TUSQUETS EDITORES

 

 

 

 

 

 

    

 

                   

 

 

DE LA EDICION COMO UNA ARTESANIA

                                          

Cuando, en 1968, me sobrevino la idea de crear dos colecciones de textos breves, en formato de bolsillo, pero con un tiraje de 3000 ejemplares, destinados a ser leídos «en el campus y en la playa», más de uno debió de pensar que era un proyecto descabellado. La editorial, en la que yo trabajaba entonces, lo rechazó, aunque me brindó su distribución en el momento en que me lancé a tumba abierta a fundar una editorial propia. Lo que hoy me gratifica especialmente es  ver que, al menos una de estas dos colecciones, Marginales, sigue todavía ahí... y,  hoy, ya mayor, de aspecto más digno, e incluso ya madre de una serie dedicada a la poesía, titulada Nuevos Textos Sagrados.

El inicio 

Empecé a trabajar, pues, en otoño de 1968 en la sala de estar de mi casa, y allí siguió instalada la editorial cuatro años más. Se fundó con un capital de 165.000 pesetas (±1100 dólares, al  cambio de hoy) como una sociedad privada, a  medias con el arquitecto Oscar Tusquets, quien, junto con otro arquitecto socio y amigo suyo, Lluís Clotet, creó el diseño y la imagen de las primeras colecciones de la editorial.

En el otoño de 1969 lanzamos nuestro modestísimo proyecto editorial, con los primeros títulos de Cuadernos Infimos y Marginales, paradójicamente en un local enorme, hoy desaparecido, destinado a combates de boxeo, llamado El Price. En ellas se manifestaba claramente la voluntad de expresar hasta el límite de lo posible una libertad de criterio, no exenta de cierto espíritu de provocación, que no sólo irritaba profundamente al beaterío nacional-católico de la época, sino que hería la sensibilidad de cierta izquierda ortodoxa.

Línea editorial

Desde el principio, me propuse tres metas: 1. reivindicar las vanguardias literarias del siglo XX y la literatura que, no por marginada, minoritaria e incluso «maldita», dejaba de ser menos importante; 2. aportar elementos para un debate vivo, activo, polémico, en el terreno de la cultura y de las ideas, mediante textos refractarios a las graníticas ideologías vigentes en la época; y 3. publicar la narrativa de autores noveles españoles e hispanoamericanos.

En unas declaraciones, el mítico editor francés de los años sesenta y setenta, Jean-Jacques Pauvert, dijo un día: «Ciertas editoriales trabajan en lo inmediato, yo lo hago en profundidad». Hice mío este lema, consciente ya por entonces de que «en profundidad» también significaba «a largo plazo».

Otro aspecto, para mí fundamental, de la edición me lo enseñó el poeta y editor español Carlos Barral: ser cosmopolita y permanecer siempre atenta a otras culturas y a todas las tendencias.

A este espíritu y esta actitud le añadí mi natural e incontrolable curiosidad y la convicción de que son los escritores, con sus obras, los que «hacen» una editorial, los que en realidad crean poco a poco, libro a libro, su catálogo.

Y así hasta hoy.

Por supuesto, en la trayectoria de este catálogo a través de los años se nota la evolución de un criterio literario. Creo que sería patético que no fuera así. Es cierto que, a veces, en este proceso, aunque las metas permanezcan, se alteran ciertos contenidos. Pero también es cierto que hoy, en el comienzo de un nuevo siglo, ya no tenemos por qué enarbolar la bandera de las vanguardias literarias del pasado, que han pasado a ser Academia; y es cierto que la evolución misma de la sociedad en la que vivimos necesita de una reflexión muy distinta, por no decir otra, de la que sin duda surgirán nuevas alternartivas.

Por lo tanto, al haber tenido total libertad para trazar esta trayectoria de más de treinta años, este catálogo es, para bien o para mal, la mejor, la más fiable, expresión de la evolución del itinerario literario e ideológico de sus editores. Lo que importa, lo que se somete al juicio de los demás, es el catálogo. Lo demás son palabras.

La censura

Fue la Bestia Negra de los escritores y de los editores durante todo el franquismo, aunque, cuando empecé con la editorial, ya se había moderado algo y se contaba, a partir de la llamada «Ley Fraga» con cierta tolerancia. Ésta, de hecho, se traducía sobre todo en fomentar una temible autocensura en las posibles víctimas de toda su implacable sinrazón, escudándose tras el kafkiano «silencio administrativo», auténtica patente de corso que se reservaba la Censura para castigar al escritor, al editor y, muchas veces al impresor, si la publicación era considerada «políticamente incorrecta». Hasta 1976, veinticinco títulos de Tusquets Editores fueron prohibidos, veintiuno censurados, uno secuestrado y llevado a juicio.

