiene en el ferrocarril la excusa, mientras que No hay dos sin tres nos ofrece la visión que del adulterio sostienen, o defienden, diferentes escritores. Ahora, desfilan por las páginas de su última apuesta las siempre difíciles relaciones de padres e hijos, o de hijos y padres, "que tanto monta, monta tanto", de la mano de autores de la talla de Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, o Carmen Martín Gaite y se alterna la pluma de Vila-Matas con otras no tan conocidas caso de Juan Forn o el propio Diego Muñoz Valenzuela. Hay en Cuentos de hijos y padres relatos emotivos como La niña que no tuve, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, mezclados con el siempre inolvidable No oyes ladrar a los perros de Rulfo o los microrelatos de Orlando Araujo y Josep Vicent Marqués, dos ejemplos de que estamos ante la revitalización de un género a menudo olvidado pero siempre querido. Pero como a toda antología, habría que hacerle algunas sugerencias: éstas, mientras se atienen al nexo que vincula sus relatos, mantienen el interés en tanto en cuanto no se produzcan fisuras. Las antologías de Páginas de Espuma, aún pudiendo convertirse en un elemento de referencia para el futuro, pierden su condición porque se nos ningunea una poética, una referencia que nos ayude a reconocer a aquellos autores poco o nada conocidos. Recopilaciones de relatos hay muchas, antologías también. Pero la sombra de la Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges es "muy alargada". Pretextos para publicar y agrupar relatos sobran, como muy bien nos demuestra Páginas de Espuma u otras Empresas Editoras (recientemente también la Editorial Muchnik ha reunido a diferentes autores en dos volúmenes: uno de literatos castellanos que escriben sobre Castilla, y otro de andaluces que obviamente escriben sobre Andalucía). Pero si quiere evitar el caer en el vulgar inventariado de relatos, se debe de demostrar cierta ambición literaria, y por qué no, un exquisito cuidado a la hora de elegir a los prologuistas. Si en sus comienzos había acertado con Sergio Pitol o José María Merino, no se puede decir lo mismo de Diego Muñoz Valenzuela. Pero eso es otra historia.

©Luis García 

 


Susana Fortes     Fronteras de arena

Espasa - 2001 

De la Guerra Civil y su variantes

             Los prolegómenos de la Guerra Civil y del Golpe de Estado que habría de acabar a la postre con la II República española, sirven de excusa a Susana Fortes para construir un relato que mezcla al cincuenta por ciento todo un cúmulo de pasiones  militares con otras posiblemente menos litúrgicas de tan avezado estamento. Tres personajes conforman la historia de Fronteras de arena, novela finalista (con polémica, como no), del Premio Primavera de Novela 2001. Envueltos en la asfixiante atmósfera de Tánger, el periodista Philip Kerrigan intenta desentrañar lo que intuye como el comienzo de un Golpe Militar en España, mientras su amigo, el capitán y aventurero Alonso Garcés, duda entre inmiscuirse con su compañero en tan resbaladizo territorio o dejarse imbuir por su gran pasión: el desierto del Sahara al que viaja comandando una expedición. Entremedias, Elsa Quintana llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y de un turbio pasado de sangre y dolor, sin percatarse que el mismo siempre la habrá de acompañar allá donde vaya. Los tres se ven envueltos en la tela de araña de un tiempo difícil  (el del ascenso nazi al poder, el del Golpe, pero también el de los olores de la Medina, el de los Zocos...) y conforman una novela de intriga que recuerda y mucho (lo siento, pero es la imagen que se me apareció al comienzo de la novela) a la Casablanca de Bogart, porque de alguna forma, al no ser dueños de su destino, no son sino perdedores. Pero el marco histórico en el que se desenvuelve la obra no es más que un pretexto para lo que verdaderamente le interesa contar a la narradora: las difíciles y a veces casi imposibles relaciones de los tres curtidos personajes, las pinceladas psicológicas de Elena Quintana, sus a menudo complejos monólogos mezcla de melancolía, de celos, de recuerdos, de deseo y de la incontrolada pasión de quien se siente con sus compañeros, aunque no lo aparente, ajena a una conspiración auspiciada por unas potencias extranjeras, y consentida por otras en un intento de frenar el avance del comunismo en Europa. El desenlace, no por sorprendente deja de ser previsible, pero no hace sino ahondar en el carácter romántico de la historia. De alguna forma con él se cierra un círculo de años.

                Con una visión nueva y audaz de la Guerra Civil española (al menos de sus prolegómenos) afronta Susana Fortes su tercera novela, posiblemente una de las mejor construidas aunque no de las más innovadoras. Hay que reconocerle el mérito de introducirse en un resbaladizo terreno que ha sido demasiado manipulado tanto en literatura como en otros géneros artísticos, caso de la fotografía o en cine. Pero lejos de retraerse ante ello, opone en Fronteras de arena las difíciles relaciones de un periodista inglés de nacimiento, pero español de adopción, como tantos otros adscritos a la retoña República, con un peculiar militar español, Garces, mitad aventurero, mitad idealista que simboliza desde su profesión un poco el eclecticismo de quienes pretenden vivir ajeno a cuanto les rodea, pero que acaba inmiscuyéndose como el que más en el intento de evitar el Golpe. La imagen romántica de la novela pues, gira tanto en la difícil relación que mantiene Elena con los dos, como en el intento de sacar a la luz la conspiración. Como oponentes tendrán tanto al capitán Ramírez, que personifica al militar corrupto y rebelde y al comandante Uriarte, militar adscrito al bando republicano pero cuya cobardía puede más que su fidelidad. Y entre medias, Elena Quintana cual Ingrid Bergman, parece más una excusa que un personaje, un motivo. Sin duda Susana Fortes ha construido su mejor obra hasta la fecha, sin menospreciar ni mucho menos Querido Corto Maltes,  con la que parece enlazar el personaje de Alonso Garcés. Sin duda Fronteras de arena es una novela cinematográfica, llamada a convertirse en película a poco que los productores perciban sus virtudes, que son muchas.

 ©Luis García 


 

Stefan Zweig

24 horas en la vida de una mujer

El acantilado - 2000

Sueños olvidados y otros cuentos

ALBA - 2000

 Una inevitable recuperación

                         Descubrir a estas alturas a un autor de la talla literaria de Stefan Zweig, puede parecer cuando menos irrisorio, por cuanto estamos hablando sin duda de uno de esos grandes (junto a Cesare Pavese, Josept Roth, y tantos otros que por desgracia continúan durmiendo el sueño de los justos a la espera de su también inevitable recuperación, a pesar de los buenos oficios de algunos editores) que un día tuvieron la fortuna de ver sus obras editadas de la mano de la Editorial Juventud.

                        Ahora, sus relatos y sus pequeñas novelas, aquellas como Veinticuatro horas en la vida de una mujer, o Sueños olvidados, comienzan a ser reeditados de la mano de esas Editoriales pequeñas que suplen la abundancia de un catálogo del estilo del de las Editoriales Alfaguara o Planeta, con la imaginación y el deseo de las cosas bien hechas.

                        Zweig fue un autor lo suficientemente prolífico como para no merecer el ostracismo en el que lleva sumido todos estos años. Y aunque es más recordado en su faceta de biógrafo, incluso en la de ensayista, conviene no perder de vista sus narraciones pues en ellas se aprecia la desazón de unos tiempos que evocan los cafés vieneses de entreguerras, el psicoanálisis y la perduración de un estadio natural que habrían de convertirlo con el tiempo en un autor de culto.

                        Veinticuatro horas en la vida de una mujer, (ediciones El Acantilado) relata en apenas cien atormentadas páginas el devenir sentimental y sexual de una mujer angustiada por la vida y por los acontecimientos que inevitablemente y como un torrente le tocaron vivir. Son cien páginas magistrales plenas de lirismo y pliegues pasionales en las que son habituales las reflexiones sobre la vida y la muerte, y sobre las pasiones humanas en la Europa de la preguerra. Y aún a riesgo de pensar que la historia que nos cuenta pudiera estar desfasada, lo cierto es que el relato no sólo ha sobrevivido a  su tiempo sino que se lee con la entereza que produce la lectura de una pequeña obra maestra.

                        Sueños olvidados y otros relatos, (editorial Alba) por el contrario recopila en sus páginas algunos de los mejores y de los peores relatos cortos de Stefan Zweig. Algunos de ellos, auténticas novelas cortas que en su día, a comienzos de siglo, fueron ampliamente difundidas y apreciadas en Europa, traza aspectos del mal vivir, y de la congoja que produce la imposibilidad de asumir su propio destino. Son textos de años muy dispersos (alguno se remonta a 1900, y otros a 1926) que aúnan irregularidades literarias y prosísticas variadas mezcladas con discursos más arrebatadoramente seductores como Mendel el de los libros. Pero por encima de todos los relatos y novelas, al margen de la historia de que se nos cuenta, siempre se prefigura un cierto resquemor existencial propio de quien se muestra incapaz de aceptar su propio destino. No en vano, Zweig tuvo una vida tan azarosa que de alguna forma le condujo inevitablemente al suicidio. Pero esa, es otra historia.

                        Es por eso por lo que esta vez he querido acercarme a dicho autor, y referirme a él como una inevitable recuperación. Y es de agradecer el trabajo editorial de Alba y El Acantilado, dos Editoriales catalanas, que han sabido ver en Stefan Zweig y en su obra un fiel reflejo de un tiempo problemático y distinguido, pero por encima de todo sensible ante lo que le rodea, algo que parece no había sido apreciado hasta la fecha.

 ©Luis García 


Cristina Sánchez-Andrade   Bueyes y rosas dormían

Siruela - Madrid - 2001

                                          Fantasías animadas

Cristina Sánchez-Andrade es autora de una única obra corta, Las lagartijas huelen a hierba, que publicada por la Editorial Lengua de Trapo ya levantara cierta expectación en el momento de su publicación. Ahora presenta Bueyes y rosas dormían, novela profundamente onírica compuesta por pequeños capítulos que empiezan y terminan en sí mismos como si de cuentos cortos se trataran, pero que mantienen un nexo común: la miserable soledad de sus personajes, empeñados en esperar una y otra vez ese tren que habrá de venir cargado de los más pintorescos objetos, pero también de ilusiones por un futuro mejor. El verdadero protagonista de la novela, Pueblo, es un pueblo casi fantasma, marcado por la peculiaridad de sus habitantes: los hermanos Lucas y Blanquita, joven y puta, la vieja Idalina, siempre cavando surcos en la tierra, siempre enterrando la memoria, El tinajero, enano vendedor de sangre con quien habrán de aprender que los sueños, a veces, no viajan sino en trenes, la monja que busca la maternidad con una obsesión que raya en lo enfermizo, la anclada ballena en la playa y ese viento rojizo que todo lo envenena, y por encima de todos ellos, el mar que en su día regurgitara a uno de sus ahogados para convertirlo en porteador de novias. Como personajes de un cuento dentro de un cuento, ajenos a la realidad que los rodea, los gatos en Pueblo se empeñan en nacer ciegos, porque "son como el destino que también es ciego" (pag 114).

Plagada de metáforas y sensuales imágenes, Bueyes y rosas dormían no puede sustraerse a los que son sus referentes literarios: Celama de Luis Mateo Díez, Comala de Juan Rulfo e incluso Macondo de García Márquez. Todos, autores vinculados a una forma de entender y ver el mundo rural y sus protagonistas que va mas allá de la apariencia. Es por ello muy sugerente la frase con la que da inicio la novela:  "Allí ese viento rojo rojo siempre uncido por las cosas, como si las mascara con los puros dientes". Porque la sensación que se tiene al terminar la novela es la de haber asistido con los protagonistas de la misma a una lenta indigestión que se pudo haber evitado a poco que su autora la hubiese rehecho. (Porque no cabe duda que hubiera ganado muchos enteros con menos páginas y capítulos, ya que algunos poco aportan a la historia). Pero que demuestra como también indicó Manuel Rivas, gallego como Cristina, que estamos ante una autora con un oficio original e insólito dentro del actual panorama literario.

 ©Luis García 


Luis Sepúlveda   Historias Marginales

Seix-Barral Barcelona-2000

                              Historias cotidianas

                         ¿Responde el género periodístico las exclusivas exigencias del literario?. Obviamente hay que responder que sí, a la vista de los innumerables autores de novelas, cuentos y poemarios que plagan todos los diarios de este país. No hay suplemento literario que no se precie de disponer en su nómina con escritores tan consagrados con Juan José Millás, Antonio Muñoz Molina o Javier Marías, por citar sólo tres representativos ejemplos de aquellos que disfrutando en vida las mieles del triunfo, no por ello abandonan sus deberes diarios.

                        Luis Sepúlveda, narrador chileno de quien muchos nos sentimos deudores, sobremanera de su espléndida novela Un viejo que leía historias de amor, se descuelga ahora con una recopilación de artículos publicados en diferentes épocas, que ha reunido bajo el significativo título de Historias marginales.

                        Son un sinfín de historias cercanas o no tan cercanas, de autenticidades desasosegantes o no tan desasosegante, y de descripciones fabulescas o no tan fabulescas, pero todas ellas con un denominador común: la convicción de que detrás del aspecto de un hombre sencillo, siempre se encuentra una gran semblanza que contar. Historias marginales resalta su compromiso con los más vulnerables, y por extensión con la naturaleza. Y lo resalta en unos tiempos en que la tan temida globalización, como antaño fuera la llegada del Tercer Milenio (¡qué tiempos aquellos!) comienza a mostrársenos como el dinosaurio de Monterroso, que "siempre estaba allí cuando nos despertábamos". Así, Luis Sepúlveda nos habla de Francisco Coloane, como él autor chileno, de Aurora Sützkever, poeta judío de incierto nombre y destino, de Simon Von Utrecht, pirata que asoló el Elba hacia el año de mil cuatrocientos, de Vidal Sánchez, sindicalista en Ecuador empeñado en poner en marcha una cooperativa, de los caratori, trabajadores de las canteras italianos cuyas vidas lejos de la belleza que se les supone, están irremediablemente unidas a la tragedia, y en definitiva de todo un cúmulo de perdedores que posiblemente nunca hubieran supuesto que un buen día sus vidas se iban a convertir en recurso literario.

                        Mitad relatos mágicos, mitad realidades ocultas, lo cierto es que las historias que nos propone Luis Sepúlveda nunca pasan desapercibidas ante nuestros ojos de lector. Quizás porque nuestra propia existencia se encuentra rodeada de valerosos protagonistas como los que en ellas se nos narran, y al igual que ellos, tampoco nosotros nunca podremos sospechar que alguien en algún lugar del planeta, se encuentra en estos precisos instantes redactando nuestra propia miseria.

©Luis García 


Luis Landero   Entre líneas: el cuento o la vida

Tusquets-Barcelona-2001

                                              Inteligencia literaria

 Luis Landero, autor de sobra conocido a pesar de que su escasa producción literaria se reduce  tan sólo a las novelas Juegos de la edad tardía, Caballeros de fortuna y El mágico aprendiz, presenta en esta ocasión, cuando comienza a mascarse la proximidad de una nueva novela que se anunciara en estas mismas páginas en un número anterior, una reedición que pasara desapercibida en su momento no por tratarse de un libro menor, sino por haber sido editado en una Editorial de escasa difusión. Con el subtítulo de El cuento o la vida, Entre líneas posiblemente pase por ser un ejercicio narrativo de primer orden, en el que es fácil apreciar lo que él mismo denomina mundos novelescos. Se mueve en esta ocasión Landero en un terreno resbaladizo, donde predominan sus recuerdos y vivencias por encima de sus recreaciones literarias, pero donde a menudo realidad y ficción se mezclan conformando un puzzle que difícilmente completaríamos si no conociéramos su obra, y por encima de todo su concepción de la vida y de la literatura. No es casual que estemos asistiendo al nacimiento de un nuevo género literario. Parecía imposible que en estos tiempos en los que todo está inventado se pudiera dar semejante circunstancia. Pero autores como Landero, Cristina Fernández Cubas o Antonio Muñoz Molina han hecho realidad lo que sin duda es una máxima entre los creadores: hablar de ellos sin hablar de ellos. Porque la génesis de sus últimas obras, en sus casos se circunscribe a la manifestación consciente de sus propios sentimientos. Así, lo que para muchos no sería sino un capítulo más de memorias, para ellos es la reivindicación perpetua de su amor por la literatura y por sus raíces. Por aquellas que los hicieron posibles como escritores y como personas. Es por eso que Entre líneas: el cuento o la vida, con tratarse de la obra mas corta en extensión de Luis Landero, en ningún momento da la sensación de tratarse de una obra menor: todo lo contrario. Porque sólo desde la implicación del lector con el autor, es posible amplificar las vivencias de Manuel Pérez Aguado, protagonista circunstancial del libro, profesor de literatura, escritor y nacido en Alburquerque, quien posiblemente viva en el limbo aunque no por ello ajeno a una realidad social que le condiciona y le frustra como escritor, como lector y como profesor. Pero, ¿dónde termina el profesor y comienza el escritor?. ¿Y dónde el escritor y comienza el lector?. Y puestos a rizar el rizo, ¿dónde acaba Manuel Pérez Aguado y comienza Luis Landero, educador, incansable lector y como él, escritor nacido en Alburquerque?. Landero, entremezclando unos capítulos en cursiva que a mi modo de ver por sí solos justifican toda la obra, nos relata la miserable infancia de Manuel, que no es sino la suya propia, una infancia cargada de sueños y deseos por un futuro mejor, de esos que solían acompañar a los emigrantes en su viaje a la capital en aquellos desvencijados trenes de carbón tan cargados de simbolismo y miseria, pero una infancia carente de las mínimas comodidades: la luz eléctrica, por ejemplo. Una juventud plagada de fábulas y alegorías: la llegada de la coca cola al pueblo, el cine de Hollywood, pero también la imagen de su padre durmiendo en una caja de pino vestido con su traje de los Domingos pero sin sus zapatos. Una vida que habría de marcarlos a ambos para el futuro, a Luis Landero y a Manuel Pérez Aguado, y a toda una generación que un buen día descubrió la televisión en color. Todo, envuelto en una impecable narración plagada de secuencias desperdigadas que posiblemente en el futuro desarrollarán nuevas novelas e historias que inviten a soñar, pero también a llorar, y lo más importante, que inviten a seguir confiando en que la literatura es un arma de primer orden capaz por sí sola de cambiar el mundo.

 ©Luis García 

Te informamos que tienes una entrevista con Luis Landero para poder leer en nuestra sección ENTREVISTAS.


