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El
gol y la memoria
por
©Andrés
Neuman
Andres
Neuman. Buenos Aires 1977.Nacionalizado
español, vive en Granada y
actualmente finaliza estudios de
Filología Hispánica. Ha publicado Barriloche,
El Jugador de billar, El que
espera, El último minuto,
ha sido Finalista
del Premio Primavera de Novela Espasa
Calpe 2002 con su obra La vida en
las ventanas y Premio Hiperión de
poesía por su obra El Tobogán. Más
información en nuestra sección de
Entrevistas.
Mi infancia son recuerdos de un
patio con gravilla. Gritos
desaforados. Mucho viento. La
inminencia de un timbre. Los zapatos
demasiado justos. Y algo más. Qué.
Una pelota. De plástico anaranjado, o
de cuero muy frágil, casi descosida.
Yo no sabía, por entonces, que
a la pelota debía llamársela balón.
Además, como estudiaba francés en el
colegio, semejante mote me habría
parecido una blasfemia o una concesión
algo afeminada. Y en la escuela, señores,
había que ser macho. Había que ser
tan macho, tan rabioso y tan bestia,
que el balón, no sé si me
comprenden, de ningún modo podía ser
masculino.
A mí, qué quieren que les
diga, el fútbol me salvó de muchas
cosas. De ser el púber tísico,
aspirante a poeta, al que todos
martirizan en el patio. De no poder
intercambiar más de tres o cuatro gruñidos
vagamente sintácticos con la mayoría
de la especie masculina; esa especie
brusca y hermética con la que rara
vez conseguía encontrarme cómodo. El
fútbol me salvó, también, del
riesgo de ignorar el cuerpo, tendente
como era a elucubrar y a soñar
despierto. El fútbol me enseñó que,
en la vida, si uno echa a correr debe
hacerlo hacia adelante. Que a la
belleza, casi siempre, le ponen
zancadillas. Y me enseñó, desde
luego, que no conviene hacer la guerra
solo, y que el enemigo, ay, es siempre
demasiado parecido a nosotros. Cada
vez que me preguntan qué habría sido
de mí de no ser escritor, cuando
estoy a punto de responder que nada en
absoluto -un escritor de veras, como
sabía Rilke, es incapaz de imaginarse
un destino distinto a la escritura-,
me viene a la mente un sueño infantil
que duró algunos años. De modo que
carraspeo, sonrío y replico: quizás
habría sido futbolista.
Una de las cosas que más
nervioso me han puesto siempre, al
discutir sobre fútbol, es esa batería
de lugares comunes que tienen más o
menos que ver con la virilidad de los
jugadores. Esa extraña regla de tres
inversa por la cual, para los
madridistas, Geremi es más digno de
respeto que Guti; o por la cual, para
poner un ejemplo de la otra acera, a
Luis Enrique le tienen más paciencia
que a Rivaldo. Lo mismo sucedía en
Argentina -y me temo que seguirá
sucediendo siempre, en todos lados-
cuando yo era un niño, hincha febril
de Boca Juniors, y tenía que soportar
las críticas que casi cada domingo
recibía mi jugador predilecto: Carlos
Daniel Tapia, el Chino Tapia.
Un futbolista exquisito, zurdo, pequeño
de envergadura pero con esa
electricidad diabólica que sólo
tienen los mediapuntas para pensar y
decidir entre un campo de minas. El
Chino Tapia era audaz en la conducción,
visionario para los espacios y, sobre
todo, generoso en el último pase. Solía
regatear hacia el interior y entregar
el balón afianzando el tobillo,
cortando la pelota, colocando el pie
muy paralelo e irguiéndose de súbito.
Una maravilla, no sé si lo están
viendo. Tampoco era raro que el Chino
Tapia marcase algún gol de falta o en
una imprevista jugada personal. Y, sin
embargo, domingo tras domingo, uno tenía
que soportar que sus mayores
exclamaran: ¡Tapia, parecés una
bailarina! O, infaltablemente, si
algún toque genial no prosperaba: éste
es un maricón, carajo.
