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"DOS MUJERES EN BABIA"

(Crítica acompasada de la novela “Dos mujeres en Praga”, de Juan José Millás. Premio Primavera 2002)

por

 ©Clandestino Menéndez 

Entrega I  y  Entrega II (final)

 

“Dos mujeres en Praga” se abre con un negocio denominado Talleres Literarios donde, al parecer, redactan biografías por encargo. A este taller acude una mujer, de nombre Luz Acaso, quien enseguida suelta que se ha quedado viuda, al tiempo que se echa a llorar (página 9) “para sorpresa de Álvaro Abril” (el protagonista y encargado del negocio). No sabemos de qué se sorprende el hombre; debería, como todos los lectores, estar familiarizado con el topicazo: viuda reciente = mujer que llora de forma constante enjugándose las lágrimas por debajo del velo con un pañuelito.

Para consolarla, dicho Álvaro Abril (protagonista y es de sospechar que alter ego en buena medida de Millás) procede a revelarle a la mujer un secreto. Dice: “yo no estoy seguro de que las cosas sucedan unas detrás de otras. Con frecuencia suceden antes las que en el orden cronológico aparecen después”. Con lo cual la mujer queda boquiabierta y el lector no menos, pensando que, acaso, quizás, sería conveniente poner algún ejemplo de estos hechos que suceden antes aunque ocurran después. Porque cuando uno rompe de este modo todas las reglas espacio-temporales y hace trizas las leyes del universo conocido siempre es recomendable explicarse un poco.

En realidad, sospecho que Millás quería decir lo que, en su día, afirmó Proust, que “la memoria no nos presenta por lo general los recuerdos en su sucesión cronológica, sino como un reflejo donde está alterado el orden de las partes”. Pero tal vez por las prisas o tal vez por los nervios, Millás no especifica que se refiere a la memoria y, como puede apreciarse, el atentado contra la lógica es cataclísmico.

Convencida la viuda, sin embargo, de que su biografía queda en las manos más artísticas, marcha luego a su casa. Al ir a coger el coche, en la página 11, se encuentra a una mujer “con un parche en el ojo derecho” y pinta extraña que le pregunta si va hacia cierta calle. “Sí / ¿Y me puedes llevar? / Sube” es el diálogo entre estas dos mujeres. Un comportamiento solidario y “buenrollista” totalmente inverosímil en una gran ciudad como Madrid, o como otra cualquiera en que existan delincuentes y ciudadanos temerosos.

“La tuerta subió echando pestes del frío”. Este es, más o menos, el nivel literario general de lo hasta aquí leído.

En el coche entablan conversación y la ojivirola se presenta como aspirante a escritora, que está “preparando una cosa sobre el lumbago” (pág. 13). Éste de “cosa” es, por cierto, sustantivo de altísimo nivel muy querido por Millás. Pero sigo. “Yo tengo lumbago, dijo Luz Acaso”, y a consecuencia de ello, en la página 14, se instala entre las dos mujeres “una paz palpable, casi una oleada de dicha”. Todo lo contrario a la conmoción cerebral que le ha producido al crítico leer semejante alcachofada lumbálgico-mística.

El capítulo siguiente, página 15, comienza con una descripción del piso de la viuda, pero de una forma tan sosa, tan desganada, tan por mero trámite y con tan poca gracia que más que una descripción parece, en todos los sentidos, una acotación teatral: “un pequeño salón por el que se accedía a dos habitaciones cuyas puertas, una al lado de la otra, permanecían cerradas...”

Acomodadas ambas mujeres, llega el momento de presentarnos a la tuertolari. Millás emplea para ello siete páginas, de la 16 a la 23, que bien merece la pena analizar en conjunto como muestra del modo en que NO debe construirse un personaje y como paradigma de todos los defectos que hoy en día asolan a las figuras de ficción, y que hacen imposible que los lectores puedan sentirse identificados con ellas, no digamos ya admirarlas, odiarlas o compadecerlas.

En primer lugar, el personaje de la joven tuerta es absolutamente increíble, de puro pánfilo. “¿Por qué quieres escribir sobre el lumbago”, le pregunta Luz Acaso. “Porque (responde Vista Escasa) escuché la palabra en el autobús y se me quedó dentro de la cabeza”. Un personaje, como el que nos pinta Millás, que nunca antes de los veinte o veinticinco años haya oído una palabra de uso tan común como “lumbago” es que, o no vive en este mundo, o acaba de salir de una incubadora. Otro escritor, en otra época, de seguro que nos habría ocultado, o disculpado, esta ignorancia suprema que desvirtúa a un personaje, y lo coloca en posición totalmente extraña respecto a la realidad. El autor de “Dos mujeres...”, sin embargo, se solaza en este lamentable candor. “No sabía qué podía ser, pero me gustó tanto su sonido, lumbago, lumbago, que en ese mismo instante decidí escribir un reportaje, o quizás un libro, sobre él”. Sobre “ello” sería más bien, pero, en todo caso, sirva de muestra del pensamiento pueril y las motivaciones parvularias que impulsan a los personajes bestselleros.

Un simplismo, además, contagioso, del que parecen participar todos los personajes de la novela. Porque éste es el diálogo que, en un determinado momento, se traen la viuda y la tuerta a propósito del sustantivo “lumbago”. La muchacha de retina solitaria deduce que tamaña fascinación como este vocablo le ha producido proviene del hecho de que, en su niñez, tuviera un ojo vago. “Imagínate (...), lumbago escrito de este modo: l´um bago. Seguro que l´um bago significa ojo vago en algún idioma”. “En catalán, quizás”, sugiere Luz Acaso. “O en rumano”, replica la tuerta.

Todas estas dudas polígloto-oculares acaban con una digresión en la que ambas mujeres (como portavoces del autor) apoyan a la gente que padece, o ha padecido, de ojo vago. Como dicta el código deontológico de Prisa: “cualquier ocasión es buena para mostrarse solidario”.

