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Ofrecemos
a los lectores de Literaturas.com
y en exclusiva un capitulo integro de
"El Beso dela Flama" tal
como fue concebido por el autor, parte
de este texto fue suprimido en la
versión final de la novela publicada.
Textos Ocultos recupera un inédito
del autor Javier Arévalo
"El
beso de la flama"
Javier
Arévalo.
Editorial
Opera Prima
Javier
Arévalo (Lima, Perú, 1965), es uno
de los miembros más destacados de la
brillante hornada de nuevos escritores
peruanos que surgió a inicio de los años
noventa en ese país, y compañero de
generación de autores como Jaime
Baily, Fernando Iwasaki, Iván Thais o
Ronaldo Menéndez. Su producción
narrativa es muy amplia: ha publicado
dos libros de relatos: Una trampa para
el comandante (Lima, Mashabajo
editores, 1989), y Previo al silencio
(Lima, Signo Tres, 1995), así como
las novelas Nocturno de ron y gatos
(Lima, Peisa, 1994), muy elogiada por
la crítica, Instrucciones para
atrapar a un ángel (Lima, Signo Tres,
1995), y la más reciente Vértigo
bajo la luna llena (Lima, Alfaguara,
1997).
El
beso de la flama es su primera novela
publicada en España.
En
El beso de la Flama asistimos a las
historias cruzadas de dos personajes
en una Lima salvaje y posmoderna. Una
mujer es secuestrada en una casa de
campo por un colaborador de su padre
–un maduro revolucionario- y en su
encierro asistimos a la gestación de
un engaño. A la vez un periodista en
paro, David Abril, se sumerge en un
esperpéntico viaje sexual a los bajos
fondos limeños para encontrarse con
la pobreza y la muerte. Sus dos vidas
se cruzarán para desvelar un
complicado juego de seducciones, de
embaucamientos que ocultan una oscura
trama policial.
"Helo
aquí, un capitulo que salió del
libro porque no encontró sitio en la
estructura, y que está solito por el
mundo sin saber qué hacer..."
Javier Arevalo.
Capítulo
inédito
LOS
LIMITES DE UN PARAISO INFIMO
Primera
visión.
La
iglesia se vino abajo en el terremoto
de 1971. Estaba ubicada frente al
parque Manco Cápac, en la Victoria.
Cuando se cayó, no había persona
alguna en sus naves; pero sí estaban,
allá adentro, sus tesoros: algunas
reproducciones de pintura de la
escuela cusqueña, figuras de yeso de
tantos santos, vestidos primorosamente
por los fieles del barrio y entrando,
a la izquierda, una urna de vidrio
dentro de la cual descansaba la figura
de Cristo descendido de la cruz. Sobre
su frente, la figura tenía una corona
de espinas que se aferraba con furia a
la fingida piel; en las manos y los
pies, los orificios decían de los
clavos que lo habían atravesado. Vestía
un taparrabos púrpura y aún cuando
ya estaba muerto, parecía seguir
sufriendo.
David
tenía entonces seis o siete años y
quizá la madre lo había llevado a
ese templo muchas veces, y el se había
aburrido como un diablo, hasta que se
encontró con el cristo descendido.
Debe
haber sido así: parado frente a la
figura, examinó el recorrido de una
gota de sangre que brillaba en el mentón,
se detuvo en las arrugas que formaban
el rictus de un dolor inolvidable.
Alguna pena sobresaltó su corazón,
pero era más intenso el asombro ante
la mancha sanguinolenta. Un trapo cubría
su medio cuerpo, pero no ocultaba su
pecho hundido, el costillar de
naufragio antiguo, las rodillas como
de cartílagos a flor de piel, los
dedos de los pies como cascajos.
Quizá
ir a la misa consistió, desde
entonces, en ver un cuerpo lacerado.
Su madre no debió darle importancia
al asunto: llegaba a misa, ocupaba su
banca, hacía que el niño se
persignara y lo dejaba ir a donde él
quisiera.
Un
día, al final de la misa, el niño no
regresó. La mujer no sintió alarma
alguna porque apenas se puso de pie lo
vio parado, frente a la urna, y se
acercó a él. Cuando estuvo detrás
del niño, lo tomó por los hombros
con ambas manos. El chico se sobresaltó.
