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Entrevista
1982*

Jorge
Luis Borges
por
©Reina
Roffé
Afincada
desde 1988 en España, la escritora argentina Reina Roffé ha
desarrollado una intensa labor en los campos de la literatura, el
periodismo y la docencia. Entre sus obras destacan las novelas Llamado
al Puf (1973, Premio Pondal Ríos al mejor libro de autor
joven), Monte de Venus (1976,
prohibida durante la Dictadura argentina), La
rompiente (1987, Premio Internacional de Narración Breve) y El
cielo dividido (1996), y los ensayos Espejo
de escritores (1985) y Juan
Rulfo: autobiografía armada (1992). La entrevista con Jorge
Luis Borges está publicada en en libro "Conversaciones
americanas" de Reina Roffé en la editorial Páginas de
Espuma. Agradecemos a los editores la oportunidad de publicar la
entrevista en Literaturas.com
"Sueño
de sueños"
“Yo preferiría pensar que,
a
pesar de tanto horror,
hay
un fin ético en el universo,
que
el universo propende al bien,
y
en ese argumento pongo mis esperanzas”.
Pregunta
-Usted dijo alguna vez que sus cuentos preferidos eran
"La intrusa",
"El Aleph", "El Sur". ¿Sigue
creyendo esto?
J.L.B-No,
ahora mi cuento preferido es "Ulrica". Ulrica es una
muchacha noruega que está en un lugar muy culto, en York, lugar
del todo distinto; en cambio,
"La intrusa" transcurre en los arrabales de Buenos
Aires, en Adrogué, en Turdera, y todo ocurre hacia 1890 y tantos;
son incomparables ambos cuentos, yo creo que es mejor "Ulrica".
Pero hay gente que dice que el mejor cuento mío, o quizás el único,
es "Funes, el memorioso", que es un lindo relato que nació de una larga
experiencia del insomnio. Yo vivía en el hotel de Adrogué, que
ha sido demolido, trataba de dormir y me imaginaba ese vasto
hotel, sus muchos patios, las muchas ventanas, los distintos
pisos, y no podía dormir. Entonces surgió el cuento: un hombre
abrumado por una memoria infinita. Ese hombre no puede olvidar
nada y cada día le deja literalmente miles de imágenes; él no
puede librarse de ellas y muere muy joven abrumado por su memoria
infinita. Es el mismo argumento de otros cuentos míos; yo
presento cosas que parecen regalos, que parecen dones, y luego se
descubre que son terribles. Por ejemplo, un objeto inolvidable en
"El Zahir"; la enciclopedia de un mundo fantástico
en "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius"; en "El Aleph"
hay un punto donde se concentran todos los puntos del espacio cósmico.
Esas cosas resultan terribles. Y he escrito un cuento, "La memoria de
Shakespeare", que me fue dado por un sueño. Estaba en
Europa, nos contábamos sueños María Kodama y yo. Ella me
preguntó qué había soñado. Yo le dije: un sueño muy confuso
del cual recuerdo una frase. La frase era en inglés: I
sell you Shakespeare's memory. Después sentí que lo de vender
estaba mal, ese trabajo comercial me desagradó, entonces pensé
en una persona que le da a otra la memoria de Shakespeare o la que
él tuvo unos días antes de morir. Ese cuento está hecho para
ser un cuento terrible, un hombre que está abrumado por la
memoria de Shakespeare, que casi enloquece y no puede comunicárselo
a nadie porque Shakespeare lo ha comunicado mejor en su obra
escrita, en las tragedias, en los dramas históricos, en las
comedias y en los sonetos.
-¿Entonces
“Ulrica” es para usted su mejor cuento?
J.L.B-Según
algunos amigos es el único cuento que yo escribí, los otros se
pueden considerar borradores de ese cuento, pero creo que es una
exageración, vamos a admitir uno o dos más
-¿"El
Golem" y "Límites" son sus poemas preferidos?
J.L.B-Bioy
Casares me dijo que "El
Golem" era el mejor poema mío, porque hay humor y en otros
no. "Límites"
corresponde con una experiencia que todo el mundo ha tenido y que
quizás algunos poetas no la hayan expresado: el hecho de que
cuando uno llega a cierta edad ejecuta muchos actos por última
vez. Yo llegué a sentir eso. Ya era un hombre viejo y mirando la
biblioteca pensé: cuántos libros hay aquí que he leído y no
volveré a leer; y también la idea de que cuando uno se encuentra
con una persona equivale a una despedida posible, ya que uno puede
no verla más. Es decir, que estamos diciéndole adiós a las
personas y a las cosas continuamente, y esto no lo sabemos.
-¿Y
a sí mismo también? El final de "Límites" es muy
elocuente en este sentido.
J.L.B-Dice:
"...espacio y tiempo y Borges ya me dejan", creo, ¿no?
A mí se me ocurrió ese argumento hace como cuarenta años,
entonces lo atribuí a un poeta imaginario montevideano que se
llamaba Julio Gatero Haedo; en un principio el poema era de seis líneas,
luego me di cuenta de que tenía mayores posibilidades y surgió
"Límites", que contiene la misma idea: "Para
siempre cerraste alguna puerta/y hay un espejo que te aguarda en
vano;/la encrucijada te parece abierta/y la vigilia, cuadriforme
Jano".
-¿Los
escritores desarrollan las mismas ideas a lo largo de su obra y
las que toman de otros autores?
J.L.B-Yo
tengo muy pocas ideas, de modo que estoy siempre escribiendo el
mismo poema con ligeras variaciones y con la esperanza de
enmendarlo, de mejorarlo. Por otra parte, lo que uno lee es algo
muy importante. Esto se nota mucho en la obra de Leopoldo Lugones;
detrás de cada libro de Lugones hay un autor que es una especie
de ángel tutelar. Detrás de Lunario sentimental está Julio Laforgue, detrás de toda su obra
está Hugo, que para Lugones era uno de los grandes cuatro poetas.
