|
A
Alejandra
Pizarnik Prosa
Completa,
Arthur Koestler Autobiografía,
Antonio
Skármeta La chica del
trombón Ana
Rossetti Recuentos:
Cuentos Completos , Andrés
Trapiello
Días
y noches , Andreu
Martín Bellísimas
personas, Ángeles
Caso Un
largo silencio , Antonio
Pereira Cuentos
de la Cábila, Andrés
Trapiello Do
fuir , Alvaro Mutis
De
lecturas y algo del mundo
, Andres Neuman Bariloche,
Antonio
Muñoz Molina Carlota
Faimberg, Antonio Colinas
El crujido de la luz
,Augusto Monterroso La vaca
B
Benjamín
Prado La
nieve está vacía ,
Cristina
Fenández Cubas
Cosas que ya no existen ,Cristina Fernández Cubas El
columpio - Hermanas
de sangre
,
Cristina Sánchez-Andrade Las
lagartijas huelen a hierba
, Cristina Sánchez-Andrade Bueyes
y rosas dormían
Ch
Charles
Baudelaire Consejos
a los jóvenes escritores, Charles
y Mary Lamb Cuentos
de Shakespeare
D
Dai Sijie Balzac
y la joven costurera china, Daniel Moyano Un
silencio de corchea ,
E
Eduardo
Mendoza La
aventura del tocador de señoras,
Enrique
Vila-Matas
Bartlebly
y compañía, Espido
Freire Irlanda,
F
Fernando
Marías El
niño de los coroneles,
Fulgencio
Argüelles Recuerdos
de algún vivir, Fernando
Fonseca El
ciego perfecto y otras historias,
Francisco
Brines Poesía
Completea (1960 -1997)
G
Gustavo
Martín Garzo El
valle de las gigantas,
Graham
Swift Fuera de este mundo
H
Henry
James Un
chiquillo y otros
I
Ignacio
Martínez de Pisón
María Bonita
J
José
Marzo La
Alambrada,
Javier Cercas Soldados
de Salamina,
José
María Merino Días imaginarios
Juan Iturralde El viaje a Atenas
Juan
Ramón Ribeyro Cuentos Completos:
por Antonio Paniagua,
Jorge
Herralde Opiniones
Mohicanas Juan
Marsé Rabos
de Lagartija ,José
Saramago La
Caverna, José
Luis Sampedro El
amante Lesbiano, Juan
Pedro Aparicio Qué
tiempo tan feliz , Jose
Antonio Somoza La
caverna de las ideas , Jorge
Volpi En
busca de Klinsorg , José
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generación del 99 ,
Josefina
R. Aldecoa Fiebre
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y prótesis , José
María Merino
Cuatro
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Los
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José María Guelbenzu
Un
peso en el mundo
K
Kiran
Desai Alboroto
en el Guayabal,
Katherine
Mansfield Cuentos
completos
L
Luis
Mateo Díez Las
palabras de la vida,
Luis Mateo Díez Balcón
de Piedra, Lorriere
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Silva El
Alquimista Impaciente,
Luis
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ruina del cielo - El
pasado legendario, Luis Landero Entre
Líneas: el cuento o la vida,
Luis Sepúlveda Historias
Marginales
M
Max
Aub Cuerpos Presentes, Menchu
Gutiérrez La
mujer Ensimismada, Mario
Vargas Llosa
El Lenguaje de la Pasión , Mario
Lacruz El
inocente, Manuel
Vicent
Espectros,
Mercedes
Abad Sangre,
Maruja
Torres Mientras
vivimos, Margaret
Atwood
Asesinato
en la oscuridad
,
Manuel de Lope La sangre ajena,
Rodrigo
Brunori Me manda Stradivarius
, Rosa
Montero El corazón del Tártaro,
Ricardo
Piglia Prisión
perpetua, Roberto
Samur Esguerra El
Remolino: por
Ignacio Ramírez, Roberto
Bolaño Tres
S
Sandor
Marai La
herencia de Eszter, Stefan
Zweig 24
Horas en la vida de una mujer, Sueños
olvidados y otros cuentos, Castellio
contra Calvino. Conciencia contra violencia:
por
Santiago Delgado,
Susana
Fortes Fronteras de Arenas
T
Truman Capote (Para bien o para mal)
V
Varios autores Cuentos
de Fútbol, Varios autores Líneas Aéreas ,
Virgilio Piñera
Cuentos
Completos
- La
isla en peso ,
Varios
Autores No
hay dos sin tres, Varios
autores Cuentos
de Hijos y Padres
W
William
Carlos Williams Cuentos
Max
Aub Cuerpos
Presentes
Fundación
Max Aub - 2001
Aun
con cierto riesgo de equivocarnos, o de caer en un inmerecido
sentimentalismo, cabe decir que estamos ante una de esas
figuras literarias que uno va descubriendo lentamente con la
madurez. Alguien así que para las Editoriales es como el
Guadiana, que aparece y desaparece, pero que siempre estará
allí, esperando que le descubramos. Autor de una abundante
obra literaria, fue Max Aub un prolífico escritor que no
desdeño género alguno por más que sea en el terreno de la
novela donde habría de alcanzar mayor notoriedad. Pero como
ya digo, si bien a mediados de los años setenta se estudiaba
de soslayo, es cierto que se hacía encorsetándolo dentro de
los escritores del exilio, aquellos que no pudieron vivir las
mieles del triunfo por abrazar la causa republicana como razón
fundamental de su ser. Pero llegaron las Fundaciones. Y como
no, la Fundación Max Aub, empeñada en rescatar
su legado literario, presenta ahora dentro de su Biblioteca
Max Aub el volumen inédito Cuerpos presentes,
o indagaciones pretéritas de cuantos intelectuales,
escritores y políticos, cruzaron su destino al del propio Aub
en algún momento de sus vidas. Así, circulan por las páginas
de Cuerpos presentes a modo de epitafios los últimos
instantes de Antonio Machado, "cuando veáis esta
sumida boca / que ya la sed no inquita, la mirada / tan
desvalida (su mitad, guardada / en el viejo estuche, es de
cristal de roca / la barba que platea y el estrago / del
tiempo, la mejilla... Gunter Grass a quien conoció en el
Palacio de Bellas Artes en 1966 o Andre Malraux a quien
compara con Lord Byron. Son retratos agradables, los de Jaime
Torres y Vicente Aleixandre, o los de Alberti y Cernuda,
nostálgicos como los de José Gaos, José Moreno Villa
o Jorge Guillén, y
duros, muy duros como el encuentro que relata en París con
Edgar Neville, a quien tenía por republicano o la caricatura
de Alejandro Casona a quien acusa de colaboracionista con el régimen
de Franco. Mau Aub dio vida en Cuerpos Presentes
a un obituario de intelectuales y escritores del Siglo XX que
en sí mismo justifica toda la obra. Pero hay que reconocerle
al autor una cualidad digna de elogio. Si bien, todos
conocemos a Machado, a Gunter Grass, o a Rafael Alberti, si
bien nadie duda del talento de Juan Ramón Jiménez, Indalecio
Prieto, Octavio Paz o León Felipe, no por ello resultan menos
sorprendentes las anotaciones que ya a mediados del siglo XX
realizaba sobre Julio Torri o Juan Rulfo, por poner dos
ejemplos. Y es en dichas
apreciaciones, y en otras muchas donde el lector
contempla a un Max Aub escrupuloso con la realidad que le tocó
vivir, y por qué no, excesivamente celoso con la misma. Quizás
esté ahí la explicación a la no-publicación hasta la fecha
de Cuerpos Presentes. Es de agradecer a la Fundación
que lleva su nombre que dentro de la recuperación de su obra
haya incorporado este curioso libro de misceláneas que ayudarán
a entender un poco mas el carácter de un hombre, de un
escritor, a quien los acontecimientos le sobrepasaron y le
impidieron disfrutar del éxito en vida en España.
©Luis García

José
María Merino
Días imaginarios
Seix-Barral
- 2002
De
lo breve y sus consecuencias
Tienen los libros de pequeños relatos la virtud de
que no necesitan por parte del lector una atención lineal,
sino que admiten el recurso de convertirse en una prolongación
lúdica del día. (El libro de cuentos se lee en el autobús,
en la consulta del médico o en un paréntesis en el trabajo).
Esto se nos muestra especialmente sensible cuando nos
referimos al microrrelato, género que parece resurgir de sus
cenizas cual ave fénix y vivir una suerte de luna de miel
impensable tan sólo hace unos años. (Hasta tres Antologías
diferentes coinciden en estos momentos en las estanterías
de las librerías) Hay que decir que el relato corto o
microrrelato no lo ha tenido fácil, entre otras cosas por la
existencia de ciertos críticos y autores que veían en él
mas que a un Género Literario (con mayúsculas, como no) a
unos meros ejercicios espirituales propios de alumnos de
talleres literarios ( desconozco a quien o quienes se pretendía
denostar con dicha afirmación, si a los propios Talleres o a
aquellos que acuden a ellos) en lugar de a profesionales de la
pluma. Pero guste o no, y al igual que ha sucedido con la poesía,
la mayoría de los autores han sufrido con mayor o menor
fortuna en algún momento de sus carreras el vértigo que
supone el acercarse al relato cortoy y
lo han cultivado imbuidos por la corriente iniciada por
Augusto Monterroso o Juan José Arreola, pero eso sí, dotándoles
de la impronta personal necesario que los hace casi únicos.
Ahora, José María Merino presenta en sociedad Días
imaginarios, cien visiones y aciertos retóricos que
algunos han calificado como microrrelatos por su extensión, aún
sin ser en sí mismas piezas de tan codiciado género. Se
trata de porciones literarias que es cierto que podrían
sobrevivir por sí solas (uno de los axiomas que se les
exige), que juntas configuran una notable representación de
lo cotidiano, pero que carecen muchas de ellas del duende que
se les exige para despertar asombro en el lector. Sí que es
verdad que algunas de ellas lo consiguen, y así desfilan ante nuestros ojos epístolas irónicas,
ensayos y pequeñas leyendas, sucesos domésticos y noticias
de Diarios, y como no, algún que otro homenaje que justifica
por sí solo todo el volumen. Al despertar, Augusto
Monterroso se había convertido en un dinosaurio. "Te
noto mala cara", le dijo Gregorio Samsa que también
estaba en la cocina. (Pag 243). Y es que Merino no puede
obviar a algunos de sus referentes literarios, que son los
nuestros. Otros relatos recurren a la armonía del misterio,
"El agente secreto" (pag. 203) o a la
liturgia de lo mágico, y así nos encontramos con Ecologismo
(pag. 80) sin duda alguna uno de los mejores del libro. Porque
José María Merino, que no hace sino ser fiel a sus
postulados cuando afirma que el mundo es un caos y que la
realidad tiende a ser fragmentaria, ha parido Días
imaginarios entre otras razones con la idea de
demostrarnos (y demostrarse a sí mismo) que la literatura
entre otras cosas sirve para poner en orden la realidad.
Por eso, y ahondando en el carácter no lineal de su lectura, Días
imaginarios tiene a su vez un efecto catártico en tanto y
cuanto esas pinceladas de la vida diaria en las que todos nos
vemos reflejados no hacen sino ayudarnos a entender un poco el
mundo en el que vivimos.
©Luis García

Juan
Iturralde El
viaje a Atenas
Editorial
Viamonte-Madrid-2001
Epitafios
literarios
Triste
consuelo el que les quedan a los admiradores de uno de los
literatos mas crípticos de los últimos años, toda vez que
une a su falta de difusión la escasez de su obra. Pero como
siempre hay un momento para cada cual, es llegada la
reivindicación de Juan Iturralde, escritor salmantino nacido
bajo el nombre de José María Péret Prat, y autor Días
de llamas, considerada como una de las mejores novelas
que se han escrito sobre La Guerra Civil, y de El viaje
a Atenas, o lo que es lo mismo, una de las más
sutiles críticas al sistema franquista escrita desde el
interior del mismo. La trama, como no podía ser de otro modo,
se desarrolla en un país lejano, en la Grecia de los
Coroneles, en los años posteriores al Golpe de Estado.
Ioannis Vithynos, activista revolucionario que ve cercano el
final de sus días merced a una enfermedad que le mina minuto
a minuto, recibe el encargo de emprender el viaje al país
Heleno con el objeto de entablar contacto con la escasa
resistencia armada que allí queda, heredera en parte de los
partisanos de la II Guerra Mundial, y por tanto supuestamente
curtidos en mil batallas. Pero el viaje, que en principio se
prometía interesante, aún siendo consciente del riesgo que
corre, se complica
sobretodo por su enfermedad, pero también por la desconfianza
y el desmoronamiento de una idea política que se le antoja
desconectada con la realidad de una Europa empeñada en
recuperar sus raíces. Su cuerpo enfermo no es mas que la metáfora
de la enfermedad en la que está metido junto a sus viejos
camaradas, incapaces de salir de una espiral de violencia que
no conduce a ningún sitio, pero imposibilitados a su vez para
cometer tentados sangrientos, ya que lo único que persiguen
es llamar la atención del "mundo civilizado" sobre
los acontecimientos políticos de su país. Pero los griegos,
a pesar de la dictadura, conforman una realidad que no se
puede desdeñar. Imbuidos por el milagro económico de la
Vieja Europa, la sociedad está acomodada a su situación y no
quieren saber nada de transformaciones políticas que
impliquen traumas sociales. Nacida inicialmente bajo el título
de El viaje a Barcelona, El Viaje a Atenas
hubiera tenido mas de un problema para ver la luz si la acción
se hubiese desarrollado en España, merced a la férrea
censura existente. Pero estamos ante un escritor que a pesar
de todo supo saltarse las barreras impuestas y amoldar su poética
y su ideología a los tiempos que corrían, aunque no por ello
sin olvidar que la España de entonces se parecía y mucho a
la descrita en la novela.
©Luis García

Stefan Zweig
Castellio
contra Calvino. Conciencia contra violencia
El
Acantilado. Barcelona, 2001 (Traducción
de Berta Vías Mahou)
Un
hito en la historia de la libertad de conciencia
En
la historia de la lucha por la libertad de conciencia, existen
en Occidente muchos casos a reseñar, todos ellos altamente
ejemplarizantes. Los cátaros, en el siglo XIII, cualquiera de
los progroms habidos por toda Europa desde la Alta Edad Media,
Galileo, la misma Inquisición... La responsabilidad por la
represión de todos ellos recae en el haber –infame haber-
de la Iglesia Católica; por lo menos mientras las luces de la
razón pudieron ser extinguidas –aún nonatas- por el dogma
romano.
Pero
la Historia, cuya escritura no en balde estuvo siempre en
manos, desde que en su propio seno se inventara la imprenta,
de la Reforma protestante, optó por silenciar –o, por lo
menos, no airear demasiado- uno de los más escandalosos
asesinatos, previa persecución y tortura, por causa del
mantenimiento de la libertad de conciencia frente a la coerción
espiritual. El suceso tuvo tres protagonistas: un asesino y
dos víctimas. El asesino se llamó Juan Calvino, dictador en
lo material y lo espiritual de la ciudad de Ginebra en los
medios del siglo XVI. Las víctimas fueron el español Miguel
Servet, científico y teólogo, y Sebastian Castellio,
profesor universitario y humanista. Al primero lo quemó vivo,
tras negarle el último favor de pasarlo por la espada antes
de ser dado al fuego. El bravo aragonés, aún así, no quiso
desistir de aquellas ideas respecto de las que discrepaba del
sanguinario tirano, y por las que el dictador ginebrino lo
condenaba a morir. Ideas que no conviene, en aras de la
justicia, elucidar aquí, no fueran ante nadie, a justificar
al criminal. Al mejor y primer defensor de la libertad total
de conciencia en Europa, el saboyano Castellio, lo persiguió
con saña, calumnias y amenazas hasta la misma tumba, cuya lúgubre
oquedad fue la única posibilidad que tuvo, acaso piadosamente
concedida por el Alto, de escapar de las garras del depredador
de conciencias picardo.
Lo hasta aquí descrito no es sino doloso resumen de lo
narrado por Stefan Zweig, escritor austriaco fallecido en
1942, con una conciencia absolutamente clara de lo que habría
de ser futuro de Occidente, a pesar de los nubarrones ideológicos
que se abatían sobre el continente europeo en los tiempos de
su desaparición. La narración de Zweig es altamente
singular. Explica las psicologías conductuales de los
personajes, y nos introduce, con prosa científica, en sus
conciencias y en su creencias, con un párrafo progresivo y
muy bien cortado, que seduce como el de un profesor, amante
del tema que expone, y excelentemente informado. Tal sería,
acaso la voz en off de un documental cinematográfico o
televisivo muy bien preparado. El uso de las comillas, para
dar voz a los personajes, apenas esclarece algo más de lo que
la redacción del escritor expone; pero asienta con fundamento
la tesis perseguida. Aliado, eso sí, con una traducción
absolutamente mimetizada como creación original en lengua
española o castellana -debida a la escritora Berta Vías- el
libro no sólo expone y arguye; sino que, con una muy clara
identificación de la función de la Literatura, denuncia y
acusa. Denuncia y acusa –y además, llama su memoria a escándalo-
a un hombre, Calvino, que habiendo liderado bandería en pro
de la libertad de conciencia, cayó, abyectamente, en lo mismo
que negara para acceder a un poder que requirió absoluto. El
crimen de Calvino sobre Servet fue mayor que el de cualquiera
de los de la Inquisición, pues fue realizado desde el
supuesto imperio de la libertad de conciencia del ser humano,
cayendo, pues, en flagrante incoherencia y contradicción. El
Santo Oficio lo hacía desde la restricción teísta de todo
razonamiento, siendo por ello, no menos culpable; pero sí más
consecuente. La Historia, más piadosa que ambos, reivindicó
al fin el buen nombre, y ante todo su doctrina, del humanista
Sebastián Castellio,
hombre bueno y sabio.
©Santiago
Delgado

Luis
Mateo Díez
Balcón
de piedra
Ollero
y Ramos - Madrid - 2001
El dulce sabor de lo cotidiano
Es Luis Mateo Díez uno de esos autores que
despiertan pasiones cada vez que publica un nuevo libro, una
constante que últimamente comienza
a ser habitual. Forma junto a Luis Landero y Antonio Muñoz
Molina un trío de inigualable calidad literaria que le ha
llevado en su caso a alzarse por dos veces
con la misma obra con el Premio de La Crítica y
con el Nacional de Literatura, algo sin parangón en
nuestras letras. Si hace años fue con La fuente de la
edad, novela de iniciación en la que un grupo de
excursionistas se afanaban en la búsqueda de tan preciada
quimera, en el año 2000 el autor habría de descolgarse con
la que sin duda es, hasta la fecha, su gran obra de madurez: La
ruina del cielo, reivindicación del mundo rural desde
la reconstrucción de un obituario en un abandonado e
inexistente pueblo del Norte de España: Celama. Porque es
Luis Mateo Díez un creador de mundos novelescos que nos
sorprende ahora en el 2001 con la remembranza de su vida de
funcionario, visionada desde su particular atalaya: el Balcón
de piedra al que se asoma todos los días desde la
ventana de su despacho desde el que no sólo se ve la Plaza
Mayor de su ciudad, Madrid, sino el
traspaso de la vida desde el blanco y negro al
technicolor. A modo de diario, y sorprende la que se puede
considerar como su segunda incursión en el género en apenas
tres meses, tras la publicación de El diablo meridiano,
Luis Mateo Díez va desgranando sus recuerdos mas íntimos, su
propia existencia que es tanto como decir la de la Plaza Mayor
de los últimos treinta años. Balcón de piedra indaga en su característico
mundo literario, y sirve de contrapunto a su propia dimensión
como escritor. No en vano en este libro se recogen momentos íntimos
de difícil catalogación. En realidad, se trata de un baúl
de recuerdos, de esos que acostumbramos a retener en las
buhardillas, en donde se mezclan anécdotas con curiosas
situaciones. Soportados
por pequeños capítulos a modo de bosquejos interiores,
desfila por Balcón de piedra su propia vida
concentrada en treinta apacibles días (tantos como estampas o
capítulos nos presenta) y así nosotros, sus lectores,
llegamos a conocer un poco la realidad de un hombre que supo
combinar su trabajo de funcionario con su amor a la
literatura. Visitas solemnes al lugar, como la de Andy Warhol,
entrañables como la del barbero Néstor, ceremonias
institucionales compartidas con sus buenos amigos Etelvino y
Bernáldez como las tomas de posesión de los nuevos
embajadores, incendios y demás entresijos palaciegos hacen de
la Plaza Mayor desde su Balcón de
piedra algo así como las bambalinas de un gran
teatro del que el autor no quiere desprenderse aunque intente
exorcizar sus viejos temores con un nuevo libro. Luis
Mateo Díez ha emulado a sus mayores con el beneplácito de
los indulgentes, y ha homenajeado a partir de esa condición a
la palabra como la materia prima sin la que sería imposible
que nos deleitara con sus novelas. Por eso Balcón
de piedra se puede leer como un libro de misceláneas,
que se coge y se deja con igual facilidad y soltura, y que
invita a la reflexión. Porque todo libro de misceláneas no
es sino un hatillo en el que nosotros mismos vamos
introduciendo nuestras referencias. Bosquejos literarios
escritos a corazón abierto, uno siempre agradece que de vez
en cuando un autor le deje ver las bambalinas de cuanto se
cuece en su memoria, que a fin de cuentas es la nuestra propia
©Luis García
Juan
Ramón Ribeyro Cuentos
Completos
Alfaguara
2000
Maestro
de Brevedades
Julio Ramón Ribeyro se definía a sí mismo como
"un escritor de fragmentos". Una clasificación muy
acertada, pues el autor peruano alumbró antes de los 35 años
tres novelas y a partir de entonces se dedicó por completo a
entregar a la imprenta cuentos y textos cortos de reflexiones.
Incluso cuando se adentró en el terreno de la novela, como es
el caso de "Cambio de guardia" (Tusquets), Ribeyro
se valió de la técnica
de secuencias breves para componer la estructura del
relato.
Considerado como uno de los grandes narradores
latinoamericanos,
Ribeyro, aunque reconocido por lectores avisados, nunca
logró la fama que confirió a muchos escritores contemporáneos
el boom.
Y es que el entusiasmo literario que invadía Europa
procedente de la otra orilla del Atlántico era un fenómeno
que ponía el acento en la novela y casi nada en el cuento.
Fue, en este sentido, un hombre sin suerte, pues ni siquiera
al final de su vida, cuando se le concedió el prestigioso
Premio Literario Juan
Rulfo, pudo ir a recogerlo a México por culpa de una
enfermedad.
Sus colecciones de relatos, reunidos en un grueso
volumen por Alfaguara, abarcan desde 1952 a 1994,
fecha de su muerte. El fracaso, el desencanto, la
frustración, el deterioro, la felicidad como meta
inalcanzable son sus temas recurrentes, si bien sus
personajes, enclaustrados por los límites de una realidad
mediocre, suelen encontrar una vía de escape en la ilusión.
"Ribeyro nos presenta individuos más o menos típicos
que protagonizan precisamente la mala distribución de las
expectativas, y que reaccionan a sus fracasos oponiendo
compensaciones imaginarias", escribe en el prólogo su
amigo y compatriota Alfredro Bryce Echenique.
Nacido en Lima en 1922, Ribeyro cultivó un estilo
sobrio, aunque adobado por un muy personal sentido del humor.
Los especialistas lo emparentan con la mejor tradición cuentística
del francés Guy de Maupassant y del ruso Anton Chejov,
al tiempo que lo incluyen entre los cuatro grandes
maestros latinoamericanos del cuento, al lado del uruguayo
Horacio Quiroga y los argentinos Jorge Luis Borges y Julio
Cortázar.
Sus merecimientos para hacerse acreedor a estos títulos
son sobrados.
Algunos de sus cuentos como "La juventud en la
otra ribera", "El próximo mes nivelo",
"La insignia", "Por las azoteas" o
"Espumante en el sótano" son dignos de una antología.
Divertidísimo es el relato, o novela breve, según se mire,
"Sólo para fumadores", de corte autobiográfico
y que da título a un volumen de cuentos. Y entre conmovedor y
sarcástico resulta "Explicaciones a un cabo de
servicio". Su mundo literario, desesperado y entrañable,
toca lo urbano, en un momento en que muchos escritores se
encontraban extasiados con el indigenismo.
Que nadie rastree en Ribeyro huellas de digresiones o
consignas, no las hay.
Quien aborde la lectura de sus cuentos sí hallará una
prosa limpia donde palpitan los recuerdos de la infancia, la
depauperación de los barrios populares o la bancarrota de la
clase media peruana.
