NOVELA NEGRA
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"DEUDA O DESGRACIA" por ©Jorge Consiglio
Finalista en el año 2001 del Premio de Nuevos Narradores de la Semana Negra de Gijón con su relato Deuda o desgracia, Jorge Consiglio consiguió alzarse en esta ocasión con el IV Premio de Opera Prima de Nuevos Narradores con una novela, El bien, en la que nos sumerge en un mundo en el que la violencia funciona como redentora de unos personajes desarraigados y desdichados, sin destino. Como en los relatos de Carver, los personajes de El bien se cruzan como por casualidad, y como por casualidad, encuentran su final en el momento que menos esperan. Siempre a la vuelta de la esquina.
"Deuda o Desgracia" Cuando conocí a Padilla, al que le decían
el francés, trabajaba de mozo en uno de los
pocos lugares de Almagro que conservaba
billares buenos. Era pelado, corpulento y muy
blanco. Tenía todo el cuerpo salpicado de
pecas y lunares marrones. Con los años logró
que lo prologara un vientre vasto y tenso. Se
lo palmeaba a menudo, gesto que no siempre
sugería un aire satisfecho sino, según los
momentos, incomodidad, resignación o
abatimiento. Duró poco de mozo: lo
echaron antes del año. Los patrones
argumentaron que era desprolijo y mal educado,
les faltaba el respeto a los clientes, se
olvidaba de los pedidos. Sin embargo, los
juicios de la gente fueron definitivamente más
escandalosos: al francés lo echaron por ladrón,
dijeron. Padilla, que en aquel
momento se veía joven y no consideraba la
posibilidad de la derrota, se paró en la
puerta del boliche e insultó hasta la afonía.
Después, porque son necesarios los gestos épicos,
rompió una de las vidrieras con un pedazo de
baldosa. Lo llevaron preso. Forcejeando con la
policía, perdió una de las mangas de la
camisa estampada
y fue cuando pude ver el tatuaje azul
que llevaba cerca de la axila. Era una palabra.
Leí: Mogadiscio. Me dije: este hombre alguna
vez se embarcó. Y jamás supe si había sido
un pensamiento equivocado.
Estuvo desocupado
mucho tiempo, el suficiente para que su mirada
se debilitara para siempre. Era como la de un
animal confinado: errática, somnolienta, estéril. No hacía otra cosa que
estar tirado en la cama con una almohada sobre
la cabeza y hurgando con la mano debajo del
calzoncillo. En la penumbra, Padilla fluía
blando y húmedo. Un fantasma ácido y remoto. Tengo una escena de
aquella época. Son las siete y media de una
tarde de verano. El francés sube a la terraza
del hotel al que hace poco se mudó. Está
descalzo y con medio cuerpo desnudo. Carga una
fuente de plástico llena de ropa que acaba de
lavar; la intención es colgarla. De pronto
–sin que aparentemente nada lo anuncie-,
empieza a llover. Al principio, son sólo unas
gotas diminutas y esporádicas que apenas
mojan. Padilla, desconcertado, con un par de
medias en la mano, mira al cielo y espera. Al
cabo de unos minutos, se larga un aguacero
intenso. Entonces, apurado pero con paso
cauteloso porque le teme a las caídas, baja
las escaleras hacia un patio cuadrado y lleno
de plantas. Está furioso. Putea en voz baja.
Tiene la espalda como los desiertos,
interminable y abandonada. Esa vez la lluvia no paró
hasta la media mañana del otro día. Padilla,
con el fuentón de ropa húmeda cerca, se dedicó
a tomar mate hasta bien entrada la madrugada. Durante el tiempo
muerto del desempleo se aprenden cosas. El
francés, por ejemplo, adquirió una
extraordinaria habilidad para robar plata en
los colectivos. Lo ayudaba sobre todo el tamaño
de su abdomen. Fingía perder el equilibrio,
rozaba apenas al pasajero que previamente había
estudiado y, en cuestión de segundos,
levantaba lo que podía. Antes de bajarse,
invariablemente, lanzaba una mirada oblicua,
como si buscara alentar las sospechas que sus
actos no habían despertado. Después
carraspeaba y tosía. Ya en la vereda, escupía
la flema salada que le impregnaba la boca y se
perdía sin remedio en la ciudad. En aquellos días también
había redoblado su apuesta con el tabaco.
