¿Sabías qué?

 












 
 

 

     

 

 

 

 

 
 

 

VILANOVA I LA GELTRÚ, VERANO DE 1997

SOBRE LOS INCONVENIENTES DE ESCRIBIR EN LIBERTAD

por

©Javier Cercas

Javier Cercas (1962 Ibahernando Cáceres)  trabajó durante dos años en la Universidad de Illinois y desde 1989 es profesor de literatura española en la Universidad de Gerona. Ha publicado un libro de relatos El móvil (1987) y tres novelas El inquilino (1989), El vientre de la ballena (1997), Soldados de Salamina (2001), además de un libro de artículos Una buena temporada (1998), uno de crónicas Relatos reales (2000) y un ensayo, La obra literaria de Gonzalo Suárez (1994). Traemos a los lectores de Literaturas.com un texto que consideramos interesante para entender la obra de Cercas, esta conferencia fue dictada para el Encuentro de Jóvenes Escritores en la localidad de Vilanova y la Geltrú (Cataluña) en el verano de 1997. La foto que acompaña al reportaje es de los participantes al encuentro, por su valor testimonial y documental la reproducimos. En la primera fila a la izquierda Javier Cercas.

 

Encuentro Jóvenes Escritores Julio 1997

 

El título de esta mesa redonda es "La normalidad era esto. ¿Qué distingue a aquellos para quienes Franco es sobre todo un recuerdo de infancia?". Lo primero que ante este planteamiento se me ocurre decir es que nada esencial distingue al escritor de nuestra generación de los de las generaciones inmediatamente anteriores; ni siquiera -me atrevería a añadir- de los de cualquier otra generación. Al fin y al cabo, el oficio de escritor, en cualquier tiempo, circunstancia y país, ha consistido y, verosímilmente, consistirá siempre en lo mismo; esto es: en entablar un combate encarnizado con las palabras hasta lograr domesticarlas y ofrecer de ese modo una visión del mundo que, siendo común a todos -porque el lenguaje también lo es-, sea al mismo tiempo irreductiblemente personal. Reconocer esta evidencia fundamental, que en el fondo es la única importante, no debería sin embargo equivaler a negar una evidencia complementaria: la de que efectivamente se dan diferencias -y no siempre anecdóticas- entre los escritores de nuestra generación y los de las que se manifestaron durante la posguerra. O más exactamente: lo que se dan no son diferencias entre nosotros y nuestros antecesores, sino entre la realidad política y cultural en que tuvieron que escribir éstos y aquélla en que tenemos que escribir nosotros. Es indudable que esas diferencias, que son incuestionables, han determinado o propiciado formas distintas de aproximarse a la literatura; es indudable, también, que esas diferencias contextuales son un ingrediente sustancial -no el único, desde luego, ni siquiera el más importante, pero sí uno de los pocos mensurables a estas alturas- de nuestras diferencias textuales.

Es un hecho que la democracia española es imperfecta y precaria; todas lo son: la democracia es por definición un ideal inalcanzable, nunca una tangible realidad. Dicho esto, no creo que haga falta ser un poperiano unidimendional, ni siquiera un discípulo de Pangloss, para admitir que la España en que nos ha tocado escribir es menos inhóspita o más habitable que aquella en que tuvieron que hacerlo nuestros padres. Basta con echar un vistazo a la historia para comprender que la libertad política no constituye una garantía de excelencia literaria; aunque los motivos que impulsan a escribir sean a menudo irracionales, misteriosos o secretos incluso para quienes los siente -o sobre todo para él-, y aunque pueda argumentarse que las obras cumbres son tal vez productos de la azarosa combinatoria del talento antes que resultado de las circunstancias históricas que las engendraron, que yo sepa no se ha demostrado hasta el presente que la libertad sea traba, y no estímulo, para la creación literaria. Nadie va a convertirse en escritor por el simple hecho de no tener que padecer un sangriento régimen de patanes, empeñado inútilmente en blindarse contra cualquier idea que amenazarse con resquebrajar la uniformidad de su memez, pero tampoco acierto a imaginar un escritor tan perversamente neurótico que le siente mal el hecho de tener acceso a libros e ideas diversos y de poder discutirlos en libertad y hasta de cobrar por hacerlo. Por decirlo de una vez: todos estaremos de acuerdo en que para un escritor -y para cualquier persona decente- resulta espiritualmente mucho más saludable y vitalmente mucho más instructivo irse a la cama con el recuerdo reciente de la última pestilencia expelida por el Mississipi grabada en la retina antes que hacerlo con la negrura casposa, amenazante, ensotada y cuartelaria de monseñor Guerra Campos. Aunque sólo sea porque ahora uno puede cambiar de canal.

Somos muchos privilegiados. Y lo somos por muchos motivos, muchos más de los que sería capaz de apuntar en un lugar como éste. Por eso me limitaré a tratar de esbozar sólo uno de ellos; tal vez no sea el más importante, pero tiene la ventaja de ser, cuando menos, de los más visibles.