En los cuentos de Julio Ramón Ribeyro comparecen el
realismo y la denuncia social y la narrativa fantástica,
aunque el escritor se presta poco a encasillamientos. La crítica
a su ciudad, Lima, en la que el capitalismo estratificó aún
más el orden social, convive con la irrupción de lo insólito
y lo ambiguo en estos "Cuentos completos". Ribeyro
pasó gran parte de su vida en París, primero trabajando en
la agencia de noticias France Press, donde coincidió con
Vargas Llosa, y luego como consejero cultural
y embajador ante la UNESCO.
Fue uno de los primeros escritores latinoamericanos que
mezcló, en textos en breves,
la prosa poética y las meditaciones filosóficas.
Fruto de ese género nacieron "Prosas
apátridas" y "Dichos de Luder". Su bibliografía
se completa con tres novelas: "Crónica de San
Gabriel", "Los geniecillos dominicales" y
"Cambio de
guardia".
©Antonio
Paniagua
Jorge
Herralde Opiniones
Mohicanas
Ediciones
El Acantilado 2001
Novelas
de iniciación
¿Caducan
los libros en las estanterías de nuestras casas, al igual que
una lata de sardinas, un estofado o un yogurt?. Indudablemente
la respuesta a tan pueril pregunta debiera ser un rotundo NO.
No se podría entender de otra manera. Pero hecha esta
consideración sin ningún pudor por nuestra parte, creo que
sería bueno que iniciáramos de nuevo el artículo con la
misma pregunta: ¿caducan los libros, si, o no?. Soy de la opinión
de que las primeras lecturas, aquellas que se devoran en la
adolescencia casi sin criterio, salvo el que te imponen y
condicionan los amigos o las modas, no suelen dejar el
sedimento necesario como para regresar a ellas de una forma
mas pausada ya en la madurez. Desde ese punto de vista se podría
entender que las mismas tendrían fecha de caducidad. Si que
es cierto que descubrí a
Camus, a Sartre, a Herman Hesse y a Lawrence Durrel, por citar
sólo a cuatro de los grandes, con apenas quince años, cuando
mi formación como lector aún se encontraba en un estado
incipiente, pero siempre mantuve que fue un hallazgo
prematuro. Como se dice vulgarmente, los árboles me
impidieron ver un bosque al que nunca mas hube de regresar.
Este razonamiento habría que circunscribirlo dentro de una crítica
reflexión, pero como digo uno no siempre es dueño de su
destino (casi nunca), y la elección de las obras a leer no
habrían de ser una excepción. Casi veinte años después de
los hechos que he intentado esbozar quizás de una forma
desordenada, el editor Jorge Herralde publica en Ediciones El Acantilado el libro Opiniones mohicanas, un libro sobre libros y posiblemente uno de
los mas curiosos de cuantos se puedan editar este año. ¿Por
qué?. Porque no es usual leer las reflexiones del que pasa
por ser el único editor independiente de este país, y verlo
desnudarse ante nuestros ojos de lector como si de un niño se
tratara. Y cuando uno ha leído y digerido lo que en él nos
cuenta sobre aquellos autores que nos fue descubriendo con el
tiempo desde la Editorial Anagrama, llega a la conclusión de que la diferencia
que nos separa con él como lector es tan nimia que no merece
ni que se mente. Cuenta Jorge Herralde como nació su
proyecto, como fue perfilando las diferentes colecciones, y no
puedo por menos que congratularme de la anónima elección de
los autores que desfilaron por su catálogo desde sus
comienzos. Con Anagrama descubrí a Sergio Pitol, a Patricia
Highsmith, a Navokov, Truman Capote y Antonio Tabucchi, pero
también a Ignacio Martínez de Pisón, Sergio Pitol, Josefina
Aldecoa y mas recientemente a Pablo J´Dors. (Que me perdonen
aquellos que no cito. Los hay que se han caído de la lista
inexplicablemente, como el argentino Miguel Enesco, y algún
otro elefante blanco que prefirió en un momento dado
las mieles de otras Editoriales. Pero sabe Jorge Herralde que
la labor de un editor es un poco la de un mecenazgo
compartido, la de una apuesta a largo plazo de interés
variable, la de un pacto de sangre que va mas allá de lo
inicialmente expuesto. Nunca se sabe por donde van a ir los
derroteros literarios, motivo por el que siempre es arriesgado
aventurarse y otorgar el Premio
Herralde de novela a un
joven de apenas veintitrés años como es el caso de Andrés
Neuman, o a un por entonces poco conocido Álvaro Pombo allá
a comienzos de los años ochenta. Pero el tiempo, la
constancia y la
fidelidad de los incondicionales le han dado la razón. Así,
cualquiera que hojee la contraportada de Vals de Mefisto de Sergio Pitol se encontrará tan sólo con dos título publicados hasta
esa fecha dentro de Narrativas Hispánicas: El héroe de las mansardas de Mansard y la obra mencionada. Pero también se encontrará
que dicha contraportada anunciaba ya en 1984 a escritores de
la talla de Enrique Vila-Matas o Valentí Puig. Dos novelistas
de catálogo que el tiempo haría imprescindibles dentro de la
Editorial. Quiero decir con todo ello que hay que reconocerle
a Jorge Herralde no sólo su intuición para descubrir
talentos, sino también la capacidad de encantamiento que
tiene para mantenerlos dentro de su proyecto editorial que se
me antoja aún no ha tocado techo por mucho que se empeñe la
competencia. Y lo que es mas importante, para demostrarnos que
por mucho que se empeñen algunos agoreros los libros nunca,
nunca caducan en las estanterías de nuestras casas. Y para
eso precisamente ha escrito un libro sobre escritores sin
fecha de caducidad.
©Luis García
Antonio
Skármeta La
chica del trombón
Areté
- 2001
Señas de identidad
Poco podía imaginar Juan Goytisolo cuando
escribió sus Señas de identidad que casi treinta años después dicho título sería utilizado
como cabecera para la reseña de una de las novelas mas
conmovedoras del autor chileno Antonio Skármeta. Y esto de
por sí es harto difícil habida cuenta de su obra anterior y
sobremanera de la espléndida fábula El cartero y Pablo
Neruda. Hasta que uno no ha leído su obra, cuando
menos algunos de sus títulos, puede pasar Antonio Skármeta
por ser el escritor chileno menos chileno de cuantos
actualmente pueblan las estanterías de las librerías. En la
cabeza de todos están presentes, como no, Isabel Allende,
Luis Sepúlveda y Roberto Bolaños, quizás el que pasa
aparentemente por ser el menos latinoamericano de los tres, o
de los cuatro, si incluimos a quien nos ocupa. Pero las
referencias literarias, históricas y culturales en sus
respectivas obras son incuestionables. Los cuatro han hecho de
su circunstancia de chilenos la razón de su condición como
escritores, y a ello se han entregado con mayor o menor
fortuna en los últimos años. Pero Antonio Skármeta,
embajador en Alemania de profesión, escritor de vocación
como él mismo reconoce, ha introducido una variable en dicho
círculo ciertamente curiosa. Reconociendo que "el
mundo es injusto y bello", como dice Pedro Pablo
Palacios, uno de los personajes de su última novela, La
chica del trombón, practica la literatura sin
aparentes afanes revanchistas (no digo que dicho ejercicio sea
malo en si mismo ya que no conviene olvidar el pasado) algo
hartamente difícil para aquellos que sufrieron en sus carnes
la represión del régimen chileno. Pero eso es otra historia.
Me he referido por tanto al comienzo de esta reseña a Juan
Goytisolo y sus Señas de identidad porque de
alguna manera de eso trata la novela: de la búsqueda de las
señas de identidad de su protagonista, Magdalena, quien en
dicho rastreo no dudará en adoptar el nombre y hasta la
personalidad de su supuesta abuela, Aliar Emar Coppeta. Pero
en esa indagación de su pasado, de sus raíces, Magdalena, o
Aliar, olvidará que a menudo éstas no se encuentran en los
recónditos lugares en los que ella los pretende buscar, sino
en la cercanía de los seres queridos, aunque estos pasen por
ser su supuesto abuelo, Esteban Coppeta, el hombre que la
recogió en el puerto de Antofagasta de manos de un anónimo
-o no tan anónimo- tombonista del que tan solo conocemos su
nombre: Pachuco Yaschic. La novela, como relato de iniciación
que es, se enreda en dicha exploración y utilizando infinidad
de recursos nos va relatando con detalle la historia
de aquellos maravillosos años en los que algunos,
entre ellos Magdalena, comenzaron a ver la vida en imágenes
de blanco y negro, a reinventar el mito de la bella y la
bestia gracias a King Kong y a intuir que no están
tan solos en el incierto destino que comparten entre otros con
los poetas chilenos del momento. (Pablo Neruda, Gabriela
Mistral...). Pero por encima de todo y todos, incluso del
propio Salvador Allende al que conoce unos años antes de su
llegada a la Presidencia, Magdalena, Aliar, o tal vez las dos
juntas, forma parte de una estirpe de emigrantes enfrentados a
su pasado pero dueños de su destino. Se suceden el deseo de
ser artista, actriz en Nueva York, de buscar a su tío-abuelo
Reino Coppeta de quien se dice fabricó el monstruo de King
Kong, o cual moderno Perceval ese Cáliz de oro que le dé la
felicidad. Pero ésta contra todo pronóstico generalmente se
encuentra en nuestro interior. Decía de La chica del
trombón que se trata de una novela conmovedora,
porque así hay que definir algunos capítulos de la misma. ¿Cómo
no recordar en el futuro aquel en el que Esteban el abuelo le
comunica a su nieta que "se muere"?. ¿O ese pacto
que nieta y abuela adoptiva hacen sobre su propia tumba por el
que ella podrá asistir después del funeral al estreno de la
película por la que lleva suspirando tantos años?. ¿O la
poesía que encierran las escuetas líneas en las que su íntimo
Pedro Pablo le descubre el sexo?. Las señas de identidad de
un pueblo se miden por esas pequeñas anécdotas, sin las que
sería posible entender nuestra propia historia por muy dramática
que esta sea.
©Luis García
Rodrigo
Brunori
Me
manda Stradivarius
Debate
- Barcelona - 2000
Buenos
comienzos
Un
joven luthier se presenta de improviso en la casa de
Antonio Silverius, fabricante de violines, con el objetivo de
aprender el oficio de uno de los más grandes. Nada reseñable
hasta el momento, si no fuera por la anotación de quien le
envía, que no es otro que el propio Stradivarius. Entre ellos
comienza una relación en la que se mezcla lo profesional con
lo afectivo, lo cordial con lo competitivo, relación que
trasladarán a Homóbono, el epiléptico hijo de Antonio, y
quien comienza a configurarse como el contrapunto de la
historia. Porque Cecco Maderatti, que así se llama el
intruso, no sólo sabe de construir violines. También de
enfermedades malignas como la que les ocupa. Su intromisión
en sus vidas, tan mediocres y pausadas hasta la fecha, ejercerá
un efecto revulsivo que les llevará a ambos, padre e hijo, a
replantearse sus propias relaciones afectivas. Y así,
mientras el violín va tomando forma, irán construyendo una
amistad y desamistad que va más allá que la propia de
quienes observan como el mundo y el tiempo también se puede
medir por la calidad del instrumento que están fabricando.
Pero pronto surgen los celos del viejo luthier hacia su
aprendiz. Una desconfianza que es fiel reflejo de la que en su
día, treinta años atrás, tuviera con quien ya apuntaba iba
a ser en el futuro uno de los más grandes: el propio
Stradivarius. Y de la suspicacia al miedo media sólo una fina
línea que traspasará definitivamente a la vuelta de un viaje
al que acuden en busca de nuevos materiales para su violín.
Pero aún le queda una lección que dar, y a su joven
aprendiz, una que aprender. La que se deduce que la soberbia
siempre es mala consejera. Él lo sabe muy bien, y así se lo
hará saber aún a costa de que le cueste su propia vida. Y
con su muerte nacerá el violín, sonará, que para eso fue
creado, pero en el camino se quedará algo más que una buena
o mala amistad. Novela ganadora del Premio Jaén 1999,
y del Tigre Juan 2000, Me
manda Stradivarius, mezcla
géneros en el afortunado debut de Rodrigo Brunori, joven
autor de ascendencia argentina, músico, como no, viene a demostrar que la renovación de las
letras en lengua castellana es tan posible como la calidad de
las obras que se presentan a concurso en los diferentes certámenes
que pueblan nuestra piel
de toro.
©Luis García
Editorial
Páginas de Espuma Madrid - 2001
De
Antologías
Páginas de Espuma
es una joven Editorial madrileña con escaso bagaje a sus
espaldas pero con el suficiente como para comenzar a ser
tratada de igual a igual dentro del circuito nacional.
Mantiene así dos líneas editoriales básicas, la colección Voces,
encargada de recopilar la obra completa de significativos
autores que ahora presenta en sociedad Recuento: Cuentos
completos, o la narrativa completa de la autora Ana
Rossetti (escritora excesivamente encasillada en su función
de poeta), y la colección Biblioteca Breve, que
con sus Cuentos de hijos y padres se acerca con
su quinto título a lo que debe de ser una auténtica colección.
Que decir del primero, sino que se trata de un volumen
indispensable para entender la obra de una sugerente escritora
escasamente difundida (salvedad expresa de cuando se alzó con
el Premio Sonrisa Vertical). Ya se sabe que a la
literatura erótica nunca se la puede considerar un fiel termómetro
de la popularidad de un autor, y Recuento....... que
se inicia con Bitácora inmóvil,
culmina con Alevosías, título que la
llevó a merecer las mieles del premio mencionado. Entre
medias, Ana Rossetti realiza su particular viaje acompañada
de toda una vida dedicada a la literatura: sus fantasmas, sus
miedos y también sus ilusiones la acompañan en este volumen
de obligada referencia para su futuro. Cuentos de hijos
y padres por otra parte continúa el esquema iniciado
por la Editorial con Rumores de mar, No
hay dos sin tres, Vidas sobre raíles y Relatos
a la carta. Cada libro mantiene un nexo entre los
relatos presentados: así, por poner un ejemplo, Vidas
sobre raíles tiene en el ferrocarril la excusa,
mientras que No hay dos sin tres nos ofrece la
visión que del adulterio sostienen, o defienden, diferentes
escritores. Ahora, desfilan por las páginas de su última
apuesta las siempre difíciles relaciones de padres e hijos, o
de hijos y padres, "que tanto monta, monta tanto",
de la mano de autores de la talla de Jorge Luis Borges, Juan
Rulfo, o Carmen Martín Gaite y se alterna la pluma de
Vila-Matas con otras no tan conocidas caso de Juan Forn o el
propio Diego Muñoz Valenzuela. Hay en Cuentos de hijos
y padres relatos emotivos como La niña que no
tuve, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, mezclados con
el siempre inolvidable No oyes ladrar a
los perros de Rulfo o los microrelatos de Orlando
Araujo y Josep Vicent Marqués, dos ejemplos de que estamos
ante la revitalización de un género a menudo olvidado pero
siempre querido. Pero como a toda antología, habría que
hacerle algunas sugerencias: éstas, mientras se atienen al
nexo que vincula sus relatos, mantienen el interés en tanto
en cuanto no se produzcan fisuras. Las antologías de Páginas
de Espuma, aún pudiendo convertirse en un elemento
de referencia para el futuro, pierden su condición porque se
nos ningunea una poética, una referencia que nos ayude a
reconocer a aquellos autores poco o nada conocidos.
Recopilaciones de relatos hay muchas, antologías también.
Pero la sombra de la Biblioteca de Babel de
Jorge Luis Borges es "muy alargada". Pretextos para
publicar y agrupar relatos sobran, como muy bien nos demuestra
Páginas de Espuma u otras Empresas Editoras
(recientemente también la Editorial Muchnik ha reunido
a diferentes autores en dos volúmenes: uno de literatos
castellanos que escriben sobre Castilla, y otro de andaluces
que obviamente escriben sobre Andalucía). Pero si
quiere evitar el caer en el vulgar inventariado de relatos, se
debe de demostrar cierta ambición literaria, y por qué no,
un exquisito cuidado a la hora de elegir a los prologuistas.
Si en sus comienzos había acertado con Sergio Pitol o José
María Merino, no se puede decir lo mismo de Diego Muñoz
Valenzuela. Pero eso es otra historia.
©Luis García
Susana
Fortes Fronteras
de arena
Espasa
- 2001
De
la Guerra Civil y su variantes
Los
prolegómenos de la Guerra Civil y del Golpe de Estado que
habría de acabar a la postre con la II República española,
sirven de excusa a Susana Fortes para construir un relato que
mezcla al cincuenta por ciento todo un cúmulo de pasiones
militares con otras posiblemente menos litúrgicas de
tan avezado estamento. Tres personajes conforman la historia
de Fronteras de arena, novela finalista (con polémica,
como no), del Premio Primavera de Novela 2001.
Envueltos en la asfixiante atmósfera de Tánger, el
periodista Philip Kerrigan intenta desentrañar lo que intuye
como el comienzo de un Golpe Militar en España, mientras su
amigo, el capitán y aventurero Alonso Garcés, duda entre
inmiscuirse con su compañero en tan resbaladizo territorio o
dejarse imbuir por su gran pasión: el desierto del Sahara al
que viaja comandando una expedición. Entremedias, Elsa
Quintana llega a la ciudad huyendo de sus propios fantasmas y
de un turbio pasado de sangre y dolor, sin percatarse que el
mismo siempre la habrá de acompañar allá donde vaya. Los
tres se ven envueltos en la tela de araña de un tiempo difícil
(el del ascenso nazi al poder, el del Golpe, pero también
el de los olores de la Medina, el de los Zocos...) y conforman
una novela de intriga que recuerda y mucho (lo siento, pero es
la imagen que se me apareció al comienzo de la novela) a la
Casablanca de Bogart, porque de alguna forma, al no ser dueños
de su destino, no son sino perdedores. Pero el marco histórico
en el que se desenvuelve la obra no es más que un pretexto
para lo que verdaderamente le interesa contar a la narradora:
las difíciles y a veces casi imposibles relaciones de los
tres curtidos personajes, las pinceladas psicológicas de
Elena Quintana, sus a menudo complejos monólogos mezcla de
melancolía, de celos, de recuerdos, de deseo y de la
incontrolada pasión de quien se siente con sus compañeros,
aunque no lo aparente, ajena a una conspiración auspiciada
por unas potencias extranjeras, y consentida por otras en un
intento de frenar el avance del comunismo en Europa. El
desenlace, no por sorprendente deja de ser previsible, pero no
hace sino ahondar en el carácter romántico de la historia.
De alguna forma con él se cierra un círculo de años.
Con
una visión nueva y audaz de la Guerra Civil española (al
menos de sus prolegómenos) afronta Susana Fortes su tercera
novela, posiblemente una de las mejor construidas aunque no de
las más innovadoras. Hay que reconocerle el mérito de
introducirse en un resbaladizo terreno que ha sido demasiado
manipulado tanto en literatura como en otros géneros artísticos,
caso de la fotografía o en cine. Pero lejos de retraerse ante
ello, opone en Fronteras de arena las difíciles
relaciones de un periodista inglés de nacimiento, pero español
de adopción, como tantos otros adscritos a la retoña República,
con un peculiar militar español, Garces, mitad aventurero,
mitad idealista que simboliza desde su profesión un poco el
eclecticismo de quienes pretenden vivir ajeno a cuanto les
rodea, pero que acaba inmiscuyéndose como el que más en el
intento de evitar el Golpe. La imagen romántica de la novela
pues, gira tanto en la difícil relación que mantiene Elena
con los dos, como en el intento de sacar a la luz la
conspiración. Como oponentes tendrán tanto al capitán Ramírez,
que personifica al militar corrupto y rebelde y al comandante
Uriarte, militar adscrito al bando republicano pero cuya
cobardía puede más que su fidelidad. Y entre medias, Elena
Quintana cual Ingrid Bergman, parece más una excusa que un
personaje, un motivo. Sin duda Susana Fortes ha construido su
mejor obra hasta la fecha, sin menospreciar ni mucho menos Querido
Corto Maltes, con
la que parece enlazar el personaje de Alonso Garcés. Sin duda
Fronteras de arena es una novela cinematográfica,
llamada a convertirse en película a poco que los productores
perciban sus virtudes, que son muchas.
©Luis García
Stefan
Zweig
24
horas en la vida de una mujer
El
acantilado - 2000
Sueños
olvidados y otros cuentos
ALBA
- 2000
Una
inevitable recuperación
Descubrir a estas alturas a un autor de la talla
literaria de Stefan Zweig, puede parecer cuando menos
irrisorio, por cuanto estamos hablando sin duda de uno de esos
grandes (junto a Cesare Pavese, Josept Roth, y tantos otros
que por desgracia continúan durmiendo el sueño de los justos
a la espera de su también inevitable recuperación, a pesar
de los buenos oficios de algunos editores) que un día
tuvieron la fortuna de ver sus obras editadas de la mano de la
Editorial Juventud.
Ahora, sus relatos y sus pequeñas novelas, aquellas
como Veinticuatro horas
en la vida de una mujer, o Sueños
olvidados, comienzan a ser reeditados de la mano de esas
Editoriales pequeñas que suplen la abundancia de un catálogo
del estilo del de las Editoriales Alfaguara o Planeta, con la
imaginación y el deseo de las cosas bien hechas.
Zweig fue un autor lo suficientemente prolífico como
para no merecer el ostracismo en el que lleva sumido todos
estos años. Y aunque es más recordado en su faceta de biógrafo,
incluso en la de ensayista, conviene no perder de vista sus
narraciones pues en ellas se aprecia la desazón de unos
tiempos que evocan los cafés vieneses de entreguerras, el
psicoanálisis y la perduración de un estadio natural que
habrían de convertirlo con el tiempo en un autor de culto.
Veinticuatro
horas en la vida de una mujer, (ediciones El Acantilado)
relata en apenas cien atormentadas páginas el devenir
sentimental y sexual de una mujer angustiada por la vida y por
los acontecimientos que inevitablemente y como un torrente le
tocaron vivir. Son cien páginas magistrales plenas de lirismo
y pliegues pasionales en las que son habituales las
reflexiones sobre la vida y la muerte, y sobre las pasiones
humanas en la Europa de la preguerra. Y aún a riesgo de
pensar que la historia que nos cuenta pudiera estar desfasada,
lo cierto es que el relato no sólo ha sobrevivido a su tiempo sino que se lee con la entereza que produce la
lectura de una pequeña obra maestra.
Sueños olvidados
y otros relatos, (editorial Alba) por el contrario
recopila en sus páginas algunos de los mejores y de los
peores relatos cortos de Stefan Zweig. Algunos de ellos, auténticas
novelas cortas que en su día, a comienzos de siglo, fueron
ampliamente difundidas y apreciadas en Europa, traza aspectos
del mal vivir, y de la congoja que produce la imposibilidad de
asumir su propio destino. Son textos de años muy dispersos
(alguno se remonta a 1900, y otros a 1926) que aúnan
irregularidades literarias y prosísticas variadas mezcladas
con discursos más arrebatadoramente seductores como Mendel el de los libros. Pero por encima de todos los relatos y
novelas, al margen de la historia de que se nos cuenta,
siempre se prefigura un cierto resquemor existencial propio de
quien se muestra incapaz de aceptar su propio destino. No en
vano, Zweig tuvo una vida tan azarosa que de alguna forma le
condujo inevitablemente al suicidio. Pero esa, es otra
historia.
Es por eso por lo que esta vez he querido acercarme a
dicho autor, y referirme a él como una inevitable recuperación. Y es de agradecer el trabajo editorial
de Alba y El Acantilado, dos Editoriales catalanas, que han
sabido ver en Stefan Zweig y en su obra un fiel reflejo de un
tiempo problemático y distinguido, pero por encima de todo
sensible ante lo que le rodea, algo que parece no había sido
apreciado hasta la fecha.
