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"DOS
MUJERES EN BABIA"
(Crítica
acompasada de la novela “Dos mujeres
en Praga”, de Juan José Millás.
Premio Primavera 2002)
por
©Clandestino
Menéndez
Entrega
I y Entrega II (final)
“Dos
mujeres en Praga” se abre con un
negocio denominado Talleres Literarios
donde, al parecer, redactan biografías
por encargo. A este taller acude una
mujer, de nombre Luz Acaso, quien
enseguida suelta que se ha quedado
viuda, al tiempo que se echa a llorar
(página
9) “para sorpresa de Álvaro
Abril” (el protagonista y encargado
del negocio). No sabemos de qué se
sorprende el hombre; debería, como
todos los lectores, estar
familiarizado con el topicazo: viuda
reciente = mujer que llora de forma
constante enjugándose las lágrimas
por debajo del velo con un pañuelito.
Para
consolarla, dicho Álvaro Abril
(protagonista y es de sospechar que
alter ego en buena medida de Millás)
procede a revelarle a la mujer un
secreto. Dice: “yo no estoy seguro
de que las cosas sucedan unas detrás
de otras. Con frecuencia suceden antes
las que en el orden cronológico
aparecen después”. Con lo cual la
mujer queda boquiabierta y el lector
no menos, pensando que, acaso, quizás,
sería conveniente poner algún
ejemplo de estos hechos que suceden
antes aunque ocurran después. Porque
cuando uno rompe de este modo todas
las reglas espacio-temporales y hace
trizas las leyes del universo conocido
siempre es recomendable explicarse un
poco.
En
realidad, sospecho que Millás quería
decir lo que, en su día, afirmó
Proust, que “la memoria no nos
presenta por lo general los recuerdos
en su sucesión cronológica, sino
como un reflejo donde está alterado
el orden de las partes”. Pero tal
vez por las prisas o tal vez por los
nervios, Millás no especifica que se
refiere a la memoria y, como puede
apreciarse, el atentado contra la lógica
es cataclísmico.
Convencida
la viuda, sin embargo, de que su
biografía queda en las manos más artísticas,
marcha luego a su casa. Al ir a coger
el coche, en la página
11, se encuentra a una mujer
“con un parche en el ojo derecho”
y pinta extraña que le pregunta si va
hacia cierta calle. “Sí / ¿Y me
puedes llevar? / Sube” es el diálogo
entre estas dos mujeres. Un
comportamiento solidario y
“buenrollista” totalmente inverosímil
en una gran ciudad como Madrid, o como
otra cualquiera en que existan
delincuentes y ciudadanos temerosos.
“La
tuerta subió echando pestes del frío”.
Este es, más o menos, el nivel
literario general de lo hasta aquí leído.
En
el coche entablan conversación y la
ojivirola se presenta como aspirante a
escritora, que está “preparando una
cosa sobre el lumbago” (pág.
13). Éste de “cosa” es, por
cierto, sustantivo de altísimo nivel
muy querido por Millás. Pero sigo.
“Yo tengo lumbago, dijo Luz
Acaso”, y a consecuencia de ello, en
la página
14, se instala entre las dos
mujeres “una paz palpable, casi una
oleada de dicha”. Todo lo contrario
a la conmoción cerebral que le ha
producido al crítico leer semejante
alcachofada lumbálgico-mística.
El
capítulo siguiente, página
15, comienza con una descripción
del piso de la viuda, pero de una
forma tan sosa, tan desganada, tan por
mero trámite y con tan poca gracia
que más que una descripción parece,
en todos los sentidos, una acotación
teatral: “un pequeño salón por el
que se accedía a dos habitaciones
cuyas puertas, una al lado de la otra,
permanecían cerradas...”
Acomodadas
ambas mujeres, llega el momento de
presentarnos a la tuertolari. Millás
emplea para ello siete páginas, de
la 16 a la 23, que bien merece la
pena analizar en conjunto como muestra
del modo en que NO
debe construirse un personaje y como
paradigma de todos los defectos que
hoy en día asolan a las figuras de
ficción, y que hacen imposible que
los lectores puedan sentirse
identificados con ellas, no digamos ya
admirarlas, odiarlas o compadecerlas.
En
primer lugar, el personaje de la joven
tuerta es absolutamente increíble, de
puro pánfilo. “¿Por qué quieres
escribir sobre el lumbago”, le
pregunta Luz Acaso. “Porque
(responde Vista Escasa) escuché la
palabra en el autobús y se me quedó
dentro de la cabeza”. Un personaje,
como el que nos pinta Millás, que
nunca antes de los veinte o
veinticinco años haya oído una
palabra de uso tan común como
“lumbago” es que, o no vive en
este mundo, o acaba de salir de una
incubadora. Otro escritor, en otra época,
de seguro que nos habría ocultado, o
disculpado, esta ignorancia suprema
que desvirtúa a un personaje, y lo
coloca en posición totalmente extraña
respecto a la realidad. El autor de
“Dos mujeres...”, sin embargo, se
solaza en este lamentable candor.
“No sabía qué podía ser, pero me
gustó tanto su sonido, lumbago,
lumbago, que en ese mismo instante
decidí escribir un reportaje, o quizás
un libro, sobre él”. Sobre
“ello” sería más bien, pero, en
todo caso, sirva de muestra del
pensamiento pueril y las motivaciones
parvularias que impulsan a los
personajes bestselleros.
Un
simplismo, además, contagioso, del
que parecen participar todos los
personajes de la novela. Porque éste
es el diálogo que, en un determinado
momento, se traen la viuda y la tuerta
a propósito del sustantivo
“lumbago”. La muchacha de retina
solitaria deduce que tamaña fascinación
como este vocablo le ha producido
proviene del hecho de que, en su niñez,
tuviera un ojo vago. “Imagínate
(...), lumbago escrito de este modo: l´um
bago. Seguro que l´um bago significa
ojo vago en algún idioma”. “En
catalán, quizás”, sugiere Luz
Acaso. “O en rumano”, replica la
tuerta.
Todas
estas dudas polígloto-oculares acaban
con una digresión en la que ambas
mujeres (como portavoces del autor)
apoyan a la gente que padece, o ha
padecido, de ojo vago. Como dicta el código
deontológico de Prisa: “cualquier
ocasión es buena para mostrarse
solidario”.
En
segundo lugar, sobre ser lerda, la
muchacha tiene mucho de menguada.