En segundo lugar, sobre ser lerda, la muchacha tiene mucho de menguada. Porque si de pocas luces es maravillarse ante tan vulgar y cotidiana cosa como la palabra “lumbago”, mucho más lo es quedarse, como la muchacha, totalmente bobiloca al oír hablar de la cresta ilíaca. “Fíjate (dice en la página 18) tener dentro del cuerpo una cosa llamada cresta ilíaca”. Y ya no digo perder el sentido (común y del ridículo) al escuchar la expresión “región lumbar”. Una expresión sobre la que, para colmo, la muchacha se apresura a derramar lírica cebollina: “Región lumbar: suena, si te fijas, como el nombre de una geografía mítica (...) Una región desconocida en la que sopla el dolor en lugar de soplar el viento”.

Y ya, por último, aparte de simplícisima, el personaje de la tuerta es absurdo y grotesco desde el punto de vista literario. Porque resulta que no es tuerta, sino que se lo hace. “Pensé que había vivido apoyándome demasiado en el lado derecho, [entonces] ideé el siguiente plan: me taparía el ojo derecho con un parche e inmovilizaría la pierna y el brazo de ese lado forzándome a hacerlo todo con la mano izquierda”. Ojilasca y  cojitranca, la muchacha pretende de este modo llegar a escribir una buena novela. “Se trataba, por decirlo así, de escribir un texto zurdo, pensado de arriba abajo con el lado de mi cuerpo que permanece sin colonizar”. Aparte de lo desmayado del estilo, con expresiones como pensar un texto “de arriba abajo” en lugar de “de principio a fin”, o términos tan inadecuados como “colonizar”, el simbolismo de este comportamiento hemipléjico resulta demasiado obvio para ser literario. Demasiado evidente para ser atractivo. Demasiado elemental para ser inteligente.

Además de todo ello, existe otro grave defecto, que es pretender hacerlo real. Un escritor, por ejemplo, como Italo Calvino, en “El vizconde  demediado”, cuenta la historia de un hombre al que una bala de cañón partió en dos, escindiendo su parte buena de su parte mala. Se trata, indudablemente, de una novela simbólica y en aras de ello el autor puede (y debe) prescindir de la verosimilitud última del personaje. Nunca se le habría ocurrido a Calvino describir cómo se las apañaba su personaje para comer, si sólo tenía medio estómago, o cómo para orinar con media vejiga, o cómo para... Únicamente los lectores más simples y superficiales le pedirían cuenta de esto, el resto entiende hallarse ante una licencia literaria. En “Dos mujeres...”, sin embargo, el comportamiento absurdo y evidentemente simbólico de un personaje, en el colmo de la desconfianza hacia las capacidades del lector y del nulo dominio de la sugerencia literaria... ¡se nos detalla exhaustivamente! ¡Está contado en serio! ¡Millas utiliza toda una página para detallarnos los “problemas tácticos” que tuvo que resolver la mujer “para volverme zurda de repente sin llamar la atención de mis padres”! ¡Decenas de renglones para detallarnos cómo solventó las dificultades a la hora de lavarse los dientes, abrocharse la blusa, untar de mantequilla las tostadas, masticar por el lado izquierdo...!

Ello se debe seguramente a que este comportamiento de la chica tiene otro fin, mucho más importante que el simbólico. Es tan sólo la excusa para que el escritor pueda, al hilo de ello, expresar su solidaridad con los lectores zurdos. “Me fascináis los zurdos, de verdad”, dice la chica, “porque tenéis que aprender a vivir en un mundo hecho por diestros”, y a continuación cita varios ejemplos de artículos de la vida cotidiana que suponen un obstáculo para los zocatos... ¡Y no da ni una! Es increíble. Cito: “los interruptores de la luz, las manillas de las puertas, los cajones de las mesas, los grifos de los lavabos...” (los puntos suspensivos son de Millás, al que no se le ocurrían más cosas). Nada de esto, en verdad, tiene importancia, pero es sólo un ejemplo de adónde lleva escribir a lo transilvano y solidario. Porque los tiradores de los cajones, generalmente, suelen estar en el centro; respecto a los grifos es cierto que los zurdos pueden tener alguna desventaja a la hora de abrir el agua fría, pero se ve compensada con la facilidad que tienen sobre los diestros para dar paso al agua caliente, y, por último, aun suponiendo que al ir a entrar en una habitación TODOS los interruptores de la luz y pomos de puertas del mundo se hallen a la derecha... dime, lector ubicuo, ¿dónde estarán esos mismos interruptores y pomos a la hora de salir?

Pero, como he dicho, no importa, porque lo que quería Millás era concluir con que “cada uno de los movimientos de un zurdo constituye una pincelada de una obra de arte”, que es una frase que le hará caer bien ante un montón de lectores zocatos, y que le dará un matiz de apoyo a las minorías y rebeldía contra lo establecido muy interesante y comercial. El crítico, que tiene los pies cavos, confía en que, a lo largo de la novela, se le dedique también el pertinente capitulito.

 

Entrega II y Ffinal

Todo el largo diálogo entre las dos mujeres concluye, al fin, con este hondo juramento de la tuertizurda. Resulta que, además de todo lo dicho, es pescadera, y como ella misma indica en la página 23: “no puedes ser pescadera y escribir novelas fantásticas, ¿comprendes?”. De ahí pues su solemne juramento: “juré que sería una escritora zurda y realista”, que pronunció suponemos que exaltada y alzando en la mano un congrio.

Cambiamos de escenario. En la página 25 Álvaro Abril va a una fiesta en casa de su editor. “Nunca le apetecía ir, pero siempre iba por miedo a quedarse fuera”. Antes de que lo diga él, vaya desde aquí la solidaridad del crítico para con los escritores famosos, sufridores del petardeo y el canapeismo. A continuación, y durante dos largas páginas, se nos cuenta cómo Alvaro Abril (personificación de Millas) se pasea por la fiesta, recogiendo elogios por su última novela y, en general, por su talento de escritor. Sigue una apasionante charla con su agente, a quien se le ha muerto un hamster, y en mitad de ella se desliza (o más bien se empotra) la siguiente frase, con la que el insigne Juanjo pretende enmendar la plana nada menos a François Mauriac: “La literatura del siglo XXI será literatura industrial o no será. Es curioso que mientras el resto de la realidad se encuentra en la era posindustrial, la literatura apenas acaba de entrar en el mercado. Vamos con cien años de retraso, pero nunca es tarde”.

