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LA
COPA MÁS TRISTE

La
selección titular de la foto -cedida
por la editorial Planeta-: (de pie de izquierda a
derecha) Javier García Sánchez,
Isaac Montero, Fernando
Martínez Laínez ,
Ramón Irigoyen, José Carlos Somoza,
Luis Mateo Díez, (en cuclillas
de izquierda a derecha) Luis
Landero, Javier Reverte, Juan Pedro
Aparicio, Andres Sorel,
Antonio Gómez Rufo
por
©Antonio
Gómez Rufo
Antonio
Gómez Rufo
nació en Madrid y e autor de
novelas, ensayos y biografías.
Licenciado en Derecho, ejerció la
abogacía y desempeñó diversas
actividades públicas y privadas hasta
1987. Desde entonces, se dedica
exclusivamente a la creación
literaria. Ha sido traducido al alemán,
holandés, francés, portugués,
griego y búlgaro. Entre sus novelas
cabe destacar El
alma de los peces; El desfile de la
victoria; El carnaval perpetuo; Un
gato en el desván; El Club de los
Osos Traviesos; La leyenda del falso
traidor; Las lágrimas de Henan y
Si tú supieras.
Su
última obra Los Mares del
Sur
(2002) ha sido publicada por Planeta.
El relato
"La Copa más Triste" que
pre-publicamos en Literaturas.com
pertenece al libro "El Siglo
Blanco", una recopilación de
textos sobre el Real Madrid por once
destacados escritores -en la foto -merengues
españoles. Más información del
autor: www.gomezrufo.com
LA
COPA MÁS TRISTE
Tal
vez la procesión de nubes negras que
avanzaban por el cielo escocés
ocultando la luna grande de mayo no
fue lo peor de aquella noche.
Cuando
Fernando Hierro cayó en el área a la
salida de un corner, derribado
descaradamente por la brutal entrada
de un defensa que llevaba el 5 a la
espalda en lugar de un número
asignado en la prisión de Alcatraz,
como hubiese sido más acorde con la
naturaleza de la agresión, a Raúl le
dio tiempo para levantar los ojos
hasta ellas y maldecir su suerte,
antes de que el silbato del árbitro
sonase larga y enérgicamente y su
dedo índice apuntase el punto de
penalti. Faltaban tres minutos para el
final del partido y con ese gol el
Real Madrid podía ganar la Copa otra
vez. El estruendo de las gradas,
celebrando la pena máxima,
anticipando el tanto, lo ensordeció.
Pero por su cabeza cruzó la más
terrible de las sensaciones, la más
amarga de las dudas, aquella de la que
había logrado huir durante todo el
partido aunque también era cierto que
no había podido apartarla por
completo de su pensamiento a lo largo
de los casi noventa minutos jugados.
Se
lo temía; y el temor no era
infundado. Figo había sido sustituido
poco antes, lesionado, y el gran capitán,
maltrecho por la entrada de aquella
mole incomprensiblemente libre de
antecedentes penales, no podía tirar
el penalti. Al comprenderlo fue cuando
Raúl se echó las manos a la cara,
para taparse el rostro y ocultar el
dolor que lo embargaba, y aunque el
mundo se había vestido de fiesta, él
prefirió cerrar los ojos para no ver
nada. Imaginó las caras de alegría
de sus compañeros, que ya se estaban
entrechocando las manos, esperanzados
y emocionados: Helguera, Morientes,
Makelele, Michel Salgado...; la
sonrisa abierta y tensa de Roberto
Carlos, juntando su mano a la de
Solari; la seriedad trascendente de
Zidane, que necesitaba ganar aquella
Copa, un trofeo con el que había soñado
toda la vida; el abrazo entre Íker
Casillas y Pavón, allá al fondo, al
otro lado del campo... Una explosión
de esperanza tan profundamente marcada
en el rostro de sus compañeros como
en el de los millones de madridistas
que permanecían allí en el estadio y
también muy lejos, en sus casas o en
torno a una barra de bar, al otro lado
del televisor, al otro lado del
universo. Eran unos momentos de máxima
tensión en los que el mundo volvió
sus ojos a aquel terreno de juego y a
los jugadores blancos: un mundo que
dejó de respirar y soportó
expectante el prolongado instante de
algarabía que se armó, como un
castillo de fuegos artificiales,
mientras el árbitro señalaba la
falta. Un mundo que, a continuación,
se detuvo como un navío atrapado en
los hielos del Ártico para
contemplar, inmóvil y silencioso, lo
que instantes después habría de
suceder.
