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DOCUMENTO 2

Literatura, edición y nuevas tecnologías

por

©Alberto Vázquez 

 Consultor y Especialista en Internet.

©Manuel Girón Artista Visual

Tenemos la suerte, aunque en nuestro país parece que no va con nosotros, de estar viviendo una de esas épocas de cambio que se dan una vez cada muchos años. Hay generaciones que pasan por este mundo sin conocer ninguna. Nosotros, sin embargo, estamos inmersos en una de importancia capital para nuestro futuro. Se trata de lo que, por darle un poco de empaque y ampulosidad al asunto, podemos llamar la Revolución Digital. Lo difícil ahora es proporcionar magnitud a este término. Como las consecuencias finales están algo lejos, todo lo que podamos decir es pura especulación, pero aún y todo, vamos a ello con la confianza de que las cosas serán como las hemos predicho y, sino, rectificar siempre ha sido una cosa de sabios.

Hay una cosa que parece estar bastante clara. En el campo de la literatura y de la edición de obras impresas, las cosas no volverán a ser iguales. La edición, tal y como la conocemos hoy, tanto desde un punto de vista tecnológico como de poder, cambiará a medio plazo. Está cambiando ya, dicho sea sin interés alarmista. Nuevos artefactos electrónicos llegarán a nuestros hogares y nuestras oficinas en breve, nuevas maneras de comunicarse y de distribuir, nuevas maneras de vender y de comprar. Esto traerá consigo el enriquecimiento desproporcional, masivo e inmoral de las grandes compañías de telecomunicaciones a través de cuyas redes y plataformas nos moveremos como pez en el agua siempre que paguemos la factura correspondiente. Como lo señalado no es algo que no lleve ocurriendo durante las últimas décadas y parece que el pánico no ha surgido de momento, sigamos haciendo la vista gorda y analizando tan sólo, que no es poco, el lado positivo de esta época de cambio que ya está aquí.

Digámoslo claramente: lo que de bueno reside en el medio electrónico, es la capacidad de burlar, de cierta manera y en ciertas ocasiones, el poder de las macrocompañías y devolver pequeñas porciones de éste al individuo o a las pequeñas comunidades. Son flaquezas del sistema, pero que el sistema lleva implícitas. Aprovechémoslas, pues, en beneficio propio. Las tecnologías digitales han introducido un factor aleatorio e incontrolable: el factor humano. Siendo un poco ingenuos, digamos que cualquiera de nosotros puede organizar su pequeña revolución si tiene el conocimiento, las ganas, el aguante y la capacidad de persuasión necesaria. Valores todos ellos que residen, de manera exclusiva, en el propio individuo.

Un ejemplo práctico: el año pasado, la Organización Mundial del Comercio decidió reunirse en Seattle, Estados Unidos, con la intención de debatir, entre otras cosas, los próximos pasos en la liberación de la economía mundial. El caso es que, sin que ellos mismos se lo esperasen, la cosa se torció. Varios cientos de personas que habían establecido contacto, se habían organizado y había concretado actuaciones, manifestaciones y maniobras utilizando tecnologías digitales, se echaron a las calles de la capital del grunge y armaron un bonito jaleo que empañó el programa de fastos. Los organizadores, viéndolas venir, se prepararon para que, durante la cumbre del Fondo Monetario Internacional en Washington el pasado mes de abril, no les pasase lo mismo. Aprendieron del error: es sumamente peligroso que personas de tan diferente procedencia, ideología e incentivos, pero con un interés puntual común, se comuniquen entre sí y establezcan pautas de comportamiento coordinadas. Pero lo curioso de caso es que no pueden hacer nada por evitarlo excepto utilizar las vías represivas. Así lo hicieron. En Washington, una brutal represión policial tuvo lugar con más de seiscientos detenidos sin miramientos, entre ellos un fotógrafo del Washington Post con tres premios Pulitzer en su casa. Pero el hecho básico, el germen que lo provoca y, lo más importante, el medio que lo vehicula, éste no es destructible. Hablamos de la revolución digital y una de sus principales consecuencia: Internet.

