|
|
MONOGRAFICOS
SIMBOLISMO Y
RITUALIDAD EN LA NOVELA
AURA
DE CARLOS FUENTES
Por
©Cecilia Eudave

La novela breve, Aura,
de Carlos Fuentes ha sido motivo de muchos estudios y recientemente
de algunas polémicas en México sobre su contenido sacrílego y
sexual. Sin embargo, más allá de todo cometario a primera lectura,
podemos asegurar, que esta novela breve,
contiene una cantidad de elementos que permiten desde
diferentes perspectivas de análisis un mosaico muy amplio de
lecturas y significaciones. En esta ocasión nos centraremos en
los elementos simbólicos más sobresalientes del texto y de
que manera se relacionan en el texto. Posteriormente hablaremos de
los ritos que se convocan en la narración y como son representados
y/o pervertidos por la instancia narrativa, es decir, por la voz que
narra.
ALGUNOS
ELEMENTOS SIMBÓLICOS Y/O SISTEMÁTICOS EN LA AURA.
La
casa.
Como
la ciudad o el templo, la casa, simbólicamente está situada en el
centro del mundo; es la imagen del universo. Es significativo que la
casa de Aura esta situada físicamente en el centro de la Ciudad de
México, reforzando su carácter simbólico:
"Te
sorprenderás que alguien viva en la calle de Donceles. Siempre has
creído que en el viejo centro de la ciudad no vive nadie."
Además debemos recuperar el adjetivo "viejo", lo cual da a
este "centro" donde la casa se ubica un carácter de
contenedor de cierto pasado, de cierta tradición.
Por otra parte y, como simbolismo más fuerte, la casa
representa lo femenino por ser identificada a la madre, al refugio o
protección, el seno materno. Esto es interesante porque el
personaje principal, Felipe Montero, siente que la casa de Aura es
su casa, es el lugar donde siempre debió estar, es el sitio que le
pertenece y que le brinda paz:
“...estiras
las piernas, enciendes un cigarrillo, invadido por un placer que jamás
has conocido, que sabías parte de ti, pero que sólo ahora
experimentas plenamente, liberándolo, arrojándolo fuera porque
sabes que esta vez encontrará respuesta...”
También
esta casa es como un gran útero que lo recibe, útero oscuro y húmedo
que lo acoge y lo deja lejos de exterior:
“Cierras el zaguán detrás
de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese callejón techado-
patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, la raíces
podridas, el perfume adormecedor y espeso- ...
Pero
quizá lo más importante es que él penetra a un universo femenino,
un universo lleno de exotismo y magia, que es el interior de esa
casa, porque él ha dejado atrás el exterior al cual cree
pertenecer:
"
antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño
porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita,
suelta el humo insano de su prisa. Tratas inútilmente de retener
una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado."
Ese mundo exterior, concreto y real, queda atrás y ahora se penetra,
porque ese es el verbo que se utiliza, penetrar, y no cruzar o
entrar, por ejemplo, reforzando así su masculinidad en relación al
universo al que va habitar, femenino totalmente. El personaje
penetra esa oscuridad, ese universo conservado y hecho por mujeres.
De esta forma se refuerza la propuesta de que la casa se presenta en
la novela como una alegoría de lo femenino: húmeda, oscura, laberíntica,
mágica, orgánica y revestida de pasado. Felipe Montero, al entrar
a la casa se introduce en otra realidad: la femenina, acogedora,
pero también amenazante.
Este
espacio femenino está dominado por la oscuridad, debemos recordar
que todo los lugares donde las mujeres se mueven son oscuros, llenos
de penumbra o casi, todos los espacios de la casa son lugares de
sombras, todos menos la habitación de él, la del hombre, cuya luz
es tan intensa que incluso ciega:
“Cierras -empujas- la
puerta detrás de ti y al fin levantas los ojos hacia el tragaluz
inmenso que hace las veces de techo. Sonríes al darte cuenta que ha
bastado la luz de crepúsculo para cegarte y contrastar con la
penumbra del resto de la casa.”