Aquí un inciso. En opinión del Círculo de Fuencarral, ningún artista convencido de la originalidad y valía de su obra puede abogar por la intromisión de la industria en el Arte, mucho menos suspirar ansioso e impaciente por su llegada, como aquí hace Millás. Porque juzgar las obras artísticas desde una óptica industrial supone arrinconar todo criterio relativo a esfuerzo, calidad, belleza o virtuosismo. Lo que cuenta para la industria es, exclusiva y prosaicamente, la rentabilidad, es decir, una fabricación rápida, una venta pronta y un público amplio, que no selecto. En las categorías artísticas que propugna la industria, basadas sólo en términos comerciales, el Aserejé, por ejemplo, es infinitamente más valioso que cualquier obra de Falla, por la sencilla razón de que se vende más. Por ello, nadie que crea en el Arte o en el valor de la Literatura puede estar a favor de dejarla completamente en manos del comercio, de entregarla a un albur que, la mayoría de las veces, depende de modas, rachas, temporadas, políticas de stock, circunstancias por completo ajenas a la calidad de la obra. Esto pensamos en el Círculo de Fuencarral de los auténticos artistas; los feriantes que han encontrado buen lugar en la plaza lógico es que defiendan a gritos la baratija y ensalcen el granel, los personajes tuertos y las ideas mancas, el simbolismo obvio, superficial e inofensivo.

Página 37: Álvaro Abril llega a su casa después del sarao literario y decide contratar los servicios de una prostituta. Ve un anuncio que reza: “Viuda madura, domicilio y hotel”. Llama y, al oír que le responden: “Hola, cariño” nos aclara el autor (en clara hecatombe cacofónica producto de la sorpresa): “no esperaba esa desenvoltura de una viuda madura”. Hay veces que estos novelistas nuestros son tan cándidos, pazguatos e infantiles que causan lástima.

Mientras espera la llegada de la prostituta, durante las páginas 39 y 40, y a causa seguramente de la emoción, al protagonista le pasan cosas raras como traspasar dimensiones ajenas, flotar en instancias paralelas, percibir opacidades misteriosas y otras joyas por el estilo que desde aquí recomiendo a los sadomasoquistas del verbo. Individuos con un mínimo de sensibilidad, abstenerse.

Llega, al fin, la prostituta y el protagonista, poco a poco, va recobrando la normalidad, hasta que, en la página 43, “la voz comenzó a salir del interior de su propio cuerpo, como era habitual”. Justamente: habitual. En las fiestas y grandes ocasiones muchos, como yo, para variar y que no nos salga siempre la voz de dentro acostumbramos a comunicarnos a través de una médium.

Al fin recobra el aplomo y en la página 44 suelta a la mujer esta pregunta, dechado de perspicacia: “Tú no eres viuda, ¿verdad?”

La prostituta le pregunta entonces que a qué se dedica. “Soy escritor —dijo Álvaro, e inexplicablemente se le saltaron las lágrimas”. Será porque hasta a él mismo le causa espanto tan alegre afirmación, pero no, Álvaro llora, confiesa, porque a los escritores “la vida nos debe algo que no nos da”. Millás aprovecha el trance, como se ve, para pedir el pronto pago de sus derechos de autor.

Página 49: Luz Acaso comienza a narrarle su vida al biógrafo. Resulta que, en realidad, no es viuda, pero poco importa porque “mi temperamento es el de una mujer que ha perdido a su marido”.  ¿Y cómo es el temperamento viuderil?, se preguntará el lector. Millás pone un ejemplo significativo en la página 50: la mujer arregla un enchufe que estaba estropeado y “entonces, lejos de alegrarme, sentí una tristeza enorme y me eché a llorar”. Sería la viuda de un electricista.

En todo este capítulo, hasta la página 56, Luz Acaso cuenta sus fantasías de viudedad. Son fantasías, advierte, pero describe el velorio de un modo tan exacto que cualquiera que no sea personaje de esta novela puede deducir que ahí hay trampa.

Página 57: Luz Acaso sale de Talleres Literarios S.A. y, al montar en el coche, “vio cruzar por delante de ella a una mujer con bolsas que sin duda se dirigiría a un sitio misterioso. Quizá a una cocina. Descubrió de súbito que las cocinas eran lugares raros, capaces de provocar acontecimientos en las cabezas de quienes entraban en ellas”. No, lector, no hay contexto, el párrafo debe analizarse en crudo. Y es entonces cuando surgen las siguientes, e imprescindibles, preguntas: ¿Por qué deducir que la mujer “sin duda” se dirige a un “sitio misterioso”? ¿Cómo es eso que “descubrió de súbito que las cocinas eran lugares raros”? ¿Raros respecto a qué? ¿Y si “eran” significa pues que ya no lo son? ¿Qué quiere decir exactamente “provocar acontecimientos en las cabezas de quienes entran”? ¿Que se te caiga una sartén en el occipucio al abrir un armarito, o darte con el frontal contra el extractor puede considerarse acontecimiento? Y, sobre todo, ¿a qué viene tanto asombro por ver a una mujer portando unas bolsas del Día o del Ahorramás? Como verá el lector, lo mejor de la literatura bestsellera hodierna es que le obliga a uno a plantearse un montón de preguntas. Para que luego digan.

Página 59: “Había cerca de la casa de Luz un solar en el que siempre encontraba sitio para aparcar el coche, aunque ella solía pasar primero por delante de su portal, por si aparecía un hueco”. Estas cosas siempre es bueno aclararlas dentro de una novela.