Sin Internet, aunar a gentes de tan dispares orígenes tanto en Seattle como en Washington habría sido improbable, por no decir imposible. Poner en el mismo cesto a ecologistas, anarquistas, comunistas, sindicalistas, campesinos y gentes de izquierda en general con elementos de tan variopinto pelaje como integristas cristianos con la Biblia en la mano, neohippies semidesnudas con pantalones de flores, portadores de máscaras antigás o individuos con la cara y el cuerpo pintados como cualquier hincha de fútbol, es algo que sólo se puede conseguir a través de la inmediatez, versatilidad y economía de Internet.

De la misma manera que la comunicación fue posible en los meses previos a los eventos señalados, lo es posible día a día. Esta es la gran ventaja de Internet: conecta a personas con intereses comunes en tiempo real sin importar el lugar del mundo en el que se encuentren. ¿Es normal que las grandes compañías de telecomunicaciones nos presten sus redes de miles de millones de dólares para que nosotros despotriquemos en ellas contra esas mismas compañías? Pues sí, parece que sí. Las grandes compañías se ha desideologizado hasta tan extremo, que lo único que les preocupa es que paguemos la factura. El propio presidente de los Estados Unidos estuvo a punto de perder el empleo cuando, a través de Internet, medio mundo pudo leer con pelos y señales toda la documentación relativa al caso Lewinsky. Y si el hombre más poderoso del mundo ve tambalear su columna, ¿por qué no vamos nosotros a hacer posibles empresas más modestas como, por ejemplo, revolucionar el mercado editorial mundial?

Llegados a este punto, no estará de más un poco de sensatez y evitar toda tentación de profetizar. Vamos a analizar lo que ya está sucediendo ahora y a tratar de dibujar lo que, si lo que está sucediendo se desarrolla adecuadamente, sucederá en un futuro inmediato.

Decía recientemente el editor Félix Maraña que "Internet es un basurero donde se da por hecho que el que busca algo tiene el criterio intelectual suficiente para elegir lo correcto". Esta opinión implica una seria consecuencia: alguien, por encima de nosotros, debe de elegir, dadas todas las opciones, cuáles de ellas son aptas para sernos ofrecidas y que nosotros, a su vez, asumamos la ilusión de estar optando. Yo, personalmente, prefiero que nadie decida qué debo decidir. Si esto supone pagar el peaje de que cualquier cretino tenga el mismo poder de elección libre que yo mismo, lo pagaré sin dudar. La mejor versión de la democracia es la democracia participativa en la que muchos deciden sobre mucho. Esto da un trabajo descomunal y debemos delegar decisiones en otros para que la cosa funcione de una manera práctica. ¿También en la era digital? No estoy tan seguro. Yo no quiero que nadie decida lo que leo. Es mi opción y la defiendo. El hecho de que haya individuos que no sepan diferenciar lo correcto de lo incorrecto es algo que me deja absolutamente indiferente. Al menos, no es algo que me preocupe más de lo que me preocupaba antes de que las nuevas tecnologías hicieran su aparición. Prefiero la democracia horizontal en la que muchos pueden hacer llegar su mensaje a muchos, en lugar de la democracia vertical y restringida de los medios de comunicación convencionales en los que la pluralidad se basa en el hecho de que exista un puñado de emisores frente a una gran masa amorfa, consumidora y silenciosa de receptores.