Pero
nadie lo miraba a él.
Sin apartarse aún las manos de
la cara, Raúl comprendió al instante
su drama: sin Figo en el campo ni
Hierro en condiciones de hacerlo, él
era el encargado de tirar el penalti.
Así se había decidido en el
vestuario y así se había ensayado en
los entrenamientos. Pero él no podía
tirarlo, él no... Por su cabeza pasó
el demonio de la desdicha camino de
consumar la peor de las tragedias,
como si él fuese un barco
deshabitado, a la deriva, devorado por
la peste y el mundo un mar en calma
incapaz de agitarse por el olor
putrefacto de la epidemia. Sin ánimo
para celebrar la falta final, aturdido
y vencido por el destino mientras el
masajista sacaba al gran capitán del
campo para aliviar su dolor, se destapó
la cara y miró hacia el banquillo.
Del Bosque, en pie, le miraba
desconcertado y fruncía el ceño, sin
saber qué le ocurría al jugador. El
pánico se había dibujado en la cara
del jugador, como se marca el paso de
los años o el dolor por la muerte de
un ser querido, y su entrenador no
comprendía por qué no compartía la
euforia general, por qué no
participaba de los sueños de todos
sus compañeros. Alcanzar a entender
qué era lo que le atormentaba era, en
aquellos momentos, una pirueta
intelectual imposible.
Vicente
del Bosque cambió unas palabras con
Grande, su segundo, y ambos afirmaron
con la cabeza. Luego miró a Raúl y
afirmó igualmente, alzando y bajando
la cabeza. ¿Yo?, parecía preguntar
el mejor jugador del mundo con los
ojos; “Sí”, afirmó Del Bosque
con la suya.
Y
entonces, con la fuerza de una verdad
irrebatible, el mundo se le cayó
encima.
Durante el descanso, casi una
hora antes, el entrenador había
hablado con el jugador en un rincón
del vestuario porque le daba la
sensación de que no era el Raúl de
las otras tardes, el jugador que con
su actitud y su ánimo marcaba el termómetro
del equipo. Había jugado bien, y se
había esforzado durante todo el
primer tiempo; pero las dos veces que
pudo encarar y tirar a puerta prefirió
pasar el balón a un compañero. De
hecho, de uno de aquellas asistencias
salió el gol de Morientes, el primero
del partido. Pero Raúl, otra noche
cualquiera, hubiese tirado él mismo a
puerta. ¿Qué le sucedía?, quiso
saber el entrenador. Pero los labios
del jugador permanecieron sellados.
Cuando Del Bosque le repitió la
pregunta en la quietud de aquel rincón
del vestuario, sólo dijo, con un hilo
de voz, cuatro palabras:
-
Nada. Todo va bien.
Pero no era verdad. Durante el
segundo tiempo había luchado también,
como siempre, pero los propios compañeros
habían observado su falta de alegría,
una actitud permanentemente triste y
apesadumbrada, aunque a lo largo de
todo el partido hubiese fintado,
regateado, centrado y visto la jugada
necesaria como en la mejor de sus
tardes de fútbol. Pero no estaba cómodo,
no; de aquello todos se habían dado
cuenta. Por eso, cuando los rivales
empataron el partido a la salida de
una falta al borde del área, se
redobló la preocupación en la mirada
del delantero y los compañeros, al
verla, comprendieron que algo le sucedía.
Tal vez fuese la tensión de la gran
final, quisieron creer algunos. O un
disgusto familiar, pensaron otros; o
acaso algún dolor muscular
insoportable que ocultaba al cuerpo técnico
para no perderse el partido, llegó a
comentar el entrenador a Alfonso del
Corral, el médico. Quién podía
saberlo. Porque el pundonor, esa
herencia recogida de Marquitos, Rial,
Puskas, Di Stefano, Pirri, Gento o
Santillana, y de tantos y tantos otros
grandes jugadores del Real, era la
trinchera desde la que salía Raúl
una y otra vez para doblegar a sus
contrarios.