De las páginas 65 a la 70 el clima de reflexión, que Millás ha ido llevando in crescendo con agudas observaciones como las anteriores sobre cocinas y parkings, se apodera de la novela y el autor se entrega entonces, abiertamente, a la filosofía, con consideraciones del siguiente tenor: “Pensé (...) que cada uno de nosotros lleva dentro un lo que no, es decir, algo que no le ha sucedido y que sin embargo tiene más peso en su vida que lo que sí, que lo que le ha ocurrido. Es posible que haya personas en las que misteriosamente se cumpla lo que no y deje de cumplirse lo que sí, pero no tengo ningún caso documentado de lo que, de existir, sería una aberración pavorosa”. Aparte de la endeblez, pesadez y chorrez de este pensamiento que da vueltas sobre la nada y sobre lo obvio (pues ¡evidentemente! que tiene tanto o más peso lo que no ha sucedido que lo que sí. ¿Qué influye más en un preso, por ejemplo? ¿Estar entre rejas o NO tener libertad? ¿O qué puede dolerle más a un escritor malo que NO haber sido bueno?  ¿O a un enfermo que NO poder hacer vida normal? ¿O a un pobre que NO llevar vida de rico?... Los deseos frustrados, Millás, son materia demasiado cotidiana para venir a filosofar ahora sobre ello, tanto más cuando parece que se te ha ocurrido así, de pronto, en un rapto de iluminación) aparte, como decía, de esta hez filosófica, el pensamiento para colmo está muy mal escrito, porque si “es posible”, como el autor dice, que lo que “no” sea lo que “sí”, ¿a qué tanto empavorizarse y llevarse las manos a la cabeza aberracionado? Por otra parte, que se cumpla lo que “no” y deje de cumplirse lo que “sí” es algo que sucede cada segundo de cada día orbi et orbe: un estudiante sueña con que le aprueben, porque NO lo está, y entonces le aprueban y lo está; uno aspira a la vida de casado porque NO lo está, y entonces va y se casa y ya pues lo está.... Perdone el lector el tono tan infantil, pero es que, ciertamente, estas filosofías no dan para más, ni tienen desde luego nada de la “misteriosidad” que, entre humo verde de pega, quiere darles el autor, ni hacen falta “casos documentados” como Millás demanda, cual si estuviera investigando apariciones de ovnis.

Todo este pensamiento blanduzco y brie viene a caso de un amigo del narrador que no tenía hijos pero, frustrado el hombre, hacía como si los tuviera. Dicho comportamiento pudiera ser verosímil hasta que, al final de la página 67, esta frase: “cada vez que yo llevaba a vacunar a mi hija, él llevaba a no vacunar a sus hijos” lo reduce al absurdo más completo.

A partir de la página 70, Millás comienza a ponerse extraordinariamente pesado con sus elucubraciones sobre verdad y mentira, y vidas reales e inventadas (creo que va por ahí el tema), el sí y el no, el yin y el yan. Dice: “Álvaro Abril (...) había fantaseado con esa posibilidad [la de ser hijo adoptivo de su biografiada], a la que ahora tenía que añadir la de no serlo, o quizá la de serlo y no serlo simultáneamente”.

En la página 72 uno de los personajes experimenta “un daño remoto, como ese daño infantil que procede de lo más hondo del pasillo y sabes que te está destinado”. ¿Lo más hondo del pasillo? ¿Y qué pasa con la gente que vive en un apartamento? ¿No tiene también derecho a sentir ese daño? Otro descubre su cuerpo “como se descubre una ciudad extranjera en la que sin embargo tienes la impresión de haber estado alguna vez”. A mí me pasó eso en Cáceres, así que imagino que no vale y que todavía tengo mi cuerpo por descubrir.

Página 74: De pronto, Millás parece plantear a los lectores de Bobelia y oyentes de la Ser esta pregunta: ¿Por qué se puede empezar una novela diciendo “yo tenía una casa en África” y no “yo tenía un acuario en el salón”? El acuario que tenían mis padres en el salón era para mí tan importante como la casa que tenía en África Isaac Dinesen”. Como muchos lectores habrán advertido, se trata, evidentemente, no de Isaac, sino de Isak Dinesen y lo que esta mujer dice que tiene al principio de “Memorias de África” es una granja, no una casa, como buena escritora que, al contrario que Millás, busca emplear en todo tiempo la palabra más adecuada y sugerente. La respuesta a esta pregunta nos la dará el autor más adelante. Lo cierto es que después de lo de la conexión Bulgari y estas aportaciones autóctonas ibéricas, a la novelística del futuro sólo le va a faltar añadir un “rasca y gana”.

Una apasionante historia comienza a partir de la página 77. En una firma de libros alguien dice al narrador (alter ego de Millás) que su padre (el del admirador) se parece a él. ¡En mala hora hablara este admirante! Millás, alertadas sus neuronas, comienza entonces, por medio de su personaje, a imaginarse multitud, infinidad, tropel de posibilidades. Por ejemplo: “supongamos, me dije, que ese hombre y yo fuéramos realmente hermanos gemelos y que nuestros padres nos hubieran separado al entregarnos en adopción a dos familias distintas”. Y así un buen rato Al final, confiesa, “empecé a sugestionarme con la posibilidad de ser el gemelo de otro”. A consecuencia de ello va a espiar a su sosias y es entonces cuando el lector tiene que aguantar cuatro paginas, nada menos, en las que el narrador (personificación de Millas), con la excusa de la espía, nos describe su rostro, sus hábitos cotidianos, sus gustos en materia de vestimenta, sus costumbres culinarias, en fin, se hace un completo inventario y se da un cumplido homenaje para llegar al fin a la conclusión de que no, no es su gemelo. ¡Pues ya podía haberlo advertido a primera vista, para descanso y solaz del lector!