Tal
pareciera que el hombre es un ser para la luz, la mujer un ser para
las sombras. El hombre, además, esta hecho para irrumpir y penetrar
espacios (recuérdese que él abre todas las puertas sin necesidad
de llaves, no hay ningún lugar vetado para él), la mujer para
perpetuarlos:
"Es
que ya estoy tan acostumbrada a las tinieblas... Es que nos
amurallaron, señor Montero. Han construido alrededor de nosotras,
nos han quitado la Luz. Han querido obligarme a vender. Muertas,
antes. Esta casa está llena de recuerdos para nosotras. Sólo
muerta me sacaran de aquí."
Todo
bajo el techo de esa casa vieja y retraída convoca y custodia el
pasado al tiempo que rechaza al presente.
Aura
y la vieja Consuelo.
Estos
personajes, más que actantes en la novela se convierten en entes
simbólicos cuyas cargas connotativas y los elementos que las
circundan dan especial interés a nuestro acercamiento a la novela.
En primera instancia resaltemos que ambas figuras femeninas
representan por un lado la juventud encarnada por Aura, y su
contraparte la vejez, Doña Consuelo. Dos partes opuesta y
complementarias que en el trascurso de la narración una no puede
estar sin la otra, creándose así un vínculo simbólico de vida.
Recordemos que para la simbólica el anciano no es un signo de lo
caduco, sino de lo persistente, durable, lo que participa de lo
eterno. Influye en la psiquismo como un elemento estabilizador y
como una presencia del más allá.
Esa
resistencia a abandonar lo que se fue lleva a la Señora Consuelo
Llorente a desdoblarse en Aura. Aura no es sino una proyección de
los deseos de la anciana. Tal es la fuerza vital y la necesidad de
perpetuarse en Doña Consuelo que puede engendrar a Aura. Aura, cuyo
nombre no deja de atraer consigo su connotación simbólica: Luz que
rodea la cabeza, nube luminosa de coloraciones diversas que sólo es
posible distinguir en los seres dotados de luz divina. Esta luz es
siempre un signo divino de sacralización. Esto equivale a la
sacralización de este desdoblamiento, de esta convocación de otro
ser que no es sino el deseo corporeizado de lo que se fue, se
sacraliza la juventud.
A
pesar de que el Aura no puede desligarse de nuestro cuerpo, aquí el
personaje parece tener vida autónoma (rasgo fantástico e insólito),
hasta que notamos que es un doble distorsionado de la vieja por la
juventud:
“
...recordarás a la vieja y a la joven que te sonrieron, abrazadas,
antes de salir, abrazadas: te repites que siempre, cuando están
juntas, hacen exactamente lo mismo: se abrazan, sonríen, comen,
hablan, entran, salen, al mismo tiempo, como si una imitara a la
otra, como si de la voluntad de una dependiese la existencia de la
otra.”
Es
importante destacar en este momento la incidencia simbólica del
color verde, como si fuese ese color, nombrado numerosamente en el
texto, el color implícito del Aura, que no sólo cubre al personaje
del mismo nombre, cuyos ojos son verdes y siempre viste de tafeta
verde en la novela, sino que irrumpe en otros espacios. Uno de ellos
es la casa llena de musgo, plantas y limosidades: de verde olivo son
los tapices y las alfombras, la bata de la vieja Consuelo, sus ojos
también. El verde es una tonalidad constante que abunda en las
descripciones del texto. Cito algunas incidencias:
"Al fin podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma y
vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los
ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes
idénticos a todos los hermosos ojos verdes que has conocido."
"...una
botella vieja y brillante por el limo verdoso que la cubre."
"...tu
hermosa Aura vestida de verde."
" Ah Consuelo, mi joven muñeca de ojos verdes... siempre envuelta
en ropas y velos color verde como tus ojos..."
"...unas
manos han rasgado por la mitad su falda de tafeta verde..."
"...y recorres con la mirada el cuarto: el tapete de lana roja,
los muros empapelados, oro y oliva, el sillón de terciopelo rojo,
la vieja mesa de trabajo, nogal y cuero verde..."