 

  Cristina Fernández Cubas  Cosas que ya no existen

    Editorial Lumen - Barcelona - 2001

                                                                         El regreso

    Mientras de otros autores estaríamos hablando de libro de memorias, en el caso de Cristina Fernández Cubas hay que hablar, como su propio título indica, de aquellas Cosas que ya no existen. Porque de eso se trata. Más que de sus memorias y recuerdos, algo que como ella misma explica lo deja para otro momento, Cosas que ya no existen es un libro miscelánea en el que es fácil reconocer la impronta de una autora que pasa por ser la que mejor ha sabido conjugar el relato corto fantástico en los años ochenta y noventa con la fidelidad a una concepción de la literatura que siempre la mantuvo alejada de mediáticos círculos literarios. Así, va desnudándose, y es de agradecer por ello, y nos va mostrando a aquellos sus lectores las pistas de su mundo. Es muy difícil leer y entender Cosas que ya no existen por todos aquellos que previamente no hayan leído El Columpio, Mi hermana Elba o Hermanas de sangre. Y esto es porque Cristina aquí nos muestra las claves de sus obras, algunas de ellas nacidas de la capacidad oral de su tata, otras de la tragedia que supuso la pérdida de su hermana, y las más de su tremendo aforo de autoafirmación ante el futuro. Por eso Cosas que ya existen es un libro fundamental en la poética de Cristina, pero por esa misma razón sería un libro desaconsejable para todos aquellos que quisieran acercarse a dicha autora por primera vez. Arrastra Cristina tras de sí la estela de haber creado una obra distinta, una novela de novelas chocante incluso para aquellos que la seguimos desde sus comienzos. Pero si bien en una primera lectura esta dicotomía parece excesivamente rebuscada, a poco que nos paremos en los "capítulos" del libro en una segunda lectura, comprobaremos que la Cristina que nos hizo llorar y disfrutar con sus relatos y novelas se encuentra plena de fuerza y vigor en Cosas que ya no existen. Porque de esas pequeñas cosas, de la guerra civil española revivida en un viejo barco que recorre el Amazonas, de los horrores de la Dictadura Argentina en su etapa en Buenos Aires, de la Tata, la entrañable Tata, de la muerte de su hermana que tantas cosas nos explica a nosotros sus lectores, y en definitiva de las contradicciones propias y ajenas trata uno de los libros más personales que haya podido escribir la que pasa por ser una de las renovadoras del relato corto en los años noventa.

©Luis García 

Te informamos que tienes una entrevista con Cristina Fernández Cubas  para poder leer en nuestra sección ENTREVISTAS.

 


 Antonio Muñoz Molina  Carlota Faimberg

  Alfaguara - 1999

                  La génesis de la novela

                         La génesis de una novela, de un poema o de un relato corto, en definitiva de cualquier historia que nos propongamos contar en un momento determinado, suele venir precedida de un proceso de sedimentación paliativo, que es como a mí me gusta referirme cuando hablamos de las musas, de la inspiración o del innato talento que se le presupone a cualquier creador. Todo aderezado por supuesto, del necesario trabajo diario, de la disciplina más espartana sin la que hubiera sido del todo imposible, por ejemplo, que García Marquez escribiera sus  Cien años de soledad, o que García Lorca nos legara su poesía. 

                        Algo hay de incuestionable en esa consideración, si nos detenemos a analizar cuanto se escribe actualmente. Y algo debe de haber de cierto, porque o bien de una de las premisas mencionadas, o bien de la combinación de dos de ellas, o del agresivo cóctel que se define de las tres una vez cuidadosamente fusionadas, se define el resultado final de toda obra creativa, un resultado que no siempre viene acompañado del éxito o del reconocimiento, y que las más de las veces se enmarca dentro de lo efímero que de por sí tiene toda actividad neurológica. Se puede estar inspirado o tener talento, o ambas cualidades juntas, que si no vienen acompañadas del ejercicio de trabajar a partir de ellas, de sufrir ante la pantalla en blanco del ordenador como antaño se sufría ante la hoja albina, el resultado siempre será el mismo: cero. 

                        Podríamos incentivar a partir de esta última consideración, que todo acto creativo tiene un “algo” de autodestructivo, toda vez que resulta fácil intuir en él su efecto vampirizador, y un mucho de equilibrio entrópico. Y ateniéndonos a estos protocolos, recientemente, hemos tenido la ocasión, la suerte o la fortuna de contemplar una de las más curiosas iniciativas artísticas que se hallan podido realizar. Me estoy refiriendo a la “metaexposición” Diáspora, una vacua iniciativa que ha plagado de “movimientos escultóricos” la ciudad de Oviedo durante un mes, que ha sido vilipendiada o ensalzada hasta la saciedad, (todo flujo creativo levanta pasiones encontradas) y que finalmente terminó en el más absoluto ostracismo merced a que los objetivos  propuestos inicialmente no iban parejos con la calidad de las obras o de los” “espectáculos” ofrecidos. La génesis en esta ocasión no partió del creador, sino de la chequera de unos señores empeñados en demostrar que progresía no está reñido con conservadurismo político. (¡Que ironía!).

                        Uno puede escuchar historias todos los días, en el trabajo, en el metro o en el autobús, que por más que se lo proponga, a no ser que esa sutileza o ese dilema que se le presenta o en el que cree reconocerse salte oportunamente hasta la pantalla de su ordenador en forma de poema o relato, o hasta el lienzo en forma de bodegón o retrato, siempre se verá imposibilitado para acelerar un proceso a menudo ajeno pero siempre entrañable. Y me viene este razonamiento, porque he tenido ocasión de escuchar recientemente a Antonio Muñoz Molina a raíz de la publicación de su última novela, Carlota Faimberg. Decía Muñoz Molina, siempre tan discreto, siempre tan huidizo, siempre tan poco locuaz, que “toda historia no es sino una suma de otras muchas historias, de las que no se sabe ni donde acaban ni donde comienzan”. Y de esa forma tan sutil, tan enigmática y tan agradecida, se dedica a desentrañarnos a nosotros, los oyentes (en ese momento lo era más que lector), las peculiaridades de la génesis de una novela corta, cuyo embrión básicamente tiene su comienzo cuando hace un tiempo recibe el encargo de escribir una narración relacionada con La Isla del tesoro. Cinco años después, descubre con asombro una libreta con las anotaciones escritas sobre la génesis de aquella aventura literaria, y sobre una vieja amiga llamada Mónica Faimberg, quien fuera jefa de prensa de Planeta y Seix Barral, y quien hace quince años aproximadamente hizo suya la causa de sacar adelante la que con el tiempo sería un gran éxito de ventas y de público de un escritor en ciernes que prometía: El invierno en Lisboa. Es entonces cuando Muñoz Molina decide que ha llegado el momento de dar cuerpo a una historia que le ronda la cabeza hace tanto tiempo que hasta es posible que la tuviera oculta en la memoria. Así nació Carlota Faimberg, como sincero homenaje a Mónica Faimberg. Y es que ¡cuántos quisiéramos tener una Faimberg en nuestras vidas!.

                        No he tenido aún ocasión de leer la novela, que leeré, pueden estar seguros de ello, porque Muñoz Molina siempre es uno de esos autores recurrentes a los que se espera con impaciencia. Pero intuyo por lo que contaba en la radio, que será agradable el volver a encontrarse con sus temores de adolescente, con sus historias misteriosas a medio camino entre el sueño y el juego, y como no, con las que sin duda deben de ser sus lecturas más queridas. Aquellas que nacen de la devoción de amar y sentir la literatura como pocos saben hacerlo. Porque el respeto a la letra escrita pasa inevitablemente por asumir como propias las creaciones de todos aquellos que nos han precedido.

                        Dice Muñoz Molina, que “Borges ha tenido en su vida una influencia formativa decisiva,”... y que “con él la escritura dejó de ser inocente, natural, porque había que atacar a la Dictadura”. Es decir, con él, la escritura comenzó a tener una nueva dimensión, y a vagar eternamente hasta hoy en día, por los vericuetos caminos del compromiso social y político. Mi influencia formativa particular, pasa por muchos autores, y entre ellos, como no podría ser de otro modo, por el trabajo de quien nos ocupa.

                        La génesis de una obra, por tanto, nunca debemos de buscarla más allá de nuestra presencia más querida. (Un poema está impreso en la sonrisa de unos labios, en la dramática fotografía de un niño africano atacado por la hambruna más deshumanizada de cuantas hallamos podido captar, o en el desasosiego que produce el levantarse por la mañana y contemplar amargamente que el mundo no ha dejado de girar). Y una vez más, Antonio Muñoz Molina haciendo bueno aquel Aristotélico Principio que estudiáramos en la Universidad, nos demuestra como si de una axioma se tratara que también él la encontró esperándole pacientemente a la vuelta de la esquina en una vieja libreta de anillas en donde la llevaba esbozando casi diez años.

 ©Luis García 

 


 

   Graham Swift    Fuera de este mundo

Anagrama - Barcelona – 1999

                        Graham Swift, como Julian Barnes, Martin Amis, Ian McEwan o Hanif Kureischi, forma parte de una nueva generación de escritores, la que se ha dado en llamar en Inglaterra la generación del baby boom, que nacida al calor de la postguerra, entre 1945 y 1950, creció dentro de un Estado, y de un sistema, que alentaba la insularidad como forma permanente de vida, y que rechazaba fenómenos universales como Los Beatles o el pacifismo.

                        Es por ello por lo que tan singulares autores, que comparten una visión más que irrespetuosa de cuanto les rodea, dedicarán su obra literaria a uno de los más prósperos propósitos de cuantos se puedan seleccionar: la disección y el estudio de una sociedad que les resulta tan ajena como lo podría ser, por poner un ejemplo, la de las antiguas colonias inglesas.

                        Fuera de este mundo, novela gratamente recuperada de Graham Swift, no hace sino confirmar con meticulosidad lo que desde el principio se nos anticipa en la propia configuración de la obra. Esta se estructura en forma de 35 capítulos, de los cuales los que hacen el número impar en los primeros 26 se corresponden con las reflexiones de Harry Beech, empeñado como el autor en diseccionar, para de esa forma entender, todo cuanto le rodea. Los capítulos pares, nos trasladan a su vez a miles de kilómetros, a la consulta de un psicoanalista, donde Sophie, la hija de Harry, intenta a su vez entender cual es el motivo real de que ambos, padre e hija, y por extensión todos aquellos que de alguna forma han tenido que ver con sus vidas, se encuentren separados por abismos insalvables, encerrados en un mundo que no sólo no escogieron, sino que les resulta tan ajeno como sus propios vidas. El resto de los capítulos, hasta el número 35, alterna las reflexiones de ambos en sus respectivos entornos, con lo que parece presuponer una ruptura de la narración por boca de dos personajes aparentemente ajenos hasta el momento, pero imprescindibles para entender las carencias afectivas a las que estuvieron sujetos. De un lado, la visión del marido de Sophie,  Joe, según sus propias palabras "un invitado de más en la fiesta" (pag 144). De otro, la metamorfosis epistolar de Anna, madre de la propia Sophie, quien en forma de carta parece anticiparle a su marido, a Harry, como sobrevivir a una más que segura muerte. La muerte se convierte de esa manera en el hilo conductor que habrá de unir, o de desunir, a todos los personajes, en una puesta en escena abrupta y críptica.

               Es por eso por lo que estamos ante una novela de difícil lectura y de compleja comprensión. Si cabe, y como antes he comentado, Fuera de este mundo no podría entenderse lejos de la insularidad a la que permanentemente están sometidos los habitantes de Inglaterra, y tampoco podría entenderse si no se hace un ejercicio de memoria colectiva y retrocedemos con sus protagonistas a su infancia, que no es sino la de miles de seres anónimos que en algún momento de sus vidas sufrieron un hecho tan dramático como el que sufrió el propio Harry. Porque la bomba con la que el IRA inicia y desencadena los 35 capítulos de la novela, no es sino una mera excusa  para comprobar como la fractura de una familia propicia una especie de catarsis colectiva en la que todos, padres, hijos, abuelos, se dedican a hurgar en sus memoria, en sus recuerdos más íntimos para intentar no estar fuera del mundo, y así salvar lo poco que aún les queda de él.

                        “Hay dos cosas que nunca he permitido en mi casa” dice en un momento de la novela Sophie a su psicoanalista. “Una de ellas es las armas de fuego de juguete, otra las máquinas fotográficas” (pag 72). Semejante aceptación de principios no hace sino cuestionar una más que dudosa interpretación de la historia. Da exactamente igual que fabriques armas, cono hacía su abuelo, el padre de Harry antes de que una bomba del IRA acabase con su vida, o que colecciones fotografías de las variantes más ásperas de la condición humana para mejorar tu autoestima, como hacía su propio padre. Ambos, interpretan la realidad a su manera, y representan inconscientemente un episodio de la evolución que se nutre de idéntica desazón: el horror de lo desconocido, la muerte, la violencia callejera, las intestinas luchas del bien contra el mal...

                        Frente a tantas novelas, en las que prima el estilo como único argumento, Fuera de este mundo impone una manera de narrar, de contar historias ciertamente mágica, que nos induce a una reflexión sobre el trasfondo de la guerra, y sobre como dicha guerra puede condicionar la vida y la muerte de las personas. Pero por encima de todo, estamos ante una forma valiente y coherente de entender la literatura. 

©Luis García 

 


  Andrés Neuman   Bariloche

  Anagrama-Barcelona-1999

                                  Bariloche es algo más que una excusa, y es así y no de otro modo, como conviene acercarse al último finalista del Premio Herralde de Narrativa 1999. Su autor, un joven argentino aunque residente en España, más conocido en los círculos literarios como poeta que como novelista, y que recientemente había sido incluido por el crítico José Luis García Martín en la antología La generación del 99 sobre la joven poesía española, demuestra un oficio poco común en alguien tan inexperto, aparentemente, y a la vez se convierte por derecho propio en un incuestionable valor a seguir muy de cerca en los próximos años.

                        Y es una excusa, porque no cuenta la historia de tan mágico, bucólico, abandonado y desértico territorio del Cono Sur argentino. Aunque sí que se sirve de esas condiciones, sobremanera de las dos últimas, para recrearnos la vida de Demetrio Rota, basurero de noche, como casi todos los basureros, mediocre alma perdida de día, como casi todos los humanos. Y es precisamente ahí, en los interludios que se producen entre recogida y recogida de bolsas, es donde se encuentra la grandeza del relato. Porque para Demetrio, cuya vida gris, sórdida y aburrida se mantiene en equilibrio a base de armar pacientemente sus gastados puzzles por las noches antes de marcharse al trabajo, la difícil armonía del fragmentario desorden de su existencia no es sino una excusa para continuar levantándose todas las noches de camino al camión de la basura, y si acaso, para permitirse alguna que otra veleidad amorosa con la mujer de su único amigo,  y a la sazón compañero de trabajo, El Negro. Entremedio, Demetrio se entretiene recordando un glorioso pasado en Bariloche, una juventud vital que ha perdido para siempre, despedazada en miles de piezas al igual que el rompecabezas que se esfuerza en recomponer, como si con ello recompusiera su propia existencia. Porque al igual que a todos nos ha pasado en la vida, hay un momento de ruptura en su existencia. La diferencia, es que el suyo coincide dramáticamente con un desajuste temporal de inciertas consecuencias.

                        Novela escrita con el corazón, su lectura nos acerca un poco más a esos microclimas que siempre parecemos estar buscando, unas veces lenta, otras desesperadamente, pero casi siempre solos, y nos acerca de paso, tanto en extensión como en contenido, a los narradores existencialistas de los años sesenta, a los Camus, Sartre, Vian..., que creyeron ver por un día, como posiblemente también lo creyera Demetrio en su juventud, una existencia menos mísera y degradante que la que les tocó en suerte vivir.

                        Un buen relato lleno de poesía, ya que conviene referirse a él de esa forma, más que como novela, tanto por la extensión como por el desarrollo de la acción, que cierra un año plagado de descubrimientos literarios, y que augura un milenio pleno de intensidad.

  ©Luis García 

Te informamos que tienes una entrevista con Andrés Neuman en nuestra sección ENTREVISTAS de literaturas.com

 


 

   Menchu Gutiérrez     La mujer ensimismada

    Siruela - 2001

                            ¿Escritoras de culto? 

Me disgusta hablar de autores de culto. Sirve esto para contrarrestar la nota que en ese sentido figura en la contraportada de la última novela de la autora madrileña Menchu Gutiérrez. Y no es porque un autor de culto deba de vender pocos ejemplares. Lo es porque Menchu Gutiérrez no guarda ninguna de las características propias de semejante calificativo. Y aquí, creo que conviene decir que no siempre es motivo de orgullo el que a uno le consideren un autor de culto. En su última novela, Menchu Gutiérrez no puede escapar a su condición de poeta por más empeño que ponga en ello. Y no sólo por la propia configuración de la misma, por los giros que en ella adopta, e incluso por el aura que pretende trasmitir. Hay en La mujer ensimismada algo que va mas allá del discurso narrativo. Doce casas, doce actitudes vitales que se corresponden con los doce meses del año sirven cual metáfora rulfiana para el desarrollo de la obra. Porque uno no puede evitar el recordar Pedro Páramo a medida que se va adentrando en al obra. La protagonista, de la que poco o nada sabemos salvo que es una mujer, inmersa en su propia confusión o cruce de caminos, realiza un recorrido por las doce casas en un espacio que se asemeja y mucho a los doce meses del año. ¿Qué encuentra en ellas?. Doce mujeres en doce escenas que representan doce recorridos por su propio interior, que es el nuestro. Por todas pasa, de todas sale y entra, y en todas se queda al menos el tiempo suficiente. Y así, entre metáforas e imágenes cabalísticas, sabores, colores y sentimientos, Menchu Gutiérrez va cerrando herméticamente su particular puzzle, que no es sino su propia búsqueda, y va desgranando los misterios mismos de las relaciones personales, que como casi siempre sucede, comienzan y terminan en uno mismo. Novela a ratos confusa y laberíntica, lo que no cabe duda es que supone un punto de arranque en una narradora que se aleja y mucho, de las corrientes estéticas predominantes. Y aquí sí que enlaza con otra autora también de la casa, Cristina Sánchez-Andrade, de la que hablaremos en su día

 ©Luis García 

 


 

    Lorenzo Silva  El alquimista impaciente

      Destino - Barcelona - 2000

             El Destino desapercibido 

                        Decir que Lorenzo Silva ha escrita una novela para ganar el Nadal, puede resultar una perogrullada, cuando no una estupidez. Pero lo cierto, es que si alguna característica tiene la última narración del flamante agraciado de tan prestigioso premio, El alquimista impaciente, es precisamente esa condición de profética ganadora, algo que se observa desde la primera página. ¿Qué por qué hago tan abrumadora declaración?. Muy sencillo. Por la temática que desarrolla (obra ambientada en la actualidad y plagada de recursos conocidos, caso de las manidas mafias rusas), del ámbito ¿negro? (algo que no me atrevo a afirmar con rotundidad, sin perjuicio de molestar a terceros), y con los suficientes ingredientes de misterio, asesinatos, y sexo, que tienen como contrapunto a dos investigadores de los más castizos que se puedan encontrar, y que ya nos habían presentado en El lejano país de los estanques: el sargento de la Guardia Civil Rubén Bevilacqua, y la número Virginia Chamorro. Y con todo esto, Lorenzo Silva se mete entre pecho y espalda en apenas tres meses, una historia que a otros autores del género les cuesta años el construir.

                        ¿Cuál es el mérito entonces de Lorenzo Silva y de su El alquimista impaciente?. Pues sencillamente que se trata de una novela entretenida, algo que demandan los lectores hoy en día, plena de vigencia, y que termina bruscamente justo cuando la historia comenzaba a decaer, y con ella los perfiles de unos personajes que nunca acabamos de creernos del todo. Porque si algún mérito demuestra tener Lorenzo Silva es que sabe manejar los recursos literarios, que conoce el oficio.

