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CONTRA
LA MÚSICA AMBIENTAL
Enrique
Vila Matas. Barcelona 1948. Es un
escritor con una amplia obra
narrativa que se inicia en 1973 y que
hasta la fecha ha sido traducida a
nueve idiomas. Junto a La
asesina ilustrada (1977),
sus títulos más destacados son: Impostura
(1984), Historia abreviada de
la literatura portátil
(1985), Una casa para siempre
(1988), Suicidios
ejemplares (199l), Hijos
sin hijos (1993) y Lejos
de Veramz (1995). De
1994 es Recuerdos inventados,
una antología personal de sus
mejores relatos. En 1992 publicó una
colección de artículos y ensayos
literarios bajo el título de El
viajero más lento, a la que
siguió en 1995 una segunda entrega, El
traje de los domingos. Un
tercer volumen: El péndulo
caótico. Ganador
del Premio Rómulo Gallego 2001
con su novela Bartleby y
compañia. Ganador del
Premio Herralde de Novela 2002 con El
mal de Montano. Ha ganado en
abril 2003 el Premio de la Critica en
España.
Hace tres años, por
estas mismas fechas primaverales -ha
vuelto a recordármelo ahora el número
15 de la revista cultural
latinoamericana Guaraguao-, me llamó
la atención la noticia de que
un parlamentario conservador, Roberto
Key, había presentado ante
el parlamento británico una
propuesta de ley en la que
proponía que se prohibiera "la
transmisión de música grabada en
ciertos lugares públicos". Key
dijo que existía un apoyo amplio por
parte del público en general. Y citó,
por ejemplo, un sondeo del año 1997,
donde la música ambiental ocupó el
tercer lugar en una lista de los
aspectos más odiados de la vida
moderna. Aludió a investigaciones médicas
que concluyeron que "todo ruido
involuntario aumenta la presión y
deprime el sistema de
inmunidad". Y finalmente recurrió
a unas declaraciones del Instituto de
Salud Ambiental en el sentido de que
"el ruido ofensivo más común no
son los taladros en la calle, ni los
autos ni los aviones, sino la música".
Siempre pensé que esta magnífica
excentricidad del parlamentario
sólo podía provenir de Gran
Bretaña, donde recurren a la
imaginación en política
más que en otros lugares. Recuerdo
que en aquellos días la prensa,
al escuchar la propuesta de Key
y sabiendo que jamás se prohibiría
"la música ambiental",
acogió la idea del
excéntrico parlamentario con
un gran entusiasmo. Pero mi
pregunta ahora es : ¿Por
qué damos todos por sentado que
nunca se aprobará una ley como esa?
¿Por qué aprobamos sólo cosas que
no nos convencen y jamás leyes que
nos serían muy útiles, pues acabarían,
por ejemplo, con tanto tirano
musical que anda suelto por el mundo?
¿Por qué nos resignamos a la pésima
música ambiental que nos ha impuesto
el señor Bush? ¿Es que acaso
tenemos que esperar a una
declaración de Bin Laden (por
cierto, ¿dónde está? ¿seguro que
no es un invento digital?) en
la que se muestre partidario del hilo
musical de los aeropuertos
norteamericanos para que podamos ver
cómo se prohibe la tan temida música
ambiental que cualquier ser humano,
en algún momento de su vida, ha
tenido que sufrir y soportar.
Me adentro en mi memoria
y no tardo en recordar la última vez
que padecí música impuesta por el
prójimo. Fue en diciembre del año
pasado al subir a un avión de la
compañía Iberia en dirección a
un país donde nunca celebran la
Navidad. Yo iba a ese país
precisamente para no celebrar el
evento religioso. Sin embargo Iberia,
sin la menor compasión, antes de
emprender el vuelo, me
bombardeó durante minutos y minutos
con todo tipo de villancicos españoles.
Fue un momento terrible, créanme
ustedes. Habría estrangulado a los
partidarios de aquella música
impuesta. Luego volamos y la música
desapareció. Pero no sabía que
lo peor estaba aun por llegar.
Al disponernos a aterrizar en el país
ateo, volvieron a sonar los
villancicos. Llegué a la conclusión
de que el problema de la música
ambiental -que no el de la música en
directo que aceptamos siempre de buen
grado- es una cuestión de
circunstancias. A mí me gusta mucho
Mozart, por ejemplo, pero no me gusta
tener que oirlo a la fuerza en el
supermercado del barrio. En fin. Si
no pararon la guerra
de Irak a pesar de tanta justa
protesta, menos aún pararán el hilo
musical debido a este artículo, pero
necesitaba el desahogo. Y, por otra
parte, siempre hay un mínimo de
esperanza. Quizás algún día exista
un mundo mejor, un mundo sin
guerras ni música enlatada, sin señores
Bush, sin noticias sobre la destrucción
de Irak.
Cuarenta
minutos en los telenoticias para las
hazañas bélicas y un minuto para,
por ejemplo, el arquitecto que diseñó
la Ópera de Sidney, un constructor
de belleza. 40 a 1, esa es la
proporción actual de las noticias.
Nunca habíamos estado peor. Hay que
lavarse los ojos después de cada
mirada. Qué repugnante son las imágenes
de los halcones de la Casa Blanca,
por ejemplo. Nunca conocí peor música
ambiental que la actual.
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