Lugones los enumera, cronológicamente vendrían a ser: Homero,
Dante, Hugo y Whitman. Pero se abstiene de Whitman cuando publica Lunario
sentimental, porque creía que la rima es esencial y como
Whitman es uno de los padres del verso libre, ya no era un poeta
ejemplar para él.
-Antes,
usted pensaba que Whitman era toda la poesía.
J.L.B-Sí,
pero es un error suponer que alguien sea toda la poesía, siempre
queda mal.
-¿Qué
me puede referir sobre el suicidio de Lugones?
J.L.B-Se
cuenta que para darse valor pidió un vaso de whisky, que él no
había bebido nunca. Después, tomó cianuro que había traído de
Buenos Aires, porque se mató en una isla del Tigre. Parece que si
uno toma cianuro el dolor es terrible, pero si se toma con alcohol
es peor todavía. Sin embargo, su muerte fue rápida. Me dijeron
que no tuvo tiempo de reponer el vaso de agua en la mesa.
-Lugones
fue muy famoso en su tiempo, ¿tanto como usted?
J.L.B-¡Mucho
más!
-¿Recuerda
ese poema suyo, “La fama”?
J.L.B-Tiene
una serie de circunstancias que son insignificantes y cuya suma no
creo que diga que yo soy famoso.
-Acaba
de mencionar a los ángeles tutelares de Lugones. ¿Cuáles son
los suyos?
J.L.B-Yo
querría ser digno de Stevenson o de Chesterton, pero no sé si lo
soy. En todo caso, los he leído con mucho placer, aunque mi
escritura sea torpe. No sé si soy un buen escritor, pero un buen
lector sí, lo cual es más importante. Soy un lector agradecido y
ecléctico, un lector católico, digamos. He estudiado algunos
idiomas tratando de conocer toda la literatura, lo cual es
imposible. En fin, yo siento gratitud por tantos idiomas, por
tantos autores, por tantos países. América ha sido muy generosa
con el mundo, sobre todo New England. En New England está Poe,
Melville, Thoreau; está Emily Dickinson, Henry James...
-En
su cuento "La busca de Averroes" usted
crea una atmósfera donde todo parece inalcanzable, inútil. Usted
mismo dice que es el proceso de una derrota.
J.L.B-Ése
es un tema bastante complejo. El tema de "La busca de Averroes" es éste: si yo elijo a Averroes
como protagonista de un cuento, ese Averroes no es realmente
Averroes, soy yo. Por ejemplo, escribo un poema a Heráclito y
digo: Heráclito no sabe griego. ¡Claro!, porque Heráclito no es
realmente el Heráclito histórico, sino yo jugando a ser Heráclito.
Por eso, voy evocando a Averroes y al final, al final del relato,
comprendo que ese Averroes es simplemente una proyección mía;
entonces hago que se mire en el espejo, se mira en el espejo y él
no ve a nadie, porque yo no sé qué cara tenía Averroes, y así
el cuento se diluye. Todo esto salió de la lectura de un libro de
Renan sobre Averroes.
-En
"El
milagro secreto" hay
un relato dentro del relato.
J.L.B-Es
el juego que encontramos en Las
mil y una noches continuamente y que también empleó
Cervantes. En la primera parte de El
Quijote está la novela de "El curioso
impertinente", por ejemplo; y el escenario en el
escenario, en la tragedia Hamlet.
-En
"El jardín de los senderos que se bifurcan" hay
laberintos en el espacio y en el tiempo. ¿De dónde proviene su
idea del laberinto?
J.L.B-Proviene
de un grabado que había en un libro francés en el que se
encontraban las siete maravillas del mundo y, entre ellas, estaba
el laberinto, que era como una gran plaza de toros, pero muy alta.
Se veía que era muy alta, porque había un pino que no llegaba a
la altura del techo y había hendijas. Pensé, siendo chico, que
si yo miraba bien podía ver al minotauro que estaba adentro. En
realidad, jugué con esa idea y me gusta pensar ahora que juego
con ella. La palabra es tan linda, laberinto.
-En
sus textos la realidad se borra con la idea del infinito, pero a
la vez usted crea una irrealidad, a mi parecer, que produce
angustia.
J.L.B-Bueno,
ojalá, usted está siendo muy generosa conmigo.
-Esto
aparece de manera muy claro en
"La muerte y la brújula".
J.L.B-Sí,
pero voy a tener que reescribir ese cuento, porque lo escribí de
un modo muy torpe. Creo que debería señalar de forma más enfática
que el detective sabe que van a matarlo, porque si no parece un
tonto, mejor que sea un suicida. Además, como los dos personajes
se parecen mucho, el criminal se llama Red Scharlach y el
detective se llama Lönrot, rot es rojo en alemán, y razonan del mismo modo, sería mejor
modificarle un poco el final, quitarle el elemento de sorpresa que
puede haber. Claro, cuando yo escribí ese cuento lo escribí como
un cuento policial, pero ahora creo que ese cuento puede tener
algo distinto, puede ser una especie de metáfora del suicidio, es
decir, que puede enriquecerse mediante cuatro o cinco líneas más.
Para eso tendría que hacerme leer el cuento en voz alta, tendría
que fijarme en los pasajes, pero soy tan haragán.
-Bien
puede tomarse como una metáfora del suicidio, porque el personaje
va a buscar su muerte.
J.L.B-Pero
creo que en el texto no se entiende bien eso o yo mismo no lo
entendí. Aunque algo debí de haber entendido, ya que uno se
llama Red Scharlach, scharlach
es escarlata en alemán y red
es rojo; y el otro es Erik, que hace pensar en Federico el Rojo,
que descubrió América; luego Lönrot, rot
es rojo, es decir yo los he visto como si fueran el mismo
personaje. Sí, sería mejor que ese cuento fuera leído como un
cuento fantástico o como una metáfora del suicidio, digamos.
-¿Usted
acostumbra a reescribir sus cuentos?