                        Y con estas nos adentramos en la novela. Ya tenemos a los dos investigadores de rigor, y nos hace falta un muerto, cadáver que se nos presenta en la primera página y que preludia los acontecimientos posteriores. Pero la novela negra tradicional funciona un poco por inercia. Y si esa inercia no se controla, tiende a derramarse por los  laterales como la mermelada, algo que le sucede a menudo a Silva, en donde llega a perder el control de los personajes hasta que llegan a mostrarse ante nuestros ojos como totalmente inverosímiles. Son demasiados ingredientes potencialmente narrativos mezclados en apenas doscientas ochenta y un páginas. (Una central nuclear, la desaparición de un maletín con uranio, los ecologistas impertinentes, las mafias rusas, las prostitutas bielorrusas, la puesta en escena del primer cadáver, tan grotesca como esperpéntica...) y todo un sinfín de recursos cinematográficos, sin cuyo medio hubiera sido imposible no ya terminar la novela, sino incluso el ponerles nombre a los capítulos. Y para terminar, una acelerada y a mi juicio desafortunada resolución del caso que no hace sino demostrar la premura de la que Lorenzo Silva se sirvió quizás precisamente para poder presentarse al premio.

                        Es posible que entre sus prioridades no se encuentre el escribir literatura de alta calidad, que para esos menesteres se encuentran otros autores, y para ese viaje tampoco hacían falta alforjas. Pero no es menos cierto que a un ganador del Nadal se le debe de exigir algo más de lo que demuestra en esta novela.

                        El Premio Nadal, como el Planeta y tantos otros, siempre se ha caracterizado por galardonar a neófitos escritores deseosos de un instante de gloria. Después, el mercado, que diría uno de los más lamentables ministros de la democracia, se encarga de colocar a cada cual en su sitio, y de laurear con la obligada continuidad, a los que de verdad se lo merecen. Así, en la nómina del certamen, podemos encontrar a novelistas de la talla de Juan José Millas, Rosa Regás  y Manuel Vicent, con otros no tan afortunados como Pedro Maestre o Lucía Etxebarría. Sólo el tiempo dirá que le deparará el destino a Lorenzo Silva. De momento ha sido el éxito, que dada su juventud, esperemos que sea capaz de mantener con el necesario equilibrio de calidad.

  ©Luis García 

  


 

  Mario Vargas Llosa    El lenguaje de la pasión

  Ediciones El País S.A. - 2001

                               La herencia cautiva 

Mario Vargas llosa, puede pasar por muchas cosas. Y me figuro, que a estas alturas de su carrera literaria, cuando observa hacia atrás y contempla el reguero de cadáveres tras de sí, uno se puede permitir ciertas licencias. No en vano, estamos ante uno de los renovadores de la lengua, ante quien junto a García Márquez y Carlos Fuentes impulsó definitivamente lo que con posterioridad sería conocido como el boom latinoamericano, ante quien, en definitiva, mostró y continúa mostrando toda su calidad literaria desde las páginas de los diarios desde las sucesivas novelas que continúa publicando. Cuando aún no se han apagado los ecos de su espectacular La fiesta del Chivo, de espectacular cabría referirse a ella, no en vano fue uno de los éxitos literarios del pasado año, Vargas Llosa nos presenta El  lenguaje de la pasión, configurado por una sucesión de artículos aparecidos en el diario El país en la última década, y que de alguna forma son la memoria histórica de una época concreta mezclada con pensamientos, reflexiones y reseñas sobre autores. Se aprecian de esa manera, desde su partícula "piedra de toque", nombre que Vargas Llosa le daría a la sección del diario, que las inquietudes del autor no estaban ni están circunscritas al ámbito literario, sino que iba y va mucho más allá del social y político. Y es aquí en donde enlazamos con el principio. Porque se puede o no estar de acuerdo con sus análisis y reflexiones, pero lo que nunca se pueden poner en duda es su verosimilitud y la agudeza de los mismos. En 1997, Vargas Llosa escribía un artículo Defensa de las sectas, en el que alertaba no sobre el carácter destructivo de las mismas, que de eso ya se encargan los informativos, sino sobre la implacable persecución que estaba sufriendo la Iglesia de la Cinesiología y sus más populares representantes, persecución que comparaba con la de los judíos en la Alemania nazi. Una posición valiente en unos tiempos de totalitarismo, máxime cuando provienen de alguien al que con frecuencia se le acusa de falta de amplitud de miras o de estar supeditado al neoliberalismo más extremo. Y en su artículo Siete años, siete vidas, firmado en Lima en el mismo año, si bien alertaba del escaso talante democrático del Presidente Peruano, sí que reconocía sus méritos en el apartado económico y antiterrorista. Algo que se amplifica notablemente si viene de quien precisamente perdió las elecciones contra dicho Presidente. Pero si sus artículos sobre política, con ser discutibles resultan interesantes, es en su agudo sentido crítico literario en el que Vargas Llosa despliega su talento como escrito. Por su pluma se pasean desde Lezama Lima, hasta Corín Tellado, desde Paul Valery hasta César Vallejo. Y en todos los escritos deja su impronta personal. La de quien se siente heredero de una estirpe que guste o no, está cercana a la desaparición.

   ©Luis García 

  


Rosa Montero           El corazón del tártaro

Espasa - 2001  

                               Bajada a los infiernos

             Conocida es la faceta de Rosa Montero como periodista y entrevistadora, en donde ha dejado grandes muestras de su calidad. Pero quizás sea en el apartado de la creación donde Rosa siempre se ha mostrado más remisa a desnudarse de igual forma que lo hace en el campo antes citado. Por eso es de agradecer que de vez en cuando nos entregue alguna novela. Porque sus lectores no sólo queremos disfrutar con sus crónicas. No es la primera vez, y supongo que no habrá de ser la última, que Rosa Montero predica literariamente una bajada a los infiernos, un deambular por los suburbios de la Gran ciudad. Pero pocas veces lo ha hecho con la convicción poética de quien se siente segura dominando a los personajes. Zarza, arquetipo de la triunfadora pero también de aquel, aquellos que tienen un turbio pasado que ocultar, se despierta una mañana, al igual que Gregorio Samsa, convertida, en su caso reconvertida, en un monstruoso insecto. De repente, y a partir de una llamada telefónica, inicia una huida hacia delante en la que recorrerá los mismos caminos que hiciera años atrás, pero esta vez sola. Convertida sin desearlo en una nueva Mr Hyde, descubre que aquel submundo de entonces permanece inalterable, si acaso sólo han cambiado los peones y los motivos, pero que continúa siendo tan cruel y mísero como antaño. La trama de la novela se enredará hasta el extremo de que aflorarán sus dramáticas e incestuosas relaciones con su padre, que le estallarán en un imprevisible final en el que después, nada volverá a ser igual.

 ©Luis García 

Te informamos que tienes una entrevista con Rosa Montero  en nuestra sección ENTREVISTAS en literaturas.com

  


 Eduardo Mendoza  La aventura del tocador de señoras

  Editorial Seix-Barral - 2001

                               Un agradable reencuentro

             Mal que le pese al propio Mendoza, ni la novela ha muerto ni su fin parece próximo, tal y como él mismo había vaticinado hace algunos años. Aunque bien es cierto que posiblemente se habían malinterpretado sus declaraciones, y que en realidad Eduardo Mendoza lo que estaba poniendo en duda era la continuidad de un tipo de contexto narrativo que para nada compartía, lo cierto es que de sus palabras se dedujeron no pocos efectos colaterales que continuaron hasta nuestros días y que culminaron, al menos por el momento, en los desgraciados "cánones"  que algunos críticos y Editoriales (¿dónde empiezan unos y acaban los otros?) se empeñaron en restregarnos. Si bien es cierto que la novela sufre una transformación continua, que nó mutación (¡qué sería de la misma en caso contrario!), no lo es menos que estamos viviendo de un tiempo a esta parte a un florecimiento del género acorde con los vertiginosos tiempos que se viven. La novela existe y perdura porque perduran y existen los lectores, que en última instancia son los que quitan y ponen rey. Y que continúe por muchos años.

            Ahora, Eduardo Mendoza nos presenta tras largos años de silencio La aventura del tocador de señoras, sin duda una obra que podría haber estado llamada a mayores gestas, en la que rescata a uno de los protagonistas preferidos tanto por el propio autor como por los lectores. El enigmático protagonista de El laberinto de las aceitunas y de El misterio de la cripta embrujada abandona definitivamente el Frenopático en el que viviera prácticamente toda su vida, y se entrega a la nada desdeñable labor de peluquero (estilista, para ser más exactos) en un local regentado por su cuñado, a saber, el marido de su hermana. Nada nuevo pues en sus comienzos. Y nada nuevo en el desarrollo de una novela que se lee con gusto, una obra plena de aciertos hilarantes y guiños literarios como las continuas referencias por ejemplo a Saramago. Asesinatos, persecuciones, y curiosas, desconcertantes y cómicas situaciones detectivescas que convergen en el absurdo más esperpéntico, como el capítulo en el que prácticamente todos los personajes de la novela confluyen en el apartamento del protagonista con idéntico objetivo (a mi me recordó y mucho al comic de 13 Rue del Percebe), conforman la historia de La aventura del tocador de señoras, que sin duda no pasará a la historia por ser una de las mejores que ha escrito pero sí una de las más divertidas. Mendoza organiza todo tipo de situaciones surrealistas, y sale bien parado de ellas, demostrando que tiene oficio y que la novela está a su servicio y no a la inversa. En definitiva disfruta creando despropósitos y rozando la inverosimitud, una de las leyes sagradas de la literatura.

            Pero lo verdaderamente importante de la novela es la radiografía que Mendoza hace de la sociedad catalana, y por extensión de la española. Habrá quienes no quieran verla, cierto, pero en mala, muy mala posición quedan nuestros políticos (el alcalde), y nuestros empresarios (el muerto, de quien dice dirige la empresa El Caco Español). Nadie escapa a sus delirantes críticas. Nadie. Si acaso, se le puede achacar el excesivo uso que hace de la parodia y del chiste fácil para ellas, y el abuso de ciertos giros que poco o nada aportan a la historia. Digna en sus comienzos, la obra decae a medida que se lee, pero en ningún momento pierde el hilo de la historia, aunque no sea capaz de mantener la tensión. Rafael Conte en las páginas de un suplemento nacional decía que Mendoza le recordaba a Woody Allen lo suficiente como para tratarlo como a un clon suyo. Y algo de cierto tiene su razonamiento a poco que se lea la trilogía de nuestro protagonista de La aventura del tocador de señoras.

 ©Luis García 

     


    Roberto Samur Esguerra        El Remolino

                                          Mussolini renace en Sincelejo

Autoedición 2001

por ©Ignacio Ramírez. Director de la Agencia de Noticias Culturales Cronopios de Colombia

A los buzones de correos de quienes publicamos nuestras experiencias de lectores en periódicos y revistas, llegan de vez en cuando curiosas e interesantes obras por las cuales vale la pena lanzar al mar de los indiferentes o de los desinformados contralectores de nuestro iletrado país, una botella de náufrago, con la esperanza de que en alguna playa de algún mar, algún buscador de sorpresas la recoja y la destape para que aparezca el genio que le conceda los deseos de gratificación, esparcimiento y lúdica, que son los fundamentales en el decálogo de búsquedas de todo buen devorador de libros no publicitados.

Aquí está uno de ellos: El remolino, una novela breve, de 128 páginas, sin sello editorial alguno, pero con pie de imprenta de Gráficas Lealtad, de Sincelejo, y autoría de  Roberto Samur Esguerra, un colega que según noticias de la solapa, tiene ya publicadas otras dos obras: En enero siempre llueve y Amar: privilegio o desdicha.

La historia de El Remolino tiene el ritmo de las tragedias griegas, pero su desarrollo y desenlace ocurren en escenario costeño, sinuano, para más señas: “Cuando Zita Petrino llegó a Torobé, nadie conocía el verdadero motivo de su viaje, ni las causas que la obligaron a renunciar a su terruño, en el que transcurrió su primera vida entre trigales y geranios”, según el primer párrafo. A partir de allí, suceden tantas cosas y se nos deparan tantas sorpresas, que uno va de la mano del relato con la misma ansiedad e intensidad con que se mete dentro de una película con buena trama. Zita va en búsqueda de su mal marido Pietro, quien había traído consigo a sus dos hijos, a la flamante América, en busca de Eldorado famoso, aún en  las segundas y terceras décadas de este siglo.

Pero Pietro no es un inmigrante cualquiera. Entre sus muchas hazañas de aventurero, cuenta el hecho de haber sido alcahuete de los públicos amores de Benito Mussolini con su adorada amante Clara Petacci, lo que implica no sólo la resurrección de Il Duce en la imaginería literaria del empate de los milenios que nos correspondieron para disfrutar la alegría de leer, sino también la oportunidad para revivir facetas de la historia de los inmigrantes de guerra y de postguerra a nuestras comarcas costeñas, donde, la mayoría de ellos, no sólo se afincaron para siempre sino que echaron raíces, se multiplicaron y terminaron colombianizándose.

Aquí, por supuesto, como en toda novela que se respete, vibra el elemento de una intensa historia de amor dentro de la cual se entremezclan los personajes criollos con los exóticos advenedizos, se entreteje con audacia la trama de un suspenso in crescendo y se tiene la ocasión de degustar (arte exclusivo de lectores) la atmósfera candente, pegajosa, sofocante, de tantos pueblos nuestros en donde pasan tantas cosas y sin embargo da la sensación de que  lo único que no pasara fuera el tiempo: la malicia, la violencia, la picardía, el talante de los nativos y la simbiosis que tienen que asumir los extranjeros, se hacen patéticas en el proceso narrativo y aunque queden para siempre en el libro como testimonio de lo que existe  en el submundo literario, uno sabe que cuando cierra las páginas, afuera lo espera el mismo bochorno de siempre, la idéntica parsimonia de la realidad intemporal en estos parajes de la tierra.Roberto Samur Esguerra trabaja el terreno literario con elementos que hacen grata y sencilla la lectura: un lenguaje elemental, adjetivado en la medida en que así se reclama para ambientar  el texto, acertado en el manejo de las descriptivas y de los espacios, equilibrado en la concepción sicológica  y creíble de los protagonistas. Un Remolino con gratificantes vueltas y revueltas para sentir que vale la pena, aún, aguardar las sorpresas en los buzones de correos, aunque estos sean ya objeto para la memoria del siglo XX, que los sepultó con apartados cibernéticos. 

  ©Ignacio Ramírez

 


Espido Freire    Irlanda

Planeta – 1998

                La reciente concesión del Premio Planeta 1999 a la joven autora Espido Freire, pone de manifiesto la existencia de una corriente narrativa plena de calidad y acierto, y lo que resulta más importante, llena de sinceridad y espontaneidad, totalmente al margen de ese otro fenómeno que bautizado como “fenómeno Mañas”, poco o nada aportó a la literatura de los años noventa.

                        Partiendo de esta premisa, y del hecho de que el Premio Planeta se halla ganado por derecho propio un lugar de privilegio tanto por lo acertado como por lo desacertado de sus galardonados, resulta ciertamente sorprendente el giro que parece querer dar en su política editorial, y digo que parece porque habrá que seguir muy de cerca cuanto esta joven autora, y otras u otros en el futuro,  publiquen a partir de la fecha, que no nos cabe ninguna duda, será en el Imperio Planeta.

                        Con todo, y al margen de la ya excesivamente reseñada Melocotones helados, he querido acercarme a Espido Freire a través de una de sus primeras obras publicadas, sino la primera, a pesar de que una y otra vez ella insista que la novela ganadora antes mencionada fue la que primero salió de su pluma. Me estoy refiriendo a Irlanda, novela de iniciación en donde se prefigura toda una atmósfera recurrente que posteriormente volcaría en su segunda novela, Donde siempre es Octubre, en donde al igual que sucediera con la Comala de Rulfo, el Macondo de García Marquel o el condado de Yorknapatawpha de Faulkner, la fantasmal Oilea se nos presenta a nuestros ojos de lectores como ese territorio mágico y mítico que tanto soñáramos en nuestra infancia.

                        En Irlanda, de alguna forma se inicia su desarrollo como escritora, y tengo que reconocer que, habiéndome acercado a ella más por la curiosidad de quien intuye que verdaderamente tiene algo que ofrecer, me deslumbró desde el principio, desde ese enigmático y premonitorio comienzo: “Sagrario murió en Mayo, después de tantos sufrimiento, y tuvo un entierro en el que la iglesia se abarrotó” (Pag. 7).  Y es a partir de tan banal acontecimiento cuando asistimos impasibles a la bajada a los infiernos de Natalia, la protagonista y hermana de la fallecida, una joven tímida y frágil que apenas ha salido de su entorno familiar, y que desde la insalvable distancia que la separa de sus primos, Roberto y la dulce Irlanda, se siente incapaz de entender las grandezas y las miserias de una vida rodeada de crueles desasosiegos. Porque en un intento por protegerla de tanto desconcierto, tanta desolación e incomprensión y tanta muerte, sus padres deciden enviarla a pasar el verano con sus primos en el campo, y será en esa estancia veraniega cuando Natalia crezca y madure a la sombra de Irlanda, la perfecta Irlanda, la incuestionable Irlanda. Pero contra todo pronóstico, será también allí donde sus sueños, sus pesadillas y por qué no, sus fantasmas más queridos, aquellos que nacen a partir del inconsciente reflejo juvenil de una vida truncada a destiempo, emerjan con toda la fuerza del mundo provocando un desenlace tan esperado como cruel.

                        En definitiva, un buen inicio para quien está llamada a ser un referente en el siglo que ya por fin comienza. Y para mi gusto, alguien a quien he descubierto como en su día lo hiciera con otras autoras. Con sorpresa, pero con gratitud.