©Luis García
Cristina
Sánchez-Andrade Bueyes
y rosas dormían
Siruela
- Madrid - 2001
Fantasías animadas
Cristina
Sánchez-Andrade es autora de una única obra corta, Las
lagartijas huelen a hierba, que publicada por la Editorial
Lengua de Trapo ya levantara cierta expectación en el momento
de su publicación. Ahora presenta Bueyes y rosas dormían,
novela profundamente onírica compuesta por pequeños capítulos
que empiezan y terminan en sí mismos como si de cuentos
cortos se trataran, pero que mantienen un nexo común: la
miserable soledad de sus personajes, empeñados en esperar una
y otra vez ese tren que habrá de venir cargado de los más
pintorescos objetos, pero también de ilusiones por un futuro
mejor. El verdadero protagonista de la novela, Pueblo,
es un pueblo casi fantasma, marcado por la peculiaridad de sus
habitantes: los hermanos Lucas y Blanquita, joven y puta, la
vieja Idalina, siempre cavando surcos en la tierra, siempre
enterrando la memoria, El tinajero, enano vendedor de
sangre con quien habrán de aprender que los sueños, a veces,
no viajan sino en trenes, la monja que busca la maternidad con
una obsesión que raya en lo enfermizo, la anclada ballena en
la playa y ese viento rojizo que todo lo envenena, y por
encima de todos ellos, el mar que en su día regurgitara a uno
de sus ahogados para convertirlo en porteador de novias. Como
personajes de un cuento dentro de un cuento, ajenos a la
realidad que los rodea, los gatos en Pueblo se empeñan
en nacer ciegos, porque "son como el destino que también
es ciego" (pag 114).
Plagada
de metáforas y sensuales imágenes, Bueyes y rosas
dormían no puede sustraerse a los que son sus referentes
literarios: Celama de Luis Mateo Díez, Comala de Juan Rulfo e
incluso Macondo de García Márquez. Todos, autores vinculados
a una forma de entender y ver el mundo rural y sus
protagonistas que va mas allá de la apariencia. Es por ello
muy sugerente la frase con la que da inicio la novela:
"Allí ese viento rojo rojo siempre uncido por
las cosas, como si las mascara con los puros dientes". Porque
la sensación que se tiene al terminar la novela es la de
haber asistido con los protagonistas de la misma a una lenta
indigestión que se pudo haber evitado a poco que su autora la
hubiese rehecho. (Porque no cabe duda que hubiera ganado
muchos enteros con menos páginas y capítulos, ya que algunos
poco aportan a la historia). Pero que demuestra como también
indicó Manuel Rivas, gallego como Cristina, que estamos ante
una autora con un oficio original e insólito dentro del
actual panorama literario.
©Luis García
Luis
Sepúlveda
Historias
Marginales
Seix-Barral
Barcelona-2000
Historias
cotidianas
¿Responde el género periodístico
las exclusivas exigencias del literario?. Obviamente hay que
responder que sí, a la vista de los innumerables autores de
novelas, cuentos y poemarios que plagan todos los diarios de
este país. No hay suplemento literario que no se precie de
disponer en su nómina con escritores tan consagrados con Juan
José Millás, Antonio Muñoz Molina o Javier Marías, por
citar sólo tres representativos ejemplos de aquellos que
disfrutando en vida las mieles del triunfo, no por ello
abandonan sus deberes diarios.
Luis Sepúlveda, narrador chileno de quien muchos nos
sentimos deudores, sobremanera de su espléndida novela Un
viejo que leía historias de amor, se descuelga ahora con
una recopilación de artículos publicados en diferentes épocas,
que ha reunido bajo el significativo título de Historias marginales.
Son un sinfín de historias cercanas o no tan cercanas,
de autenticidades desasosegantes o no tan desasosegante, y de
descripciones fabulescas o no tan fabulescas, pero todas ellas
con un denominador común: la convicción de que detrás del
aspecto de un hombre sencillo, siempre se encuentra una gran
semblanza que contar. Historias
marginales resalta su compromiso con los más vulnerables,
y por extensión con la naturaleza. Y lo resalta en unos
tiempos en que la tan temida globalización, como antaño
fuera la llegada del Tercer Milenio (¡qué tiempos aquellos!)
comienza a mostrársenos como el dinosaurio de Monterroso, que
"siempre estaba allí
cuando nos despertábamos". Así, Luis Sepúlveda nos
habla de Francisco Coloane, como él autor chileno, de Aurora
Sützkever, poeta judío de incierto nombre y destino, de
Simon Von Utrecht, pirata que asoló el Elba hacia el año de
mil cuatrocientos, de Vidal Sánchez, sindicalista en Ecuador
empeñado en poner en marcha una cooperativa, de los caratori, trabajadores de las canteras italianos cuyas vidas lejos
de la belleza que se les supone, están irremediablemente
unidas a la tragedia, y en definitiva de todo un cúmulo de
perdedores que posiblemente nunca hubieran supuesto que un
buen día sus vidas se iban a convertir en recurso literario.
Mitad relatos mágicos, mitad realidades ocultas, lo
cierto es que las historias que nos propone Luis Sepúlveda
nunca pasan desapercibidas ante nuestros ojos de lector. Quizás
porque nuestra propia existencia se encuentra rodeada de
valerosos protagonistas como los que en ellas se nos narran, y
al igual que ellos, tampoco nosotros nunca podremos sospechar
que alguien en algún lugar del planeta, se encuentra en estos
precisos instantes redactando nuestra propia miseria.
©Luis García
Luis
Landero Entre
líneas: el cuento o la vida
Tusquets-Barcelona-2001
Inteligencia literaria
Luis Landero, autor de sobra
conocido a pesar de que su escasa producción literaria se
reduce tan sólo
a las novelas Juegos de la edad tardía, Caballeros
de fortuna y El mágico aprendiz,
presenta en esta ocasión, cuando comienza a mascarse la
proximidad de una nueva novela que se anunciara en estas
mismas páginas en un número anterior, una reedición que
pasara desapercibida en su momento no por tratarse de un libro
menor, sino por haber sido editado en una Editorial de escasa
difusión. Con el subtítulo de El cuento o la vida,
Entre líneas posiblemente pase por ser un ejercicio
narrativo de primer orden, en el que es fácil apreciar lo que
él mismo denomina mundos novelescos. Se mueve en esta
ocasión Landero en un terreno resbaladizo, donde predominan
sus recuerdos y vivencias por encima de sus recreaciones
literarias, pero donde a menudo realidad y ficción se mezclan
conformando un puzzle que difícilmente completaríamos si no
conociéramos su obra, y por encima de todo su concepción de
la vida y de la literatura. No es casual que estemos
asistiendo al nacimiento de un nuevo género literario. Parecía
imposible que en estos tiempos en los que todo está inventado
se pudiera dar semejante circunstancia. Pero autores como
Landero, Cristina Fernández Cubas o Antonio Muñoz Molina han
hecho realidad lo que sin duda es una máxima entre los
creadores: hablar de ellos sin hablar de ellos. Porque la génesis
de sus últimas obras, en sus casos se circunscribe a la
manifestación consciente de sus propios sentimientos. Así,
lo que para muchos no sería sino un capítulo más de
memorias, para ellos es la reivindicación perpetua de su amor
por la literatura y por sus raíces. Por aquellas que los
hicieron posibles como escritores y como personas. Es por eso
que Entre líneas: el cuento o la vida, con
tratarse de la obra mas corta en extensión de Luis Landero,
en ningún momento da la sensación de tratarse de una obra
menor: todo lo contrario. Porque sólo desde la implicación
del lector con el autor, es posible amplificar las vivencias
de Manuel Pérez Aguado, protagonista circunstancial del
libro, profesor de literatura, escritor y nacido en
Alburquerque, quien posiblemente viva en el limbo aunque no
por ello ajeno a una realidad social que le condiciona y le
frustra como escritor, como lector y como profesor. Pero, ¿dónde
termina el profesor y comienza el escritor?. ¿Y dónde el
escritor y comienza el lector?. Y puestos a rizar el rizo, ¿dónde
acaba Manuel Pérez Aguado y comienza Luis Landero, educador,
incansable lector y como él, escritor nacido en
Alburquerque?. Landero, entremezclando unos capítulos en
cursiva que a mi modo de ver por sí solos justifican toda la
obra, nos relata la miserable infancia de Manuel, que no es
sino la suya propia, una infancia cargada de sueños y deseos
por un futuro mejor, de esos que solían acompañar a los
emigrantes en su viaje a la capital en aquellos desvencijados
trenes de carbón tan cargados de simbolismo y miseria, pero
una infancia carente de las mínimas comodidades: la luz eléctrica,
por ejemplo. Una juventud plagada de fábulas y alegorías: la
llegada de la coca cola al pueblo, el cine de Hollywood, pero
también la imagen de su padre durmiendo en una caja de pino
vestido con su traje de los Domingos pero sin sus zapatos. Una
vida que habría de marcarlos a ambos para el futuro, a Luis
Landero y a Manuel Pérez Aguado, y a toda una generación que
un buen día descubrió la televisión en color. Todo,
envuelto en una impecable narración plagada de secuencias
desperdigadas que posiblemente en el futuro desarrollarán
nuevas novelas e historias que inviten a soñar, pero también
a llorar, y lo más importante, que inviten a seguir confiando
en que la literatura es un arma de primer orden capaz por sí
sola de cambiar el mundo.
©Luis García
Te
informamos que tienes una entrevista con Luis
Landero para poder leer en nuestra sección
ENTREVISTAS.
Cristina
Fernández Cubas Cosas
que ya no existen
Editorial Lumen - Barcelona - 2001
El regreso
Mientras de otros autores estaríamos hablando de libro
de memorias, en el caso de Cristina Fernández Cubas hay que
hablar, como su propio título indica, de aquellas Cosas
que ya no existen. Porque de eso se trata. Más que de
sus memorias y recuerdos, algo que como ella misma explica lo
deja para otro momento, Cosas que ya no existen
es un libro miscelánea en el que es fácil reconocer la
impronta de una autora que pasa por ser la que mejor ha sabido
conjugar el relato corto fantástico en los años ochenta y
noventa con la fidelidad a una concepción de la literatura
que siempre la mantuvo alejada de mediáticos círculos
literarios. Así, va desnudándose, y es de agradecer por
ello, y nos va mostrando a aquellos sus lectores las pistas de
su mundo. Es muy difícil leer y entender Cosas que ya
no existen por todos aquellos que previamente no hayan
leído El Columpio, Mi hermana Elba o Hermanas de
sangre. Y esto es porque Cristina aquí nos muestra
las claves de sus obras, algunas de ellas nacidas de la
capacidad oral de su tata, otras de la tragedia que
supuso la pérdida de su hermana, y las más de su tremendo
aforo de autoafirmación ante el futuro. Por eso Cosas
que ya existen es un libro fundamental en la poética
de Cristina, pero por esa misma razón sería un libro
desaconsejable para todos aquellos que quisieran acercarse a
dicha autora por primera vez. Arrastra Cristina tras de sí la
estela de haber creado una obra distinta, una novela de
novelas chocante incluso para aquellos que la seguimos desde
sus comienzos. Pero si bien en una primera lectura esta
dicotomía parece excesivamente rebuscada, a poco que nos
paremos en los "capítulos" del libro en una segunda
lectura, comprobaremos que la Cristina que nos hizo llorar y
disfrutar con sus relatos y novelas se encuentra plena de
fuerza y vigor en Cosas que ya no existen.
Porque de esas pequeñas cosas, de la guerra civil española
revivida en un viejo barco que recorre el Amazonas, de los
horrores de la Dictadura Argentina en su etapa en Buenos
Aires, de la Tata, la entrañable Tata, de la muerte de su
hermana que tantas cosas nos explica a nosotros sus lectores,
y en definitiva de las contradicciones propias y ajenas trata
uno de los libros más personales que haya podido escribir la
que pasa por ser una de las renovadoras del relato corto en
los años noventa.
©Luis García
Te
informamos que tienes una entrevista con Cristina
Fernández Cubas para poder leer en nuestra sección
ENTREVISTAS.
Alfaguara
- 1999
La génesis de la novela
La génesis de una novela,
de un poema o de un relato corto, en definitiva de cualquier
historia que nos propongamos contar en un momento determinado,
suele venir precedida de un proceso de sedimentación
paliativo, que es como a mí me gusta referirme cuando
hablamos de las musas, de la inspiración o del innato talento
que se le presupone a cualquier creador. Todo aderezado por
supuesto, del necesario trabajo diario, de la disciplina más
espartana sin la que hubiera sido del todo imposible, por
ejemplo, que García Marquez escribiera sus Cien
años de soledad, o que García Lorca nos legara su poesía.
Algo hay de incuestionable en esa consideración, si
nos detenemos a analizar cuanto se escribe actualmente. Y algo
debe de haber de cierto, porque o bien de una de las premisas
mencionadas, o bien de la combinación de dos de ellas, o del
agresivo cóctel que se define de las tres una vez
cuidadosamente fusionadas, se define el resultado final de
toda obra creativa, un resultado que no siempre viene acompañado
del éxito o del reconocimiento, y que las más de las veces
se enmarca dentro de lo efímero que de por sí tiene toda
actividad neurológica. Se puede estar inspirado o tener
talento, o ambas cualidades juntas, que si no vienen acompañadas
del ejercicio de trabajar a partir de ellas, de sufrir ante la
pantalla en blanco del ordenador como antaño se sufría ante
la hoja albina, el resultado siempre será el mismo: cero.
Podríamos incentivar a partir de esta última
consideración, que todo acto creativo tiene un “algo”
de autodestructivo, toda vez que resulta fácil intuir en
él su efecto vampirizador, y un mucho de equilibrio entrópico.
Y ateniéndonos a estos protocolos, recientemente, hemos
tenido la ocasión, la suerte o la fortuna de contemplar una
de las más curiosas iniciativas artísticas que se hallan
podido realizar. Me estoy refiriendo a la “metaexposición”
Diáspora, una vacua iniciativa que ha plagado de “movimientos
escultóricos” la ciudad de Oviedo durante un mes, que
ha sido vilipendiada o ensalzada hasta la saciedad, (todo
flujo creativo levanta pasiones encontradas) y que finalmente
terminó en el más absoluto ostracismo merced a que los
objetivos propuestos inicialmente no iban parejos con la calidad de las
obras o de los”
“espectáculos” ofrecidos. La génesis en esta ocasión
no partió del creador, sino de la chequera de unos señores
empeñados en demostrar que progresía no está reñido con
conservadurismo político. (¡Que ironía!).
Uno puede escuchar historias todos los días, en el
trabajo, en el metro o en el autobús, que por más que se lo
proponga, a no ser que esa sutileza o ese dilema que se le
presenta o en el que cree reconocerse salte oportunamente
hasta la pantalla de su ordenador en forma de poema o relato,
o hasta el lienzo en forma de bodegón o retrato, siempre se
verá imposibilitado para acelerar un proceso a menudo ajeno
pero siempre entrañable. Y me viene este razonamiento, porque
he tenido ocasión de escuchar recientemente a Antonio Muñoz
Molina a raíz de la publicación de su última novela, Carlota
Faimberg. Decía Muñoz Molina, siempre tan discreto,
siempre tan huidizo, siempre tan poco locuaz, que “toda
historia no es sino una suma de otras muchas historias, de las
que no se sabe ni donde acaban ni donde comienzan”. Y de
esa forma tan sutil, tan enigmática y tan agradecida, se
dedica a desentrañarnos a nosotros, los oyentes (en ese
momento lo era más que lector), las peculiaridades de la génesis
de una novela corta, cuyo embrión básicamente tiene su
comienzo cuando hace un tiempo recibe el encargo de escribir
una narración relacionada con La
Isla del tesoro. Cinco años después, descubre con
asombro una libreta con las anotaciones escritas sobre la génesis
de aquella aventura literaria, y sobre una vieja amiga llamada
Mónica Faimberg, quien fuera jefa de prensa de Planeta y Seix
Barral, y quien hace quince años aproximadamente hizo suya la
causa de sacar adelante la que con el tiempo sería un gran éxito
de ventas y de público de un escritor en ciernes que prometía:
El invierno en Lisboa.
Es entonces cuando Muñoz Molina decide que ha llegado el
momento de dar cuerpo a una historia que le ronda la cabeza
hace tanto tiempo que hasta es posible que la tuviera oculta
en la memoria. Así nació Carlota
Faimberg, como sincero homenaje a Mónica Faimberg. Y es
que ¡cuántos quisiéramos tener una Faimberg en nuestras
vidas!.
No he tenido aún ocasión de leer la novela, que leeré,
pueden estar seguros de ello, porque Muñoz Molina siempre es
uno de esos autores recurrentes a los que se espera con
impaciencia. Pero intuyo por lo que contaba en la radio, que
será agradable el volver a encontrarse con sus temores de
adolescente, con sus historias misteriosas a medio camino
entre el sueño y el juego, y como no, con las que sin duda
deben de ser sus lecturas más queridas. Aquellas que nacen de
la devoción de amar y sentir la literatura como pocos saben
hacerlo. Porque el respeto a la letra escrita pasa
inevitablemente por asumir como propias las creaciones de
todos aquellos que nos han precedido.
Dice Muñoz Molina, que “Borges
ha tenido en su vida una influencia formativa decisiva,”... y
que “con él la escritura dejó de ser inocente, natural, porque había
que atacar a la Dictadura”. Es decir, con él, la
escritura comenzó a tener una nueva dimensión, y a vagar
eternamente hasta hoy en día, por los vericuetos caminos del
compromiso social y político. Mi influencia formativa
particular, pasa por muchos autores, y entre ellos, como no
podría ser de otro modo, por el trabajo de quien nos ocupa.
La génesis de una obra, por tanto, nunca debemos de
buscarla más allá de nuestra presencia más querida. (Un
poema está impreso en la sonrisa de unos labios, en la dramática
fotografía de un niño africano atacado por la hambruna más
deshumanizada de cuantas hallamos podido captar, o en el
desasosiego que produce el levantarse por la mañana y
contemplar amargamente que el mundo no ha dejado de girar). Y
una vez más, Antonio Muñoz Molina haciendo bueno aquel
Aristotélico Principio que estudiáramos en la Universidad,
nos demuestra como si de una axioma se tratara que también él
la encontró esperándole pacientemente a la vuelta de la
esquina en una vieja libreta de anillas en donde la llevaba
esbozando casi diez años.
©Luis García
Anagrama
- Barcelona – 1999
Graham Swift, como Julian
Barnes, Martin Amis, Ian McEwan o Hanif Kureischi, forma parte
de una nueva generación de escritores, la que se ha dado en
llamar en Inglaterra la generación del baby
boom, que nacida al calor de la postguerra, entre 1945 y
1950, creció dentro de un Estado, y de un sistema, que
alentaba la insularidad como forma permanente de vida, y que
rechazaba fenómenos universales como Los Beatles o el
pacifismo.
Es por ello por lo que tan singulares autores, que
comparten una visión más que irrespetuosa de cuanto les
rodea, dedicarán su obra literaria a uno de los más prósperos
propósitos de cuantos se puedan seleccionar: la disección y
el estudio de una sociedad que les resulta tan ajena como lo
podría ser, por poner un ejemplo, la de las antiguas colonias
inglesas.
Fuera de este
mundo, novela gratamente recuperada de Graham Swift, no
hace sino confirmar con meticulosidad lo que desde el
principio se nos anticipa en la propia configuración de la
obra. Esta se estructura en forma de 35 capítulos, de los
cuales los que hacen el número impar en los primeros 26 se
corresponden con las reflexiones de Harry Beech, empeñado
como el autor en diseccionar, para de esa forma entender, todo
cuanto le rodea. Los capítulos pares, nos trasladan a su vez
a miles de kilómetros, a la consulta de un psicoanalista,
donde Sophie, la hija de Harry, intenta a su vez entender cual
es el motivo real de que ambos, padre e hija, y por extensión
todos aquellos que de alguna forma han tenido que ver con sus
vidas, se encuentren separados por abismos insalvables,
encerrados en un mundo que no sólo no escogieron, sino que
les resulta tan ajeno como sus propios vidas. El resto de los
capítulos, hasta el número 35, alterna las reflexiones de
ambos en sus respectivos entornos, con lo que parece
presuponer una ruptura de la narración por boca de dos
personajes aparentemente ajenos hasta el momento, pero
imprescindibles para entender las carencias afectivas a las
que estuvieron sujetos. De un lado, la visión del marido de
Sophie, Joe, según sus propias palabras "un invitado de más en la fiesta" (pag 144). De otro, la
metamorfosis epistolar de Anna, madre de la propia Sophie,
quien en forma de carta parece anticiparle a su marido, a
Harry, como sobrevivir a una más que segura muerte. La muerte
se convierte de esa manera en el hilo conductor que habrá de
unir, o de desunir, a todos los personajes, en una puesta en
escena abrupta y críptica.
Es
por eso por lo que estamos ante una novela de difícil lectura
y de compleja comprensión. Si cabe, y como antes he
comentado, Fuera de este
mundo no podría entenderse lejos de la insularidad a la
que permanentemente están sometidos los habitantes de
Inglaterra, y tampoco podría entenderse si no se hace un
ejercicio de memoria colectiva y retrocedemos con sus
protagonistas a su infancia, que no es sino la de miles de
seres anónimos que en algún momento de sus vidas sufrieron
un hecho tan dramático como el que sufrió el propio Harry.
Porque la bomba con la que el IRA inicia y desencadena los 35
capítulos de la novela, no es sino una mera excusa
para comprobar como la fractura de una familia propicia
una especie de catarsis colectiva en la que todos, padres,
hijos, abuelos, se dedican a hurgar en sus memoria, en sus
recuerdos más íntimos para intentar no estar fuera del
mundo, y así salvar lo poco que aún les queda de él.
“Hay dos cosas
que nunca he permitido en mi casa” dice en un momento de
la novela Sophie a su psicoanalista. “Una
de ellas es las armas de fuego de juguete, otra las máquinas
fotográficas” (pag 72). Semejante aceptación de
principios no hace sino cuestionar una más que dudosa
interpretación de la historia. Da exactamente igual que
fabriques armas, cono hacía su abuelo, el padre de Harry
antes de que una bomba del IRA acabase con su vida, o que
colecciones fotografías de las variantes más ásperas de la
condición humana para mejorar tu autoestima, como hacía su
propio padre. Ambos, interpretan la realidad a su manera, y
representan inconscientemente un episodio de la evolución que
se nutre de idéntica desazón: el horror de lo desconocido,
la muerte, la violencia callejera, las intestinas luchas del
bien contra el mal...
Frente a tantas novelas, en las que prima el estilo
como único argumento, Fuera
de este mundo impone una manera de narrar, de contar
historias ciertamente mágica, que nos induce a una reflexión
sobre el trasfondo de la guerra, y sobre como dicha guerra
puede condicionar la vida y la muerte de las personas. Pero
por encima de todo, estamos ante una forma valiente y
coherente de entender la literatura.
©Luis García
Anagrama-Barcelona-1999
Bariloche
es algo más que una excusa, y es así y no de otro modo, como
conviene acercarse al último finalista del Premio Herralde de
Narrativa 1999. Su autor, un joven argentino aunque residente
en España, más conocido en los círculos literarios como
poeta que como novelista, y que recientemente había sido
incluido por el crítico José Luis García Martín en la
antología La generación
del 99 sobre la joven poesía española, demuestra un
oficio poco común en alguien tan inexperto, aparentemente, y
a la vez se convierte por derecho propio en un incuestionable
valor a seguir muy de cerca en los próximos años.
Y es una excusa, porque no cuenta la historia de tan mágico,
bucólico, abandonado y desértico territorio del Cono Sur
argentino. Aunque sí que se sirve de esas condiciones,
sobremanera de las dos últimas, para recrearnos la vida de
Demetrio Rota, basurero de noche, como casi todos los
basureros, mediocre alma perdida de día, como casi todos los
humanos. Y es precisamente ahí, en los interludios que se
producen entre recogida y recogida de bolsas, es donde se
encuentra la grandeza del relato. Porque para Demetrio, cuya
vida gris, sórdida y aburrida se mantiene en equilibrio a
base de armar pacientemente sus gastados puzzles por las
noches antes de marcharse al trabajo, la difícil armonía del
fragmentario desorden de su existencia no es sino una excusa
para continuar levantándose todas las noches de camino al
camión de la basura, y si acaso, para permitirse alguna que
otra veleidad amorosa con la mujer de su único amigo, y a la sazón compañero de trabajo, El Negro. Entremedio,
Demetrio se entretiene recordando un glorioso pasado en
Bariloche, una juventud vital que ha perdido para siempre,
despedazada en miles de piezas al igual que el rompecabezas
que se esfuerza en recomponer, como si con ello recompusiera
su propia existencia. Porque al igual que a todos nos ha
pasado en la vida, hay un momento de ruptura en su existencia.
La diferencia, es que el suyo coincide dramáticamente con un
desajuste temporal de inciertas consecuencias.
Novela escrita con el corazón, su lectura nos acerca
un poco más a esos microclimas que siempre parecemos estar
buscando, unas veces lenta, otras desesperadamente, pero casi
siempre solos, y nos acerca de paso, tanto en extensión como
en contenido, a los narradores existencialistas de los años
sesenta, a los Camus, Sartre, Vian..., que creyeron ver por un
día, como posiblemente también lo creyera Demetrio en su
juventud, una existencia menos mísera y degradante que la que
les tocó en suerte vivir.