J.L.B-No
lo he hecho hasta ahora; sólo con los poemas. El gran poeta
William Butler Yeats hacía lo mismo. Por eso sus amigos le
dijeron que no tenía derecho a modificar sus "older
poems", y él les respondió: "It
is myself that I remake", es decir, al modificarlos yo
mismo me estoy rehaciendo. Cuando escribo un cuento es porque he
recibido una suerte de revelación, digamos, y lo digo con toda
humildad. Es decir, he entrevisto algo, generalmente el principio
y el fin de la fábula y, luego, tengo que suplir lo que falta, lo
que está entre el principio y el final. De modo que pienso
reescribir "La
muerte y la brújula"
para quitarle todo elemento de sorpresa y para que el lector
sienta que el detective es un voluntario suicida.
-En
cierta oportunidad usted dijo que la literatura está hecha de
artificios y conviene que el lector no los note.
J.L.B-Desde
luego, si el lector nota un artificio se perjudica el texto.
-¿Cuáles
son sus artificios, sus claves, sus secretos para escribir?
J.L.B-Yo
no tengo ninguno. Creo que cada cuento impone su técnica. A mí
se me ocurre algo de un modo vago y después voy averiguando si
eso debo escribirlo en prosa o en verso, si conviene el verso
libre o la forma del soneto. Todo me es revelado o yo lo busco, y
no siempre lo encuentro. Creo que hay dos elementos en la creación
literaria: uno, de carácter psicológico o mágico, puede ser la
musa, el espíritu, podría ser lo que los psicólogos llaman la
subconsciencia; y el otro es donde ya trabaja la inteligencia.
Conviene usar de los dos. Poe creía que la poesía era una obra
puramente intelectual, yo pienso que no. Se necesita, ante todo,
emoción. Yo no concibo una sola página escrita sin emoción, sería
un mero juego de palabras en el sentido más triste.
-En
el poema
"La
noche cíclica"
usted
parece descreer de toda filosofía.
J.L.B-Si,
pero tiendo a ser idealista. Se supone que todo es un sueño,
tiendo a suponer eso, a imaginar eso. Es decir, yo puedo descreer
del mundo material, pero no del mundo de la mente. Puedo descreer
del espacio, pero no del tiempo.
-En
otro de sus cuentos, "Los teólogos", se plantea el tema
de la identidad personal, ¿lo recuerda?
J.L.B-Tiene
razón, ese cuento es la historia de dos enemigos; al final se
encuentran, creo, en el cielo y descubren que para Dios son la
misma persona, las diferencias que los separaban eran mínimas y
uno hace quemar al otro. Qué raro, usted es la primera persona
del mundo que me habla de ese cuento.
-Han
hablado muchas otras personas.
J.L.B-Pero
a mí no me han dicho nada. Yo he encontrado dos referencias en la
poesía que tienen que ver con la identidad. Una, en Walt Whitman
y está al principio de Leaves
of Grass, dice: "I
know little or nothing concerning myself". Otra, en Hugo,
que dice con una hermosa metáfora:
"Je suis voilé pour moi même. Je ne sais pas mon vrai
nom". Estoy velado para mí mismo, no sé mi verdadero
nombre. Esa imagen del hombre velado para sí mismo es muy linda.
Los dos sintieron lo mismo, los dos grandes poetas, Whitman y
Hugo, sintieron que no sabían quiénes eran.
-¿La
visión del mundo como un caos en
"La
biblioteca de Babel"
representa
su
mirada
personal?
J.L.B-Por
desgracia, es lo que siento. Pero quizá sea secretamente un
cosmos, tal vez haya un orden que no podemos percibir. En todo
caso, debemos pensar eso para seguir viviendo. Yo preferiría
pensar que, a pesar de tanto horror, hay un fin ético en el
universo, que el universo propende al bien, y en ese argumento
pongo mis esperanzas.
-¿Pero
para usted el universo es absurdo?
J.L.B-Creo
que tendemos a sentirlo así. No es una cuestión de inteligencia,
sino de sentimientos. No sé, yo tengo la impresión de que uno
vive entre gente insensata. Bernard Shaw decía que en Occidente
no había adultos, la prueba de ello está en un hombre de noventa
años que muere con un palo de golf entre las mano. En otras
palabras, hay personas a quienes los años no le traen sabiduría,
sino golf. Yo tengo un poco esa impresión también, pero no sé
si soy siempre adulto, en todo caso trato de serlo, de no dejarme
llevar por pasiones, por prejuicios; es muy difícil, ya que, de
algún modo, todos somos víctimas y quizá cómplices, dada la
sociedad actual que es indefendible.
-En
otro de sus cuentos, que aparece en
El
libro de arena, y que se titula
"El
Congreso"...
J.L.B-Ah,
sí, ese cuento es el más ambicioso mío.
-¿Es
autobiográfico?
J.L.B-No,
ese cuento empieza siendo un cuento de Kafka y concluye siendo un
cuento de Chesterton. Es una vasta empresa, esa empresa va
confundiéndose con el universo, pero cuando los personajes
descubren eso no se sienten defraudados, sino muy felices. Hay una
especie de apoteosis al final, creo recordar. Bueno, he pensado
que convendría reescribirlo y arreglarlo, habría que acentuar más
los caracteres, porque como yo lo he escrito son simplemente
nombres, habría que soñar bien a esos personajes, habría que
inventar episodios que no figuran allí y podría ser una pequeña
novela, breve, ya que yo soy incapaz de trabajos largos.
-En
una de las primeras páginas de este cuento se dice: "Me he
afiliado al partido conservador y a un club de ajedrez". ¿Usted
es conservador, Borges?
J.L.B-Yo
no sé si todavía queda algo que conservar.
-¿Tal
vez el club de ajedrez?
