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TOMA 3 AVATARES DE LA REALIDAD por ©JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ
También
el alma, para ser reconocida, deberá
verse reflejada en otra alma. (Platón, "Alcibíades")
Observé el viejo y hoy tristemente cerrado Cine Coliseum cuando me propuse hacer esta reflexión que hoy están leyendo. El Cine y, desde luego, la última película que pude ver allí: asistí a la versión original y definitiva de la magnífica película de Ridley Scott, Blade Runner, distinta a la que se había distribuido en las salas comerciales del país allá por 1982, y que se anunciaba en el cartel publicitario como "montaje final del director".
Como
sin duda recordarán los admiradores de este cineasta, este filme
futurista, basado en un relato del novelista del siglo XXI Philip K.
Dick, que llevaba por título ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas?, venía a ser, como señalara
el crítico cinematográfico Antolín Rato, una alegoría
(justificadamente) pretenciosa de la condición humana en una sociedad
incrédula con su propia permanencia en ese mundo futuro y, por extensión,
en el nuestro. Devastada hasta límites inverosímiles desde nuestra
perspectiva actual, la Tierra ha sufrido el paso aniquilador de la
Tercera Guerra Mundial y presenta un aspecto siniestro e inestable, nada
tranquilizador. Scott,
y esto es realmente lo que me interesa, realizó una versión muy
personal de la novela, y las diferencias con ésta son manifiestas. A
continuación, para ejemplificar la que luego será mi tesis sobre esta
reflexión, les propongo una síntesis de esos rasgos diferenciales
entre novela y película. En
primer lugar, la novela retrataba una San Francisco despoblada y Scott
nos introduce en una Los Ángeles superpoblada, encuadrando ambos la
acción en noviembre del año 2019. Nunca me detuve a analizar
exhaustivamente el porqué de este cambio, pero ahora me parece una
manera de preservar la abrumadora atmósfera de la novela. Los
androides Nexus 6 del relato
de Dick, que tienen un funcionamiento máximo de cuatro años (aunque en
plenitud física) para no permitir que desarrollen emociones, y que se
rebelan frente a esta "programación" a la que se ven
sometidos, son llamados replicantes
en el filme de Scott, aunque son del mismo modelo y están en las mismas
condiciones. El
cazador de androides rebeldes (replicantes),
en ese futuro conocido como blade
runner, se llama Rick Deckard, y en la película no está casado.
Tampoco sé por qué Scott elimina esa faceta del personaje. Scott
no trata, en absoluto, la importancia que en la novela se le da a la
posesión de animales vivos, un requisito indispensable para no ser
considerado de clase social baja, o poco menos que inmoral en la nueva
sociedad. Incluso la gente que no puede permitirse tener un animal vivo
en casa como mascota (desde luego, un objeto que pueda lograr que el
poseedor fuera considerado socialmente era bastante caro) compra
androides animales. Es tal la importancia de este factor que Dick
muestra la misión de Deckard como un pretexto para, con el dinero que
gane en ese trabajo de eliminar a los androides rebeldes, obtener su
propio animal vivo. Además, esta importancia también la vemos en el título
de la novela, bastante mordaz para mi gusto (los androides, debido a su
límite de funcionamiento, están destinados a convertirse en ovejas que
van al matadero, y su sueño es la pura utopía de saber cuánto tiempo
les queda). En la película sólo aparecen dos animales: uno es una
serpiente androide que participa en el número de una bailarina, que
resulta ser una de los replicantes, en un club nocturno; el otro es un búho, en la mansión
del creador de los androides Nexus
6, el ingeniero Tyrell, presidente de la Tyrell Corporation, lo que
nos da una idea de su posición social: para sus semejantes, una persona
muy respetable y muy rica; para los androides es un dios, un demiurgo de
la electrónica, su creador, su padre, y lo sienten como nosotros
podemos sentir la Cruz. Es la visión de un Scott que no acude a este
asunto de la trama (tal vez lo considerase superfluo), y prefiere
centrarse en el detective Rick Deckard. Deckard
pasa de ser un hombre que trata de obtener importancia social con la
posesión de un animal vivo, a ser un hombre atormentado por
interminables dudas metafísicas acerca de su propia realidad -y de la
realidad aparentemente ajena que suponen los androides Nexus
6-, así como también acerca del conflicto entre el bien y el mal.
