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LAS
'VOCES'
DE BALDOMERO FERNANDEZ MORENO
por
©Alfredo
Canedo
Alfredo
Canedo escritor, ha publicado tres libros ‘Aspectos
del pensamiento político de Leopoldo Lugones’, ‘Crítica
literaria’ y ‘Borges
tallador en imágenes’
y tiene una obra inédita
‘Comienzo
y evolución de las letras criollas’ .
Conferenciante por instituciones culturales de Buenos Aires y
del interior del país sobre literatura hispanoamericana, así
también ha dictado cursos en las universidades ‘John
F. Kennedy’, ‘Católica de Cuyo’ y ‘Monserrat’.
Distinguido por la Sociedad Argentina de Escritores, las
bibliotecas del Maestro con sede en el Ministerio de Educación
y Cultura de la Nación, de la Municipalidad de Rosario y
Municipalidad de La Plata

Baldomero
Fernández Moreno en 1929
Poeta argentino nacido en Buenos Aires en
1886 y fallecido en esa misma ciudad en 1950. Hijo de
comerciantes españoles, pasó parte de su infancia en
Santander, a orillas del Cantábrico. De regreso a la
Argentina, obtuvo su título de Doctor en Medicina, ejerciendo
su profesión en Chascomús.
A los veintinueve años publicó su primer libro de poesías.
En sus poemas se mezcla el más intenso erotismo y la más
alta espiritualidad, producto de su inspiración en dos
mujeres cuya identidad ha permanecido en el misterio.
Sus
Principales Obras son: Las iniciales Misal (1915), Intermedio
provinciano (1916), Ciudad (191?), Por e1 amor y par ella
(1918), Campo argentino (1919), Versos de Negrita (1920),
Nuevos poemas (1921), Cantos de amor, de luz, de agua (1922),
El Hogar en e1 campo (1923), Aldea española (1925), El Hijo
(1926), Poesía (1928), Décimas (1928), Último cofre de
Negrita (1929), Sonetos (1929), Córdoba y sus sierras, Mar
del Plata, Montevideo (1931), Dos Poemas (1935), Romance y
seguidillas (1936). Reunió lo mejor de su producción en
Antología poética (1941). Sus obras en prosa: La mariposa y
la viga (1947) y La patria desconocida, hacen de él uno de
los mejores prosistas de nuestro tiempo.
Fundador
del sencillismo, es decir la síntesis y la exactitud en el
poema, la humildad y lo cotidiano, el rescate del hacer
diario, de todo lo conocido. propuesto con tono emocionado y
natural pureza. Mantuvo un idioma expresivo que supo
aprovechar para cantarlo todo, descomponer la ciudad, el
campo, el hogar, todos los recuerdos minúsculos propuestos
para la iluminación de su creación rigurosamente dulce.
La
materia poética consiste en tratar cosas fingidas con invención,
y no sólo inventarlas sino también disponerlas en forma
conveniente y ordenada a su fin.
Por eso, Florencio Lactano, pensador cristiano del
siglo III, a la poesía llamó
de veracísima porque en ella la verdad está entre tropos,
alegorías y parábolas. ('Los siete libros de las
instituciones divinas’)
Pero quizá la definición más notable sobre la poesía
corresponda a Píndaro, uno de los importante líricos de la
Grecia antigua, llamándola de continuo fuego o perenne
efervecencia del corazón y de la muerte.
('Espinicios o cantos de la
palabra’)
Todo vivir en el reino de la poesía aporta la
configuración de vivir entre momentos paradojales e hiperbólicos.
Esos principios pueden verse en la obra poética del argentino
Baldomero Fernández Moreno desde diálogos del alma con las
cosas, a veces alegre otras melancólico, por donde un ser se
transforma en otro, luego en otro, como si fuese una especie
de continuas traducciones. Y en cuanto al sistema poético, el
conocimiento del mundo por la imagen como única vía del
lector para relacionarse con el territorio secreto de lo
invisible. Poco más
o menos, tales preceptos en dos versos de
'Aldea española’:
Doy un grito profundo
y se estremece el agua.
Aproximar un objeto a la luz emanada por otro, cual
chispea en el ámbito de una nueva realidad, de nueva
causalidad, es para Baldomero fuente incalculable de
conocimientos, como para los griegos metamorfosear consistía
en extraer una pieza del cosmos a fin de encajarla en otro
celestial, cuando no terraqueo. Con esa justeza sin la
vigilancia de la inteligencia, subvierte Baldomero el
pensamiento racionalista y chato en estados fantásticos y la
vida de los objetos en revelaciones por gracia de la poesía:
Piedra, madera y
asfalto.
¡Si me enterraran bajo el pavimento!
Piedra, madera y asfalto.
¡Y en la calle del centro!
Piedra,
madera y asfalto.