J.L.B-Sí,
salvo que soy pésimo ajedrecista. Mi padre me enseñó el ajedrez
y me derrotaba siempre; él jugaba bien y yo nunca aprendí. El
ajedrez es una hermosa invención árabe o de la India, no se
sabe. En Las mil y una noches se habla del ajedrez. Hay un cuento de un príncipe
que había sido convertido en mono y para demostrar que es un
hombre juega al ajedrez. Las
mil y una noches, ese libro espléndido en el cual hay también
sueños dentro de sueños y sueños dentro de esos otros sueños.
-El
gaucho Martín Fierro, la
obra emblemática de la literatura argentina, ¿es para
usted un mal sueño? ¿Qué
opinión le merece?
J.L.B-Creo
que es estéticamente admirable, pero éticamente horrible. La
obra, desde luego, es espléndida. Uno cree en el personaje del
todo, además resulta imposible que no haya existido, pero no es
un personaje, digamos, ejemplar. Además, quería pasarse al
enemigo, que entonces eran los indios. Yo no creo que la historia
del Martín Fierro pueda ser, como se ha supuesto, la historia del
típico general de los gauchos, ya que si todos hubieran desertado
no se hubiera conquistado el desierto. Tenía un tipo distinto.
Martín Fierro corresponde, digamos, al gaucho malo de Sarmiento,
al tipo del matrero que no fue muy común. Una prueba de ello es
que aún recordamos a Hormiga Negra, a Juan Moreira; en Entre Ríos
a Calandria, es decir, ese tipo fue excepcional, los gauchos, en
general, no eran matreros. Yo profeso la mayor admiración por el Martín
Fierro, podría recitarle a usted páginas y páginas de
memoria, pero no creo que el personaje sea ejemplar ni que José
Hernández lo haya pensado como ejemplar. Eso lo inventó Lugones
cuando escribió El Payador
en el año 1916. Él propone el Martín
Fierro como una
epopeya argentina y al personaje como un personaje ejemplar, como
un héroe, como un paladín, lo cual es evidentemente falso.
-¿Recuerda
algún payador?
J.L.B-Sí,
yo fui muy amigo de Luis García, que era un señor, no un
compadrito. Un hombre con unos modales muy suaves, hablaba como un
señor.
-¿En
qué radica la diferencia entre un señor y un compadrito?
J.L.B-Por
lo pronto, en una indumentaria distinta. El señor llevaba cuello
y corbata; el compadrito, pañuelo al cuello y zapatos de taco
alto, saco cruzado. Sobretodo, nunca.
-¿Los
compadritos vestían de negro?
J.L.B-Todo
el mundo en esa época vestía de negro. Y todavía hoy, en muchos
lugares. En los pueblos de España, las mujeres visten de negro.
-¿Los
criollos tenían un lenguaje austero comparado con el que emplean
los españoles, verdad?
J.L.B-Ah,
sí.
-¿Usted
fue amigo de Arturo Capdevila, él hablaba de una forma muy
castiza, no?
J.L.B-Capdevila,
no sé por qué, había tomado como modelo a los personajes del
teatro español del siglo XIX. Decía cosas que nadie decía. Una
vez fui a su casa, estaban por servir el té. Capdevila dijo:
“Viva Dios, pronta está (o lista está) la merienda”.
Recuerdo una frase muy linda de él. Un día, yo estaba solo en la
confitería “St. James” tomando un vaso de leche. Pasó
Capdevila y, al verme, me dijo: “Mi querido Borges (no tenía
acento cordobés, tenía tonada española), usted está bebiendo
su lepra”. Qué linda frase, ¿no?: Borges, usted está bebiendo
su lepra. Parece una frase bíblica. Según su teoría, la leche y
el pescado podían producir lepra. Porque, en algún momento,
desde San Pedro hasta Punta Lara, el bajo Saavedra, el bajo de San
Isidro, parece que abundaba la lepra.
-¿Y
usted comía pescado?
J.L.B-En
ocasiones. Pero antes, en la Argentina, se comía carne tres veces
al día. Todas las mañanas había caldo, después puchero (el
puchero era muy copioso); había arroz, tocino, choclo, zapallo,
batata, tomate y carne. Y después de eso, solía servirse un
bife. De noche, sobre todo si venían visitas, la comida era
terrible. Se servía primero sopa, después cuatro platos; podía
haber milanesas y después churrasco. Luego, el postre, que era
muy rico: dulce de batata, dulce de zapallo, dulce de tomate,
dulce de leche, también fruta. Y no se servía una tacita, un
pocillo de café, como ahora, sino un tazón de café con leche.
En Estado Unidos hacen unas mezclas increíbles con las comidas.
Por ejemplo, sirven puré (muy mal hecho) y lechuga y, a veces,
pasta. ¿A quién se le ocurre una combinación así?, no tiene
nada que ver. Y si uno quiere que en un restaurante le sirvan otra
cosa es muy difícil, son de menú fijo. En cambio, en Buenos
Aires, uno puede pedir lo que quiera. Yo pido tortilla a la española
y la preparan especialmente y en el momento. En fin, no hay por qué
consultar la carta, le preparan lo que uno pide. Qué raro, uno
piensa que Estados Unidos es un país organizado, pero los
restaurantes no. Cuando yo le cuento a los norteamericanos que en
Buenos Aires o en Montevideo no es necesario ir a un restaurante
italiano para comer pastas, se asombran. ¿Se fijó que ahora
Buenos Aires está lleno de restaurantes chinos? Son muy buenos.
Hay uno enfrente de mi casa, en la calle Maipú, entre Charcas y
Paraguay. “Cantina china”, se llama. Japoneses, existen
varios. Hay uno excelente en la calle Independencia. Pero en
Buenos Aires prefieren la comida china. En los chinos sirven diez,
quince platos distintos, un poquito de cada cosa. Son una antología
de sabores.
-A
propósito, ¿cuál es su plato preferido?
J.L.B-Hoy
diría que el pastel de carne.
-Volviendo
a Capdevila, él decía que el idioma se estaba deformando en la
Argentina, ¿no le gustaba el uso del “vos”?