Compraba cigarrillos sueltos en la terminal del
Lacroze y
los metía de a diez en una cajita de metal que
llevaba sus iniciales grabadas. Encendía uno
tras otro y los dejaba quemar con parsimonia
entre sus dedos largos. En esos momentos, sus
ojos parecían más claros, o más helados, que
de costumbre. El cigarrillo inauguró en la
cara de Padilla cierta mueca de sensualidad y
una oscura, deliberada rigidez que el mundo
tomaba por precisión. En verano salía al
patio a tomar aire. Sabía que era inevitable
que alguien se acercara a conversar. Los que
hablaban eran siempre los otros; él se
limitaba a asentir de vez en cuando. Dejaba
abandonada su mirada amarilla en el
interlocutor de turno. Un
atardecer de enero –en el que el sol,
tamizado por el toldo, no era más que setenta
manchas sobre el piso-, el francés escuchó lo
que contaba otro de los inquilinos, un tipo
canoso, mal afeitado, muy delgado. Hablaba de
un conocido de un conocido, un hombre joven,
decía, que todas las mañanas a las cinco
tomaba el Roca en la estación Banfield hasta
Constitución. Un día, este hombre joven,
conocido de un conocido, como lo nombraba el
canoso, vio un accidente: el tren había
atropellado a alguien. Como casi todos los
pasajeros, medio aturdido, con frío, saltó
desde el vagón al pedregullo y se puso a mirar
el trabajo de los bomberos y la policía. Muy
cerca del cadáver se puso a hablar con un
hombre mayor que él, bien vestido, peinado con
gomina. Un bigotudo con pinta, calificó quien
contaba. Se enteran que va a ver demora y
deciden hacer tiempo en un bar desde donde ven
la escena. Es uno de esos cafecitos sucios de
las estaciones. Después de aquel encuentro
advierten que tienen en común algo impreciso
que ninguno de los dos se ocupa en definir. En
adelante comparten el viaje de cada mañana.
Hablan trivialidades; fuman en la penumbra del
furgón; ríen a carcajadas y se palmean la
espalda. El uno del otro no conoce más que el
nombre. En poco menos de un mes, estos hombres,
mediante algunas llamadas telefónicas, un par
de chequeras y una tarjeta de crédito, llevan
a cabo una de las estafas mejor pensadas y más
redituables de los últimos diez años. Padilla le prestó mucha
atención a aquel relato. Después respiró y
se pasó su mano inmensa por la cara apenas
sudada. Achicó los ojos. En ese momento llegó
un ruido desde la cocina –choque de metales y
losas-: alguien lavaba platos y cubiertos. Las mujeres no son
trofeos, le gustaba decir al francés. Según
el caso, se las amasa como a la arcilla o se
las arrebata sin aviso. Tenía una novia que vivía
por Burzaco. Ema se llamaba. Era joven, de pelo
largo y negro, muy ojerosa. A veces salían a
caminar por la ciudad. Se encontraban en
Constitución y, agarrados del brazo, iban
hasta el puerto. Tomaban café y ginebra en un
lugar que quedaba a dos pasos de la terminal
del 12. Ella hablaba de ofertas, zapatos,
esmalte de uñas. Él miraba por la ventana la
indiferencia alta del río. Su color. Un día a comienzos de
semana ella lo llamó al hotel. Lloraba. Se le
había muerto la madre. Calmate, le dijo
Padilla, me visto y voy para allá. No fue en
tren, prefirió el colectivo. Guardó el boleto
en el bolsillo de la camisa y dejó que el
trayecto lo fuera anestesiando. En el velorio, pasó la
noche dormitando con Ema en un sillón
desvencijado. A la derecha, endurecida y pálida,
estaba la muerta. Cuando a las cinco de la mañana
buscó la intemperie para fumar, la luz anémica
de marzo le dibujó en la cara un gesto de
placer. Se trató de algo fugaz, sin
importancia. La vuelta fue en el
Sarmiento. Ni bien se sentó sintió un dolor
fuerte en la espalda y en la base de la nuca.