Edición digital

Las tecnologías digitales son fáciles de utilizar, accesibles y universales. Además, son baratas. Esos aparatos del demonio que son los ordenadores, se los puede echar uno al carro de la compra en cualquier supermercado. Ahora mismo cualquiera de nosotros puede comprar sin demasiados desembolsos económicos, un ordenador infinitamente más potente y poderoso que el que puso tres hombres en la Luna hace más de treinta años y los trajo sanos y salvos de regreso a la Tierra. Si después los utilizamos para jugar al solitario, nuestro presunto poder de acción de diluye entre las manos. Pero si tomamos conciencia de lo que podemos hacer, la cosa cambia radicalmente. Esta toma de conciencia ha tenido lugar primero, como es lógico, entre los que necesitaban de una forma fehaciente que algo así ocurriese y a los que esto les ha llegado como agua de mayo. Son los herederos de los que en las décadas de los setenta y ochenta se prodigaron en el afán de comunicación que dio lugar a una miríada de fanzines y publicaciones de interés, distribución y lectura limitados. Hacer un fanzine digital es algo que ya sólo depende de las ganas que quiera ponerle uno al asunto. Lo demás, lo que trabó el desarrollo de la mayoría de ellos, es decir, la capacidad económica de supervivencia, ha desaparecido. Crear y mantener una publicación en Internet y hacerla llegar a cualquier lugar del mundo en el que exista una línea telefónica y un ordenador, es una acción con un coste cercano a cero. Tomada conciencia de este parámetro, ¿por qué quedarse uno en los fanatic magazines pudiendo llegar a un público más amplio en intereses? El coste va a ser siempre el mismo: cercano a cero. Sí, a pesar de que continuamente oigamos hablar de cifras multimillonarias, la cuestión es mucho más simple. Tener un medio de comunicación en Internet con difusión global depende básicamente de las ganas que tengamos de embarcarnos en tal aventura. Por supuesto, el éxito o fracaso del proyecto dependerá de otros factores bien distintos, pero la posibilidad de hacerlo está ahí. Los medios de comunicación y las editoriales con presencia exclusiva en formato digital son ya una realidad, incluso en nuestro país. Son pasos pequeños e inseguros, pero constituyen el punto de partida de lo que va a suceder entre nosotros en un plazo corto de tiempo.

¿A nadie se le ha ocurrido pensar que setenta años de existencia de una revista como la que tenemos entre manos no pueden quedar en el olvido? Setenta años de Oarso suponen la memoria reciente de nuestra comunidad. Esto no hace falta que yo lo diga: es de cajón. ¿Dónde están esos cientos de artículos, colaboraciones y estudios publicados a lo largo de los años en nuestra revista? ¿Por qué no se encuentran digitalizados y disponibles para todo el mundo a través de Internet? Y cuando digo todo el mundo, me refiero a Oklahoma, a Vancouver y a Hong Kong, pero también me estoy refiriendo a nuestros niños y niñas que acceden a la red desde la sala de ordenadores de la escuela que está tan sólo a unas decenas de metros del lugar en el que ahora se encuentra usted. Porque todo el mundo significa, de todo el mundo, quien quiera sólo con el simple deseo que quererlo. Sé que esto llegará. Es cuestión de tiempo y de organización. Llegará. Es más, me atrevo a aventurar que muy pronto Oarso ya no será una revista como ésta que conocemos hoy. ¿Por qué desperdiciar tantos recursos económicos y humanos en una revista que tan sólo llega a unos cuantos cuando, con menos recursos podríamos llegar a muchísimos más? ¿No resultaría más positivo tener todos los números disponibles para infinitas visualizaciones e ir incorporando todos los años uno nuevo? Porque Oarso, más que una revista que uno lee con agrado, es un fondo documental impresionante. Y para el archivo, la clasificación y la sistematización de todo este material sólo existe un método idóneo: el digital. Por no hablar de la posibilidad que el medio nos ofrece de ir incorporando documentos sonoros y visuales que el formato impreso no nos permite.

Otro de los aspectos de la edición digital en los que Internet es pieza clave de su desarrollo es la gestión de los legados literarios. No hay nada más engorroso en la vida de un editor que lidiar con un legado que, posiblemente, no vaya a dejar grandes beneficios económicos pero que su importancia literaria obliga, cuanto menos moralmente, a editar. Sobre todo en el campo de la poesía, muchas obras quedan abandonadas en un cajón porque los herederos del autor en cuestión, que, por lo general, suelen ser muchos y estar desperdigados por medio mundo, no logran ponerse de acuerdo en la gestión de los derechos, o bien porque la simple edición impresa de los textos supone un gasto ingente difícilmente soportable por entidades privadas, que para lo que están es para ganar todo el dinero que se pueda, ni por entidades públicas, que han de pensarse muy bien si el esfuerzo obtiene la rentabilidad política deseable para emprenderlo. Aquí, las bondades de las tecnologías digitales vuelven a hacer acto de presencia. A un coste relativamente bajo, se puede poner el legado de un autor en Internet y cobrar a los lectores que deseen acceder a él mediante suscripción. Algo simple y efectivo. Propuestas de este tipo no son especulación ni ciencia-ficción, sino que ya existen y han comenzado a desarrollarse. Esta fórmula deja contenta a todas las partes implicadas. Los herederos van sacando un dinerito de los papeles viejos de papá y los editores logran, bien su porcentaje en la transacción económica, si son editores con ánimo de lucro, bien la satisfacción de ver cómo una obra digna de ser leída, estudiada y perpetuada no se pierde en el olvido, si lo son públicos o altruistas.