Pero ahora, cuando había
llegado el momento crucial, la ocasión
del lanzamiento del penalti que tendría
que resolver el partido y dar la Copa
al Real Madrid, todos los ojos se
volvieron a él. Era extraño que
todavía no se hubiera acercado al
punto de penalti para disponerse a
tirar la falta. No había corrido a
buscar el balón, como otras veces, ni
parecía querer asumir que estaba ante
otro momento culminante de una carrera
como la suya, llena de triunfos. Raúl
parecía esconder su alma, rota como
cristales de espejo, tras esas manos
que le cubrían el rostro.
Fue
Morientes quien le acercó la pelota y
le habló al oído.
-
Es tuya –Morientes se la
entregó-. La vas a meter.
-
Sí –respondió Raúl, sin
convicción.
-
Vamos...
Tomó
el balón y caminó despacio a
depositarlo en la cal marcada, como un
sol de medianoche, a once metros de la
portería. Lo acarició despacio antes
de dejarlo en el punto de penalti, con
el mimo con que se deposita un bebé
dormido en la cuna, lenta y
cansinamente, como por obligación,
sin mirar a nadie, sin ver nada. Tenía
los ojos perdidos, el rostro contraído,
la mirada seca. Está raro Raúl esta
noche, pensó Del Bosque desde el
banquillo; lo va a fallar, pensaron
Zidane y Solari, mirándose. Pero no
dijeron nada.
En el palco, el presidente y el
director general del Real Madrid
cruzaron una mirada llena de sombras
que nadie vio. Florentino Pérez y
Jorge Valdano sabían lo que estaba
ocurriendo, pero prefirieron no pensar
en sus consecuencias. Sólo Valdano se
metió un instante en la piel de Raúl
y sintió un escalofrío que disimuló
ajustándose el nudo de la corbata. La
vida sabe elegir sus trampas, ¡la
puta que me parió!, pensó mientras
tragaba saliva y se pasaba la mano por
la frente para aliviar el dolor que
compartía con aquel jugador que era,
sobre todo, su amigo.
Porque el dolor de Raúl era
insoportable. Mientras se dirigió al
punto de penalti, dejó el balón, lo
afianzó y retrocedió unos pasos para
golpear la bola, no pudo evitar pensar
en lo que debía hacer. Y no estaba
seguro de cuál era su deber. A veces
el deber es un acto perverso y por eso
la rebeldía no puede ser condenada.
Hay ocasiones en que no es fácil
delimitar dónde acaba el deber y dónde
empieza la honestidad. Por una parte,
se decía, debería intentar marcar el
gol: tenía que concentrarse,
tranquilizarse, golpear la pelota con
la izquierda, su mejor pierna, y
romper la red, sin darle al portero
opción alguna; o también podría dar
un pase a la red, como había visto
hacer tantas veces a Butragueño, o
había hecho él mismo. Pero por otra
parte su deber era también fallar el
penalti, utilizar su pierna derecha y
golpear la pelota abajo, echando el
cuerpo hacia delante, obligando al balón
a salir alto, en dirección a la
grada. Pero no. No podía hacer
semejante cosa: él era un madridista
de corazón, no se iba a permitir
defraudar a los aficionados ni
traicionarse a sí mismo de ese modo.
Pero precisamente por ser madridista,
precisamente por ello, debía
fallarlo. ¿Cómo concebir la vida sin
ser madridista, sin seguir rodeado de
sus seguidores, para quienes creaba la
magia de su arte cada tarde...? Pero
si el balón entraba, si marcaba el
gol de la victoria, ya nunca más podría
presumir de su madridismo, durante
muchos años tendría que ocultarlo,
tantos como fuesen necesarios hasta
que se olvidase lo sucedido. Pero si
no entraba, si no marcaba el tanto,
estaría traicionando también a sus
compañeros, a su equipo y a todos los
madridistas del mundo. Él mismo se
odiaría por no haber conseguido ese
gol.
Era
verdad que aún quedaba una
posibilidad, pensó durante unos
segundos. Él podía fallar el penalti
y de ese modo el partido continuaría
con empate a uno. Más tarde, o en la
prórroga, buscaría el modo de que su
equipo marcase el definitivo tanto de
la victoria. Pero, ¿y si no lo
marcaba y era el rival quien conseguía
el gol y se quedaba con la Copa? ¿Cómo
perdonarse entonces el fallo
deliberado del penalti? No podía ser.
