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Antonio
Muñoz Molina
por
©Luis
García

Antonio
Muñoz Molina. Ubeda
Jaén .1956. Estudió periodismo en
Madrid y se licenció en Historia del
Arte en Granada. Es uno de los grandes
escritores españoles contemporáneos.
Un invierno en Lisboa (1987)
le proporcionó el Premio Nacional de
Literatura y el de la Crítica y le
descubrió como un narrador de gran
hondura y de enorme capacidad de
fabulación. Su primera novela Beatus
Ille, supuso su
descubrimiento, y desde entonces su
obra no ha dejado de suscitar
expectación y entusiasmo. En 1991
obtuvo el Premio Planeta por El
jinete polaco. La misma obra
obtuvo el Premio Nacional de
Literatura al año siguiente. Otras
obras suyas son: Las otras
vidas (1988), Beltenebros
(1989), Nada del
otro mundo (1993), El
dueño del secreto (1994),
Ardor guerrero (1995)
. En 1995 fue elegido miembro de la
Real Academia Española. En 1997
apareció Plenilunio.
Su último libro Sefarad fue
publicado en el 2001 y en Ausencia
de Blanca en el 2002.
Luis García.- Acaba de publicar En
ausencia de Blanca (novela que
ya circulara en edición del
Círculo de Lectores) cuando aún
no se han apagado los ecos ni las polémicas
por Sefarad.
¿No parece obedecer esta
publicación a un efecto catártico?.
Antonio Muñoz Molina.-
La
fecha de aparición de “En ausencia
de Blanca” responde a un simple azar
editorial. Yo quería que apareciera
en una edición normal de librerías,
porque es el único modo de que un
libro tenga una existencia plena,
aunque en el Círculo de Lectores
alcanzara una
difusión gigantesca. En cuanto
a los ecos de Sefarad, me gustaría
que tardaran mucho en apagarse. Mi
admirado y muchas veces leído Cyril
Connolly aseguraba que la primera
prueba de la consistencia de un libro
es que dure al menos diez años. Yo
tengo la suerte de que libros míos
que se publicaron por primera vez hace
ya quince aún sigan estando en las
librerías. Ésa es la clase de
presencia a la que aspiro.
Pregunta.- Todo
libro nuevo suyo levanta expectación,
y ciertamente no suele decepcionar.
Intento hacer una secuencia de los
mismos desde aquella maravillosa
novela El invierno en Lisboa
-sin menospreciar Beatus Ille y
El Robinsón urbano- y sus
obras se cuentan por éxitos.
Beltenebros, El jinete polaco,...
¿Cuál es su secreto?.
Antonio Muñoz Molina.- No hay ningún secreto, tan sólo la
afición por la literatura, el gusto
de escribir, la ilusión permanente y
siempre aplazada de lograr algo
de verdad bueno y nuevo. Y también
algo que me parece cada vez más
valioso, que es el no escribir,
el retirarse de vez en cuando, tomar
distancia espiritual e incluso física
hacia la vida normal de uno y su
condición de escritor. En esos períodos
en los que no se escribe, en los que
no se planea nada, en los que uno
puede hasta olvidarse felizmente de su
oficio, creo que es cuando más
intensamente se aprende, cuando mejor
se renueva uno.
Pregunta.- ¿Guarda buen recuerdo del proceso de
elaboración de Beatus Ille?.
No es la primera vez que se queja, y
que se refiere a dicha novela como a
un ejercicio de iniciación...
Antonio Muñoz Molina.-
No es
que me haya quejado, exactamente. Lo
que he contado algunas veces es que
escribir esa novela era al mismo
tiempo aprender a hacerlo y saber si
uno sería capaz de llegar al final.
El mejor recuerdo que tengo de ese
libro es que por primera vez me dejé
arrastrar por un proceso de invención
más fuerte que mi voluntad, y más
rico que las operaciones voluntarias
de la conciencia.
Ahora miro la fotocopia que
conservo de la primera versión recién
terminada, y lo que me extraña es
haber tenido el impulso necesario para
escribir tantas páginas en una
soledad absoluta, sin ninguna
esperanza de publicación. También me
acuerdo de la felicidad incomparable
de recibir en Úbeda la llamada de
Pere Gimferrer en la que me decía,
después de un largo mes de espera,
que la novela iba a publicarse.
Pregunta.- Sorprende que tras Plenilunio,
novela dura donde las haya, entregara
un nuevo registro, Carlota
Fainberg, una hermosa historia
que se inicia en los andenes de un
aeropuerto. Pero sorprende aún mas la
génesis de dicha novela, en la que
homenajea de algún modo a la que
fuera Jefa de Prensa de Seix Barral en
los años de sus comienzos -Mónica
Fainberg-
y una de las personas que
creyeron en usted desde el principio.