Un proceso, si no idéntico al señalado, sí similar, es el que ha llevado a los propietarios de la mayor obra de referencia existente en el mundo, la Enciclopedia Británica, a dejar de comercializarla en el sentido tradicional del término. Se acabaron las ediciones en interminables volúmenes repletos de entradas y artículos. Ahora, la Enciclopedia Británica se ofrece gratis a través de Internet a todos aquellos que quieran acceder a ella por el increíble precio de cero euros. Así, sin trampa ni cartón, podemos disponer de la ultimísima versión de la obra sin que nos ocupe medio salón. Eso sí, cada vez que veamos una página de su sitio web, la empresa comercializadora nos obligará a visualizar un pequeño mensaje publicitario. O sea, lo que las televisiones, las radios y la prensa escrita llevan haciendo desde el principio de los tiempos. Con la salvedad de que aquí, el producto que acompaña a la publicidad es de una calidad incuestionable. Lo cual no pueden decir en la mayoría de los casos los productos, culturales o no, que nos obligan a ver machaconamente su publicidad.

A la Enciclopedia Británica no tardarán en seguirle iniciativas similares. Ya le han pillado el truco: ofrecer gratis total productos de calidad y rentabilizar su difusión mediante publicidad. Trucos viejos adaptados a los tiempos modernos pero que funcionan. Y es que las tecnologías avanzan hoy en día una barbaridad, pero el ser humano lleva comerciando desde antes de la época de los fenicios y poco queda por inventarse en el noble arte del trapicheo.

Print on demand

A pesar de todo, hay gentes empeñadas día a día en mostrarnos que estábamos equivocados y que, no sólo se puede vender de otra manera, sino que, además, la innovación puede ser de bulto. Y dicho esto, nos lo demuestran con pruebas. Con pruebas y las últimas tecnologías digitales a su servicio, claro está.

Es el caso del print on demand que, básicamente, consiste en imprimir un libro tan sólo cuando existe demanda sobre él. Es sencillo. Incluimos un libro en un catálogo y éste se ofrece a libreros y clientes en general (Internet, como hemos visto, permite la individualización del trato editor-lector eliminando toda clase de intermediarios). Cuando existe un pedido firme se imprime exactamente el número solicitado eliminando, de esta manera, excedentes y material almacenado. Las ventajas son claras: el original está siempre en formato digital, lo cual evita su deterioro o descomposición con el paso de tiempo. Técnicamente, pueden ser impresos ejemplares idénticos de un mismo original en un intervalo de, pongamos, cien años. Por supuesto, el concepto de libro agotado dejará de existir. Siempre se podrán imprimir nuevas unidades. La principal barrera que se opone a la implantación masiva de esta tecnología es el alto precio que cuesta su infraestructura. Las máquinas son caras y este tipo de impresión lo es aún más. Pero pasará como con todo en este mundo: los precios tenderán a equilibrarse y a racionalizarse y, aunque la cosa no dé para que todos nosotros tengamos este sistema implantado en la cocina de nuestras casas, sí será lo suficientemente barato y asequible para que pequeñas empresas locales se aventuren a adquirirlos y ponerlos a funcionar.

El print on demand lleva implícito una idea poderosa. Abre el camino a las pequeñas tiradas, a las tiradas dispersas (geográfica y temporalmente) y a la aparición de una nueva figura editorial: todos somos productores. Y de libros normales y corrientes. Porque el libro producido bajo este procedimiento, en nada se diferencia del libro convencional que conocemos a día de hoy. Su aspecto es idéntico. Debido a los bajos costes de producción (en los Estados Unidos se están manejando cifras de en torno a los diez dólares por ejemplar impreso, en los que se incluye la impresión propiamente dicha y la encuadernación del libro) y al hecho de que el número de ejemplares tirados apenas influye en el precio final por unidad, podremos llegar, en casos extremos, a ediciones de libros de un solo ejemplar, algo inaudito con los actuales medios.