Tendría que intentar marcarlo, aunque
hacerlo le acarrease un coste tan
doloroso. Al fin y al cabo él era un
profesional... Pero por otra parte,
pensaba, él no era sólo un
profesional, o un ídolo y todo lo que
se quisiese decir: sobre todo era un
ser humano, un hombre que no podría
seguir viviendo si marcaba ese gol.
Pero, ¿acaso podría seguir viviendo
con la conciencia tranquila si no lo
marcaba?
¿Por
qué le tenía que suceder a él,
precisamente a él, que siempre había
soñado con ser lo que era, por estar
donde estaba, por reír, llorar,
disfrutar y sufrir con las peripecias
de su equipo, por aquella camiseta
blanca coronada por el escudo más
hermoso del mundo? ¿Por qué ahora el
destino lo colocaba en la
irreversibilidad de una situación
definitiva, entre los lindes de un
dilema que se alimentaba de su propia
esencia irresoluble? Aquella duda que
Shakespeare puso en boca de Hamlet le
parecía una broma barata en comparación
con la que ahora vivía él: la de
marcar un gol o no marcarlo. Al fin y
al cabo Hamlet sólo dudaba entre ser
o no ser, que era algo así como morir
o no morir, esa era la cuestión. Pero
lo suyo era mucho más grave: se
trataba de marcar o no marcar, esto
es, de seguir viviendo, pero de un
modo o de otro muy diferente. No todas
las vidas son iguales: unas merecen la
pena ser vividas; otras son calderilla
y cera usada. Frente a la duda que
quebraba su espíritu, el hamletiano
dilema del ser o no ser era una
nimiedad, una cuestión menor. Al
final, todos hemos de morir, ¿no?
Pero la suya, en cambio, era algo más
que una duda existencial. ¿O es que
cabe duda mayor que la de amar o no
amar cuando el amor es la única razón
para vivir?
Miraba
el balón y el inmenso hueco que
quedaba entre el portero y el poste.
Por ahí entraría el balón, como un
soplo del diablo, si se decidía a
transformar en gol el lanzamiento del
penalti. No se lo pararía aquel
portero: ni siquiera lo vería pasar.
Ni tampoco llegaría a tiempo de
detener el balón aunque el instinto
lo impulsase a tirarse hacía allí.
Junto a la cepa del poste no caben ni
las manos más pequeñas, las manos de
la lluvia de las que habla el poema de
E. E. Cummings. Ni
siquiera la lluvia tiene las manos tan
pequeñas, decía el poeta... Por
ahí entraría...
Pero
había otro inmenso hueco, hacia
fuera, precisamente entre el larguero
y lo más alto de la grada, o entre el
poste y el banderín del corner, tan
grande que allí podía Satán
instalar la carpa de la eternidad.
También podría tirarlo por allá, lo
más lejos posible del mundo de los
sueños, y entonces no, no sería gol.
El
silencio del mundo le dolía en los oídos
como hiere la soledad en alta mar
durante la medianoche. Millones de
miradas estaban fijas en él, con la
respiración contenida y el peso de
una tonelada de mariposas negras
aleteando para nublarle la vida.
Miradas vivas, de hoguera, ardientes;
y al mismo tiempo gélidas,
atemorizadas, posadas sobre un hombre
que no podía mirar ni pensar con
claridad.
La idea de meter el gol era,
sin embargo, la que empezó a crecer
en su estómago con más fuerza. El
sacrificio es necesario cuando la
causa es justa, se dijo. Él se sentiría
morir, se ahogaría en el desamor,
pero tenía que entregar su porvenir a
cambio del triunfo del equipo, debía
cambiar su futuro por la desgracia
propia que le arrebataría lo que más
quería. El Real no era para él sólo
un equipo de fútbol, ni una religión,
ni siquiera una filosofía. Era más:
el Real Madrid era un castillo
construido piedra a piedra durante
cien años que ahora estaba en sus
manos defender o rendir; un palacio
grandioso cuyos cimientos dependían
esa noche de su voluntad; un imperio
aferrado por unos momentos a la bota
de su pie izquierdo. Y no podía
traicionarlo.
