NOVELA NEGRA

 

DE GARCIA PAVON/ Madrid Y OTRAS LITERATURAS

por

  ©Miguel Angel Cuadrado

 

            Era sábado de Gloria poco antes de la hora de comer, en el superpuente laboral de Semana Santa, cuando desde la calle Ventura de Vega, dejé a mis espaldas el Hotel Lisboa y miré de frente la calle Echegaray y la esquina de Los Gabrieles. Apenas había algún mísero vehículo aparcado, que era como si no estuviera. Aire en calma, sosiego y tibieza en la atmósfera. En la cabeza me resonó la palabra vinacho, telendo, un título: El señor del gato negro, y un nombre: Francisco García Pavón.

            Aquel Madrid de posguerra con sus pensiones menesterosas, la calle Echegaray, anteriormente denominada calle de El Lobo, rua recorrida por señoritos fuleros, legionarios, pícaros estudiantes, flamencos, coímas del hambre y el cruel destino. Por golfos de todas las raíces. Con las Cortes Orgánicas a la vuelta de la esquina, y el estraperlo subiéndose por las paredes.

            No pude remediarlo. Tuve que llegar hasta la esquina de la calle Príncipe, y fantasear acerca del lugar en dónde estuviera aquél cafetín: El gato Negro. Y después me fui a comer. Aunque lo primero que hice al llegar a casa fue coger el tomo de cuentos del ínclito García Pavón y guardarlo en el bolsillo de la chaqueta. Para más tarde  releer con gozo y suspenso el cuentario titulado Los Nacionales, segunda parte,  que transcurre en ese Madrid pobre, gris y crudo de la posguerra.

            El reencuentro fue regocijante. El humor y la escritura límpida y correntina del autor de Tomelloso, que le fluye al manchego del cangilón puro del castellano, el aceite del idioma. Y quise toparme en principio, con esa historia en la que el mozo estudiante visita a su tío, perdedor desolado, que acaba de salir de la prisión heladora de los ¿vencedores? de nuestra guerra civil.

            Es una tarde de domingo,  la que el estudiante elige para su visita. Gran Vía, Plaza de España, "sol entre refriores", colas ante los cines y parejas aburridas "arrastraban la tarde";  Plaza de la Marina Española, Palacio de Oriente, con la fachada "renegrida, parecía una abstracción". El Viaducto y la calle de Segovia... La historia, Libertad Condicional: 1943, concluye con el ex condenado a muerte poniéndose firmes y saludando con el brazo en alto, para después caer desolado en brazos de su mujer. Buscando el noticiario libre y clandestino de la BBC en el dial, había topado con la emisora patria y la melodía  obligatoria de  “Cara al Sol”.

            Era un Madrid en el que todavía "quedaban tranvías amarillos que giraban rascando rabiosamente los raíles", en donde el personaje de El Gato Negro esperaba los viernes a su mujer mientras ésta acudía a Jesús de Medinaceli. Una historia de trágicos amores adúlteros en tiempos más que difíciles, el personaje brujuleando el chato por la calle Echegaray, infestada de "señoritismo anacrónico, patriotero y clerical que reavivó =La Cruzada= , volvió a vestirse de luces y desplantes" (...) .

            En fin, cuentos e historias de pensiones en las que cabe el mundo literario de un imprescindible y milagroso García Pavón, que mira la existencia y sus ficciones,  con ojos asombrados e incrédulos, irónicos y dulcemente dolientes. Que entrelaza las historias de la vida en su particular romancero, con acceso a todo aquel que quiera entrar en sus moradas, dispuesto a no ruborizarse, nunca, por la emoción y sus manjares, con palabras que son relatos de nuestro devenir más clarividente y entrañable.

            La calle antes de El Lobo, luego de “chingaray”, retruécano para subrayar la especialidad impartida en aquel riachuelo, ya no es lo que fue, los tiempos tampoco. Pero se puede venir a pretender el goce más anhelado, como por cualquier esquina de la ciudad. Aquel  mercado sicalíptico en almoneda, se ha dispersado hacia  otras aceras más próximas a la Puerta del Sol, y sobre todo a las páginas de Relax de cualquier rotativo.

            Lo que sí continua siendo Echegaray, es zona de bares, tabernas y lugares de esparcimiento, trasiego de gente nocturna y desocupada. A la vuelta de la esquina están las Cortes, y el cambio es que allí se encuentra ubicado el Parlamento democrático de un país llamado España.  Y no hay estraperlo, aunque sí economía sumergida. Desapareció el señoritismo anacrónico y han comenzado a florecer personas  por la calle con teléfonos portátiles adosados a la oreja. Hemos mejorado. De acuerdo...