Lo que está ocurriendo no es ni más ni menos que lo mismo que ocurrió hace años con la fotografía, que pasó de ser un medio de profesionales más o menos cualificados a universalizarse hasta alcanzar el modelo que disfrutamos hoy en día. Cualquiera de nosotros, sin saber hacer la o con un canuto, puede comprarse una cámara fotográfica, cargar el carrete, apretar el disparador y esperar una hora a que el minilab nos las revele. Y a disfrutar. El print on demand supone el mismo proceso aplicado al campo de la Literatura. Yo ya me estoy frotando las manos mientras espero.

Este sistema, aún en estado incipiente, a buen seguro no interesará, al menos en principio, a las grandes empresas editoriales para las que los medios de impresión convencionales pueden ser más rentables. Pero sí abrirá la puerta a un montón de gentes que acabarán convirtiéndose en editores, la mayor parte de ellos sin afán de lucro, pero guiados por ese vicio inconfesable que consiste en alumbrar páginas y páginas aun en el caso de estar comprometiendo en el empeño el patrimonio de nuestra descendencia. Pero no me digan que no es atractiva la idea de que muchos temas de interés minoritario no se queden si ver la luz por falta de medios materiales. Pongamos un ejemplo: podríamos ahora mismo elegir los diez o doce mejores artículos publicados en los últimos años en esta revista sobre historia de nuestra industria (por decir algo) y editar un libro con esta tecnología. Bastarían dos docenas de ejemplares para empezar: las necesidades básicas (autores, colegios y bibliotecas) quedarían cubiertas. A continuación se anuncia el texto convenientemente en Internet y se pone una copia digital del libro a disposición de quien quiera cogerla. En nuestro caso, y puesto que el único interés que nos mueve es la difusión de nuestra cultura, podríamos incluso regalarlo a quien quisiese adquirirlo. Esto supondría que cualquier persona desde cualquier lugar del mundo y en cualquier momento (ahora o dentro de veinte años) pudiese lanzar nuestro documento digital contra cualquiera de las máquinas on demand y hacerse con un ejemplar idéntico al que nosotros tenemos en casa. Uno a uno, aquí y allá, la tirada se iría haciendo sola. Sin despilfarros, sin almacenamiento de excedentes y sin limitación de ejemplares.

eBooks

Para rizar aún más el rizo, la propuesta definitiva es el eBook o libro electrónico, es decir, un pequeño dispositivo del tamaño de un libro real y un peso de menos de un kilogramo que funciona como una terminal de ordenador. Tiene una pantalla electrónica y un módem desde el que transferir la documentación necesaria para poder leer. Ya hace dos años que se llevan comercializando en los Estados Unidos y, aunque su implantación está siendo lenta (la ausencia de estándares universales es la principal baza en su contra) parece que será implacable. Haciéndose suscriptor de los servicios que se ofrecen, uno puede leer en este dispositivo publicaciones como The Wall St. Journal, The New York Times, Time, Fortune, Money, InfoWorld y muchos más.

Llamémosles como les llamemos, al final no se trata más que de terminales de ordenadores con un diseño más o menos atractivo y útil. Aquí, sin haber sido comercializados todavía de manera general, ya disponen de sus detractores. El escritor Ramón Saizarbitoria afirma que le "gusta el libro como objeto, que huele a tinta y no a impresora láser, pues no es lo mismo unos cuantos folios que el libro con su portada y las hojas de cortesía". El ya citado Félix Maraña ahonda en esta opinión cuando señala que "nada puede sustituir la calidez y la calidad estética y física del libro". Estoy de acuerdo, pero no hay que olvidar que el libro, además de ser una fuente inagotable de disfrute, es conocimiento. Y me atreveré a señalar que, en esta época de idiotez y mediocridad generalizadas, debe de ser conocimiento sobre cualquier otra condición. Saizarbitoria y Maraña tienen toda la razón. Son dos amantes de los libros quienes hablan. Pero no se ha de renunciar, pues es la libertad que el conocimiento auténtico nos depara, al libro como fuente de sabiduría. Y ahí, sobre cualquier otra opción, es el libro electrónico el que tiene todas las de ganar. ¿Se imaginan ustedes mandar a nuestros hijos a la escuela con la Enciclopedia Británica, el Larousse, las cien o doscientas mejores obras de la Historia de la Literatura, los libros de texto de cada asignatura que se encuentren cursando y alguna que otra cosa más que se les ocurra, todo ello dentro de un dispositivo de un tamaño que lo hace caber en las palmas de las manos? No me digan ahora que no es una gran posibilidad. ¿Y si les incluimos los setenta años de Oarso? Pues esta alternativa está a la vuelta de la esquina. Los eBooks, al menos en lo que se refiere a obras de consulta, es un avance capital. Con este nombre o con el que le quieran poner en un futuro próximo, nuestros hijos harán de estos dispositivos una herramienta de trabajo tan común como lo fue la regla y el cartabón para nosotros. Los modelos que están en el mercado y que cualquiera de nosotros ya puede comprar, tienen capacidad para almacenar, tan sólo, cien mil páginas. Esperen tres o cuatro años y verán como se convierten en cien millones.