Miró uno por uno a sus compañeros,
que bordeaban el área: algunos lo
miraban también a él, expectantes;
otros escondían los ojos para no ver
lo que iba a suceder y se juntaban a
un rival, presionándolo, como les habían
enseñado. Miró hacia el banquillo, y
vio gestos de ánimo en los restantes
miembros de la plantilla; y comprendió
la mirada preocupada de los técnicos,
quienes no entendían la actitud
vacilante del jugador, la zozobra en
que se asfixiaba. Finalmente miró
hacia las gradas, donde estaban
puestos de pie los aficionados, con
los ojos asustados unos y confiados
otros, en silencio, como si se fuese a
oficiar la ceremonia de una inhumación
o a practicarse una operación quirúrgica
de máximo riesgo. Y por último miró
al portero rival, que también lo
miraba a él, componiendo el odio
falso y artificial del portero al
delantero ante el lanzamiento del
penalti, ese gesto duro y desafiante,
pretendidamente burlesco y
amedrentador, aprendido en la escuela
de interpretación de la vida en los
primeros partidos de fútbol jugados
con los otros chicos del barrio en las
calles enfangadas del suburbio o el
arrabal. Raúl sonrió al portero,
como para demostrarle que conocía el
falso color de ese gesto ensayado, y
miró el balón que permanecía inmóvil
a sus pies, esperando el golpe brusco
que lo empujara a iniciar el viaje
final que le llevaría a cumplir su
misión.
Una vez más quiso pensar si
habría de fallar o no fallar el tiro,
pero la idea de ofrendarse al Real
Madrid ya había ganado el partido que
Raúl estaba jugando contra sí mismo.
Era la víctima que ahora necesitaba
el equipo y él no dejaría de ser lo
que siempre había sido. Se ahogaría
en la pena después, lo sabía, pero
también había aprendido que sin
honestidad y profesionalidad no se
merece ser nada, y menos aún
madridista. Así es que llenó los
pulmones de aire, inició la carrera,
se volcó sobre el balón y su pierna
izquierda lanzó un relámpago de
furia que voló hacia la cumbre de la
montaña más alta del mundo, allá
donde se tejen las cuerdas de la red
que pesca el alimento de los hombres.
El clamor confundió a las
aves del paraíso, que cantaron antes
que el gallo, pensando en un amanecer
anticipado. El griterío por el gol
conseguido por Raúl desgarró las
gargantas de medio mundo. Los saltos,
los abrazos y las lágrimas fueron una
epidemia de la que no quedó nadie sin
contagiarse. Y la emoción corrió de
piel en piel, de lágrima en lágrima,
como el anuncio de un armisticio. Él,
en cambio, ni siquiera alzó los
brazos. Se besó el anillo, bajó la
cabeza y se dirigió al banquillo,
liberándose como pudo de los abrazos
de sus compañeros; y pidió el
cambio. Del Bosque aceptó y ordenó a
Guti saltar al césped. Raúl, con los
ojos llenos de lágrimas, se dirigió
al vestuario sin esperar el final del
partido.
El desconcierto fue general
entre los compañeros, los aficionados
y los medios de comunicación. Los
jugadores salvaron sin grandes
esfuerzos los pocos minutos de juego
que quedaron hasta que el árbitro dio
por finalizada la contienda y los
periodistas de prensa, radio y
televisión no hicieron otra cosa que
preguntarse qué le había sucedido al
jugador, lanzando al aire opiniones
tan bienintencionadas como
descabelladas, apelando a la emoción
que lo había derrumbado, conjeturando
una posible y prematura retirada del fútbol
o imaginando una lesión al lanzar el
penalti. Los propios compañeros
apenas celebraron el final del
partido. Sonrieron, felicitándose por
haber ganado la Copa, estrecharon la
mano de sus rivales, con quienes se
intercambiaron las camisetas, y luego,
antes de que se iniciase la ceremonia
de entrega del trofeo, optaron por
entrar en el vestuario. Porque si
durante todo el partido les había
extrañado la seriedad de Raúl y
aquella tensión que traslucía su
rostro, las lágrimas que había
derramado al final y la prisa por
abandonar el campo les había hecho
pensar que algo grave ocurría.
Y
más grave les pareció aún cuando lo
vieron llorar desconsoladamente en el
interior del vestuario, sentado en el
banquillo y tapándose la cara con la
camiseta con que acababa de jugar el
partido.