Es Jesús, está muerto después de
que lo bajaron de la cruz, le dijo la
madre.
¿Está
muerto?, preguntó el niño.
Segunda
visión.
La
fotografía tiene un inevitable lastre
realista: las fotos siempre serán
miradas como una evidencia de que lo
retratado existe o alguna vez existió.
Determinada sensibilidad considera que
una fotografía adquiere calidad de
expresión artística cuando consigue
evadirse de las ataduras que la ligan
a un momento determinado, para
lanzarse a representar un estado de ánimo,
un tipo de mentalidad,
una forma especial de intuir el
mundo.
No
le es fácil a la fotografía hacerse
mirar de esta manera, a menos que la
sensibilidad que la percibe comprenda
que el nexo establecido entre esa
fotografía y la vida no es de simple
reflejo de lo real.
David
Abril sospechó siempre que su trabajo
habría de sufrir las consecuencias de
que la línea fronteriza entre lo
realmente existente y la verdad
virtual fuera tan imprecisa y difusa.
Lo
fascinaba la realidad, pero no le
interesaba calcarla. Como todo hombre
(o todo héroe), David enfrentó una
serie inevitable de dificultades que
cuestionaron, pero también
reforzaron, sus convicciones, y lo
condujeron a redondear una posición,
como creador, respecto al arte y la
realidad. Una de estas etapas fue la
crisis ideológica que lo llevó a
dejar de escribir.
Durante
su primera individual, declaró que le
producía terror la facilidad con que
aparecían en su cabeza, y luego en
las hojas que escribía, incontables
principios de historias de toda
naturaleza.
"La
insatisfacción que me produce lo que
escribo es proporcional a la diversión
que siento mientras escribo todo
aquello que más tarde me decepciona,
precisamente porque su origen es la
ligereza y la facilidad" le dijo
a un periodista.
Yo
mismo creí en un principio que la
renuncia de Abril a seguir escribiendo
era un acto de cobardía estimulado
por unas dosis de ingenuidad. Todas
las personas tienen suficiente
imaginación para inventar historias;
de hecho, las mentiras que a diario
contamos, o las fantasías eróticas a
las que recurrimos para masturbarnos,
confirman que cualquiera es capaz de
tener visiones que más tarde, con
algo de entrenamiento, podría
materializar en alguno de los
lenguajes artísticos existentes.
Pero
sólo los artistas son capaces de
llevar estas elaboraciones mentales
hasta las últimas consecuencias, es
decir, hasta desaparecer la línea que
las distancia del universo que
admitimos como real, para ingresarlas
en lo sucesivo, donde se convierten en
seres vivos y reales como el resto de
lo que podemos enumerar. No existe
artista si no existe el arte que lo
expresa. Y un artista, creo yo, es una
especie de esfera que no tiene
principio ni fin. Pero aún sabiéndose
esfera, superficie lisa llena de
contenido, un artista intentará
encontrar la punta del hilo que lo
desenrede, como se deshila una madeja.
Algunos artistas llegan a comprender
que la punta de ese cabo no existe y
que no podrán desenredarse, pero a
pesar de esta certeza, lo intentarán,
porque la esperanza es parte de su
naturaleza.
Pero
ocurre muchas veces que el artista se
detiene por voluntad propia.
Sobreviene entonces un silencio de
sepulcro, de hombre que ha pasado a
retiro, de futbolista que ha
destrozado sus meniscos y nunca más
podrá correr. La metáfora no es
perfecta: el retiro generalmente es
una obligación, o una cortesía de
quien ya se sabe viejo. Los meniscos
detienen al futbolista, no su
voluntad. El artista que paraliza su
carrera protagoniza una tragedia. Una
tragedia prevé siempre un destino.
Todo arte aspira a la verdad, ese es
su destino. Pero la verdad es metafísica,
inasible, improbable. El silencio de
un artista no prueba que la alcanzó.
El suicidio podría ser una prueba, me
dijo una vez David, pero un muerto no
tiene tiempo ya para probar nada.
David
decidió dejar de escribir no porque
hubiese arribado a la verdad. Me
encantaría creerlo. Lo que sí
encontró en su primer libro es
aquello que a otros los demora
demasiados tomos: el silencio.