 ©Luis García    

     


 Jorge Volpi   “En busca de Klingsor”

Seix Barral – 1999

                           En busca de Klingsor, novela ganadora del Premio de Biblioteca Breve, que Cabrera Infante denominara como de “ciencia-fusión”, toma como excusa uno de los sucesos más importantes y menos divulgados de nuestro siglo: El intento de acabar con la vida de Adolfo Hitler, y por tanto con su régimen, y el posterior golpe de estado que se había planeado en el supuesto de que el atentado no resultase fallido. Y para ello, Volpi, que se sirve tanto de personajes de ficción como históricos, utiliza a su vez como contrapunto a lo que en principio parece una novela de espionaje, una acertada y documentada incursión en la historia del proyecto alemán de fabricación de la bomba atómica. Es decir: Volpi, consciente de que la historia siempre la escriben los vencedores, establece el paralelismo alemán del Proyecto Manhattan, y la loca carrera contra el reloj a que se dedicaron vencedores y vencidos en los meses finales de la II Guerra Mundial. Se vale de un enérgico físico que arrastra el estigma de su nombre, Francis Bacon, a quien se le encomendará la misión de descubrir la identidad de Klingsor, nombre en clave tras el que se esconde supuestamente el verdadero cerebro alemán encargado del proyecto secreto, el asesor personal en materia científica del Adolfo Hitler. Y a su vez Bacon se habrá de servir de lo poco que aún parece quedarse en pié en una Europa devastada por el fin de la contienda: la memoria viva de un matemático de segunda fila que mantiene el privilegio de haber sido conspirador en el atentado, y de haber conocido a los mas grandes sabios de la Alemania nazi. Pero Klingsor, como iremos descubriendo a medida que avancemos en la novela, es algo más. Es la auténtica piedra filosofal de este final de milenio por el que habrán de pujar americanos y soviéticos en lo que a simple vista parece ser uno de los primeros episodios de la Guerra Fría. La literatura, tan acostumbrada a inmiscuirse en los terrenos de la mitología, tiende aquí una mano al enigmático Merlín, y, como hiciera aquel con su Rey Arturo, también éste decide, aparentemente, desaparecer sin dejar rastro, y condenarse a un voluntario ostracismo alejado de las posiciones maniqueas de sus jefes. Conviene reflexionar que la literatura, ajena a las vicisitudes de la historia, acostumbra a moverse cómodamente  en el terreno de la leyenda. Porque leyenda es, al fin y al cabo la historia de Parsifal, tan pedagógicamente explicada por el oscuro Gustav Links, y la búsqueda del Santo Grial. Es entonces, y sólo entonces, una vez iniciada tan mediática búsqueda, cuando en un giro que sorprende por su complejidad narrativa la novela decide tomar vida propia al margen de sus personajes y dirigirse hacia múltiples direcciones para así, en una sucesión entrópica que a veces nos remonta a la teoría del caos, vamos conociendo de primera mano las conexiones de una conspiración que pretendió cambiar el curso de la historia acabando con la vida del Führer, las peculiaridades de las Sociedades Secretas que ya antes de la instauración del III Reich abogaban por la exaltación de una raza superior, la aria, la alemana, y la propia idiosincrasia de quien presuponemos se esconde tras tan artúrico apelativo, que no es otro que quien hace de anfitrión en la novela.  

                        Con una perspectiva histórica ciertamente encomiable, aunque de dudosa objetividad, Volpi va tejiendo lentamente a través de sus 444 páginas toda una tela de araña que sólo nos puede llevar a una conclusión: no existe un Klingsor, sino miles. No hay un culpable, sino miles. Uno por cada participante activo en tan monstruoso proyecto. Y da exactamente igual que Klingsor hable alemán o inglés, ya que ambos no son sino víctimas de sus propias contradicciones. Es posible que Volpi pudiera haber hecho más hincapié en la irreflexible inmoralidad de los científicos que ganaron la guerra, sobremanera de algunos pacifistas como Einstein, encargado de llevar adelante el Proyecto Manhattan en sus comienzos, en vez de demonizar a los Heissenberg, Stark, etc, quienes a fin de cuentas no hacían nada diferente a sus colegas del otro lado del Atlántico. Pero no es más que una novela de ficción, y como tal, debe de tratada.

                                En definitiva, En busca de Klingsor es una novela que entretiene de principio a fin (si acaso, al finalizarla uno tiene la sensación de que con unas cien páginas menos hubiera ganado en intensidad) sobretodo por lo atrayente de lo que en ella se nos narra. Y aunque en ocasiones pueda parecer una novela de espías, o policiaca, en ningún momento nos deja indiferentes, ya que por encima de todo planea un trasfondo filosófico, la inevitable lucha del bien contra el mal, que lleva a cuestionarnos las implicaciones que la ciencia adopta para con nuestra propia vida.

 ©Luis García    

     


 

José Luis Sampedro         El amante lesbiano

Plaza y Janes - Madrid - 2000

 Un regreso esperado

                          José Luis Sampedro ha regresado a la novela, lo cual de por sí debería de ser motivo suficiente de alegría entre todos cuantos de una u otra manera seguimos su trayectoria literaria. Y lo ha hecho a lo grande, desde la incertidumbre de quien se siente seguro en la atalaya de sus ochenta años, plenos de vitalidad intelectual y por qué no, humana. Posiblemente habrá quien verá en El amante lesbiano una especie de testamento literario, algo así como su definitivo epitafio intelectual. Craso error, sobremanera si nos atenemos tanto al continente como al contenido de la obra, y si nos paramos por un instante a observar la rebosante vitalidad que demuestra Sampedro en todas sus entrevistas públicas.

                        Pero El amante lesbiano viene eso sí, a llenar un vacío que a veces se nos podía antojar como necesario, habida cuenta que va a resultar difícil el encontrar dentro de la abundante oferta literaria actual una novela tan valiente, tan innovadora y tan plena de actualidad como esta.  Y Sampedro, asumiendo los riesgos propios de quien tiene poco o nada que perder en literatura, y por extensión en la propia vida, ha decidido lanzarse a la arena con la gesta travestida de un personaje de ficción pleno de interés, por cuanto no hace sino indagar en uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad: la homosexualidad, la bisexualidad o la ambigüedad sexual como paradigma de la humanidad. Así, lentamente, va construyendo una historia que a la vez supone todo un manifiesto a favor de la libertad sexual, y como no, del individuo en cuanto persona que siente, que sufre y padece. Los titubeantes comienzos de Mario, su protagonista, - su malograda adolescencia, el fracaso de su matrimonio -, no hacen sino ahondar un poco más en su peculiar frustración, que no es sino la de todos cuantos seguimos su trayectoria. Porque aun a riesgo de que se pueda malinterpretar, es relativamente sencillo el identificarse con él, y con "su problema".

                        El amante lesbiano resulta a veces una novela psicoanalítica, o "ipsoanalítica", como a Sampedro le gustaría decir posiblemente. Y así, mientras observamos lentamente a medida que pasamos las páginas la peculiar transformación de Mario en Mirian merced a la inestimable ayuda de quien lo fue todo para él, o para ella, Farida, intuimos el carácter andrógino de su creador y de todos nosotros, en unos tiempos marcados inevitablemente y para siempre por el pensamiento único, la terapia única y como no, el sexo único.

                                Novela sobria y espléndidamente construida, no cabe duda que dará que hablar entre los mentideros mal llamados intelectuales de este país. Y sino, al tiempo.

 ©Luis García  

     


    Kiran Desai     "Alboroto en el Guayabal"

Emecé Editores - 1999

 ¿Existe un boom de la literatura angloindia?

                                    La reciente publicación de la novela  Alboroto en el Guayabal, de la autora angloindia Kiran Desai, pone de manifiesto la existencia de una literatura bastante desconocida entre nosotros que bien por cuestiones coloniales, bien por razones culturales, entronca con la tradición literaria europea, y más concretamente con la inglesa. En palabras de Salman Rushdie, dicha existencia literaria "es la prueba más evidente de que el encuentro de la India con la literatura inglesa, lejos de haber desembocado en un fracaso, continúa dando vida a nuevos hijos, dotados de abundantes talentos".  Kiran Desai representa, por tanto, junto a Arundhaty Roy, la voz más joven y más actual  del llamado boom de la narrativa angloindia.

                                            Ciertamente, Alboroto en el Guayabal  es una novela plena de humor e imaginación, capaz de construir una historia de principio a fin de una forma original. La picaresca existencia arbórea del joven Sampath Chawla, su protagonista, quien habiendo nacido en el seno de una familia un tanto particular, y no pareciendo por tanto, a medida que avanza la novela, destinado a conseguir grandes cosas en la vida, sobre manera desde su puesto gris del Departamento de Correos, recuerda inevitablemente a la de Cosimo Piovasco di Rondò, el peculiar personaje de El Barón Rampante, de Italo Calvino, que también decidiera en su momento, éste en el siglo XVIII, subirse a un árbol para nunca más bajar de él. Pero no es esta la única coincidencia que podemos establecer entre las dos obras. Como El Barón Rampante, Alboroto en el Guayabal pasa por ser una novela ambiciosa y experimental, quizás debido a la juventud de su autora. Como en El Barón Rampante, el desarrollo literario cede todo el protagonismo a su personaje: Cosimo, entonces, vivió la Ilustración en todo su esplendor, se carteó con los más claros cerebros de la Europa de las Luces y fue testigo de cuantos acontecimientos se desarrollaron en su siglo. Aunque el joven Sampath Chawla sólo se subió en un principio a un árbol a meditar, el desasosiego y la falta de interés por cuanto le rodea unido a la información secreta que posee de sus vecinos, información obtenida generalmente de una forma puramente casual, lo convierte en una especie de santón y a su nueva morada, en la Meca de un sinfín de inocentes peregrinos deseosos de orientación espiritual, convirtiéndose de esta forma Alboroto en el Guayabal en una fábula narrada con humorismo e imaginación,  en una novela plena de humor cuya irónica mirada sobre la realidad de La India supone una mordaz radiografía del hombre contemporáneo y una magnífica alegoría del comportamiento humano en temas tan universales, transcendentales y eternos como el amor, la familia y las relaciones personales.

             Alboroto en el Guayabal resulta por tanto un libro brillante, en la medida que nos muestra  aquello que tenemos en común. Después de todo, la gente sólo es diferente en apariencia, de hecho, todos solemos actuar de idéntica forma cuando estamos ante situaciones de presión. Adorando a Santones eremitas subidos a los árboles, o comprando libros para mejorar nuestra autoestima, nuestra uniformidad desconoce las fronteras, por lo que es fácil apreciar en la obra la fresca ironía que llega a provocar la confrontación, especialmente cuando la creación de un supuesto escándalo, rompe la monotonía de nuestras vidas.

             Nos encontramos por tanto, ante una nueva manera de entender la literatura, nada desdeñable y tremendamente curiosa. Una literatura novedosa, desconocida y de construcciones sencillas, aunque de complejos trasfondos, llena de hilaridad, sabiduría e inesperada poesía. Y una literatura, que está llamada sin lugar a dudas a mayores logros de los actuales, y que también probablemente, dará próximamente nuevos talentos. Quizás sea necesario reflexionar sobre nuestra propia existencia para estar en disposición de entender por qué un loco que se sube a un árbol, y que decide no bajar de él, se convierte de la noche a la mañana en una especie de divinidad a quien todos respetan y admiran.

©Luis García  

     


 José Saramago     La caverna

Alfaguara - 2001

                                 A vueltas con el mito

Nada más acertado para rescatar del olvido a autores y textos tan fundamentales en nuestra formación como lectores y escritores, que esta oportuna novela del escritor portugués  José Saramago, con la que de alguna manera cierra la trilogía formada por Ensayo sobre la ceguera y Todos los nombres.

Estamos sin duda ante  uno de los escritores más denostados por unos y más admirados por otros. José Saramago ha sabido desde su voluntario exilio, no el físico en Lanzarote, sino el interior, aquel al que deberíamos de regresar todos de vez en cuando para reflexionar sobre nuestra propia existencia, aglutinar y remover las conciencias de quienes le escuchamos y leemos. Pueden por tanto los seguidores de su obra estar contentos, porque La caverna tal y como tiene configurado su propio mundo literario no es sólo una novela: es La Novela, ahora que está tan de moda hablar del partido del siglo, la madre de todas las guerras o el concierto que nunca se habrá de repetir. La caverna es La Novela porque aúna entre sus páginas además de la facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que se echa en falta en los escritores de este fin de siglo / milenio, excesivamente preocupados y enfrascados en batallas e intrigas palaciegas que poco o nada aportan al debate humano que debería de servirse desde las páginas de los diarios, y a la literatura en general. La particular batalla de Cipriano Algor contra el kafkiano y desconsolado Centro Comercial, paradigma productivo del Pensamiento Único, y la peculiar interpretación del mito de la caverna platónico, siempre es bueno rememorarlo ahora que los años de facultad comienzan a pesar en exceso, nos retrotraen a un tiempo que posiblemente ni fue mejor ni peor que el presente, pero cuando menos diferente, y por tanto susceptible de ser criticado. Porque sólo desde la educación en valores, que con el tiempo nos permitirá censurar con justicia lo que vemos, nos convertiremos en hombres libres.

            Es posible como algunos pretenden demostrar, que la tremenda equivocación de Saramago parta de que no ha sabido interpretar que los Centros Comerciales actuales son las ágoras de la antigüedad, las plazas en las que el pueblo se reunía a departir con sus vecinos. Es posible. Como también lo es que el autor se ve incapaz de escapar a su destino cuando muestra su repulsa a los sucesivos ataques xenófobos que a diario se producen en el lugar en que vive, o de escapar  (menos mal) a un pasado político marcado por su militancia comunista. Como él mismo dijo en alguna ocasión, cuanto más viejo, más crítico, y cuanto más crítico, más radical. Pero como todo en la vida, siempre sus palabras están  sujetas a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra la corriente, equivocarme cien veces y sentirme un hombre libre, antes nadar con la corriente a favor y no equivocarme nunca. Porque con la corriente sólo nadan los mediocres.

 ©Luis García  

     


 

José Luis García Martín La generación del 99

Nobel - Oviedo - 1999

                        Corren buenos tiempos para la lírica asturiana, al revés de lo que continuamente se empeña en decirnos la canción, y algún que otro crítico de sociedad, y ocasional poeta, empecinado en demostrar desde diversos suplementos culturales las carencias de nuestra poesía. (¡Cuánto mejor se dedicaba a mejorar la suya, en vez de a criticar la ajena!).

                        Lo cierto, es que no cabe ninguna duda de que corren buenos tiempos para la poesía asturiana, a tenor de la variedad de publicaciones a las que estamos asistiendo cuantos disfrutamos con el género, ya que tenemos de una parte, revistas como Reloj de arena, siempre tan cuidada en su edición, siempre tan esmerada en su selección, Solaria y ese espléndido número recién salido como homenaje al cine, Pretexto, que próximamente se despedirá con un número especial, y la siempre inefable Clarín, la madre de todas las revistas. (Con Clarín, no cabe medias tintas. O se está de acuerdo con su línea editorial, o se está en desacuerdo. Pero lo que nadie puede poner en tela de juicio, es su decidida apuesta por cuantos se acercan a sus fauces desde la inexperiencia de quien desconoce las reglas que rigen este peculiar mundillo).

                        Y tenemos, como no podía ser menos dada la variedad editorial a la que me estoy refiriendo, toda una pléyade de autores, una selección de los cuales están incluidos en la última antología del poeta, crítico y antólogo José Luis García Martín. Podríamos, ampliando horizontes, habernos referido a la poesía asturiana en su conjunto, tanto a la escrita en castellano como en asturiano. Pero a menudo, los árboles no dejan ver el bosque, y hubiéramos corrido el peligro, que por otra parte yo no me atrevo a asumir, de olvidarnos de algún nombre fundamental. El riesgo de no nombrar por olvido a uno de cuantos de una u otra forma configuran todo el espectro poético de Asturias en los últimos años es tan elevado, que he preferido circunscribirme a los autores integrados dentro de La generación del 99.

                        Así, en La generación del 99 (no hagan chistes, por favor) es posible encontrarnos con poetas de los más diferentes registros, desde Benjamín Prado hasta Javier Rodríguez Marcos, desde Lorenzo Olivan hasta la jovencísima Carmen Jodra Davo. Pero es a la nómina de autores asturianos a los que me referiré en lo que sigue. Concretamente a la formada por Silvia Ugidos, Pelayo Fueyo, José Luis Piquero, Marcos Tramón, Javier Almuzara y Martín Lopez-Vega.

                        Si un neófito de la poesía, como es mi caso, quiere acercarse a un género tan minoritario y a la vez tan dado a las amplitudes intelectuales, que mejor forma que hacerlo a partir de un libro que aúne lo mejor, y lo peor, de todos los libros. Porque no se está sobrado de razones cuando se afirma que la existencia de un "grupo asturiano", por más que sus componentes se empeñen en desmentirlo, ha pasado de ser testimonial para convertirse en un valor en alza dentro del mercado editorial. Y ya que nos estamos adentrando en los vericuetos de tamaña revelación, convendría señalar que en La Generación del 99 podrían haberse incluido muchos otros nombres los cuales no vamos a mencionar por temor a dejarnos alguno en el tintero. Porque como toda antología, esta debe de tender a ser lo más selectiva posible. Y si el criterio de selección es uno, es lógico pensar que otros muchos se hallan podido quedar en la antesala de la misma.

                        La Generación del 99 selecciona 28 poetas de los más variados recursos y de diferentes exenciones estéticas. Son poetas que cultivan la poesía "horaciana", como Javier Almuzara, la de tonos irónicos y desengañados, quizás como recordándonos a Gabriel Ferrater, como Marcos Tramón, la poesía onírica y melancólica de Martín Lopez-Vega, la sarcástica de Silvia Ugidos, la impudorosa y mordaz de Piquero y la llena de imágenes reflexivas de Pelayo Fueyo. Pero por encima de todo, son poetas asturianos, que escriben a su vez muchos de ellos en asturiano (es fácil seguirlos en el semanario Les Noticies), desde Asturias y para Asturias, por más que La Generación del 99 se halla presentado en sociedad allende nuestras fronteras. Especial mención conviene hacer al antólogo, responsable de la selección de los poetas (repito, ¿quién se atreve a discutirla?), y de la bibliografía anotada sobre la poesía española del momento, apéndice sin duda de irrefrenable valor dentro de la edición. Porque no olvidemos, aquellos que seguimos las intrigas palaciegas de la literatura española, que como en cualquier otra profesión/afición, las aguas acostumbran a bajar revueltas, y las envidias están al orden del día.

©Luis García 

     


   Luis Mateo Diez  Las palabras de la vida

     Temas de Hoy

                        El gusto por la palabra

                        Hay autores que gustan de recrearse en las palabras, en sus esquinas y en sus recovecos. Que gustan de utilizarlas como materia prima para moldearlas como arcilla o plastilina, creando figuras y mundos mágicos y disfrutando con ese ejercicio al igual que un niño lo hace con un juguete nuevo.

                        Cuando aún no se han apagado los ecos de su espléndida La ruina del cielo, sin duda una de las mejores novelas publicadas durante el acabado año 1999, Luis Mateo Díez regresa de nuevo a las estanterías de las librerías con un libro de divertimentos literarios de esos que uno gusta de tener siempre sobre la mesilla de noche.

                        Las palabras de la vida indaga en su característico mundo literario, y sirve de contrapunto a su propia dimensión como escritor. No en vano en este libro se recogen momentos íntimos de difícil catalogación. En realidad, se trata de un baúl de los recuerdos, de esos que acostumbramos a retener en las buhardillas, en donde se mezclan instantes de su infancia repleta de anécdotas con curiosas situaciones. Van desfilando de esa manera ante nuestros ojos de lector, cual mágico ecosistema ambulante, vendedores de los más variopintos artilugios, charlatanes de feria que viven de y por la palabra, ceremoniales en la cocina, cuando al calor de la lumbre uno aprendía a hablar de asuntos de mayores, y por encima de todos ellos, la nigromántica sensación de estar embaucados por la palabra como dimensión suprema de cualquier otra actividad lúdica. Porque si algo demuestra con este libro, es que como tantos otros, y me viene a la memoria en estos momentos el nombre de Daniel Moyano, el gran narrador argentino ya fallecido, Luis Mateo Díez fue antes contador de historias que escritor, precisamente porque lo vivió, lo mamó y hasta lo sufrió.