Un buen relato lleno de poesía, ya que conviene
referirse a él de esa forma, más que como novela, tanto por
la extensión como por el desarrollo de la acción, que cierra
un año plagado de descubrimientos literarios, y que augura un
milenio pleno de intensidad.
©Luis García
Te
informamos que tienes una entrevista con Andrés
Neuman en nuestra sección ENTREVISTAS de literaturas.com
Menchu Gutiérrez La
mujer ensimismada
Siruela - 2001
¿Escritoras de culto?
Me
disgusta hablar de autores de culto. Sirve esto para
contrarrestar la nota que en ese sentido figura en la
contraportada de la última novela de la autora madrileña
Menchu Gutiérrez. Y no es porque un autor de culto deba de
vender pocos ejemplares. Lo es porque Menchu Gutiérrez no
guarda ninguna de las características propias de semejante
calificativo. Y aquí, creo que conviene decir que no siempre
es motivo de orgullo el que a uno le consideren un autor de
culto. En su última novela, Menchu Gutiérrez
no puede escapar a su condición de poeta por más empeño que
ponga en ello. Y no sólo por la propia configuración de la
misma, por los giros que en ella adopta, e incluso por el aura
que pretende trasmitir. Hay en La mujer ensimismada
algo que va mas allá del discurso narrativo. Doce casas, doce
actitudes vitales que se corresponden con los doce meses del año
sirven cual metáfora rulfiana para el desarrollo de la
obra. Porque uno no puede evitar el recordar Pedro Páramo
a medida que se va adentrando en al obra. La protagonista, de
la que poco o nada sabemos salvo que es una mujer, inmersa en
su propia confusión o cruce de caminos, realiza un recorrido
por las doce casas en un espacio que se asemeja y mucho a los
doce meses del año. ¿Qué encuentra en ellas?. Doce mujeres
en doce escenas que representan doce recorridos por su propio
interior, que es el nuestro. Por todas pasa, de todas sale y
entra, y en todas se queda al menos el tiempo suficiente. Y así,
entre metáforas e imágenes cabalísticas, sabores, colores y
sentimientos, Menchu Gutiérrez va cerrando herméticamente su
particular puzzle, que no es sino su propia búsqueda, y va
desgranando los misterios mismos de las relaciones personales,
que como casi siempre sucede, comienzan y terminan en uno
mismo. Novela a ratos confusa y laberíntica, lo que no cabe
duda es que supone un punto de arranque en una narradora que
se aleja y mucho, de las corrientes estéticas predominantes.
Y aquí sí que enlaza con otra autora también de la casa,
Cristina Sánchez-Andrade, de la que hablaremos en su día
©Luis García
Lorenzo
Silva
El
alquimista impaciente
Destino
- Barcelona - 2000
El
Destino desapercibido
Decir que Lorenzo Silva ha
escrita una novela para ganar el Nadal, puede resultar una
perogrullada, cuando no una estupidez. Pero lo cierto, es que
si alguna característica tiene la última narración del
flamante agraciado de tan prestigioso premio, El
alquimista impaciente, es precisamente esa condición de
profética ganadora, algo que se observa desde la primera página.
¿Qué por qué hago tan abrumadora declaración?. Muy
sencillo. Por la temática que desarrolla (obra ambientada en
la actualidad y plagada de recursos conocidos, caso de las
manidas mafias rusas), del ámbito ¿negro?
(algo que no me atrevo a afirmar con rotundidad, sin
perjuicio de molestar a terceros), y con los suficientes
ingredientes de misterio, asesinatos, y sexo, que tienen como
contrapunto a dos investigadores de los más castizos que se
puedan encontrar, y que ya nos habían presentado en El
lejano país de los estanques: el sargento de la Guardia
Civil Rubén Bevilacqua, y la número Virginia Chamorro. Y con
todo esto, Lorenzo Silva se mete entre pecho y espalda en
apenas tres meses, una historia que a otros autores del género
les cuesta años el construir.
¿Cuál es el mérito entonces de Lorenzo Silva y de su
El alquimista impaciente?. Pues sencillamente que se trata de una
novela entretenida, algo que demandan los lectores hoy en día,
plena de vigencia, y que termina bruscamente justo cuando la
historia comenzaba a decaer, y con ella los perfiles de unos
personajes que nunca acabamos de creernos del todo. Porque si
algún mérito demuestra tener Lorenzo Silva es que sabe
manejar los recursos literarios, que conoce el oficio.
Y con estas nos adentramos en la novela. Ya tenemos a
los dos investigadores de rigor, y nos hace falta un muerto,
cadáver que se nos presenta en la primera página y que
preludia los acontecimientos posteriores. Pero la novela negra
tradicional funciona un poco por inercia. Y si esa inercia no
se controla, tiende a derramarse por los
laterales como la mermelada, algo que le sucede a
menudo a Silva, en donde llega a perder el control de los
personajes hasta que llegan a mostrarse ante nuestros ojos
como totalmente inverosímiles. Son demasiados ingredientes
potencialmente narrativos mezclados en apenas doscientas
ochenta y un páginas. (Una central nuclear, la desaparición
de un maletín con uranio, los ecologistas impertinentes, las
mafias rusas, las prostitutas bielorrusas, la puesta en escena
del primer cadáver, tan grotesca como esperpéntica...) y
todo un sinfín de recursos cinematográficos, sin cuyo medio
hubiera sido imposible no ya terminar la novela, sino incluso
el ponerles nombre a los capítulos. Y para terminar, una
acelerada y a mi juicio desafortunada resolución del caso que
no hace sino demostrar la premura de la que Lorenzo Silva se
sirvió quizás precisamente para poder presentarse al premio.
Es posible que entre sus prioridades no se encuentre el
escribir literatura de alta calidad, que para esos menesteres
se encuentran otros autores, y para ese viaje tampoco hacían
falta alforjas. Pero no es menos cierto que a un ganador del
Nadal se le debe de exigir algo más de lo que demuestra en
esta novela.
El Premio Nadal, como el Planeta y tantos otros,
siempre se ha caracterizado por galardonar a neófitos
escritores deseosos de un instante de gloria. Después, el
mercado, que diría uno de los más lamentables ministros de
la democracia, se encarga de colocar a cada cual en su sitio,
y de laurear con la obligada continuidad, a los que de verdad
se lo merecen. Así, en la nómina del certamen, podemos
encontrar a novelistas de la talla de Juan José Millas, Rosa
Regás y Manuel
Vicent, con otros no tan afortunados como Pedro Maestre o Lucía
Etxebarría. Sólo el tiempo dirá que le deparará el destino
a Lorenzo Silva. De momento ha sido el éxito, que dada su
juventud, esperemos que sea capaz de mantener con el necesario
equilibrio de calidad.
©Luis García
Mario Vargas
Llosa El
lenguaje de la pasión
Ediciones El País S.A.
- 2001
La herencia cautiva
Mario
Vargas llosa, puede pasar por muchas cosas. Y me figuro, que a
estas alturas de su carrera literaria, cuando observa hacia
atrás y contempla el reguero de cadáveres tras de sí, uno
se puede permitir ciertas licencias. No en vano, estamos ante
uno de los renovadores de la lengua, ante quien junto a García
Márquez y Carlos Fuentes impulsó definitivamente lo que con
posterioridad sería conocido como el boom latinoamericano,
ante quien, en definitiva, mostró y continúa mostrando toda
su calidad literaria desde las páginas de los diarios desde
las sucesivas novelas que continúa publicando. Cuando aún no
se han apagado los ecos de su espectacular La fiesta del
Chivo, de espectacular cabría referirse a ella, no en vano
fue uno de los éxitos literarios del pasado año, Vargas
Llosa nos presenta El lenguaje
de la pasión, configurado por una sucesión de artículos
aparecidos en el diario El país en la última década, y que
de alguna forma son la memoria histórica de una época
concreta mezclada con pensamientos, reflexiones y reseñas
sobre autores. Se aprecian de esa manera, desde su partícula
"piedra de toque", nombre que Vargas Llosa le daría
a la sección del diario, que las inquietudes del autor no
estaban ni están circunscritas al ámbito literario, sino que
iba y va mucho más allá del social y político. Y es aquí
en donde enlazamos con el principio. Porque se puede o no
estar de acuerdo con sus análisis y reflexiones, pero lo que
nunca se pueden poner en duda es su verosimilitud y la agudeza
de los mismos. En 1997, Vargas Llosa escribía un artículo
Defensa de las sectas, en el que alertaba no sobre el carácter
destructivo de las mismas, que de eso ya se encargan los
informativos, sino sobre la implacable persecución que estaba
sufriendo la Iglesia de la Cinesiología y sus más populares
representantes, persecución que comparaba con la de los judíos
en la Alemania nazi. Una posición valiente en unos tiempos de
totalitarismo, máxime cuando provienen de alguien al que con
frecuencia se le acusa de falta de amplitud de miras o de
estar supeditado al neoliberalismo más extremo. Y en su artículo
Siete años, siete vidas, firmado en Lima en el mismo año, si
bien alertaba del escaso talante democrático del Presidente
Peruano, sí que reconocía sus méritos en el apartado económico
y antiterrorista. Algo que se amplifica notablemente si viene
de quien precisamente perdió las elecciones contra dicho
Presidente. Pero si sus artículos sobre política, con ser
discutibles resultan interesantes, es en su agudo sentido crítico
literario en el que Vargas Llosa despliega su talento como
escrito. Por su pluma se pasean desde Lezama Lima, hasta Corín
Tellado, desde Paul Valery hasta César Vallejo. Y en todos
los escritos deja su impronta personal. La de quien se siente
heredero de una estirpe que guste o no, está cercana a la
desaparición.
©Luis García
Rosa Montero
El
corazón del tártaro
Espasa - 2001
Bajada a los infiernos
Conocida es la faceta de Rosa
Montero como periodista y entrevistadora, en donde ha dejado
grandes muestras de su calidad. Pero quizás sea en el
apartado de la creación donde Rosa siempre se ha mostrado más
remisa a desnudarse de igual forma que lo hace en el campo
antes citado. Por eso es de agradecer que de vez en cuando nos
entregue alguna novela. Porque sus lectores no sólo queremos
disfrutar con sus crónicas. No es la primera vez, y supongo
que no habrá de ser la última, que Rosa Montero predica
literariamente una bajada a los infiernos, un deambular por
los suburbios de la Gran ciudad. Pero pocas
veces lo ha hecho con la convicción poética de quien se
siente segura dominando a los personajes. Zarza, arquetipo de
la triunfadora pero también de aquel, aquellos que tienen un
turbio pasado que ocultar, se despierta una mañana, al igual
que Gregorio Samsa, convertida, en su caso reconvertida, en un
monstruoso insecto. De repente, y a partir de una llamada
telefónica, inicia una huida hacia delante en la que recorrerá
los mismos caminos que hiciera años atrás, pero esta vez
sola. Convertida sin desearlo en una nueva Mr Hyde, descubre
que aquel submundo de entonces permanece inalterable, si acaso
sólo han cambiado los peones y los motivos, pero que continúa
siendo tan cruel y mísero como antaño. La trama de la novela
se enredará hasta el extremo de que aflorarán sus dramáticas
e incestuosas relaciones con su padre, que le estallarán en
un imprevisible final en el que después, nada volverá a ser
igual.
©Luis García
Te
informamos que tienes una entrevista con Rosa
Montero en nuestra sección ENTREVISTAS en
literaturas.com
Eduardo
Mendoza La
aventura del tocador de señoras
Editorial Seix-Barral - 2001
Un agradable reencuentro
Mal
que le pese al propio Mendoza, ni la novela ha muerto ni su
fin parece próximo, tal y como él mismo había vaticinado
hace algunos años. Aunque bien es cierto que posiblemente se
habían malinterpretado sus declaraciones, y que en realidad
Eduardo Mendoza lo que estaba poniendo en duda era la
continuidad de un tipo de contexto narrativo que para nada
compartía, lo cierto es que de sus palabras se dedujeron no
pocos efectos colaterales que continuaron hasta nuestros días
y que culminaron, al menos por el momento, en los desgraciados
"cánones" que
algunos críticos y Editoriales (¿dónde empiezan unos y
acaban los otros?) se empeñaron en restregarnos. Si bien es
cierto que la novela sufre una transformación continua, que nó
mutación (¡qué sería de la misma en caso contrario!), no
lo es menos que estamos viviendo de un tiempo a esta parte a
un florecimiento del género acorde con los vertiginosos
tiempos que se viven. La novela existe y perdura porque
perduran y existen los lectores, que en última instancia son los
que quitan y ponen rey. Y que continúe por muchos años.
Ahora, Eduardo Mendoza nos presenta tras largos años
de silencio La aventura del tocador de señoras,
sin duda una obra que podría haber estado llamada a mayores
gestas, en la que rescata a uno de los protagonistas
preferidos tanto por el propio autor como por los lectores. El
enigmático protagonista de El laberinto de las
aceitunas y de El misterio de la cripta
embrujada abandona definitivamente el Frenopático en
el que viviera prácticamente toda su vida, y se entrega a la
nada desdeñable labor de peluquero (estilista, para ser más
exactos) en un local regentado por su cuñado, a saber, el
marido de su hermana. Nada nuevo pues en sus comienzos. Y nada
nuevo en el desarrollo de una novela que se lee con gusto, una
obra plena de aciertos hilarantes y guiños literarios como
las continuas referencias por ejemplo a Saramago. Asesinatos,
persecuciones, y curiosas, desconcertantes y cómicas
situaciones detectivescas que convergen en el absurdo más
esperpéntico, como el capítulo en el que prácticamente
todos los personajes de la novela confluyen en el apartamento
del protagonista con idéntico objetivo (a mi me recordó y
mucho al comic de 13 Rue del Percebe), conforman
la historia de La aventura del tocador de señoras,
que sin duda no pasará a la historia por ser una de las
mejores que ha escrito pero sí una de las más divertidas.
Mendoza organiza todo tipo de situaciones surrealistas, y sale
bien parado de ellas, demostrando que tiene oficio y que la
novela está a su servicio y no a la inversa. En definitiva
disfruta creando despropósitos y rozando la inverosimitud,
una de las leyes sagradas de la literatura.
Pero lo verdaderamente importante de la novela es la
radiografía que Mendoza hace de la sociedad catalana, y por
extensión de la española. Habrá quienes no quieran verla,
cierto, pero en mala, muy mala posición quedan nuestros políticos
(el alcalde), y nuestros empresarios (el muerto, de quien dice
dirige la empresa El Caco Español). Nadie
escapa a sus delirantes críticas. Nadie. Si acaso, se le
puede achacar el excesivo uso que hace de la parodia y del
chiste fácil para ellas, y el abuso de ciertos giros que poco
o nada aportan a la historia. Digna en sus comienzos, la obra
decae a medida que se lee, pero en ningún momento pierde el
hilo de la historia, aunque no sea capaz de mantener la tensión.
Rafael Conte en las páginas de un suplemento nacional decía
que Mendoza le recordaba a Woody Allen lo suficiente como para
tratarlo como a un clon suyo. Y algo de cierto
tiene su razonamiento a poco que se lea la trilogía de
nuestro protagonista de La aventura del tocador de señoras.
©Luis García
Roberto
Samur Esguerra
El Remolino
Mussolini
renace en Sincelejo
Autoedición 2001
por
©Ignacio
Ramírez. Director de la Agencia de Noticias Culturales
Cronopios de Colombia
A los buzones de
correos de quienes publicamos nuestras experiencias de
lectores en periódicos y revistas, llegan de vez en cuando
curiosas e interesantes obras por las cuales vale la pena
lanzar al mar de los indiferentes o de los desinformados
contralectores de nuestro iletrado país, una botella de náufrago,
con la esperanza de que en alguna playa de algún mar, algún
buscador de sorpresas la recoja y la destape para que aparezca
el genio que le conceda los deseos de gratificación,
esparcimiento y lúdica, que son los fundamentales en el decálogo
de búsquedas de todo buen devorador de libros no
publicitados.
Aquí está uno de ellos: El remolino, una novela breve, de 128 páginas, sin sello editorial
alguno, pero con pie de imprenta de Gráficas Lealtad, de
Sincelejo, y autoría de
Roberto Samur Esguerra, un colega que según noticias
de la solapa, tiene ya publicadas otras dos obras: En
enero siempre llueve y Amar: privilegio o desdicha.
La historia de El
Remolino tiene el ritmo de las tragedias griegas, pero su
desarrollo y desenlace ocurren en escenario costeño, sinuano,
para más señas: “Cuando Zita Petrino llegó a Torobé,
nadie conocía el verdadero motivo de su viaje, ni las causas
que la obligaron a renunciar a su terruño, en el que
transcurrió su primera vida entre trigales y geranios”, según
el primer párrafo. A partir de allí, suceden tantas cosas y
se nos deparan tantas sorpresas, que uno va de la mano del
relato con la misma ansiedad e intensidad con que se mete
dentro de una película con buena trama. Zita va en búsqueda
de su mal marido Pietro, quien había traído consigo a sus
dos hijos, a la flamante América, en busca de Eldorado
famoso, aún en las
segundas y terceras décadas de este siglo.
Pero Pietro no es un inmigrante cualquiera. Entre sus
muchas hazañas de aventurero, cuenta el hecho de haber sido
alcahuete de los públicos amores de Benito Mussolini con su
adorada amante Clara Petacci, lo que implica no sólo la
resurrección de Il Duce en la imaginería literaria del
empate de los milenios que nos correspondieron para disfrutar
la alegría de leer, sino también la oportunidad para revivir
facetas de la historia de los inmigrantes de guerra y de
postguerra a nuestras comarcas costeñas, donde, la mayoría
de ellos, no sólo se afincaron para siempre sino que echaron
raíces, se multiplicaron y terminaron colombianizándose.
Aquí, por
supuesto, como en toda novela que se respete, vibra el
elemento de una intensa historia de amor dentro de la cual se
entremezclan los personajes criollos con los exóticos
advenedizos, se entreteje con audacia la trama de un suspenso in
crescendo y se tiene la ocasión de degustar (arte
exclusivo de lectores) la atmósfera candente, pegajosa,
sofocante, de tantos pueblos nuestros en donde pasan tantas
cosas y sin embargo da la sensación de que
lo único que no pasara fuera el tiempo: la malicia, la
violencia, la picardía, el talante de los nativos y la
simbiosis que tienen que asumir los extranjeros, se hacen patéticas
en el proceso narrativo y aunque queden para siempre en el
libro como testimonio de lo que existe
en el submundo literario, uno sabe que cuando cierra
las páginas, afuera lo espera el mismo bochorno de siempre,
la idéntica parsimonia de la realidad intemporal en estos
parajes de la tierra.Roberto Samur Esguerra trabaja el terreno
literario con elementos que hacen grata y sencilla la lectura:
un lenguaje elemental, adjetivado en la medida en que así se
reclama para ambientar el
texto, acertado en el manejo de las descriptivas y de los
espacios, equilibrado en la concepción sicológica
y creíble de los protagonistas. Un Remolino con
gratificantes vueltas y revueltas para sentir que vale la
pena, aún, aguardar las sorpresas en los buzones de correos,
aunque estos sean ya objeto para la memoria del siglo XX, que
los sepultó con apartados cibernéticos.
©Ignacio
Ramírez
Planeta
– 1998
La
reciente concesión del Premio Planeta 1999 a la joven autora
Espido Freire, pone de manifiesto la existencia de una
corriente narrativa plena de calidad y acierto, y lo que
resulta más importante, llena de sinceridad y espontaneidad,
totalmente al margen de ese otro fenómeno que bautizado como
“fenómeno Mañas”, poco o nada aportó a la literatura de
los años noventa.
Partiendo de esta premisa, y del hecho de que el Premio
Planeta se halla ganado por derecho propio un lugar de
privilegio tanto por lo acertado como por lo desacertado de
sus galardonados, resulta ciertamente sorprendente el giro que
parece querer dar en su política editorial, y digo que parece
porque habrá que seguir muy de cerca cuanto esta joven
autora, y otras u otros en el futuro,
publiquen a partir de la fecha, que no nos cabe ninguna
duda, será en el Imperio Planeta.
Con todo, y al margen de la ya excesivamente reseñada Melocotones helados, he querido acercarme a Espido Freire a través
de una de sus primeras obras publicadas, sino la primera, a
pesar de que una y otra vez ella insista que la novela
ganadora antes mencionada fue la que primero salió de su
pluma. Me estoy refiriendo a Irlanda, novela de iniciación en donde se prefigura toda una atmósfera
recurrente que posteriormente volcaría en su segunda novela, Donde
siempre es Octubre, en donde al igual que sucediera con la
Comala de Rulfo, el Macondo de García Marquel o el condado de
Yorknapatawpha de Faulkner, la fantasmal Oilea se nos presenta
a nuestros ojos de lectores como ese territorio mágico y mítico
que tanto soñáramos en nuestra infancia.
En Irlanda,
de alguna forma se inicia su desarrollo como escritora, y
tengo que reconocer que, habiéndome acercado a ella más por
la curiosidad de quien intuye que verdaderamente tiene algo
que ofrecer, me deslumbró desde el principio, desde ese enigmático
y premonitorio comienzo: “Sagrario
murió en Mayo, después de tantos sufrimiento, y tuvo un
entierro en el que la iglesia se abarrotó” (Pag. 7).
Y es a partir de tan banal acontecimiento cuando
asistimos impasibles a la bajada a los infiernos de Natalia,
la protagonista y hermana de la fallecida, una joven tímida y
frágil que apenas ha salido de su entorno familiar, y que
desde la insalvable distancia que la separa de sus primos,
Roberto y la dulce Irlanda, se siente incapaz de entender las
grandezas y las miserias de una vida rodeada de crueles
desasosiegos. Porque en un intento por protegerla de tanto
desconcierto, tanta desolación e incomprensión y tanta
muerte, sus padres deciden enviarla a pasar el verano con sus
primos en el campo, y será en esa estancia veraniega cuando
Natalia crezca y madure a la sombra de Irlanda, la perfecta
Irlanda, la incuestionable Irlanda. Pero contra todo pronóstico,
será también allí donde sus sueños, sus pesadillas y por
qué no, sus fantasmas más queridos, aquellos que nacen a
partir del inconsciente reflejo juvenil de una vida truncada a
destiempo, emerjan con toda la fuerza del mundo provocando un
desenlace tan esperado como cruel.
En definitiva, un buen inicio para quien está llamada
a ser un referente en el siglo que ya por fin comienza. Y para
mi gusto, alguien a quien he descubierto como en su día lo
hiciera con otras autoras. Con sorpresa, pero con gratitud.
©Luis García
Seix
Barral – 1999
En
busca de Klingsor, novela ganadora del Premio de
Biblioteca Breve, que Cabrera Infante denominara como de “ciencia-fusión”,
toma como excusa uno de los sucesos más importantes y menos
divulgados de nuestro siglo: El intento de acabar con la vida
de Adolfo Hitler, y por tanto con su régimen, y el posterior
golpe de estado que se había planeado en el supuesto de que
el atentado no resultase fallido. Y para ello, Volpi, que se
sirve tanto de personajes de ficción como históricos,
utiliza a su vez como contrapunto a lo que en principio parece
una novela de espionaje, una acertada y documentada incursión
en la historia del proyecto alemán de fabricación de la
bomba atómica. Es decir: Volpi, consciente de que la historia
siempre la escriben los vencedores, establece el paralelismo
alemán del Proyecto Manhattan, y la loca carrera contra el
reloj a que se dedicaron vencedores y vencidos en los meses
finales de la II Guerra Mundial. Se vale de un enérgico físico
que arrastra el estigma de su nombre, Francis Bacon, a quien
se le encomendará la misión de descubrir la identidad de
Klingsor, nombre en clave tras el que se esconde supuestamente
el verdadero cerebro alemán encargado del proyecto secreto,
el asesor personal en materia científica del Adolfo Hitler. Y
a su vez Bacon se habrá de servir de lo poco que aún parece
quedarse en pié en una Europa devastada por el fin de la
contienda: la memoria viva de un matemático de segunda fila
que mantiene el privilegio de haber sido conspirador en el
atentado, y de haber conocido a los mas grandes sabios de la
Alemania nazi. Pero Klingsor, como iremos descubriendo a
medida que avancemos en la novela, es algo más. Es la auténtica
piedra filosofal de este final de milenio por el que habrán
de pujar americanos y soviéticos en lo que a simple vista
parece ser uno de los primeros episodios de la Guerra Fría.
