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"EL
LIBRO"
Bajé
a la plaza a leer el libro. El sol se
iba por oriente y la sombra acostada
de los árboles y las farolas,
dibujaba unas rayas de luz
muy largas en el suelo. No había
una nube. Unos niños jugaban con una
pelota y gritaban muy cerca. El libro
hablaba de la infancia, pero no de ésta,
de la suya en un pueblo que tenía una
edad distinta de la que tiene la
ciudad ruidosa.
Mientras
atardecía, las páginas impares se
iban volviendo rojizas. Cuesta no
creer en algún dios antiguo cuando el
cielo se pone turquesa y rojo y solo
un hilo dorado ilumina toda la tierra.
Los niños, camiseta, chándal, zapato
deportivo, bajaban
la voz a medida que oscurecía.
Algunas luces en las casas se iban
encendiendo y los autobuses pasaban
iluminados por dentro. Cuando se
escondió el sol en un segundo, se vio
mejor el suelo, la arena, las manchas
de la piedra, la expresión en la cara
de la estatua, como si la claridad
excesiva las hubiera escondido hasta
ese momento. Pero el libro no. Las
letras, las palabras, ya casi no se
distinguían si no fuese porque ya las
sabía de antemano.
Volví
a casa cuando los niños se fueron y
todos los bancos se quedaron vacíos.
El
cuento o la vida. Ya el título,
parece que esconde una pregunta, como
si hubiese que elegir. O quizás no. A
lo mejor quiere decir que el cuento es
igual a la vida. ¿Es una disyuntiva o
una identidad?
Si
fuese lo primero, recordaría a esas
preguntas que se hacen los reporteros
de guerra ¿Saco la foto o ayudo al
soldado moribundo? Una pregunta que
probablemente nos hacemos todos varias
veces al día: Lo miro, lo observo, lo
juzgo, lo escribo, lo pinto... ¿O
participo?
A
veces es meramente una cuestión de
carácter. Algunos tenemos una terca
tendencia a meternos en los charcos
hasta las rodillas y salir sonrientes
o llorando con los zapatos destrozados
y un catarro que nos durará varios
inviernos. (“La gloria del empeño”
que cita el autor). Otros miran el
charco y ven en él reflejado el
atardecer y luego las estrellas y así
el agua se queda inmóvil en el papel
y en la retina. Mucho más duradero
pero también más inofensivo. Estos
últimos creen que mirar fijamente el
charco es también una forma de
participar.
Si
fuese esto, amaríamos y odiaríamos
al mismo tiempo
la literatura . Es decir, al
autor, las mañanas al sol de la calle
Trafalgar le impedirían conocer
Venecia o la Medina de Fez. Sería muy
capaz de describir los sentimientos,
las fuerzas que los impulsan, pero no
tanto de seguir los deseos ocultos que
le supusieran salir a mancharse en el
barro, a la intemperie de un mercado
moro o de una tempestad caribeña. Ya
lo insinúa en la página 28, no se
tiene por naufrago y, sin embargo, sólo
un poco más adelante escribe “Si
uno pudiera en cada frase naufragar y
ofrecer sólo los despojos” pero eso
es ya literatura otra vez. El escritor
tendría en este primer supuesto, una
sensibilidad especial para sentir y
expresar la realidad, como los ciegos
que captan cosas que los demás no
alcanzamos, pero no para tomar parte
en la fiesta.
El precio que pagan los ciegos,
es serlo. Se situaría lejos del
peligro de salir a la calle pero también
del valor y la suerte de poder
equivocarse y que el cordaje
incluso se rompiera, pero no
sin antes haber dado a la guitarra una
ocasión para tocar una melodía dulce
o arrebatadora.