No era propia del futbolista
aquella actitud. El capitán le
preguntó hasta tres veces qué le
ocurría, pero no obtuvo respuesta.
Uno a uno, los compañeros intentaron
conocer los motivos de su desconsuelo,
abrazándolo e invitándole a salir
con ellos a recoger el trofeo por el
que tanto habían luchado, pero él sólo
negaba con la cabeza, en silencio, sin
dejar de taparse la cara y llorar.
- Hay que salir a buscar la
copa –ordenó Hierro-. Es nuestra,
Raúl.
- Vamos –animó Morientes.
- Adelante, amigo –Figo
intentó ponerlo en pie.
-
La gente espera –insistió Zidane-.
Debemos salir.
- ¡Que no nos esperen! –gritó
Casillas, animoso.
Pero Raúl se negó a moverse
del banco, incapaz de cesar en su
llanto. Tuvo que ser Del Bosque,
entrando en el vestuario, quien
ordenara a toda la plantilla regresar
al césped, donde esperaba el público
y los medios.
- Raúl no quiere, mister
–informó Hierro-. No sabemos qué
le ocurre.
- Ni yo tampoco –se encogió
de hombros el entrenador-, pero es un
profesional y actuará como tal. ¡Raúl:
al campo!
El jugador no rechistó. Se secó
las lágrimas con una toalla, se pasó
la mano por los ojos y salió de los
vestuarios, encabezando la piña
formada por sus compañeros. Su
seriedad era impresionante, el gesto
adusto, el rostro dibujado de aristas,
la sonrisa inexistente. Salió y esperó
a que Hierro subiese al palco en busca
de la Copa. Luego la levantó sin
sonreír y la llevó entre sus manos
mientras todo el equipo la ofrecía al
público en el apresurado recorrido
alrededor del terreno de juego. Y,
nada más concluir el recorrido, sin
atender a los periodistas que le
acercaron sus micrófonos, volvió al
vestuario donde, lenta y
desganadamente, se duchó y comenzó a
vestirse.
La plantilla regresó cuando ya
estaba terminando de hacerse el nudo
de la corbata. Seguía ensimismado y
afligido, mortificado, sin decir
palabra. En la barbilla, un temblor
casi inapreciable contenía las lágrimas
que estaban a punto de desbordarse.
-
No puedes seguir así, niño.
Necesitamos que nos digas qué está
sucediendo –se le acercó Hierro, el
capitán, abrazándolo y acariciándole
la cabeza-. No puedes... Somos tus
compañeros...
- Tus amigos –rectificó
Zidane, acercándose.
- ¡Hemos ganado la Copa!
–intentó alegrarle Roberto Carlos.
-
¡Sí! –gritó eufórico Pavón,
abrazándose a Salgado.
- ¡Sí! –corearon todos-. ¡Somos
los campeones!
- ¿No te parece cojonudo? –Morientes
le palmeó la espalda-. ¡Es la mejor
copa!
-
No –musitó Raúl-. Para mí es la
copa más triste.
Nunca hubo un vestuario más
silencioso en una noche de triunfo.
Los jugadores estaban eufóricos por
la victoria pero a la vez cohibidos,
sin ánimo para exteriorizar sus
sentimientos. Se fueron duchando
despacio, mientras en voz baja
susurraban alientos de tristeza y ecos
de preocupación. Algunos buscaron
huir de la tensión explicando a quién
dedicarían el triunfo; otros
comentaban con palabras de hielo el
peso de la tragedia en los momentos más
inoportunos. Savio y Munitis
preguntaron a Guti por qué no estaban
allí el presidente, el director
general y los entrenadores, cuando era
costumbre compartir aquellos momentos
con la plantilla, incluso para llevar
a cabo el ritual de ducharlos, como en
otras ocasiones. Guti, que conocía la
casa como nadie, cabeceó:
- Están reunidos, seguro. Lo
de Raúl debe de ser importante...
Volvieron sus
ojos al delantero, que ya estaba
vestido y sentado en el banco, mirando
el suelo que sentía moverse bajo sus
pies.
- Nunca lo vi así... –acertó
a decir Solari-. Nunca sabés dónde
se hace puta la vida...