"Es
intolerable saber que el absoluto es
imposible. Que el universo nos revela
un caos infinito, del cuál también
somos generadores, pero sólo en una
dimensión infinitesimal. Que la
muerte se impone como meta ineludible.
Es insoportable saber todo eso. Yo no
escribo más porque ya sé todo
esto."
La
soberbia de la frase es evidente,
también lo es la sinceridad y el
patetismo.
"Me
decía a mí mismo que la Biblia o El
Corán, El Quijote o Las Flores del
Mal, fueron escritos por hombres como
yo. Cada una de esas creaciones
soporta su propia iglesia. No importa
el tamaño, el número de prosélitos,
toda iglesia se edifica sobre
mentiras, intereses y malos
entendidos. No me interesa confundir,
ni mentir, tengo realmente pocos
intereses y los malos entendidos me
ofuscan porque me gusta la claridad,
lo translúcido, lo racional. Yo no
quiero ser una deidad."
La
tesis es moderna: un artista es un émulo
de Dios, es a la vez principio y fin;
se ha hecho a sí mismo y todo,
nosotros y cuánto nos rodea, somos
parte de él, cada cosa que existe es
su cuerpo. "Yo soy todos mis
personajes" me dijo un día Abril
"pero también la taza y el café
que bebe el personaje, la cama donde
duerme y el suelo, el cielo, la casa,
el tiempo y todo el espacio. Pero cada
vez me doy cuenta de que no tengo
ganas de ser todo eso. Escribo
"Soledad bebió un vaso de
agua" y luego me digo, por qué
no un vino, o quizá un vodka. Y luego
me preguntó ¿cómo puedo ser tanto?
Soy demasiado, es intolerable, no
tengo fin y sin embargo soy
finito."
No
es la metafísica, sino la psicología
la que me explica a David. Me resulta
obvio (ahora, no antes) que David
comprendía el mundo desde, por lo
menos, dos mentalidades: como si al
computar el presente, dos programas se
activasen al unísono para
proporcionarle los datos con que colegía
la realidad. Una de esas mentalidades,
la moderna, lo hacía concebir el
mundo como una creación permanente
donde él era a la vez centro y
periferia. Centro, en cuanto creador;
y periferia, cuando participaba de la
inercia universal. La segunda, una
mentalidad mágica programaba sus
paradojas, y proyectaba sus dilemas.
Yo pienso que David creía sospechar
que Dios no sólo era una metáfora,
sino que existía en términos reales,
como existen la mantequilla y la luna.
Nunca lo admitió, porque ofendía su
razón. Y no es que se avergonzara
frente al resto. Su vergüenza era
interior, personal, ante él. Su lado
mágico estaba reprimido, pero estaba.
Su faceta moderna gobernaba en
superficie y profundidad. Pero al
renunciar a escribir, renunciaba a
emular a Dios y nadie emula algo que
no cree que exista. Su renuncia a
escribir era la admisión de la
existencia de una deidad.
La
pregunta ahora es ¿cómo es que después
de conocer el silencio, se puso el
traje de artista otra vez y salió
nuevamente a cumplir su destino?
Como
cualquier otro creyente, David buscó
y encontró una forma nueva de creer.
Muerto Dios, viva Dios. David comenzó
a creer que los seres humanos somos sólo
un problema de lenguaje, cuya solución
no existe, ni existirá, porque
resolverlo supone utilizar el mismo
lenguaje que nos problematiza.
"El
problema es que puedo escribir y
decir: "soy un humano". Las
palabras otorgan existencia, y es inútil
intentar escapar de ellas, porque es
allí (en las palabras) donde reside
toda nuestra existencia".
David
admitió como dogma este esquema
elemental, laberíntico y paradójico,
e intentó explicarlo en la revista
Portafolio que dirige el talentoso fotógrafo
Carlos Aramburú.
Repito aquí el ejemplo que dio
en ese artículo: "Las frases: `Alia
se sentía muy mal con la muerte de su
madre' o `Alia se sentía muy bien con
la muerte de su madre', al principio
de una novela, podrían generar dos
libros absolutamente distintos. Y las
variaciones posibles no son sólo «bien»
y «mal». La utilización de los
matices del bien y el mal generarían
indiscutiblemente otras novelas".