La literatura, tan acostumbrada a inmiscuirse en los terrenos
de la mitología, tiende aquí una mano al enigmático Merlín,
y, como hiciera aquel con su Rey Arturo, también éste
decide, aparentemente, desaparecer sin dejar rastro, y
condenarse a un voluntario ostracismo alejado de las
posiciones maniqueas de sus jefes. Conviene reflexionar que la
literatura, ajena a las vicisitudes de la historia, acostumbra
a moverse cómodamente en
el terreno de la leyenda. Porque leyenda es, al fin y al cabo
la historia de Parsifal, tan pedagógicamente explicada por el
oscuro Gustav Links, y la búsqueda del Santo Grial. Es
entonces, y sólo entonces, una vez iniciada tan mediática búsqueda,
cuando en un giro que sorprende por su complejidad narrativa
la novela decide tomar vida propia al margen de sus personajes
y dirigirse hacia múltiples direcciones para así, en una
sucesión entrópica que a veces nos remonta a la teoría del caos, vamos conociendo de primera mano las conexiones
de una conspiración que pretendió cambiar el curso de la
historia acabando con la vida del Führer, las peculiaridades
de las Sociedades Secretas que ya antes de la instauración
del III Reich abogaban por la exaltación de una raza
superior, la aria, la alemana, y la propia idiosincrasia de
quien presuponemos se esconde tras tan artúrico apelativo,
que no es otro que quien hace de anfitrión en la novela.
Con una perspectiva histórica ciertamente encomiable,
aunque de dudosa objetividad, Volpi va tejiendo lentamente a
través de sus 444 páginas toda una tela de araña que sólo
nos puede llevar a una conclusión: no existe un Klingsor,
sino miles. No hay un culpable, sino miles. Uno por cada
participante activo en tan monstruoso proyecto. Y da
exactamente igual que Klingsor hable alemán o inglés, ya que
ambos no son sino víctimas de sus propias contradicciones. Es
posible que Volpi pudiera haber hecho más hincapié en la
irreflexible inmoralidad de los científicos que ganaron la
guerra, sobremanera de algunos pacifistas como Einstein,
encargado de llevar adelante el Proyecto Manhattan en sus
comienzos, en vez de demonizar a los Heissenberg, Stark, etc,
quienes a fin de cuentas no hacían nada diferente a sus
colegas del otro lado del Atlántico. Pero no es más que una
novela de ficción, y como tal, debe de tratada.
En
definitiva, En busca de
Klingsor es una novela que entretiene de principio a fin
(si acaso, al finalizarla uno tiene la sensación de que con
unas cien páginas menos hubiera ganado en intensidad)
sobretodo por lo atrayente de lo que en ella se nos narra. Y
aunque en ocasiones pueda parecer una novela de espías, o
policiaca, en ningún momento nos deja indiferentes, ya que
por encima de todo planea un trasfondo filosófico, la
inevitable lucha del bien contra el mal, que lleva a
cuestionarnos las implicaciones que la ciencia adopta para con
nuestra propia vida.
©Luis García
José
Luis Sampedro
El
amante lesbiano
Plaza
y Janes - Madrid - 2000
Un
regreso esperado
José Luis Sampedro ha
regresado a la novela, lo cual de por sí debería de ser
motivo suficiente de alegría entre todos cuantos de una u
otra manera seguimos su trayectoria literaria. Y lo ha hecho a
lo grande, desde la incertidumbre de quien se siente seguro en
la atalaya de sus ochenta años, plenos de vitalidad
intelectual y por qué no, humana. Posiblemente habrá quien
verá en El amante
lesbiano una especie de testamento literario, algo así
como su definitivo epitafio intelectual. Craso error,
sobremanera si nos atenemos tanto al continente como al
contenido de la obra, y si nos paramos por un instante a
observar la rebosante vitalidad que demuestra Sampedro en
todas sus entrevistas públicas.
Pero El amante
lesbiano viene eso sí, a llenar un vacío que a veces se
nos podía antojar como necesario, habida cuenta que va a
resultar difícil el encontrar dentro de la abundante oferta
literaria actual una novela tan valiente, tan innovadora y tan
plena de actualidad como esta. Y
Sampedro, asumiendo los riesgos propios de quien tiene poco o
nada que perder en literatura, y por extensión en la propia
vida, ha decidido lanzarse a la arena con la gesta travestida
de un personaje de ficción pleno de interés, por cuanto no
hace sino indagar en uno de los grandes tabúes de nuestra
sociedad: la homosexualidad, la bisexualidad o la ambigüedad
sexual como paradigma de la humanidad. Así, lentamente, va
construyendo una historia que a la vez supone todo un
manifiesto a favor de la libertad sexual, y como no, del
individuo en cuanto persona que siente, que sufre y padece.
Los titubeantes comienzos de Mario, su protagonista, - su
malograda adolescencia, el fracaso de su matrimonio -, no
hacen sino ahondar un poco más en su peculiar frustración,
que no es sino la de todos cuantos seguimos su trayectoria.
Porque aun a riesgo de que se pueda malinterpretar, es
relativamente sencillo el identificarse con él, y con
"su problema".
El amante
lesbiano resulta a veces una novela psicoanalítica, o
"ipsoanalítica", como a Sampedro le gustaría decir
posiblemente. Y así, mientras observamos lentamente a medida
que pasamos las páginas la peculiar transformación de Mario
en Mirian merced a la inestimable ayuda de quien lo fue todo
para él, o para ella, Farida, intuimos el carácter andrógino
de su creador y de todos nosotros, en unos tiempos marcados
inevitablemente y para siempre por el pensamiento
único, la terapia
única y como no, el sexo
único.
Novela sobria y espléndidamente construida, no cabe duda que dará que
hablar entre los mentideros mal llamados intelectuales de este
país. Y sino, al tiempo.
©Luis García
Kiran
Desai
"Alboroto
en el Guayabal"
Emecé
Editores - 1999
¿Existe un boom de la literatura angloindia?
La reciente publicación
de la novela Alboroto
en el Guayabal, de la autora angloindia Kiran Desai, pone
de manifiesto la existencia de una literatura bastante
desconocida entre nosotros que bien por cuestiones coloniales,
bien por razones culturales, entronca con la tradición
literaria europea, y más concretamente con la inglesa. En
palabras de Salman Rushdie, dicha existencia literaria
"es la prueba más evidente de que el encuentro de la
India con la literatura inglesa, lejos de haber desembocado en
un fracaso, continúa dando vida a nuevos hijos, dotados de
abundantes talentos".
Kiran Desai representa, por tanto, junto a Arundhaty
Roy, la voz más joven y más actual
del llamado boom de la narrativa angloindia.
Ciertamente, Alboroto en el Guayabal es
una novela plena de humor e imaginación, capaz de construir
una historia de principio a fin de una forma original. La
picaresca existencia arbórea del joven Sampath Chawla, su
protagonista, quien habiendo nacido en el seno de una familia
un tanto particular, y no pareciendo por tanto, a medida que
avanza la novela, destinado a conseguir grandes cosas en la
vida, sobre manera desde su puesto gris del Departamento de
Correos, recuerda inevitablemente a la de Cosimo Piovasco di
Rondò, el peculiar personaje de El Barón Rampante, de Italo Calvino, que también decidiera en su
momento, éste en el siglo XVIII, subirse a un árbol para
nunca más bajar de él. Pero no es esta la única
coincidencia que podemos establecer entre las dos obras. Como El
Barón Rampante, Alboroto
en el Guayabal pasa por ser una novela ambiciosa y
experimental, quizás debido a la juventud de su autora. Como
en El Barón Rampante,
el desarrollo literario cede todo el protagonismo a su
personaje: Cosimo, entonces, vivió la Ilustración en todo su
esplendor, se carteó con los más claros cerebros de la
Europa de las Luces y fue testigo de cuantos acontecimientos
se desarrollaron en su siglo. Aunque el joven Sampath Chawla sólo
se subió en un principio a un árbol a meditar, el
desasosiego y la falta de interés por cuanto le rodea unido a
la información secreta que posee de sus vecinos, información
obtenida generalmente de una forma puramente casual, lo
convierte en una especie de santón y a su nueva morada, en la
Meca de un sinfín de inocentes peregrinos deseosos de
orientación espiritual, convirtiéndose de esta forma Alboroto
en el Guayabal en una fábula narrada con humorismo e
imaginación, en
una novela plena de humor cuya irónica mirada sobre la
realidad de La India supone una mordaz radiografía del hombre
contemporáneo y una magnífica alegoría del comportamiento
humano en temas tan universales, transcendentales y eternos
como el amor, la familia y las relaciones personales.
Alboroto en el Guayabal resulta por tanto un libro brillante, en la
medida que nos muestra aquello
que tenemos en común. Después de todo, la gente sólo es
diferente en apariencia, de hecho, todos solemos actuar de idéntica
forma cuando estamos ante situaciones de presión. Adorando a
Santones eremitas subidos a los árboles, o comprando libros
para mejorar nuestra autoestima, nuestra uniformidad desconoce
las fronteras, por lo que es fácil apreciar en la obra la
fresca ironía que llega a provocar la confrontación,
especialmente cuando la creación de un supuesto escándalo,
rompe la monotonía de nuestras vidas.
Nos encontramos por tanto, ante una nueva manera de
entender la literatura, nada desdeñable y tremendamente
curiosa. Una literatura novedosa, desconocida y de
construcciones sencillas, aunque de complejos trasfondos,
llena de hilaridad, sabiduría e inesperada poesía. Y una
literatura, que está llamada sin lugar a dudas a mayores
logros de los actuales, y que también probablemente, dará próximamente
nuevos talentos. Quizás sea necesario reflexionar sobre
nuestra propia existencia para estar en disposición de
entender por qué un loco que se sube a un árbol, y que
decide no bajar de él, se convierte de la noche a la mañana
en una especie de divinidad a quien todos respetan y admiran.
©Luis García
José
Saramago
La
caverna
Alfaguara
- 2001
A
vueltas con el mito
Nada
más acertado para rescatar del olvido a autores y textos tan
fundamentales en nuestra formación como lectores y
escritores, que esta oportuna novela del escritor portugués
José Saramago, con la que de alguna manera cierra la
trilogía formada por Ensayo sobre la ceguera y Todos
los nombres.
Estamos
sin duda ante uno de los escritores más denostados por unos y más admirados por otros.
José Saramago ha sabido desde su voluntario exilio, no el físico
en Lanzarote, sino el interior, aquel al que deberíamos de
regresar todos de vez en cuando para reflexionar sobre nuestra
propia existencia, aglutinar y remover las conciencias de
quienes le escuchamos y leemos. Pueden por tanto los seguidores de su obra
estar contentos, porque La caverna
tal y como tiene configurado su propio mundo literario no es sólo
una novela: es La
Novela,
ahora que está tan de moda hablar del partido del
siglo, la madre de todas las guerras o el concierto que nunca
se habrá de repetir. La caverna es La Novela porque aúna entre sus páginas además de la
facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que
se echa en falta en los escritores de este fin de siglo /
milenio, excesivamente preocupados y enfrascados en batallas e
intrigas palaciegas que poco o nada aportan al debate humano
que debería de servirse desde las páginas de los diarios, y
a la literatura en general. La particular batalla de Cipriano
Algor contra el kafkiano y desconsolado Centro Comercial,
paradigma productivo del Pensamiento Único, y la peculiar interpretación del mito de la caverna
platónico, siempre es bueno
rememorarlo ahora que los años de facultad comienzan a pesar
en exceso, nos retrotraen a un tiempo que posiblemente ni fue
mejor ni peor que el presente, pero cuando menos diferente, y
por tanto susceptible de ser criticado. Porque sólo desde la
educación en valores, que con el tiempo nos permitirá
censurar con justicia lo que vemos, nos convertiremos en
hombres libres.
Es posible como algunos pretenden demostrar, que la
tremenda equivocación de Saramago parta de que no ha sabido
interpretar que los Centros Comerciales actuales son las ágoras
de la antigüedad, las plazas en las que el pueblo se reunía
a departir con sus vecinos. Es posible. Como también lo es
que el autor se ve incapaz de escapar a su destino cuando
muestra su repulsa a los sucesivos ataques xenófobos que a
diario se producen en el lugar en que vive, o de escapar
(menos mal) a un pasado político marcado por su
militancia comunista. Como él mismo dijo en alguna ocasión, cuanto más viejo, más
crítico, y cuanto más crítico, más radical. Pero como todo en la vida, siempre sus
palabras están sujetas
a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra
la corriente, equivocarme cien veces y sentirme un hombre
libre, antes nadar con la corriente a favor y no equivocarme
nunca. Porque con la corriente sólo nadan los mediocres.
©Luis García
José
Luis García Martín
La
generación del 99
Nobel
- Oviedo - 1999
Corren buenos tiempos para
la lírica asturiana, al revés de lo que continuamente se
empeña en decirnos la canción, y algún que otro crítico de
sociedad, y ocasional poeta, empecinado en demostrar desde
diversos suplementos culturales las carencias de nuestra poesía.
(¡Cuánto mejor se dedicaba a mejorar la suya, en vez de a
criticar la ajena!).
Lo cierto, es que no cabe ninguna duda de que corren
buenos tiempos para la poesía asturiana, a tenor de la
variedad de publicaciones a las que estamos asistiendo cuantos
disfrutamos con el género, ya que tenemos de una parte,
revistas como Reloj de
arena, siempre tan cuidada en su edición, siempre tan
esmerada en su selección, Solaria y ese espléndido número recién salido como homenaje al
cine, Pretexto, que
próximamente se despedirá con un número especial, y la
siempre inefable Clarín, la madre de todas las revistas. (Con Clarín, no cabe medias tintas. O se está de acuerdo con su línea
editorial, o se está en desacuerdo. Pero lo que nadie puede
poner en tela de juicio, es su decidida apuesta por cuantos se
acercan a sus fauces desde la inexperiencia de quien desconoce
las reglas que rigen este peculiar mundillo).
Y tenemos, como no podía ser menos dada la variedad
editorial a la que me estoy refiriendo, toda una pléyade de
autores, una selección de los cuales están incluidos en la
última antología del poeta, crítico y antólogo José Luis
García Martín. Podríamos, ampliando horizontes, habernos
referido a la poesía asturiana en su conjunto, tanto a la
escrita en castellano como en asturiano. Pero a menudo, los árboles
no dejan ver el bosque, y hubiéramos corrido el peligro, que
por otra parte yo no me atrevo a asumir, de olvidarnos de algún
nombre fundamental. El riesgo de no nombrar por olvido a uno
de cuantos de una u otra forma configuran todo el espectro poético
de Asturias en los últimos años es tan elevado, que he
preferido circunscribirme a los autores integrados dentro de La
generación del 99.
Así, en La
generación del 99 (no hagan chistes, por favor) es
posible encontrarnos con poetas de los más diferentes
registros, desde Benjamín Prado hasta Javier Rodríguez
Marcos, desde Lorenzo Olivan hasta la jovencísima Carmen
Jodra Davo. Pero es a la nómina de autores asturianos a los
que me referiré en lo que sigue. Concretamente a la formada
por Silvia Ugidos, Pelayo Fueyo, José Luis Piquero, Marcos
Tramón, Javier Almuzara y Martín Lopez-Vega.
Si un neófito de la poesía, como es mi caso, quiere
acercarse a un género tan minoritario y a la vez tan dado a
las amplitudes intelectuales, que mejor forma que hacerlo a
partir de un libro que aúne lo mejor, y lo peor, de todos los
libros. Porque no se está sobrado de razones cuando se afirma
que la existencia de un "grupo
asturiano", por más que sus componentes se empeñen
en desmentirlo, ha pasado de ser testimonial para convertirse
en un valor en alza dentro del mercado editorial. Y ya que nos
estamos adentrando en los vericuetos de tamaña revelación,
convendría señalar que en La
Generación del 99 podrían haberse incluido muchos otros
nombres los cuales no vamos a mencionar por temor a dejarnos
alguno en el tintero. Porque como toda antología, esta debe
de tender a ser lo más selectiva posible. Y si el criterio de
selección es uno, es lógico pensar que otros muchos se
hallan podido quedar en la antesala de la misma.
La Generación
del 99 selecciona 28 poetas de los más variados recursos
y de diferentes exenciones estéticas. Son poetas que cultivan
la poesía "horaciana", como Javier Almuzara, la de
tonos irónicos y desengañados, quizás como recordándonos a
Gabriel Ferrater, como Marcos Tramón, la poesía onírica y
melancólica de Martín Lopez-Vega, la sarcástica de Silvia
Ugidos, la impudorosa y mordaz de Piquero y la llena de imágenes
reflexivas de Pelayo Fueyo. Pero por encima de todo, son
poetas asturianos, que escriben a su vez muchos de ellos en
asturiano (es fácil seguirlos en el semanario Les
Noticies), desde Asturias y para Asturias, por más que La
Generación del 99 se halla presentado en sociedad allende
nuestras fronteras. Especial mención conviene hacer al antólogo,
responsable de la selección de los poetas (repito, ¿quién
se atreve a discutirla?), y de la bibliografía anotada sobre
la poesía española del momento, apéndice sin duda de
irrefrenable valor dentro de la edición. Porque no olvidemos,
aquellos que seguimos las intrigas palaciegas de la literatura
española, que como en cualquier otra profesión/afición, las
aguas acostumbran a bajar revueltas, y las envidias están al
orden del día.
©Luis García
Luis Mateo Diez
Las
palabras de la vida
Temas de Hoy
El
gusto por la palabra
Hay autores que gustan de
recrearse en las palabras, en sus esquinas y en sus recovecos.
Que gustan de utilizarlas como materia prima para moldearlas
como arcilla o plastilina, creando figuras y mundos mágicos y
disfrutando con ese ejercicio al igual que un niño lo hace
con un juguete nuevo.
Cuando aún no se han apagado los ecos de su espléndida
La ruina del cielo, sin duda una de las mejores novelas publicadas
durante el acabado año 1999, Luis Mateo Díez regresa de
nuevo a las estanterías de las librerías con un libro de
divertimentos literarios de esos que uno gusta de tener
siempre sobre la mesilla de noche.
Las palabras de
la vida indaga en su característico mundo literario, y
sirve de contrapunto a su propia dimensión como escritor. No
en vano en este libro se recogen momentos íntimos de difícil
catalogación. En realidad, se trata de un baúl de los
recuerdos, de esos que acostumbramos a retener en las
buhardillas, en donde se mezclan instantes de su infancia
repleta de anécdotas con curiosas situaciones. Van desfilando
de esa manera ante nuestros ojos de lector, cual mágico
ecosistema ambulante, vendedores de los más variopintos
artilugios, charlatanes de feria que viven de y por la
palabra, ceremoniales en la cocina, cuando al calor de la
lumbre uno aprendía a hablar de asuntos de mayores, y por
encima de todos ellos, la nigromántica sensación de estar
embaucados por la palabra como dimensión suprema de cualquier
otra actividad lúdica. Porque si algo demuestra con este
libro, es que como tantos otros, y me viene a la memoria en
estos momentos el nombre de Daniel Moyano, el gran narrador
argentino ya fallecido, Luis Mateo Díez fue antes contador de
historias que escritor, precisamente porque lo vivió, lo mamó
y hasta lo sufrió.
Mateo Díez ha emulado a sus mayores con el beneplácito
de los indulgentes, y ha homenajeado a partir de esa condición,
a la palabra como la materia prima sin la que sería imposible
que nos deleitara con sus novelas. Por eso Las
palabras de la vida se puede leer como un libro de misceláneas,
que se coge y se deja con igual facilidad y soltura, y que
invita a la reflexión. Porque todo libro de misceláneas, no
es sino un hatillo en el que nosotros mismos vamos
introduciendo nuestras referencias más queridas, nuestros
fantasmas, nuestras agonías y nuestros recuerdos.
Relatos escritos a corazón abierto, uno siempre
agradece que de vez en cuando un autor le deje ver las
bambalinas de cuanto se cuece en su memoria, que a fin de
cuentas es la nuestra propia. De ahí el título que da nombre
a la colección que se inaugura en la Editorial Temas de Hoy: Territorio
personal, colección que esperemos nos depare cuando menos
autores y escritos de igual calidad que los de Luis Mateo Díez
©Luis García
Lorrie
Moore
Pájaros
de América
Emecé
- Barcelona - 2000
La pasión por el relato
No es muy habitual que un
primer libro de relatos desate tanto interés a medida que
avanza su existencia por entre el cúmulo de publicaciones que
a diario se suceden. Y no es muy habitual, porque no somos un
país que tradicionalmente halla dado a la historia de la
literatura autores que hallan sabido moverse entre los
escuetos márgenes del cuento, salvedad expresa de Ignacio
Aldecoa y de media docena más de autores, lo que nos ha
impedido de siempre el valorarlo con justicia. Nuestro devenir
literario siempre ha estado más próximo a otros géneros
como la novela o la poesía, e incluso como el teatro.
Al contrario que aquí, los autores de allende los
mares siempre se mostraron más proclives al desarrollo de
dicho género. Así, es fácil seguir la estela de los grandes
cuentistas del cono sur, de cuyos componentes algún día
hablaremos en extensión. Pero hoy, he querido referirme al género
en cuestión a tenor de la publicación por la Editorial Emecé
de Pájaros de América,
una extraña y fabulosa colección de relatos de la autora
norteamericana Lorrie Moore.
Descendiente de la más enraizada tradición americana
del relato corto, en donde nunca podrían faltar nombres como
Raymond Carver, Richard Ford o el propio Faulkner, amén de
Harol Brodkey, un autor sin el que sería prácticamente
imposible entender la literatura norteamericana de los últimos
veinte años, Lorrie Moore despliega en una docena de relatos,
con una ejecución impecable desde el punto de vista estilístico,
la historia cotidiana de la vida corriente americana, el día
a día de ese sueño oculto del que siempre se habla pero que
tan poca gente llega a alcanzar. Y para ello se sirve de
innumerables registros (no en vano se dice que hay más
información en un relato de Moore de la que se pueda visionar
en la televisión o en el cine) y de una precisión milimétrica,
a menudo obsesiva, a la hora de culminar las historias, que
recuerda la labor de un cirujano en plena operación. Al
margen de modas, y de implacables y desafortunados recelos que
pudieran despertar alguno de sus relatos, caso de Gente
así es la única que hay por aquí: farfullar canónico en
oncología pediátrica, Lorrie Moore estimula en el lector
cuando menos interés por la historia que se cuenta, lo cual
de por sí es más que importante hoy en día. El que a
posteriori nos enteremos que la historia que se nos presenta
es o no cierta (que lo es, como tampoco podría ser de otro
modo) debería de ser secundario para la valoración del
texto.
A menuda virtuosa, a veces ácida, pero casi siempre
impredecible, Larrie Moore seguro que dará mucho que hablar
en los próximos años en los mentideros literarios de un país
marcado inevitablemente por la literatura teledirigida.
©Luis García
Fernando
Marías El
niño de los coroneles
Editorial
Destino - 2001
Premio
Nadal 2001
Tras unos años de bandazos en
los que parecía pasar por un período de experimentación
(recuérdense Historias del Krenen de José Ángel
mañas, finalista en 1995, Matando Dinosaurios con
tirachinas, de Pedro Maestre, ganador en 1996, y Beatriz
y los cuerpos celestes de Lucía Etxebarría, quien
habría de alzarse con todo el glamour requerido en
1998), parece que definitivamente el Premio Nadal ha decidido
apostar por la calidad como norma, premiando a un narrador
desconocido aunque acreditado escritor de guiones cinematográficos.
No es por ello que las novelas antes mencionadas careciesen de
virtudes literarias. Simplemente sucede que, con todos mis
respetos y salvando el caso de Mañas por aquello de haber
inaugurado un género en sí mismo, dudo que sus ocasionales
compañeras de viaje sean algún día objeto de estudio en los
diferentes Institutos de Secundaria como ahora se llaman.
Hay un nexo de unión que recorre El niño de los
coroneles y que la empareja con otras novelas cercanas
en el tiempo, e igualmente ambiciosas. Todo el batiburrillo de
turbios personajes, confidenciales manuscritos y engañosos
protagonistas que bajo su apariencia de hombres buenos ocultan
un turbio pasado en el que se mezclan los nazis, la guerra y
la miseria humana, recuerda y mucho a otras hermanas no se
sabe muy bien si mayores o menores (En busca de Volpi,
por citar sólo una de ellas), pero cuando menos igual de
generosas a la hora de plantear un enigma. Es por tanto la
obra ganadora un relato espléndidamente construido que indaga
desde un particular punto de vista en la miseria humana
reflejada en aquellos que de una u otra forma perdieron una
guerra, algo de lo que no se libra ni tan siquiera Luis
Ferrer, su circunstancial protagonista, para quien su vida no
es sino una sucesión de mentiras y desengaños en donde él
intenta justificar el terrible crimen que comete y descubre al
comienzo, y que yo no les voy a desvelar. Y ya se sabe que las
guerras, cuando se pierden, siempre son injustas para los
mismos.