Porque si de pocas luces es
maravillarse ante tan vulgar y
cotidiana cosa como la palabra
“lumbago”, mucho más lo es
quedarse, como la muchacha, totalmente
bobiloca al oír hablar de la cresta
ilíaca. “Fíjate (dice en la página
18) tener dentro del cuerpo una
cosa llamada cresta ilíaca”. Y ya
no digo perder el sentido (común y
del ridículo) al escuchar la expresión
“región lumbar”. Una expresión
sobre la que, para colmo, la muchacha
se apresura a derramar lírica
cebollina: “Región lumbar: suena,
si te fijas, como el nombre de una
geografía mítica (...) Una región
desconocida en la que sopla el dolor
en lugar de soplar el viento”.
Y
ya, por último, aparte de simplícisima,
el personaje de la tuerta es absurdo y
grotesco desde el punto de vista
literario. Porque resulta que no es
tuerta, sino que se lo hace. “Pensé
que había vivido apoyándome
demasiado en el lado derecho,
[entonces] ideé el siguiente plan: me
taparía el ojo derecho con un parche
e inmovilizaría la pierna y el brazo
de ese lado forzándome a hacerlo todo
con la mano izquierda”. Ojilasca y
cojitranca, la muchacha
pretende de este modo llegar a
escribir una buena novela. “Se
trataba, por decirlo así, de escribir
un texto zurdo, pensado de arriba
abajo con el lado de mi cuerpo que
permanece sin colonizar”. Aparte de
lo desmayado del estilo, con
expresiones como pensar un texto “de
arriba abajo” en lugar de “de
principio a fin”, o términos tan
inadecuados como “colonizar”, el
simbolismo de este comportamiento
hemipléjico resulta demasiado obvio
para ser literario. Demasiado evidente
para ser atractivo. Demasiado
elemental para ser inteligente.
Además
de todo ello, existe otro grave
defecto, que es pretender hacerlo
real. Un escritor, por ejemplo, como
Italo Calvino, en “El vizconde
demediado”, cuenta la
historia de un hombre al que una bala
de cañón partió en dos, escindiendo
su parte buena de su parte mala. Se
trata, indudablemente, de una novela
simbólica y en aras de ello el autor
puede (y debe) prescindir de la
verosimilitud última del personaje.
Nunca se le habría ocurrido a Calvino
describir cómo se las apañaba su
personaje para comer, si sólo tenía
medio estómago, o cómo para orinar
con media vejiga, o cómo para... Únicamente
los lectores más simples y
superficiales le pedirían cuenta de
esto, el resto entiende hallarse ante
una licencia literaria. En “Dos
mujeres...”, sin embargo, el
comportamiento absurdo y evidentemente
simbólico de un personaje, en el
colmo de la desconfianza hacia las
capacidades del lector y del nulo
dominio de la sugerencia literaria...
¡se nos detalla exhaustivamente! ¡Está
contado en serio! ¡Millas utiliza
toda una página para detallarnos los
“problemas tácticos” que tuvo que
resolver la mujer “para volverme
zurda de repente sin llamar la atención
de mis padres”! ¡Decenas de
renglones para detallarnos cómo
solventó las dificultades a la hora
de lavarse los dientes, abrocharse la
blusa, untar de mantequilla las
tostadas, masticar por el lado
izquierdo...!
Ello
se debe seguramente a que este
comportamiento de la chica tiene otro
fin, mucho más importante que el simbólico.
Es tan sólo la excusa para que el
escritor pueda, al hilo de ello,
expresar su solidaridad con los
lectores zurdos. “Me fascináis los
zurdos, de verdad”, dice la chica,
“porque tenéis que aprender a vivir
en un mundo hecho por diestros”, y a
continuación cita varios ejemplos de
artículos de la vida cotidiana que
suponen un obstáculo para los
zocatos... ¡Y no da ni una! Es increíble.
Cito: “los interruptores de la luz,
las manillas de las puertas, los
cajones de las mesas, los grifos de
los lavabos...” (los puntos
suspensivos son de Millás, al que no
se le ocurrían más cosas). Nada de
esto, en verdad, tiene importancia,
pero es sólo un ejemplo de adónde
lleva escribir a lo transilvano y
solidario. Porque los tiradores de los
cajones, generalmente, suelen estar en
el centro; respecto a los grifos es
cierto que los zurdos pueden tener
alguna desventaja a la hora de abrir
el agua fría, pero se ve compensada
con la facilidad que tienen sobre los
diestros para dar paso al agua
caliente, y, por último, aun
suponiendo que al ir a entrar en una
habitación TODOS
los interruptores de la luz y pomos de
puertas del mundo se hallen a la
derecha... dime, lector ubicuo, ¿dónde
estarán esos mismos interruptores y
pomos a la hora de salir?
Pero,
como he dicho, no importa, porque lo
que quería Millás era concluir con
que “cada uno de los movimientos de
un zurdo constituye una pincelada de
una obra de arte”, que es una frase
que le hará caer bien ante un montón
de lectores zocatos, y que le dará un
matiz de apoyo a las minorías y
rebeldía contra lo establecido muy
interesante y comercial. El crítico,
que tiene los pies cavos, confía en
que, a lo largo de la novela, se le
dedique también el pertinente
capitulito.
Entrega
II
y Ffinal
Todo
el largo diálogo entre las dos
mujeres concluye, al fin, con este
hondo juramento de la tuertizurda.
Resulta que, además de todo lo dicho,
es pescadera, y como ella misma indica
en la página
23: “no puedes ser pescadera y
escribir novelas fantásticas, ¿comprendes?”.
De ahí pues su solemne juramento:
“juré que sería una escritora
zurda y realista”, que pronunció
suponemos que exaltada y alzando en la
mano un congrio.
Cambiamos
de escenario. En la página
25 Álvaro Abril va a una fiesta
en casa de su editor. “Nunca le
apetecía ir, pero siempre iba por
miedo a quedarse fuera”. Antes de
que lo diga él, vaya desde aquí la
solidaridad del crítico para con los
escritores famosos, sufridores del
petardeo y el canapeismo. A continuación,
y durante dos largas páginas, se nos
cuenta cómo Alvaro Abril
(personificación de Millas) se pasea
por la fiesta, recogiendo elogios por
su última novela y, en general, por
su talento de escritor. Sigue una
apasionante charla con su agente, a
quien se le ha muerto un hamster, y en
mitad de ella se desliza (o más bien
se empotra) la siguiente frase, con la
que el insigne Juanjo pretende
enmendar la plana nada menos a François
Mauriac: “La literatura del siglo
XXI será literatura industrial o no
será. Es curioso que mientras el
resto de la realidad se encuentra en
la era posindustrial, la literatura
apenas acaba de entrar en el mercado.