¿Es cierto dicha historia o forma
parte de la leyenda?
Antonio Muñoz Molina.-
Mónica
Fainberg es para mí una mujer
inolvidable. Leía de corazón los
libros, llamaba uno por uno a los
periodistas para que se fijaran en mí,
para que me leyeran, para que
asistieran a la primera presentación
de una novela mía en Madrid. Incluso
daba excelentes opiniones literarias.
Siempre me acuerdo que, durante la
promoción de Beltenebros, una mañana,
en Barcelona, le pregunté su opinión
sobre el libro,
y me dijo, con toda franqueza,
y con su mejor sonrisa: “Está muy
bien, pero se nota que tú no has sido
espía”. Nos vimos por última vez
en Buenos Aires, un poco antes de que
ella muriese. Creo que le hizo ilusión
saber que yo había puesto su apellido
a una femme fatale porteña.
Sinceramente, fue de esas personas que
influyen decisivamente en los
comienzos de alguien nada conocido.
Pregunta.- La historia que narraba en Plenilunio
nos era demasiado cercana en su
tragedia. De algún modo podíamos
percibir la mirada del asesino y el
dolor de las víctimas. ¿Le gustó la
adaptación cinematográfica de Imanol
Uribe?. La crítica no fue
precisamente benévola con ella..
Antonio Muñoz Molina.-
La
película me gustó mucho en unas
zonas y menos en otras. Creo que si se
hubiera seguido más de cerca el guión
original muchas cosas habrían quedado
mejor en ella. En cuanto a la falta de
benevolencia de una cierta crítica
–en modo alguno toda- me da la
impresión de que, más que con la película,
algunas personas querían ajustar
cuentas personales e incluso
familiares conmigo. Me dolió que para
hacer eso agredieran a quien era más
frágil y a quien había hecho un
excelente trabajo de adaptación, que
fue Elvira Lindo. Es revelador, mirado
retrospectivamente, que el director de
la película, que hizo algunos cambios
decisivos en el guión, prefiriera no
firmarlo. Y también que las críticas
más virulentas contra la película se
publicaran en el mismo periódico en
el que yo escribía entonces.
Pregunta.- Quizás el error está en que la novela
fue encasillada dentro del género
negro.
Sin ser dicha apreciación un
error en sí misma (seguro que propició
que las ventas se disparasen) ¿no le
parece que se merecía algo mas que
una mera etiqueta?.
Antonio Muñoz Molina.- ¿Fue encasillada la novela en un género?
No estoy seguro, ni había mucho
motivo. En cuanto a las ventas, fueron
excelentes, también en algún otro país
aparte de España, pero no muy
superiores a las de otros libros míos.
Yo siempre tengo la esperanza de que
los libros, con el tiempo, se vayan
leyendo mejor.
Pregunta.- Soy de la opinión de que una
buena obra debe tener un buen
comienzo. En ese sentido, Beltenebros
es poco menos que perfecta. En una
sola frase, Vine a Madrid a matar a
un hombre al que no había visto nunca,
condensa 270 páginas y le da sentido
a la historia. ¿Cómo nació Beltenebros,
por otra parte tan verosímil?.
Antonio Muñoz Molina.- Sin darme cuenta, en el principio de
Beltenebros introduje un eco de Pedro
Páramo:”Vine a Comala para buscar a
mi padre, Pedro Páramo”(Cito de
memoria). Juan Carlos Onetti me hizo
observar que también resonaba en ese
principio el de una novela policial
que a él le gustaba mucho, “La
bestia debe morir”. Quizás, visto a
distancia, ese comienzo peca algo de
demasiado novelesco, no sé. Lo más
importante para mí fue que esa
primera frase me sirvió para ordenar
materiales muy dispersos, y para dar
un tono a la historia entera, que en
tentativas anteriores, y fracasadas,
era en tercera persona. Las primeras
ideas para la novela las encontré
leyendo un libro de Gregorio Morán
“Grandeza y miseria del Partido
Comunista de España”, donde se
contaban las historias de algunos
supuestos traidores, como Luis León
Trilla o el llamado Heriberto Quiñones.
Hablé
con algún militante de
aquellos tiempos, pero quizás en la
novela hay una falta de encarnadura
humana e histórica y un exceso de
convenciones de género. Por otra
parte, yo quería darle un tono de fábula
abstracta, más que de narración histórica.
Pregunta.- ¿No es cierto que sin ser una práctica
habitual dentro la oposición a la
Dictadura, sí que existió el perfil
del militar tipo Darman, el
involuntario protagonista de la
novela?.
Antonio Muñoz Molina.-
Hubo
gente muy peculiar, en muchos casos
muy admirable, y también burócratas
cerriles que se especializaban en
arriesgar las
vidas de los otros, o en amargárselas.