Si no me equivoco, uno de los rasgos más notorios de la vida cultural de la posguerra fue la asfixiante presión que la política ejerció sobre la literatura. Esta presión, que era el producto lógico de una situación política anómala, al principio se ejerció sobre todo mediante los mecanismos omnipotentes de un poder sólidamente totalitario, a los que poco a poco vinieron a sumarse los argumentos -de escasa capacidad coactiva, pero de tremendo poder de persuasión moral- de una oposición cada vez más activa y envalentonada, que a menudo copiaba sin saberlo los tics autoritarios que combatía, pero que, frente a éste, tenía a su favor el elemento inapelable: la razón -aunque sólo sea la razón moral-. Ante esta situación, el escritor se vio a menudo impulsado -por convicción, por generosidad, por oportunismo, por tantos otros motivos- a poner su literatura al servicio de una causa política, con resultados escasamente satisfactorios para quienes acataron sin más las urgencias del momento, pues ya se sabe que la literatura es una amante excluyente, que no tolera con facilidad la obligación de compartir pasiones con intrusos. Dos fueron, a mi juicio, las consecuencias fundamentales de esta subordinación de lo literario a lo político. 

La primera es que sobre el horizonte literario de la mayor parte de la narrativa de posguerra se cernió casi siempre una poética dominante; y lo decisivo no es que esa poética fuera la de la novela social, la de la novela experimental, o la de cualquier otro tipo de novela, ni siquiera que, paradójicamente, esas poéticas casi nunca estuvieran auspiciadas por el poder, sino que ejercieron tal ascendiente sobre la sociedad literaria que obligaron al escritor a tomar partido, ya fuera para aceptarlas -como mayoritariamente ocurrió- o para rechazarlas -y quedar relegado al ostracismo-. 

La segunda consecuencia es lo que podríamos llamar la conversión del escritor en intelectual, esa figura que en algún momento de la historia y en determinados países -la España de la posguerra, sin ir más lejos- tal vez tuvo su sentido y su función como portavoz de los que carecen de voz y hasta como sustituto laico del sacerdote, pero que en la España de hoy casi nunca pasa de ser una especie de político suplente que acepta la obligación de opinar con abrumadora asiduidad acerca de temas en los que su competencia no es casi nunca superior a la de cualquier ciudadano, y en consecuencia se aviene a renunciar a la valiente inseguridad de las ideas y razonamientos en beneficio de la contundencia analfabeta de las consignas.

Es evidente que, más o menos a partir de mediados de los ochenta -es decir, más o menos a partir del momento en que nuestra generación empezó a publicar-, las cosas han cambiado bastante. Para empezar, la presión de la política sobre la literatura se ha relejado hasta el punto de que hoy no es frecuente que un escritor sensato de nuestra edad -o de cualquier otra- ponga sus escritos al servicio de una causa política concreta. Eso no significa, me parece, que haya que negar la dimensión política que toda literatura, lo quiera o no, posee; significa solamente que nadie está dispuesto a dotar a lo que escribe del propósito alicorto del sermón o el panfleto. Por otra parte, también ha desaparecido de nuestro horizonte literario (o al menos del narrativo: la poesía es seguramente otra historia) una poética dominante equiparable a las que, según decía antes, con mayor o menor claridad dominaron la posguerra.

 Una cosa está clara: aquí cada cual campa por sus respetos, y esto, que para algunos inquisidores es un síntoma de desorientación y hasta de anarquía, para mí, lo es de buena salud, de cada escritor se dedica a lo que de verdad tiene que dedicarse, es decir, a buscar por su cuenta y riesgo su propio camino. O dicho de otra manera: quizá pueda afirmarse que nada o muy poco une a los narradores que empezamos a publicar a finales de los ochenta o principio de los noventa, pero sólo a condición de que se añada de inmediato que eso es precisamente lo que nos une. Por lo demás, sólo puedo alegrarme de que nos hayamos librado también de un último lastre: la obligación de ser, además de escritores, intelectuales. Claro que, a cambio de ese alivio, habrá que resignarse a oír a menuda la monserga de "el silencio de los intelectuales", una monserga que, como todas, es aburrida y necia, desde luego, pero sobre todo falsa; basta oír cualquier tertulia radiofónica o leer las columnas de opinión de los periódicos. Nunca ha habido tantos intelectuales en este país -ni, probablemente, en ningún otro-.

Lo dicho: somos unos privilegiados. Es lógico preguntarse, entonces, por qué demonios se titula esta intervención "Sobre los inconvenientes de escribir en libertad". La razón es simple: nuestros mayores pudieron esgrimir excusas históricas, políticas y morales -algunas de ellas muy nobles- para no cumplir con su obligación de escritores; unos -los mejores- no tuvieron necesidad de acogerse a ellas, porque, pese a todo, hicieron su trabajo; otros -más débiles, más perezosos o más ilusos- mal que bien disfrazaron tras ellas su impotencia. Nosotros nos hemos quedado sin excusas. Nada más cómodo o más útil que contar con algo o alguien a quien culpar de las propias insuficiencias; nosotros ya no contamos con ello. Por eso sólo podremos culparnos a nosotros mismos por no haber asumido, con el coraje, la humildad y la alegría con que se asume la responsabilidad de las propias pasiones, el único compromiso real de un escritor: el que el obliga a ser fiel a su propia escritura, es decir, a sí mismo. O por decirlo como Michel Leiris en L’âge d’homme: "Il s’agissait moins là de ce qu’il est convenu d’appeler "littérature engagée" que d’une littérature dans laquelle j’essayais de m’engager tout entier". Esto, por supuesto, es un inconveniente; también lo es el precio de la libertad.

©Javier Cercas. Julio 1997


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