No entraré en la narración detallada, porque no hay en mí la mínima nostalgia, de las siniestras peregrinaciones al entonces Ministerio de Información y Turismo para entrevistarme con el ex seminarista Faustino Sánchez Marín, jefe de Ordenación Editorial, oficina destinada exclusivamente a la macabra misión de censurar.

Aun así, en 1973, siendo director general de Cultura Popular el historiador oficial Ricardo de la Cierva en el ministerio presidido por Pío Cabanillas, tras largas y soporíferas entrevistas, conseguí la autorización directa de aquél para iniciar al año siguiente la colección Acracia.

Distribuciones de Enlace, Les Punxes y Visor Libros

La creación en 1970 por ocho editoriales españolas (Barral Editores, Edicions 62, Laia, Cuadernos para el Diálogo, Fontanella, Anagrama, Lumen y Tusquets) de un servicio de distribución común fue para mí motivo de un duro pero fructífero aprendizaje en la faceta empresarial de una editorial. Compartir preocupaciones comerciales y financieras en España e Hispanoamérica con otros editores fue una experiencia inigualable, irrepetible y siempre recordada con inmenso cariño. Aprendí tal vez más de los errores cometidos que de algunos indiscutibles aciertos, entre otros, la creación de una colección de bolsillo colectiva, que creció vertiginosamente y en la que Tusquets participó modestamente con títulos para la Serie Negra.

Sin embargo, no disponíamos de medios para adquirir más compromisos en esta colección y me resistía a participar en una carrera que inevitablemente, en mis particulares circunstancias, me habría obligado a primar la cantidad en detrimento de la calidad. De modo que tomamos la arriesgada decisión teniendo en cuenta nuestra precaria situación financiera en aquellos años de cambiar a una distribuidora con pocos fondos y en la que el nuestro ocuparía un lugar de privilegio. Así, en 1976, pasamos a ser distribuidos en toda España por Les Punxes. En Madrid, en cambio, seguimos, como desde el primer día, con Visor Libros.

Y hasta hoy.

Franco había muerto. España iniciaba ese período de transición política que sorprendió al mundo. Se vivía en la euforia de poder de pronto expresar, escribir y publicar . No dudé, pues, en llevar adelante un viejo proyecto: la creación de la colección La sonrisa vertical. Muy pronto se afianzó como una colección de narrativa erótica de calidad gracias, entre otras cosas, a un premio que ahora otorgamos anualmente desde hace más de veinte años. Respaldados, pues, por ésta y por la colección Acracia, donde pudimos sacar a la luz textos del pensamiento anarquista y libertario ignorados en nuestro país desde la guerra civil, entramos, aún con escasísimos recursos económicos, pero con buen pie, en una nueva etapa.

En 1977, constituimos una modesta sociedad anónima formada por ocho socios. En esta lenta transformación de una empresa artesanal a una pequeña empresa con voluntad de afianzarse desempeñó un papel vital, irreemplazable, Antonio López Lamadrid. Ocho años después de su fundación, la editorial había pasado de una, y luego dos, a cuatro personas con sueldo fijo.


De una editorial artesana a una pequeña empresa editorial
                
                        

De cómo un hombre como yo se metió en un negocio como éste

En 1975 decidí abandonar la empresa textil de origen familiar en la que había trabajado hasta entonces y disfrutar de uno o dos años sabáticos. Conocía desde hacía relativamente poco a Beatriz de Moura y, no había pasado todavía quince días en mi nueva situación cuando, un día, cayó en mis manos un estado de cuentas de Tusquets Editor. Aún no sé si en un acto aciago o afortunado para mi futuro, no pude evitar curiosearlo. Comprobé que la situación no era excesivamente mala, aunque la facturación era bajísima.

Parece ser que le di a Beatriz algún consejo que ella valoró bastante. El tiempo libre del que yo disponía fue responsable de la costumbre que adquirí de pasar una o dos veces por semana por su oficina y asesorarla en algunos temas financieros y comerciales. La costumbre se convirtió en vicio, y en 1977 acabamos transformando entre los dos, junto con unos amigos, la empresa individual en una pequeña sociedad anónima, convirtiendo la editorial en Tusquets Editores.

Poco a poco, me fui identificando con los libros que se publicaban y con el tipo de trabajo que se desarrolla en una editorial. La cifra de negocios siguió siendo durante unos años muy baja, pero empecé a valorarla. Así, ayudé a poner en marcha tres colecciones que, por su formato y su precio de venta al público, hicieron que, con los años, aumentara considerablemente la cifra de ventas: La sonrisa vertical, Los 5 sentidos y, sobre todo, en 1980, Andanzas, una colección de narrativa, que hoy ha superado ya los 400 títulos.