Tamaña experiencia le mueve a escribir un relato, “Nadie”, que intercala a partir de la página 81. “Nadie” tiene como protagonista, cómo no, a un escritor alter ego de Millás (ya van tres en la novela). Tan alter ego es éste que, en el momento de comenzar la historia, anda escribiendo “una novela mediocre, sentimental, que quizá podría producir beneficios, aunque no sin un coste de imagen para su catálogo”.  Ésta, sin ir más lejos, “Dos mujeres...”, si no fuera porque: 1) llamarla mediocre es excesivo; 2) llamarla novela es excesivo; 3) decir que perjudicará el resto de su obra (da dentera decir catálogo) es falso, porque si el resto de la obra es como esta novela no hay nada que perjudicar.

En esta misma página: “Lo había calculado todo con la precisión de los presupuestos anuales”. Prosa de cajero de la Caixa. “Recordó entonces, mientras partía en rodajas un tomate...” Pensamiento hortifrutícola.

Éste, como las otras reproducciones de Millás y los demás personajes del libro, también “empezó a obsesionarse”, en su caso a partir de la página 84. Millás confunde, como otros novelistas españoles bestselleros, el construir personajes con profundidad psicológica o humana con crear tipos desquiciados y obsesos.

En la página 85 el nuevo protagonista se ve afectado por “una caída del ánimo que se anunció con un sudor disolutivo”. ¡Sudor disolutivo! Esto sí que es un fenómeno paranormal con el que asombrarse y aterrarse y despavorecerse, y no una mujer con bolsas que viene de la compra. Sin embargo, ni una línea.

Una mujer le llama por teléfono en la página 87. “Rodó (el nuevo trasunto millaciense) se preguntó desde dónde llamaría. Desde Madrid probablemente”. ¿Por qué probablemente, Millás? ¿Sonaba al fondo un chotis? “Cuando empezó a amanecer, llegó a la conclusión de que no llamaba desde Madrid ni desde Barcelona, sino desde el pasado”. Eso se llama, creo, buzón de voz.

En esta misma página 87: “llegó a la editorial agotado, como un criminal sin coartada”. ¿Qué tendrá que ver, Millás, la criminalidad con el cansancio?

Página 88: “A veces, Luis Rodó era asaltado por la fantasía de que los personajes de los libros que publicaba salían del fondo de las páginas y pedían también su porcentaje de royalties”. A Unamuno, cuando en novelas como “Niebla” se le revelaban los personajes, le pedían explicaciones sobre el desenlace de la historia y sobre su actuación. Eso era Literatura. A Juanjo Millás le reclaman una participación en los derechos. Eso es industria.

Rodó tiene una cita con una mujer. En lo que ésta se produce, aprovecha para llenar varias, muchas páginas, con reflexiones tan grandílocuas como indescifrables. Valga como ejemplo, entre muchos, esta frase (página 90): “Había algo excitante en aquel encuentro que anudaba dos segmentos de la existencia entre los que quizás sólo había habido un paréntesis de tiempo”.

“No hay nada aquí, ni siquiera un folletín, un argumento de novela barata”. Esto dice el mismo autor en la página 93 y yo me arrogo el derecho de usar la frase para calificar con ella toda esta novela, “Dos mujeres...”.

Página 95: “Lloraba con idéntica resignación con la que se producen algunos acontecimientos atmosféricos”. No vale decir algunos, Millás, hay que poner ejemplos de acontecimientos (¿no será más bien fenómenos?) atmosféricos que se “producen con resignación”. ¿El granizo tal vez? ¿La ventisca? ¿Los vientos huracanados de componente norte?

Página 98: “El cuento terminaba exactamente en este punto”. Se refiere al cuento intercalado “Nadie”, cuyo argumento no voy a desvelar, salvo que es completamente inverosímil. El autor nos insiste, sin embargo, en que es un cuento formidable. De hecho, las siguientes páginas las dedica a hacer una ronda por redacciones de periódicos, editoriales, reuniones y casas de amigos recolectando elogios.

El que se supone que ha escrito el cuento “Nadie” comienza ahora a hablarnos de su hija que, aunque no lo es, él la tiene por adoptiva, pero no lo puede asegurar , y a la vez cree que tiene un hijo ilegitimo por ahí... En sólo una página, la 99, se forma tal centrifugado de embarazos, reales y ficticios, adopciones, parecidos, hermandades, padrinazgos, etcétera, que el crítico considera seriamente la posibilidad de llamar a los artificieros para que desmonten este artilugio. Debe de ser a esto a lo que se refieren en la contraportada cuando dicen que el lector “se introduce en una tela de araña que, lentamente, van tejiendo los protagonistas”. O aquella frase de la promoción que decía que, en esta novela, “se cruzan diferentes laberintos”.

En la página 101 el narrador recibe un e-mail en el que Álvaro Abril se apresura a decirle que “me gustó Nadie, me gustó mucho Nadie”. Con ello parece pedirle disculpas por no haberse sumado a su debido tiempo al paseíllo triunfal y a la aclamación unánime. El narrador, condescendientemente, acaba aceptando sus excusas y perdonando la tardanza.

En la página 104 vuelve la zurdimaniaca, que había estado, al parecer, recobrando fuerzas.  No está mal para un personaje simbólico, ochenta páginas sin aparecer. “No te puedes imaginar lo misterioso que es ese lado [el izquierdo]. Al principio temí que estuviera hueco, y que al atravesar la frontera entre el hemisferio derecho y el izquierdo cayera en una especie de vacío (...), pero por lo poco que he podido ver, ese lado está lleno de construcciones misteriosas y de una vegetación desconocida”. Conociendo ya el concepto un tanto amplio que el autor tiene de lo “misterioso” y lo “desconocido”, no es de extrañar que la chica sea ignorada por el resto de los personajes.

Cuando, después de pamparrutadas como la arriba transcrita y otras muchas, uno ya ha perdido la esperanza de encontrar en este libro el más mínimo pensamiento, escena, frase o siquiera adjetivación que merezca la pena, en la página 107 se nos cuenta que Álvaro Abril comenzó a sospechar que era hijo adoptado cuando sorprendió a su madre que decía por teléfono: “Estoy arrepentida; ahora no volvería a hacerlo”.  Pero ocurre que Millás no tiene ni la menor idea de lo que es la elipsis, la sugerencia, la medida, y en lugar de confiar en el lector y dejarle a solas con esa escena (una aceptable después de cien páginas), le insiste y le insiste y le vuelve a insistir en ella, como los pesados de bar cuando cuentan un chiste que tiene gracia, hasta que acaba resultando aborrecible.