Pero
¿qué simbología se esconde detrás de esta incidencia sistemática
del color verde en el texto de Aura? El verde es un color femenino
(un elemento más para sumarse a este universo de mujeres), se dice
que dentro de la representación de la complementariedad de los
sexos: el rojo es un color macho y el verde un color hembra. Otro
signo significativo en su simbología no es sólo que representa la
esperanza, su connotación más conocida, sino que es sinónimo de
fuerza y longevidad. Es el color de la inmortalidad, que simbolizan
universalmente los ramos verdes.
También
el color verde es parte importante en el mundo de la sicología y de
la psiquis humana y se ha desarrollado un complejo estudio terapéutico
basado en que el color verde en cuanto color representa: el
regressus at uterum. La necesidad del hombre de buscar un entorno
natural que ayude a escapar de lo artificial, del mundo moderno, ha
llevado a los estudiosos de estás áreas a
comprobar que es el color verde el que recupera consciente o
inconscientemente esta tranquilidad frente a esta inquietud. El
diario de un esquizofrénico citado por Durand lo muestra de manera
explícita: "Me sentí deslizar, escribe el enfermo próximo a
la curación, en una paz maravillosa. Todo era verde en la habitación.
Creía que estaba en una balsa, lo que equivalía para mí a estar
en el cuerpo de mamá...Estaba en el paraíso en el seno
materno."
También
para Felipe Montero, la casa (útero metafórico), la presencia de
Aura y la misma Consuelo representan un estado de paz y de vuelta a
los orígenes:
"Tocas
las paredes húmedas, lamosas; aspiras el aire perfumado y quieres
descomponer los elementos de tu olfato, reconocer los aromas
pesados, suntuosos, que te rodean. El fósforo encendido ilumina,
parpadeando, ese patio estrecho y húmedo..."
O recuérdese el ejemplo donde se menciona su estado de relajación y
paz al estar en la casa. Es así que la narración al convocar todos
estos elementos intenta recuperarlos y utilizarlos el la trama con
su carga simbólica más significativa. De esta manera, por ejemplo,
el desdoblamiento de la anciana adquiere, no sólo un carácter simbólico
(búsqueda de la eterna juventud y permanencia del pasado), sino
también la puesta en escena de los discurso mágicos y esotéricos,
confiriéndosele a este dúo de mujeres características de seres
fantásticos. Porque en esa negación del presente se intenta,
desesperadamente, no permitir la ruptura en la continuidad de su
historia utilizando todos los artificios que permita, ya no el mundo
de lo racional, sino el mundo de lo supraracional, de lo imaginario,
de la fantasía. No se puede truncar la historia, historia ligada a
Felipe Montero, quién más adelante en la narración, descubrimos
que no es otro que la reencarnación del General Llorente.
Desdoblamiento por el Aura o reencarnación, ambos elementos del
discurso de lo esotérico, de la magia, de la imaginación, que son
instaurados en la narración para validar esa necesidad de que le
tiempo permanezca inamovible: todo debe volver a ser como antes.
Claro, esta sentencia es propuesta por las mujeres que habitan esa
casa, universo cargado de misticismo, magia e intriga. Son ellas,
dentro de este espacio simbólico (vientre materno, refugio,
santuario del pasado), donde someten al historiador joven a una búsqueda
de su verdadera identidad, la que le perteneció en el pasado. Aura
y Consuelo cumplen así uno de sus roles femeninos más importantes:
han ayudado a fecundar, a engendrar el otro lado de la personalidad
de Felipe Montero. Ese gran vientre que es la casa está dando a luz
a la verdadera personalidad de su invitado.
“
Al despertar buscas otra presencia en el cuarto y sabes que no es la
de Aura la que te inquieta, sino la doble presencia de algo que fue
engendrado la noche pasada. Te llevas las manos
a las sienes, tratando de calmar tus sentidos en desarreglo:
esa tristeza vencida te insinúa, en voz baja, en el recuerdo
inasible de la premonición, que buscas tu otra mitad,
que la concepción estéril de la noche pasada engendró tu
propio doble.”