J.L.B-Es
posible que el uso del “vos” desaparezca. En la República
Oriental yo tengo muchos parientes, más que en Buenos Aires, que
ya casi no tengo ninguno, a excepción de una hermana. En
Montevideo tengo a los Lafinur, a los Haedo y a otros. En
Montevideo, como le decía, se usan formas del verbo que
corresponden al vos, pero se dice tú. De modo que la gente, dice:
mirá tú, vení tú. Usar el “vos” es hablar en malevo. Ellos
no dicen lunfardo, dicen hablar en malevo.
-¿El
lunfardo es una jerigonza carcelaria?
J.L.B-Se
supone que sí. ¿Yo le conté sobre Roberto Arlt? Roberto Arlt,
Nicolás Olivari, González Tuñón, gente del centro, digamos,
conocían bien el lunfardo. Aunque Roberto Arlt, que era fácilmente
iracundo, dijo: “Bueno, yo me he criado en Ciudadela, entre
gente pobre, entre malevos y no he tenido tiempo de estudiar esas
cosas”, dando a entender que el lunfardo era una invención
exclusivamente porteña.
-Evaristo
Carriego sí que apreciaba el lunfardo,¿ verdad?
J.L.B-Escribió
algunas composiciones en lunfardo publicadas en una revista
policial que se llamaba “L.C.”, lo cual quiere decir ladrón
conocido. Carriego era un muchacho de familia distinguida
entrerriana, que se volvió pobre. La casita de él era muy
modesta, la casita donde escribió El
alma del suburbio
estaba en Honduras y Coronel Díaz. Esos fueron los barrios de
Muraña, de Jorge Chileno, de Paredes y de otro tipo de gente como
Alfredo Palacios y mi primo Lafinur.
-¿Conoció
a Alfredo Palacios?
J.L.B-Sí,
venía todos los domingos a comer a mi casa.
-¿Güiraldes
también iba a su casa?
J.L.B-Bueno,
eso fue mucho después. Lo que le digo de Alfredo Palacios
corresponde a 1910, a Güiraldes lo conocí en 1925, 15 años
después.
-¿Le
gusta el tango?
J.L.B-Prefiero
la milonga antigua y algunos tangos viejos como “El choclo”,
“El entrerriano”, “Don Juan”, “La Unión Cívica”.
Carlos Gardel era conservador. La mayoría de los cuchilleros que
yo conocí eran conservadores. Por lo general, habían sido
guardaespaldas de los caudillos conservadores.
-¿Ricardo
Güiraldes era buen guitarrista?
J.L.B-Sí.
-¿Y
Macedonio Fernández?
J.L.B-Macedonio
creía saber tocar la guitarra; tenía el hábito de la guitarra,
como tenía el hábito del mate y del cigarrillo. Pero yo nunca lo
oí tocar nada. Se hizo retratar con una guitarra.
-Macedonio
tenía una tertulia. ¿Usted la frecuentaba?
J.L.B-La
tertulia era los sábados en la esquina de Jujuy y Rivadavia.
-Plaza
Miserere, Barrio Once. Yo viví un tiempo en esa zona de Buenos
Aires. Ahora la calle Jujuy es una
avenida.
J.L.B-Es
ancha, sí, claro... Cuando mi madre era chica, la edificación
concluía en Jujuy o en Pueyrredón. Después había quintas,
hornos de ladrillo, la laguna Guadalupe, donde ahora está la
Iglesia de Guadalupe. Pero cuando yo era chico la edificación
concluía en lo que hoy es la Juan B. Justo, y lo que antes era el
famoso Arroyo Maldonado. ¿De qué estábamos hablando?
-De
Macedonio.
J.L.B-Ah,
sí... en la tertulia de Macedonio nos reuníamos Santiago Dabove,
César Dabove, Carlos Pérez Ruiz, un amigo mío que se llamaba
Guillermo Juan, Manuel Peyrou, Enrique Fernández Latour...
-Dicen
que Macedonio tenía un gran sentido del humor.
J.L.B-Cierto.
Decía, por ejemplo: “Los gauchos son una diversión que tienen
las estancias para los caballos”. Además, le gustaba hacer
bromas. Una vez le preguntaron qué pensaba de Góngora, contestó:
“Yo no duermo de ese lado, Quevedo y Marck Twain me mantiene
despierto. Mejor, más redondo hubiera quedado: “¿Qué le
parece Góngora? No duermo de ese lado”. Y punto, para qué
agregar otros nombres.
-¿Y
usted, Borges, de qué lado duerme con respecto a la literatura
española?
J.L.B-Diría
que del lado de Cervantes y Quevedo. Le cuento algo: conocí a
Gerardo Diego en 1920. Él hablaba de Góngora y yo de Quevedo. Lo
volví a ver muchos años después y seguía hablando de Góngora.
Bueno, no teníamos por qué cambiar de tema, así que retomamos
la misma conversación. Me acuerdo que coincidimos en una reunión
y él me mandó de obsequio un verso de Quevedo sobre el Duque de
Osuna. Me lo envío como si fuese un dulce, un bombón. El último
verso es éste: “Murió en prisión, muerto estuvo preso”.
Pensándolo bien, imposible que sea un verso más chato, ¿no?
Porque una persona que muere está libre de todo. La idea de que
el muerto está preso es una idea rarísima. Se supone que si está
muerto...
-¿Macedonio
Fernández le temía a la muerte?
J.L.B-Sí,
pero al mismo tiempo decía que era insignificante.
-¿Fue
a raíz de la revista Proa
que usted conoció a Güiraldes?