Un oscuro pasado sirve de excusa y contrapunto para la
presentación del principal protagonista de la novela. Luis
Ferrer, periodista de prestigio, recibe el encargo de
entrevistar a Leonidas Foz en la lejana y ficticia república
de Leónito. Allí irá descubriendo lentamente una verdad
truculenta y oculta merced a los buenos oficios del benefactor
anciano Laventier, quien le hará entrega de un manuscrito que
en forma de diario relatará una historia que bucea en los
dramáticos acontecimientos de la II Guerra Mundial. Hasta aquí
y como ya he dicho, uno a medida que profundiza en la novela
recuerda con gratitud los últimos premios Primavera de
Novela y el penúltimo Biblioteca Breve.
Novelas que giraban en torno a las usurpaciones de
identidades. Lo original de El niño de los coroneles
radica en la facilidad que demuestra Fernando Marías para
enlazar hasta tres narraciones en una: la de Laventier, enigmático
hombre de ciencia que en su día rechazará por problemas de
conciencia el Premio Nóbel,
la del oscuro Victor Lars, sin duda el personaje más
monstruoso, más fascinante y de mayor peso específico de la
novela (¿no les recuerda un poco a Hannibal Lecter?) y la del
propio Luis Ferrer, quien sólo al final de la obra descubrirá
una realidad sobre sí mismo que de una manera inconsciente
siempre había sospechado. La narración de los dos primeros
se alterna en forma de diario, magistral cómo maneja Marías
tanto la primera, como la segunda y la tercera persona. La
suya propia no es sino el necesario cuerpo en el que se
circunscribe la verdadera historia de la obra. Pero todas
juntas configuran una diablesca aventura en la que nada queda
sujeto al azar.
El niño de los coroneles es la historia
de una tragedia forjada en los años cuarenta cuando las
dictaduras del Cono Sur americano se dedicaron a cobijar a
cuantos criminales nazis se acercaban por sus costas. Pero
ante todo es la historia de una impostura, de un engaño, de
una mentira casi telúrica. Da igual el desenlace porque como
en toda buena novela de aventuras prima el contenido sobre
todo el contexto. Pero si algo hay que agradecerle a Fernando
Marías es que haya sabido marcar el territorio desde el
principio y, sin mostrar sus debilidades, nos haya enganchado
con la novela de tal forma que no podemos sino devorarla tal
es el ansia que nos produce.
©Luis García
Francisco
Brines Poesía
Completa (1960-1997)
Editorial
Tusquets - Barcelona
De poesía y algo del mundo
Que la poesía no goza de
los favores de gran público, es algo que no se le escapa a
casi nadie, sobremanera si para reformar semejante afirmación
nos apoyamos en la escasez de ventas de que goza el género.
Algo por otra parte, que no corre pareja con el éxito popular
de alguno de nuestros insignes poetas. Bueno será por tanto,
que amparados por los laureles de nuestro reciente Premio
Nacional, nos detengamos a releer, algunos a leer por primera
vez, a uno de los buques insignia de la renovación estilística
de la mitad del siglo XX en lo que a poesía se refiere.
Francisco Brines, a quien algunos estudiosos encuadran
dentro de la Generación de los cincuenta, y otros lo
postergan a la de los sesenta,
es uno de esos autores intermitentes y pausados, como
las aguas del Guadiana, que une a la unidad de su obra la
constancia de la continuidad.
Resulta así oportuno acercarse a él desde sus obras
completas, máxime cuando se es un neófito en estas lides. Y
lo resulta, porque en tales publicaciones siempre es agradable
ver la mano del autor seleccionando los poemas, ordenándolos
cronológicamente y hasta abriéndonos a múltiples
interpretaciones. Por ello, para alguien como yo que se acerca
por primera vez a un poeta, la edición de Poesía completa de Tusquets funciona como guía necesaria para
descubrir a una de las figuras indiscutibles de las últimas décadas.
Y aunque Francisco Brines nunca halla sido un autor de masas,
quizás por su aversión hacia los medios periodísticos,
conviene aprovechar la oportunidad que se nos brinda con su
reciente Premio Nacional para acercarnos a las vivencias de un
autor que mezcla en su poesía belleza y desgarro interior,
trasparencia y desnudez, y por encima de todo una conversación
que muestra el mundo íntimo de alguien que observa cuanto le
rodea con ojos de poeta. Y decir eso hoy en día, es decir
mucho. Sirva como ejemplo su Resumen Fantástico.
Hemos quemado muchos cigarrillos
y
así se fue la vida.
Largas conversaciones,
y trabajos mezquinos. También breves sollozos,
y sucesión de cuerpos. Y esos sordos sermones,
insistentes. Alguna vez
fue bella.
Escogimos unas pocas palabras que pudieran salvarla,
y este mal resultado:
así retiene la mirada un rostro fugitivo.
Hoy, que ya se ha marchado, queda sólo
esta duda:
no sé si fue rápida
o demasiado lenta.
Y algo que no he entendido:
Hubo muchos bostezos.
©Luis García
William Carlos
Williams Cuentos
Alianza Editorial - 2001
Todo
un descubrimiento
Es cierto. Nos pasamos la
vida escribiendo sobre descubrimientos literarios que cuando
estos se producen corremos el riesgo de que al igual
que en el cuento del lobo nadie nos crea. Pero háganlo
ahora: estamos ante un auténtico redescubrimiento de la
literatura americana, aunque sólo sea por lo difícil que
resultaba hasta la fecha encontrar sus relatos ahora
recopilados por Alianza Editorial. Los cuentos de William C.
Williams, parcialmente desconocidos hasta la fecha pero que
tuvieron gran éxito en los años treinta y cuarenta, no
desmerecen en nada a los de otros autores coetáneos suyos que
sí que gozan actualmente del favor de los lectores. Con todo,
estamos ante una antología de relatos que asombra tanto por
los temas que en ellos se tratan, la homosexualidad encarnada
en dos amigas de la infancia que sólo en la madurez "se
descubren" con pasión (El cuchillo del tiempo),
las penalidades de las sufragistas (Los búfalos),
la inmigración y sus secuelas en la juventud, ese eterno
problema de la sociedad americana que es incapaz de ver en él
la razón misma de su propia existencia, como por el punto de
vista que el autor adopta a la hora de afrontarlos. Un punto
de vista si se quiere poco americano, pero es que no
hay que olvidar que cuando escribe y publica estos relatos, el
país estaba o bien sumido en plena depresión o en la
antesala de una guerra que habría de marcar a toda una
generación, algo que siempre ha condicionado la visión política
y social de los escritores americanos.
Escritos casi siempre en primera persona, los cuentos
de William C. Williams son como bodegones de la vida diaria
estadounidense en los que no sobra prácticamente ningún
detalle, ninguna descripción. Son pequeños frescos cargados
de atención por lo cotidiano. Así va desgranando con
habilidad la idiosincrasia de un tiempo cargado de penalidades
y de unos personajes a los que no les falta carga humana.
Los relatos seleccionados mantienen un denominador común: todos
adolecen de una inmediatez que ronda el éxtasis, todos
terminan tan bruscamente que uno tiene la sensación en un
principio que de ellos se podría haber desprendido quizás
algo más de texto, y todos parecen mostrar en algunos de sus
párrafos una intencionada visión literaria e incluso poética.
Pero no hay que perder de vista que W.C.W. es nieto de E.
Dickinson, y que de ella heredó su objetivismo ante el verso
y la prosa así como uno de los más claros lemas de la
literatura: no utilizar palabras superfluas, y mucho menos aún
adjetivos que no revelen algo. Todo lo que hago es tratar
de comprender algo con sus formas y colores propios decía
Dickinson, lema que adoptaría como propio su nieto.
Y cuando digo que los relatos se cierran bruscamente,
algo que es fácil de observar a poco que se preste atención
en su lectura, me refiero no sólo a cómo los culmina
contextualmente, sino también al desenlace que muestra en
ellos. Algo que se explica en un autor que sufrió los rigores
de la depresión y la escasez, pero que vio como otros más
desafortunados que él, la padecían.
El verdadero éxito de Willian C. Williams radica
precisamente en esa condensación. Es capaz en apenas cinco o
seis páginas de atrapar un instante, un trozo de vida como
dirían algunos, y eso, más propio quizás de estos tiempos
que por desgracia demandan un tipo de literatura mas rápida,
resulta especialmente valioso y valiente porque no es ni más
ni menos que la premisa fundamental de lo que debe de ser un
cuento o relato corto.
©Luis García
Varios autores No
hay dos sin tres (Historias de
adulterio)
Editorial Páginas de Espuma - 2000
Promiscua
antología
Cuando nace una Editorial, uno
siempre se mantiene expectante ante la línea que pueda
mantener. Páginas de Espuma, Editorial madrileña
de reciente fundación, nace con una clara voluntad
conciliadora y lo hace por la puerta grande, como los toreros
y con un género que precisamente por ser menor siempre estuvo
desatendido, aunque bien es cierto que últimamente goza de
buena salud. Tres volúmenes configuran sus comienzos dentro
de la narrativa breve: Rumores de mar sobre
relatos de la mar, No hay dos sin tres, sobre
historias de adulterio y Cuentos de trenes,
sobre relatos que tienen al tren como excusa. Los tres
prologados por insignes escritores, lo que hace aún más
atractiva la colección de Narrativa Breve. Dentro del volumen
No hay dos sin tres nos encontramos con autores
de la talla de Antonio Muñoz Molina, Mario Benedetti, o Juan
Carlos Onetti, por citar sólo a algunos de ellos. Son
historias que entremezclan la fina ironía con la tragedia, lo
cotidiano con lo trascendente, no en vano Sergio Pitol, quien
además de firmar uno de ellos, también lo hace con el prólogo,
hace especial mención al mito de Helena y Paris y a la
tragedia de Troya, que por extensión es la de cuantos amamos
y sentimos la literatura como un reflejo de nuestra propia
existencia. Porque el espejo puede jugarnos una mala jugada, o
el inconsciente mostrase irreconciliable con nuestro otro yo,
porque todos, absolutamente todos tenemos un Doctor Jekyll, o
un Hyde, que tanto monta- monta tanto, ocultos, y
porque el mito de Don Juan es tan antiguo como las cornamentas
propias y ajenas, nace esta Antología para hacernos sonreír,
Entre las doce y la una de Quim Monzó es una
muestra de talento y sorpresa que debería ser de lectura
obligada, con la idea de recordarnos que siempre hay un mundo
paralelo al que generalmente vivimos, que mantiene sus reglas
propias y que se sostiene por las mismas razones por las que
ha llegado hasta nuestros días la desenfrenada pasión de
Helena y Paris, causante de una de las Guerras de Troya. ¿Alguien
da mas?.
©Luis García
Seix
Barral
- Barcelona - 2000
La
reseña literaria como
género
independiente
No se puede decir que la obra literaria del autor
colombiano Alvaro Mutis sea escasa en extensión y contenido,
y mucho menos que no sea lo suficientemente interesante como
para no dedicarle unas líneas en los suplementos literarios.
Sin embargo, no cabe duda que el hecho de haber desarrollado
su carrera a la sombra del "otro
colombiano", es decir, a la sombra de Gabriel García
Marquez, debió de mostrarse en su momento como una losa
insalvable, como una pesada carga que habría de arrastrar
durante toda su vida.
Alvaro Mutis no formó parte del boom
de sus maestros, aunque estuvo lo suficientemente cerca de él
como para resultar afectado por sus influencias. De ahí que
hasta la concesión del Príncipe de Asturias de las Letras,
su obra no comenzara a ser popularizada, algo parecido a lo
que le ocurriera a Juan Rulfo, por poner otro ejemplo de
escritor semiclandestino.
Un amigo mío, poeta y crítico literario, dejó
escrito la diferencia que algunos pretenden establecer entre "reseña
y crítica académica". Así, la
crítica académica siempre consideró a
la reseña un género menor, (craso error)
precisamente por estar destinada al medio periodístico. Nada
más alejado de la realidad si nos dejamos imbuir y atrapar
por la lectura de De
lecturas y algo del mundo.
De lecturas y
algo del mundo, que en realidad son dos libros en uno,
recoge por separado una selección de sus artículos periodísticos
y reseñas de libros y autores que se remontan desde sus
inicios como escritor hasta nuestros días. En De
lecturas es fácil encontrarse con autores desconocidos
como Enrique Molina, poeta argentino de quien se decía que
sin proponérselo disputaba a Borges el lugar del "más
importante poeta de la tierra", o los poetas brasileños
Ledo Ivo y José Lins do Rego, compartiendo mantel, cuchillo y
tenedor con Pablo Neruda, Octavio Paz, Alvaro Cunqueiro o
Constantino Kavafis, de quien Alvaro Mutis se pregunta "a
que se debe el éxito reciente de su poesía".
Colateralmente, Mutis nos recuerda sus autores preferidos,
aquellos que le forjaron como lector y por qué no, como
escritor, entre los que se encuentran W. Faulkner de quien
comenta y reseña Luz
de Agosto y Santuario,
Marcel Proust o Cervantes, cuyo Quijote
sigue considerándolo como su libro de cabecera por encima de
todos los demás.
La segunda parte del libro, Algo
del mundo, lo configuran pequeños ensayos que recogen su
particular visión de un mundo a veces pesimista, a veces
tajante, pero siempre repleto de perfiles de estadistas a los
que mentar o recordar (dedica dos artículos al Rey
Don Juan Carlos, lo que invita a pensar de sus
convicciones monárquicas, y una más que discutible admiración
por la figura del zar Nicolás II, al que califica de mártir)
o de sucesos que todavía permanecen en nuestra memoria. (La
Islas Malvinas, el terrorismo etarra o la despersonalizada
forma de vida estadounidense son algunos ejemplos de ello).
Todo ello mezclado con una más que aparente concepción
apocalíptica de la vida que le lleva a mostrar un pesimismo
radical precisamente en sus artículos no literarios.
En definitiva, una brillante manera de acercarse no sólo
a la obra de uno de los baluartes de las letras sudamericanas
del momento, sino a lo que piensan, sienten y padecen cuantos
en aquellas tierras viven a diario con un destino que la mayor
parte de las veces les resultó esquivo. Y una forma más que
interesante de repasar de la mano de Alvaro Mutis la
actualidad literaria y social de cerca de cincuenta años de
nuestra historia.
José ©
Luis García
Antonio
Colinas El
crujido de la luz
Edilesa
- León - 2000
Eterna
incandescencia
El
crujido de la luz, es el crujido de la nieve cuando se pisa.
Con esa definición que de por sí explica todo un libro,
presenta su última obra el poeta bañezano Antonio Colinas, y
por extensión, con esa exposición nos hacemos una idea
aproximada de con lo que nos vamos a encontrar a continuación.
Un libro de memorias, un libro de recuerdos, un libro en
definitiva de misceláneas cotidianas que nos retrotraen a
nuestra propia infancia.
Luz y nieve forman una sinergia envidiable en alguien
que aún se siente tan cercano a la pureza (entendida ésta en
su acepción más heterodoxa). Es decir, en alguien que aún
se vé como un niño, sobretodo como uno de aquellos que
tuvieron la fortuna de contemplarla por primera vez en todo su
esplendor dentro del ámbito rural. Luz y nieve conforman una
especie de "quinto elemento" que evoca recuerdos y
narraciones poéticas de primer orden que invitan a la reflexión,
cuando no a la nostalgia. Porque, si bien es cierto que todos
en algún momento de nuestras vidas hemos visto y hasta jugado
con ella, nunca posiblemente nos habíamos parado a
reflexionar sobre las connotaciones que trae consigo el hecho
de que un año tras otro, un crujido tras otro, el invierno y
la cellisca como expresión manifiesta del mismo, de paso
paulatinamente a la madurez.
Así, El crujido
de la luz se circunscribe en ese curioso grupo de libros
de difícil catalogación, a medio camino entre las memorias
íntimas, las reflexiones sobre la infancia, y el recuerdo de
lo mundano que casi siempre suele ser lo más real, lo más
cercano y también lo más entrañable. Algo que ha sabido
recoger acertadamente Ediciones leonesas, Edilesa, empeñada
en recuperar en una misma colección a la nutrida nómina de
autores leoneses desperdigados por el territorio español. Fue
así como nacieron Los
libros de la candamia, como fiel reflejo de un postulado
literario alejado de cualquier localismo.
El crujido de la
luz es un hermoso libro (habría que resaltar la belleza
de la edición) que se coge y se deja con ternura porque
invita a la reflexión. Plagado de símbolos purificadores y
prolongador de una niñez prematuramente desposeída para su
autor, que es tanto como decir para nosotros mismos. Porque si
alguna vez fuimos niños, y seguro que lo fuimos, si en algún
momento nos recordamos como aquellos adolescentes que emborronábamos
las libretas con nuestros balbuceos poéticos, este sin lugar
a dudas será el libro que nos ayude a rememorar que hubo un
tiempo maravilloso, en el que la nieve crujía cuando se
pisaba, precisamente al calor de la luz.
© Luis García
Margaret Atwood
Asesinato
en la oscuridad
Ediciones KRK - Oviedo-1999
Si hay algo
que de alguna forma configura la última obra narrativa
publicada en castellano por la editorial ovetense KRK de la
autora canadiense Margaret Atwood, es su inestimable aportación
a la idea de que la literatura va intrínsecamente unida a la
autoestima del escritor. Quiero decir con esto, que no es, por
mucho que se lo proponga, una autora convencional, si en tal
concepto integramos a todo aquel, aquella autor/a que nos
ofrece invariablemente cada dos años una nueva obra
literaria, y que gusta de jugar al gato y al ratón con los
grandes grupos editoriales en función de la minuta que le
ofrezcan en cada momento.
Ella no. Ella gusta de encabezar cruzadas
casi perdidas, como la que la llevó en 1992, cuando su
prestigio como escritora había traspasado las fronteras
canadienses, a publicar una colección de relatos en una pequeña
editorial que por entonces pasaba por serias dificultades
financieras, pero que tenía a bien haber apostado por ella en
1983, y haber impulsado modestamente la obra poética y
experimental de infinidad de autores nacionales. Sirva este
comentario como reconocimiento público a la labor de las
pequeñas editoriales, imprescindibles dentro de la vorágine
editorial de un país, que a duras penas subsisten con las
ayudas oficiales, pero que sin lugar a dudas suponen el auténtico
vivero de escritores del que posteriormente se habrán de
nutrir los grandes grupos. Por suerte o por desgracia, son
estas pequeñas editoriales las que se encargan de editar esos
textos llamados "raros", plagados de divertimentos
literarios y de ejercicios de estilo, como el libro que
traemos a colación.
Margaret Atwood no es una autora fácil de
leer, y aunque algunos, generalmente críticos la hallan
encasillado dentro del "género negro", demuestra
tener un oficio que va mas allá de lo que a veces se
contempla en dicha disciplina literaria. ¿Quiere esto decir
que es el "negro" un género menor?. Indudablemente
no. La historia de la literatura universal ha dado muestras más
que suficientes de ello, y ha creado de esa forma personajes
tan endiabladamente verosímiles e incuestionables como el
mejor Bloom. de James Joyce, comparable al Maigret de Simenon
o a Tom Ripley de Patricia Highsmith.
Pero el libro de relatos, Asesinato en
la oscuridad, va mas allá de lo que comúnmente conocemos
como una obra literaria. No se trata de una novela, al menos
no como la entendemos actualmente en donde prima más la labor
de publicidad mercantilística que la propia calidad del texto
impreso. Tampoco es un libro de aforismos al uso (definir sus
peculiares juegos como tal sería un error). Se trata
de un conjunto de guiños literarios, en el que, como
las especies de un buen guiso, una serie de condimentos
elegidos muchas veces al azar, pueden resultar imprescindibles
para que el resultado final sea el óptimo.
Asesinato en la oscuridad es un
libro con abundantes referencias míticas, entendiendo por
tales toda una serie de cuentos tradicionales, que sacados de
contexto y trasladados a la época actual, muestran toda la sátira
en la que se envuelve el hombre contemporáneo. Repleto de fábulas
profundamente surrealistas, y cargado de ideas lapidadarias,
es un conjunto de textos de denuncia de una autora quien a
pesar de su edad, sesenta años, demuestra no haber perdido la
fe en la utopía y en el género humano. No en vano, Margaret
Atwood, consciente del momento que le tocó vivir, y
profundamente enraizada en la filosofía de los años sesenta,
hace una llamada al fin del desasosiego, aquel en el que
feministas tan radicales como ella llevaron con escasez de
miras su falta de entendimiento con el otro sexo hasta límites
insospechados.
Plagado de historias de terror, de humor
negro y de personajes shakesperianos, los breves ejercicios
narrativos que configuran Asesinato en la oscuridad, pueden
leerse por separado o de un tirón, pero siempre formando un
todo integral indivisible plagado de temas tan universales y
eternos como la propia literatura. Es por ello por lo que nos
encontramos ante una hermosa colección de "piezas",
a menudo únicas, con la que por suerte se "nos
descuelga" de vez en cuando algún autor de prestigio,
quizás en un último intento de mostrar el lado mas hermoso
de nosotros mismos: aquel que irremediablemente conduce al
país de Nunca Jamás.
©
Luis García
Cristina Sánchez-Andrade
Las
lagartijas huelen a hierba
Lengua de Trapo-2000
Literatura calidade
Hay un momento en la lectura de la
opera prima de Cristina Sánchez-Andrade, escritora gallega
afincada en Madrid, en que tuve la sensación de retrotraerme
a otro tiempo, cuando mucho más joven (no es que sea viejo,
pero tampoco me parece ni el momento ni el lugar para desvelar
la edad) aunque igual de impulsivo que ahora, descubrí como
por casualidad a otra autora, también Cristina, aunque de
apellido Fernández Cubas, que supo transmitirme ese halo de
misterio que sólo está reservado a los elegidos. Como
entonces, ahora Cristina Sánchez-Andrade se me aparece
envuelta en una aureola de misteriosa incredulidad, más
propia de los autores llamados de culto. Pero es que contra
todo pronóstico, despliega en sus escasas ciento cincuenta páginas
una historia romántica y trágica a la vez, toda vez que nos
cuesta discernir la realidad de la ficción.
Hubo una vez un tiempo, mágico y
maravilloso, en que se nos quedaban grabadas imágenes y
frases. En una de ellas, correspondiente a la película Vértigo
de Alfred Hitcook, nos decía Kim Novak mientras fijaba su
mirada en el horizonte:
- No me gustan los árboles.
- ¿Por qué? - le responde
James Stewart-.
- Porque me recuerdan que vamos a
morir.
En las lagartijas huelen a hierba, se
produce una conversación similar, conversación que
oportunamente se nos reproduce en la contraportada:
- No me gustas esos bichos
-dice una de las viejas refiriéndose a las lagartijas-.
- Pues a mí. Son muy bonitos. ¿Te
dan miedo?.
- Sí.
- ¿Por qué?
- ...
- Porque aún muertos coletean.
He intrínsicamente la autora está
poniendo sobre el tapete la tragedia de una ¿familia?
aletargada por un pasado tan esperpéntico como monstruoso.
Porque no sabemos si las dos viejas existen realmente o son
producto de la desbocada imaginación de los dos niños.
Desconocemos los márgenes territoriales en los que se
desenvuelve la acción, una acción tan pausada que hasta
cuesta trabajo digerirla, e intuimos que efectivamente algo le
sucedió a la madre de los pequeños, supuestamente encerrada
en una habitación en un giro que recuerda mucho a la novela gótica
Jane Eyre. Algo que sólo aciertan a conocer los dos espíritus
cansinos encarnados en las dos ¿inofensivas? Ancianas. Pero
lo que si sabemos con certeza, con claridad apesadumbradora,
es que la realidad que se nos presenta no es sino una mala
imagen invertida en el espejo, y que todos,
niños, viejas, el cura, no son sino figurantes en una
tragedia de incierto final. Novela
que definiría como misteriosa y onírica y que invita a una
segunda y pausada lectura, estoy convencido que Cristina Sánchez-Andrade
dará que hablar en los mentideros literarios de este país. Y
si no, al tiempo.
