NOVELA NEGRA
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LA NOVELA NEGRA ESPAÑOLA NACIÓ EN LOS KIOSKOS por ©Manuel Blanco Chivite
Manuel
Blanco Chivite es editor- director de la
editorial madrileña VOSA
La
novela policíaca española constituye un mundo
que ha merecido algunos estudios de no poca
calidad, cuyas raíces se extienden hasta
algunos de los mejores relatos de Doña Emilia
Pardo Bazán, como los titulados “La
cana” o “La gota de sangre”. En
este ámbito de lo policial, la tendencia,
escuela o subgénero de la llamada Novela Negra
tampoco es de ayer. Algunos de los clásicos
norteamericanos del género se tradujeron
tempranamente en nuestro país. “EL Halcón
Maltés” de Dashiel Hammett, Publicado en
EEUU en 1929, apareció en España en 1932, con
el título de “El Halcón del rey de España”.
En los años cuarenta, la editorial Molino
publicó dos novelas de Raymond Chandler en su
Selecciones de Biblioteca Oro. Las novelas de
Erle Stanley Gardner protagonizadas por el
detective Donald Lam, que pueden encuadrarse
dentro del género negro (a diferencia de las
protagonizadas por el abogado Perry Mason, típicas
novelas enigma) también frecuentaron nuestros
kioskos y librerías desde los años treinta y
cuarenta publicadas igualmente por Molino. A
principios de los 50 Gabriel Ferraté traduce
para Planeta
una colección de relatos de D. Hammett.
Y durante los años 57 y 58 la obra prácticamente
completa de este autor aparece en la colección
El Buho de Plaza.
Por lo tanto, y aunque en escasa medida,
la novela negra norteamericana es conocida en
España casi desde su nacimiento en EEUU.
Sin embargo, los autores españoles que
inauguran el género proceden, en su totalidad
de la novela del Oeste y de aventuras. Los más
destacados conocen el género no tanto por sus
traducciones como por haber leído a un amplio
abanico de escritores norteamericanos en sus
ediciones originales en inglés. Tal el caso de
José Mallorquí o Eduardo de Guzmán, Jordi
Gubern, Pedro
Debrigode, Fidel Prado Duque y otros. El
primero incursionó con poca fortuna en el género,
aunque creó una verdadera serie negra del
Oeste con su saga
“Jíbaro Vargas”, verdadera obra
maestra de la aventura violenta y realista, y
con algunos de los episodios de “El
Coyote”.
El propio Eduardo de Guzmán, que firmó
sus obras con seudónimos como Edward Goodman o
Eddy Thorny entre otras, apuntó en unas
declaraciones dos cosas importantes: Primera,
que cuando aparece la colección FBI, de
editorial Rollán, los autores trataron de
trasladar al mundo urbano las peripecias, el
dinamismo y la violencia de las novelas del
Oeste; ya no se trataba, pues, de desentrañar
un enigma. Y segunda, que esas novelas
inauguraron en España el género negro. Así
fue en efecto. Hubo, y conviene resaltarlo, un
antecedente interesante, debida igualmente a un
escritor de kiosko: Fidel Prado. Con el seudónimo
P. Duke, publicó una serie de doce novelas
protagonizadas por el jefe de una banda de
gangsters, Pat Morgan, muy dignamente escritas
y en las que el delincuente es el protagonista
de la acción.
De manera masiva, es en FBI y en la no
menos emblemática Servicio Secreto de
Editorial Bruguera donde se forja el género en
nuestro país. Si Eduardo de Guzmán publicó
sobre todo en FBI, en Servicio Secreto
aparecieron las novelas de Jordi Gubern, con el
seudónimo Mark Halloran o las de Pedro
Debrigode con el de Peter Debry.
En los años sesenta aparece en la
editorial Tesoro una colección que lleva por título
“La Novela Negra”, indicador del éxito que
el género estaba teniendo en España. Los seudónimos
de Eduardo de Guzmán aparecen también en esta
colección. Por estas fechas se popularizan en
los kioskos seudónimos como los de Siver Kane
(Francisco González Ledesma)
o Lou Carrigan (Antonio Vera). Estos y
otros de los que habrá que hablar y estudiar
en cada caso algún día, fueron auténticos
profesionales de la novela de acción, crimen y
aventura urbana, fueron los auténticos
pioneros del género negro español, pese a
todos los límites que la censura fascista
imponía, entre ellos la necesidad de
desarrollar la acción de la inmensa mayoría
de sus novelas en EEUU u otros países, no en
España, donde por decreto no había policías
corruptos, ni banqueros –gangsters,
ni hombres y mujeres con vida sexual.
Estos escritores de kiosko, al menos los
más inquietos y mejores de entre ellos, conocían
lo que se escribía en EEUU dentro del género
negro, lo practicaron y consiguieron entretener
y emocionar a varias generaciones de lectores.
Sus novelas estaban en los kioskos. Faltaba
mucho para que apareciesen un Vazquez Montalbán,
un Andreu Martín (presente, por cierto, también
en los últimos coletazos de la novela de
kiosko, en los años ochenta), un Juan Madrid o
un Julián Ibáñez o tantos otros… que, prácticamente,
no descubrieron a los grandes del género hasta
después de la muerte de Franco, cuando las
traducciones nos volvieron a traer a los que
habían estado, sin
que las modas literarias los tuviesen en
cuanta, junto a toda una pléyade
escasamente o nada conocida entre
nosotros. Luego, fue otra historia, pero la
novela negra española nació en los kioskos y
con seudónimo. Malos tiempos. ©Manuel Blanco Chivite. Agosto 2002
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