El hecho de que los androides acaben por matar a su creador, su dios, en
la misma habitación del ingeniero, llevados hasta el límite de la
angustia existencial que padecen y por el miedo a la muerte del que no
estamos excluidos ninguno de nosotros, supone otra alegoría, más
compleja y acaso más pretenciosa: Dios es derrocado por el hombre, que
se transforma ahora en su propio dios, y en único responsable de sus
acciones, único constructor de su destino. La necesaria coincidencia
del conflicto hombre-Dios y el conflicto máquina-creador se extrema
sobremanera en esta parte del filme, aunque no se desliga demasiado de
la novela en este aspecto. Seguramente
que Scott lo que rueda aquí es una historia de relaciones, humanas o
no, y poco interesan los animales desde este ángulo o, al menos, la
supresión es razonable en tanto que descubrimos a Deckard manteniendo
una relación íntima con una androide, Rachel, una replicante
que trabaja para Tyrell, abocada a un fin que Dick deja claro (muere,
como todos los Nexus 6, a los
cuatro años), y que Scott, sin embargo, prefiere abrir con un final
nada consecuente con el hiperrealismo futurista y fatalista de Dick: la replicante Rachel no tiene fecha precisa de terminación. Un caso
especial que ensombrece levemente la mirada de Scott. La
realidad de ¿Sueñan los
androides con ovejas eléctricas? es la realidad retratada, pero es
diferente en su sustancia. Todos los cambios de Scott crean una realidad
paralela en la que los personajes y situaciones de la novela ya no
dependen de Dick, sino de Scott. En cierta manera, se ven como dos
dioses, y ambos buscan su propia creación, si bien Dick es el pionero
esencial de una historia tan semejante (y tan dispar a la vez) con
respecto a la visión de Scott. Por
supuesto que yo ahora me decantaría por el triunfo del cineasta y su
ensayo filosófico-cinematográfico acerca de la condición humana que
por la novela de Dick, pese a ser ésta precursora de la anterior. Es
normal; como ya señalé, la novela se publica en 1975 y mi lectura de
la misma, veinte años después, está más alejada de la perspectiva de
Blade Runner, rodada en 1982,
y que me impactó enormemente cuando la vi allá en el año 1992, sobre
todo en sucesivas visiones que siguieron a este descubrimiento. Decía el escritor griego Nikos Kazantzakis, respecto a su controvertida novela La Última Tentación de Cristo, que «la doble naturaleza de Cristo -el sufrimiento, tanto humano como sobrehumano, de un hombre para alcanzar a Dios- ha sido siempre un profundo misterio para mí. Mi principal anhelo y la fuente de mis venturas y desventuras desde mi niñez, ha sido una incesante y cruel batalla entre el espíritu y la carne... y mi alma es el campo de pelea donde esos dos ejércitos se han encontrado y han luchado». Su personalísima visión de los evangelios levantó
una polémica que aún hoy se mantiene, al igual que la adaptación
cinematográfica de la misma que llevó a cabo Martin Scorsese, y que
impidió que su película se exhibiera con normalidad. Lo que ambos
proponen es una reinvención del mito cristiano, donde el Mesías es un
hombre común atormentado por su identidad como Cristo salvador, un
hombre que no quiere esa responsabilidad en su conciencia, lleno de
dudas, cobarde, pecador de obra y pensamiento. Por eso su última
tentación en la Cruz es la posibilidad de vivir una vida normal, común,
con esposa e hijos, formar un hogar y una familia: no quiere ser el Hijo
de Dios porque sólo es un hombre. De nuevo, dos realidades se ramifican
desde una misma esencia: la memoria colectiva que han procurado desde
siempre los escritos evangélicos, sometida a una reinterpretación de
una materia literaria sobre la que no tenemos la absoluta certeza de que
sea verdadera. Algo similar se le ocurrió al gran escritor Jorge Luis Borges sobre la figura más olvidada de todos los Evangelios, la del traidor Judas, al recordar la obra de Nils Runeberg Kristus och Judas. La reflexión era la siguiente: si el Verbo se había rebajado a mortal, un discípulo del Verbo como Judas podía rebajarse a delator. En el ensayo del maestro argentino, "Tres versiones de Judas", leemos el siguiente párrafo acerca del desdichado traidor: «Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: "El que se gloría, gloríese en el señor" (I Corintios 1:31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres (...); para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas». Borges eleva la realidad de Judas hasta la realidad de su
Maestro, identificándolos en el mismo sacrificio, aunque cada uno
encontró la muerte de manera diferente: Judas se quitó la vida, según
los Evangelios, ahorcándose; Jesús murió crucificado en la Cruz,
también según las escrituras. Las dos muertes son la misma realidad de
otra más grande, la que nos llega de la tradición cristiana. También
Kazantzakis y, por extensión, Scorsese, tienen una visión distinta del
traidor, al que equiparan como el verdadero Mesías, con la misión
redentora de delatar a Jesús, y que éste muera en el símbolo que hoy
es la Cruz. Otra
versión de la realidad nos remonta a la figura de Homero y las
distintas aceptaciones (ya no
traducciones) de su Odisea, y
las interpretaciones y realidades de la figura de Ulises, el héroe
griego perdido en la realidad, en busca de su patria, y al que no pocas
veces ya, con el transcurso del tiempo, se le ha confundido con su ciego
creador. En un manuscrito encontrado en la Biblioteca Nacional de
Luxemburgo, que lleva la revolucionaria fecha de 1917, firmado por un
desconocido (supuesto cronista de la época) bajo el nombre de Joseph
Van Den Krogh podemos adivinar una nueva Odisea que no pretende, seguramente, seguir fielmente a la de
Homero. Transcribo el manuscrito, o lo que queda de él bajo estas líneas: MANUSCRITO DE VAN DEN KROGH,
1917 «(...)