                        Mateo Díez ha emulado a sus mayores con el beneplácito de los indulgentes, y ha homenajeado a partir de esa condición, a la palabra como la materia prima sin la que sería imposible que nos deleitara con sus novelas. Por eso Las palabras de la vida se puede leer como un libro de misceláneas, que se coge y se deja con igual facilidad y soltura, y que invita a la reflexión. Porque todo libro de misceláneas, no es sino un hatillo en el que nosotros mismos vamos introduciendo nuestras referencias más queridas, nuestros fantasmas, nuestras agonías y nuestros recuerdos.

                        Relatos escritos a corazón abierto, uno siempre agradece que de vez en cuando un autor le deje ver las bambalinas de cuanto se cuece en su memoria, que a fin de cuentas es la nuestra propia. De ahí el título que da nombre a la colección que se inaugura en la Editorial Temas de Hoy: Territorio personal, colección que esperemos nos depare cuando menos autores y escritos de igual calidad que los de Luis Mateo Díez

  ©Luis García 

     


 Lorrie Moore     Pájaros de América

Emecé - Barcelona - 2000

                              La pasión por el relato

                          No es muy habitual que un primer libro de relatos desate tanto interés a medida que avanza su existencia por entre el cúmulo de publicaciones que a diario se suceden. Y no es muy habitual, porque no somos un país que tradicionalmente halla dado a la historia de la literatura autores que hallan sabido moverse entre los escuetos márgenes del cuento, salvedad expresa de Ignacio Aldecoa y de media docena más de autores, lo que nos ha impedido de siempre el valorarlo con justicia. Nuestro devenir literario siempre ha estado más próximo a otros géneros como la novela o la poesía, e incluso como el teatro.

                        Al contrario que aquí, los autores de allende los mares siempre se mostraron más proclives al desarrollo de dicho género. Así, es fácil seguir la estela de los grandes cuentistas del cono sur, de cuyos componentes algún día hablaremos en extensión. Pero hoy, he querido referirme al género en cuestión a tenor de la publicación por la Editorial Emecé de Pájaros de América, una extraña y fabulosa colección de relatos de la autora norteamericana Lorrie Moore.

                        Descendiente de la más enraizada tradición americana del relato corto, en donde nunca podrían faltar nombres como Raymond Carver, Richard Ford o el propio Faulkner, amén de Harol Brodkey, un autor sin el que sería prácticamente imposible entender la literatura norteamericana de los últimos veinte años, Lorrie Moore despliega en una docena de relatos, con una ejecución impecable desde el punto de vista estilístico, la historia cotidiana de la vida corriente americana, el día a día de ese sueño oculto del que siempre se habla pero que tan poca gente llega a alcanzar. Y para ello se sirve de innumerables registros (no en vano se dice que hay más información en un relato de Moore de la que se pueda visionar en la televisión o en el cine) y de una precisión milimétrica, a menudo obsesiva, a la hora de culminar las historias, que recuerda la labor de un cirujano en plena operación. Al margen de modas, y de implacables y desafortunados recelos que pudieran despertar alguno de sus relatos, caso de Gente así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en oncología pediátrica, Lorrie Moore estimula en el lector cuando menos interés por la historia que se cuenta, lo cual de por sí es más que importante hoy en día. El que a posteriori nos enteremos que la historia que se nos presenta es o no cierta (que lo es, como tampoco podría ser de otro modo) debería de ser secundario para la valoración del texto.

                        A menuda virtuosa, a veces ácida, pero casi siempre impredecible, Larrie Moore seguro que dará mucho que hablar en los próximos años en los mentideros literarios de un país marcado inevitablemente por la literatura teledirigida.

  ©Luis García  

     


 Fernando Marías   El niño de los coroneles

Editorial Destino - 2001

 Premio Nadal 2001

             Tras unos años de bandazos en los que parecía pasar por un período de experimentación (recuérdense Historias del Krenen de José Ángel mañas, finalista en 1995, Matando Dinosaurios con tirachinas, de Pedro Maestre, ganador en 1996, y Beatriz y los cuerpos celestes de Lucía Etxebarría, quien habría de alzarse con todo el glamour requerido en 1998), parece que definitivamente el Premio Nadal ha decidido apostar por la calidad como norma, premiando a un narrador desconocido aunque acreditado escritor de guiones cinematográficos. No es por ello que las novelas antes mencionadas careciesen de virtudes literarias. Simplemente sucede que, con todos mis respetos y salvando el caso de Mañas por aquello de haber inaugurado un género en sí mismo, dudo que sus ocasionales compañeras de viaje sean algún día objeto de estudio en los diferentes Institutos de Secundaria como ahora se llaman.

            Hay un nexo de unión que recorre El niño de los coroneles y que la empareja con otras novelas cercanas en el tiempo, e igualmente ambiciosas. Todo el batiburrillo de turbios personajes, confidenciales manuscritos y engañosos protagonistas que bajo su apariencia de hombres buenos ocultan un turbio pasado en el que se mezclan los nazis, la guerra y la miseria humana, recuerda y mucho a otras hermanas no se sabe muy bien si mayores o menores (En busca de Volpi, por citar sólo una de ellas), pero cuando menos igual de generosas a la hora de plantear un enigma. Es por tanto la obra ganadora un relato espléndidamente construido que indaga desde un particular punto de vista en la miseria humana reflejada en aquellos que de una u otra forma perdieron una guerra, algo de lo que no se libra ni tan siquiera Luis Ferrer, su circunstancial protagonista, para quien su vida no es sino una sucesión de mentiras y desengaños en donde él intenta justificar el terrible crimen que comete y descubre al comienzo, y que yo no les voy a desvelar. Y ya se sabe que las guerras, cuando se pierden, siempre son injustas para los mismos.

            Un oscuro pasado sirve de excusa y contrapunto para la presentación del principal protagonista de la novela. Luis Ferrer, periodista de prestigio, recibe el encargo de entrevistar a Leonidas Foz en la lejana y ficticia república de Leónito. Allí irá descubriendo lentamente una verdad truculenta y oculta merced a los buenos oficios del benefactor anciano Laventier, quien le hará entrega de un manuscrito que en forma de diario relatará una historia que bucea en los dramáticos acontecimientos de la II Guerra Mundial. Hasta aquí y como ya he dicho, uno a medida que profundiza en la novela recuerda con gratitud los últimos premios Primavera de Novela y el penúltimo Biblioteca Breve. Novelas que giraban en torno a las usurpaciones de identidades. Lo original de El niño de los coroneles radica en la facilidad que demuestra Fernando Marías para enlazar hasta tres narraciones en una: la de Laventier, enigmático hombre de ciencia que en su día rechazará por problemas de conciencia el Premio Nóbel,  la del oscuro Victor Lars, sin duda el personaje más monstruoso, más fascinante y de mayor peso específico de la novela (¿no les recuerda un poco a Hannibal Lecter?) y la del propio Luis Ferrer, quien sólo al final de la obra descubrirá una realidad sobre sí mismo que de una manera inconsciente siempre había sospechado. La narración de los dos primeros se alterna en forma de diario, magistral cómo maneja Marías tanto la primera, como la segunda y la tercera persona. La suya propia no es sino el necesario cuerpo en el que se circunscribe la verdadera historia de la obra. Pero todas juntas configuran una diablesca aventura en la que nada queda sujeto al azar.

            El niño de los coroneles es la historia de una tragedia forjada en los años cuarenta cuando las dictaduras del Cono Sur americano se dedicaron a cobijar a cuantos criminales nazis se acercaban por sus costas. Pero ante todo es la historia de una impostura, de un engaño, de una mentira casi telúrica. Da igual el desenlace porque como en toda buena novela de aventuras prima el contenido sobre todo el contexto. Pero si algo hay que agradecerle a Fernando Marías es que haya sabido marcar el territorio desde el principio y, sin mostrar sus debilidades, nos haya enganchado con la novela de tal forma que no podemos sino devorarla tal es el ansia que nos produce.

 ©Luis García  

     


Francisco Brines  Poesía Completa (1960-1997)

Editorial Tusquets - Barcelona

                                De poesía y algo del mundo

                         Que la poesía no goza de los favores de gran público, es algo que no se le escapa a casi nadie, sobremanera si para reformar semejante afirmación nos apoyamos en la escasez de ventas de que goza el género. Algo por otra parte, que no corre pareja con el éxito popular de alguno de nuestros insignes poetas. Bueno será por tanto, que amparados por los laureles de nuestro reciente Premio Nacional, nos detengamos a releer, algunos a leer por primera vez, a uno de los buques insignia de la renovación estilística de la mitad del siglo XX en lo que a poesía se refiere.

                        Francisco Brines, a quien algunos estudiosos encuadran dentro de la Generación de los cincuenta, y otros lo postergan a la de los sesenta,  es uno de esos autores intermitentes y pausados, como las aguas del Guadiana, que une a la unidad de su obra la constancia de la continuidad.  Resulta así oportuno acercarse a él desde sus obras completas, máxime cuando se es un neófito en estas lides. Y lo resulta, porque en tales publicaciones siempre es agradable ver la mano del autor seleccionando los poemas, ordenándolos cronológicamente y hasta abriéndonos a múltiples interpretaciones. Por ello, para alguien como yo que se acerca por primera vez a un poeta, la edición de Poesía completa de Tusquets funciona como guía necesaria para descubrir a una de las figuras indiscutibles de las últimas décadas. Y aunque Francisco Brines nunca halla sido un autor de masas, quizás por su aversión hacia los medios periodísticos, conviene aprovechar la oportunidad que se nos brinda con su reciente Premio Nacional para acercarnos a las vivencias de un autor que mezcla en su poesía belleza y desgarro interior, trasparencia y desnudez, y por encima de todo una conversación que muestra el mundo íntimo de alguien que observa cuanto le rodea con ojos de poeta. Y decir eso hoy en día, es decir mucho. Sirva como ejemplo su Resumen Fantástico.

                              Hemos quemado muchos cigarrillos

                        y así se fue la vida.

                                                    Largas conversaciones,

                        y trabajos mezquinos. También breves sollozos,

                        y sucesión de cuerpos. Y esos sordos sermones,

                        insistentes. Alguna vez  fue bella.

                        Escogimos unas pocas palabras que pudieran salvarla,

                        y este mal resultado:

                        así retiene la mirada un rostro fugitivo.

                        Hoy, que ya se ha marchado, queda sólo  esta duda:

                        no sé si fue rápida

                        o demasiado lenta.

                        Y algo que no he entendido:

                        Hubo muchos bostezos.   

 ©Luis García  

     


  William Carlos Williams   Cuentos

Alianza Editorial - 2001

                    Todo un descubrimiento

             Es cierto. Nos pasamos la vida escribiendo sobre descubrimientos literarios que cuando estos se producen corremos el riesgo de que al igual  que en el cuento del lobo nadie nos crea. Pero háganlo ahora: estamos ante un auténtico redescubrimiento de la literatura americana, aunque sólo sea por lo difícil que resultaba hasta la fecha encontrar sus relatos ahora recopilados por Alianza Editorial. Los cuentos de William C. Williams, parcialmente desconocidos hasta la fecha pero que tuvieron gran éxito en los años treinta y cuarenta, no desmerecen en nada a los de otros autores coetáneos suyos que sí que gozan actualmente del favor de los lectores. Con todo, estamos ante una antología de relatos que asombra tanto por los temas que en ellos se tratan, la homosexualidad encarnada en dos amigas de la infancia que sólo en la madurez "se descubren" con pasión (El cuchillo del tiempo), las penalidades de las sufragistas (Los búfalos), la inmigración y sus secuelas en la juventud, ese eterno problema de la sociedad americana que es incapaz de ver en él la razón misma de su propia existencia, como por el punto de vista que el autor adopta a la hora de afrontarlos. Un punto de vista si se quiere poco americano, pero es que no hay que olvidar que cuando escribe y publica estos relatos, el país estaba o bien sumido en plena depresión o en la antesala de una guerra que habría de marcar a toda una generación, algo que siempre ha condicionado la visión política y social de los escritores americanos.  Escritos casi siempre en primera persona, los cuentos de William C. Williams son como bodegones de la vida diaria estadounidense en los que no sobra prácticamente ningún detalle, ninguna descripción. Son pequeños frescos cargados de atención por lo cotidiano. Así va desgranando con habilidad la idiosincrasia de un tiempo cargado de penalidades y de unos personajes a los que no les falta carga humana. 

Los relatos seleccionados mantienen un denominador común: todos adolecen de una inmediatez que ronda el éxtasis, todos terminan tan bruscamente que uno tiene la sensación en un principio que de ellos se podría haber desprendido quizás algo más de texto, y todos parecen mostrar en algunos de sus párrafos una intencionada visión literaria e incluso poética. Pero no hay que perder de vista que W.C.W. es nieto de E. Dickinson, y que de ella heredó su objetivismo ante el verso y la prosa así como uno de los más claros lemas de la literatura: no utilizar palabras superfluas, y mucho menos aún adjetivos que no revelen algo. Todo lo que hago es tratar de comprender algo con sus formas y colores propios decía Dickinson, lema que adoptaría como propio su nieto.  Y cuando digo que los relatos se cierran bruscamente, algo que es fácil de observar a poco que se preste atención en su lectura, me refiero no sólo a cómo los culmina contextualmente, sino también al desenlace que muestra en ellos. Algo que se explica en un autor que sufrió los rigores de la depresión y la escasez, pero que vio como otros más desafortunados que él, la padecían.

            El verdadero éxito de Willian C. Williams radica precisamente en esa condensación. Es capaz en apenas cinco o seis páginas de atrapar un instante, un trozo de vida como dirían algunos, y eso, más propio quizás de estos tiempos que por desgracia demandan un tipo de literatura mas rápida, resulta especialmente valioso y valiente porque no es ni más ni menos que la premisa fundamental de lo que debe de ser un cuento o relato corto. 

 ©Luis García

     


Varios autores   No hay dos sin tres (Historias de      adulterio)

Editorial Páginas de Espuma - 2000

 Promiscua antología

 Cuando nace una Editorial, uno siempre se mantiene expectante ante la línea que pueda mantener. Páginas de Espuma, Editorial madrileña de reciente fundación, nace con una clara voluntad conciliadora y lo hace por la puerta grande, como los toreros y con un género que precisamente por ser menor siempre estuvo desatendido, aunque bien es cierto que últimamente goza de buena salud. Tres volúmenes configuran sus comienzos dentro de la narrativa breve: Rumores de mar sobre relatos de la mar, No hay dos sin tres, sobre historias de adulterio y Cuentos de trenes, sobre relatos que tienen al tren como excusa. Los tres prologados por insignes escritores, lo que hace aún más atractiva la colección de Narrativa Breve. Dentro del volumen No hay dos sin tres nos encontramos con autores de la talla de Antonio Muñoz Molina, Mario Benedetti, o Juan Carlos Onetti, por citar sólo a algunos de ellos. Son historias que entremezclan la fina ironía con la tragedia, lo cotidiano con lo trascendente, no en vano Sergio Pitol, quien además de firmar uno de ellos, también lo hace con el prólogo, hace especial mención al mito de Helena y Paris y a la tragedia de Troya, que por extensión es la de cuantos amamos y sentimos la literatura como un reflejo de nuestra propia existencia. Porque el espejo puede jugarnos una mala jugada, o el inconsciente mostrase irreconciliable con nuestro otro yo, porque todos, absolutamente todos tenemos un Doctor Jekyll, o un Hyde, que tanto monta- monta tanto, ocultos, y porque el mito de Don Juan es tan antiguo como las cornamentas propias y ajenas, nace esta Antología para hacernos sonreír, Entre las doce y la una de Quim Monzó es una muestra de talento y sorpresa que debería ser de lectura obligada, con la idea de recordarnos que siempre hay un mundo paralelo al que generalmente vivimos, que mantiene sus reglas propias y que se sostiene por las mismas razones por las que ha llegado hasta nuestros días la desenfrenada pasión de Helena y Paris, causante de una de las Guerras de Troya. ¿Alguien da mas?.

   ©Luis García  

     


Alvaro Mutis  De lecturas y algo del mundo

 Seix Barral - Barcelona - 2000  

La reseña literaria como género independiente

                        No se puede decir que la obra literaria del autor colombiano Alvaro Mutis sea escasa en extensión y contenido, y mucho menos que no sea lo suficientemente interesante como para no dedicarle unas líneas en los suplementos literarios. Sin embargo, no cabe duda que el hecho de haber desarrollado su carrera a la sombra del "otro colombiano", es decir, a la sombra de Gabriel García Marquez, debió de mostrarse en su momento como una losa insalvable, como una pesada carga que habría de arrastrar durante toda su vida.

                        Alvaro Mutis no formó parte del boom de sus maestros, aunque estuvo lo suficientemente cerca de él como para resultar afectado por sus influencias. De ahí que hasta la concesión del Príncipe de Asturias de las Letras, su obra no comenzara a ser popularizada, algo parecido a lo que le ocurriera a Juan Rulfo, por poner otro ejemplo de escritor semiclandestino.

                        Un amigo mío, poeta y crítico literario, dejó escrito la diferencia que algunos pretenden establecer entre "reseña y crítica académica". Así, la crítica académica siempre consideró a la reseña un género menor, (craso error) precisamente por estar destinada al medio periodístico. Nada más alejado de la realidad si nos dejamos imbuir y atrapar por la lectura de De lecturas y algo del mundo.

                        De lecturas y algo del mundo, que en realidad son dos libros en uno, recoge por separado una selección de sus artículos periodísticos y reseñas de libros y autores que se remontan desde sus inicios como escritor hasta nuestros días. En De lecturas es fácil encontrarse con autores desconocidos como Enrique Molina, poeta argentino de quien se decía que sin proponérselo disputaba a Borges el lugar del "más importante poeta de la tierra", o los poetas brasileños Ledo Ivo y José Lins do Rego, compartiendo mantel, cuchillo y tenedor con Pablo Neruda, Octavio Paz, Alvaro Cunqueiro o Constantino Kavafis, de quien Alvaro Mutis se pregunta "a que se debe el éxito reciente de su poesía". Colateralmente, Mutis nos recuerda sus autores preferidos, aquellos que le forjaron como lector y por qué no, como escritor, entre los que se encuentran W. Faulkner de quien comenta y reseña Luz de Agosto y Santuario, Marcel Proust o Cervantes, cuyo Quijote sigue considerándolo como su libro de cabecera por encima de todos los demás.

                        La segunda parte del libro, Algo del mundo, lo configuran pequeños ensayos que recogen su particular visión de un mundo a veces pesimista, a veces tajante, pero siempre repleto de perfiles de estadistas a los que mentar o recordar (dedica dos artículos al Rey  Don Juan Carlos, lo que invita a pensar de sus convicciones monárquicas, y una más que discutible admiración por la figura del zar Nicolás II, al que califica de mártir) o de sucesos que todavía permanecen en nuestra memoria. (La Islas Malvinas, el terrorismo etarra o la despersonalizada forma de vida estadounidense son algunos ejemplos de ello). Todo ello mezclado con una más que aparente concepción apocalíptica de la vida que le lleva a mostrar un pesimismo radical precisamente en sus artículos no literarios.