Y más adelante en la narración:
“Verás
en la tercera foto, a Aura en compañía del viejo, ahora vestido de
paisano, sentados ambos en una banca, en un jardín. La foto se ha
borrado un poco: Aura no se verá tan joven como en la primera
fotografía, pero es ella, es él, es... eres tú.
Pegas esa fotografía a tus ojos, las levantas hacia el
tragaluz: tapas con una mano la barba blanca del general Llorente,
lo imaginas con el pelo negro y siempre te encuentras, borrado,
perdido, olvidado, pero tú, tú, tú.”
Por ello en la novela podemos
hablar de que existe una sistemática de la regresión (que no
progresión) ya que el personaje es primero
Felipe Montero, luego se desdobla y sabe que hay algo más
una doble presencia y finalmente se reconoce en la reencarnación
del general Llorente. Todo pareciera indicar que con ayuda de esta sistemática de
la regresión se refuerza la idea de que lo que se es ahora no es lo
verdadero, sino lo que se fue en el pasado es lo real. Se insiste en
el pasado como lo más importante frente al presente:
“...Caes agotado sobre la
cama, te tocas los pómulos, los ojos, la nariz, como si temieras
que una mano invisible te hubiese arrancado la máscara que has
llevado durante veintisiete años: esas facciones de goma y cartón
que durante un cuarto de siglo han cubierto tu verdadera faz, tu
rostro antiguo, el que tuviste antes y habías olvidado...No volverás
a mirar tu reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un
tiempo acordado por la vanidad humana, esas manecillas que marcan
tediosamente las largas horas inventadas para engañar el verdadero
tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, mortal, que
ningún reloj puede medir. Una vida, un siglo, cincuenta años: ya
no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será
posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo.”
LOS
ANIMALES SIMBÓLOCOS EN LA NOVELA
Los
animales que aparecen en la novela también son de interés simbólico
y proponen elementos significativos para la lectura bajo esta
perspectiva de la obra. Cado uno de ellos pareciera que no fue
escogido al azar y refuerzan el carácter del texto y sus propuestas
estructurales.
El
perro.
“Tocas en vano con esa
manija, es a cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves:
semejante a la cabeza de un feto canino en los museos naturales.
Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La
puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos...”
No
resultaría interesante señalar al perro como un animal simbólico
en el texto sino fuera porque se nombra en el mismo párrafo tres
veces, y porque además, es el que custodia la puerta (simbólicamente).
Si analizamos el ejemplo notaremos que el perro es comparado a un
feto (otro signo que tiene que ver con lo que se gesta en un
vientre) y además parece que le sonríe como si le estuviese dando
la bienvenida al personaje. El perro, la manija de la puerta,
conduce a la casa de Aura. Este perro de bronce se sitúa en un
lugar de transición entre dos espacios: el afuera, la ciudad, y el
adentro, la casa. Es conocido que simbólicamente el perro cumple la
función de mediador entre el mundo de los muertos y el de los
vivos. En muchas culturas y, sobre todo en la nuestra, la
occidental, está relacionado con la muerte y actúa como guía de
las ánimas, de los muertos. Anubis, Cerbero, son algunos de los
nombres con los cuales se le reconoce. Este aspecto simbólico que
relaciona al perro con un mundo de magia y esoterismo, es el que me
interesa resaltar en esta propuesta de lectura. Porque, si recuerdan
bien, Felpe Montero al franquear esta puerta, cuya custodia simbólica
es un perro, a dejado a tras el mundo concreto del que proviene para
penetrar al mundo de Aura, mundo mágico y abstracto. Recordemos que
toda transición, implica en cierta forma un cambio de estado, un
dejar atrás un estado anterior para vislumbrar uno nuevo ya sea físico
o de conciencia.
EL
conejo.