El padre de Álvaro Abril esta viviendo con una mujer árabe. Y, ¿esto a qué viene? Está claro, para que Millás pueda introducir esta consideración en la página 109: “Quizá el problema de la torre de Babel no fue que aparecieran diferentes lenguas, sino que la que tenían se hizo más complicada ofreciendo a sus usuarios la posibilidad de dudar, de contradecirse, de atribuir al otro el miedo propio”. Después de dicho lo cual el padre, la árabe y la torre de Babel se pierden en el limbo de la historia y no vuelven a aparecer. Por cierto, quien emplea el término “usuarios” para referirse a los hablantes de una lengua es que tiene alma de funcionario o de vendedor de lavadoras.

No he llevado la cuenta, ni tengo, por supuesto, ganas de volver atrás, pero juraría que van para trescientas veces las que se ha empleado el término “obsesión” y sus diferentes derivados.

¿Se acuerda el lector que le hable de la única escena potable del libro, en la página 107? Pues bien, en la página 113 Millás la vuelve a reproducir, casi exactamente.

Ya apunté que “Dos mujeres...” es, a estas alturas, un auténtico lío altisidoro de adopciones, viudedades, orfandades y demás. Tanto así, que el mismo autor necesita pararse a recapitular en la página 115: “La situación real, entonces [dice uno de los personajes], es que soy su hijo y no soy su hijo del mismo modo que ella es viuda y no es viuda y casada, pero no casada”. A lo cual le responde otro personaje: “Tienes una buena novela ahí”. ¡Por vida del licenciado Pascasio Gómez! ¡Hasta qué extremos y por qué barrancos puede llegar a despeñarse la literatura!!

La página 117 marca, creo, justo la mitad del libro. El auténtico embrollo y desparrame en que se ha convertido esto no anima, desde luego, a continuar con la lectura. Pero en vista de que le han concedido un premio como el Primavera, me tomo un gelocatil y continúo a la busca de sus valores literarios. Me salto, eso sí, y advierto, algunas páginas. Sería inhumano pretender que me leyera todo.

En la página 126 Millás se dispone a expresar su solidaridad con las mujeres que han sufrido extirpación de ovarios, aunque no sé qué opinaran éstas de que piense de ellas que “están más huecas que un mueble en un sótano”. Luego intenta arreglarlo diciendo que, en fin, se trata de “un agujero de dimensiones cósmicas”.

Página 131:  A Luz Acaso le están redactando su biografía, como vimos, y cada vez cuenta una historia distinta. Ora es viuda, ora no, ora casada, ora soltera... Los personajes de esta novela despiertan inefablemente en el lector unas ganas tremendas de sacudirles de los hombros o arrojarles un cubo de agua a la cara, para que se desalelen.

Página 142: En esta página, uno de los personajes dice que no se le quitaba de la cabeza “la idea de que quizá había tenido un hijo póstumo”. Es para preocuparse, sí, el tener hijos póstumos.

Aquella única escena pasable del libro, que señalamos en la página  107 y que se repitió en la 113... vuelve a aparecer en la 149. El principal problema de Millás, ya está claro, es su autocomplacencia, su citarse a sí mismo, el volver sobre sus pasos y decir las cosas otra vez para que se vea lo bien que le han quedado (ah, iluso). Él sabe que éste es un libro de usar y arrinconar, que los lectores no van a releerlo en su vida y por ello, quizás, es que lo dice todo al menos tres veces.

¡Y sus frases pseudofilosóficas por sorpresa! “No importa lo que propongas, siempre hay alguien que no quiere eso porque quiere otra cosa”. Tan profundo aserto se halla en esta misma página 149.

¡Y sus reflexiones sobre la literatura, impregnadas siempre de un egocentrismo vergonzoso! Dice en la página siguiente de uno de sus tres clones que “tenía talento narrativo y sabía que las situaciones han de madurar, que no hay nada peor en un relato (...) que la precipitación”. Millás, si me dices que este libro, “Dos mujeres...” es fruto no de hacer una cosa rápida de 230 páginas para ganar un premio que te han ofrecido, sino el producto de una larga y honda reflexión y una lenta maduración, es para despertarte en medio de la noche y hacerte un análisis del nivel de hematocrito.

¡Y esas frases estilo tipo duro para dárselas de hombre vivido y donjuanesco! En la página siguiente, 151: “pertenecía a esa clase de mujer que te mira con una expresión interrogativa, de manera que, si no llevas cuidado, puedes caer en la tentación de ofrecerle respuestas”.

Luz Acaso resulta, al final de todo, ser una hetaira, por nombre artístico Fina. Comenta que es curioso haberse puesto tal nombre porque “en mi casa, cuando se quería decir de una mujer que era muy delicada, decían que era muy fina. Fulana es muy fina”. ¡Asombroso! ¿Dónde habrá recogido Millás esta perla del acervo popular que ennoblece la página 154?

Al hilo de esto, se hace un repaso a las páginas de contactos de los periódicos. En la página 157 uno de los anuncios promete “un viaje de la boca al culo, o del cielo al infierno del sexo”. ¿De dónde habrá tomado Millás estos anuncios prostibularios? Sin duda se los inventa; una prostituta nunca diría eso del cielo al infierno del sexo. Ellas tienen sentido literario y vergüenza redactora.

Escena de efectismo barato que resumo. El protagonista pone un anuncio ofreciendo sus servicios sexuales. Recibe, entre otras, una respuesta, invitándole a llamar a un número de teléfono móvil si necesita una razón para vivir. El protagonista, intrigado, llama y le responde una niña de doce años paralítica. Además de lo, ya digo, efectista y lacrimógeno del tema, ¿a santo de qué viene aquí? ¿Qué tiene que ver con la historia? Nada, pero seguramente era una columna que le sobraba a Millás y que ha aprovechado para incluir aquí, de tan forzada forma que no puede evitar se noten las costuras, parches y grapas que ha usado para encajarla “a cholón”.