Estaban terminando de vestirse
cuando se abrió la puerta del
vestuario. Los jugadores volvieron la
cabeza y recibieron impresionados un
cortejo de semblantes apagados, como
si en verdad aquella hubiese sido una
derrota o, como había dicho Raúl, la
Copa más triste. El presidente y la
junta directiva encabezaban un duelo
formado por Valdano, Del Bosque,
Grande y Chendo. Ni los masajistas ni
los utilleros dejaron de seguir
ordenando sus materiales. En aquel
silencio de luto, Florentino Pérez
fue el primero en hablar.
- Atiéndanme ustedes, por
favor –carraspeó antes de
continuar-. En primer lugar queremos
felicitarles por un triunfo tan
trascendental para el Real Madrid.
Toda la afición está muy satisfecha
con ustedes, se lo aseguro. Celebran
el triunfo aquí, en el estadio, y
también en la Plaza de Cibeles y en
millones de hogares en todo el mundo.
Felicidades y muchas gracias. La
compensación para todos nosotros es
haber podido poner otra vez el escudo
del Real en lo más alto; y para
ustedes debe ser también un orgullo
disfrutar de esa camiseta con que han
hecho vibrar a medio mundo. Es la
mejor compensación, la mejor. Pero
también habrá otras, se lo prometo.
Estamos felices hoy, otra vez, como
tantas otras noches de gloria. Gracias
y enhorabuena. Y ahora, una vez dicho
esto, el director general, Jorge
Valdano, quiere explicarles algo
–miró a Valdano-. Jorge, tienes la
palabra.
Valdano se adelantó un paso,
carraspeó también y miró a Raúl,
que permanecía con los ojos clavados
en sus zapatos. Afirmó con la cabeza,
con pesadumbre, y luego se enfrentó a
los ojos de los jugadores, uno a uno.
-
Nuestra felicitación ya ha sido
expresada por el presidente con la
sintética y acertada concreción que
caracteriza su modo expresivo. Por lo
tanto, nada creo tener que añadir a
ello. En todo caso parece preciso
recordar que el fútbol es la excusa
de nuestra vida y hoy esa excusa, otra
vez, ha merecido la pena –guardó
unos segundos de silencio, como
buscando el modo de proseguir-. Pero a
ninguno se nos oculta que hemos sido
testigos de una aflicción tan
incomprensible como justificada, se lo
aseguro a ustedes, y por eso hemos
decidido no guardar el secreto sobre
la evidencia, sino comunicar una
congoja compartida por todos y de la
que, hasta ahora mismo, sólo el
presidente, el propio Raúl y yo teníamos
conocimiento. Intentaré ser lo más
breve posible, aunque les ruego, a
todos ustedes, la mayor discreción
porque esperamos buscar pronto una
solución que nos convenga a todos por
igual.
- Dale, dale, boludo –pensó
Solari inquieto-. Me dará un
infarto...
-
Los hechos son simples –continuó
Valdano, cerrando los ojos y volviéndolos
a abrir-: Un magnate italiano del
mundo del automóvil, cuyo único
soporte vital es la vanidad y se mueve
por esa extraña musa del capricho, ha
comprado un club de fútbol de la
primera división italiana y quiere
convertirlo en el mejor equipo de su
país. Bueno, él dice que del mundo,
pero esos afanes de grandeza son
propios de los italianos millonarios,
no cabe motivo para la preocupación.
Pero el caso es que esta misma tarde,
antes del partido, el representante de
Raúl, el presidente y yo nos hemos
reunido con ese magnate y ninguno
hemos creído posible rechazar su
oferta: cincuenta mil millones de
pesetas por Raúl, trescientos
millones de euros, y al jugador cinco
mil millones al año por cada una de
las siete temporadas del contrato que
le propone. Ni el Real Madrid ni Raúl,
hemos pensado todos, podían desoír
una oferta tan espectacular...
Los jugadores se miraron más
confundidos aún. Sólo Guti entendió
los sentimientos que se estaban
debatiendo en las tripas, el corazón
y la cabeza de su compañero, arañándole
las entrañas, y deseó no tener que
encontrarse nunca en una situación así.
No; no todo en la vida es el dinero,
pensó. Pero no dijo nada.