Las
liebres y los conejos están vinculados a la vieja divinidad Tierra
Madre, al simbolismo de las aguas fecundantes y regeneradoras. También
se dice que son lunares porque duermen de día y brincan de noche,
porque saben, a semejanza de la luna, aparecer y desaparecer con el
silencio y la eficacia de las sombras. El conejo que aparece en la
obra es un ser de oscuridad y sombra que sólo se le ve cuando está
con Doña Consuelo en la cama comiendo migajas.
El
conejo también es el principio de la renovación cíclica de la
vida, gobierna en la tierra la continuidad de las especies
vegetales, animales y humanas. Curiosa la asociación de este animal
simbólico y ese deseo constante y sistematizado de conservación y
renovación de la antigua vida de los personajes en la obra. Además,
por si fuera poco, un dato más, el conejo, que en realidad es
coneja, se llama Saga. Saga como sabemos implica una
continuidad, un seguimiento de la historia de un clan, de una
familia, de un hecho. Significativo este signo que se une al resto
de los signos que convocan esta misma problemática de preservación
y renovación del ser.
Más
no es todo, la instancia narrativa, nos propone además una analogía
entre Aura y la coneja Saga que refuerza las características simbólicas
del animal y las traslada a la figura de Aura. cito el siguiente
pasaje de la novela. Recordemos el pasje donde Felipe Montero esta
hablando por primera vez con la Señora Cosuelo y repentinamente
grita:
“-
Saga. Saga. ¿dónde estás? Ici , Saga...
-
¿Quién?
-
Mi compañía.
-
¿El conejo?
-
Sí, volverla.
Y
un poco más adelante en la narración después de que Felipe y Doña
Consuelo discuten algunos puntos la vieja retoma el tema y dice:
“- Le dije que regresaría...
-
¿Quién?
-
Aura. Mi compañera. Mi sobrina...
Además,
en otro pasaje de la novela Aura es comparada a la luna, cuando
Felipe Montero se refiera a sus muslos color de luna. Por otra
parte, no se debe olvidar que los conejos siempre están ligados a
las ideas abundantes, de exuberancia, multiplicación de los seres y
de los bienes que llevan también en sí gérmenes de incontinencia,
despilfarro, lujuria y desmesura. Y finalmente las liebres y los
conejos son compañeros de Hécate, diosa que alimenta la juventud,
pero frecuenta las encrucijadas y finalmente inventa la brujería.
Todo esto signos que se vienen a sumar a las reiteraciones que se han
venido desencadenado en la obra y que muestran la preocupación de
la mujer en el texto por no dejar de ser joven y bella. Sobre este
punto volveremos en las conclusiones.
Los
gatos.
Signo
contradictorio en el texto porque son objeto de odio y maltrato,
pero también de amor. Incluso de prácticas perversas que son
equiparadas a rituales de sacrificio que se justifican en el amor .
“J’ ai même superté ta
haine des chats, moi qu’aimais tellement les jolies bêtes… Un día
la encontró , abierta de piernas, con la crinolina levantada
por delante, martirizando a un gato y no supo llamarle la atención
porque le pareció que tu faisais
ça d’ une façon si innocent, par pur enfantillage e
incluso lo excitó el hecho, de manera que esa noche la amó, si das
crédito a tu lectura, con una pasión hiperbólica, parce que tu mávais
dit que torturer les chats était ta manière a toi de rendre notre
amour favorable, par un sacrifice symbolique...”
Consuelo
los odia y el General Llorente los ama.
El
gato es un símbolo ambivalente, por un lado en su sentido más
positivo es el protector de la casa, de la madre y la progenie, sin
embargo ,también son asociados a las brujas, al diablo y a la
hechicería.
¿Por
qué tanto odio encarnizado a los felinos por parte de Doña
Consuelo? Quizá porque representan la imposibilidad de la
maternidad y el amor desmedido que su esposo profesaba a esa
bestias. Debe recordarse que el Gral. Llorente no pudo darle hijos a
Doña Consuelo. O quizá también los odia, porque junto con otros
ritos, que más tarde esta mujer propicia, son portadores de la
esperanza de la fertilización. Otra obsesión que se gesta en la
historia por parte de este personaje femenino y que la asocia
directamente a la hechicería y la magia.