¿Qué
le hizo suponer y creer, que la
fotografía no existía exactamente en
las mismas condiciones que la
literatura? Después de todo, con sólo
cerrar los ojos, la sucesión de imágenes
que flotan allí, en la oscuridad
interior que cargo y carga cada uno de
ustedes, ¿no son acaso lo
suficientemente inasibles y
terriblemente numerosas como para
abandonar el proyecto de realizarlas
todas? ¿No es acaso el deseo de
posesión infinitamente mayor a lo que
algún día poseeremos?
Sostienen
los historiadores que uno no puede
proyectarse sin antes conocer lo que
fue. Posición discutible que, sin
embargo, aplico ahora para intentar
dibujar la exacta figura de Abril.
David
comenzó a fotografiar a los
diecisiete años, después de que su
padre le regalara una Minolta. El
primer trabajo que tuvo se le apareció
días después de que se colgara por
primera vez la cámara al cuello. Había
una inauguración al costado de la
imprenta de su padre y uno de los
invitados, al verlo con la Minolta, le
preguntó si era fotógrafo. David
respondió que sí. Entonces el tipo
le pidió que hiciera fotos de la
fiesta para pagárselas. David le pidió
que lo esperara, cruzó la calle y se
metió al estudio de un fotógrafo
amigo del barrio a quien explicó lo
que estaba sucediendo. El dueño, un
viejo japonés apellidado Kimura, le
entregó un rollo, le prestó un
flash, acomodó diafragma y velocidad
y le ordenó que no moviera nada, que
se colocara siempre a dos y medio
metros del grupo que iba a fotografiar
y que disparara cada vez que la pequeña
luz roja del flash se encendiera.
También le sugirió el precio que debía
cobrar por cada foto.
Ese
fue su primer trabajo y el primero de
los tantos que realizó para
sobrevivir. Durante un buen tiempo,
fotografiar matrimonios, graduaciones,
fiestas, le permitió cubrir el costo
de la pensión de un instituto donde
siguió diseño gráfico entre los 17
y 18 años; y de la Universidad San
Martín, donde estudió periodismo,
entre los 19 y los 21.
No
intentó, desde un principio,
expresarse en esas fotografías.
Componía con equilibrio, a veces se
ponía chistoso y registraba muecas y
situaciones cómicas. Pero fue a través
de esos trabajos que se aproximó al
relato gráfico.
Eran
tiempos difíciles para su familia. Su
padre sostenía una imprenta en
permanente situación de quiebra. Los
habían desalojado del departamento y
ahora vivían hacinados en la casa de
una abuela; menos David, que dormía
en un cuartucho claustrofóbico en el
fondo de la imprenta de su padre.
En
la inauguración de una muestra de
pintura, David conoció al brasileño
Mauro Silva. Su amistad con el temido
postmodernista y homosexual crítico
de arte fue providencial.
Silva
leyó uno de los relatos que David había
escrito. Y, al parecer, lo impresionó,
de tal manera, que consiguió hacerlo
colaborador permanente de la revista
Jaque.
David
hizo unos primeros reportajes acompañándolos
con fotografías realizadas por él
mismo. Pero no fue la aceptación de
estas fotos sino el contacto con el
laboratorio lo que, creo yo, detonó
su decisión de cambiar la literatura
por la fotografía.
En
su relato Paraíso ínfimo David narró,
aunque no de manera directa, esta
vital experiencia.
Paraíso
ínfimo relata la historia de El
Laboratorista de una revista semanal.
El protagonista, alter ego de David,
es un muchacho aburrido del ritmo
industrial con que se produce el
material gráfico de la revista. Es
algo débil y anda crispado por los
gritos que, en cadena, largan en las
oficinas el Director, los Editores,
los Periodistas e incluso el conserje.
El
relato, de unas cincuenta páginas,
tiene un hilo conductor romántico, y
una textura de crónica urbana negra y
violenta: trampa tendida por Abril
para meter a sus lectores en sus
rollos especulativos acerca de la
existencia.
La
Muchacha del cuento es una prostituta
que trabaja en el edificio contiguo,
en uno de los masajes prostibularios
que funcionaban en Lima a mediados de
los ochenta.