Vamos con cien años de retraso, pero
nunca es tarde”.
Aquí
un inciso. En opinión del Círculo de
Fuencarral, ningún artista convencido
de la originalidad y valía de su obra
puede abogar por la intromisión de la
industria en el Arte, mucho menos
suspirar ansioso e impaciente por su
llegada, como aquí hace Millás.
Porque juzgar las obras artísticas
desde una óptica industrial supone
arrinconar todo criterio relativo a
esfuerzo, calidad, belleza o
virtuosismo. Lo que cuenta para la
industria es, exclusiva y
prosaicamente, la rentabilidad, es
decir, una fabricación rápida, una
venta pronta y un público amplio, que
no selecto. En las categorías artísticas
que propugna la industria, basadas sólo
en términos comerciales, el Aserejé,
por ejemplo, es infinitamente más
valioso que cualquier obra de Falla,
por la sencilla razón de que se vende
más. Por ello, nadie que crea en el
Arte o en el valor de la Literatura
puede estar a favor de dejarla
completamente en manos del comercio,
de entregarla a un albur que, la mayoría
de las veces, depende de modas,
rachas, temporadas, políticas de
stock, circunstancias por completo
ajenas a la calidad de la obra. Esto
pensamos en el Círculo de Fuencarral
de los auténticos artistas; los
feriantes que han encontrado buen
lugar en la plaza lógico es que
defiendan a gritos la baratija y
ensalcen el granel, los personajes
tuertos y las ideas mancas, el
simbolismo obvio, superficial e
inofensivo.
Página 37: Álvaro Abril llega a su
casa después del sarao literario y
decide contratar los servicios de una
prostituta. Ve un anuncio que reza:
“Viuda madura, domicilio y hotel”.
Llama y, al oír que le responden:
“Hola, cariño” nos aclara el
autor (en clara hecatombe cacofónica
producto de la sorpresa): “no
esperaba esa desenvoltura de una viuda
madura”. Hay veces que estos
novelistas nuestros son tan cándidos,
pazguatos e infantiles que causan lástima.
Mientras
espera la llegada de la prostituta,
durante las páginas
39 y 40, y a causa seguramente de
la emoción, al protagonista le pasan
cosas raras como traspasar dimensiones
ajenas, flotar en instancias
paralelas, percibir opacidades
misteriosas y otras joyas por el
estilo que desde aquí recomiendo a
los sadomasoquistas del verbo.
Individuos con un mínimo de
sensibilidad, abstenerse.
Llega,
al fin, la prostituta y el
protagonista, poco a poco, va
recobrando la normalidad, hasta que,
en la página
43, “la voz comenzó a salir del
interior de su propio cuerpo, como era
habitual”. Justamente: habitual. En
las fiestas y grandes ocasiones
muchos, como yo, para variar y que no
nos salga siempre la voz de dentro
acostumbramos a comunicarnos a través
de una médium.
Al
fin recobra el aplomo y en la página
44 suelta a la mujer esta
pregunta, dechado de perspicacia: “Tú
no eres viuda, ¿verdad?”
La
prostituta le pregunta entonces que a
qué se dedica. “Soy escritor
—dijo Álvaro, e inexplicablemente
se le saltaron las lágrimas”. Será
porque hasta a él mismo le causa
espanto tan alegre afirmación, pero
no, Álvaro llora, confiesa, porque a
los escritores “la vida nos debe
algo que no nos da”. Millás
aprovecha el trance, como se ve, para
pedir el pronto pago de sus derechos
de autor.
Página 49: Luz Acaso comienza a
narrarle su vida al biógrafo. Resulta
que, en realidad, no es viuda, pero
poco importa porque “mi temperamento
es el de una mujer que ha perdido a su
marido”.
¿Y cómo es el temperamento
viuderil?, se preguntará el lector.
Millás pone un ejemplo significativo
en la página
50: la mujer arregla un enchufe
que estaba estropeado y “entonces,
lejos de alegrarme, sentí una
tristeza enorme y me eché a
llorar”. Sería la viuda de un
electricista.
En
todo este capítulo, hasta la página
56, Luz Acaso cuenta sus fantasías
de viudedad. Son fantasías, advierte,
pero describe el velorio de un modo
tan exacto que cualquiera que no sea
personaje de esta novela puede deducir
que ahí hay trampa.
Página 57: Luz Acaso sale de Talleres
Literarios S.A. y, al montar en el
coche, “vio cruzar por delante de
ella a una mujer con bolsas que sin
duda se dirigiría a un sitio
misterioso. Quizá a una cocina.
Descubrió de súbito que las cocinas
eran lugares raros, capaces de
provocar acontecimientos en las
cabezas de quienes entraban en
ellas”. No, lector, no hay contexto,
el párrafo debe analizarse en crudo.
Y es entonces cuando surgen las
siguientes, e imprescindibles,
preguntas: ¿Por qué deducir que la
mujer “sin duda” se dirige a un
“sitio misterioso”? ¿Cómo es eso
que “descubrió de súbito que las
cocinas eran lugares raros”? ¿Raros
respecto a qué? ¿Y si “eran”
significa pues que ya no lo son? ¿Qué
quiere decir exactamente “provocar
acontecimientos en las cabezas de
quienes entran”? ¿Que se te caiga
una sartén en el occipucio al abrir
un armarito, o darte con el frontal
contra el extractor puede considerarse
acontecimiento? Y, sobre todo, ¿a qué
viene tanto asombro por ver a una
mujer portando unas bolsas del Día o
del Ahorramás? Como verá el lector,
lo mejor de la literatura bestsellera
hodierna es que le obliga a uno a
plantearse un montón de preguntas.
Para que luego digan.
Página 59: “Había cerca de la casa
de Luz un solar en el que siempre
encontraba sitio para aparcar el
coche, aunque ella solía pasar
primero por delante de su portal, por
si aparecía un hueco”. Estas cosas
siempre es bueno aclararlas dentro de
una novela.