Si
fuese lo segundo, el cuento sería lo
que ayuda a vivir. Entonces igual que
los médicos dicen que somos lo que
comemos, el cuento al ser nuestro
alimento, sería nuestra vida misma. A
través de él nos redimiríamos de
todas las plegarias no atendidas, las
frustraciones, los infortunios y las
tristezas de la vida. Porque como decía
Proust a quien se cita en el libro,
los verdaderos paraísos son los paraísos
que uno ha perdido, y la literatura o
la vida, (que en este segundo caso daría
igual), en este libro evocaría también
eso: “...la nostalgia de lo que se
perdió sin llegar ni remotamente a
poseerlo” como dice Luis Landero al
final del libro. La literatura sería
también una tarea de recuperación de
lo que nunca se tuvo.
Pero
volvamos de nuevo al principio para
acabar estas reflexiones desordenadas
como los mismos sentimientos que
experimentamos mientras vamos leyendo.
Cuando
se transita por sus páginas uno tiene
la impresión que no es sólo la
Trinidad: profesor, lector, escritor,
la que Luis enseña en sus páginas.
Son muchas más las personas del
Verbo.
Está
también el niño que estuvo interno
muy pequeño en el colegio en Madrid,
el nieto de aquella abuela mágica.
Está
el adolescente, el hijo de aquel padre
que murió a destiempo, en el peor
momento, demasiado tarde o más bien
demasiado pronto. Sin dejar que la
vida le convirtiese en un viejo
amansado por la edad y un poco pesado
como son casi todos los padres
ancianos. Sin llegar a disfrutar las
hazañas que esperaba del hijo y que
este finalmente consiguió cuando él
ya no podía verle. Si hubiera vivido,
seguramente habría sentenciado con
esa voz quebrada de los viejos: “Ya
lo sabía yo, ya
sabía que al final darías
mucho que hablar, que se iban a
enterar”. La muerte no dio tiempo a
pactar con ese padre tan exigente,
como lo hacemos los demás cuando
acaba la adolescencia, y haciendo las
paces con él, poder vivir la propia
vida, ajeno a sus deseos, sin
necesidad de tenerlos siempre como
referencia. Esa vida truncada que es
el personaje de todas sus novelas y
que en este libro se hace explícita.
Pero
sobre todo, está el hombre que es
Manuel y es también esa letra cursiva
que es su voz y que en este nuevo
texto está algo cambiada por el
tiempo. Esa letra descubre la
intimidad sólo reservada normalmente
a los amigos antiguos, a la familia o
a las amantes
muy avanzada ya la madrugada.
Nos
asomamos así a su autorretrato
aparentemente escrito a trompicones
que le da una especial calidad,
como si al leerlo lo estrenásemos.
Asistimos
a sus recuerdos más lejanos y
a los más oscuros y también
compartimos los días en que elige
estar callado. Incluso confiesa, como
un pecado, que ha llegado a soñar con
un ministro del Gobierno y con un
locutor de radio. Además, al final
vamos con el a una conferencia en una
caja de ahorros de provincia, pero lo
hacemos desde tan dentro de su mirada,
que el abrigo que se cae nos distrae,
el cóctel de después nos cansa, la
conversación nos aburre, la psicóloga
nos enternece y al mismo tiempo nos da
pena. Ese capítulo se llama
“Amor” quizá por el de la pobre
chica o por el personaje, sin duda
real, que se había intelectualizado
por amor, no lo sabemos, pero es
curioso ese texto nuevo con ese nombre
tan contundente.
Dice
la contraportada del libro que el
narrador, en ese texto intercalado,
casi acaba transformándose en otro
personaje. No lo creo. Poco hay de fábula
en esta voz que nos llega como en un
susurro y que consigue emocionarnos
tanto. Al revés, me parece que el
verdadero valor de este texto es más
que estético o artístico. Con una
prosa limpia, precisa y, casi siempre
llena de aliento poético, este
contador de historias ficticias aquí
se mira hacia adentro, se reconoce, y
entrega a sus lectores con desgarro y
verdad, lo mejor de su mundo real y soñado
y, en definitiva, lo más profundo de
su condición de hombre.
©
Maria Tena 2002


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