Ambos
traban amistad una noche, después de
que él la ayuda a encender el motor
de su volkswagen, aparcado en el
estacionamiento subterráneo que ambos
edificios comparten. Pero ésta no había
sido la primera vez que se veían. En
otra oportunidad, El Laboratorista había
reunido dinero suficiente para pagar
el servicio de una puta y había visto
a La Muchacha un par de veces en ese
masaje, pero siempre de la mano de un
cliente que había llegado antes que
él.
La
Muchacha y El Laboratorista sostienen
citas breves en el estacionamiento.
Ella siempre está ansiosa de partir a
casa, no sólo para dormir, sino también
para ver a su hija de nueve años, que
adora y que cuida con especial devoción
porque padece de una enfermedad de la
que prefiere no hablar.
El
Laboratorista la convence de que se
deje fotografiar por él. La Muchacha
se había hecho de rogar, pero luego
aceptó porque se dio cuenta de que El
Laboratorista no intentaba tirársela
gratis, ni quería que posara
sensualmente o desnuda. Por el
contrario, la retrata con lo que lleva
encima, por las noches, cansada y allí,
en ese estacionamiento oscuro. El
Laboratorista usa un trípode para
sostener las exposiciones largas a las
que está obligado, ya que no usa
flash. Explora las posibilidades
expresivas de las sombras. Luego, en
el laboratorio de la revista, realiza
a un ritmo obsesivo las copias de esas
fotos que lo frustran de diversas
maneras porque no consiguen atrapar la
esencia de lo que está persiguiendo.
En
la redacción conocen, en algún
momento, el rostro y el cuerpo de esa
muchacha por una de las pruebas
tiradas a la basura por El
Laboratorista.
Un
redactor, asiduo visitador de prostíbulos,
la identifica y lo comenta con otros.
Todos acaban sabiendo que la hembrita
de El Laboratorista es una puta.
Este
amor por la foto perfecta obliga a El
Laboratorista a cambiar la rutina de
su vida decadente. En esta parte del
relato, Abril se refocila elaborando
pastiches costumbristas: retrata, en
un largo raconto, con crudeza y
coprolalia, las incursiones sabatinas
de El Laboratorista, a los oscuros y
pestíferos meandros del centro de la
ciudad: da cuenta de lo que sucede en
el interior de las discotecas de a
cinco lucas; de las esquinadas alcohólicas
y humeadas con la diablura metalera en
las puertas de la Villareal; de las
negreadas pastrulas con los jóvenes
imprenteros de su padre. En fin, todo
lo que después pierde interés para
El Laboratorista, porque ahora sólo
le importan esas malditas fotografías
que en la revista ya nadie vuelve a
ver.
Un
viejo fotógrafo le advierte de los
peligros de permanecer demasiado
tiempo en el laboratorio expuesto al
vapor tóxico de los químicos. Le
pregunta por qué diablos se pasa
tantas horas copiando fotos. El
muchacho responde que no se da cuenta,
que como sucede con las fotografías,
el tiempo no existe allí dentro.
También le cuenta lo extraño que se
siente cuando hace alguna copia y más
tarde recuerda sólo esa imagen y, en
cambio, a la persona que posó para él,
y el momento en que posó, se le
olvidan; como si esas imágenes se
desprendieran de sus orígenes y todo
naciera para vivir su propia vida en
las imágenes. Sólo me lastima, dice
El Laboratorista, que no puedan morir.
Nada que no muera puede ser perfecto.
Algún
tiempo después, el periodista que
reconoció a La Muchacha, visita una
vez más el masaje y pregunta por
ella. Pero no consigue enterarse de
nada. Uno de los empleados llega a
decirle que un día, La Muchacha,
simplemente no volvió más.
Durante
el cierre de una edición, El
Laboratorista se demora más de la
cuenta en hacer las fotos para la
revista. El mismo Director ingresa
vociferando al laboratorio. Grita: ¡quiero
esas fotos, ya!, ¡qué diablos haces!
y le arrancha de las manos una copia.
Allí esta La Muchacha, vestida de
negro, sentada a una silla. A su lado
hay una niña vestida de blanco y
tendida en una cama, tiene los ojos
cerrados, y los párpados, los
cachetes y los labios evidentemente
maquillados.