Les cuento cómo funcionan, no se preocupen. Y permítanme, ahora que estoy terminando el artículo, que hable un poco de mí. Yo llevaba dos años detrás de un libro de John Fante titulado La cofradía de la uva. Fue editado en su día por la editorial Ultramar de Barcelona pero al poco tiempo ésta cerró y los pocos ejemplares de la obra que habían sido puestos a la venta se agotaron en breve y el libro quedó descatalogado. Ahí comienza mi peregrinar de un lado para otro tratando de conseguir un ejemplar del libro. Incluso llegué a contactar con un grupo de personas que, a través de Internet, trataban de conseguir el mismo objetivo que yo. Fue pasando el tiempo y nuestra pequeña cruzada literaria no daba nunca el fruto deseado. Hasta que hace unas semanas alguien que sabía que yo buscaba el libro me dio un chivatazo: en una librería de ocasión de Granada tienen un ejemplar. Dicho y hecho. Ese mismo día lo pedí y al poco me lo enviaron. Ahora tengo en casa mi flamante ejemplar de La cofradía de la uva. Mi pequeña peripecia había llegado a su fin. El libro ha terminado saliéndome por un ojo de la cara. He invertido no poco tiempo en buscarlo y no menos dinero en conexiones de teléfono a librerías de medio mundo. Pero ahí está.

Si La cofradía de la uva se hubiese editado en formato electrónico leíble por un dispositivo como el eBook la búsqueda de dos años habría quedado reducida a unos minutos. Tan sólo tendría que haber buscado el lugar de Internet en el que el original se encontraba y transmitirlo a mi eBook. A pesar de que la editorial ya había cerrado, el titular de los derechos siempre ha de ser alguien. Ese alguien, a buen seguro, seguiría manteniendo su catálogo en Internet: el coste es mínimo y el beneficio posible.

Pero el eBook asusta a muchos porque supone un salto radical en la concepción que sobre el libro tenemos. Llámenme imbécil sin quieren, pero no me corto un pelo en afirmar que los libros no siempre han sido como ahora los conocemos. No, los libros, como todo en este mundo, son artefactos evolutivos, es decir, cambian con el paso del tiempo y de las épocas. Y, en general, para bien. Imagínense que estuviésemos aún leyendo en papiros del Nilo. Engorroso y poco práctico, sin duda. Así que, lo queramos o no, nos guste la idea o no, el libro seguirá su implacable sentido evolutivo. Llegado este punto, todo el mundo se pregunta si el formato de papel desaparecerá o no. Pues miren, no lo sé. Ni lo sé yo, ni lo sabe nadie. Supongo que perdurará siempre que haya gentes como Saizarbitoria y Maraña que gusten de la lectura tranquila y placentera y del libro como objeto de goce y deleite. Pero irá adquiriendo tintes marginales y se relegará a ámbitos muy determinados de la expresión escrita. Prueben a intentar comprarse mañana la Enciclopedia Británica y verán que les dicen.