                        En definitiva, una brillante manera de acercarse no sólo a la obra de uno de los baluartes de las letras sudamericanas del momento, sino a lo que piensan, sienten y padecen cuantos en aquellas tierras viven a diario con un destino que la mayor parte de las veces les resultó esquivo. Y una forma más que interesante de repasar de la mano de Alvaro Mutis la actualidad literaria y social de cerca de cincuenta años de nuestra historia.

José     © Luis García

                     


Antonio Colinas   El crujido de la luz 

Edilesa - León - 2000

 

                                  Eterna incandescencia

                        El crujido de la luz, es el crujido de la nieve cuando se pisa. Con esa definición que de por sí explica todo un libro, presenta su última obra el poeta bañezano Antonio Colinas, y por extensión, con esa exposición nos hacemos una idea aproximada de con lo que nos vamos a encontrar a continuación. Un libro de memorias, un libro de recuerdos, un libro en definitiva de misceláneas cotidianas que nos retrotraen a nuestra propia infancia.

                        Luz y nieve forman una sinergia envidiable en alguien que aún se siente tan cercano a la pureza (entendida ésta en su acepción más heterodoxa). Es decir, en alguien que aún se vé como un niño, sobretodo como uno de aquellos que tuvieron la fortuna de contemplarla por primera vez en todo su esplendor dentro del ámbito rural. Luz y nieve conforman una especie de "quinto elemento" que evoca recuerdos y narraciones poéticas de primer orden que invitan a la reflexión, cuando no a la nostalgia. Porque, si bien es cierto que todos en algún momento de nuestras vidas hemos visto y hasta jugado con ella, nunca posiblemente nos habíamos parado a reflexionar sobre las connotaciones que trae consigo el hecho de que un año tras otro, un crujido tras otro, el invierno y la cellisca como expresión manifiesta del mismo, de paso paulatinamente a la madurez.

                        Así, El crujido de la luz se circunscribe en ese curioso grupo de libros de difícil catalogación, a medio camino entre las memorias íntimas, las reflexiones sobre la infancia, y el recuerdo de lo mundano que casi siempre suele ser lo más real, lo más cercano y también lo más entrañable. Algo que ha sabido recoger acertadamente Ediciones leonesas, Edilesa, empeñada en recuperar en una misma colección a la nutrida nómina de autores leoneses desperdigados por el territorio español. Fue así como nacieron Los libros de la candamia, como fiel reflejo de un postulado literario alejado de cualquier localismo.

                        El crujido de la luz es un hermoso libro (habría que resaltar la belleza de la edición) que se coge y se deja con ternura  porque invita a la reflexión. Plagado de símbolos purificadores y prolongador de una niñez prematuramente desposeída para su autor, que es tanto como decir para nosotros mismos. Porque si alguna vez fuimos niños, y seguro que lo fuimos, si en algún momento nos recordamos como aquellos adolescentes que emborronábamos las libretas con nuestros balbuceos poéticos, este sin lugar a dudas será el libro que nos ayude a rememorar que hubo un tiempo maravilloso, en el que la nieve crujía cuando se pisaba, precisamente al calor de la luz.  

  © Luis García

                    


Margaret Atwood  Asesinato en la oscuridad

Ediciones KRK - Oviedo-1999

Si hay algo que de alguna forma configura la última obra narrativa publicada en castellano por la editorial ovetense KRK de la autora canadiense Margaret Atwood, es su inestimable aportación a la idea de que la literatura va intrínsecamente unida a la autoestima del escritor. Quiero decir con esto, que no es, por mucho que se lo proponga, una autora convencional, si en tal concepto integramos a todo aquel, aquella autor/a que nos ofrece invariablemente cada dos años una nueva obra literaria, y que gusta de jugar al gato y al ratón con los grandes grupos editoriales en función de la minuta que le ofrezcan en cada momento.

Ella no. Ella gusta de encabezar cruzadas casi perdidas, como la que la llevó en 1992, cuando su prestigio como escritora había traspasado las fronteras canadienses, a publicar una colección de relatos en una pequeña editorial que por entonces pasaba por serias dificultades financieras, pero que tenía a bien haber apostado por ella en 1983, y haber impulsado modestamente la obra poética y experimental de infinidad de autores nacionales. Sirva este comentario como reconocimiento público a la labor de las pequeñas editoriales, imprescindibles dentro de la vorágine editorial de un país, que a duras penas subsisten con las ayudas oficiales, pero que sin lugar a dudas suponen el auténtico vivero de escritores del que posteriormente se habrán de nutrir los grandes grupos. Por suerte o por desgracia, son estas pequeñas editoriales las que se encargan de editar esos textos llamados "raros", plagados de divertimentos literarios y de ejercicios de estilo, como el libro que traemos a colación.

Margaret Atwood no es una autora fácil de leer, y aunque algunos, generalmente críticos la hallan encasillado dentro del "género negro", demuestra tener un oficio que va mas allá de lo que a veces se contempla en dicha disciplina literaria. ¿Quiere esto decir que es el "negro" un género menor?. Indudablemente no. La historia de la literatura universal ha dado muestras más que suficientes de ello, y ha creado de esa forma personajes tan endiabladamente verosímiles e incuestionables como el mejor Bloom. de James Joyce, comparable al Maigret de Simenon o a Tom Ripley de Patricia Highsmith.

Pero el libro de relatos, Asesinato en la oscuridad, va mas allá de lo que comúnmente conocemos como una obra literaria. No se trata de una novela, al menos no como la entendemos actualmente en donde prima más la labor de publicidad mercantilística que la propia calidad del texto impreso. Tampoco es un libro de aforismos al uso (definir sus peculiares juegos como tal sería un error). Se trata de un conjunto de guiños literarios, en el que, como las especies de un buen guiso, una serie de condimentos elegidos muchas veces al azar, pueden resultar imprescindibles para que el resultado final sea el óptimo.

Asesinato en la oscuridad es un libro con abundantes referencias míticas, entendiendo por tales toda una serie de cuentos tradicionales, que sacados de contexto y trasladados a la época actual, muestran toda la sátira en la que se envuelve el hombre contemporáneo. Repleto de fábulas profundamente surrealistas, y cargado de ideas lapidadarias, es un conjunto de textos de denuncia de una autora quien a pesar de su edad, sesenta años, demuestra no haber perdido la fe en la utopía y en el género humano. No en vano, Margaret Atwood, consciente del momento que le tocó vivir, y profundamente enraizada en la filosofía de los años sesenta, hace una llamada al fin del desasosiego, aquel en el que feministas tan radicales como ella llevaron con escasez de miras su falta de entendimiento con el otro sexo hasta límites insospechados.

Plagado de historias de terror, de humor negro y de personajes shakesperianos, los breves ejercicios narrativos que configuran Asesinato en la oscuridad, pueden leerse por separado o de un tirón, pero siempre formando un todo integral indivisible plagado de temas tan universales y eternos como la propia literatura. Es por ello por lo que nos encontramos ante una hermosa colección de "piezas", a menudo únicas, con la que por suerte se "nos descuelga" de vez en cuando algún autor de prestigio, quizás en un último intento de mostrar el lado mas hermoso de nosotros mismos: aquel que irremediablemente conduce al país de Nunca Jamás.

 © Luis García 

     


Cristina Sánchez-Andrade 

Las lagartijas huelen a hierba      

Lengua de Trapo-2000

                                    Literatura calidade

Hay un momento en la lectura de la opera prima de Cristina Sánchez-Andrade, escritora gallega afincada en Madrid, en que tuve la sensación de retrotraerme a otro tiempo, cuando mucho más joven (no es que sea viejo, pero tampoco me parece ni el momento ni el lugar para desvelar la edad) aunque igual de impulsivo que ahora, descubrí como por casualidad a otra autora, también Cristina, aunque de apellido Fernández Cubas, que supo transmitirme ese halo de misterio que sólo está reservado a los elegidos. Como entonces, ahora Cristina Sánchez-Andrade se me aparece envuelta en una aureola de misteriosa incredulidad, más propia de los autores llamados de culto. Pero es que contra todo pronóstico, despliega en sus escasas ciento cincuenta páginas una historia romántica y trágica a la vez, toda vez que nos cuesta discernir la realidad de la ficción.

Hubo una vez un tiempo, mágico y maravilloso, en que se nos quedaban grabadas imágenes y frases. En una de ellas, correspondiente a la película Vértigo de Alfred Hitcook, nos decía Kim Novak mientras fijaba su mirada en el horizonte:

 

- No me gustan los árboles.

- ¿Por qué? - le responde James Stewart-.

- Porque me recuerdan que vamos a morir.

 

En las lagartijas huelen a hierba, se produce una conversación similar, conversación que oportunamente se nos reproduce en la contraportada:

 

- No me gustas esos bichos -dice una de las viejas refiriéndose a las lagartijas-.

- Pues a mí. Son muy bonitos. ¿Te dan miedo?.

- Sí.

- ¿Por qué?

- ...

- Porque aún muertos coletean.

He intrínsicamente la autora está poniendo sobre el tapete la tragedia de una ¿familia? aletargada por un pasado tan esperpéntico como monstruoso. Porque no sabemos si las dos viejas existen realmente o son producto de la desbocada imaginación de los dos niños. Desconocemos los márgenes territoriales en los que se desenvuelve la acción, una acción tan pausada que hasta cuesta trabajo digerirla, e intuimos que efectivamente algo le sucedió a la madre de los pequeños, supuestamente encerrada en una habitación en un giro que recuerda mucho a la novela gótica Jane Eyre. Algo que sólo aciertan a conocer los dos espíritus cansinos encarnados en las dos ¿inofensivas? Ancianas. Pero lo que si sabemos con certeza, con claridad apesadumbradora, es que la realidad que se nos presenta no es sino una mala imagen invertida en el espejo, y que todos, niños, viejas, el cura, no son sino figurantes en una tragedia de incierto final. Novela que definiría como misteriosa y onírica y que invita a una segunda y pausada lectura, estoy convencido que Cristina Sánchez-Andrade dará que hablar en los mentideros literarios de este país. Y si no, al tiempo.

 © Luis García 

     


José María Merino   Cuatro nocturnos

 Editorial Alfaguara - 1999                     

 

Los "Grupos literarios", tienen la virtud, o el defecto, de mostrársenos ante nosotros, los lectores, como lo que verdaderamente son: un colectivo de amigos unidos por una pasión común, la literatura, que hace de la misma la razón primera y última de su devenir social. Generalmente todo "grupo literario" está ligado a su vez a una publicación, a una revista, y conforma lentamente con sus coetáneos una auténtica promoción, de tal forma que, rizando el absurdo, podríamos llegar a recitar sus nombres como si se tratasen de una alineación de un equipo de fútbol.

La trayectoria literaria de José María Marino, está íntimamente asociada a la del denominado "grupo leonés", colectivo variopinto de autores más o menos notables, vinculados en sus comienzos creativos a la revista "Claraboya", que tuvieron gran influencia en la década de los años ochenta sobre el denominado por aquel entonces "boom de la nueva narrativa española". Estamos hablando, como no, de Luis Mateo Díez, premio "narrativa" y de la Crítica del año 1986, de Juan Pedro Aparicio, premio Nadal, y de tantos autores que alcanzaron la inmortalidad literaria a la par que sus novelas o colecciones de relatos, el éxito de ventas. Unos autores que no por casualidad aúnan en todos sus relatos un componente fantástico en donde los sueños y los mitos se convierten en actores recurrentes e intencionados de todas obras.

Muchas pueden ser por tanto, las atracciones que nos incitan a leer un determinado libro en este desaforado y a veces despiadado mundo de las novedades editoriales. Pero como me parece recordar ya he mencionado en otras ocasiones, dos componentes se unen ineluctablemente a la hora de escoger una determinada obra para su lectura: de una parte, la fascinación de la edición, algo que por desgracia conservan pocas editoriales, y nunca las de mayor renombre. De otra, el conocimiento de la obra literaria del autor, el sedimento que nos halla podido crear a lo largo de su vida literaria.

Merino es desde hace muchos años, uno de esos autores recurrentes sin los que sería imposible entender la literatura. Y "Cuatro nocturnos", su última obra narrativa hasta la fecha, la demostración de que es un consumado maestro en el terreno del relato corto, algo que ya sabíamos sobremanera a raíz de la recopilación de "Cincuenta cuentos y una fábula".

"Cuatro nocturnos" se compone de cuatro novelas cortas, o relatos largos, en los que Merino continúa indagando tan ambiguamente como en sus anteriores obras, en sus temas predilectos. Lo fantástico como espejismo de la más honda y más cruda realidad en "El mar interior". Los sueños como explosión delirante de una oculta ansiedad en "El misterio Vallota". Lo verdadero y lo fingido, lo real y lo soñado en "La dama de Urz", y el relato más complejo de las cuatro, no sólo desde un punto de vista estilístico sino también desde el temático, "El hechizo de Isis". Un relato en el que se nos narra alternando la tercera persona -la del protagonista que cuenta la historia- con la primera -la misma historia, contada por idéntico personaje, pero desde otro punto de vista- el peculiar desdoblamiento del mismo que cree por un instante estar reviviendo un suceso similar al ocurrido quince años atrás, cuando una hermosa mujer de nombre Isis, lo inició en los vericuetos del amor. ¿Lo novedoso y original del relato?. Que no será hasta el final del mismo cuando descubra que en realidad todo fue un mal sueño, que se llevó entre medias la vida de un hermano inválido, y que tanto Isis, como su supuesta hermana gemela Laura, nunca habían existido fuera de su desbordante imaginación. Porque podemos inventarnos un amor adolescente repleto de guiños exóticos, o iniciar un viaje por el interior de nuestra identidad para vivir una aventura, que la mendiga que nos encontremos siempre será una mendiga, y Madrid, jamás podrá tener un mar.

Estamos así ante una nueva obra de ese particular universo narrativo de José María Merino. Obra cargada de simbolismos y llamada a ocupar un lugar preferente dentro de su biblioteca de autor, junto a "Intramuros" y tantos otras. Y una obra que se lee con pasión y con interés, de un tirón o de forma independiente unos relatos de otros. No en vano, "casi todos los nombres son confusos porque han perdido su alcance originario y quedan como caminos sonoros que no conducen a ninguna parte". (Pag. 81).

 © Luis García 

     


 

Daniel Moyano   Un silencio de corchea

 

1999 Ediciones KRK

A medio camino entre el "realismo mágico" de García Marquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y las actuales "líneas aéreas" de los noveles autores hispanoamericanos, existe un vacío literario, estilístico y hasta humano, conformado por una generación de creadores que, lejos de renunciar a los postulados de sus mayores, dotaron a sus novelas, cuentos y relatos, de una impronta personal que muy acertadamente denominara Augusto Roa Bastos como "realismo profundo". "Realismo profundo", frente a "realismo mágico", sin duda dos formas totalmente diferentes de entender la vida, y, por qué no, la muerte.

Estamos hablando por tanto de una serie de creadores marcados primero por la marginalidad de quienes se sienten autores de "segunda fila" por el hecho de pertenecer a "provincias", y por otra por la tragedia de la tortura, el exilio y la humillación. Son escritores del llamado interior argentino que palparon en sus propias carnes, como muy bien indicara la estudiosa de la obra de Daniel Moyano, Virginia Gil Amate, la violencia de "una sociedad dividida entre una capital prepotente y luminaria y unas provincias marginadas y ocultas bajo la sombra de aquella".

Es por tanto, que la publicación de un nuevo libro de dicho escritor argentino, siempre resulte para aquellos que tuvimos la fortuna de conocerle personalmente un motivo de alegría, porque de alguna manera entendemos que dicho acto no hace sino resarcirnos de una injusticia casi histórica, y equilibrar una balanza que un buen día quedara maltrecha ante nuestros ojos de lector. Pocas veces, un acontecimiento literario fue motivo, por una parte, de tanta alegría, (volvía el maestro, aquel que de alguna forma nos iniciara en nuestro andar literario), y por otra de tanta incertidumbre ante lo que Daniel había dejado manuscrito escasos meses antes de su muerte. Recuerdo, que entonces yo asistía, como uno más, a uno de los talleres literarios que él dirigía. Y también recuerdo, aunque vagamente, todo hay que decirlo, su pausado hablar y comunicarse con nosotros, sus alumnos, su entrañable confraternización, su amistad, en su más amplia extensión.

Por ello, debemos saludar la aparición dentro de la colección "Valkenburg" de la editorial ovetense KRK, del libro de cuentos "Un silencio de corchea", libro supuestamente que dejara inacabado, y en donde es posible admirar en toda su extensión, su capacidad fabuladora.

Moyano fue ante todo, como certeramente apuntara Fernando Menendez, "cuentista", que no es lo mismo que escritor de cuentos. Fiel a los postulados de Quiroga, y a su "decálogo del perfecto cuentista", concebía la creación literaria como un proceso en constante ebullición y elaboración. No en vano, muchos de sus relatos, antes de ver la letra impresa, caso del fantástico relato "Arpeggione", en donde se nos cuenta la historia de un perro melómano bautizado con el nombre de una sonata de Schubert, fueron antes leídos y contados en innumerables ocasiones a nosotros, sus alumnos, de tal forma, que nunca existía una revisión definitiva. Dicho relato que he sacado a colación, sin menospreciar por ello las historias de tantos seres anónimos que sin haberse visto nunca se reúnen por primera vez en el resto de sus cuentos, y que se encuentran incluidos en "Un silencio de corchea", aparte de tratarse de uno de los más entrañables y hermosos de cuantos le hallamos escuchado, sufrió tantos avatares en su "parto" como sugerencias le hacíamos. Y fue ante todo "cuentista" porque la oralidad era una de sus señas de identidad, algo que estaba intrínsecamente unido a su condición de autor de provincias.

Estamos ante un libro de relatos al uso de Daniel Moyano. Ciertamente, es difícil sustraerse a la cantidad de obras que a diario se publican en España, pero lo cierto es que pocas veces uno recuerda haber leído una obra tan musical, (Moyano, además, tocaba la viola) y con tanta intencionalidad fabuladora. Es por eso, que cuando conocí la existencia de un nuevo libro de Moyano, sólo se me ocurrió exclamar a modo de saludo: "Bienvenido, viejo".

 

 © Luís García 

     


 

José María Merino  Los invisibles

                     Editorial Espasa - 2000         

                                       Etérea impermeabilidad

No es esta la primera vez que José María Merino nos deslumbra con su buen quehacer literario, y posiblemente tampoco habrá de ser la última, a tenor de la madurez narrativa que despliega en Los invisibles. Pero si tuviéramos que resumir en una sola frase su última novela, y por extensión toda su particular concepción de la literatura, sería sin lugar a dudas aquella con la que comienza el relato: "Adrián no podía imaginar que aquella misma noche se iba a volver invisible".