De
las páginas 65 a la 70 el clima de
reflexión, que Millás ha ido
llevando in
crescendo con agudas observaciones
como las anteriores sobre cocinas y
parkings, se apodera de la novela y el
autor se entrega entonces,
abiertamente, a la filosofía, con
consideraciones del siguiente tenor:
“Pensé (...) que cada uno de
nosotros lleva dentro un lo que no, es
decir, algo que no le ha sucedido y
que sin embargo tiene más peso en su
vida que lo que sí, que lo que le ha
ocurrido. Es posible que haya personas
en las que misteriosamente se cumpla
lo que no y deje de cumplirse lo que sí,
pero no tengo ningún caso documentado
de lo que, de existir, sería una
aberración pavorosa”. Aparte de la
endeblez, pesadez y chorrez de este
pensamiento que da vueltas sobre la
nada y sobre lo obvio (pues ¡evidentemente!
que tiene tanto o más peso lo que no
ha sucedido que lo que sí. ¿Qué
influye más en un preso, por ejemplo?
¿Estar entre rejas o NO
tener libertad? ¿O qué puede dolerle
más a un escritor malo que NO haber sido
bueno?
¿O a un enfermo que NO poder
hacer vida normal? ¿O a un pobre que NO
llevar vida de rico?... Los deseos
frustrados, Millás, son materia
demasiado cotidiana para venir a
filosofar ahora sobre ello, tanto más
cuando parece que se te ha ocurrido así,
de pronto, en un rapto de iluminación)
aparte, como decía, de esta hez filosófica,
el pensamiento para colmo está muy
mal escrito, porque si “es
posible”, como el autor dice, que lo
que “no” sea lo que “sí”, ¿a
qué tanto empavorizarse y llevarse
las manos a la cabeza aberracionado?
Por otra parte, que se cumpla lo que
“no” y deje de cumplirse lo que
“sí” es algo que sucede cada
segundo de cada día orbi
et orbe: un estudiante sueña con
que le aprueben, porque NO
lo está, y entonces le aprueban y SÍ
lo está; uno aspira a la vida de
casado porque NO lo está, y
entonces va y se casa y ya pues SÍ
lo está.... Perdone el lector el tono
tan infantil, pero es que,
ciertamente, estas filosofías no dan
para más, ni tienen desde luego nada
de la “misteriosidad” que, entre
humo verde de pega, quiere darles el
autor, ni hacen falta “casos
documentados” como Millás demanda,
cual si estuviera investigando
apariciones de ovnis.
Todo
este pensamiento blanduzco y brie
viene a caso de un amigo del narrador
que no tenía hijos pero, frustrado el
hombre, hacía como si los tuviera.
Dicho comportamiento pudiera ser verosímil
hasta que, al final de la página
67, esta frase: “cada vez que yo
llevaba a vacunar a mi hija, él
llevaba a no vacunar a sus hijos” lo
reduce al absurdo más completo.
A
partir de la página
70, Millás comienza a ponerse
extraordinariamente pesado con sus
elucubraciones sobre verdad y mentira,
y vidas reales e inventadas (creo que
va por ahí el tema), el sí y el no,
el yin y el yan. Dice: “Álvaro
Abril (...) había fantaseado con esa
posibilidad [la de ser hijo adoptivo
de su biografiada], a la que ahora tenía
que añadir la de no serlo, o quizá
la de serlo y no serlo simultáneamente”.
En
la página 72 uno de los personajes
experimenta “un daño remoto, como
ese daño infantil que procede de lo más
hondo del pasillo y sabes que te está
destinado”. ¿Lo más hondo del
pasillo? ¿Y qué pasa con la gente
que vive en un apartamento? ¿No tiene
también derecho a sentir ese daño?
Otro descubre su cuerpo “como se
descubre una ciudad extranjera en la
que sin embargo tienes la impresión
de haber estado alguna vez”. A mí
me pasó eso en Cáceres, así que
imagino que no vale y que todavía
tengo mi cuerpo por descubrir.
Página 74: De pronto, Millás parece
plantear a los lectores de Bobelia y
oyentes de la Ser esta pregunta: ¿Por
qué se puede empezar una novela
diciendo “yo tenía una casa en África”
y no “yo tenía un acuario en el salón”?
El acuario que tenían mis padres en
el salón era para mí tan importante
como la casa que tenía en África
Isaac Dinesen”. Como muchos lectores
habrán advertido, se trata,
evidentemente, no de Isaac, sino de
Isak Dinesen y lo que esta mujer dice
que tiene al principio de “Memorias
de África” es una granja, no una
casa, como buena escritora que, al
contrario que Millás, busca emplear
en todo tiempo la palabra más
adecuada y sugerente. La respuesta a
esta pregunta nos la dará el autor más
adelante. Lo cierto es que después de
lo de la conexión Bulgari y estas
aportaciones autóctonas ibéricas, a
la novelística del futuro sólo le va
a faltar añadir un “rasca y
gana”.
Una
apasionante historia comienza a partir
de la página
77. En una firma de libros alguien
dice al narrador (alter ego de Millás)
que su padre (el del admirador) se
parece a él. ¡En mala hora hablara
este admirante! Millás, alertadas sus
neuronas, comienza entonces, por medio
de su personaje, a imaginarse
multitud, infinidad, tropel de
posibilidades. Por ejemplo:
“supongamos, me dije, que ese hombre
y yo fuéramos realmente hermanos
gemelos y que nuestros padres nos
hubieran separado al entregarnos en
adopción a dos familias distintas”.
Y así un buen rato Al final,
confiesa, “empecé a sugestionarme
con la posibilidad de ser el gemelo de
otro”. A consecuencia de ello va a
espiar a su sosias y es entonces
cuando el lector tiene que aguantar
cuatro paginas, nada menos, en las que
el narrador (personificación de
Millas), con la excusa de la espía,
nos describe su rostro, sus hábitos
cotidianos, sus gustos en materia de
vestimenta, sus costumbres culinarias,
en fin, se hace un completo inventario
y se da un cumplido homenaje para
llegar al fin a la conclusión de que
no, no es su gemelo. ¡Pues ya podía
haberlo advertido a primera vista,
para descanso y solaz del lector!
Tamaña
experiencia le mueve a escribir un
relato, “Nadie”, que intercala a
partir de la página 81. “Nadie” tiene como
protagonista, cómo no, a un escritor
alter ego de Millás (ya van tres en
la novela). Tan alter ego es éste
que, en el momento de comenzar la
historia, anda escribiendo “una
novela mediocre, sentimental, que quizá
podría producir beneficios, aunque no
sin un coste de imagen para su catálogo”.