Aquella afrenta al sentido común
y, por qué no decirlo, al más
elemental respeto por la estética, la
he visto repetida desde entonces una y
otra vez, en todos los órdenes de la
vida. El riesgo, la imaginación y la
sutileza son valores que aterran a las
bestias guardianas del orden, la
seguridad y los cojones. Y por
cierto que, durante el mundial de México,
el niño que yo era recibió otra
triste lección: los generosos suelen
terminar en el banquillo. Al Chino
Tapia le tocó ser suplente en todos
los partidos. Salió un rato a charlar
con la pelota contra Corea y, si no
recuerdo mal, jugó una media hora
contra Inglaterra. Fatalmente, el
altruista Chino decidió no prestarle
el protagonismo a nadie y disparó con
la zurda desde fuera del área; el balón
dio en el poste, y luego se marchó
hacia un costado; en aquel mismo
instante, Tapia se lesionó en la
ingle.
(Claro que, no sigamos ocultándolo,
el Chino fue suplente, sí, pero de un
asteroide llamado Maradona.)
Los mundiales. Quimeras babilónicas
que se repiten, como mucho, tres meses
por década. Con tanta espera, es más
fácil soñar. Y me atrevería a
afirmar que, en Argentina, los
mundiales son otra cosa. Un
acontecimiento que tiene menos que ver
con el fútbol que con otras cosas
como el pisoteado orgullo nacional,
las ansias de venganza histórica o la
distracción política. En España no
es tan corriente encontrar a un
aficionado cuyo sueño consista en
golear a Inglaterra en revancha por el
desastre de la Armada Invencible, o
que aguarde impaciente el partido en
el que darle un baño al imperio alemán,
pongamos por caso. Si a eso añadimos
que, por el momento, para los españoles
las finales mundialistas no son más
que esos partidos internacionales que
se siguen sin demasiado ardor por la
televisión, se comprende la
diferencia de dimensión entre las
selecciones de un país y otro. En
Argentina, desgraciadamente, las
proezas en el césped han servido en más
de una ocasión para cubrir el ruido
de las torturas en los sótanos.
Ése fue mi primer mundial,
aunque ya no me acuerde: Argentina 78.
Nuestra selección era fantástica
como nunca y, probablemente, no mereció
ganar. Pero Videla necesitaba un gol
urgente para su genocidio, aunque
fuese en fuera de juego y contra
cualquier reglamento. El pueblo
argentino se echó entonces a la
calle, a celebrar que pronto no habría
nada que celebrar, excepto funerales
sin cadáveres. Por eso fue, quizá,
tan simbólico el título conquistado
ocho años después, en México 86. La
sensación de la gente era, más o
menos, que después de las Malvinas
(Mundial 82) y del horror habían
llegado la paz, la democracia y
Maradona. Sus goles contra Inglaterra
habían tenido lugar, incluso, en el
orden exacto: primero se había
burlado de la prepotente estatura de
Shilton, el portero inglés, estirando
el antebrazo en la cima del salto; y
después, por si quedaban dudas, le
había demostrado al ejército
defensivo inglés de qué color era la
bandera del talento. Qué útiles, en
el campo y fuera de él, que son los
enemigos: como escribió Eduardo
Galeano sobre los árbitros en El fútbol
a sol y sombra, cuanto más se
odian, más se necesitan. Por eso
Maradona, además de un imposible
cuento fantástico en diez segundos,
con aquel gol zigzagueante acababa de
escribir, sin saberlo, el nuevo Martín
Fierro. Todo un poema épico que,
además de ser relatado hasta la
saciedad en las calles, venía a
terminar de dibujar el espejismo de la
reconstrucción nacional.
(Ni que decir tiene que, años
más tarde, al coincidir la barbarie
política de Menem con la caída a los
infiernos del dios Diego, el
paralelismo siguió siendo
perturbadoramente fácil.)
Me recuerdo, tras el mundial de
México, hojeando la prensa en busca
de reportajes sobre la selección. Y
recuerdo también aquellas fotos de
aquel anciano que, con el tiempo, se
me iría también divinizando. Aquel
anciano cuyo rostro, entonces, no
reconocí del todo. Las noticias
alternaban fútbol y literatura. El
mes de agosto de 1986 iba entibiándose.
Maradona acababa de levantar la copa,
y Borges acababa de agachar la cabeza.
Por aquel entonces, leía yo novelas
de aventuras, de misterio o de terror.