©
Luis García
José María
Merino Cuatro
nocturnos
Editorial
Alfaguara - 1999
Los
"Grupos literarios", tienen la virtud, o el defecto,
de mostrársenos ante nosotros, los lectores, como lo que
verdaderamente son: un colectivo de amigos unidos por una pasión
común, la literatura, que hace de la misma la razón primera
y última de su devenir social. Generalmente todo "grupo
literario" está ligado a su vez a una publicación, a
una revista, y conforma lentamente con sus coetáneos una auténtica
promoción, de tal forma que, rizando el absurdo, podríamos
llegar a recitar sus nombres como si se tratasen de una
alineación de un equipo de fútbol.
La trayectoria literaria de José María
Marino, está íntimamente asociada a la del denominado
"grupo leonés", colectivo variopinto de autores más
o menos notables, vinculados en sus comienzos creativos a la
revista "Claraboya", que tuvieron gran
influencia en la década de los años ochenta sobre el
denominado por aquel entonces "boom de la nueva narrativa
española". Estamos hablando, como no, de Luis Mateo Díez,
premio "narrativa" y de la Crítica del año 1986,
de Juan Pedro Aparicio, premio Nadal, y de tantos autores que
alcanzaron la inmortalidad literaria a la par que sus novelas
o colecciones de relatos, el éxito de ventas. Unos autores
que no por casualidad aúnan en todos sus relatos un
componente fantástico en donde los sueños y los mitos se
convierten en actores recurrentes e intencionados de todas
obras.
Muchas pueden ser por tanto, las
atracciones que nos incitan a leer un determinado libro en
este desaforado y a veces despiadado mundo de las novedades
editoriales. Pero como me parece recordar ya he mencionado en
otras ocasiones, dos componentes se unen ineluctablemente a la
hora de escoger una determinada obra para su lectura: de una
parte, la fascinación de la edición, algo que por desgracia
conservan pocas editoriales, y nunca las de mayor renombre. De
otra, el conocimiento de la obra literaria del autor, el
sedimento que nos halla podido crear a lo largo de su vida
literaria.
Merino es desde hace muchos años, uno de
esos autores recurrentes sin los que sería imposible entender
la literatura. Y "Cuatro nocturnos", su última
obra narrativa hasta la fecha, la demostración de que es un
consumado maestro en el terreno del relato corto, algo que ya
sabíamos sobremanera a raíz de la recopilación de "Cincuenta
cuentos y una fábula".
"Cuatro nocturnos" se
compone de cuatro novelas cortas, o relatos largos, en los que
Merino continúa indagando tan ambiguamente como en sus
anteriores obras, en sus temas predilectos. Lo fantástico
como espejismo de la más honda y más cruda realidad en
"El mar interior". Los sueños como explosión
delirante de una oculta ansiedad en "El misterio
Vallota". Lo verdadero y lo fingido, lo real y lo soñado
en "La dama de Urz", y el relato más
complejo de las cuatro, no sólo desde un punto de vista estilístico
sino también desde el temático, "El hechizo de Isis".
Un relato en el que se nos narra alternando la tercera persona
-la del protagonista que cuenta la historia- con la primera
-la misma historia, contada por idéntico personaje, pero
desde otro punto de vista- el peculiar desdoblamiento del
mismo que cree por un instante estar reviviendo un suceso
similar al ocurrido quince años atrás, cuando una hermosa
mujer de nombre Isis, lo inició en los vericuetos del amor.
¿Lo novedoso y original del relato?. Que no será hasta el
final del mismo cuando descubra que en realidad todo fue un
mal sueño, que se llevó entre medias la vida de un hermano
inválido, y que tanto Isis, como su supuesta hermana gemela
Laura, nunca habían existido fuera de su desbordante
imaginación. Porque podemos inventarnos un amor adolescente
repleto de guiños exóticos, o iniciar un viaje por el
interior de nuestra identidad para vivir una aventura, que la
mendiga que nos encontremos siempre será una mendiga, y
Madrid, jamás podrá tener un mar.
Estamos así ante una nueva obra de ese
particular universo narrativo de José María Merino. Obra
cargada de simbolismos y llamada a ocupar un lugar preferente
dentro de su biblioteca de autor, junto a "Intramuros"
y tantos otras. Y una obra que se lee con pasión y con interés,
de un tirón o de forma independiente unos relatos de otros.
No en vano, "casi todos los nombres son confusos
porque han perdido su alcance originario y quedan como caminos
sonoros que no conducen a ninguna parte". (Pag. 81).
© Luis
García
Daniel
Moyano Un
silencio de corchea
1999
Ediciones KRK
A
medio camino entre el "realismo mágico" de García
Marquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y las actuales
"líneas aéreas" de los noveles autores
hispanoamericanos, existe un vacío literario, estilístico y
hasta humano, conformado por una generación de creadores que,
lejos de renunciar a los postulados de sus mayores, dotaron a
sus novelas, cuentos y relatos, de una impronta personal que
muy acertadamente denominara Augusto Roa Bastos como
"realismo profundo". "Realismo
profundo", frente a
"realismo mágico", sin duda dos formas
totalmente diferentes de entender la vida, y, por qué no, la
muerte.
Estamos hablando por tanto
de una serie de creadores marcados primero por la marginalidad
de quienes se sienten autores de "segunda fila" por
el hecho de pertenecer a "provincias", y por otra
por la tragedia de la tortura, el exilio y la humillación.
Son escritores del llamado interior argentino que palparon en
sus propias carnes, como muy bien indicara la estudiosa de la
obra de Daniel Moyano, Virginia Gil Amate, la violencia de
"una sociedad dividida entre una capital prepotente y
luminaria y unas provincias marginadas y ocultas bajo la
sombra de aquella".
Es por tanto, que la
publicación de un nuevo libro de dicho escritor argentino,
siempre resulte para aquellos que tuvimos la fortuna de
conocerle personalmente un motivo de alegría, porque de
alguna manera entendemos que dicho acto no hace sino
resarcirnos de una injusticia casi histórica, y equilibrar
una balanza que un buen día quedara maltrecha ante nuestros
ojos de lector. Pocas veces, un acontecimiento literario fue
motivo, por una parte, de tanta alegría, (volvía el maestro,
aquel que de alguna forma nos iniciara en nuestro andar
literario), y por otra de tanta incertidumbre ante lo que
Daniel había dejado manuscrito escasos meses antes de su
muerte. Recuerdo, que entonces yo asistía, como uno más, a
uno de los talleres literarios que él dirigía. Y también
recuerdo, aunque vagamente, todo hay que decirlo, su pausado
hablar y comunicarse con nosotros, sus alumnos, su entrañable
confraternización, su amistad, en su más amplia extensión.
Por ello, debemos saludar la
aparición dentro de la colección "Valkenburg" de
la editorial ovetense KRK, del libro de cuentos "Un
silencio de corchea", libro supuestamente que
dejara inacabado, y en donde es posible admirar en toda su
extensión, su capacidad fabuladora.
Moyano fue ante todo, como
certeramente apuntara Fernando Menendez,
"cuentista", que no es lo mismo que escritor de
cuentos. Fiel a los postulados de Quiroga, y a su "decálogo
del perfecto cuentista", concebía la creación literaria
como un proceso en constante ebullición y elaboración. No en
vano, muchos de sus relatos, antes de ver la letra impresa,
caso del fantástico relato "Arpeggione",
en donde se nos cuenta la historia de un perro melómano
bautizado con el nombre de una sonata de Schubert, fueron
antes leídos y contados en innumerables ocasiones a nosotros,
sus alumnos, de tal forma, que nunca existía una revisión
definitiva. Dicho relato que he sacado a colación, sin
menospreciar por ello las historias de tantos seres anónimos
que sin haberse visto nunca se reúnen por primera vez en el
resto de sus cuentos, y que se encuentran incluidos en "Un
silencio de corchea", aparte de tratarse de uno
de los más entrañables y hermosos de cuantos le hallamos
escuchado, sufrió tantos avatares en su "parto"
como sugerencias le hacíamos. Y fue ante todo
"cuentista" porque la oralidad era una de sus señas
de identidad, algo que estaba intrínsecamente unido a su
condición de autor de provincias.
Estamos ante un libro de
relatos al uso de Daniel Moyano. Ciertamente, es difícil
sustraerse a la cantidad de obras que a diario se publican en
España, pero lo cierto es que pocas veces uno recuerda haber
leído una obra tan musical, (Moyano, además, tocaba la
viola) y con tanta intencionalidad fabuladora. Es por eso, que
cuando conocí la existencia de un nuevo libro de Moyano, sólo
se me ocurrió exclamar a modo de saludo: "Bienvenido,
viejo".
©
Luís García
José María Merino
Los invisibles
Editorial
Espasa - 2000
Etérea impermeabilidad
No es esta la primera
vez que José María Merino nos deslumbra con su buen quehacer
literario, y posiblemente tampoco habrá de ser la última, a
tenor de la madurez narrativa que despliega en Los
invisibles. Pero si tuviéramos que resumir en una sola
frase su última novela, y por extensión toda su particular
concepción de la literatura, sería sin lugar a dudas aquella
con la que comienza el relato: "Adrián no podía
imaginar que aquella misma noche se iba a volver
invisible".
"No empieces a escribir sin saber
desde la primera palabra adonde vas", dijo Horacio
Quiroga en su Decálogo del Perfecto Cuentista, quien
de esa forma dejó escrito que el comienzo de un cuento (o
novela) debía de contener en su interior toda la carga
narrativa que posteriormente habría de desarrollar. Y fiel
como no podía ser de otro modo a los postulados de un
maestro, Merino condensa armoniosamente en ese arranque las
trescientas páginas posteriores. Es posible que a algún
lector le parezca aventurado semejante aseveración, pero hay
que reconocer que hacía tiempo (posiblemente desde Beltenebros,
y su demoledor arranque, o desde el inicio de Pedro Páramo)
que un comienzo de novela resultaba tan previsible como Los
invisibles.
Los invisibles resulta aparentemente
una novela fácil de leer, aunque matizaría que en ella se
encuentra diferentes niveles de lectura. Y digo que resulta
aparentemente fácil de leer porque su estructura se organiza
de una forma muy lógica y sencilla. Pequeños capítulos que
nos van introduciendo en la trama y que nos involucran
progresivamente en la peculiar historia de Adrián y su
invisibilidad, y en la travesía "por el desierto" a
la que se ve sometido a la búsqueda de su primitivo estado,
que dado el carácter mágico que Merino le imprime recuerda a
la del Santo Grial de la Saga Artúrica, o sin ir tan lejos en
el tiempo, a la de la fuente de la eterna juventud de Luis
Mateo Díez en La fuente de la edad. Por el camino va
dejando algún que otro amigo, situaciones curiosas como su
relación con el ciego, el único que precisamente por sus
carencias sensitivas, no lo trata como un bicho raro, y un
amor con reflujo adolescente al que se verá obligado a
abandonar.
Es precisamente en esa frontera entre el
sueño y el no-sueño, entre la realidad y la ficción, donde
da comienzo la segunda parte de la novela, en donde el autor
se entretiene en un curioso juego del que nos quiere hacer cómplices,
aun a consta de poner en tela de juicio una de las leyes
sagradas de la literatura: la verosimilitud. Adrián, ya en el
mundo real, se pone en contacto supuestamente con José María
Merino con el objeto de que este escriba su historia, que no
es sino la de multitud de seres anónimos en idéntica situación,
en la que habrá de incluir un mensaje cifrado dirigido a
"los invisibles", amenazados por un serio peligro,
que solo ellos podrán entender. Lo que posteriormente ocurre
con este mensaje, nos lo contará en las páginas finales de
la novela. Intenta de ese modo salvarles de su agonía (en el
sentido más unamuniano del término) y reencontrarse con la
que fue su amada durante sus tres meses de invisibilidad.
Merino cuenta de esa forma la particular génesis de la
novela, y la hace coincidir con un acontecimiento de primer
orden: todo empezó por el contacto con una flor azulada, o
rizando el rizo, por "haber probado inconscientemente la
fruta prohibida". Así, se dedica a desgranar con maestría
cuanto le aconteció desde el día en que conociera la
existencia de una "raza" diferente en una dimensión
diferente, que casualmente eran invisibles a los ojos de los
humanos. Porque lo que importa no es como se volvió Adrián
invisible, sino todo el glosario de anácdotas y situaciones
que configuran su posterior vivencia.
¿Literatura o metaliteratura?. Lo cierto
es que la novela alcanza su clímax en plena circunvalación
metafísica, y se demora en una búsqueda de la existencia del
propio protagonista dentro de los escasos márgenes que
separan la realidad de la ficción. Surgen así espontáneamente
el doble como sujeto literario, la atracción por los mitos y
el desconcierto de estar viviendo la realidad.
José María Merino busca conscientemente
la provocación (ya lo ha hecho en relatos anteriores,
concretamente en Cuatro nocturnos) e induce a que no
nos creamos todo cuanto hemos leído previamente, desde la
coincidencia de quien se siente satisfecho con el trabajo bien
hecho y de quien opina que la literatura ni empieza no acaba
con una obra sino que continúa viva mucho más allá de sus
propios dominios.
©
Luis García
Cristina Fernández
Cubas El
columpio
Tusquets -
Barcelona - 1995
Ya me he referido en
una reseña anterior, a la autora Cristina Fernández Cubas,
como una de las proyecciones más lúcidas de la literatura
española del último cuarto de siglo. Concretamente, fue con
motivo de la publicación de Hermanas de sangre, una
obra de teatro innovadora en la que aquellos que veníamos
siguiendo su trayectoria, pudimos contemplarla una vez más en
plena madurez literaria.
Pero me parecía obligado rendirle un nuevo
tributo, aunque sólo sea porque mi recorrido como "reseñista"
se remonta en el tiempo a una cercanía que se me antoja
insalvable. Así, creí verme en la obligación moral de
hablar, que no de reseñar, la que a mi juicio considero no sólo
su mejor obra, sino una de las más logradas que halla podido
dar la literatura. Me estoy refiriendo, por supuesto, a El
columpio.
No resulta Cubas a simple vista una
autora fácil de leer. Y no lo resulta, porque dentro de su
particular ecosistema han encontrado cabida todos aquellos
elementos destinados a mayor gloria que la que en principio se
nos ofrece. Es decir. Cristina Fernández Cubas podría
posiblemente haber utilizado otros recursos estilísticos, e
incluso temáticos. Y también probablemente, caso de que su
literatura se hubiese orientado por los derroteros que
experimentaban otros autores coetáneos suyos en sus
comienzos, su obra podría haber sido más abundante. Pero
también, probablemente, más mediocre.
Pero no. Cristina Fernández Cubas, fiel a
sus postulados, y a una manera de contar que está íntimamente
enraizada con los grandes narradores de relatos cortos de
finales del siglo XIX, continuó construyendo su obra ajena a
los "saraos" literarios y desde la soledad de quien
adoptó una postura vital ante la vida que se refleja en sus
relatos. Y en medio de ella, como una exhalación, surgió en
el mejor momento de los posibles El columpio. Referirse
a ella como una novela, no deja de ser un eufemismo, y hacerlo
como un relato largo, un disparatado acertijo. Así que lo haré
como la obra que a muchos autores españoles les hubiera
gustado contar. ¿Por qué?. Por la historia elegida, por el
perfil de los personajes en ella representados, y por el
sorprendente desenlace, que rayando lo onírico nos envuelve
en una atmósfera de seducción de la que nos vemos
imposibilitados para salir.
La historia resulta a priori sencilla. Una
mujer, que en un momento dado de su vida atraviesa una
delicada situación merced a la muerte de su madre, decide
saldar una vieja cuenta con su pasado y visitar el pueblo de
su infancia materna, para de paso conocer a sus dos tíos, Tomás
y Lucas, y a su primo, Bello, tres siniestros personajes de
quien tan poco sabemos como la protagonista, A partir de aquí,
la trama se complica cuando lentamente, y a medida que avanza
la obra, va intuyendo que su propia existencia está íntimamente
relacionada con la memoria colectiva de sus familiares, que
difícilmente podría salir a la luz si no fuera porque
alguien externo, ella en este caso, se introdujo en sus vidas
desiquilibrándolas peligrosamente. Cubas se dedica a ir
tejiendo lenta y pausadamente toda su particular tela de araña
en la que no podrían faltar los rencores acumulados por
tantos años de ausencia, la precipitada marcha de su madre
para casarse con "el francés", alguien a quien tan
sólo conoceremos por referencias, y como apunté ya en alguna
ocasión, un secreto tan bien guardado como mal iluminado por
la tenue luz de bombillas de quince watios, que no hará sino
retrotraerla a las infancias de unos niños que sólo conocían
la vida en su vertiente más onírica, que generalmente también
suele ser la más real.
Pero el verdadero éxito de Cristina Fernández
Cubas en El Columpio es haber sabido plasmar como nadie
los sueños de nuestra infancia, los recuerdos de nuestra
adolescencia e incluso las pesadillas de nuestra pretendida
madurez. Y haber sabido transportarnos, sin quererlo, a ese
otro mundo desconocido y mágico que siempre, queramos o no,
se encuentra oculto en el otro lado del espejo.
©
Luis García
Cristina
Fernández Cubas Hermanas
de sangre
Tusquets Editores - Madrid 1998
Durante el
verano de 1981, y siempre dentro de las obligadas lecturas que
me marcaba en las vacaciones, tuve la agradable fortuna de
descubrir a una desconocida autora de relatos que, lejos de
venir avalada por premio alguno, había sido capaz de crear un
universo rico en vicisitudes y desconciertos, mas cercano si
cabe, a los autores de literatura fantástica del XIX, o
principios de los años veinte.
Eran relatos deslumbrantes, de desasosiegos
y penumbras, en donde lo onírico, lo mágico, y lo conceptual
nos recordaban al mejor Allan Poe posible, nos remontaban a
Chesterton, o nos imbuían de toda una pléyade de ímcubos y
demiurgos cercanos a nuestras propias fantasías. Aquel libro
de relatos, que aún conservo con cariño habría de marcar a
mi juicio un antes y un después dentro de la literatura fantástica
española, porque si bien estábamos ante una autora ya no tan
joven, (por aquel entonces contaba con treinta y cinco años),
no cabía ninguna duda de que sus referentes mas cercanos no
podían ser otros que los que ella misma había sido capaz de
aglutinar en su memoria.
A aquel primer libro de relatos, titulado "Mi
hermana Elba", le siguió posteriormente "Los
altillos de Brumal", que leí con la avidez de la
curiosidad, sensación que paulatinamente fue dejando paso a
la admiración. Pero lamentablemente, no era Cubas una autora
que se prodigara en exceso, y sus libros aparecían con
cuentagotas. Llegaron con el tiempo así "El año de
Gracia", su primera obra larga de extensión, que no
de contenido, "El ángulo del horror" y "Con
Aghata en Estambul", dos nuevos volúmenes de relatos
cortos, tan desbordantes de imaginación como sus
predecesores, y "El columpio", a mi juicio,
una de las mas fascinantes novelas cortas que halla podido dar
la literatura española en los últimos veinte años, que no
son pocas. Y nuevamente, el silencio.
Confieso por ello, que a la mitómana alegría
de una próxima publicación, se le unió un cierto
desconcierto al comprobar que ni se trataba de un libro de
relatos, ni de una novela. Cristina Fernández Cubas había
decidido adentrarse en los vericuetos terrenos del teatro, con
todo lo que de dificultad trae consigo. Pues si bien, pudiera
parecer un género aparentemente asequible, observación que
pudiera extenderse a la poesía, se trata sin lugar a dudas de
uno de los más complejos por cuanto el autor se vé en la
obligación de dominar elementos ajenos a los habituales en la
creación literaria, como el tiempo y el espacio en el que se
desarrolla la acción.
Leí por tanto, "Hermanas de sangre",
con el temor adolescente a recibir un desengaño, y entre
bambalinas he de confesar que no sólo no me defraudó, sino
que mi admiración por Cristina se vió un tanto acrecentada.
La historia, engancha desde el principio:
Siete amigas, pertenecientes en su infancia mientras
coincidieron en un Internado a un extraño club que respondía
al sobrenombre de "Las tarántulas", reciben, cerca
de los cuarenta años, en plena madurez profesional, y hasta
sexual, algo que se encuentra implícito desde la primera
escena, una curiosa citación para celebrar una comida de
hermandad, durante el transcurso de la cual, visionaran una
vieja película en la que unas niñas, ellas mismas con
treinta y cuatro años menos, habrían de reescribir su futuro
con sangre. Aparentemente, hasta ahí, todo transcurre con
normalidad. Las cosas comienzan a torcerse, cuando a medida
que transcurre la obra, afloran desde diferentes ángulos sus
propios fantasmas, sus temores más recónditos, y ... un
secreto, un trágico suceso que las había mantenido unidas
inconscientemente durante toda su vida, hermanadas en la
tragedia, y que como si de un fichero oculto de un disco duro,
o de un virus informático se tratase, reaparece ahora con
fuerza removiendo la memoria colectiva y las conciencias de
sus poseedoras, y retrotrayéndolas a un tiempo y a un espacio
en el que todo resultaba mucho mas sencillo, porque todo
quedaba registrado en los viejos anuarios del Internado.
"Aquel año no hubo boletín. Ni fotos. Ni resumen del
Curso anterior" (Pag. 74). "...Borraron todo
un año del calendario" (Pag 75). Lo que había
comenzado como una reunión de viejas amigas, cada una con su
singularidad ateniéndose a la posición social que ocupan en
ese momento, se convierte lentamente en una reunión en la que
afloran sus rencores, sus envidias y sus frustraciones,
imprimiendo de tal forma un giro vertiginoso a una noche
iniciada treinta y cuatro años atrás, y convirtiéndola en
una catarsis colectiva de incierto final, configurando con
todo ello una obra de teatro digna, que hubiera perdido mucho
de su fuerza interior si se hubiera concebido como novela o
como relato corto.
Cierto es que toda la obra narrativa de
Cristina Fernández Cubas adolece de un esquema narrativo
similar, con idéntico hilo conductor. Y no menos cierto
resulta el que sea una autora de difícil encasillamiento, que
nunca gustó de los laureles del triunfo escénico, si por
tales laureles entendemos los diferentes premios que jalonan
nuestra "piel de toro". Sin remontarse mucho
mas atrás, la novela "El columpio" encerraba
entre sus páginas un perturbador secreto tan bien guardado
como bien desarrollado, y posiblemente hubiera sido llamada,
si se lo hubiera propuesto, a mayores éxitos de los
conseguidos. Y algo parecido ocurre con su "Hermanas
de sangre", en donde el secreto se nos presenta con
toda la verosimilitud propia de quien ha conseguido dominar
como pocos los resortes de la literatura fantástica, esté
esta escrita en forma de novela, relato corto, u obra de
teatro. Pero lo mas probable, es que tengamos que esperar a su
bautismo escénico, si es que se produce algún día, para
valorarla en toda su extensión.
© Luis
García
Manuel de Lope
La
sangre ajena
Plaza
& Janés - 2000
La Guerra Incivil
Primeros días de
Julio de 1936: Julen Herraiz, capitán republicano, cae
abatido por las balas frente al pelotón de fusilamiento casi
al mismo tiempo que su mujer, Isabel, comienza a notar como
crece en su vientre su futuro hijo, y que la joven María
Antonia Etxarri es violada en la habitación de una venta por
un sargento de requetes. Dos mujeres anónimas y aparentemente
sin filiación alguna, salvedad expresa de que ambas viven la
crueldad de unos tiempos dramáticos. Dos vidas jóvenes. Dos
destinos definitivamente unidos con sangre merced a un
conflicto tan cruel como desasosegante, la guerra civil. Dos
historias paralelas destinadas a confluir en un punto y que
configuran dos mundos diferentes pero una única realidad: la
de aquellas mujeres que sufrieron en carne propia La sangre
ajena de sus mayores.
Isabel, viuda del capitán republicano
Julen Herraiz quien ausente "habría de recordar su
luna de miel algunas semanas después de su boda delante del
pelotón de fusilamiento" (que imagen tan bonita, que
sincero homenaje a ese otro Coronel de nuestra literatura),
ya siente en su vientre el fruto de su amor y de su
placentera estancia en Biarritz, mientras en otro lugar, María,
nunca podría suponer que acababa de unir su destino a ella
para siempre.