Ésta, sin ir más lejos,
“Dos mujeres...”, si no fuera
porque: 1) llamarla mediocre es
excesivo; 2) llamarla novela es
excesivo; 3) decir que perjudicará el
resto de su obra (da dentera decir catálogo)
es falso, porque si el resto de la
obra es como esta novela no hay nada
que perjudicar.
En
esta misma página: “Lo había
calculado todo con la precisión de
los presupuestos anuales”. Prosa de
cajero de la Caixa. “Recordó
entonces, mientras partía en rodajas
un tomate...” Pensamiento hortifrutícola.
Éste,
como las otras reproducciones de Millás
y los demás personajes del libro,
también “empezó a obsesionarse”,
en su caso a partir de la página
84. Millás confunde, como otros
novelistas españoles bestselleros, el
construir personajes con profundidad
psicológica o humana con crear tipos
desquiciados y obsesos.
En
la página 85 el nuevo protagonista se ve
afectado por “una caída del ánimo
que se anunció con un sudor
disolutivo”. ¡Sudor disolutivo!
Esto sí que es un fenómeno
paranormal con el que asombrarse y
aterrarse y despavorecerse, y no una
mujer con bolsas que viene de la
compra. Sin embargo, ni una línea.
Una
mujer le llama por teléfono en la página
87. “Rodó (el nuevo trasunto
millaciense) se preguntó desde dónde
llamaría. Desde Madrid
probablemente”. ¿Por qué
probablemente, Millás? ¿Sonaba al
fondo un chotis? “Cuando empezó a
amanecer, llegó a la conclusión de
que no llamaba desde Madrid ni desde
Barcelona, sino desde el pasado”.
Eso se llama, creo, buzón de voz.
En
esta misma página 87: “llegó a la
editorial agotado, como un criminal
sin coartada”. ¿Qué tendrá que
ver, Millás, la criminalidad con el
cansancio?
Página 88: “A veces, Luis Rodó era
asaltado por la fantasía de que los
personajes de los libros que publicaba
salían del fondo de las páginas y
pedían también su porcentaje de
royalties”. A Unamuno, cuando en
novelas como “Niebla” se le
revelaban los personajes, le pedían
explicaciones sobre el desenlace de la
historia y sobre su actuación. Eso
era Literatura. A Juanjo Millás le
reclaman una participación en los
derechos. Eso es industria.
Rodó
tiene una cita con una mujer. En lo
que ésta se produce, aprovecha para
llenar varias, muchas páginas, con
reflexiones tan grandílocuas como
indescifrables. Valga como ejemplo,
entre muchos, esta frase (página
90): “Había algo excitante en
aquel encuentro que anudaba dos
segmentos de la existencia entre los
que quizás sólo había habido un paréntesis
de tiempo”.
“No
hay nada aquí, ni siquiera un folletín,
un argumento de novela barata”. Esto
dice el mismo autor en la página
93 y yo me arrogo el derecho de
usar la frase para calificar con ella
toda esta novela, “Dos
mujeres...”.
Página 95: “Lloraba con idéntica
resignación con la que se producen
algunos acontecimientos atmosféricos”.
No vale decir algunos, Millás, hay
que poner ejemplos de acontecimientos
(¿no será más bien fenómenos?)
atmosféricos que se “producen con
resignación”. ¿El granizo tal vez?
¿La ventisca? ¿Los vientos
huracanados de componente norte?
Página 98: “El cuento terminaba
exactamente en este punto”. Se
refiere al cuento intercalado
“Nadie”, cuyo argumento no voy a
desvelar, salvo que es completamente
inverosímil. El autor nos insiste,
sin embargo, en que es un cuento
formidable. De hecho, las siguientes páginas
las dedica a hacer una ronda por
redacciones de periódicos,
editoriales, reuniones y casas de
amigos recolectando elogios.
El
que se supone que ha escrito el cuento
“Nadie” comienza ahora a hablarnos
de su hija que, aunque no lo es, él
la tiene por adoptiva, pero no lo
puede asegurar , y a la vez cree que
tiene un hijo ilegitimo por ahí... En
sólo una página, la 99,
se forma tal centrifugado de
embarazos, reales y ficticios,
adopciones, parecidos, hermandades,
padrinazgos, etcétera, que el crítico
considera seriamente la posibilidad de
llamar a los artificieros para que
desmonten este artilugio. Debe de ser
a esto a lo que se refieren en la
contraportada cuando dicen que el
lector “se introduce en una tela de
araña que, lentamente, van tejiendo
los protagonistas”. O aquella frase
de la promoción que decía que, en
esta novela, “se cruzan diferentes
laberintos”.
En
la página 101 el narrador recibe un
e-mail en el que Álvaro Abril se
apresura a decirle que “me gustó
Nadie, me gustó mucho Nadie”. Con
ello parece pedirle disculpas por no
haberse sumado a su debido tiempo al
paseíllo triunfal y a la aclamación
unánime. El narrador,
condescendientemente, acaba aceptando
sus excusas y perdonando la tardanza.
En
la página 104 vuelve la zurdimaniaca,
que había estado, al parecer,
recobrando fuerzas.
No está mal para un personaje
simbólico, ochenta páginas sin
aparecer. “No te puedes imaginar lo
misterioso que es ese lado [el
izquierdo]. Al principio temí que
estuviera hueco, y que al atravesar la
frontera entre el hemisferio derecho y
el izquierdo cayera en una especie de
vacío (...), pero por lo poco que he
podido ver, ese lado está lleno de
construcciones misteriosas y de una
vegetación desconocida”. Conociendo
ya el concepto un tanto amplio que el
autor tiene de lo “misterioso” y
lo “desconocido”, no es de extrañar
que la chica sea ignorada por el resto
de los personajes.
Cuando,
después de pamparrutadas como la
arriba transcrita y otras muchas, uno
ya ha perdido la esperanza de
encontrar en este libro el más mínimo
pensamiento, escena, frase o siquiera
adjetivación que merezca la pena, en
la página 107 se nos cuenta que Álvaro
Abril comenzó a sospechar que era
hijo adoptado cuando sorprendió a su
madre que decía por teléfono:
“Estoy arrepentida; ahora no volvería
a hacerlo”.