Y a raíz de esto una reflexión sobre los teléfonos móviles, patrocinada por Vodafone. De la página 159 a la 161 se dice lo siguiente (frases escogidas de otras por un estilo): “Comprendí que los teléfonos móviles tejían sobre el universo una red de ansiedad que se superponía a la de la telefonía fija”. Nos dice Millas que hay gente que compra un móvil y no le da el número a nadie porque los compran para “recibir una llamada de Dios. Los llevan siempre encima por si algún ser de otra dimensión decide telefonearles”. “Comprendí que el móvil era indistintamente un falo o un clítoris”.

Como en críticas anteriores, hago constar aquí el nombre de los componentes del jurado que, según se nos indica en la primera página, concedieron “por unanimidad” el premio Primavera 2002 a este armatoste. Aquí quedan para que sean objeto de chufla en tiempos futuros y esperemos que mejores para nuestras letras. Sus nombres son: Angel Basanta, Antonio Soler, Ramón Pernas, Rafael González Cortes y Ana María Matute (¡Ana María, con lo que tú has sido!)

Capítulo dedicado a la tuertiadicta. Comienza en la página 167. La chica habla sobre las cualidades lírico-literarias del lumbago y sobre su otro tema predilecto: la región lumbar. Dice la zocatómana: “¿Nunca te has imaginado la región lumbar como un territorio mítico, a la manera del Macondo de García Márquez o del Yonapatawpha de Faulkner (...) Imagínate este principio para un relato: Cuando los enviados del dolor atravesaban la región lumbar, se desató una tormenta eléctrica en la cresta ilíaca”. El personaje a quien la chica suelta esto que me he quedado sin adjetivos con que calificar dice que “empecé a considerar la posibilidad de que se tratara de un genio. La verdad es que suena bien —dije, al fin, entregado a la lógica literaria de aquellas dos mujeres”.

Paso de página, no del todo repuesto de la indignación todavía. Me encuentro con que la chica “se había hecho dibujar sobre la piel, a todo color, un pequeño paisaje vacío, sin otra línea que la del horizonte. En su sencillez, era sobrecogedor”. Un paisaje vacío sin otra línea que la del horizonte es una raya, Millás. A todo el color que quieras, pero una raya.

En la página 171: “La erección comenzó a ceder y de sus cenizas brotó de nuevo mi instinto periodístico”. Ignoraba yo que sólo se pudiera ejercer de periodista en momentos pichilánguidos y cenicientos. Habré de repasar el “Libro de estilo” de “El País”.

Página 172: Nos explica por qué eligió el título de “Dos mujeres en Praga” y por qué es buenísimo.

En la página 177 comienza otro capítulo. Lo ocupa todo él una “Carta a la madre”, otro saldo de temporada que aquí nos incluye Millás. Comienza dicho cuento con la exhaustiva descripción de una entrevista entre una de las reproducciones de Millás y su editor. 170 renglones de vanidad desbordada en los que Millás nos informa de que “es un escritor sólido, traducido a siete lenguas” que si  es “un buen escritor es por miedo a decepcionar a mis críticos”, que si se “encuentra trabajando en una obra maestra”... 170 renglones, más de 6 páginas, dedicadas a su ego, y que no son más que la introducción a una auténtica hagiografía de sí mismo. Véase, si no, como sigue el relato a partir de la página 184:

20 renglones contando cómo le van a pagar el texto.

25 renglones contando lo que le costaba empezar, sus sufrimientos ante el folio el blanco.

59 renglones contando cómo el editor hizo por convencerle de que no abandonara, sabiendo que al final le saldría un artículo muy bueno.

Unos cuantos renglones más sobre, otra vez, sus sufrimientos ante el folio en blanco.

No es hasta la página 188, a las diez de haber empezado el cuento, que por fin entra en el tema de la madre. Comienza diciendo que, madre, “te tengo en fotos y en película archivada dentro de mi cabeza”. Poco lírico, ciertamente.

Narra un complejo de Edipo bastante tópico para concluir que “deseé ser adoptado (...), pues si era adoptado podía disfrutar sin culpa de aquellas experiencias delictivas”. “Pecaminosas” querría decir.

Apareció en la 107, la 113, la 149... y aquella única escena, ni siquiera eso, frase presentable de todo el libro vuelve a aparecer ahora, en la página 192, por si no la habíamos sabido captar.

Nos cuenta luego qué hizo con las cenizas de su madre. Se ha aprendido la palabra “columbario” y la repite lo menos veinte veces.

Página 195: En el crematorio había “un ambiente de enorme friolencia, si pudiera decirse de este modo, que supongo que no”. Pues supones bien.

En la página siguiente: “Me subí las solapas de la chaqueta, pues no tengo abrigo, nunca lo tuve, madre, pese a la importancia social que tú le dabas a esa prenda”. En su innata rebeldía contra las normas sociales, mucho nos tememos que este hombre acabe muriendo de una pulmonía.

En la página 197 echa abajo la lápida de la madre. Una escena que pudiera resultar trágica o patética acaba decantándose sin querer, por el lado ridículo. “Me dañé con la precipitación un dedo, el más pequeño de la mano derecha (se llama meñique, Millás), en el que me ha quedado un dolor recurrente, un estribillo, de ese modo lo llamo, pues vuelve con la misma periodicidad que un ritornelo en un poema. Y así como de algunas canciones decimos a veces que sólo nos sabemos su estribillo, yo podría decir que de mi mano derecha sólo me sé ese dolor rutinario que se repite desde entonces entre estrofa y estrofa de la vida”. Si algo admiro de los escritores españoles actuales más premiados es la facilidad que tienen para tomar una tontería, abstraerse sobre ella y extraer un montón de frases.