Con una lentitud que a veces puede resultar
exasperante, Manuel de Lope construye una nueva novela sobre
el dolor y el sufrimiento de quienes padecieron la guerra, y
sobre la memoria colectiva de unos seres anónimos en los que
sus recuerdos deambulan parsimoniosamente a la par que su
ligazón. Y por encima de todo, escribe una historia sobre un
pacto tácito sellado con la sangre malograda de quienes se
sintieron por igual víctimas de un tiempo tan ajeno a sus
propias vidas como la que derramaron para crearlas. Sólo la
llegada del joven Goitia muchos años después, nieto ilegítimo
de Isabel, nieto biológico de María Antonia, servirá para
revolver las conciencias de quienes fueron testigos de un
inconfesable secreto y para empañar una vejez más que
desconsolada en el anciano e inválido doctor, auténtico eje
de la obra y sobre quien recae todo el peso narrativo, que un
buen día las atendiera en sus respectivos partos, y cuyo
silencio está intrínsecamente unido al de ambas.
Manuel de Lope, después del paréntesis
que supuso Las perlas peregrinas, novela con la que se
alzaría con el Premio Primavera de Novela 1998, se interna de
nuevo en plena contienda civil, y en ese universo tan característico
que ya mostrara en Bella en las tinieblas, para
entregarnos una de sus más logradas novelas. A su juicio,
aquella por la que le gustaría ser recordado en el futuro.
Pero por encima de todo recrea el paréntesis generacional de
un tiempo en la España actual, para demostrarnos que nunca,
por mucho que algunos se empeñen de lo contrario, unos hijos,
o nietos como es este caso, pueden ser responsables de lo que
en su día hicieron sus mayores.
©
Luis García
Augusto
Monterroso La
vaca
Editorial
Alfaguara - 1999
Hay un momento en la
lectura de "La vaca", la estupenda
colección de ensayos con la que el autor guatemalteco Augusto
Monterroso ha querido homenajear a sus lecturas preferidas, y
por extensión a aquellos autores que de una u otra forma han
configurado su quehacer literario, en que uno tiene la sensación
de estar hablando distendidamente con el escritor, de ser su
amigo, por el recuerdo que nos trae de nuestras propias
lecturas, algo que nos induce a recuperar algo que de por sí
resulta difícil de encontrar normalmente: la LITERATURA,
con mayúsculas.
Decir que Augusto Monterroso debe toda su
popularidad literaria al hecho de haber escrito el que
posiblemente sea "el relato corto más corto", y si
acaso más enigmático, de la historia de la literatura, no
deja de ser un mero ejercicio de puerilidad que no hace sino
ocultar las merecidas cualidades literarias de un autor a
caballo entre el realismo mágico de García Marquez y la
literatura fantástica genuinamente latinoamericana de Juan
Rulfo. Desgraciadamente, Monterroso es más conocido en España
por ser el marido de Bárbara Jacobs que por sus relatos (si
acaso, como antes mencionaba, por ser autor del manido relato
al que me refería anteriormente).
Lo cierto es que después de su famoso
relato, y de alguna que otra antología que algún avispado crítico
ha querido comparar con la inefable "Antología del
cuento fantástico" de Jorge Luis Borges, Silvina
Ocampo y Adolfo Bioy Casares, Monterroso se nos presenta de
nuevo en sociedad de la mano de una estupenda colección de
artículos literarios que en algunos casos pasan por ser auténticos
tratados del cuento breve, cuando no cuentos en sí mismos.
Por sus páginas desfilan los fantasmas de Rulfo cogidos a su
creador de la mano, el espíritu de Borges, presente en varios
textos bien de una forma directa, bien a través de su "Aleph",
y sus lecturas preferidas, entre las que descubrí con gran
agrado, los "Ejercicios de estilo" de
Raymond Queneau, obra que leí en mi adolescencia y que tengo
a bien no extraviar ni prestar a los amigos.
Resulta curioso, por otra parte, que aquel
dinosaurio fofo y acaso un tanto distraído, (al menos así es
como yo siempre lo quise ver) se convierte progresivamente en
un unicornio de la mano de Vargas Llosa, con lo cual, aquel
relato aparentemente inofensivo muta sobre su propia
existencia y se transforma en otro totalmente diferente que
diría: "Cuando despertó, el unicornio todavía
estaba allí". Parece ser, que no ha sido Vargas
Llosa el único encargado de "revisar" tan peculiar
ejercicio literario, y que Carlos Fuentes también, decidió
un día acudir a la zoología para convertirlo en un
cocodrilo. Monterroso, como no podía ser de otro modo, dedica
alguno de sus finos e irónicos comentarios a hablar de esto,
convirtiendo su cuento en una perpetua renovación del género
literario por extensión.
La literatura es, o debería de ser, un
lugar de encuentro. Encuentro de autores con autores, de
autores con lectores, de lectores con lectores, y de lectores
con autores. Finalmente, Augusto Monterroso, desde su
voluntario exilio mexicano, ha sabido "traducir"
como nadie esas premisas, configurándose como un escritor de
reconocida referencia en este final de siglo que se nos
avecinda. Porque, ¿acaso no hemos tenido en alguna ocasión
delante de nuestros ojos, un dinosaurio cuando nos despertábamos
por la mañana?.
© Luís
García
Varios
autores Líneas
Aéreas
Editorial lengua de Trapo - 1999
Si
estamos o no ante el nacimiento de un nuevo "boom"
de la literatura latinoamericana, sólo el tiempo será el
encargado de dar cumplida respuesta a esta cuestión que,
inevitablemente se plantea un avezado lector, a la vista de la
monumental antología recogida y editada bajo el sugerente título
de "Líneas aéreas", por una de las escasas
editoriales independientes que aún quedan en este país.
Cierto es, que el término de "boom", acuñado por
José Donoso, y que abarca a autores tan singulares como lo últimos
premios "Cervantes", si es que la singularidad es
una de sus constantes, comienza a tener vigencia, según
cuenta él mismo, a raíz de una fiesta en la Nochevieja de
1970 en la casa de Luís Goytisolo, fiesta en la que no podía
faltar, como no, la inefable Carmen Balcells, la "madre
de todas las agentes literarias. Y no menos cierto es, que
dicha idea, aún naciendo de una forma un tanto abstracta, y
acaso anárquica, tuvo una rápida aceptación por la
existencia precisamente de un substrato literario acorde con
la misma, lo que de algún modo propició la
internacionalización del concepto.
Muchos han
sido los estudios desarrollados sobre el "boom", y
bien es sabido que en su momento produjo un efecto curioso: en
palabras de uno de los antologados en "Líneas aéreas",
"después de él era muy difícil escribir mejor".
Dicho efecto mediático, lejos de incentivar a las nuevas
generaciones, generó en ellos una cierta sensación de
inmovilidad y desasosiego, sensación alentada en gran parte
por el fervoroso público europeo, que constantemente
demandaba nuevas obras a los García Marquez, Carlos Fuentes,
Manuel Puig, Cortazar o Vargas Llosa.
Pero,
treinta años después de la publicación de la monumental
Cien años de soledad, ¿qué escriben sus herederos en
aquellas tierras?. Y esa, y no otra, por mucho que se empeñen
los más conspicuos críticos literarios de este país, es lo
que nos viene a contar "Líneas aéreas", libro que
algún día será considerado de culto, (no en vano
posiblemente sea lanzamiento literario de algunos de sus
autores), y que viene a llenar un vacío que se comenzó a
gestarse tres décadas atrás, cuando el general Aureliano
Buendía se encontraba ante el pelotón de fusilamiento. Lejos
del "realismo mágico" de sus mayores, de McOndo, de
Comala y de tantos y tantos entrañables espacios, ofreciendo
nuevas visiones de un mundo más acorde con los cambios que
les han tocado vivir, aunque no por ello ajenos al devenir
histórico, social y político de sus propios países, "Líneas
Aéreas" viene a llenar un vacío que se nos antojaba
casi mítico, y viene a confirmar que el Cono Sur siempre, por
mucho que nos empeñemos en lo contrario, será fuente
inagotable de recursos estilísticos. Vaya por ello mi respeto
para la Editorial ante la larga nómina de autores, de la que
me siento heredero como lector, y en la obligación moral de
no nombrar a ninguno. Porque como casi siempre ocurre, correríamos
el riesgo de dejarnos algún escritor en el tintero, bien por
olvido, bien por alguna mala jugada del subconsciente. Y eso,
sería más de lo que podría soportar.
©
Luís García
Truman
Capote (Para
bien o para mal)
Editorial Anagrama
La
literatura siempre tiene a bien el ofrecernos todo un cúmulo
de sorpresas más o menos "racionales", sin las
cuales sería prácticamente imposible entender este "fin
de siglo/milenio" que se nos avecina. Es por eso que las
editoriales gustan a veces de mostrar su cara mas
"traviesa", y a la vez mas dulce, y es por eso, que
como cerrando un ciclo iniciado muchos años atrás, la
Editorial Anagrama acaba de regalarnos con un texto,
aparentemente inédito, del prolífico, meticuloso y camaleónico
escritor norteamericano Truman Capote. Se trata del libro
"Los perros ladran", texto de carácter autobiográfico
conformado por una serie de apuntes varios (a la manera de
unos ejercicios de estilo), y un conjunto de
"retratos" y "observaciones" sobre
diferentes personajes públicos (Jean Coucteau, Bogart, Andre
Gidé o Ezra Pound), que culminan con una autoentrevista del
propio autor. Y aunque no se trate de un texto inédito en
castellano, es necesario realizar para con la Editorial un
acto de justicia y considerarlo como tal, habida cuenta de que
la única traducción al castellano del mismo se remonta a
1976.
Capote no fue un escritor
normal, si por tal concepto entendemos la obra de todos
aquellos que nos invitan a disfrutar periódicamente con sus
novelas o relatos. Y no fue un autor "normal" porque
a su carácter flaubertiano y a su megalómana obsesión por
el chismorreo, se le unió de alguna forma el ser uno más de
los "hijos fatídicos de su generación", una
generación erosionada por la dependencia creciente del
alcohol y los fármacos y profundamente aletargada por la vorágine
de vivir "en busca de un tiempo perdido".
Fueron viendo la luz así,
en medio de semejante contemplación autodestructiva, un sinfín
de novelas y relatos: "El arpa de hierba", "Un
árbol de noche", "Desayuno en Tiffany´s",
"Música para camaleones", "A sangre fría"...,
y la espléndida e inmerecidamente condenada al ostracismo
"Plegarias atendidas", libro de culto a la altura
del mejor Salinger, por poner un referente, y que aún hoy en
día arrastra una curiosa leyenda negra sobre supuestos capítulos
inacabados escondidos en la taquilla de una estación de
autobuses.
A la búsqueda de la
"Gran Novela Americana", y envueltos en una vorágine
literaria de difícil asimilación, uno no puede por menos que
sustraerse a sus recuerdos más entrañables, y entre ellos,
como en casi todos, tiene cabida un libro. En este caso, este
libro es "Plegarias atendidas", libro de iniciación
sin el que sería del todo imposible entender la literatura
norteamericana del siglo XX. (Aunque semejante comentario podría
hacerse extensivo a otras obras "mayores" como
"El guardián entre el centeno", o los relatos de
Raymond Carver, que juntos forman un todo integral totalmente
indivisible). Y digo de iniciación, porque yo al menos lo
considero un libro descubierto al azar de una forma casual, y
que me sirvió para iniciarme en un modelo literario del que
lo desconocía casi todo. Es por ello, por lo que ahora que se
reedita dentro de la biblioteca Truman Capote "Los perros
ladran", por lo que siento la necesidad de reivindicar
con fuerza una manera de entender la literatura, y la vida,
totalmente alejada de los convencionalismos sociales del
momento histórico que le tocó vivir.
©
Luis García
José María Guelbenzu Un
peso en el mundo
Editorial Alfaguara,
1999
Catarsis
literaria
La
reciente publicación de la última novela de José María
Guelbenzu, un autor conocedor como pocos de un oficio no
siempre gratificante, dado que las ventas acostumbran a no ser
directamente proporcionales a la calidad literaria del texto,
rompe definitivamente con el ostracismo al que perennemente
estaba sometido dicho escritor, el cual, siempre se había
caracterizado por la experimentación en todas sus obras,
cualidad que a veces las convertían en el mejor de los somníferos.
La historia de la novela
"Un peso en el Mundo" es bien sencilla,
aparentemente, y se puede decir que engancha desde el
principio. Una mujer, profesora de filología inglesa en una
Universidad, cercana a los cuarenta años, y a punto de tomar
una transcendental decisión que posiblemente afecte tanto su
vida profesional como familiar, decide acudir a recibir
consejo de su viejo profesor de filosofía de sus años de
Universidad, quien ya jubilado vive retirado en algún oscuro
lugar del Norte. Entre ellos, comienza a desarrollarse un diálogo
que bien podría ser el reflejo de algún otro ocurrido veinte
años atrás, una batalla dialéctica en la que aparentemente
nunca habrá vencedores ni vencidos, sino una sensación de éxito
y de fracaso que se alterna indistintamente entre ambos
contertulios, y en donde, en medio de abundantes rodeos y
elipsis, afloran ante nuestros ojos de lector sus triunfos y
sus miedos, individuales y colectivos, sus recuerdos mas íntimos
y sus realidades mas profundas que surgen de la intencionada
voz interior de quien oculta con las palabras una verdad
superior que, caso de salir a la luz, no haría sino enturbiar
la que hasta el momento se puede considerar como una asombrosa
y perfecta relación epistolar. Lentamente, lloran, ríen,
discuten y se desesperan, a veces de una forma tierna, otras
mostrando su lado mas oculto, y así, poco a poco, comienzan a
desvelarnos sus secretos, dentro de los cuales no podía
faltar a lo que se insinúa en sus comienzos, y se constata a
medida que avanza la novela, una sugestiva e inacabada relación
amorosa, sugestiva por el talante de sus protagonistas, e
inacabada porque a lo que parece, ninguno de ellos la dio por
terminada, sino todo lo contrario: ambos parecen más que
deseosos de reiniciarla. Pero ahora, como Keats, con su célebre
verso "la belleza es verdad y la verdad belleza", su
protagonista parece querer buscar la perfección, tener un
peso en el mundo, "alcanzar lo mejor de sí misma" (pag.
144), "la excelencia máxima" (pag. 122), la
inmortalidad presente y futura. O como ella misma dice,
"ser fuerte, nada menos que un modelo de referencia.
Exactamente. Eso es lo que quiero" (pag. 216). Lo
grotesco, es que él, aún dejando entrever que pudo ser
alguien dentro de su profesión, que sí tuvo su "peso en
el mundo" dentro de la Universidad, renunció
voluntariamente a tal estado académico cuando estaba en la cúspide
de su carrera, y se condenó a un destierro obligado en una
huida sin retorno y sin final aparente, y a lo que parece, al
igual que en el caso de su discípula, sin desembocadura.
Pero, como él mismo reconoce en un pasaje del libro, "si
no puedes cambiar el mundo, cuando menos cambia de conversación".
¿Dónde reside entonces el secreto de una de las novelas más
innovadoras de los últimos años?.
En primer lugar en lo
peculiar de su tratamiento. La obra se estructura sobre la
base de un constante diálogo, de dos voces que se alternan
indistintamente, de una fluidez casi frustrante, como
frustrante puede ser la propia existencia de sus
protagonistas, sin guiones, sin referencias sobre quien es
quien está hablando en ese momento. Y se estructura en cinco
secuencias aparentemente desangeladas, pero perfectamente
equilibradas. ¿Se la puede llamar entonces, novela
dialogada?. ¿Se la puede considerar como innovadora dentro
del género?. No cabe duda de que aún no tratándose de un
procedimiento nuevo, (conviene recordar aquí la novela
"El abuelo" de Benito Pérez Galdós, alguna obra de
Pío Baroja, o, por ser más cercana en el tiempo, una pequeña
novela corta, "Micrófono oculto" de Raúl Guerra
Garrido) sí que lo parece por lo inusual del esquema dentro
de un panorama literario actual, en el que aún priman las
descripciones y los monólogos. Lo curioso, es que en esta
obra, y a diferencia de otras muchas, el diálogo se produce
ininterrumpidamente desde la primera página hasta la última,
desde la primera frase hasta la última, dominándola por
completo, configurando una estructura circular mas propia de
una obra de teatro que de una novela. De ahí su originalidad,
y del hecho de que todo, absolutamente todo cuanto acontece,
lo sabemos exclusivamente por boca de sus dos únicos actores.
En segundo lugar,
precisamente es la inexistencia de voces ajenas que puedan en
un momento dado introducir un factor de desestabilización con
respecto a los protagonistas. Ellos solos se las arreglan para
introducir cuantos elementos de juicio consideren oportunos
(Sara, la mujer del viejo profesor, el marido de la
protagonista de quien sólo conoceremos su nombre al final de
la novela, etc), para no tener que depender de terceras
personas, ni siquiera de un posible narrador omnisciente, que
otro autor mas indeciso y quizás menos atrevido que Guelbenzu,
hubiese hecho aparecer en algún momento.
Y en tercer lugar, el propio
talante psicológico de sus dos únicos personajes, algo a lo
que hacíamos referencia al principio, talante que desencadena
la catarsis final, con su dramática revelación, deseable
para que nada sea capaz de enturbiar el preconcebido
equilibrio, en donde uno intuye, y digo intuye porque toda
intuición es perfectamente irracional, que todo o parte de
cuanto se nos ha contado en las aproximadamente trescientas páginas,
formaba parte de un juego encaminado a ocultar la verdad.
Sirva decir, que resulta difícil, salvo que nos dirijamos al
terreno del teatro, al que antes hacía alusión, que sin
lugar a dudas se presta a más juegos, el encontrar dentro del
panorama narrativo actual una novela tan valiente, y tan
profundamente innovadora como "Un peso en el mundo".
Vaya por ello por delante mi convencimiento de que a medida
que envejezca la obra, se la reconocerá como lo que
verdaderamente es: un sugerente ejercicio de estilo de
obligada lectura al más puro estilo Queneau.
©Luís
García
Virgilio Piñera
Cuentos
Completos
Alfaguara – 2000
Maestro de maestros
Hace
unos años, un amigo que me tiene por un objetivo y contumaz
lector, me hizo la siguiente pregunta: "¿Sabes de algún
autor cubano aparte de Cabrera Infante y Alejo Carpentier?.
Semejante curiosidad interrogativa puede parecer una
perogrullada hoy en día, pero no hay que perder de vista que
hubo un tiempo en el que todo lo que sonara a cubano resultaba
altamente sospechoso, cuanto más si hablábamos de
literatura. Pero llegaron tiempos más tolerantes, le dieron
el premio Cervantes a Dulce María Loinaz y el Planeta a Zoé
Valdes y comenzamos a ser invadidos por toda una colección de
escritores cubanos que mostraban lo mejor y lo peor de un régimen
que a decir de algunas agonizaba lentamente. Fueron viendo la
luz de esa manera los relatos y novelas de Reynaldo Arenas y
Abilio Estevez, las obras de Jesús Díaz, Manuel Pereira,
Norberto Fuertes, Lezama Lima, Nicolás Guillén y el hoy
definitivamente recuperado Virgilio Piñera. (Hay que señalar
que el distanciamiento de estos y otros autores no siempre fue
premeditado, sino que a veces, obedecía a razones puramente
editoriales).
Todos se ocuparon de Cuba, y
todos soñaron, de una u otra forma con lo cubano, como
dimensionamiento de lo universal, reproduciendo con el eco de
sus nombres y apellidos las voces de cuantos los precedieron
en la tarea de convertir a Cuba en un referente de inevitable
valor.
Virgilio Piñera, como casi
todos los narradores sudamericanos del presente siglo, fue un
maestro del relato breve que supo trascender la
territorialidad para universalizar su escritura. De su pluma
salieron relatos magistrales como La carne, perteneciente a su
primer libro de relatos breves, El enemigo, El conflicto o El
señor ministro, el primero que vio publicado merced a los
buenos quehaceres de un Borges todavía no demasiado
divinizado. Son relatos descarnados, a menudo fríos y que
suelen rayar lo burlesco de una posición un tanto absurda,
algo que sin duda no debió de gustar al régimen. El hecho de
que permaneciese condenado al ostracismo en los últimos años
de su vida, hay que verlo más desde su particular condición
sexual que desde la de narrador. Ya que Virgilio Piñera no sólo
era uno más de los escritores homosexuales como Arenas y
tantos otros. Lo era además desde una posición combativa
cercana a menudo a lo "políticamente incorrecto".
Narrador, poeta y sobre todo
dramaturgo, Piñera vivió un voluntario exilio en Argentina,
lo cual no hizo sino ahondar en su particular concepción de
escritor marginal y marginado, de donde regresaría años
después para morir olvidado por casi todos menos por sus
amigos. No sería hasta los años ochenta cuando la definitiva
recuperación de su literatura lo convertiría en referente
obligado para entender cuanto por entonces se hacía en el
cono sur. Uno tiene la sensación al leer sus Relatos
Completos de encontrarse ante alguien que no supo o no pudo
aceptar tamaña suplencia. Maestro de maestros, supo ver en la
insularidad de su Cuba natal el principal escollo para
desarrollar su talento literario, pero a le vez la principal
razón para su definitivo reencuentro con sus fantasmas. A
Alfaguara le corresponde el mérito de seguir apostando por
tantos autores de los denominados del "interior", en
clara alusión por todos aquellos que no llegaron a saborear
las mieles del éxito en vida.
©
Luis García
Virgilio Piñera
La
isla en peso
Tusquets-Barcelona–2000
Maestro de maestros
Hace unos años, un
amigo que me tiene por un objetivo y contumaz lector, me hizo
la siguiente pregunta: "¿Sabes de algún autor cubano
aparte de Cabrera Infante y Alejo Carpentier?. Semejante
curiosidad interrogativa puede parecer una perogrullada hoy en
día, pero no hay que perder de vista que hubo un tiempo en el
que todo lo que sonara a cubano resultaba altamente
sospechoso, cuanto más si hablábamos de literatura. Pero
llegaron tiempos más tolerantes, le dieron el Premio
Cervantes a Dulce María Loinaz y el Planeta a Zoé Valdes y
comenzamos a ser invadidos por toda una colección de
escritores cubanos que mostraban lo mejor y lo peor de un régimen
que a decir de algunas agonizaba lentamente. Fueron viendo la
luz de esa manera los relatos y novelas de Reynaldo Arenas y
Abilio Estevez, las obras de Jesús Díaz, Manuel Pereira,
Norberto Fuertes, Lezama Lima, Nicolás Guillén y el hoy
definitivamente recuperado Virgilio Piñera. (Hay que señalar
que el distanciamiento de estos y otros autores no siempre fue
premeditado, sino que a veces, obedecía a razones puramente
editoriales).
Todos se ocuparon de Cuba, y todos soñaron,
de una u otra forma con lo cubano, como dimensionamiento de lo
universal, reproduciendo con el eco de sus nombres y apellidos
las voces de cuantos los precedieron en la tarea de convertir
a Cuba en un referente de inevitable valor.
Virgilio Piñera, como casi todos los
narradores y poetas sudamericanos del presente siglo, fue un
desafortunado poeta que supo trascender la territorialidad
para universalizar su escritura y hacer de la insularidad de
su poesía la razón misma de su existencia. Resulta grato por
ello redescubrirlo ahora de mano de la Editorial Tusquets,
sobremanera hacerlo porque su poesía sin duda la gran
desconocida de su obra en detrimento de la narrativa y la
dramatúrgica. La isla en peso abarca así casi
cuarenta años de producción poética solemne y nada políticamente
correcta. Con prólogo de Antón Arrufat, reúne tres libros: La
vida entera (1968), el único publicado en vida, Una
broma colosal, que él mismo se encargó de dejar
preparado para su publicación a su muerte, y Poemas
desaparecidos. Surrealista a veces, nostálgico casi
siempre, y amigo de sus amigos, Piñera vivió un voluntario
exilio en Argentina, lo cual no hizo sino ahondar en su
particular concepción de escritor marginal y marginado, de
donde regresaría años después para morir olvidado por casi
todos menos por aquellos que le respetaban y le querían. No
sería hasta los años ochenta cuando la definitiva recuperación
de su literatura lo convertiría en referente obligado para
entender cuanto por entonces se hacía en el cono sur. Uno
tiene la sensación al leer su poesía de encontrarse ante
alguien que no pudo aceptar tamaña suplencia. Maestro de
maestros, supo ver en la insularidad de su Cuba natal el
principal escollo para desarrollar su talento literario, pero
a le vez la principal razón para su definitivo reencuentro
con sus fantasmas. A Tusquets le corresponde el mérito de
seguir apostando por tantos autores de los denominados del "interior",
en clara alusión por todos aquellos que no llegaron a
saborear las mieles del éxito en vida.
© Luis
García
Charles
y Mary Lamb Cuentos
de Shakespeare
ALBA
Editorial - Barcelona - 2000
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