J.L.B-Esa
revista la fundó Alfredo Brandán Caraffa que, para fundarla, se
valió de un truco. El truco era éste: yo había vuelto de
Europa, ya había escrito algo; Brandán me dijo: “Quiero fundar
una revista que represente a la nueva generación literaria. Ya
nos hemos reunido con Güiraldes, Pablo Rojas Paz y pensamos que
la revista sería imperfecta si usted no fuera uno de los
directores”. Entonces, yo me sentí muy halagado. Qué bien, me
dije, han pensado en mí y yo no soy nadie. Luego, Brandán
Caraffa y yo nos encontramos con Güiraldes en un hotel de la
calle San Martín y Córdoba. Ahí, Güiraldes, mientras esperábamos
a Rojas Paz, comentó: “Ustedes son más jóvenes y yo un hombre
mayor, me sentí muy halagado cuando Caraffa me dijo que pensaron
en mí para fundar la revista, porque una revista de jóvenes no
podía prescindir de mí”. Llegó Rojas Paz, y yo le dije:
“Brandán le habrá contado que nos reunimos Güiraldes, él y
yo y resolvimos que una revista de jóvenes no podía prescindir
de usted”. Lo miré a Brandán y se rió. Cada uno de nosotros
puso cincuenta pesos, a mí me los dio mi padre. Reunimos
doscientos pesos y con ese dinero sacamos el primer número de Proa,
de trescientos ejemplares. La revista tenía ciento veinte páginas
en papel pluma. Doscientos pesos, aún entonces tenía que haber
costado más de esa cantidad. ¿Qué hace ahora con doscientos
pesos en Buenos Aires?
-¿Usted
también escribió en el periódico literario Martín
Fierro?
J.L.B-Sí,
pero muy poco. Habré colaborado un par de veces. Yo no pertenecía
a ese grupo. Era una revista de Evar Méndez, Oliverio Girondo,
Jacobo Fijman...
-¿También
estuvo vinculado a la revista mural Prisma?
J.L.B-A
ésa, sí. La concebimos mural por razones económicas, no teníamos
dinero. Yo me fijé en los avisos que había en las paredes de las
calles y pensé: ¿cuánto puede costar una hoja impresa de este
modo? Fuimos a una imprenta en la calle Balcarce, cerca de Plaza
de Mayo, y nos dijeron que quinientas páginas salían unos
noventa pesos. Así que reunimos el dinero necesario y la sacamos.
-Duró
poco, salieron nada más que dos números.
J.L.B-Porque
Alfredo Bianchi, director de la revista Nosotros,
leyó Prisma,
le gustó y nos invitó a colaborar en su publicación. De modo
que ya no precisamos una revista propia para escribir.
-Leopoldo
Marechal también colaboraba en Martín
Fierro y en la revista Proa.
¿Usted conoció a Marechal?
J.L.B-No,
pero sé que tenía el orgullo de ser de Villa Crespo, donde la
gente era singularmente valiente. Marechal debe ser un apellido
francés, él no sabía francés, tiene que ser de la Martinica,
porque era mulato.
-¿Alguna
vez recorrió el barrio porteño de Villa Crespo?
J.L.B-Naturalmente,
si yo me crié en Palermo, que está al lado. Es muy extraño lo
que pasó con Villa Crespo. Primero fue un barrio criollo, después
italiano, luego judío y, actualmente, creo que es árabe. Pasó
por curiosas etapas. Pero cuando yo lo conocí era un barrio judío.
Fui muy amigo del librero y editor, Gleizer, que vivía en la
esquina de Triunvirato y Caning (antes Corrientes se llamaba
Triunvirato).
-¿La
polémica Boedo-Florida fue una broma tramada por Roberto Mariani,
creo que usted dijo una vez?
J.L.B-Fue
una ficción, sí, una broma tramada por Mariani y por Ernesto
Palacios. Ellos pensaron que en París había cenáculos, polémicas
literarias y que todo eso faltaba en Buenos Aires. Por lo tanto,
crearon esos dos grupos, de Boedo y de Florida e inventaron polémicas.
Fue un truco publicitario, digamos, porque no existieron nunca
esas escuelas. Por ejemplo, ahí tiene el caso de Arlt, a él se
lo relaciona con los de Boedo. Sin embargo, era secretario de Güiraldes,
a quien se lo vincula con los de Florida. Yo hubiera querido ser
de Boedo y me dijeron que no, que ya estaba hecha la repartición
y a mí me había tocado ser de Florida. Aquello fue una broma
tomada en serio por los historiadores de la literatura que son
bastante ingenuos.
-Y
de la revista
Sur, ¿qué me puede decir?
J.L.B-Bueno,
como usted sabe, la fundó Victoria Ocampo. Yo le hice una broma a
Victoria, le dije por qué le había puesto Sur,
si ella vivía en San Isidro, que no tenía derecho a emplear esa
palabra. En cambio, yo sí, porque me había criado en Adrogué.
-Se
cuenta que fue el poeta norteamericano Waldo Frank
quien sugirió el nombre de
Sur.
J.L.B-Puede
ser, porque él estuvo en Buenos Aires. Aunque algunos dicen que
fue Eugenio d’Ors, otros Ortega y Gasset. Pero creo que se
atribuye el nombre a Waldo Frank. Es un lindo nombre, Sur,
¿eh?
-Sí,
además, ubica, sitúa.
J.L.B-Pierre
Drieu La Rochelle mandó una desaprobación diciendo que Sud
Africa no estaba representada y Australia tampoco en la revista.
Pero, en fin, no se había pensado en eso. Tampoco habíamos
recibido colaboraciones de Sud Africa o de Australia.
-¿Qué
recuerda de Victoria Ocampo?
J.L.B-Que
me ayudó mucho. Me protegió en un momento en el que yo era un
desconocido y ella muy conocida. Ahora es una persona famosa, más
famosa por sus actos que por su obra escrita.
-¿Es
cierto que usted le regaló un ejemplar de Don
Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes al cuchillero, al caudillo de Palermo, Nicolás
Paredes?
J.L.B-Sí,
se sintió muy defraudado. Me dijo: ¿este criollo a qué hora
pelea? Le voy a contar algo de Don Segundo, porque voy a escribir
sobre esto alguna vez, pero si usted quiere adelantarlo, mejor.