Escapa con las cenizas de su madre bajo el brazo, como un jugador de rugby, y se mete en un taxi. “Por la radio del taxi estaban dando una receta de cocina y comprobé con desesperación que los jugos gástricos se ponían en danza” (página 199). Así es como Millás subraya lo trágico de la escena y la hora mediada del día.

“Ya en casa, coloqué la urna sobre la mesa de trabajo”... y nos vuelve a perorar sobre lo dura y lo sacrificada que es la condición de escritor. Casi cuatro páginas.

“Dos mujeres en Praga” puede servir como ejemplo definitorio de otro de los males actuales que asolan la novela, como es el excesivo ombliguismo de los escritores, el considerarse verdaderamente el centro del mundo, el pensar que sus sencillas correrías, sus paseos, sus sueños, sus digestiones pueden resultar interesantes. Baste decir que, de los cinco personajes de esta novela, tres son escritores (indistinguibles entre sí, pues de hecho son Millás en diferentes poses), otro es aspirante a serlo y el cuarto personaje va a un taller literario. Este engreimiento en que se han sumido los autores (por culpa, también, de quienes les aplauden indiscriminadamente), esta falta atroz y vergonzante de imaginación para figurarse, entender e intentar retratar fidedignamente a otros tipos humanos, este alejamiento suicida de la realidad social, no puede sino tener consecuencias fatales para la Literatura. Por culpa de estos vicios no denunciados, la novela lleva claro camino de enquistarse en un absurdo cogollito aristocrático, en un núcleo que acabe por desinteresarse de su alrededor, por despreciar a quienes no comparten su afición o su oficio, por estrechar el horizonte a cinco individuos que se encuentran en las editoriales, premios y reuniones y que comparten una visión chata y deformada.

Esta desconexión de la vida real, de lo que acontece en la rúa y, en el fondo, no les interesa, adquiere niveles estratosféricos cuando, Millás y otros escritores como él, pretenden ambientar alguna escena en los bajos fondos. En la página 202 de esta novela, el narrador se encuentra con una prostituta en la calle, a quien un tanto enigmáticamente y en voz baja asegura que va a pagar “con dinero negro”. ¿Se esperaría, tal vez, que le fuera a hacer un recibo con el IVA? Le cuenta luego a la prostituta, en la página 204, que a los escritores “la vida nos debe algo que a medida que pasa el tiempo tenemos menos esperanza de cobrar”. Y ¿qué le importará eso a la mujer, Millás? Vete a contárselo al Tribunal de Conciliación Laboral. Finalmente, el alter ego de Millás acude a comisaría a resolver unos papeles y descubre de pronto que en el bolsillo le queda aún, después de haber pagado a la prostituta, “un puñado de dinero negro. Si me registran, pensé, estoy perdido”. ¡Pero bueno, qué idea tendrá este hombre de lo que es el dinero negro!

Apuntar, por cierto, que el personaje de la prostituta del cuento está  inspirado en la que, allá al principio, visitó a Álvaro Abril y le provocó esas reacciones extrañas. Lo cual es una suerte, porque así Millás aprovecha para plagiarse a sí mismo y colarnos, entera y casi literal, la misma escena.

El capítulo siguiente empieza con una alabanza que un personaje le hace al escritor sobre “Carta a la madre”: “Me ha parecido conmovedora”, “he quedado asombrado por la mezcla que había en ella entre realidad y ficción”. Es la primera de otras muchas felicitaciones que vienen luego.

La tuertófila, tras un largo discurso, convence al exitoso clon de Millás sobre la conveniencia de guiñar un ojo. El otro al fin, en la página 213, lo guiña y “sentí que todas las grietas de mi vida que yo había ido taponando desesperadamente con harapos de realidad, como se tapa una herida de combate, se vaciaban para llenarse ahora de jirones de irrealidad, y comprendí lo imaginario que sería todo”. Luego se imagina lo que sería follar con el ojo guiñado y un brazo a la espalda. Al final, se aleja por las calles con el ojo guiñado. Menos mal que, según nos confiesa hacia el final de la novela, “dormí con los dos ojos cerrados”.

Vuelve Millás, en la página 214, sobre lo del acuario en el salón como comienzo de novela y dice que es una broma que usa “para desconcertar a la gente que se toma la literatura muy en serio”. Vamos a ver, Millás, la Literatura siempre es seria. Seriedad en el sentido de pensada, de trabajada, de corregida; seriedad en el sentido de tener un objetivo, un fin, una propuesta. La literatura debe ser seria, pero puede ser asimismo divertida, chistosa, ocurrente, desternillante, gamberra, trágica también, lacrimógena, formal... Lo que querías decir, seguramente, es que la literatura no puede ser seria en el sentido de engolada, afectada, pomposa, artificial, aburrida e impostadamente solemne. Estamos de acuerdo contigo, y por ello mismo te preguntamos ¿qué haces tú denunciando falsas seriedades cuando eres el primero que nos llevas dando la brasa doscientas páginas con las dimensiones literarias, líricas y hasta filosóficas de la región lumbar y el lado izquierdo?

Y a propósito, las novelas pueden empezar como sea, quitando, naturalmente, ciertas frases que el sentido común reprueba pero que, aun así, se han utilizado en las últimas novelas españolas, como “yo iba todos los días al hiper”, “siempre me rasco el culo al levantarme de la siesta”, “llegó la hora de comprar el bonobús” y otras por un estilo. Lo que importa en último caso es el contenido.

Se aproxima el final. Luz Acaso está mala, “Me dio la noticia María José, desde su lado izquierdo”. Nuevos discursos sobre el zocatismo. Luz Acaso muere. El protagonista echa la culpa de que no sepa mucho inglés al lado derecho de su cuerpo. Dice otro de las reproducciones de Millás que “tiene una facilidad increíble para no escribir”. El engrudo se convierte ya en una masa cementera. Al fin, van todos al Registro de Últimas Voluntades y se reparten las pertenencias de la difunta. El libro acaba en la página 230.

 

 ©Clandestino Menéndez 2003

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