¿Qué
es esto?: pregunta El Director. El
muchacho responde: una mujer vestida
de negro y una niña que parece
dormir. El director mira la foto y
dice: esta niña no parece dormida,
esta niña está muerta. El muchacho
responde: es una foto, ¿cómo se
puede morir en una foto?
La
pregunta pone fin al relato.
Alguien
ha dicho que el texto es inconcluso;
que las pinceladas de ácido humor,
los brochazos de negritud, el paisaje
de una urbe miserable y pestilente,
retratada en una prosa sucia, tirante
y espasmódica, de frases cortas y
secas, han sido desaprovechadas por
las inquietudes intelectualoides de
Abril. Puede ser. Pero ese es su
riesgo. Después de todo, Abril cree
que así es honesto consigo mismo y
con su condena a pensar, a preocuparse
y a preguntarse. El cuento apareció
en Instrucciones para atrapar a un ángel,
medio año después de que él
ingresara a trabajar en Jaque. Lo
criticó elogiosamente Mauro Silva.
Otros comentaristas apoyaron su opinión.
Esto puso a David en el primer plano
de la narrativa que se hacía en ese
momento.
También
he considerado posible que el
inusitado éxito lo haya presionado
demasiado. Es algo en lo que se puede
pensar. Le ha pasado a otros que la
bulla excesiva los ha silenciado pues
no han creído posible crear algo
superior a lo ya hecho.
Lo
concreto es que a partir de su primer
libro comenzó a trabajar
exclusivamente en fotografía, con una
obsesión de poseso. Fueron tiempos
terribles de creación-tortura.
Quienes lo vimos trabajar con un
fervor próximo a la locura no pudimos
sino esperar que algo bueno saliera de
todo eso. Lo deseábamos
profundamente.
Creo
que las palabras creación-tortura son
precisas para identificar la actitud
que desde entonces tuvo David respecto
al arte. La revelación de una imagen
que, para él, valiera la pena, debía
suponer siempre un sufrimiento. Pero
la obra acabada, el logro visual, no
era necesariamente una salvación, tal
vez sólo un alivio a esa condena de
la que no pudo escapar al dejar la
literatura: la condena de crear, de
querer ser Dios.
Parece
que con la fotografía aprendió a
resignarse, a conformarse con sus
logros, como si finalmente tuviera fe
en que el arte es una manera de
suspender la angustia que produce la
imposibilidad de comprender el mundo.
Por
eso no admito lo que señalan algunos
críticos respecto a la megalomanía
de Abril. El se dedicó una atención
exclusiva, es cierto. Pero fue el
centro de su propia investigación
porque no creía tener derecho a
especular sobre los otros.
Alguien
ha jugado con el lugar común de
afirmar que Abril está en la línea
borde de la locura. Es una estupidez.
Como dice Foucault, la locura es la no
obra. Y Abril logró realizar una
breve pero fuerte obra para argumentar
acerca de su cordura.
Precisamente,
David tenía la esperanza de que fuera
su obra, su trabajo visual, la que
proyectara nítidamente sus
sentimientos, sus intenciones,
prescindiendo de las traidoras
palabras.
Su
última ilusión consistió en que el
público mirara en silencio y mudo sus
fotografías, que nadie dijera una
palabra, que nadie opinara nada, que
solamente vieran el trabajo y se
fueran, de inmediato, a sus hogares.
La
única recompensa que esperaba era que
aquellas imágenes quedaran fijas en
el recuerdo de quienes las vieran.
Después
de su muestra "Asesinos y
Homicidas" comprendió que el
sentido último de lo que un artista
produce no existe, (tal vez debió
comprenderlo examinando todas las críticas
que aparecieron de su libro, pero no
fue así). Las lecturas que el resto
de las personas hacen es siempre un
gran calidoscopio. Algunos comentarios
se imponen, porque quien los hace
tiene posibilidades de enunciarlos
masivamente. Pero nadie es capaz de
saber ciertamente si aquellos
conceptos son aceptados por igual
entre la comunidad expuesta a la obra
en cuestión.