Pero ocurre que Millás no
tiene ni la menor idea de lo que es la
elipsis, la sugerencia, la medida, y
en lugar de confiar en el lector y
dejarle a solas con esa escena (una
aceptable después de cien páginas),
le insiste y le insiste y le vuelve a
insistir en ella, como los pesados de
bar cuando cuentan un chiste que tiene
gracia, hasta que acaba resultando
aborrecible.
El
padre de Álvaro Abril esta viviendo
con una mujer árabe. Y, ¿esto a qué
viene? Está claro, para que Millás
pueda introducir esta consideración
en la página
109: “Quizá el problema de la
torre de Babel no fue que aparecieran
diferentes lenguas, sino que la que
tenían se hizo más complicada
ofreciendo a sus usuarios la
posibilidad de dudar, de
contradecirse, de atribuir al otro el
miedo propio”. Después de dicho lo
cual el padre, la árabe y la torre de
Babel se pierden en el limbo de la
historia y no vuelven a aparecer. Por
cierto, quien emplea el término
“usuarios” para referirse a los
hablantes de una lengua es que tiene
alma de funcionario o de vendedor de
lavadoras.
No
he llevado la cuenta, ni tengo, por
supuesto, ganas de volver atrás, pero
juraría que van para trescientas
veces las que se ha empleado el término
“obsesión” y sus diferentes
derivados.
¿Se
acuerda el lector que le hable de la
única escena potable del libro, en la
página 107? Pues bien, en la página
113 Millás la vuelve a
reproducir, casi exactamente.
Ya
apunté que “Dos mujeres...” es, a
estas alturas, un auténtico lío
altisidoro de adopciones, viudedades,
orfandades y demás. Tanto así, que
el mismo autor necesita pararse a
recapitular en la página
115: “La situación real,
entonces [dice uno de los personajes],
es que soy su hijo y no soy su hijo
del mismo modo que ella es viuda y no
es viuda y casada, pero no casada”.
A lo cual le responde otro personaje:
“Tienes una buena novela ahí”. ¡Por
vida del licenciado Pascasio Gómez!
¡Hasta qué extremos y por qué
barrancos puede llegar a despeñarse
la literatura!!
La
página 117 marca, creo, justo la
mitad del libro. El auténtico
embrollo y desparrame en que se ha
convertido esto no anima, desde luego,
a continuar con la lectura. Pero en
vista de que le han concedido un
premio como el Primavera, me tomo un
gelocatil y continúo a la busca de
sus valores literarios. Me salto, eso
sí, y advierto, algunas páginas. Sería
inhumano pretender que me leyera todo.
En
la página 126 Millás se dispone a
expresar su solidaridad con las
mujeres que han sufrido extirpación
de ovarios, aunque no sé qué
opinaran éstas de que piense de ellas
que “están más huecas que un
mueble en un sótano”. Luego intenta
arreglarlo diciendo que, en fin, se
trata de “un agujero de dimensiones
cósmicas”.
Página 131:
A
Luz Acaso le están redactando su
biografía, como vimos, y cada vez
cuenta una historia distinta. Ora es
viuda, ora no, ora casada, ora
soltera... Los personajes de esta
novela despiertan inefablemente en el
lector unas ganas tremendas de
sacudirles de los hombros o arrojarles
un cubo de agua a la cara, para que se
desalelen.
Página 142: En esta página, uno de
los personajes dice que no se le
quitaba de la cabeza “la idea de que
quizá había tenido un hijo póstumo”.
Es para preocuparse, sí, el tener
hijos póstumos.
Aquella
única escena pasable del libro, que
señalamos en la página
107 y que se repitió en la
113... vuelve a aparecer en la 149.
El principal problema de Millás, ya
está claro, es su autocomplacencia,
su citarse a sí mismo, el volver
sobre sus pasos y decir las cosas otra
vez para que se vea lo bien que le han
quedado (ah, iluso). Él sabe que éste
es un libro de usar y arrinconar, que
los lectores no van a releerlo en su
vida y por ello, quizás, es que lo
dice todo al menos tres veces.
¡Y
sus frases pseudofilosóficas por
sorpresa! “No importa lo que
propongas, siempre hay alguien que no
quiere eso porque quiere otra cosa”.
Tan profundo aserto se halla en esta
misma página 149.
¡Y
sus reflexiones sobre la literatura,
impregnadas siempre de un egocentrismo
vergonzoso! Dice en
la página siguiente de uno de sus
tres clones que “tenía talento
narrativo y sabía que las situaciones
han de madurar, que no hay nada peor
en un relato (...) que la precipitación”.
Millás, si me dices que este libro,
“Dos mujeres...” es fruto no de
hacer una cosa rápida de 230 páginas
para ganar un premio que te han
ofrecido, sino el producto de una
larga y honda reflexión y una lenta
maduración, es para despertarte en
medio de la noche y hacerte un análisis
del nivel de hematocrito.
¡Y
esas frases estilo tipo duro para dárselas
de hombre vivido y donjuanesco! En la página siguiente, 151: “pertenecía
a esa clase de mujer que te mira con
una expresión interrogativa, de
manera que, si no llevas cuidado,
puedes caer en la tentación de
ofrecerle respuestas”.
Luz
Acaso resulta, al final de todo, ser
una hetaira, por nombre artístico
Fina. Comenta que es curioso haberse
puesto tal nombre porque “en mi
casa, cuando se quería decir de una
mujer que era muy delicada, decían
que era muy fina. Fulana es muy
fina”. ¡Asombroso! ¿Dónde habrá
recogido Millás esta perla del acervo
popular que ennoblece la página
154?
Al
hilo de esto, se hace un repaso a las
páginas de contactos de los periódicos.
En la página 157 uno de los anuncios
promete “un viaje de la boca al culo,
o del cielo al infierno del sexo”.
¿De dónde habrá tomado Millás
estos anuncios prostibularios? Sin
duda se los inventa; una prostituta
nunca diría eso del cielo al infierno
del sexo. Ellas tienen sentido
literario y vergüenza redactora.
Escena
de efectismo barato que resumo. El
protagonista pone un anuncio
ofreciendo sus servicios sexuales.
Recibe, entre otras, una respuesta,
invitándole a llamar a un número de
teléfono móvil si necesita una razón
para vivir. El protagonista,
intrigado, llama y le responde una niña
de doce años paralítica. Además de
lo, ya digo, efectista y lacrimógeno
del tema, ¿a santo de qué viene aquí?