"No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adonde vas", dijo Horacio Quiroga en su Decálogo del Perfecto Cuentista, quien de esa forma dejó escrito que el comienzo de un cuento (o novela) debía de contener en su interior toda la carga narrativa que posteriormente habría de desarrollar. Y fiel como no podía ser de otro modo a los postulados de un maestro, Merino condensa armoniosamente en ese arranque las trescientas páginas posteriores. Es posible que a algún lector le parezca aventurado semejante aseveración, pero hay que reconocer que hacía tiempo (posiblemente desde Beltenebros, y su demoledor arranque, o desde el inicio de Pedro Páramo) que un comienzo de novela resultaba tan previsible como Los invisibles.

Los invisibles resulta aparentemente una novela fácil de leer, aunque matizaría que en ella se encuentra diferentes niveles de lectura. Y digo que resulta aparentemente fácil de leer porque su estructura se organiza de una forma muy lógica y sencilla. Pequeños capítulos que nos van introduciendo en la trama y que nos involucran progresivamente en la peculiar historia de Adrián y su invisibilidad, y en la travesía "por el desierto" a la que se ve sometido a la búsqueda de su primitivo estado, que dado el carácter mágico que Merino le imprime recuerda a la del Santo Grial de la Saga Artúrica, o sin ir tan lejos en el tiempo, a la de la fuente de la eterna juventud de Luis Mateo Díez en La fuente de la edad. Por el camino va dejando algún que otro amigo, situaciones curiosas como su relación con el ciego, el único que precisamente por sus carencias sensitivas, no lo trata como un bicho raro, y un amor con reflujo adolescente al que se verá obligado a abandonar.

Es precisamente en esa frontera entre el sueño y el no-sueño, entre la realidad y la ficción, donde da comienzo la segunda parte de la novela, en donde el autor se entretiene en un curioso juego del que nos quiere hacer cómplices, aun a consta de poner en tela de juicio una de las leyes sagradas de la literatura: la verosimilitud. Adrián, ya en el mundo real, se pone en contacto supuestamente con José María Merino con el objeto de que este escriba su historia, que no es sino la de multitud de seres anónimos en idéntica situación, en la que habrá de incluir un mensaje cifrado dirigido a "los invisibles", amenazados por un serio peligro, que solo ellos podrán entender. Lo que posteriormente ocurre con este mensaje, nos lo contará en las páginas finales de la novela. Intenta de ese modo salvarles de su agonía (en el sentido más unamuniano del término) y reencontrarse con la que fue su amada durante sus tres meses de invisibilidad. Merino cuenta de esa forma la particular génesis de la novela, y la hace coincidir con un acontecimiento de primer orden: todo empezó por el contacto con una flor azulada, o rizando el rizo, por "haber probado inconscientemente la fruta prohibida". Así, se dedica a desgranar con maestría cuanto le aconteció desde el día en que conociera la existencia de una "raza" diferente en una dimensión diferente, que casualmente eran invisibles a los ojos de los humanos. Porque lo que importa no es como se volvió Adrián invisible, sino todo el glosario de anácdotas y situaciones que configuran su posterior vivencia.

¿Literatura o metaliteratura?. Lo cierto es que la novela alcanza su clímax en plena circunvalación metafísica, y se demora en una búsqueda de la existencia del propio protagonista dentro de los escasos márgenes que separan la realidad de la ficción. Surgen así espontáneamente el doble como sujeto literario, la atracción por los mitos y el desconcierto de estar viviendo la realidad.

José María Merino busca conscientemente la provocación (ya lo ha hecho en relatos anteriores, concretamente en Cuatro nocturnos) e induce a que no nos creamos todo cuanto hemos leído previamente, desde la coincidencia de quien se siente satisfecho con el trabajo bien hecho y de quien opina que la literatura ni empieza no acaba con una obra sino que continúa viva mucho más allá de sus propios dominios.

  © Luis García 

     


 

Cristina Fernández Cubas El columpio

Tusquets - Barcelona - 1995    

                      

Ya me he referido en una reseña anterior, a la autora Cristina Fernández Cubas, como una de las proyecciones más lúcidas de la literatura española del último cuarto de siglo. Concretamente, fue con motivo de la publicación de Hermanas de sangre, una obra de teatro innovadora en la que aquellos que veníamos siguiendo su trayectoria, pudimos contemplarla una vez más en plena madurez literaria.

Pero me parecía obligado rendirle un nuevo tributo, aunque sólo sea porque mi recorrido como "reseñista" se remonta en el tiempo a una cercanía que se me antoja insalvable. Así, creí verme en la obligación moral de hablar, que no de reseñar, la que a mi juicio considero no sólo su mejor obra, sino una de las más logradas que halla podido dar la literatura. Me estoy refiriendo, por supuesto, a El columpio.

No resulta Cubas a simple vista una autora fácil de leer. Y no lo resulta, porque dentro de su particular ecosistema han encontrado cabida todos aquellos elementos destinados a mayor gloria que la que en principio se nos ofrece. Es decir. Cristina Fernández Cubas podría posiblemente haber utilizado otros recursos estilísticos, e incluso temáticos. Y también probablemente, caso de que su literatura se hubiese orientado por los derroteros que experimentaban otros autores coetáneos suyos en sus comienzos, su obra podría haber sido más abundante. Pero también, probablemente, más mediocre.

Pero no. Cristina Fernández Cubas, fiel a sus postulados, y a una manera de contar que está íntimamente enraizada con los grandes narradores de relatos cortos de finales del siglo XIX, continuó construyendo su obra ajena a los "saraos" literarios y desde la soledad de quien adoptó una postura vital ante la vida que se refleja en sus relatos. Y en medio de ella, como una exhalación, surgió en el mejor momento de los posibles El columpio. Referirse a ella como una novela, no deja de ser un eufemismo, y hacerlo como un relato largo, un disparatado acertijo. Así que lo haré como la obra que a muchos autores españoles les hubiera gustado contar. ¿Por qué?. Por la historia elegida, por el perfil de los personajes en ella representados, y por el sorprendente desenlace, que rayando lo onírico nos envuelve en una atmósfera de seducción de la que nos vemos imposibilitados para salir.

La historia resulta a priori sencilla. Una mujer, que en un momento dado de su vida atraviesa una delicada situación merced a la muerte de su madre, decide saldar una vieja cuenta con su pasado y visitar el pueblo de su infancia materna, para de paso conocer a sus dos tíos, Tomás y Lucas, y a su primo, Bello, tres siniestros personajes de quien tan poco sabemos como la protagonista, A partir de aquí, la trama se complica cuando lentamente, y a medida que avanza la obra, va intuyendo que su propia existencia está íntimamente relacionada con la memoria colectiva de sus familiares, que difícilmente podría salir a la luz si no fuera porque alguien externo, ella en este caso, se introdujo en sus vidas desiquilibrándolas peligrosamente. Cubas se dedica a ir tejiendo lenta y pausadamente toda su particular tela de araña en la que no podrían faltar los rencores acumulados por tantos años de ausencia, la precipitada marcha de su madre para casarse con "el francés", alguien a quien tan sólo conoceremos por referencias, y como apunté ya en alguna ocasión, un secreto tan bien guardado como mal iluminado por la tenue luz de bombillas de quince watios, que no hará sino retrotraerla a las infancias de unos niños que sólo conocían la vida en su vertiente más onírica, que generalmente también suele ser la más real.

Pero el verdadero éxito de Cristina Fernández Cubas en El Columpio es haber sabido plasmar como nadie los sueños de nuestra infancia, los recuerdos de nuestra adolescencia e incluso las pesadillas de nuestra pretendida madurez. Y haber sabido transportarnos, sin quererlo, a ese otro mundo desconocido y mágico que siempre, queramos o no, se encuentra oculto en el otro lado del espejo.

 © Luis García 

     


 

Cristina Fernández Cubas Hermanas de sangre

 

   Tusquets Editores - Madrid 1998                 

Durante el verano de 1981, y siempre dentro de las obligadas lecturas que me marcaba en las vacaciones, tuve la agradable fortuna de descubrir a una desconocida autora de relatos que, lejos de venir avalada por premio alguno, había sido capaz de crear un universo rico en vicisitudes y desconciertos, mas cercano si cabe, a los autores de literatura fantástica del XIX, o principios de los años veinte.

Eran relatos deslumbrantes, de desasosiegos y penumbras, en donde lo onírico, lo mágico, y lo conceptual nos recordaban al mejor Allan Poe posible, nos remontaban a Chesterton, o nos imbuían de toda una pléyade de ímcubos y demiurgos cercanos a nuestras propias fantasías. Aquel libro de relatos, que aún conservo con cariño habría de marcar a mi juicio un antes y un después dentro de la literatura fantástica española, porque si bien estábamos ante una autora ya no tan joven, (por aquel entonces contaba con treinta y cinco años), no cabía ninguna duda de que sus referentes mas cercanos no podían ser otros que los que ella misma había sido capaz de aglutinar en su memoria.

A aquel primer libro de relatos, titulado "Mi hermana Elba", le siguió posteriormente "Los altillos de Brumal", que leí con la avidez de la curiosidad, sensación que paulatinamente fue dejando paso a la admiración. Pero lamentablemente, no era Cubas una autora que se prodigara en exceso, y sus libros aparecían con cuentagotas. Llegaron con el tiempo así "El año de Gracia", su primera obra larga de extensión, que no de contenido, "El ángulo del horror" y "Con Aghata en Estambul", dos nuevos volúmenes de relatos cortos, tan desbordantes de imaginación como sus predecesores, y "El columpio", a mi juicio, una de las mas fascinantes novelas cortas que halla podido dar la literatura española en los últimos veinte años, que no son pocas. Y nuevamente, el silencio.

Confieso por ello, que a la mitómana alegría de una próxima publicación, se le unió un cierto desconcierto al comprobar que ni se trataba de un libro de relatos, ni de una novela. Cristina Fernández Cubas había decidido adentrarse en los vericuetos terrenos del teatro, con todo lo que de dificultad trae consigo. Pues si bien, pudiera parecer un género aparentemente asequible, observación que pudiera extenderse a la poesía, se trata sin lugar a dudas de uno de los más complejos por cuanto el autor se vé en la obligación de dominar elementos ajenos a los habituales en la creación literaria, como el tiempo y el espacio en el que se desarrolla la acción.

Leí por tanto, "Hermanas de sangre", con el temor adolescente a recibir un desengaño, y entre bambalinas he de confesar que no sólo no me defraudó, sino que mi admiración por Cristina se vió un tanto acrecentada.

La historia, engancha desde el principio: Siete amigas, pertenecientes en su infancia mientras coincidieron en un Internado a un extraño club que respondía al sobrenombre de "Las tarántulas", reciben, cerca de los cuarenta años, en plena madurez profesional, y hasta sexual, algo que se encuentra implícito desde la primera escena, una curiosa citación para celebrar una comida de hermandad, durante el transcurso de la cual, visionaran una vieja película en la que unas niñas, ellas mismas con treinta y cuatro años menos, habrían de reescribir su futuro con sangre. Aparentemente, hasta ahí, todo transcurre con normalidad. Las cosas comienzan a torcerse, cuando a medida que transcurre la obra, afloran desde diferentes ángulos sus propios fantasmas, sus temores más recónditos, y ... un secreto, un trágico suceso que las había mantenido unidas inconscientemente durante toda su vida, hermanadas en la tragedia, y que como si de un fichero oculto de un disco duro, o de un virus informático se tratase, reaparece ahora con fuerza removiendo la memoria colectiva y las conciencias de sus poseedoras, y retrotrayéndolas a un tiempo y a un espacio en el que todo resultaba mucho mas sencillo, porque todo quedaba registrado en los viejos anuarios del Internado. "Aquel año no hubo boletín. Ni fotos. Ni resumen del Curso anterior" (Pag. 74). "...Borraron todo un año del calendario" (Pag 75). Lo que había comenzado como una reunión de viejas amigas, cada una con su singularidad ateniéndose a la posición social que ocupan en ese momento, se convierte lentamente en una reunión en la que afloran sus rencores, sus envidias y sus frustraciones, imprimiendo de tal forma un giro vertiginoso a una noche iniciada treinta y cuatro años atrás, y convirtiéndola en una catarsis colectiva de incierto final, configurando con todo ello una obra de teatro digna, que hubiera perdido mucho de su fuerza interior si se hubiera concebido como novela o como relato corto.

Cierto es que toda la obra narrativa de Cristina Fernández Cubas adolece de un esquema narrativo similar, con idéntico hilo conductor. Y no menos cierto resulta el que sea una autora de difícil encasillamiento, que nunca gustó de los laureles del triunfo escénico, si por tales laureles entendemos los diferentes premios que jalonan nuestra "piel de toro". Sin remontarse mucho mas atrás, la novela "El columpio" encerraba entre sus páginas un perturbador secreto tan bien guardado como bien desarrollado, y posiblemente hubiera sido llamada, si se lo hubiera propuesto, a mayores éxitos de los conseguidos. Y algo parecido ocurre con su "Hermanas de sangre", en donde el secreto se nos presenta con toda la verosimilitud propia de quien ha conseguido dominar como pocos los resortes de la literatura fantástica, esté esta escrita en forma de novela, relato corto, u obra de teatro. Pero lo mas probable, es que tengamos que esperar a su bautismo escénico, si es que se produce algún día, para valorarla en toda su extensión.

 © Luis García 

     


Manuel de Lope  La sangre ajena

 Plaza & Janés - 2000

La Guerra Incivil

Primeros días de Julio de 1936: Julen Herraiz, capitán republicano, cae abatido por las balas frente al pelotón de fusilamiento casi al mismo tiempo que su mujer, Isabel, comienza a notar como crece en su vientre su futuro hijo, y que la joven María Antonia Etxarri es violada en la habitación de una venta por un sargento de requetes. Dos mujeres anónimas y aparentemente sin filiación alguna, salvedad expresa de que ambas viven la crueldad de unos tiempos dramáticos. Dos vidas jóvenes. Dos destinos definitivamente unidos con sangre merced a un conflicto tan cruel como desasosegante, la guerra civil. Dos historias paralelas destinadas a confluir en un punto y que configuran dos mundos diferentes pero una única realidad: la de aquellas mujeres que sufrieron en carne propia La sangre ajena de sus mayores.

Isabel, viuda del capitán republicano Julen Herraiz quien ausente "habría de recordar su luna de miel algunas semanas después de su boda delante del pelotón de fusilamiento" (que imagen tan bonita, que sincero homenaje a ese otro Coronel de nuestra literatura), ya siente en su vientre el fruto de su amor y de su placentera estancia en Biarritz, mientras en otro lugar, María, nunca podría suponer que acababa de unir su destino a ella para siempre.

Con una lentitud que a veces puede resultar exasperante, Manuel de Lope construye una nueva novela sobre el dolor y el sufrimiento de quienes padecieron la guerra, y sobre la memoria colectiva de unos seres anónimos en los que sus recuerdos deambulan parsimoniosamente a la par que su ligazón. Y por encima de todo, escribe una historia sobre un pacto tácito sellado con la sangre malograda de quienes se sintieron por igual víctimas de un tiempo tan ajeno a sus propias vidas como la que derramaron para crearlas. Sólo la llegada del joven Goitia muchos años después, nieto ilegítimo de Isabel, nieto biológico de María Antonia, servirá para revolver las conciencias de quienes fueron testigos de un inconfesable secreto y para empañar una vejez más que desconsolada en el anciano e inválido doctor, auténtico eje de la obra y sobre quien recae todo el peso narrativo, que un buen día las atendiera en sus respectivos partos, y cuyo silencio está intrínsecamente unido al de ambas.

Manuel de Lope, después del paréntesis que supuso Las perlas peregrinas, novela con la que se alzaría con el Premio Primavera de Novela 1998, se interna de nuevo en plena contienda civil, y en ese universo tan característico que ya mostrara en Bella en las tinieblas, para entregarnos una de sus más logradas novelas. A su juicio, aquella por la que le gustaría ser recordado en el futuro. Pero por encima de todo recrea el paréntesis generacional de un tiempo en la España actual, para demostrarnos que nunca, por mucho que algunos se empeñen de lo contrario, unos hijos, o nietos como es este caso, pueden ser responsables de lo que en su día hicieron sus mayores.

© Luis García 

     


 

Augusto Monterroso La vaca

Editorial Alfaguara - 1999            

Hay un momento en la lectura de "La vaca", la estupenda colección de ensayos con la que el autor guatemalteco Augusto Monterroso ha querido homenajear a sus lecturas preferidas, y por extensión a aquellos autores que de una u otra forma han configurado su quehacer literario, en que uno tiene la sensación de estar hablando distendidamente con el escritor, de ser su amigo, por el recuerdo que nos trae de nuestras propias lecturas, algo que nos induce a recuperar algo que de por sí resulta difícil de encontrar normalmente: la LITERATURA, con mayúsculas.

Decir que Augusto Monterroso debe toda su popularidad literaria al hecho de haber escrito el que posiblemente sea "el relato corto más corto", y si acaso más enigmático, de la historia de la literatura, no deja de ser un mero ejercicio de puerilidad que no hace sino ocultar las merecidas cualidades literarias de un autor a caballo entre el realismo mágico de García Marquez y la literatura fantástica genuinamente latinoamericana de Juan Rulfo. Desgraciadamente, Monterroso es más conocido en España por ser el marido de Bárbara Jacobs que por sus relatos (si acaso, como antes mencionaba, por ser autor del manido relato al que me refería anteriormente).

Lo cierto es que después de su famoso relato, y de alguna que otra antología que algún avispado crítico ha querido comparar con la inefable "Antología del cuento fantástico" de Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Monterroso se nos presenta de nuevo en sociedad de la mano de una estupenda colección de artículos literarios que en algunos casos pasan por ser auténticos tratados del cuento breve, cuando no cuentos en sí mismos. Por sus páginas desfilan los fantasmas de Rulfo cogidos a su creador de la mano, el espíritu de Borges, presente en varios textos bien de una forma directa, bien a través de su "Aleph", y sus lecturas preferidas, entre las que descubrí con gran agrado, los "Ejercicios de estilo" de Raymond Queneau, obra que leí en mi adolescencia y que tengo a bien no extraviar ni prestar a los amigos.

Resulta curioso, por otra parte, que aquel dinosaurio fofo y acaso un tanto distraído, (al menos así es como yo siempre lo quise ver) se convierte progresivamente en un unicornio de la mano de Vargas Llosa, con lo cual, aquel relato aparentemente inofensivo muta sobre su propia existencia y se transforma en otro totalmente diferente que diría: "Cuando despertó, el unicornio todavía estaba allí". Parece ser, que no ha sido Vargas Llosa el único encargado de "revisar" tan peculiar ejercicio literario, y que Carlos Fuentes también, decidió un día acudir a la zoología para convertirlo en un cocodrilo. Monterroso, como no podía ser de otro modo, dedica alguno de sus finos e irónicos comentarios a hablar de esto, convirtiendo su cuento en una perpetua renovación del género literario por extensión.

La literatura es, o debería de ser, un lugar de encuentro. Encuentro de autores con autores, de autores con lectores, de lectores con lectores, y de lectores con autores. Finalmente, Augusto Monterroso, desde su voluntario exilio mexicano, ha sabido "traducir" como nadie esas premisas, configurándose como un escritor de reconocida referencia en este final de siglo que se nos avecinda. Porque, ¿acaso no hemos tenido en alguna ocasión delante de nuestros ojos, un dinosaurio cuando nos despertábamos por la mañana?.