Bueno, la vejez de Don Segundo Sombra fue muy rara. Él era el
capataz de la estancia La
porteña de Güiraldes en San Antonio de Areco, que está al
norte de la provincia de Buenos Aires. Güiraldes lo tomó como
modelo para el libro. Don Segundo era santafecino, es decir, un
poco extranjero para la provincia de Buenos Aires. Se llamaba
Segundo Ramírez Sombra. Güiraldes, con buen sentido literario,
omitió el Ramírez que no dice nada y así quedó Don Segundo
Sombra. Que está muy bien, porque Segundo presupone un primero y
Sombra presupone una forma que la proyecta. Don Segundo se hizo
famoso. Güiraldes llevó a su estancia a personas como Ortega y
Gasset, Waldo Frank, Victoria Ocampo, La Rochelle para que lo
conocieran. En el pueblo, en San Antonio, vivían cuchilleros que
habían sido guardaespaldas del padre de Güiraldes, que fue
Intendente de San Antonio. Estos cuchilleros estaban furiosos. Decían
por qué el niño Ricardo había escrito un libro sobre este viejo
infeliz que no sabía cómo se agarraba un cuchillo, entonces lo
provocaban. De modo que la vida del viejo Don Segundo, que era un
hombre tranquilo, pasó a ser una vida muy cambiante. Pasó de ser
un personaje legendario a ser un viejo santafecino a quien
provocaban los otros. Los nombres de quienes lo desafiaban
muestran que eran gente brava, debían muchas muertes. Había uno
que se llamaba el Toro Negro y al hijo de él le decían el
Torito. Y estaba Soto, que era muy famoso. Cuando Don Segundo
estaba en el almacén y veía entrar por la puerta a uno de estos
malevos, huía inmediatamente. Soto era un hombre bastante bravo.
Figúrese, cierto día llegó un circo al pueblo. En el circo había
un domador de leones que había despertado el asombro de la gente,
pero tenía la desgracia de llamarse Soto. A Soto, el cuchillero,
no le gustó nada que la gente hablara con admiración del otro
Soto. De modo que, una tarde, en el despacho de bebidas, el
cuchillero se le acercó al domador y le dijo: “Quiero saber su
gracia”, su nombre. Y el otro le respondió: “Soto, para
servirlo”. Entonces el cuchillero le dijo: “Aquí el único
Soto soy yo, de modo que no se apure, elija el arma, que yo lo
espero afuera”. Nunca se peleaba bajo techo, porque era ofender
la casa, aunque la casa fuese un prostíbulo. El domador no sabía
qué hacer, pero alguien le alcanzó un puñal. Salió a la calle,
pero como no sabía manejar el puñal, el cuchillero lo mató.
Luego, los testigos, creo que entre ellos también había un
vigilante, dijeron que el domador había provocado a Soto y, como
éste era el héroe local y el otro un forastero, todo quedó como
si nada hubiera pasado. Así que si uno tiene como enemigos a
gente como Soto, el Toro Negro o el Torito, es mejor cuidarse ¿no?
Efectivamente, Don Segundo Sombra se cuidó. Murió de muerte
natural no sé en qué fecha. Mis amigos y yo le hicimos una broma
a Güiraldes publicando una nota en el diario desmintiendo el
rumor de que el cadáver de Don Segundo iba a ser repatriado a un
lugar de Italia, tratándolo como si fuese un gringo.
-En
algunos países, a la Argentina se la sigue asociando con los
gauchos, con el mate...
J.L.B-Ahí
tiene, el tipo del gaucho es un tipo que ha desaparecido. Yo vi
gauchos por primera vez en Montevideo, eran troperos que traían
hacienda. Actualmente, creo que este tipo se da al sur del Brasil,
al norte del Uruguay, en la provincia argentina de Corrientes
también. En la provincia de Buenos Aires ya no se da.
-En
algunos de sus cuentos los personajes toman mate. ¿Qué simboliza
el mate para el argentino?
J.L.B-Supongo,
más bien, que un hábito, un modo de poblar el tiempo o de
perderlo. Yo no soy matero.
-Usted
representa el espíritu cosmopolita, habla desde una cultura
universal...
J.L.B-Tanto
como universal no sé, hago lo que puedo.
-¿De
dónde proviene su cultura, sus primeras lecturas, su formación?
J.L.B-Le
debo mucho a la literatura inglesa, incluyendo a la americana,
desde luego. En casa casi todos los libros eran en inglés; la Biblia era la King James'
Bible; Las mil y
una noches, la de Lane o la de Burton. Mi padre me dio los
libros ingleses de su biblioteca. En casa hablábamos
indistintamente inglés y castellano. Hablaba español con mi
abuela materna que se llamaba Leonor Suárez de Acevedo y en inglés
con mi abuela paterna, Frances Ann Haslam de Borges, que se casó
con ese coronel Borges que se hizo matar.
-A
pesar de su cultura universal, en sus cuentos aparecen compadritos
y cuchilleros. ¿Cómo eran los compadritos de antes?
J.L.B-Bueno,
no sé cómo eran realmente, porque los que yo alcancé ya eran
malevos jubilados ¿no?
-¿Siempre
estaban debiendo una muerte?
J.L.B-Sí,
en todo caso se suponía eso y, a veces, más de una muerte.
Recuerdo a un amigo, el cuchillero Paredes de Palermo, que decía:
“¡quién no debía una muerte en mi tiempo, hasta el más
infeliz!”. Paredes había sido uno de los guardaespaldas de Juan
Muraña.
-¿Eran
hombres de mucho coraje?
J.L.B-Sí,
coraje individual, ya que no tenían ideales de ninguna especie.
-¿Usted
es un cultor del coraje?
J.L.B-Bueno,
digamos que sí. Quizá porque soy físicamente muy cobarde admiro
lo que me falta. Coraje cívico tengo, pero físico ninguno, mi
dentista lo sabe muy bien.
-¿Su
abuelo y también su padre se dejaron morir?