¿Qué tiene que ver con la historia?
Nada, pero seguramente era una columna
que le sobraba a Millás y que ha
aprovechado para incluir aquí, de tan
forzada forma que no puede evitar se
noten las costuras, parches y grapas
que ha usado para encajarla “a cholón”.
Y
a raíz de esto una reflexión sobre
los teléfonos móviles, patrocinada
por Vodafone. De la página
159 a la 161 se dice lo siguiente
(frases escogidas de otras por un
estilo): “Comprendí que los teléfonos
móviles tejían sobre el universo una
red de ansiedad que se superponía a
la de la telefonía fija”. Nos dice
Millas que hay gente que compra un móvil
y no le da el número a nadie porque
los compran para “recibir una
llamada de Dios. Los llevan siempre
encima por si algún ser de otra
dimensión decide telefonearles”.
“Comprendí que el móvil era
indistintamente un falo o un clítoris”.
Como
en críticas anteriores, hago constar
aquí el nombre de los componentes del
jurado que, según se nos indica en la
primera página, concedieron “por
unanimidad” el premio Primavera 2002
a este armatoste. Aquí quedan para
que sean objeto de chufla en tiempos
futuros y esperemos que mejores para
nuestras letras. Sus nombres son:
Angel Basanta, Antonio Soler, Ramón
Pernas, Rafael González Cortes y Ana
María Matute (¡Ana María, con lo
que tú has sido!)
Capítulo
dedicado a la tuertiadicta. Comienza
en la página
167. La chica habla sobre las
cualidades lírico-literarias del
lumbago y sobre su otro tema
predilecto: la región lumbar. Dice la
zocatómana: “¿Nunca te has
imaginado la región lumbar como un
territorio mítico, a la manera del
Macondo de García Márquez o del
Yonapatawpha de Faulkner (...) Imagínate
este principio para un relato: Cuando
los enviados del dolor atravesaban la
región lumbar, se desató una
tormenta eléctrica en la cresta ilíaca”.
El personaje a quien la chica suelta
esto que me he quedado sin adjetivos
con que calificar dice que “empecé
a considerar la posibilidad de que se
tratara de un genio. La verdad es que
suena bien —dije, al fin, entregado
a la lógica literaria de aquellas dos
mujeres”.
Paso
de página, no del todo repuesto de la
indignación todavía. Me encuentro
con que la chica “se había hecho
dibujar sobre la piel, a todo color,
un pequeño paisaje vacío, sin otra línea
que la del horizonte. En su sencillez,
era sobrecogedor”. Un paisaje vacío
sin otra línea que la del horizonte
es una raya, Millás. A todo el color
que quieras, pero una raya.
En
la página 171: “La erección comenzó
a ceder y de sus cenizas brotó de
nuevo mi instinto periodístico”.
Ignoraba yo que sólo se pudiera
ejercer de periodista en momentos
pichilánguidos y cenicientos. Habré
de repasar el “Libro de estilo” de
“El País”.
Página 172: Nos explica por qué
eligió el título de “Dos mujeres
en Praga” y por qué es buenísimo.
En
la página 177 comienza otro capítulo.
Lo ocupa todo él una “Carta a la
madre”, otro saldo de temporada que
aquí nos incluye Millás. Comienza
dicho cuento con la exhaustiva
descripción de una entrevista entre
una de las reproducciones de Millás y
su editor. 170 renglones de vanidad
desbordada en los que Millás nos
informa de que “es un escritor sólido,
traducido a siete lenguas” que si
es “un buen escritor es por
miedo a decepcionar a mis críticos”,
que si se “encuentra trabajando en
una obra maestra”... 170 renglones,
más de 6 páginas, dedicadas a su
ego, y que no son más que la
introducción a una auténtica
hagiografía de sí mismo. Véase, si
no, como sigue el relato a partir de
la página
184:
20
renglones contando cómo le van a
pagar el texto.
25
renglones contando lo que le costaba
empezar, sus sufrimientos ante el
folio el blanco.
59
renglones contando cómo el editor
hizo por convencerle de que no
abandonara, sabiendo que al final le
saldría un artículo muy bueno.
Unos
cuantos renglones más sobre, otra
vez, sus sufrimientos ante el folio en
blanco.
No
es hasta la página
188, a las diez de haber empezado el
cuento, que por fin entra en el tema
de la madre. Comienza diciendo que,
madre, “te tengo en fotos y en película
archivada dentro de mi cabeza”. Poco
lírico, ciertamente.
Narra
un complejo de Edipo bastante tópico
para concluir que “deseé ser
adoptado (...), pues si era adoptado
podía disfrutar sin culpa de aquellas
experiencias delictivas”.
“Pecaminosas” querría decir.
Apareció
en la 107, la 113, la 149... y aquella
única escena, ni siquiera eso, frase
presentable de todo el libro vuelve a
aparecer ahora, en la página
192, por si no la habíamos sabido
captar.
Nos
cuenta luego qué hizo con las cenizas
de su madre. Se ha aprendido la
palabra “columbario” y la repite
lo menos veinte veces.
Página 195: En el crematorio había
“un ambiente de enorme friolencia,
si pudiera decirse de este modo, que
supongo que no”. Pues supones bien.
En la página siguiente: “Me subí
las solapas de la chaqueta, pues no
tengo abrigo, nunca lo tuve, madre,
pese a la importancia social que tú
le dabas a esa prenda”. En su innata
rebeldía contra las normas sociales,
mucho nos tememos que este hombre
acabe muriendo de una pulmonía.
En la página 197 echa abajo la lápida
de la madre. Una escena que pudiera
resultar trágica o patética acaba
decantándose sin querer, por el lado
ridículo. “Me dañé con la
precipitación un dedo, el más pequeño
de la mano derecha (se llama meñique,
Millás), en el que me ha quedado un
dolor recurrente, un estribillo, de
ese modo lo llamo, pues vuelve con la
misma periodicidad que un ritornelo en
un poema. Y así como de algunas
canciones decimos a veces que sólo
nos sabemos su estribillo, yo podría
decir que de mi mano derecha sólo me
sé ese dolor rutinario que se repite
desde entonces entre estrofa y estrofa
de la vida”. Si algo admiro de los
escritores españoles actuales más
premiados es la facilidad que tienen
para tomar una tontería, abstraerse
sobre ella y extraer un montón de
frases.