 © Luís García 

     


Varios autores Líneas Aéreas

Editorial lengua de Trapo - 1999

 

Si estamos o no ante el nacimiento de un nuevo "boom" de la literatura latinoamericana, sólo el tiempo será el encargado de dar cumplida respuesta a esta cuestión que, inevitablemente se plantea un avezado lector, a la vista de la monumental antología recogida y editada bajo el sugerente título de "Líneas aéreas", por una de las escasas editoriales independientes que aún quedan en este país. Cierto es, que el término de "boom", acuñado por José Donoso, y que abarca a autores tan singulares como lo últimos premios "Cervantes", si es que la singularidad es una de sus constantes, comienza a tener vigencia, según cuenta él mismo, a raíz de una fiesta en la Nochevieja de 1970 en la casa de Luís Goytisolo, fiesta en la que no podía faltar, como no, la inefable Carmen Balcells, la "madre de todas las agentes literarias. Y no menos cierto es, que dicha idea, aún naciendo de una forma un tanto abstracta, y acaso anárquica, tuvo una rápida aceptación por la existencia precisamente de un substrato literario acorde con la misma, lo que de algún modo propició la internacionalización del concepto.

Muchos han sido los estudios desarrollados sobre el "boom", y bien es sabido que en su momento produjo un efecto curioso: en palabras de uno de los antologados en "Líneas aéreas", "después de él era muy difícil escribir mejor". Dicho efecto mediático, lejos de incentivar a las nuevas generaciones, generó en ellos una cierta sensación de inmovilidad y desasosiego, sensación alentada en gran parte por el fervoroso público europeo, que constantemente demandaba nuevas obras a los García Marquez, Carlos Fuentes, Manuel Puig, Cortazar o Vargas Llosa.

Pero, treinta años después de la publicación de la monumental Cien años de soledad, ¿qué escriben sus herederos en aquellas tierras?. Y esa, y no otra, por mucho que se empeñen los más conspicuos críticos literarios de este país, es lo que nos viene a contar "Líneas aéreas", libro que algún día será considerado de culto, (no en vano posiblemente sea lanzamiento literario de algunos de sus autores), y que viene a llenar un vacío que se comenzó a gestarse tres décadas atrás, cuando el general Aureliano Buendía se encontraba ante el pelotón de fusilamiento. Lejos del "realismo mágico" de sus mayores, de McOndo, de Comala y de tantos y tantos entrañables espacios, ofreciendo nuevas visiones de un mundo más acorde con los cambios que les han tocado vivir, aunque no por ello ajenos al devenir histórico, social y político de sus propios países, "Líneas Aéreas" viene a llenar un vacío que se nos antojaba casi mítico, y viene a confirmar que el Cono Sur siempre, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, será fuente inagotable de recursos estilísticos. Vaya por ello mi respeto para la Editorial ante la larga nómina de autores, de la que me siento heredero como lector, y en la obligación moral de no nombrar a ninguno. Porque como casi siempre ocurre, correríamos el riesgo de dejarnos algún escritor en el tintero, bien por olvido, bien por alguna mala jugada del subconsciente. Y eso, sería más de lo que podría soportar.

  © Luís García

     


 

Truman Capote (Para bien o para mal) 

         Editorial Anagrama 

 

La literatura siempre tiene a bien el ofrecernos todo un cúmulo de sorpresas más o menos "racionales", sin las cuales sería prácticamente imposible entender este "fin de siglo/milenio" que se nos avecina. Es por eso que las editoriales gustan a veces de mostrar su cara mas "traviesa", y a la vez mas dulce, y es por eso, que como cerrando un ciclo iniciado muchos años atrás, la Editorial Anagrama acaba de regalarnos con un texto, aparentemente inédito, del prolífico, meticuloso y camaleónico escritor norteamericano Truman Capote. Se trata del libro "Los perros ladran", texto de carácter autobiográfico conformado por una serie de apuntes varios (a la manera de unos ejercicios de estilo), y un conjunto de "retratos" y "observaciones" sobre diferentes personajes públicos (Jean Coucteau, Bogart, Andre Gidé o Ezra Pound), que culminan con una autoentrevista del propio autor. Y aunque no se trate de un texto inédito en castellano, es necesario realizar para con la Editorial un acto de justicia y considerarlo como tal, habida cuenta de que la única traducción al castellano del mismo se remonta a 1976.

Capote no fue un escritor normal, si por tal concepto entendemos la obra de todos aquellos que nos invitan a disfrutar periódicamente con sus novelas o relatos. Y no fue un autor "normal" porque a su carácter flaubertiano y a su megalómana obsesión por el chismorreo, se le unió de alguna forma el ser uno más de los "hijos fatídicos de su generación", una generación erosionada por la dependencia creciente del alcohol y los fármacos y profundamente aletargada por la vorágine de vivir "en busca de un tiempo perdido".

Fueron viendo la luz así, en medio de semejante contemplación autodestructiva, un sinfín de novelas y relatos: "El arpa de hierba", "Un árbol de noche", "Desayuno en Tiffany´s", "Música para camaleones", "A sangre fría"..., y la espléndida e inmerecidamente condenada al ostracismo "Plegarias atendidas", libro de culto a la altura del mejor Salinger, por poner un referente, y que aún hoy en día arrastra una curiosa leyenda negra sobre supuestos capítulos inacabados escondidos en la taquilla de una estación de autobuses.

A la búsqueda de la "Gran Novela Americana", y envueltos en una vorágine literaria de difícil asimilación, uno no puede por menos que sustraerse a sus recuerdos más entrañables, y entre ellos, como en casi todos, tiene cabida un libro. En este caso, este libro es "Plegarias atendidas", libro de iniciación sin el que sería del todo imposible entender la literatura norteamericana del siglo XX. (Aunque semejante comentario podría hacerse extensivo a otras obras "mayores" como "El guardián entre el centeno", o los relatos de Raymond Carver, que juntos forman un todo integral totalmente indivisible). Y digo de iniciación, porque yo al menos lo considero un libro descubierto al azar de una forma casual, y que me sirvió para iniciarme en un modelo literario del que lo desconocía casi todo. Es por ello, por lo que ahora que se reedita dentro de la biblioteca Truman Capote "Los perros ladran", por lo que siento la necesidad de reivindicar con fuerza una manera de entender la literatura, y la vida, totalmente alejada de los convencionalismos sociales del momento histórico que le tocó vivir.

 © Luis García 

     


José María Guelbenzu Un peso en el mundo

Editorial Alfaguara, 1999  

 Catarsis literaria

La reciente publicación de la última novela de José María Guelbenzu, un autor conocedor como pocos de un oficio no siempre gratificante, dado que las ventas acostumbran a no ser directamente proporcionales a la calidad literaria del texto, rompe definitivamente con el ostracismo al que perennemente estaba sometido dicho escritor, el cual, siempre se había caracterizado por la experimentación en todas sus obras, cualidad que a veces las convertían en el mejor de los somníferos.

La historia de la novela "Un peso en el Mundo" es bien sencilla, aparentemente, y se puede decir que engancha desde el principio. Una mujer, profesora de filología inglesa en una Universidad, cercana a los cuarenta años, y a punto de tomar una transcendental decisión que posiblemente afecte tanto su vida profesional como familiar, decide acudir a recibir consejo de su viejo profesor de filosofía de sus años de Universidad, quien ya jubilado vive retirado en algún oscuro lugar del Norte. Entre ellos, comienza a desarrollarse un diálogo que bien podría ser el reflejo de algún otro ocurrido veinte años atrás, una batalla dialéctica en la que aparentemente nunca habrá vencedores ni vencidos, sino una sensación de éxito y de fracaso que se alterna indistintamente entre ambos contertulios, y en donde, en medio de abundantes rodeos y elipsis, afloran ante nuestros ojos de lector sus triunfos y sus miedos, individuales y colectivos, sus recuerdos mas íntimos y sus realidades mas profundas que surgen de la intencionada voz interior de quien oculta con las palabras una verdad superior que, caso de salir a la luz, no haría sino enturbiar la que hasta el momento se puede considerar como una asombrosa y perfecta relación epistolar. Lentamente, lloran, ríen, discuten y se desesperan, a veces de una forma tierna, otras mostrando su lado mas oculto, y así, poco a poco, comienzan a desvelarnos sus secretos, dentro de los cuales no podía faltar a lo que se insinúa en sus comienzos, y se constata a medida que avanza la novela, una sugestiva e inacabada relación amorosa, sugestiva por el talante de sus protagonistas, e inacabada porque a lo que parece, ninguno de ellos la dio por terminada, sino todo lo contrario: ambos parecen más que deseosos de reiniciarla. Pero ahora, como Keats, con su célebre verso "la belleza es verdad y la verdad belleza", su protagonista parece querer buscar la perfección, tener un peso en el mundo, "alcanzar lo mejor de sí misma" (pag. 144), "la excelencia máxima" (pag. 122), la inmortalidad presente y futura. O como ella misma dice, "ser fuerte, nada menos que un modelo de referencia. Exactamente. Eso es lo que quiero" (pag. 216). Lo grotesco, es que él, aún dejando entrever que pudo ser alguien dentro de su profesión, que sí tuvo su "peso en el mundo" dentro de la Universidad, renunció voluntariamente a tal estado académico cuando estaba en la cúspide de su carrera, y se condenó a un destierro obligado en una huida sin retorno y sin final aparente, y a lo que parece, al igual que en el caso de su discípula, sin desembocadura. Pero, como él mismo reconoce en un pasaje del libro, "si no puedes cambiar el mundo, cuando menos cambia de conversación". ¿Dónde reside entonces el secreto de una de las novelas más innovadoras de los últimos años?.

En primer lugar en lo peculiar de su tratamiento. La obra se estructura sobre la base de un constante diálogo, de dos voces que se alternan indistintamente, de una fluidez casi frustrante, como frustrante puede ser la propia existencia de sus protagonistas, sin guiones, sin referencias sobre quien es quien está hablando en ese momento. Y se estructura en cinco secuencias aparentemente desangeladas, pero perfectamente equilibradas. ¿Se la puede llamar entonces, novela dialogada?. ¿Se la puede considerar como innovadora dentro del género?. No cabe duda de que aún no tratándose de un procedimiento nuevo, (conviene recordar aquí la novela "El abuelo" de Benito Pérez Galdós, alguna obra de Pío Baroja, o, por ser más cercana en el tiempo, una pequeña novela corta, "Micrófono oculto" de Raúl Guerra Garrido) sí que lo parece por lo inusual del esquema dentro de un panorama literario actual, en el que aún priman las descripciones y los monólogos. Lo curioso, es que en esta obra, y a diferencia de otras muchas, el diálogo se produce ininterrumpidamente desde la primera página hasta la última, desde la primera frase hasta la última, dominándola por completo, configurando una estructura circular mas propia de una obra de teatro que de una novela. De ahí su originalidad, y del hecho de que todo, absolutamente todo cuanto acontece, lo sabemos exclusivamente por boca de sus dos únicos actores.

En segundo lugar, precisamente es la inexistencia de voces ajenas que puedan en un momento dado introducir un factor de desestabilización con respecto a los protagonistas. Ellos solos se las arreglan para introducir cuantos elementos de juicio consideren oportunos (Sara, la mujer del viejo profesor, el marido de la protagonista de quien sólo conoceremos su nombre al final de la novela, etc), para no tener que depender de terceras personas, ni siquiera de un posible narrador omnisciente, que otro autor mas indeciso y quizás menos atrevido que Guelbenzu, hubiese hecho aparecer en algún momento.

Y en tercer lugar, el propio talante psicológico de sus dos únicos personajes, algo a lo que hacíamos referencia al principio, talante que desencadena la catarsis final, con su dramática revelación, deseable para que nada sea capaz de enturbiar el preconcebido equilibrio, en donde uno intuye, y digo intuye porque toda intuición es perfectamente irracional, que todo o parte de cuanto se nos ha contado en las aproximadamente trescientas páginas, formaba parte de un juego encaminado a ocultar la verdad. Sirva decir, que resulta difícil, salvo que nos dirijamos al terreno del teatro, al que antes hacía alusión, que sin lugar a dudas se presta a más juegos, el encontrar dentro del panorama narrativo actual una novela tan valiente, y tan profundamente innovadora como "Un peso en el mundo". Vaya por ello por delante mi convencimiento de que a medida que envejezca la obra, se la reconocerá como lo que verdaderamente es: un sugerente ejercicio de estilo de obligada lectura al más puro estilo Queneau.

 ©Luís García 

     


 

Virgilio Piñera  Cuentos Completos

Alfaguara – 2000

Maestro de maestros

Hace unos años, un amigo que me tiene por un objetivo y contumaz lector, me hizo la siguiente pregunta: "¿Sabes de algún autor cubano aparte de Cabrera Infante y Alejo Carpentier?. Semejante curiosidad interrogativa puede parecer una perogrullada hoy en día, pero no hay que perder de vista que hubo un tiempo en el que todo lo que sonara a cubano resultaba altamente sospechoso, cuanto más si hablábamos de literatura. Pero llegaron tiempos más tolerantes, le dieron el premio Cervantes a Dulce María Loinaz y el Planeta a Zoé Valdes y comenzamos a ser invadidos por toda una colección de escritores cubanos que mostraban lo mejor y lo peor de un régimen que a decir de algunas agonizaba lentamente. Fueron viendo la luz de esa manera los relatos y novelas de Reynaldo Arenas y Abilio Estevez, las obras de Jesús Díaz, Manuel Pereira, Norberto Fuertes, Lezama Lima, Nicolás Guillén y el hoy definitivamente recuperado Virgilio Piñera. (Hay que señalar que el distanciamiento de estos y otros autores no siempre fue premeditado, sino que a veces, obedecía a razones puramente editoriales).

Todos se ocuparon de Cuba, y todos soñaron, de una u otra forma con lo cubano, como dimensionamiento de lo universal, reproduciendo con el eco de sus nombres y apellidos las voces de cuantos los precedieron en la tarea de convertir a Cuba en un referente de inevitable valor.

Virgilio Piñera, como casi todos los narradores sudamericanos del presente siglo, fue un maestro del relato breve que supo trascender la territorialidad para universalizar su escritura. De su pluma salieron relatos magistrales como La carne, perteneciente a su primer libro de relatos breves, El enemigo, El conflicto o El señor ministro, el primero que vio publicado merced a los buenos quehaceres de un Borges todavía no demasiado divinizado. Son relatos descarnados, a menudo fríos y que suelen rayar lo burlesco de una posición un tanto absurda, algo que sin duda no debió de gustar al régimen. El hecho de que permaneciese condenado al ostracismo en los últimos años de su vida, hay que verlo más desde su particular condición sexual que desde la de narrador. Ya que Virgilio Piñera no sólo era uno más de los escritores homosexuales como Arenas y tantos otros. Lo era además desde una posición combativa cercana a menudo a lo "políticamente incorrecto".

Narrador, poeta y sobre todo dramaturgo, Piñera vivió un voluntario exilio en Argentina, lo cual no hizo sino ahondar en su particular concepción de escritor marginal y marginado, de donde regresaría años después para morir olvidado por casi todos menos por sus amigos. No sería hasta los años ochenta cuando la definitiva recuperación de su literatura lo convertiría en referente obligado para entender cuanto por entonces se hacía en el cono sur. Uno tiene la sensación al leer sus Relatos Completos de encontrarse ante alguien que no supo o no pudo aceptar tamaña suplencia. Maestro de maestros, supo ver en la insularidad de su Cuba natal el principal escollo para desarrollar su talento literario, pero a le vez la principal razón para su definitivo reencuentro con sus fantasmas. A Alfaguara le corresponde el mérito de seguir apostando por tantos autores de los denominados del "interior", en clara alusión por todos aquellos que no llegaron a saborear las mieles del éxito en vida.

    © Luis García 

     


 

Virgilio Piñera                               La isla en peso

Tusquets-Barcelona–2000

                                    Maestro de maestros

Hace unos años, un amigo que me tiene por un objetivo y contumaz lector, me hizo la siguiente pregunta: "¿Sabes de algún autor cubano aparte de Cabrera Infante y Alejo Carpentier?. Semejante curiosidad interrogativa puede parecer una perogrullada hoy en día, pero no hay que perder de vista que hubo un tiempo en el que todo lo que sonara a cubano resultaba altamente sospechoso, cuanto más si hablábamos de literatura. Pero llegaron tiempos más tolerantes, le dieron el Premio Cervantes a Dulce María Loinaz y el Planeta a Zoé Valdes y comenzamos a ser invadidos por toda una colección de escritores cubanos que mostraban lo mejor y lo peor de un régimen que a decir de algunas agonizaba lentamente. Fueron viendo la luz de esa manera los relatos y novelas de Reynaldo Arenas y Abilio Estevez, las obras de Jesús Díaz, Manuel Pereira, Norberto Fuertes, Lezama Lima, Nicolás Guillén y el hoy definitivamente recuperado Virgilio Piñera. (Hay que señalar que el distanciamiento de estos y otros autores no siempre fue premeditado, sino que a veces, obedecía a razones puramente editoriales).

Todos se ocuparon de Cuba, y todos soñaron, de una u otra forma con lo cubano, como dimensionamiento de lo universal, reproduciendo con el eco de sus nombres y apellidos las voces de cuantos los precedieron en la tarea de convertir a Cuba en un referente de inevitable valor.

Virgilio Piñera, como casi todos los narradores y poetas sudamericanos del presente siglo, fue un desafortunado poeta que supo trascender la territorialidad para universalizar su escritura y hacer de la insularidad de su poesía la razón misma de su existencia. Resulta grato por ello redescubrirlo ahora de mano de la Editorial Tusquets, sobremanera hacerlo porque su poesía sin duda la gran desconocida de su obra en detrimento de la narrativa y la dramatúrgica. La isla en peso abarca así casi cuarenta años de producción poética solemne y nada políticamente correcta. Con prólogo de Antón Arrufat, reúne tres libros: La vida entera (1968), el único publicado en vida, Una broma colosal, que él mismo se encargó de dejar preparado para su publicación a su muerte, y Poemas desaparecidos. Surrealista a veces, nostálgico casi siempre, y amigo de sus amigos, Piñera vivió un voluntario exilio en Argentina, lo cual no hizo sino ahondar en su particular concepción de escritor marginal y marginado, de donde regresaría años después para morir olvidado por casi todos menos por aquellos que le respetaban y le querían. No sería hasta los años ochenta cuando la definitiva recuperación de su literatura lo convertiría en referente obligado para entender cuanto por entonces se hacía en el cono sur. Uno tiene la sensación al leer su poesía de encontrarse ante alguien que no pudo aceptar tamaña suplencia. Maestro de maestros, supo ver en la insularidad de su Cuba natal el principal escollo para desarrollar su talento literario, pero a le vez la principal razón para su definitivo reencuentro con sus fantasmas. A Tusquets le corresponde el mérito de seguir apostando por tantos autores de los denominados del "interior", en clara alusión por todos aquellos que no llegaron a saborear las mieles del éxito en vida.

© Luis García 

     


Charles y Mary Lamb   Cuentos de Shakespeare

ALBA Editorial - Barcelona - 2000