J.L.B-Mi
abuelo se dejó matar, mi padre se dejó morir. Lo de mi padre fue
un acto de mayor valentía. En cambio, lo de mi abuelo, el coronel
Borges, es caso aparte, ya que morir en una batalla debe ser
bastante fácil. Pero renunciar, como mi padre, a todo
medicamento, rehusar inyecciones, no comer durante sesenta días,
tomar sólo un vaso de agua cuando lo quemaba la sed, no permitir
que lo atendieran es muy difícil. Me parece una muerte más
heroica. Tenía una enfermedad incurable y estaba postrado. Por
eso, ayunaba, rechazaba todo remedio. Un día, me dijo: “No te
voy a pedir que me pegues un tiro, porque sé que no lo vas a
hacer; pero no te aflijas, yo me las voy a arreglar”. Al cabo de
dos o tres semanas no quiso ya ni beber agua y se murió. Fue como
un suicidio.
-¿Cómo
era el Buenos Aires de antes, el que usted conoció, cómo es
ahora?
J.L.B-No
sé cómo es ahora, yo ya no lo conozco. El que yo alcancé era un
Buenos Aires pequeño en el espacio, pero creciente, lleno de
esperanza y ahora somos una ciudad muy grande y bastante triste,
bastante descorazonada por hechos que son de dominio público.
Creo que ésa es la diferencia, algo pequeño, creciente y algo
grande, que se desmorona.
-¿Sólo
Buenos Aires o es el país entero el que está en crisis, en
decadencia?
J.L.B-Creo
que sí, pero, bueno, tal vez los jóvenes, de ellos depende el
porvenir, no piensen como yo. Sinceramente, yo me siento incapaz
de una esperanza lógica, pero quién sabe si las cosas son
realmente lógicas, por qué no creer en milagros.
-Recuerdo
una nota, que desató una gran polémica en 1971, titulada
"Leyenda y realidad", en la que usted manifestaba su
posición en contra del peronismo.
J.L.B-Claro,
por razones éticas, nada más. Yo no soy político ni estoy
afiliado a ningún partido.
-¿Usted
fue perseguido durante la primera etapa del peronismo?
J.L.B-Más
o menos. Me amenazaron de muerte, pero después se olvidaron. Mi
madre, en cambio, estuvo un mes presa; mi hermana y un sobrino mío
también. Conmigo se limitaron a amenazas telefónicas. Por eso,
me di cuenta de que estaba perfectamente seguro, si alguien va a
matar a otro no se lo va a comunicar por teléfono antes ¿no?,
por tonto que sea.
-Recuerdo
otro de sus textos, "El simulacro", donde usted presenta
a Perón como el dictador y a Eva Duarte como una muñeca rubia, y
dice que crearon una crasa mitología.
J.L.B-El
hecho que yo refiero ahí, que no recuerdo muy bien ahora, era ése,
el hecho de pasear una muñeca que simulaba ser el cadáver de Eva
y un señor que simulaba ser Perón. Y ganaron bastante dinero
haciendo eso. Esta historia me la habían contado dos personas que
no se conocían entre sí, de modo que ocurrió en El Chaco, yo no
la inventé, además no es una hermosa invención tampoco, es
bastante torpe, bastante desagradable ver a alguien que se pasea
con un ataúd, con una figura de cera, que está jugando a ser un
cadáver; es una idea terrible y que se pague para ver eso y que
la gente rece. Sí, crasa mitología viene a ser lo justo. Me había
olvidado totalmente de esa página, pero tiene razón, yo la
escribí y la escribí porque me había llamado tanto la atención.
-Usted
descree de la democracia. ¿Cuál sería el gobierno ideal para
Borges?
J.L.B-Diría
que las palabras gobierno e ideal se contradicen. Yo preferiría que
fuéramos dignos de un mundo sin gobiernos, pero tendremos que
esperar unos siglos. Habría que llegar a un estado universal, se
ahorrarían los países, eso sería una ventaja y luego no habría
necesidad de un Estado si todos los ciudadanos fuesen justos, las
riquezas fueran bien repartidas, no como ahora que hay gente que
dispone de muchos bienes espirituales y materiales y gente que no
dispone de nada. Todo eso tiene que corregirse, pero quizá tengamos
que esperar unos siglos para que se modifiquen las cosas.
-¿Macedonio
Fernández era anarquista?
J.L.B-Yo
le debo tanto a Macedonio... Sí, en ese sentido era spencereano.
Creo que hablaba de un máximo de individuo y un mínimo de Estado.
-¿Usted
piensa lo mismo?
J.L.B-Sí,
claro. Ahora estamos over-ridden,
estamos haunted por el
Estado, el Estado se mete en todo. Cuando fuimos a Europa en el año
14 viajamos de Buenos Aires hasta Bremen sin pasaportes, no había
pasaportes; éstos vinieron después de la Primera Guerra Mundial,
la época de la desconfianza. Antes se recorría el mundo como una
gran casa con muchas habitaciones. Ahora usted no puede dar un paso
sin demostrar quién es. El Estado está constantemente abrumándonos.
-Usted
ha recibido muchos premios y ha sido postulado para el Premio Nobel
varias veces...
J.L.B-Sí,
pero los suecos son muy sensatos, yo no merezco ese premio.
-¿Cuál
sería el premio que usted desearía recibir?
J.L.B-El
Premio Nobel, desde luego, pero sé que no lo recibiré, lo cual lo
hace aún más codiciable.
©Reina
Roffe
* La presente entrevista es la versión completa (con
varias páginas inéditas) de dos conversaciones que mantuve con el
autor argentino en el año 1982. Una de ellas tuvo lugar en la
ciudad de Chicago y la otra en Nueva York. Secciones de las mismas
fueron publicadas en el libro Espejo
de Escritores (Ediciones del Norte, Hanover, N.H., USA, 1985)
con el título "J.L. Borges. El memorioso", en el diario Tiempo
Argentino
("Borges. Reportaje a una voz: última ficción", Buenos
Aires, 22 de junio de 1986) y en la revista Cuadernos
Hispanoamericanos (“Entrevista
a Jorge Luis Borges”, Madrid, Marzo 1999, nº 585).


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