Casi no estaría muerto.
Se sirve de algunos tropos (metáforas, prosopopeyas,
sinécdoque, y, muy especialmente, el simil) para describir
las connotaciones e implicancias de la realidad ‘reflejada’
y ‘refractada’
en otra diferente. Algo así como un anclaje de lo imaginario
en el mundo real; móvil secretos nada desdeñables al lector.
De ahí, la grandeza de su obra está en copiar no la verdad
de lo sucedido, tan sólo cómo pudiera suceder en la
imaginación por lo inesperado, entrevisto, ansiado del espíritu.
Nada en su poesía de disertación filosófica, más
bien entendimiento de lo 'terrenalmente
certero’, del ‘sin
sentido’ a fin de restablecer el sentido de la vida, de
lo sobrenatural por la intervención de la imagen; todo lo
cual sería una falsedad
no distinguirla en recónditas sentencias, ideas y expresiones
acertadamente coherentes.
En 'Campo
argentino’ Fernández Moreno proyecta sus estados anímicos ante los
infinitos horizontes de cielo y tierra. Su lírica le llega de impresiones fuertes, del desdoblamiento de la historia lógica
y brutalmente racional en una historia propia’,
‘virgen’ pero
además de una profunda admiración y respeto del espacio, del
corazón humano y de las deliciosas situaciones de la vida rústica
en los campos. En esa obra el punto de partida para la creación
poética es el anecdotario del médico rural, los detalles de
la vida pueblerina, la crónica puntual del paisano, del
intendente, de los jugadores de naipes y la historia de la
vaca muerta; en tanto, la sensación es bastante afín al modo
de decir y hacer de los pastores cristianos de la literatura
caballeresca de la España medieval.
Tal así en este canto:
Campos de mi
provincia
en el
estío
infinitos, monótonos
e iguales,
carretadas de pastos naturales
más el alambre tenso de algún río.
Del mismo ingenio 'A la estancia en que el poeta
vivió sus amores’ con la inconmensurable llanura
abolida por sensaciones de Baldomero:
el viento, el
eterno viento;
y
la llanura lamento,
y en el álamo, silbido.
Es como si esas estrofas tuvieran la virtud de unir la
frescura, las sombras y lo dulce de la llanura a las emociones
inagotables del poeta. Pues
entonces, si algo indiscutido en Baldomero su irrefrenable
vocación por la imaginería, la búsqueda de enlaces ocultos
entre elementos separados por abismos de tiempo, espacio o
sentido.
Calidad de rima, asonancias, elección de lo impar o
del verso libre, unidad vocal variada con algunos matices, y
puntuación a la busca de la melodía; tal el arte poético de
Baldomero. El
vocabulario criollo está ahí bien insertado en el estilo lacónico
como si la misión fuese vincular el alma humana al entorno y
a los silencios. Si
no, léase en el poema 'Otoño’:
Cada hoja que se
cae,
que vuela a mi alrededor,
es un pañuelito de oro
que me parte el corazón.
La musicalidad es la entonación de la paz interior del
poeta, el 'secreto en
cada hoja que cae’ y
la cifra del universo perfectamente ordenado y proporcionado;
en tanto, la lengua una cantera
de voces con aciertos en sentimiento criollo.
En candorosos y tonales versos de ‘Campos
de mi provincia’, Baldomero también llega a sugerir
el símbolo como actividad gozosa de creación; y en ese
aspecto, más por lo sublime que reflexivo, o, si se prefiere,
por visiones
internas, la llanura no es en él un centurión para sus
destellos, antes bien espacio amigable, generoso, antidogmático,
semilla fecundante del conocimiento universal. Tras un largos
viajes en tren por la pampa húmeda, escribirá luego sobre
sus impresiones más de poeta que de narrador:
"Yo comparaba la naturaleza en la que había pasado mi infancia
con lo que se abría
delante de mis ojos. Probablemente
me gustaba
más lo que acababa
de dejar, pero tenía que querer la de mi provincia
y la de
mi patria recuperada.
En vez de la montaña, la llanura; en vez
de robles
y encinas, álamos y sauces; en vez del pagujal, la
estancia;
en vez de la pared
de piedra, que todo oculta, el alambrado flojo por
donde se cuelan fácilmente
las ovejas y las miradas.
Desde entonces,
ambas naturalezas
lucharían por el imperio de mi alma, desgarrada y
transida entre las
añoranzas de la una y el amor de la otra".
En jornadas en tren la llanura le revelaba 'la única verdad’; y por su capa- cidad de 'leerla’ en formas y signos, certidumbre generalmente oculta a la
‘razón’,
Baldomero ‘purificó’
ese inmenso
espacio de cielo, luz y
horizonte con cantos transparentes del sentimiento pastoril de
los criollos.
©Alfredo
Canedo Febrero
2002
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