-
Lo que he de añadir –siguió
Valdano su discurso-, es que ese
magnate, como decía, es estrafalario
y caprichoso. Y, fruto de tal esencia
caprichosa, ha exigido incluir en el
contrato dos cláusulas: la primera
que, para que fuese efectivo el
acuerdo, Raúl debía marcar hoy algún
gol; y, en segundo lugar, que de esa
cláusula no debía tener conocimiento
nadie, absolutamente nadie, ni
siquiera el entrenador Vicente del
Bosque. Antes del encuentro hemos
pedido la conformidad de Raúl,
transmitiéndole las ventajosas
condiciones del acuerdo para el Club,
así como los beneficiosos emolumentos
para él que se contemplaban en el
contrato. Y le hemos pedido que tomara
la decisión por sí mismo, porque el
Real Madrid estaba tan confundido como
él ante tan dramático dilema.
-
Entonces, ¿has firmado? –preguntó
Hierro a Raúl.
- A eso contestaré yo, Jorge
–intervino el presidente, adelantándose
un paso. Florentino Pérez tomó una
bocanada de aire, esperó unos
segundos que parecieron interminables
a cuantos escuchaban y dijo-: Todos
conocemos a Raúl y sabemos lo que ha
sufrido durante el partido. Hemos sido
testigos ustedes y nosotros. Su
responsabilidad le ha hecho pensar en
el beneficio del Club por encima de
sus propios deseos, lo hemos visto
sobre el césped esta noche, ¿verdad?
Incluso el drama de tirar o no el
penalti se reflejaba en su cara. A
Valdano y a mí se nos ha hecho un
nudo en la garganta, como supongo que
comprenderán ustedes. Y lo más
doloroso de todo era que no podíamos
decirle a Del Bosque que encargase a
otro jugador el lanzamiento. La verdad
es que tanto Valdano como yo, lo hemos
comentado ya ahí fuera, contábamos
con que el jugador podía fallarlo
deliberadamente para poder quedarse en
el Real Madrid, pero una vez más ha
demostrado su profesionalidad y el
amor a este equipo, prefiriendo darle
al Club una copa más que cumplir su
sueño de continuar aquí.
- Así es –afirmó Valdano-.
Profesional y humanamente es un
ejemplo. Mirarse en él es como
compaginar la gloria con el poder.
- Bueno... –Raúl levantó la
cabeza y se levantó, mirando a sus
compañeros-. Lo cierto es que, bueno,
he llegado a pensar en fallarlo. Pero
también he pensado que estaba en
juego la ilusión de todos vosotros y
una operación económica
trascendental para el Madrid. No he
tenido valor para tirarlo fuera...
- ¿O sea, que te vas? –quiso
saber Hierro, interpretando la mirada
de todos sus compañeros.
Y entonces Raúl afirmó con la
cabeza, volvió a desplomarse en el
banco del vestuario y se tapó de
nuevo la cara con las manos.
- No puedo hacer otra cosa...
Era
incómodo aquel silencio. Algunos ojos
se habían enrojecido por la rabia,
otros se empezaban a vestir de agua.
Un utillero rasgó la noche sacudiéndose
sonoramente la nariz. Guti negó con
la cabeza, como si desease creer que
aquello era sólo una pesadilla, y
Zidane se volvió despacio para tomar
asiento junto a Raúl. Los directivos
estaban dispuestos ya a retirarse del
vestuario cuando el presidente, con
los ojos turbados por un
arrepentimiento sincero, dijo:
-
Ahora comprendo el mal que le hemos
hecho al fútbol entre todos
permitiendo que se haya convertido,
además de un deporte, en un negocio
–se lamentó-. Me gustaría pedir
perdón por lo que a mí me
corresponda de todo este tinglado,
pero creo que ahí afuera nadie lo
comprendería... Ninguno de mis
colegas...
Jorge
Valdano sabía que ya nada tenía que
hacer allí y abandonó el vestuario,
desolado. Por el pasillo, mientras se
alejaba lentamente, caminando con la
cabeza baja, buscaba una fórmula para
deshacer aquel contrato maldito, una fórmula
que satisficiera por igual los
caprichos del italiano y las ilusiones
del Real Madrid y de los suyos,
incluido el jugador. Porque estaba
seguro de que la encontraría.
Y,
sobre todo, pensando en el modo de
secar las lágrimas de Raúl, porque
la procesión de nubes negras que
avanzaban por el cielo escocés
ocultando la luna grande de mayo no
fue lo peor de aquella noche...
©Antonio
Gómez Rufo 2002


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