El hombre respiró un profundo misterio de arena caliente. Sentía
conscientemente que su cuerpo estaba volviendo a la vida, que sus
sentidos se ofrecían al mundo para buscar la justificación de su
existencia: todo era oscuridad, un incesante zumbido recorría su oído,
el calor mordía la maltrecha piel, en su respiración aquella arena y
ese líquido, entre seco y pastoso, entre su lengua y el paladar. Decidió levantarse enseguida, esforzándose sobremanera por abrir los ojos completamente. La oscuridad había dejado paso a un resplandor impertinente, interminable. El hombre se reconoció muy despacio, palpándose el incierto rostro con una mezcla de interés y júbilo. (No recordaba su nombre, pero sabía que todo esto podría ser un sueño y no quiso preocuparse demasiado). T enía la impresión de que las piernas iban a derrumbársele en cualquier momento. Examinó detenidamente el lugar donde le había sorprendido el cansancio abrumador del que empezaba a liberarse casi con tristeza. Un riachuelo diminuto mojaba sus ahora ya insensibles pies en su curso hasta detrás de una colina, lo cercaban extensiones infinitas de desierto llano y amarillo, cada una semejante a las otras. (En años posteriores, el hombre se preguntaría obsesivamente cómo podía surgir un hilo de agua tan vigoroso en mitad de toda aquella quieta desolación. La respuesta seguiría siendo la misma que hoy no encontraba). Pensó,
Estoy muerto. Pensó, Este es
el final de mi viaje. Divagó, Soy
el último, el único, soy inmortal.
Advirtió lo que antes habían sido sus ropas (ahora, desgajadas en
jirones informes) y, sin asombro, comenzó involuntariamente a intentar
recordar su nombre; una lágrima, inesperada como una gota de lluvia,
rodó por su mejilla, tropezó con su abundante y descuidada barba y,
extrañamente, rozó sus labios arrasados. Aún no sabía su nombre. Pero su frágil destino se le apareció cuando cerró nuevamente los ojos para secar otras lágrimas. Una vez atravesado innumerables países, superado inenarrables desdichas y asumido imperfectos amores, después de su indescriptible viaje alrededor de la existencia humana, ahora, frente al sol que le viera nacer unos cincuenta años antes, se mostró incapaz de reconocer su patria, la misma que andaba buscando desde ya no recordaba ni cuándo. Pero era tan feliz en su condición de extranjero que no consideró ni
la menor posibilidad de que aquello que tenía ante sus ojos destrozados
fuera la Ítaca de la que hablaban las voces de su cerebro, que le
perseguían incansablemente, invariablemente. "Cuando
desaparezca, y
el sueño me dé fin como a un poema, seguiré
buscándote en mi espacio y
en todos los espacios donde una vez fui- contigo; donde
nadie nunca ha sabido (ya
ni siquiera nosotros) cuánto
amor pudimos mantener, donde
mis ojos no han retrocedido hasta la sal, donde
mi vida ha mantenido tu presencia a
fuerza de angustia y mentira. (...) Tendré
que reconstruir tu imagen como
tantas otras veces, habré
de gritar mi canción y
querré besarte como antes, quizás ya no importe... Si
cuando desaparezca, y
el sueño me cerque, y me dé fin como a un poema, tú
te levantas entre mis sombras, hermosa,
perfecta, infinita, para
llevarme contigo por última vez". Acaso el hombre, viejo y ciego ya como el que una vez le soñó (las generaciones futuras sabemos de héroes en busca de su patria y del amor gracias a él), tan sólo aceptó su regreso cuando un contacto caliente de saliva en su mano le reveló que los perros le habían reconocido. "Conozco mi antigua identidad, pero este viaje
me ha transformado (...), como
la memoria hace con los rostros del mundo. Soy Ulises, y empiezo a ser
todos los extranjeros que me seguirán. Ya forman parte de mí, ya
conozco el destino de todos y cada uno de ellos, al igual que el mío.
Ya me adentro en la sombra."» J.
V. D. K. Thorshavn, 27 junio 1917. La
realidad del Ulises de Van Den Krogh no difiere de la del de Homero, al
menos en su matiz de extranjerismo, pero los avatares que los cercan sí
parecen diferenciarse. Ulises, según Van Den Krogh, llega a su patria
sin saberlo, sin reconocer la realidad que abandonara en su exilio, y
sin ser reconocido salvo por los perros que le saludan. El Ulises de
Homero es más heroico, más literario: su historia conoce un principio
y un final. Aunque la grandeza involuntaria del invidente escritor fue
hacernos volver una y otra vez a su Odisea,
y hacernos mirar con inocencia otros caminos literarios para contar la
misma historia: la realidad, incansablemente, la cambia nuestro modo de
admirarla, no nuestra invención ni nuestro ingenio. ©JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ jmrodry@mundofree.com ********* TOMA 1 TOMA 2 TOMA 4 TOMA 5 TOMA 6 TOMA 7 ANEXO ESPECIAL LITERATURA y CINE ESPECIAL LITERATURA y CINE ESPECIAL LITERATURA y CINE ESPECIAL LITERATURA y CINE ESPECIAL LITERATURA y CINE ESPECIAL LITERATURA y CINE
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