Círculo
Cultural Faroni 

Prólogo de LUIS
LANDERO al libro
"QUINCE
LÍNEAS" Editorial
Tusquets
Andanzas nº288
"Cuentan los propios
fundadores que el Círculo Cultural Faroni nació una tarde de otoño de
1992, según unos en el cafetín Croche de El Escorial, otros dicen que en
la trastienda de una pajarería de la calle Maudes. No sé si contagiado
por la incertidumbre, pero a uno de golpe se le ocurre que a lo mejor ese
titubeo inicial no resulta del todo inocente, que acaso son esas
conjeturas las que conspiran en la memoria para otorgarle a la realidad un
vago aroma de leyenda, y que quizá es así como una hermandad tan joven
se ha ganado ya el prestigio de la bruma sobre su origen, de las variantes
que hoy son geográficas y mañana acabarán siendo doctrinales, de la
nostalgia de una posible edad edénica, de la promesa (que es eterno
retorno) de un futuro cisma que la bifurque y la devuelva al limo de los
cafetines y al caos inaugural de las pajarerías.
Pero a esa imprecisión germinal uno añadiría otra de
fondo, porque después de varios años de compadrazgo aun sigo preguntándome
cuál es la historia íntima de la fundación del Círculo, qué secreto
impulso trazó y cerró en el espacio la línea dentro de la cual quedaron
inscritos estos virtuosos del ilusionismo y acaso también de la
impostura. No de la impostura como argucia moral, naturalmente, sino como
elegancia e ironía para aceptar el atajo que media entre la realidad y el
sueño, para ampliar la vivienda de nuestra biografía de modo que allí
encuentren amparo los fantasmas de nuestras vidas apócrifas: el preludio
de algo que pudo ocurrir, las variantes que insinuó el destino antes de
llevamos por otro rumbo, lo que perdimos (y ahí está la nostalgia de la
pérdida para atestiguarlo) sin llegar siquiera a poseer, el afán de
plenitud cuyo soplo tantas veces hemos estado a punto de atrapar. Quién
sabe; desde el fondo de la caverna, de la oficina, del cuarto de estar o
de nosotros mismos, y para el que la escribe o la sueña, la realidad no
se ofrece, sino que hay que inventarla y ganarla con el sudor de la fantasía
y de la razón. 0 quizá sea que, para comparecer en público, para
máscaras y las apariencias, como los hechiceros y los cómicos. Si esto
es así, un buen observador es sólo una persona imaginativa capaz de
barajar los datos que recibe para darles el orden de un simulacro
allanador y verosímil.
Enumeremos y allanemos. El Presidente
del Círculo ejerce de funcionario internacional, pero su verdadera
vocación es la de trompeta alta en un grupo de salsa. Presenta además un
show de coloquios en Televallecas y no hace mucho yo lo vi motorizado,
embutido en cuero, con gafas de pionero de la Aviación y un foulard al
viento, con una bella señorita (¿se dice así?) en el transportín,
atravesando velozmente la provincia de Cuenca. El vicepresidente, que es
un tipo jovial, e incluso jocundo, con barba de bacteriólogo o de villano
de folletín romántico, trabaja de abogado y asesor parlamentario, pero
en su otra vida es picador de toros, y debutó en Yeste en 1987. Otros
directivos, que lucen de traductores, letrados o guionistas, han rozado la
gloria o la están tramitando para convertirse en violinistas, cantores líricos,
marqueses, jueces de línea o entrenadores de boxeo.
Cosas que pasan, viejas historias que nos traen como en ráfagas
el fragor épico de las pasiones cotidianas, la sospecha de que cada cual
es lo que es pero también aquello que pudo o que quiso ser, y que acaso
es irremediablemente en lo más profundo de sus convicciones y deseos.
Porque, en efecto, re sulta muy difícil inventar algo sobre nosotros
mismos (si la invención es coherente o sincera) que no esté ya sugerido
en el pasado, que la memoria (ella y no la imaginación, es la verdadera
loca de la casa) no haya convertido en una certeza mas o menos remota. Del
mismo modo que un relámpago en la noche le muestra al viajero el abismo
por cuyo borde camina, a veces la memoria nos ofrece la visión fulgurante
de los vestigios del paraíso que un día fue nuestro y que perdimos por
que así es la vida y aquí estamos de nuevo: exiliados en el presente,
recordando aquella edad legendaria en que las ilusiones permanecían
intactas y todo estaba por hacer y no había proyecto que excediera a los
ímpetus de nuestro afán. Decía alguien, no sé si Joyce o Chéjov, que
no hay personas mediocres, sino observadores mediocres. Así que somos
algo así como un palimpsesto bajo cuya escritura aparente, que es la crónica
exacta de la actualidad, late y discurre otra, desvanecida por el tiempo
-y el sueño, que nos cuenta al trasluz una historia borrosa, hecha de la
sustancia tenue y elemental de los mejores versos, y que a veces es sólo
ese monólogo de ruido y furia que hemos oído mascullar a los viejos
desmemoriados, a los borrachos y a los locos: el lenguaje de la inocencia
todavía posible, donde se evocan sin pudor los pormenores de esa vida
anterior que algunas religiones han hecho también suyas, otorgando un carácter
sagrado y cósmico a lo que quizá sólo sea el laboreo usual de la
memoria: la memoria que sueña el pasado, y que teje nuestra biografía apócrifa,
como tantas veces Antonio Machado nos sugiere en sus versos.