Macho
cabrío.
Finalmente,
el último de los animales simbólicos de la narración que
trataremos en este apartado, el macho cabrío, que es degollado en
la cocina de la casa y que, además de ser un acto ritual, tiene
connotaciones simbólicas a destacar.
El
macho cabrío es un animal trágico (recordemos que la palabra
tragedia significa literalmente canto del buco). La tragedia es en
el origen un canto religioso con que se acompaña el sacrificio del
cabro. No olvidemos que el sacrificio de una víctima implica todo
un proceso de identificación. El macho cabrío de esta historia
representa el mundo de la masculinidad que es degüella.
“La encuentras en la cocina,
sí, en el momento en que degüella un macho cabrío: el vapor que
surge del cuello abierto, el olor a sangre derramada, los ojos duros
y abiertos del animal te dan náuseas: detrás de esa imagen, se
pierde la de una Aura mal vestida, con el pelo revuelto, manchada de
sangre, que te mira sin reconocerte, que continúa su labor de
carnicero.”
Este acto es repudiado por el personaje masculino y hace que vea a Aura
desprovista de toda la belleza y la fragilidad que él ha apreciado
en otras ocasiones, y lo obliga a retirarse, refugiarse en su
cuarto, como si de manera implícita este acto de sangriento lo
identificara con el macho cabrío.
“Subes
a tu recámara, entras, te arrojas contra la puerta como si temieras
que alguien te siguiera: jadeante, sudoroso, presa de la impotencia
de tu espina helada, de
tu certeza: si algo o alguien entrara, no podrías resistir, te
alejarías de la puerta, lo dejarías hacer...”
Por
último en relación a esta bestia, debemos anotar que el cabro está
también, como el conejo, relacionado y consagrado a Afrodita en
cuanto a animal de naturaleza ardiente y prolífica. En fin, santo y
divino para unos, satánico para otros, el cabro es efectivamente el
animal trágico, que simboliza la fuerza del impulso vital, a la vez
generoso y fácilmente corruptible.
Lo
que llama la atención en casi todos estos animales simbólicos es
su relación con la fertilidad, con la vida y la juventud, destacándose
una vez más esta necesidad de no envejecer, de no dejar de ser útil,
como si con ello se dejara de existir. Y por otra parte la
reiterativo insistencia de fertilizar, de exaltar las capacidades
reproductoras y sexuales de los personajes implicados en la narración.
LOS
RITUALES
En
el texto encontraremos varios rituales que son convocados en la
obra. Recordemos que un ritual es en su sentido más estricto un
acto de repetición que recupera una acción cuyo momento de creación
u origen no queremos que desaparezca. La ritualidad nos permite no
olvidar un acto pasado, conservarlo en su repetición. Como señala
Octavio Paz, el rito es el eterno retorno, no hay regreso de los
tiempos sin rito, sin encarnación y manifestación de la fecha
sagrada. Sin rito no hay regreso. Tal pareciera que la instancia
narrativa sigue esta concepción de rito, y que incluso, la rutina
de las acciones que se repiten una y otra vez de manera obsesiva en
el texto, llegan a convertirse en actos rituales:
-
La cena de los riñones con tomates asados y vino tinto que se sirve
cada noche sin variar. Anotando aquí de manera pertinente que los
riñones es su sentido simbólico designan la afectividad y más
específicamente el instinto sexual.
- La disposición de la mesa por la noche donde siempre hay
cuatro cubiertos.
-
Aura toca la campana cada vez que se van a servir los alimentos,
aunque se sabe que sólo se llama a Felipe Montero.
-
El degollación del macho cabrío en la cocina como un rito de
sangre y de llamado a la fertilización.
-
El
martirio de los gatos que es manejado en el texto como un rito de
sacrificio simbólico entre los dos amantes.
