UNIVERSOS
BAJO CERO
por
©Cecilia
Eudave
Escritora
y Profesora de Literatura Hispánica en la Universidad de
Guadalajara México
El
cuento en México resulta actualmente una de las formas más
atractivas de lectura. Es bien cierto que durante mucho tiempo
éste era visto como un genero “menor” en comparación con
la novela y la poesía. Acusado,
falsamente, de no ser portador en su estructura del largo
proceso creativo de perfiles y situaciones complejas -dominio
de la narrativa novelada- el universo del cuento se nos
aparecía como un producto sinónimo de la inmediatez, la
irreflexión y la fugacidad.
En el mejor de los casos como un ejercicio meramente
lúdico. Así, el cuento se debatía entre un reflejo fallido
de la novela y una lírica de orden diferente como para
encajar en el sacrosanto mundo de la poesía.
Sin
embargo, una feliz evolución en el gusto de los lectores, un
mayor trabajo de difusión y la aportación de los fieles
adeptos a este tipo de escritura han sido factores para
otorgar una valoración y reciclamiento renovados a las
propuestas de este género hasta ayer tan minimizado. Hoy el
cuento se alza con un triunfo inesperado y contra-ataca como
mejor lo sabe hacer: dando más brevedad a lo breve; creando
espacios propios de reflexión y desarrollo; liberando la
experiencia polisémica.
Qué
mejor revancha que el cuento hiperbreve, o ultracorto, o
brevísimo, o micro ficción, o instantáneas, o
como se quiera llamar a este fenómeno donde hay tan
pocas líneas y mucho se impacta. Ficción súbita que trae
consigo nuevos códigos de apreciación, una propuesta
diferente y aire fresco a la literatura contemporánea de
México. Como ha dicho Irving Howe: “Los escritores que
hacen cuentos breves tienen que ser especialmente audaces. Lo
apuestan todo a un golpe de inventiva”. Idea que refuerza
Lauro Zavala , uno de los estudiosos del cuento más
reconocidos en México, quien continua la aseveración de Howe
invitando al lector a que no sólo se quede con “el golpe de
inventiva” sino que gracias al cuento hiperbreve logre
prolongarse más allá de ese momento y crée, a partir de
él: una identidad como lector.
Faltaría decir aquí ¿cuál identidad como lector?
¿Podemos identificarnos e incluso mimetizarnos con algo tan
breve? Si hacemos caso a la premisa de que cada hombre es hijo
de su tiempo y responde a los estímulos de la sociedad que lo
genera, sí. Sí podemos deducir que el éxito y la fuerza que
esta adquiriendo el cuento hiperbreve en México, en el umbral
del siglo XXI , responde a los parámetros de una sociedad que
deja poco tiempo al individuo para el ocio y el placer que
proporcionan la lectura. Ya desde Oliverio Girondo y su texto
“Veinte poemas para leerse en el tranvía” se señalaba la
necesidad de textos que se puedan llevar a cualquier parte,
que nos alejen de lo cotidiano en el metro, en el autobús, en
los atascos de las ciudades interminables, o mientras se
espera en el consultorio médico,
en la estación de trenes, en el aeropuerto. Ahí, en
ese breve momento de abandono a la lectura, uno recibe esa
dosis de gozo que trae consigo la audacia de lograr,
en pocas líneas, la sensación de ser seducido por el
contacto próximo de una situación, de un sentimiento, de una
anécdota, de un suceso, de una confesión, de la
deconstrucción de un mito, de una parábola, de una fábula o
leyenda, que con creatividad ilimitada, nos invita a penetrar
ese mundo de ficción donde -aún en la brevedad, o gracias a
ella- todo es posible.
La lección es simple: no existen los universos
pequeños, sino universos bajo cero. Donde toda la magnitud
está dada por la imaginación, por la reflexión que congela
el momento, por la quemadura silenciosa de la sorpresa. Y nos
helamos ante la rápida intromisión del texto en nuestras
vidas cotidianas, quedando ahí con toda la complejidad digna
de cualquier macro cosmos que nos brinde múltiples y
entretejidas salidas. Las micro ficciones son como laberintos
cuyo centro es uno y sólo uno, construidos con rigor y
economía de elementos, y que lejos de hacerlo simple y llano,
lo vuelven una
pieza limpia, directa: la mirada de un lector y su propia
vivencia.
En México, actualmente existe una tendencia al cuento
corto y muy recientemente al cuento muy corto e hiperbreve.
Este último ha
recorrido una ardua carrera para inscribirse en el gusto de
los lectores, una de las influencias quizá más importante
fue la Revista El Cuento, dirigida por Edmundo Valadés,
cuentista mexicano, quien durante toda su vida se
dedico a dignificar el género. En su revista además de la
presencia de los cuentos de corte tradicional, al margen
aparecían cuentos hiperbreves
de autores conocidos o de lectores de la misma revista,
convocados a participar en los concursos que regularmente la
publicación ofrecía. Entre
los lectores de cuentos se recuerda con mucho afecto a esta
revista que nos acercó a muchos autores del genero, y nos
alertó sobre las nuevas propuestas y tendencias narrativas
que empezaban a perfilarse alrededor del cuento.
Entre las propuestas más recomendables para los
lectores que están buscando esos universos bajo cero, podemos
citar a los siguientes autores mexicanos que se adentran en la
propuesta del cuento ultracorto:
Edmundo Valadés con El libro de la imaginación
o Solo los sueños y los deseos son inmortales, palomita, de Juan José Arreola Varia
invención y Bestiario, Julio Torri
con Ensayos y poemas, Augusto Monterroso y su
libro La oveja negra y demás fábulas, Alfonso Reyes
en Antología, Salvador Elizondo con el Grafógrabo,
Sergio Golwarz con
Infundios ejemplares, Felipe Garrido y su Musa y el
garabato, Ethel Krauze
con Relámpagos, Guillermo Samperio con Gente
de la ciudad, Luis Humberto Crosthwaite con No quiero
escribir no quiero, entre muchos otros escritores que
están trabajando el cuento hiperbreve en este país. País
estigmatizado y/o bendecido por la influencia del calor,
quien, en su inmenso laberinto, es, igualmente, capaz de
albergar golpes fríos que hielen cualquier conciencia.