Y en fin, el caso es que todo esto viene inspirado por el
intento de explicar qué es eso de Faroni. Faroni es un personaje de ficción
creado por los protagonistas, no menos ficticios, de Juegos de la edad
tardía. Lo crean sobre el modelo de sus antiguos sueños, de las
ilusiones ya perdidas -y hasta traicionadas; dos tipos romos y otoñales
que primero inventan y luego usurpan la identidad del héroe que ellos, en
la bullanga de la juventud, aspiraron a ser. De modo que el héroe es el
espejo de todas sus quimeras incumplidas; un hombre construido con los
materiales de derribo de casi dos siglos de romanticismo, un collage donde
estarían los suspiros de Werther la leyenda desaforada de Lord Byron, la
desesperación de Espronceda, las truculencias del folletín, los valses,
los dramones finiseculares, los Héroes del cine negro americano, las
radionovelas y telenovelas, los boleros, el espíritu del mayo francés y
que sé yo que más: todo ese caudal vertiginoso que en su día maleducó
sentimentalmente a Emma Bovary y que también en nuestros tiempos, cómo
no, sigue causando estragos. ¿Quién no ha forjado en su primera juventud
planes magníficos acerca de su propio futuro?. También Gregorio y Gil,
que así se llaman los protagonistas, iban a ser hombres extraordinarios,
puros, rebeldes, singulares. Habían nacido y crecido en los suburbios del
romanticismo y no iban por tanto a mancharse con el fango de la
vulgaridad, ni a hacer concesiones morales, ni a sucumbir a un amor
rutinario y mediocre, ni a caer en ninguna de las trampas que nos tienden
los años. Ese había sido el pacto primordial con la conciencia. Y sin
embargo ahora, pasados del cuarenta, allí estaban, convertidos en dos
hombres más entre los hombres, que habían claudicado de sus ideales
hasta llegar a ser el reverso de todos ellos. Y de pronto, cuando parece
que todo está cumplido, se les ofrece la ocasión de actualizar sus ya
casi olvidados afanes y de recuperarlos tardíamente desde la invención y
la impostura. Y esa invención, ese sueño, se llama Faroni.
Y lo que son las cosas: cuando un servidor compuso esa
novela, temió en algún momento estar atentando contra esa serenísima
majestad narrativa que es la verosimilitud Ahora, soy ujier honorario del
Círculo Cultural Faroni. De manera que una vez más se observa cómo la
realidad se permite licencias imaginativas que cualquier escritor
intuitivo o experto rechazaría con escándalo.
El Círculo Cultural Faroni convocó por primera vez el Premio
Internacional de Relato Hiperbreve (en el Círculo casi todo se
escribe con mayúsculas) en 1993, dotado entonces con 5. 000.000 de
zaires. El año pasado fueron ya 50.000.000 (sí, sí, cincuenta) de
marcos Weimar pero la base primera del certamen es siempre la misma: los
relatos no superarán en ningún caso las quince líneas. Y así ha sido,
y así sería si la imprenta, y los tipos de líneas y de letras,
permitiesen mantener tal artificio.
Este libro (que es un libro de dejar y tomar, como una
transacción con calderilla siempre sobrante) es una selección de esas
historias hiperbreves, que vienen a ser poco más que sonetos en prosa. Yo
creo que todos los escritores hemos aspirado alguna vez a conseguir el
milagro de un virtuosismo formal que fuese a un tiempo morosamente
exuberante magistralmente sencillo: algo así como Las mil y una noches
escritas por Faulkner o Proust. Pero también hemos soñado con el
laconismo de Marco Aurelio, y al mismo tiempo con esa escritura que se
presenta tan indiscutible como indiscutibles son los fenómenos de la
naturaleza. Es esa escritura lunática y convulsa, hecha de
transgresiones, de excesos, de arbitrariedades, de imprevistos y sobre
todo de vigor y que, saltando por sobre toda norma, atropella y arrastra
caudalosamente cuanto encuentra a su paso. Es el estilo de Rabelais, de
Shakespeare, de Nietzsche, del mejor Melville o el mejor Unamuno.Y también
está la desmesura secreta, disfrazada de brevedad, de Gracián o Quevedo.
Y también aquel sueño que nos cuenta Borges del poeta que, a petición
de un rey, elabora un poema épico de un solo verso cuya belleza ardiente
y esencial destruye a quien lo oye por la misma razón que nadie puede
contemplar impunemente la cara de Dios. Por tanto el relato perfecto sería
el que todo lo dijera, el que todo lo omitiera, y el que en su estilo
fuese a un tiempo complejo, sencillo, calculador, sentimental, sereno y
turbulento. Demasiado para la vida, que es también hiperbreve. Así que
date prisa en leer, lector, y ojalá que en alguno de los rincones de este
libro encuentres un poco de hospedaje y a ser posible de felicidad".
Luis
Landero

faroni@literaturas.com