En 1982-83 el mundo editorial pasó por una grave crisis y las ventas disminuyeron. Entonces, cuando comprobé que el futuro de la editorial peligraba, decidí entregarme definitiva y enteramente a mi papel de editor. De pronto tuvimos varios golpes de suerte: bastantes títulos que publicábamos se convirtieron en auténticos best-sellers sin por ello haber tenido que claudicar en la calidad de su elección. Seguíamos la misma línea editorial ya trazada inicialmente, pero los resultados económicos mejoraron notablemente y los socios siguieron aceptando con admirable paciencia que se reinvirtieran casi al cien por cien todos los beneficios.

La verdad es que, desde entonces, la editorial ha ido consolidándose de año en año.

El mercado hispanoamericano: un reto personal y esperanzador

Hice mi primer viaje por Hispanoamérica en 1978. Entonces, la editorial no tenía distribuidores y vendíamos directamente a librerías en los distintos países. Ese viaje de cuatro semanas fue duro, pero quedé impresionado por lo conocido y valorado que era allá el fondo de Tusquets por una minoría en cada uno de los países que visité. En términos económicos esa primera experiencia fue desastrosa porque vendimos, y desde luego cobramos, bastante menos de lo que costó el propio viaje.

Reconozco haber tenido grandes dudas acerca de la eficacia de una presencia continuada de nuestros libros en países tan lejanos. No obstante, seguí insistiendo cada año, incluso en los tiempos económicamente más difíciles para la mayoría de los países de aquel continente. Creo que hoy el resultado ha sido muy bueno y que, poco a poco, hemos conseguido, gracias sobre todo a los amigos-colaboradores que a lo largo de los años hemos ido conociendo y con los cuales hemos ido trabajando, llegar a ser una de las editoriales de pequeña estructura más conocida e implantada en casi todos los países hispanoamericanos.

En Argentina, concretamente, montamos incluso en los años ochenta una filial que no sólo consiguió sobrevivir en circunstancias extremas a años muy difíciles de hiperinflación, sino que está logrando ventas y resultados más que satisfactorios, que adquirió en propiedad un amplio local propio y que, en tiempos de bonanza, ha publicado a notables autores argentinos, hoy traducidos a varios idiomas.

Ya entrados los noventa, fundamos otra filial en México, que distribuye nuestro fondo y que también publica a buen ritmo a autores mexicanos, algunos de ellos también editados en España por nosotros y también traducidos a varios idiomas.

A cada país su propio sistema, su manera de distribuir e incluso de publicar nuestros títulos para su propio mercado.


El presente
                                                                 

En 1993 tomamos dos decisiones que suponen en cierto modo un salto notable en la trayectoria de la editorial: primero, venciendo muchas dudas, nos lanzamos finalmente a una colección (Fábula) de libros de nuestro fondo a precios económicos y, ¿por qué no?, del de otras editoriales. Y, segundo, nos arriesgamos a contratar toda la obra de Georges Simenon, incluida la serie del Comisario Maigret, cuyos derechos volvían en aquel momento a estar libres.

Pero, en los tiempos que corren y corren a toda velocidad, la rutina y la parálisis pueden convertirse en enemigos peligrosos. Uno de los legendarios editores europeos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, Giulio Einaudi, nos dijo un día: «Si una editorial literaria resiste el embate de tres crisis económicas, ya sean internas o generales, y sale adelante, está a salvo». Pero, en vista del panorama internacional en el mundo de la industria editorial, estamos convencidos de que hoy menos que nunca podemos, aun habiendo vencido las tres crisis, dormirnos en los laureles. Entre otras razones porque él mismo, que había sobrevivido a bastantes más, no pudo en cambio resistir la última: la del cambio radical y avasallador en los sistemas de contratación, distribución, exposición y venta de los libros. Los modos y los medios de seguir satisfaciendo la curiosidad de lectores exigentes han tomado bruscamente rumbos imprevisibles y debemos estar preparados para detectarlos a tiempo y no perecer en el intento de aguantar inmóviles la prolongada turbulencia de los nuevos tiempos. Creemos que éste es probablemente el reto en el que ya hemos demostrado estar profundamente comprometidos.

Por ésta, entre otras razones, hemos intentado en dos ocasiones en el plazo de cinco años asociarnos tal vez con cierta bienintencionada ingenuidad a dos grandes grupos de distintas características: en 1995 a Planeta y, en 1998, a RBA, con la sana intención de encontrar en ellos ciertas sinergias que una editorial literaria como la nuestra no puede ni quiere por sí sola llevar a cabo. Fracasamos en los dos casos, pero de una y otra experiencia no sólo hemos aprendido mucho, sino que hemos podido salir preservando la coherencia de nuestra línea editorial y manteniendo el control de la distribución, dos aspectos fundamentales de lo que se ha dado en llamar «la independencia editorial».

En el año 2000 Tusquets Editores es, pues, una editorial de mediana estructura, con 18 personas en su sede de Barcelona, ocho en su filial de Buenos Aires y cinco en la de México. Distribuye su catálogo por todos los países hispanoamericanos y, sobre todo, ha adquirido el prestigio que los autores que honran su catálogo le han brindado.                       

  


                                                    

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