La era del conocimiento

¿Se vislumbra algún final para este proceso un tanto caótico y desconcertante para nosotros, simples mortales? Sin duda, no. No es posible saber si existe ese momento en el que las cosas se ralentizarán y el avance tecnológico terminará deteniéndose. Nada hace prever que algo así pueda ocurrir. Al menos, a medio plazo. La investigación en tecnología informática goza de buena salud y las nuevas propuestas se suceden una tras otra. No hace ni medio siglo que los renterianos iban a ver la televisión con una silla frente al escaparate de Fayma y ahora ya estamos pensando en mandar a nuestros chavales a la escuela con el saber universal comprimido bajo el brazo. Y lo que nos queda por ver. El único límite aducible es que las tecnologías deben desarrollarse sobre soportes físicos, al menos, de momento. Es una lástima que no podamos, todavía, construir ordenadores sobre plasma cosmogónico o haces de luz protónica, pero quién sabe, el asunto es no perder la esperanza.

Pero hay un tema de vital transcendencia. Disponemos, como hemos visto, de las más modernas tecnologías y parece que su aplicación inmediata está decidida. Caminamos hacia la Era del Entretenimiento y hacia la Era de los Negocios. Lo cual no está mal, pero no debemos quedarnos tan sólo en ello, porque corremos el riesgo de construir una sociedad aún más idiotizada de lo que ya lo está. Disponemos de medios fabulosos y tecnologías maravillosas y las ponemos al servicio de poder ver un saque de banda en un partido de fútbol desde doce ángulos distintos. Éste no es, desde luego, el camino correcto. Nosotros debemos encaminar nuestros esfuerzos hacia la Era del Conocimiento que es la única que va a merecer la pena en medio de tanta podredumbre cultural. Hay que optar por autodeterminarnos intelectualmente y desvincularnos, de una manera clara y definitiva, de todas las propuestas absurdas, embrutecedoras y paralizantes que nos rodean. Las grandes corporaciones no lo impedirán, no les quepa duda. Poco pueden hacer para evitarlo. Les montamos un Seattle a la mínima que se descuiden. Ellas nos venden la tecnología y los contenidos, pero el uso que hagamos de ellos es cosa nuestra y sólo nuestra. Es nuestra responsabilidad.

Como mi interés ha sido en todo momento, a lo largo del presente artículo, ofrecer una visión funcional y efectiva de las nuevas tecnologías aplicadas a la obtención de conocimiento y en el párrafo anterior me he dejado llevar hacia el campo de las grandes ideas, vamos a bajar, para terminar, a ras de suelo y proponer actuaciones reales que no estaría mal, fueran llevadas a la práctica cuanto antes en nuestro ámbito inmediato, todas ellas encaminadas a la obtención de un mismo objetivo: aprender a vivir en una cultura digital y asumir ésta de una manera natural. Estoy absolutamente seguro de que todo esto se alcanzará de una manera u otra. Tiempo al tiempo. Pero no por ello pienso que no debamos darle un empujón al proceso. Ya llevamos bastante retraso con respecto a nuestra Europa inmediata (por no hablar de los años luz a los que nos encontramos de los Estados Unidos) como para seguir dormidos en los laureles. Es necesario impulsar acciones que habitúen, empezando, claro está, por las capas más jóvenes de nuestra población, a vivir la cultura digital con normalidad. Esto supone empezar por el principio, es decir, enseñar a recurrir a las nuevas tecnologías, y a Internet sobre todas las demás, como hábito reflejo. Enseñar, como a uno se le enseña un buen día a utilizar los cubiertos en la mesa o a aguardar en los semáforos en rojo, que muchas de nuestras inquietudes que hace cinco años quedarían sin solucionarse, hoy pueden resolverse fácilmente desde la comodidad de los salones de nuestras casas. Insisto, hay que tomar medidas ahora mismo. Medidas que pasan todas ellas por el hecho de poner ordenadores, modems y líneas de teléfono a tarifas asequibles al alcance de todo el mundo. Porque estos artilugios han dejado de ser elementos de uso privado y más o menos lujoso. Acceder al uso de los ordenadores es un derecho de primera magnitud en una sociedad avanzada como la nuestra. Esto, para empezar hoy. Y mañana ya veremos.

 ©Alberto Vázquez es consultor y especialista en Internet.

 

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Las citas aparecidas han sido extraídas de una entrevista que el diario Deia realizó a los autores mencionados, junto al autor de este artículo, el 1 de abril de 2000 con motivo de la publicación del último libro de Stephen King.

Publicado originalmente en la revista Oarso (año 2000).
Copyright © 2001 Alberto Vázquez. Todos los derechos reservados.

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DOCUMENTO 1
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ANEXO

      

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