Y finalmente y el que más nos
interesa de todos estos ritos y/o rituales en la novela, es el rito
de la consagración y el de la comunión. Ritos que son erotizados y
pervertidos en la historia, y que ha sido motivo de los más
diversos comentarios. Cito:
“Tu
sientes el agua tibia que baña tus plantas, las alivia, mientras
ella te lava con una tela gruesa, dirige miradas furtivas al Cristo
de madera negra, se aparta por fin de tus pies, te toma de la
mano...tienes la bata vacía entre las manos. Aura, de cuclillas
sobre la cama, coloca ese objeto contra los muslos cerrados, lo
acaricia, te llama con la mano. Acaricia ese trozo de harina
delgada, lo quiebra sobre sus muslos, indiferentes a las migajas que
ruedan por sus caderas: te ofrece la mitad de la oblea que tú
tomas, llevas a la boca al mismo tiempo que ella, deglutes con
dificultad: caes sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos
abierto, extendidos de un extremo al otro de la cama igual que el
Cristo negro que cuelga del muro con su faldón de seda, su corona
de brezos montada sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada
con lentejuela de plata. Aura se abrirá como un altar.”
En
primera instancia encontramos que la figura de Felipe es asociada a
la de un ser divino porque Aura le lava los pies, como en la tradición
judeo-cristiana Magdalena lo hizo a Cristo y éste lavó, a su vez,
los pies de sus apóstoles. Lavar los pies implica un acto de
humildad, amor y entrega. Después vendrá la iniciación del acto
sexual que se convierte en una analogía del rito de la consagración
y de la comunión. Aura desnuda en la cama sostiene una oblea y como
un sacerdote la da a comer a Felipe en acto totalmente erótico. La
sublimación de esa entrega es más carnal que espiritual, es una
entrega que va sobre el orden de lo físico y que se estructura
sobre el rito de la consagración y comunión de Cristo. Y para
continuar con esta erotización de lo religioso, Aura es asimilada
al Cristo negro que está sobre la cabecera de la cama al
describirla con los brazos abiertos extendidos de un extremo a otro
del lecho, igual que el Cristo negro que cuelga del muro. Para
finalmente dejar de ser un Cristo y resumirse en un altar: “Aura
se abrirá como un altar.”
Esta
representación, y perversión del rito original de la consagración
y de la comunión ha creado en algunos lectores ese sentimiento de
sacrilegio, que efectivamente existe, desde la perspectiva de la
moral judeo-cristiana, sin embargo, entra aquí una paradoja; ¿No
se habla de la unión del hombre y la mujer como análoga al de la
comunión? ¿no permite la literatura un libre uso de el material
pre-existente para descontruirlo y darle otras connotaciones?
Así
mediante esta entrega sacra o sacrílega, como quiera llamársele,
es que el binomio Aura-Consuelo intenta recuperar a Felipe- Gral.
Llorente. Cito:
“ - ¿Me
querrás siempre?
-
Siempre, Aura, te amaré para siempre.
-
¿Siempre? ¿Me lo juras?
-
Te lo juro.
-
¿Aunque envejezca? ¿Aunque pierda mi belleza? ¿Aunque tenga el pelo
blanco?
-
Siempre, mi amor, siempre.
-
¿Aunque muera, Felipe? ¿me amarás siempre aunque muera?
-
Siempre, siempre. Te lo juro. Nada puede separarme de ti.”
Porque
pareciera que aquí en el texto por medio de los mecanismo de
simbolización se crea un sistema de transformación de las
obsesiones, impulsos e instintos en
ritos que son esas imágenes de ceremonia para obligarnos a
recordar. No debemos olvidar que hemos hablado de que en Aura hay
una necesidad casi problematizada de recuperar un tiempo cíclico.
Que como Octavio Paz en su libro de Conjunciones y
disyunciones supone que " la fecha que regresa es de
veras una vuelta del tiempo anterior, una inmersión en un pasado
que es, simultáneamente, el de cada uno y el del grupo. La rueda
del tiempo, al girar, permite a la sociedad la recuperación de las
estructuras psíquicas sepultadas o reprimidas para reintegrarlas en
un presente que es también un pasado. No sólo es el regreso de los
antiguos y de la antigüedad: es la posibilidad que cada individuo
tiene de recobrar su porción de viva de pasado. El rito antiguo se
despliega en un nivel que no es del todo el de la conciencia: no es
la memoria que recuerda lo pasado sino el pasado que vuelve. Es lo
que he llamado, en otro contexto, la encarnación de las imágenes".