                                                                       

            Hasta aquí llegaba la crónica, que en su día escribí para incluirla en  cierto rotativo, y que no vio la luz. Otra desventura que engrosa mi curriculum, que siempre importan. Mi intención era no tanto hablar de Madrid, algo que pedía el guión, como reivindicar un escritor que me es muy querido, al que tanto aprecio y debo, y del que hemos hablado largo y tendido en la tertulia semanal a la que con vaivenes, calmas y cumbres, vengo asistiendo durante toda una década. Tertulia en donde las libaciones son generosas y la pasión tanta. Y en donde se desmenuza, despotrica y alaba cuanto sea posible.

            Allí se ha puesto en entredicho la historia de la literatura oficial, tan parcial y, en ocasiones, rocambolesca. En donde se inscriben gurús con títulos que se quedarán en títulos, tan sólo, en el futuro ya inmediato, y, sobre todo, se ningunea y lanza extramuros autores de obra “imprescindible y milagrosa”, como me atrevo a calificar la de los cuentos de García Pavón. Títulos como Cuentos de mama y Cuentos Republicanos o Los liberales, que tienen la factura y el empaque del mejor Clarín, dignos del maestro de maestros Chejov, y que están entre lo mejor que se ha escrito acerca de nuestra Guerra Civil y triste posguerra. Escritos con una prosa impecable y la hondura necesarias.

            Y sin embargo rara vez se le nombra cuando se habla del cuento en nuestras letras. Siempre en el siglo veinte se dice de Ignacio Aldecoa, que sí, un monstruo, y de otros de su generación, y a Pavón, si se le nombra es como excepción, rápido y mirando para otro lado. Inconcebible. Sólo por el relato del que ya hablé “El señor del gato negro”, o por el de “Viene ahora la tristísima historia de los evacuados de Bujalance, con unas coplas finales”, de  Los liberales, merece, y tiene ganado su puesto en el parnaso. Según el entender de los que se han emocionado y  vivido por bebido en sus aguas puras.

            En la tertulia sin par tenemos muy trabajada la idea de que esa  historia de la literatura, hay que escribirla de nuevo, con el rigor suficiente y sin los partidismos recalcitrantes de los profetas oficiales, que en este y otros casos, desprecian lo que ignoran. Porque muchas páginas del conservador González Ruano son antológicas, algunos títulos de Cañabate, como Historia de una taberna, son imperecederos, y la Fábula de Domingo Ortega; Julio Camba, amén de la gavilla de artículos, pergeñó esa delicia de La Casa de Lúculo.

            Esto si hablamos de prosas y narrativas. Hoy día tenemos, por poner un ejemplo, la obra de Juan Eduardo Zúñiga, que tiene escritas maravillas como Largo noviembre de Madrid, o su última novela, Flores de plomo, no lo suficientemente ponderadas, y parece ser que engullidas por el insaciable consumismo de listas de novedades y recomendaciones peregrinas.

            Claro que entonces habría que discutir de géneros y costumbres. Y ya se sabe que la poesía y el cuento son considerados, por el público lector, como algo marginal, excepción de ciertas épocas del año o de caprichos pasajeros. Y la reina y señora es la novela. El cine y el dejarse mecer en largos viajes de ficción, en las noches sin luna de las sábanas blancas y el sillón orejero. Pero eso no quita que “Largo noviembre de Madrid”, posea la talla de “La colmena” o “La forja de un rebelde”, y sea superior que la excelente “Soldados de Salamina”.

            Atrévanse con los cuentos, hermanos lectores, y no pongan reparos, que no es cuestión de poco ni mucho, en tanto que cantidad de páginas.

            Otro título que hemos descubierto, y siguiendo con la literatura patria, en mi particular tertulia -rescatado por leído-, es el de un autor abandonado por las frívolas memorias, Juan Antonio de Zunzunegui, y su novela río La vida como es, que transcurre en el Lavapiés anterior a la segunda República. Algo así como una genealogía del hampa cuando aquello era un oficio, incluso un arte, en la tradición  galdosiana y del cada día más substanciado don Pio Baroja. Novela con nervio, brío y magníficamente dialogada. Amén de estudio del lenguaje en germanía de aquellas gentes. Pasen y vean, la taberna del señor Benito, todo un pedazo de pan, en plena plaza de Lavapiés, les aguarda. El tocho está editado en clásicos Castalia.

            En fin. Hasta aquí hemos llegado, en nuestra defensa –y exposición de principios– de  un tal Francisco García Pavón y otras obras y autores que, por más que no salgan en la historias oficiales, han dejado realizadas para siempre, obras de arte que nunca habitarán el olvido, aunque no estén en las antologías del gusto, queremos decir, recomendaciones y cánones de esos mandarines de la Historia de la Literatura. Y amén.

                                                ©Miguel Angel Cuadrado es critico taurino en el diario El País en España.

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