Escapa
con las cenizas de su madre bajo el
brazo, como un jugador de rugby, y se
mete en un taxi. “Por la radio del
taxi estaban dando una receta de
cocina y comprobé con desesperación
que los jugos gástricos se ponían en
danza” (página 199). Así es como Millás
subraya lo trágico de la escena y la
hora mediada del día.
“Ya
en casa, coloqué la urna sobre la
mesa de trabajo”... y nos vuelve a
perorar sobre lo dura y lo sacrificada
que es la condición de escritor. Casi
cuatro páginas.
“Dos
mujeres en Praga” puede servir como
ejemplo definitorio de otro de los
males actuales que asolan la novela,
como es el excesivo ombliguismo de los
escritores, el considerarse
verdaderamente el centro del mundo, el
pensar que sus sencillas correrías,
sus paseos, sus sueños, sus
digestiones pueden resultar
interesantes. Baste decir que, de los
cinco personajes de esta novela, tres
son escritores (indistinguibles entre
sí, pues de hecho son Millás en
diferentes poses), otro es aspirante a
serlo y el cuarto personaje va a un
taller literario. Este engreimiento en
que se han sumido los autores (por
culpa, también, de quienes les
aplauden indiscriminadamente), esta
falta atroz y vergonzante de imaginación
para figurarse, entender e intentar
retratar fidedignamente a otros tipos
humanos, este alejamiento suicida de
la realidad social, no puede sino
tener consecuencias fatales para la
Literatura. Por culpa de estos vicios
no denunciados, la novela lleva claro
camino de enquistarse en un absurdo
cogollito aristocrático, en un núcleo
que acabe por desinteresarse de su
alrededor, por despreciar a quienes no
comparten su afición o su oficio, por
estrechar el horizonte a cinco
individuos que se encuentran en las
editoriales, premios y reuniones y que
comparten una visión chata y
deformada.
Esta
desconexión de la vida real, de lo
que acontece en la rúa y, en el
fondo, no les interesa, adquiere
niveles estratosféricos cuando, Millás
y otros escritores como él, pretenden
ambientar alguna escena en los bajos
fondos. En la página
202 de esta novela, el narrador se
encuentra con una prostituta en la
calle, a quien un tanto enigmáticamente
y en voz baja asegura que va a pagar
“con dinero negro”. ¿Se esperaría,
tal vez, que le fuera a hacer un
recibo con el IVA? Le cuenta luego a
la prostituta, en la página 204, que a los escritores
“la vida nos debe algo que a medida
que pasa el tiempo tenemos menos
esperanza de cobrar”. Y ¿qué le
importará eso a la mujer, Millás?
Vete a contárselo al Tribunal de
Conciliación Laboral. Finalmente, el
alter ego de Millás acude a comisaría
a resolver unos papeles y descubre de
pronto que en el bolsillo le queda aún,
después de haber pagado a la
prostituta, “un puñado de dinero
negro. Si me registran, pensé, estoy
perdido”. ¡Pero bueno, qué idea
tendrá este hombre de lo que es el
dinero negro!
Apuntar,
por cierto, que el personaje de la
prostituta del cuento está
inspirado en la que, allá al
principio, visitó a Álvaro Abril y
le provocó esas reacciones extrañas.
Lo cual es una suerte, porque así
Millás aprovecha para plagiarse a sí
mismo y colarnos, entera y casi
literal, la misma escena.
El
capítulo siguiente empieza con una
alabanza que un personaje le hace al
escritor sobre “Carta a la madre”:
“Me ha parecido conmovedora”,
“he quedado asombrado por la mezcla
que había en ella entre realidad y
ficción”. Es la primera de otras
muchas felicitaciones que vienen
luego.
La
tuertófila, tras un largo discurso,
convence al exitoso clon de Millás
sobre la conveniencia de guiñar un
ojo. El otro al fin, en la página
213, lo guiña y “sentí que
todas las grietas de mi vida que yo
había ido taponando desesperadamente
con harapos de realidad, como se tapa
una herida de combate, se vaciaban
para llenarse ahora de jirones de
irrealidad, y comprendí lo imaginario
que sería todo”. Luego se imagina
lo que sería follar con el ojo guiñado
y un brazo a la espalda. Al final, se
aleja por las calles con el ojo guiñado.
Menos mal que, según nos confiesa
hacia el final de la novela, “dormí
con los dos ojos cerrados”.
Vuelve
Millás, en la página
214, sobre lo del acuario en el
salón como comienzo de novela y dice
que es una broma que usa “para
desconcertar a la gente que se toma la
literatura muy en serio”. Vamos a
ver, Millás, la Literatura siempre es
seria. Seriedad en el sentido de
pensada, de trabajada, de corregida;
seriedad en el sentido de tener un
objetivo, un fin, una propuesta. La
literatura debe ser seria, pero puede
ser asimismo divertida, chistosa,
ocurrente, desternillante, gamberra,
trágica también, lacrimógena,
formal... Lo que querías decir,
seguramente, es que la literatura no
puede ser seria en el sentido de
engolada, afectada, pomposa,
artificial, aburrida e impostadamente
solemne. Estamos de acuerdo contigo, y
por ello mismo te preguntamos ¿qué
haces tú denunciando falsas
seriedades cuando eres el primero que
nos llevas dando la brasa doscientas páginas
con las dimensiones literarias, líricas
y hasta filosóficas de la región
lumbar y el lado izquierdo?
Y
a propósito, las novelas pueden
empezar como sea, quitando,
naturalmente, ciertas frases que el
sentido común reprueba pero que, aun
así, se han utilizado en las últimas
novelas españolas, como “yo iba
todos los días al hiper”,
“siempre me rasco el culo al
levantarme de la siesta”, “llegó
la hora de comprar el bonobús” y
otras por un estilo. Lo que importa en
último caso es el contenido.
Se
aproxima el final. Luz Acaso está
mala, “Me dio la noticia María José,
desde su lado izquierdo”. Nuevos
discursos sobre el zocatismo. Luz
Acaso muere. El protagonista echa la
culpa de que no sepa mucho inglés al
lado derecho de su cuerpo. Dice otro
de las reproducciones de Millás que
“tiene una facilidad increíble para
no escribir”. El engrudo se
convierte ya en una masa cementera. Al
fin, van todos al Registro de Últimas
Voluntades y se reparten las
pertenencias de la difunta. El libro
acaba en la página
230.
©Clandestino
Menéndez 2003
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