Aura
se presenta como una encarnación de es imágenes que una sociedad
conservadora y machista insita a volver: la juventud, la belleza y
la fertilidad. Pero también lo que condena: la erotización del
cuerpo, la búsqueda del placer y la perversión de lo sagrado.
Para
finalizar este acercamiento, de carácter simbólico solamente, me
atreveré a dar unas primeras conclusiones.
Sondeando
brevemente, y sólo a través de la carga simbólica de los
personajes y lo que los circundan, nos percatamos que una de las
inquietudes de la novela de Aura, gira en torno a esa necesidad de
perpetuarse (juventud convocada por el desdoblamiento del deseo,
reencarnación del alma), para no dejar de ser lo que se fue y es
(continuidad de la historia personal, búsqueda del tiempo cíclico).
Una insistencia en la inmovilidad de las cosas y el tiempo, recuérdese
que el afuera (la ciudad, el exterior de la casa) avanza en un caos
indiferenciado y agresivo, es un mundo de concepciones temporales;
mientras que la casa, ese universos femenino, es un gran espacio
para la preservación del ayer, para la inmovilidad de la historia
(todo ahí está cargado de recuerdos. El rito como sinónimo de
eternidad). Además es el espacio propicio para recuperar la
identidad, la verdadera, es el lugar donde se debe buscar el origen.
Aura y Consuelo no son otra cosa que dos mujeres cuya única misión
es develar el verdadero yo de Felipe Montero, para poder estar
completas, para completar el ciclo (que la muerte interrumpió al
llevarse al general Llorente), continuarlo y con ello cumplir su
función de perpetuarlo, casi como un rito. La mujer simbólicamente
en el texto engendra la vuelta al pasado, la identidad verdadera del
hombre, cumple en abrir y cerrar el ciclo de la vida. Y asume los
roles tradicionales que les han sido impuestos por la una sociedad
mexicana reaccionaria: son mujeres destinadas al hogar y al cuidado
del hombre. Además, deben de cumplir con el ideal del macho, estar
siempre joven, siempre bella, a su servicio, sumisa, perpetuándolo,
consagrándolo, cumpliendo así con los patrones impuestos por una
sociedad machista.
Todo
ello lo podemos ver ya desde el epígrafe de la misma novela que ya
programa el texto: cito. Leer epígrafe que Carlos Fuentes eligió para su novela breve:
“El
hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña; es madre de la
fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le
permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación...
Los dioses son como los hombres: nacen y mueran sobre el pecho de
una mujer....Jules Michelet”
Aquí
es claro como el hombre caza por lo tanto es el proveedor de la
familia, aprovecha y enfrenta a la naturaleza. Lucha, defiende y
ataca para preservar y expandirse, por lo tanto debe tener noción
de territorio y de conquista: búsqueda de poder. Y es asimilado a
los dioses, por ende a la superioridad, aunque nacen , mueren y son
finitos, tienen un mismo origen y destino: la mujer. Son seres
terrenales.
Por
su parte la mujer es un ser de un mundo abstracto: sueña, es madre
de la fantasía, de los dioses. Es un ser de aire, etéreo (posee
alas). Mientras que el hombre es finito, la mujer puede alcanzar el
infinito (del deseo y de la imaginación), se vuelve un ser casi
mitológico.
Esta
distribución literaria diferenciada de los roles de género, no
hace otra cosa que reafirmar los roles costumbristas y tradicionales
de una sociedad machista. la mujer por ser un ser casi mágico es
expulsada del mundo terrenal, propiedad incontestable del hombre
(desde esta visión), la mujer es un estado anterior a los dioses y
a los hombres y también posterior: es un destino, es un infinito,
pero no es terrenal.
En
el epígrafe de la novela podemos constatar los elementos y la
|