Pero en conjunto, la herencia heroica
de la resistencia contra el franquismo
no se ha querido rescatar, lo cual me
parece un desastre político, moral y
hasta literario.
Pregunta.- Mantiene usted en el Epílogo a la
novela que una historia se encuentra a
menudo en pequeños acontecimientos
triviales (un viaje, una foto
envejecida, un titular de un periódico...)
pero también en un nombre, y no cabe
duda que el de Beltenebros reunía
todos los ingredientes para que
alguien lo convirtiera en obra
literaria. ¿Cómo se le ocurrió
adoptarlo, porque de adopción habría
que hablar?.
Antonio Muñoz Molina.- A mí con los nombres de los libros y
de las historias me pasa una cosa, y
es que muchas veces tengo un título
mucho antes que la novela o el relato
que le corresponden. Un título es una
cosa muy rara, y en cierto modo mágica,
como una clave que ha de ser
descifrada. Un título puede nombrar
algo que ya existe, pero también
ayudar a que surja y se defina algo
que permanecía indeciso y ambiguo, o
simplemente confuso. El nombre puede
ser el ábrete sésamo de una
historia. En este caso, parte de su
aire sombrío y gótico le viene a esa
novela precisamente de que se titule
Beltenebros.
Pregunta.- ¿Y qué le pareció la adaptación
que hizo Pilar Miró?.
Antonio Muñoz Molina.- Más bien gélida. Creo que subrayaba
sobre todo los defectos considerables
del libro. Pero ella trabajó con
mucho entusiasmo, cosa que yo agradecí.
Pregunta.- Con Ardor guerrero
saldó una vieja cuenta y estigmatizó
sus temores. ¿Tan necesaria la veía
a pesar de ser la novela menos moliniana?.
Antonio Muñoz Molina.- No creo que el motivo principal de
Ardor Guerrero fuera saldar cuentas.
Y, de todos mis libros, creo que es el
que ha motivado mayores malentendidos,
empezando por su calificación como
novela.
NO es, de ninguna manera, una
novela, sino lo que en América llaman
una “memoir”, en singular, que
tampoco debe confundirse con unas
“Memorias”.
Una “memoria” es el relato
de una experiencia concreta, de un período
bien delimitado en la vida de alguien,
que tiene en parte una intención
confesional y en parte una de crónica.
Se trataba de hacer literatura
narrativa sin hacer ficción, y la
experiencia militar, más que la
materia del libro, era el ámbito
espacio-temporal de un relato en el
que se entrecruzan varios temas, entre
ellos la formación de un escritor, el
envilecimiento de las organizaciones
jerárquicas, el testimonio nítido de
un cierto tiempo en la transición
española, de un cierto lugar en el
que ese tiempo se vivió de un modo aún
más agitado e inseguro... El libro se
me ocurrió en Estados Unidos, y allí
escribí también su arranque, y no
habría existido sin el efecto doble
de la lejanía de España y de la
inmersión en modos de contar que eran
nuevos para mí y que me apasionaron.
Pregunta.- Sefarad arrastrará
para siempre el estigma de ser una
novela de novelas, "para
algunos", escasamente
documentada. ¿Le parece justa la
apreciación?
Antonio Muñoz Molina.-
No me
parece un estigma, y si lo fuera, en
cualquier caso, sería el estigma
elegido por mí, que le di al libro
ese subtítulo, en el cual la palabra
novela alude sobre todo a la condición
novelesca de cualquier experiencia
humana recordada o contada, y al
entrelazamiento de azares, relatos,
recuerdos, invenciones, etc, del que
está hecha nuestra percepción de la
realidad, que es mucho más compleja
de lo que suele reflejarse en las
novelas canónicas. En cuanto a lo de
la escasa documentación, no seré yo
quien me defienda. Al final del libro
viene una lista de lecturas: la puse
por honradez intelectual, y también
como una invitación a que el lector
siguiera alguna de las pistas que yo
mismo había indagado. Sefarad no es
un libro histórico, pero no me parece
que los detalles históricos que se
dan en él abunden en equivocaciones.
Pregunta.- ¿Por qué Sefarad?.
¿Qué le llevó a escribirla?.
Antonio Muñoz Molina.- Influyó mucho la ocurrencia del título,
que me llegó muy al principio, con
algo de revelación. Un hilo conductor
entre varias historias muy dispersas
que yo estaba deseando contar.
Pregunta.-
Sefarad es una obra llamada a
resistir el paso del tiempo, que ha
levantado polémica desde el mismo día
de su publicación. ¿Cómo
vivió la polémica que se suscitó
desde algún medio de comunicación?.