Desde
esta perspectiva, se convirtió en una
traición que él dijera cualquier
cosa acerca de su trabajo. Por eso
mismo fue un acto consecuente y no un
amaneramiento, que se acercara a la
puerta de la sala de exposiciones y
que luego desapareciera mientras todos
los invitados a la inauguración de su
segunda individual, "Retrato
final de algunos chicos felices que ya
no lo son tanto", miraban la
exposición. Permanecer mudo alrededor
de tantos asistentes habría sido
sumamente ridículo. Prefirió estar
lejos de ellos, a varios kilómetros
de cualquier pregunta. Nunca pudo
imaginar todo lo que alrededor de esta
exposición iba a suceder. Los objetos
artísticos son máquinas generadoras
de sentidos y fundan mitos cuando
congenian con una gran masa de
individuos. Un panfleto no tiene
necesidad de ser interpretado. Su
sentido es unidireccional. Discutir a
partir de lugares comunes lo único
que puede hacer es fortalecer el lugar
común, todos los saben. Pero fue de
una mediocridad inverosímil reducir a
panfleto un trabajo tan cargado de
vida como el que David Abril expuso.
Y
sin embargo, no debiera sorprenderme
que así ocurriera, ya que esa lectura
panfletaria la hizo y la impuso Juan
Pedro Ortiz, un reportero del canal
cinco, de prontuariada estupidez.
Este
sujeto vio lo único que sus ojos,
acostumbrados a los rutilantes títulos
de los magazines amarillos, podía
ver: un grupo de hombres de una clase
social A presentados en su más
descarada homosexualidad.
Frente
a una lectura de ese tipo,
multiplicada en diarios y semanarios,
un texto crítico como el que yo debí
escribir entonces, iba a parecer la
patética nota del sujeto culto que
pretende poner las cosas en orden. No
lo hice, no escribí entonces, no me
interesó. Pensé, como Abril, que el
resto del universo era dueño de sus
propias creencias y opté por dejar
las cosas como estaban. Pero si accedí
a escribir esta nota, fue sólo por mí,
porque creo que si para los seres
humanos existe alguna solución, ésta
no la hallaremos en el silencio.
Solamente
quiero terminar exponiendo la idea que
tengo del juego jugado por Abril en
aquella exposición.
Si
todos los retratados, en la vida real,
son o no homosexuales —cosa que
interesó muchísimo a todos los
supuestos recatados y amarillentosos
periodistas— aquí no es relevante.
Las
fotos en "Retrato final..."
no son documentos; son, más bien,
representaciones; cada retrato
funciona como símbolo y no como señal.
Son más sombras que reflejos; más
puertas abiertas, que lugares
concretos.
Pero
quienes leyeron esta muestra como un
reportaje gráfico de "Enfermos
de SIDA de Clase A" cayeron en la
más ingenua de las trampas que el
arte tiende a los incautos.
¿Qué
bastaría para demostrar que la
muestra de Abril no es un reportaje,
que la realidad que en ella creemos
ver es sólo una invención, un
espejismo, una puesta en escena
destinada a tomarnos por sorpresa la
conciencia y el corazón?
Pedirle
a cada uno de los retratados que
responda a las preguntas ¿es o no
usted homosexual? ¿Está o no
condenado a muerte por SIDA?, resulta
de una elegancia de basurero.
Nos
queda esperar que cada uno de ellos
muera por alguna enfermedad que sus
defensas debilitadas no puedan evitar.
Pero
¿y si no mueren, quedará alguien
defraudado? Privada de sus visos de
escándalo, esta muestra no parece
decirle nada a la masa que la vio
reproducida en televisión, diarios y
revistas. A ninguno de los que
sostienen el rating televisivo le
importa ahora. Alguien ganó dinero
con el escándalo. Nadie parece perder
algo con su olvido o su recuerdo.
Yo
cierro los ojos y vuelvo a ver la
melancolía que brotaba de cada una de
esas fotos. Veo también la tristeza
silenciosa en el rostro de Abril, digo
mejor, en el rostro triste del
autorretrato colgado aquella noche en
la galería de Mercedez Noriega.
Tal
vez, en homenaje a esa imagen
invulnerable al olvido, no debiera
abundar más sobre la vida de mi
amigo, debería dejar de inundar con más
palabras su recuerdo. Tal vez, sólo
debiera permitirme recordar la
eternidad de esa fotografía,
imperfecta porque nunca morirá.
Alberto
L.
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