Dentro del colegio -donde no había
alumnas- buscaba una amiga en la
pelota. Fuera de él, pasaba muchas
horas en los potreros emulando al dios
Diego o, más modestamente, al Chino
Tapia. Son muchos los domingos que
recuerdo parecidos a aquel cuento de
Roberto Fontanarrosa, ése en el que
decenas de personajes sólo atienden a
una cosa, el balón, para finalmente
contemplar cómo su día se pincha en
una rama o se pierde detrás de algún
coche.
Mundiales. Como Italia 90, mi
último mundial argentino, en el que
la selección llegó, nuevamente, a
jugar la final contra Alemania. Aquel
mundial había sido la crónica de una
decadencia anunciada: el equipo
nacional era casi el mismo, pero
cuatro años más desencantado; y su tótem,
Maradona, no era el mismo sino uno más
gordo, lesionado y mascando quizá su
inminente tragedia. Aquélla fue una
triste manera de despedirme del país
y del gran fútbol. Poco después mi
familia abandonó Argentina y, para el
mundial siguiente, el equipo que veía
por la televisión, al calor del
verano, vestía de rojo e invocaba una
vaporosa furia como principal
argumento ganador.
Jorge Valdano, que es quien
mejor comprende (como lo supo Grecia)
que el deporte es un síntoma de
muchas otras cosas, publicó hace unos
años el primer tomo de ese acto de
redención que fueron los Cuentos
de fútbol. El año anterior, en
1994, había tenido lugar el siguiente
mundial en Estados Unidos. Aquél fue
el segundo adiós de Maradona, que,
como todos los mitos, nunca se
retiraba del todo. Y lo más curioso
es que, acaso sin saberlo, en el mismo
año de la consagración de Maradona,
Valdano había escrito un artículo en la Revista de
Occidente que, en cierto modo,
definía la fatalidad de su compañero
de selección. Al margen del asombro
que causó que un futbolista
conviviese con la élite intelectual
en las páginas de una publicación
académica, aquel artículo sobre el
miedo escénico comenzaba afirmando
que “el jugador es un actor obligado
a representar una obra desconocida
frente a un adversario que se empeña
en impedírselo”. Eso fue,
precisamente, lo que le sucedió al 10
argentino: personaje adorado, actor de
sí mismo sobre el césped, él estaba
obligado a desempeñar cada partido su
papel de genio. Y, como alguna vez le
he oído decir a Valdano, ser Maradona
no debía de ser fácil para Maradona.
Ahora bien, ¿quién le impidió serlo
hasta el final, quién se empeñó en
que Diego dejase de ser él? Propongo
tres posibles respuestas, todas
ciertas a mi juicio: los defensas
rivales; la FIFA y sus extraños
reglamentos, que toleran o castigan
según a quién, según qué y según
cuándo; y Maradona mismo. Su
personaje escénico.
Muy distinto, hoy día, resulta
ya el personaje de los mejores
futbolistas nacionales. Con la excepción
de esa suerte de poeta parnasiano que
es Tristán, los ídolos españoles se
comportan como deben dentro y fuera
del campo. Por eso nunca caerán como
otros ídolos pero, tal vez por eso,
tampoco volarán nunca tan alto. Y así
como el mundial 90 se perdió por
torpeza; el 94, porque Julio Salinas
no es el díscolo Baggio; en el 98 la
furia no valió ni para ser más
bestias que los duros centrales
paraguayos; ¿y ahora? Ahora, en 2002,
tal vez se apueste firme por el
riesgo. Para no ganar, mejor haber
jugado como Holanda en el último
campeonato. Raúl no es Maradona, pero
el esbelto fenómeno de Madrid tampoco
sufrirá el atroz miedo escénico de
tener que meterle un gol al mundo.
Suerte, entonces. Que defiendan con
orden, sí. Pero, sobre todo, que
dejen que Raúl, junto con Valerón y
Tristán, escriban los partidos a seis
piernas. Sólo así podremos mirar los
partidos con otros ojos, y perseguir
los viajes imprevistos del balón, y
acaso ver por fin una final sin
bostezar, pendientes de las estrellas
sobre el césped. Y sólo así, tal
vez, podamos al fin sentirnos como los
poco viriles pero sin duda felices
amantes de aquel poema de Rilke -David
y Saúl- y exclamar frente a la
pelota: somos casi como un astro
que gira.
©Andrés
Neuman
Junio 2002
Nota
del Autor.- Este articulo ha sido publicado
tambien en la
revista literaria MERCURIO.
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