Estoy cansado, se dijo, ya no tengo edad para
velorios. Enseguida, buscó algo para esquivar
el ocio, una actividad que lo distrajera de sus
ideas. Encontró el boleto de colectivo y se
clavó en el amparo de los números. Los sumó.
Veintiuno: mujer. Le vinieron a la cabeza las
caderas inmensas de Thelma, la que limpiaba en
el hotel, y dio su interpretación precisa del
azar. Se repasó los dientes con la lengua. Iba
a morder. Thelma
casi no hablaba. Era morocha y risueña. A
veces canturreaba boleros en voz baja. La
encontró con un trapo en la mano en el baño
de adelante. Entró decidido y cerró la puerta
con el taco. Escuché el forcejeo, el ruido de
la ropa cuando se rompe. La respiración pesada
del placer. Al rato salió. Parecía
satisfecho. Oí que se reía, sobrándola, y le
decía que uno no le puede escapar a la suerte. Pasaron los años y
el francés jamás abandonó el hotel. Tuvo
algunos otros trabajos de mozo, pero en ningún
lugar duraba más de seis meses. Era demasiado
ambicioso para jornadas normales. Un miércoles apareció
con un taxi flamante. Dijo que le habían
prestado plata para comprarlo. Hasta el más
ingenuo supo que Padilla mentía; pero, como
entre nosotros la reserva es la mayor de las
virtudes, nadie se ocupó de acusarlo. A la
semana, cuando lo vinieron a buscar, la policía
explicó que para llevarse el auto le había
quebrado el brazo a una pobre vieja y faltó
poco para que matara al chofer. El francés
salió de su pieza esposado. Sonreía y parecía
orgulloso. Cuando pasó al lado mío, dijo: Qué
revolcón, carajo. Yo le palmeé la espalda. Volvió más gordo. Daba
dos pasos y perdía el aliento. De todas formas
no necesitaba demasiado aire porque casi no se
movía. Durante el día dormía o se sentaba a
tomar té frío en las sillas del patio; por
las noches, licuaba su ánimo frente al
televisor. El encierro lo había afectado más
de lo que cualquiera que lo conociera hubiera
podido imaginar. Ahora tenía el cerebro
impregnado por la resina del tedio. Le daba lo
mismo el sol que la lluvia. Andaba hecho un
asco. Era un globo de desidia. Pura ceborrea.
Para poder seguir fumando, empezó a
vender porquerías por Once con un tal Alfaro;
pero ya era demasiado tarde para cualquier
intento. Yo fui el primero que se
enteró. Cuando escuché el teléfono a esa
hora de la mañana, dije: deuda
o desgracia. Padilla había quedado boca
arriba en un cantero de la 9 de julio. Le
explotó el corazón, me dijeron. Perdió la
simetría. Se le desordenó la sangre. Lo
lamenté mucho, sobre todo porque era un tipo
con el que me cruzaba todos los días. Nunca
fui su amigo. Es difícil hablar con alguien
que vive doblado; de todas maneras, en más de
una ocasión le puse la oreja y eso, en los
tiempos que corren, vale mucho. Y así lo vio
la gente. Supongo que por esta razón fue que
me eligieron a mí a la hora de regalar los
zapatos del finado. No están malos, me van cómodos.
Son estos justamente, los que ahora llevo
puestos.
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