Antonio Muñoz Molina.-
Las polémicas en
España son una cosa muy triste. Se
les quita la malevolencia y las ganas
de hacer daño y se quedan en casi
nada. Me molestó que una revista con
la que yo creo haberme portado
generosamente, dándole a cambio de
nada un cierto número de originales,
consintiera en publicar un ataque que
desde el mismo título ya era
amarillista. Hablo, claro , de la
revista Lateral. Yo jamás me quejo de
una crítica negativa, aunque me
duelan, como a cualquiera. Lo que no
acepto es la mala leche, o la
descalificación personal. Creo que en
ese libro, sin proponérmelo, pisé
dos minas más peligrosas de lo que yo
imaginaba: la propensión antisemita
de una cierta progresía española, y
también el rechazo en esa misma
izquierda fósil a confrontarse con
los horrores del estalinismo, que no
fueron menos graves que los de los
nazis.
Pregunta.- Releyendo una vieja revista literaria,
me encontré con una faceta suya que
desconocía. En su momento cultivó el
relato hiperbreve, como lo atestigua
la serie de ellos que forman Escrito
en un instante (aunque me figuro
que con escaso éxito, ya que de lo
contrario quiero creer que habría
incidido en ese camino). ¿No le atrae
dicho género, o se considera más un
creador de mundos novelescos?.
Antonio Muñoz Molina.- Todos los géneros, todas las formas,
tienen su atractivo, presentan su
desafío peculiar. Un artículo de
quince líneas no tiene nada que ver
con uno de setenta, y un relato breve
no se parece nada a una novela. Es
cierto que llevo demasiado tiempo sin
escribir relatos, pero espero
remediarlo enseguida, porque justo
ahora mismo el cuento es la forma
literaria que me tienta más.
Pregunta.- El jinete polaco
se alzó con el Planeta y lo refrendó
para mayor gloria de la Editorial el
Nacional de Literatura. ¿La escribió
pensando en el Premio?.
Antonio Muñoz Molina.- ¿Cómo voy a escribir pensando en un
premio un libro de más de seiscientas
páginas, y cuya primera frase ocupa página
y media? La posibilidad de presentarme
al premio Planeta surgió con el libro
ya muy avanzado, y el motivo,
claramente hablando es que en aquel
momento necesitaba con urgencia el
dinero. Mucha gente se preguntó
entonces por qué me presentaba yo al
Planeta – y hasta hubo una o dos
personas que se ofendieron conmigo,
que se sintieron traicionadas y me
retiraron el saludo- pero no veo que
nadie se hiciera la pregunta
contraria, porqué los responsables de
Planeta eligieron una novela como ésa.
A mí me vino muy bien ganarlo
entonces, por las razones que he dicho
antes,
pero ya me he olvidado de todo
aquello, y creo que los lectores también.
Los que se acercan a esa novela a
estas alturas lo hacen por razones
simplemente literarias.
Pregunta.- ¿Qué tiene Magina que no tenga
Úbeda?
Antonio Muñoz Molina.-
Que
me pertenece, que la moldeo con
arreglo a mis antojos y a mis
recuerdos, que es como una maqueta de
una ciudad con la que a veces me gusta
entretenerme, inventando historias que
transcurren en sus calles.
Pregunta.- ¿Y que le falta?
Antonio Muñoz Molina.-
No le
falta nada. Es un mundo cerrado y
completo, que a mí me gustaría
seguir explorando.
Pregunta.- ¿Qué queda de aquel Antonio Muñoz
Molina de su Úbeda natal?. Sus sueños,
sus días de actor de teatro en el
Instituto... Porque usted fue actor en
sus años de estudiante, lo se de
buena tinta. ¿Nunca ha dirigido su
pluma hacia el teatro?.
Antonio Muñoz Molina.-
Hay una corrección
que hacer: no fui actor de teatro,
sino autor. Mi primera vocación,
aparte de la poesía, fue la de
escribir teatro, y llegué a hacer
algunas cosas que se estrenaron y que
tuvieron una cierta vida escénica por
aquellas tierras. El teatro me parecía
algo grandioso, pero el problema fue
que yo empecé a escribirlo justo
cuando la figura del autor estaba
desapareciendo, en beneficio de los
directores de escena y de la llamada
creación colectiva. Con toda
deliberación, a los 20 años, después
de leer unos cuentos de Borges, decidí
que iba a dedicarme a la prosa
narrativa, y que en el teatro no había
porvenir.
Pregunta.- ¿Que está preparando en estos
momentos?.
Antonio Muñoz Molina.- Preparo una biografía de Juan Carlos
Onetti, y le doy vueltas a la idea,
todavía en estado gaseoso, de un
libro de cuentos.
©Luis
García. Junio 2002
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